James Nachtwey: La guerra y la compasión

TEXTO QUE LEI EN MARZO DE 2015 ANTE JAMES NACHTWEY, GANADOR DEL PREMIO PRINCESA DE ASTURIAS DE COMUNICACIÓN Y HUMANIDADES 2016

Querido Jim:

Cuando hace una semana me llamaron para hacer esta presentación me alegré por varias razones: la primera porque te admiro profundamente desde hace décadas; la segunda porque todo tu trabajo y, sobre todo, tu forma de trabajar, han ejercido de faro permanente iluminando mis propias fotografías, y la tercera porque el premio Luka Brajnovic de la Comunicación de la Universidad de Navarra, que acabas de recibir, también lo ganó nuestro querido y recordado Miguel Gil, un año después de morir en Sierra Leona en una brutal emboscada, convirtiendo aquel día de mayo de 2000 en el más triste de mi vida profesional.

Anoche repasé una vez más tus fotografías. Primero pasee mis dedos por múltiples imágenes tomadas en Rumanía, Somalia, India, Sudán, Bosnia, Ruanda, Zaire, Chechenia, Kosovo de tu libro Infierno publicado hace ya 15 años. Fue como rebobinar la historia y regresar de nuevo a los infiernos habituales de los años noventa.

Es posible que lo hayamos olvidado, pero los años noventa estaban llamados a ser los años más pacíficos de la historia.

James Nachtwey en marzo de 2015 en la sede de la Universidad de Navarra en Madrid. Fotografía de Jorge Gutiérrez

James Nachtwey en marzo de 2015 en la sede de la Universidad de Navarra en Madrid. Fotografía de Jorge Gutiérrez

 

Todavía recuerdo la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989. Estaba en El Salvador y muchos de lo que allí cubríamos aquel conflicto fratricida pensamos que nos íbamos a quedar sin trabajo tras el fin de la Guerra Fría.

En cambio, crecimos fotográficamente en una década muy violenta. Sólo hay que transitar por tus colecciones de fotografías realizadas entre 1990 y 1999 para ser conscientes de todo lo que se perdió.

Cómo duelen aquellos orfanatos rumanos y las hambrunas de Somalia y Sudán; cómo duele el genocidio de los tutsi de Ruanda y la debacle humanitaria de los hutus en el antiguo Zaire, hoy República Democrática del Congo; cómo duelen las masacres de Bosnia-Herzegovina y la deportación de centenares de miles de kosovares; cómo duele Chechenia en llamas.

Cómo duele el mundo en ruinas ante la incompetencia política y diplomática y con nuestras naciones, las más poderosas, haciendo negocios mercantilistas en el horror de la guerra.

Cómo duele no encontrar la compasión, de la que tú siempre hablas, en hombres sin atributos que dirigen los destinos de la humanidad.

James Nachtwey en Madrid. Fotografía de Jorge Gutiérrez

James Nachtwey en Madrid. Fotografía de Jorge Gutiérrez

¿Por qué fotografiamos la guerra que existe desde los tiempos inmemoriales? ¿Las fotografías pueden poner punto final a un drama humano?

¿Pueden influir en los gobernantes más poderosos o en los empresarios menos escrupulosos?

¿Pueden conseguir activar a la opinión pública narcotizada por el espectáculo del entretenimiento para que exija justicia y compasión para los protagonistas anónimos de situaciones calamitosas?

“Yo he sido testigo y estas fotografías son testimonio. Los acontecimientos que he registrado no deberían olvidarse ni repetirse”, es tu declaración de principios en la presentación de tu página web.

Pero también te sientes imbuido por un sentimiento ambivalente que te duele en tu interior: “Lo peor es que como fotógrafo me aprovecho de las desgracias ajenas. Esa idea me persigue todos los días. Porque sé que si algún día dejo que mi carrera sea más importante que mi compasión, habré vendido mi alma”.

Anoche seguí paseándome por tus trabajos más recientes en tu página web. Afganistán, Sudáfrica, Pakistán, Israel, Indonesia. De nuevo, esa inquietud de que todo está perdido en un mundo oscurecido por el fanatismo y la violencia.

¿Sabes cuál es la respuesta que me más duele en un escenario de guerra y que, además, es la más repetida?: “No sé por qué mi país está en guerra o por qué tenemos que huir. No conozco las causas para que hayan matado a mis seres queridos. Todo cambió cuando llegaron hombres armados”.

Respuestas tantas veces expresadas por mujeres, niños, ancianos, civiles, pero también por combatientes adultos o infantiles.

Encuentro con James Nachtwey en la sede de la Universidad de Navarra. Fotografía de Jorge Gutiérrez

Encuentro con James Nachtwey en la sede de la Universidad de Navarra. Fotografía de Jorge Gutiérrez

También revisé tus trabajos sobre el sida, la polución industrial, la vida carcelaria y los atentados contra las Torres Gemelas en la ciudad en la que vivías. ¿Qué paso por tu cabeza cuando tuviste que salir a la calle para cubrir la debacle al lado mismo de tu casa?

Te cuento algo que ocurrió hace muchos años en Zaragoza, el 6 de mayo de 2001 cuando ETA asesinó a Manuel Giménez Abad en la calle de atrás de mi casa, al lado de la carnicería donde comprábamos las croquetas para nuestro hijo. Era un domingo por la tarde y al día siguiente viajaba a Colombia. Estaba preparando mi equipaje cuando me enteré de la noticia por una llamada de nuestro común amigo Santi Lyon desde Madrid.

De repente me sentí inquieto. Mi mujer y mi hijo, que tenía entonces tres años, habían salido a jugar a un parque cercano. Es muy posible que se cruzasen con los asesinos. He pensado muchas veces que nos vamos a una guerra lejana hasta que un día la guerra aporrea nuestras ventanas.

Querido Jim: Llevas cuatro décadas cubriendo los lugares más oscuros del planeta. Te imagino cargando una mochila invisible de dolor, de todo el dolor acumulado mientras presenciabas al Hombre como protagonista de la violencia más descarnada.

Buscando esa imagen respetuosa lo suficiente contundente que obligue a reaccionar. Volviendo a los mismos lugares para ver si algo ha mejorado o si siguen vivos aquellas personas que abrieron sus puertas para compartir las penas. Te imagino buscando explicaciones que permitan comprender porque aparece lo peor del ser humano cuando todo se desmorona.

Hemos visto matar con fusiles en Centroamérica, con aviones y cañones en los Balcanes y con machetes en Ruanda. Hemos visto a menores reclutados forzosamente cumpliendo las órdenes más brutales, a mujeres y menores violadas, hemos visto las fosas repletas de cadáveres, la angustia petrificada en los rostros de los familiares de los desaparecidos durante años y décadas de búsqueda.

¿Qué nos queda por ver, querido Jim? No creo que vayamos a ver la paz nunca, ni en este siglo ni en el próximo, ni en este milenio ni en el siguiente. Tampoco creo que el hombre esté dispuesto a morir antes que matar y seguirá prefiriendo matar antes que morir.

Pero ojalá tengamos posibilidad de ver cómo la razón se articula en medio del desastre y consigue frenar los abusos contra los civiles, los crímenes de lesa humanidad, el horrible comportamiento del que se divierte matando o del que se enriquece vendiendo.

Ver la compasión. Ver visos de esperanza. Ver algo distinto a lo que vemos habitualmente.

Querido Jim: Es un gran honor estar a tu lado. Muchas gracias por venir.

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