DE LA EMOCIÓN

Hace algo más de treinta años, seguía desde A Coruña el curso del Real Zaragoza en Segunda División. Dos de mis jugadores favoritos del fútbol español eran, incluso más que Saturnino Arrúa y Johan Cruyff y Salif Keita, Pablo García Castany y José Jordao. La temporada 1976-1977, con Lucien Muller al frente, el Zaragoza había descendido. Aquella fue la nefasta campaña de las incompatibilidades entre el orgulloso y achuletado Arrúa, el monarca de la noche y de La Romareda, y el melancólico Jordao. Con el equipo en Segunda, Jordao fue traspasado y Arrúa dio una cal y otra de arena. Desde Arteixo, seguía al Real Zaragoza con vehemencia, por una vieja pasión por los blanquillos y por Arsenio Iglesias, que era de Arteixo, mi vecino, un viejo cómplice del campo de los Lobos y el hombre cariñoso que nos decía: “Neniño, vai buscar aquela pelota que se non fuxirá polo río (Niño, ve a buscar aquella pelota o se la llevará el río)”.
Años después, frente al Faro de Hércules, en una mañana ventosa, el aire parecía cierzo del fin del mundo, Arsenio recordaba con inmenso cariño su paso por el Real Zaragoza. Recordaba aquel 23 de abril de 1978 en que se consumó el ascenso. Era un día pletórico de entusiasmo colectivo: brillaba en el viento la pasión y la semilla de la raíz, un viejo grito de identidad y rebeldía. Arsenio reconocía que no se había practicado buen juego pero que se había cumplido: el Real Zaragoza ascendió e inició un nuevo camino que tendría su primer gran éxito en 1986, en la Copa del Rey ante el Barcelona: trallazo de Rubén Sosa, rebote suave en la bota de Pichi Alonso, y el balón burla la estirada de Urruticoechea. Victoria agónica y maravillosa.
En 2002, consumado el descenso, vino Paco Flores a sacar al equipo del atolladero, del infierno de Segunda. En una tertulia que organizó HERALDO dijo lo más emocionante, o de los más emocionante, que he oído decir nunca en el fútbol. “He venido aquí para hacer feliz a mi padre. El Zaragoza es su equipo del alma y he venido para devolverle la felicidad. Si regresaremos a Primera mi padre estará inmensamente contento”. Lo dijo, en público, y en un aparte, casi con lágrimas en los ojos. Los hombres duros a veces sí lloran. Lo oían, con alborozo, Víctor Fernández y Miguel Pardeza, al que felicitamos desde aquí. Miguel ha querido al Real Zaragoza con locura, lo sigue queriendo, y debemos celebrar su nuevo éxito: Valdano, que le despojó en gran medida de un sitio en el Real Madrid, recordó su inteligencia, su carisma y su trabajo, y lo convocó a su lado.
Hace muy pocos días, tras la victoria ante el Salamanca, con lágrimas en los ojos y con la ilusión a flor de piel, el principal accionista del club Agapito Iglesias “se emocionó, habló con la gente y fue él quien pidió a los jugadores que volvieran a salir al campo a saludar a la gente, después de que el partido hubiera terminado”, tal como me ha escrito un aficionado desde Salamanca. Sé que Agapito, como Eduardo Bandrés, ha pasado una temporada tensa, dura, difícil, de amarguras e insomnios. El fútbol tiene la facultad perversa de desquiciar a los más audaces e inteligentes: desde Arrigo Sacchi a Jorge Valdano, si hablamos de entrenadores, y a quipos como el Valencia, el Atlético de Madrid, el Betis, la Real Sociedad o el Celta ha pasado del infinito buen juego al infierno. Y a innumerables presidentes. En el fútbol no existen fórmulas mágicas: el genio Cruyff estuvo en un tris de ser un perdedor excéntrico y acabó ganando tres Ligas en los últimos segundos o con ayuda de la caprichosa fortuna. Florentino partió con pasos clandestinos y ha regresado, y de qué modo.
El sábado, ante el Córdoba, volverá a ser un gran día. Y ellos, Agapito y Eduardo, incomprendidos a menudo, criticados y también queridos, estarán felices y se habrán sacado un peso inmenso de encima. Solo por unos días. El verano será breve y difícil: hay que rehacer el equipo y volver a ajustar su proceso de reconstrucción, futbolística y económica. Hay que apostar más que nunca por la cantera, hay que fichar a un centrocampista de creación, por ser hasta sería maravilloso recuperar a Cani, que se merecía seriamente haber ido a la selección por su maravilloso fin de temporada. Ahora, a falta de dos puntos matemáticamente, Agapito Iglesias y toda su junta directiva experimentan la catarsis: el equipo volverá a su región natural, entre los grandes, porque el Real Zaragoza también es un grande. Incluso, sin deslumbrar, también lo está siendo al final en Segunda: ha superado su récord de imbatibilidad y Ewerthon se ha erigido en el máximo goleador de la historia en una sola campaña. Y los puntos van que vuelan, aunque los demás también juegan. También sueñan hasta el último pitido.
*En la foto, Eduardo Bandrés, Roberto Fabián Ayala y Agapito Iglesias.
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El Real Zaragoza tiene que ir a Alicante a demostrar lo que es: un equipo grande, con nueve títulos, que tiene casta, ambición y que exhibe con garra y juego la historia gloriosa de su camiseta. El Real Zaragoza no puede regalar nada: en estos cinco partidos que quedan debe obtener los máximos puntos en todos los campos. Si vence en todos, mejor: le queda, en la última jornada, un choque-emboscada en Vallecas. Así tendría asegurado el ascenso. Solo depende de sí mismo. El Xerez, por una vez en muchos años, enfila hacia el título: resiste y gana como si fuera el que está más en forma. Y los demás andan ahí, pugnando: el Tenerife, el Hércules, que posee una buena plantilla de prestigiosos retales de Primera (Tote, Rubén Navarro, Farinós…), el Rayo, siempre impredecible.















