Travesuras de alto nivel

4 Noviembre, 2009 por Sergio del Molino

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Permítanme eludir los obituarios, género que se me da muy mal (no estoy diciendo que los demás géneros se me den bien, sino que el obituario se me da aún peor que los demás). Descanse en paz Francisco Ayala y descanse en paz Claude Lévi-Strauss, dos columnas corintias de la cultura escrita europea; dos grandes que, por haber superado el siglo con lucidez y actividad, han tenido la suerte de recibir en vida los elogios que solo se otorgan a los muertos.

Rendidos mis respetos a estos dos titanes, déjenme hablar de escritores a los que les quedan muchas millas por delante.

Déjenme hablar de Rodrigo Fresán.

Ayer estuvo en Zaragoza, pero no se molesten en buscar rastros de su visita ni en este ni en ningún otro periódico. Fresán no escribe de templarios ni de reyes alquimistas ni de conspiraciones neomasónicas. Tampoco es un tipo excéntrico ni vociferante ni excesivo ni teatral. Ni está casado con una actriz porno o con algún presentador de ‘talk shows’. Fresán solo es un escritor. Un escritor que se dedica, básicamente, a escribir libros. Y encima, es argentino. Lo suyo, por tanto, es pasar (quiero decir, que pasen de él).

Fresán solo es uno de los cinco o seis escritores argentinos actuales más influyentes y admirados, lo que equivale a decir que es uno de los autores en lengua española más interesantes, un tipo que ha renovado como pocos el panorama literario actual con unos libros locos, crueles y muy divertidos. Pero eso, ¿a quién le importa?

Mejor, porque así no le apabullan y nos lo dejan enterito a los fans. Ayer presentó en la Fnac de Zaragoza (en la única presentación que se ha hecho y se va a hacer de ese libro en España) ‘El fondo del cielo’ (Mondadori), su última novela, y eso nos permitió a unos pocos juntaletras gozar de su compañía y charlar un rato.

No voy a mentir: yo acudí en condición de fan. Ya he consignado por escrito mi rendida admiración por Fresán aquí y aquí. Lo cual no quita para que confiese con vergüenza que todavía no me he leído su último libro, que pinta estupendamente. Según dijo Félix Romeo en la presentación, es una historia de amor con homenajes y parodias de la ciencia-ficción como fondo y marcando el tono. No se contó mucho más, y a la hora de tomar las cañas en el bar preferí preguntarle otras cosas.

Pero sí que me he leído todas sus novelas anteriores, muchos de sus prólogos (ha editado a Cheever y a Ann Beattie, entre otros, y es un experto en literatura estadounidense) y algunos de sus artículos. Así que puedo dar un par de levísimas pinceladas para los profanos con conocimiento de causa.

Fresán debutó en los 90 con Historia argentina, una colección de cuentos interconectados entre sí (o engarzados, como dice la tradición literaria) que ha sido reeditada recientemente con una nueva historia escrita para la ocasión. El libro sorprendió mucho en su Buenos Aires querido, y el reconocimiento que obtuvo le permitió cruzar el charco -Jorge Herralde y edición en Anagrama mediante- y acoplarse en la todopoderosa industria del libro española. Desde 1999, vive en Barcelona, cada vez más instalado como un dios menor de la diáspora de escritores latinoamericanos que han encontrado en la capital catalana su pequeño París.

Los dos grandes títulos posteriores, que le permitieron pasar de “joven promesa” a “referente inexcusable”, fueron Vidas de santos y Jardines de Kensington, la que todo el mundo señala como su obra maestra hasta la fecha. Todas las novelas tienen en común su carácter travieso y sus ganas de incordiar. Fresán es uno de esos raros escritores que gozan escribiendo, y hacen gozar al lector. Porque le tratan con inteligencia y complicidad, sin ese tono grave, condescendiente o (oh, horror) didáctico avant la lettre. Su literatura está llena de citas, homenajes, referencias cruzadas y encriptadas, parodias y juegos literarios de una sofisticación altísima, pero en ningún momento hay pedantería ni sermón. Todo lo contrario: como buen escritor argentino, ha heredado de sus mayores la costumbre austral de cagarse en las convenciones. Sus historias irrumpen en los solemnes salones literarios y los desbaratan: cambian los muebles de sitio, pintarrajean las paredes y se carcajean de todo lo carcajeable.

De sus argumentos y tramas poco puedo decir: hay que leerlos, no se pueden explicar, no toleran la sinopsis. Y, si es posible, léanlos con algo de los Beatles o de Bob Dylan de fondo, porque sus libros tienen banda sonora.

Otro día hablo de ‘El fondo del cielo’.

PS: Una impresión de fan: no, no me defraudó en absoluto. Leyendo sus libros me había compuesto la imagen de un tipo divertido y entrañable, pero el fan siempre se acerca a su ídolo con el temor de que le decepcione y de que esa persona cuya obra le ha procurado tantos buenos ratos y con la que ha establecido una relación virtual sea en realidad un borde de aúpa que escupe y grita. No es el caso: Fresán es un tipo genial, la compañía perfecta para irse de cañas. Y eso que ayer le dolía mucho la cabeza.

En la categoría Literatura española, Literatura internacional, Novedades

One Response

  1. Raúl

    Me hubiera encantado asistir, pero los horarios laborales no casan bien con la cultura. o soy fan de sus prólogos, sus reseñas y sus artículos para el Página12. No sé muy bien por qué, a´n no me he acercado a sus novelas.

    Por cierto, ¿sabes que actuó en Martín (Hache)?

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