Felicidad pura

Cuando el padre del reportero Javier Espinosa me llamó el viernes 18 de octubre de 2013 para pedirme que fuera el portavoz de su familia me asusté. Recuerdo que estuve varios minutos temblando ante el espejo del lavabo de una gasolinera entre Zaragoza y Albarracín antes de salir y contárselo a mi mujer, que me esperaba en la barra con un par de cafés. Sabía que no podía decir que no, pero intuí que mi vida iba a quedar atrapada en un círculo de dolor del que me costaría separarme.

Mi única exigencia fue pedirles que convencieran a la familia de Ricardo García Vilanova de que se sumaran a esta decisión y, así, evitar tener diferentes voces que pudieran empañar el arduo trabajo que se nos venía encima. Tengo que decir que la primera conversación con los padres de Ricardo fue lo suficientemente franca para que confiaran en mí.

Tuvieron que pasar casi dos meses hasta el martes 10 de diciembre en que se levantó el embargo informativo en dos multitudinarias ruedas de prensa en Beirut y Madrid. La actuación de la totalidad de los medios de comunicación españoles ha sido ejemplar. Cuando se les ha pedido silencio lo han respetado y la generosidad ha sido total cuando se ha necesitado una gran cobertura mediática.

Ejercer de portavoz no es una tarea fácil en este tipo de circunstancias. Con Mónica Garcia Prieto, cuyo pundonor ha sido ejemplar desde el primer minuto del secuestro de su pareja, pacté que sólo conocería lo que podía contar a los medios. De esta manera, evitaba quedar contaminado por ríos de información que podían arriesgar mi trabajo y poner en peligro la liberación de nuestros compañeros.

Muchos amigos me han llamado durante estos meses, ansiosos por conocer detalles del secuestro. Pensaba que les engañaba cuando les decía que sólo sabía lo que habían escuchado en la última entrevista. Amigos muy queridos, amigos de los secuestrados, amigos que querían ayudar. Ha sido difícil convencerles de que la mejor manera de actuar es dejar que los expertos hagan su trabajo. Nuestra profesión es un poco narcisista: hay algunos que necesitan ser los primeros en conocer los detalles. “Yo lo vi”. “Yo quedé con él”. “Yo también sé”. Es sorprendente.

Un secuestro es demoledor. Y no hay dos personas que lo vivan igual. Cuando los meses se acumulan el impacto físico y psicológico asfixia la normalidad y regula la vida como si fuera un correoso punzón que se clava por todas partes.

Todo lo que ocurre no tiene sentido y sólo esperamos una única noticia: “Han sido liberados”. En días lectivos o festivos. En fiestas importantes que se prefieren pasar a solas, quizá para que las lágrimas puedan fluir sin tener que aguantar la compasión de los demás. A cualquier hora del día o de la noche. He mantenido contactos con los familiares a las horas más intempestivas. Ni ellos ni yo podíamos dormir.

Cada experiencia de la vida te deja múltiples lecciones. Los familiares me han transmitido unos valores que siempre sentí como secundarios. Hacemos la maleta y nos vamos a la guerra. Creemos que somos importantes. Dejamos a personas pensativas que sólo sueñan con nuestro regreso. Escondemos lo que nos pasa para protegerlas, pero ellas sufren los sustos mediáticos como espasmos. “Un atentado con muertos”. Y el corazón da un vuelco, incluso el de aquellos que están más capacitados para resistir acaba atrapado por el miedo a la peor noticia.

Sólo puedo hablar de un comportamiento ejemplar y por ello siempre admiraré a estas personas que no conocía hasta hace meses y que ahora forman parte de mi álbum personal y familiar. Como dijo Mónica en su primer tweet tras la liberación: “Felicidad Pura”

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