El “interés científico” de las trastadas infantiles de Rafael Usón

Con motivo del fallecimiento de Rafael Usón, rescato del recuerdo y de la hemeroteca una entrañable entrevista que tuve ocasión de hacerle en su despacho de la facultad de Ciencias, allá por el año 1992. Se publicó en HERALDO Escolar, como parte de la serie de entrevistas ‘Vuelta atrás’, gracias a la cual descubrí la infancia de tantos aragoneses ilustres. Y también sus trastadas. La de Rafael Usón es, sin duda, la mejor de todas las que me contaron.

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Artículo publicado en HERALDO DE ARAGÓN el 18 de marzo de 1992:

RAFAEL USÓN: “Decidí ser científico cuando vi el primer libro de Química”

En la actualidad se puede hablar de toda una saga, pues tres de los cuatro hijos de Rafael Usón son también científicos. En cambio, sus tres hermanos pequeños se dedicaron al negocio familiar de venta de pescados. “Fui la oveja negra de la familia porque me dediqué a la Universidad”. Desde su cátedra de Química Inorgánica se ha dedicado a impartir clases y a investigar nuevos materiales.

El Arrabal fue el barrio que vio nacer, en 1926, a Rafael Usón . Él es el mayor de cuatro hermanos “y también de cinco primos”, pues vivían juntas las dos familias.

Guarda un buen recuerdo de la vida familiar, “aunque las relaciones se veían forzadas porque vivíamos muchos en muy poco sitio”. Hasta segundo curso de carrera, cuando se separaron porque ya no cabían, “tuve que estudiar en medio de un escándalo grandísimo y eso me ayudó a aprender a concentrarme”.

Su primer colegio fue el Grupo Escolar de la calle Villacampa. Cuando se fueron a vivir a la calle Alfonso, pasó al colegio de la Consolación, después a Santo Tomás, más tarde al Colegio Politécnico y, por último, a los Maristas.

Tanto cambio de centro se debió a que “no nos llevábamos bien la dirección y yo”. Por aquel entonces, “el castigo físico era de reglamento. Si enredabas un poco en una vela, lo normal era emprenderte a palos, así que, cuando en casa se alarmaban de las moraduras, me iba a otro centro a probar fortuna. Además, nos pegaban con cosas sólidas, como una correa de transmisión de motor o el cepillo de borrar, con un aderezo de bofetadas y patadas. Nada de palmetitas en la mano”.

LA DECISIÓN DE ESTUDIAR Estudiar fue en su caso una decisión tomada ya en primera enseñanza. Sus padres eran asentadores mayoristas y también tenían un comercio de pescados. Cada año, su padre le preguntaba si quería seguir estudiando o trabajar en casa, “donde hacía falta”.

Rafael era buen estudiante y nunca llevó un suspenso a casa. “Normalmente me sobraba. Era simple, con poco trabajo, cumplir con creces y tener tiempo para divertirse”. Jamás utilizó chuletas pero no dudaba en soplarle al de atrás en los exámenes.

Recuerda con agrado a una buena porción de sus profesores, “con una sola excepción, un licenciado en Filosofía y Letras que nos daba Física y Química. Me costó trabajo que no me la hiciese aborrecer. No se sabía su oficio, quería imponer sus puntos de vista y yo no lo aceptaba”.

No solía faltar a clase, o ‘hacer pimienta’, como se decía entonces. Pero, eso sí, cuando nevaba “uno podía marcharse gloriosamente al parque a hacer batallas de bolas y olvidarse del colegio”.

A los 12 años, cuando vio el primer libro de Física y Química, “tomé la decisión de ser científico”. “Eso de poder hacer cosas con átomos, que se pudieran cambiar de sitio para formar cosas nuevas, me gustó”. En el colegio, visitaban el laboratorio dos veces al año, así que enseguida se hizo un laboratorio en casa, en un cuarto que servía de carbonera y estaba “en lo alto, fuera del piso”. Allí tenía una mesa vieja, un par de lamparillas de alcohol, matraces y tubos. Ya le conocían en la droguería, “donde iba con mi frasquito a comprar algún producto químico por veinte céntimos”.

En casa, “confiaban en mí, me decían lo típico de ‘un día te envenenarás’ o ‘un día volaremos’, pero nunca tuve ningún accidente porque sabía lo que hacía”.

Rafael sabe que su amor por la química “hubiera sido platónico de no haber hecho cosas por mi cuenta. Se pueden hacer muchas cosas con poquitos medios, uno puede ver cómo se comporta la materia de verdad, que es muy diferente a como se escribe en los libros”.

Los cinco o seis amigos que hizo durante el bachillerato le duran aún. También tenía amigos entre la gente que vivía cerca de su casa. Con ellos jugaba al fútbol en la plaza del Pilar, “donde había que interrumpir el partido cada media hora para dejar pasar un coche y correr cuando venía el guardia”.

Rafael era un chico muy activo, un socio infantil del Real Zaragoza que iba a nadar a Helios, hacía excursiones en piragua por el Ebro, iba a la Arboleda de Macanaz a coger moras y ver bichos y pescaba bajo las arcadas del Puente de Piedra. “La existencia de los chicos era más independiente porque no se corría ningún peligro”.

Leía mucho y jugaba “al fútbol, a los huesos de alberge, a las carpetas, a marro, a sardina monta encima y a dar ‘la vuelta a Francia” alrededor de los jardines de la plaza del Pilar” .

En los veranos, trabajaba de aprendiz con sus padres. Iba a las 6 de la mañana al mercado de pescados para apuntar las ventas y el resto del día llevaba los pedidos a domicilio. Se gastaba el jornal en comprar novelas y libros de química recreativa.

“Disfrutaba bastante de cada momento” y sólo tenía prisa por crecer cuando quería conquistar a alguna chica mayor, “es decir, que tenía prisa por crecer no con carácter general, sino siempre con carácter aplicado“.

LA TRASTADA

Rafael era un gran aficionado a la pesca. En el Ebro, pescaba barbos que en casa no querían ni ver. Hasta las monjas de una Tienda Económica acabaron pidiéndole que no llevara más.

Su trastada, “más bien una mala sombra”, tiene que ver también con la pesca. Su hermano y él tenían serias dudas sobre si la vecina de abajo tenía pelo natural o llevaba peluca. Un día, la ocasión de averiguarlo se presentó sola. “Pasaba un desfile por la calle y la vecina estaba asomada al balcón, de modo que mi hermano y yo sacamos la caña con un anzuelo de besugo y pescamos la peluca”. La portera se lo contó a sus padres y éstos les echaron “una bronca ‘pro forma” porque, en el fondo, se reían”. Rafael asegura que aquello no fue por maldad, “sino por interés científico de comprobar si era pelo o no”.

La primera vez que fumó, sus padres lo descubrieron por el olor a humo. Le dijeron que esperase a los 16 para fumar, así que, “el día que los cumplí, después de comer, encendí un cigarrillo y, a partir de entonces, empecé a fumar de forma reglamentaria”.

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