Una cata con veinte grandes vinos de España
Disfrutamos mucho en la cata que tuvo lugar el lunes en el restaurante La Granada de Zaragoza y que sirvió de presentación en Aragón de la asociación Grandes Pagos de España. Ejerció de anfitrión Pedro Aibar, director y enólogo de Viñas del Vero, que pertenece a esta asociación con su vino Secastilla, cuya elaboración responde a los criterios que entiende esta agrupación sirven para calificar un vino de pago. Es decir, aquellos que se producen en un terruño específico y que reflejan la personalidad del suelo y del clima y cuya elaboración responde a una filosofía bodeguera en la que priman los criterios de calidad.
Como padrino de ceremonias actuó Carlos Falcó, el marqués de Griñón, bodeguero de gran reputación, como es bien sabido, y gran impulsor de este tipo de vinos y de la asociación en cuestión. La mesa conductora de la cata la completó Pepe Puyuelo, presidente de la Asociación de Sumilleres de Aragón.

Pedro Aibar, Pepe Puyuelo y Carlos Falcó, dirigiendo la cata. Foto de Miguel Ángel Vicente (Almozara).
Alguien me preguntó al terminar el acto que qué me había parecido. “Pues que hemos asistido a una de las catas más interesantes de los últimos tiempos, de cuantas se vienen celebrando en Aragón”, contesté. Que, por fortuna para el sector, añado ahora, son cada vez más numerosas. El único ‘pero’ es que era demasiado intensa, pues era mucha la tela que cortar en apenas dos horas de reflexión y disfrute. Veinte grandes vinos, de los que te hacen pensar y rebuscar en los registros olfativos y gustativos, de los que, en su inmensa mayoría, “te hace duelo”, como decimos en Aragón, mandar a la escupidera después de disfrutarlos en la boca. Fue un vino por cada una de las siguientes bodegas: Aalto, Alonso del Yerro, Bodega del Jardín 1851, Calzadilla, Can Rafols dels Caus, Cérvoles, Dehesa del Carrizal, Dominio de Valdepusa, Enrique Mendoza, Fillaboa, Finca Sandoval, Finca Valpiedra, Luna Beberide, Manuel Manzaneque, Mas Doix, Mauro, Maurodos, Mustiguillo, Pago de Vallegarcía y Secastilla de Viñas del Vero.
De verdad que todos me gustaron, así que ¿cuáles podría destacar aquí de todos ellos? Pues, sencillamente, haré referencia a los que más me acuerdo, porque son los que más huella dejaron, al menos a mí. El primero, un blanco excelente, El Rocallís 2004, de Can Rafols dels Caus. Un cien por cien de uva incroccio manzoni, fermentado en barrica, untuoso, mineral, y fresco y joven a pesar de su edad. Y lo que le queda por delante. Yo ya conocía los vinos de esta bodega gracias al colega Jordi Melendo, quien también hace lo suyo por difundir la cultura del vino en su blog de Verema (www.verema.com/blog/jordi), y que me los recomendó hace unos meses. Tampoco estaba nada mal el tercer vino, otro blanco cien por cien viognier, de Pago de Vallegarcía y de la cosecha de 2007, muy envolvente y con un largo final.
Me pareció una joya, por el precio que tiene (unos 12 euros), el Cabernet Sauvignon 2004 de Dehesa del Carrizal, muy equilibrado y expresivo.

Catando en primera línea con Jesús Solanas y Daniel Sáenz. Foto de Miguel Ángel Vicente (Almozara).
Por supuesto, el Emeritvs 2004 de los Pagos del Marqués de Griñón, intenso y redondo, y el Gran Calzadilla 2005 de la bodega del mismo nombre, que califiqué en mi cuaderno de notas como “exquisito”. Muchos halagos también para el Finca Valpiedra Reserva 2005, que traslada a quien lo bebe la esencia de los paisajes y clima riojanos de la zona en la que se elabora. Parecidas sensaciones también me sugirió, aunque en este caso procedentes de Ribera del Duero, el Alonso del Yerro 2007, cuya botella contenía mucho mimo y cariño en la elaboración. Este completo recorrido por el paisaje vitivinícola español se cerró con tres viejos conocidos del Noroeste: el Aalto (en este caso de 2006), un San Román 2005 de Maurodos, y un Mauro Vendimia Seleccionada de 2005. Todos imponentes, aunque, a decir verdad, a esas alturas de la cata las papilas gustativas ya estaban muy saturadas.
Estuvo a la altura el Secastilla. Pedro Aibar se arriesgó trayendo el de la añada 2007, que debe madurar un poco en botella antes de que salga al mercado pero que demostró sus buenas maneras y que apunta más alto que su predecesor, el de 2005, ya que la añada 2006 se la saltan porque no alcanzó el nivel exigido por el prestigioso enólogo de la bodega del Somontano.
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