El camino más corto cumple 50 años

El camino más corto, “la trepidante vuelta al mundo en automóvil” que realizó Manu Leguineche con tres periodistas estadounidenses y un fotógrafo suizo, cumple 50 años. Aunque el emblemático y descatalogado libro (imposible encontrar un ejemplar en una librería) se publicó en 1978, fue en abril de 1965 cuando empezó la expedición Trans World Record, cuyo principal objetivo fue batir el record mundial de distancia recorrida en coche.

Primera edición de El viaje más corto a la izquierda y de la sexta edición a la derecha. Foto: Gervasio Sánchez

Primera edición de El viaje más corto a la izquierda y de la sexta edición a la derecha. Foto: Gervasio Sánchez

Con apenas 23 años el gran Manu Leguineche, fallecido en enero del año pasado,  abandonó una España políticamente fascista y culturalmente muy cutre y dedicó dos años a viajar por África del Norte, Oriente Medio, Asia Central, India, Sudeste asiático y Australia.

El viaje acabó en la mítica Quinta Avenida de Nueva York con un mensaje que Manu Leguineche recibió  sentado en la terraza del hotel Continental de Saigón, el de Grahan Greene, “bajo un ventilador de aspas, rodeado de limpiabotas, lisiados, peripatéticas, quiromantes y espías frente a una cerveza Larue”: “Batido record mundial Trans World. Stop. Llegamos Quinta Avenida Nueva York. Stop. No encontramos sitio para aparcar. Abrazo, Steve. Al”. La vuelta al mundo concluiría unos meses más tarde para el propio Manu, entonces más preocupado por cubrir la guerra de Vietnam.

Aquel viaje de ensueño, el viaje más corto que todos queremos hacer una vez en la vida, se empezó a gestar en verano de 1964. Manu estaba harto de “la atmósfera opresiva de la Universidad  y de las tediosas clases de filosofía y letras, especialidad de filología italiana” y de malvivir en una pensión del barrio madrileño de Argüelles. Necesitaba “oxígeno, una cura psicoanalítica en forma de viaje, sensaciones nuevas, abandonar mi piel y mudarla como una serpiente” cuando recibió la propuesta del suizo Willy Mettler de participar en la expedición.

En el prólogo de la primera edición de El camino más corto (Círculo de Lectores), que debería ser lectura obligatoria para cualquier principiante de periodista, Manu recuerda que su vuelta al mundo se fraguó en un mesón madrileño alrededor de pinchos de tortilla y vino Valdepeñas.  En aquel ambiente tan castizo fue entrevistado por los responsables de la expedición y, como el mismo, explica “el primer tanteo no resultó muy esperanzador para mis planes”.

La conversación parece sacada del camarote de los hermanos Marx o de un chiste de Gila: “¿Tienes conocimiento de mecánica? – me interrogó Harold Stevens, el jefe. – Hombre, sé algo…. (Ni siquiera cambiar una rueda de repuesto.) – ¿Sabes cocinar? – Hombre, serví de camarero en un restaurante de Inglaterra… (Mi única especialidad eran los huevos fritos.)

– ¿Sabes algo de medicina? – Hombre, siempre  se sabe algo.… (Aspirinas.) – ¿Has sido boy scout? – He ido de acampada alguna vez…. (Ni siquiera había sido flecha en el Frente de Juventudes.) – ¿Te mareas al viajar en coche? – ¡Noooo! Por Dios, qué cosas tienes, Steve. – Enhorabuena, algo es algo. – El jefe concluyó el turno de preguntas”.

A los pocos minutos pidieron el cuarto porrón de vino y Manu se puso a cantar Granada  “con todo el fuelle de mis pulmones”. – Vaya, chico, al menos sabes cantar – aplaudió Steve, otro de los expedicionarios. Y empezó a romperse el hielo.

Portadas de dos docenas de libros de Manu Leguineche. Fotografía de Gervasio Sánchez

Portadas de dos docenas de libros de Manu Leguineche. Fotografía de Gervasio Sánchez

En los dos años siguientes Manu vendería píldoras en Tailandia, un mono se comería su pasaporte en Bangkok, quedaría aislado en Afganistán por una epidemia de cólera, jugaría al fútbol con el príncipe Norodom Sihanuk, futuro rey, en Camboya, conocería  al sherpaTenzing  Norgay, el primer hombre que alcanzó el Everest, tomaría té con Indira Gandhi, asistiría a la cremación del último rey de Bali, pisaría el paralelo 38 en Corea, comería sesos de mono, le ofrecerían en venta por 15.000 pesetas de la época a una muchacha tailandesa, volaría en helicóptero en la guerra de Vietnam y se salvaría de ser fusilado en un pueblo de la India después de ser acusado de ser un espía pakistaní.

La meta del viaje fue superar la marca de Peter Townsend, ex novio de la princesa Margarita de Inglaterra, de 33.790 kilómetros. Para ello se habían propuesto cruzar Indonesia hasta Australia  y de allí a Panamá y realizar 38.360 kilómetros, casi 5.000 más que el competidor anterior.

Manu Leguineche sacó el magnífico título del Diario de viaje de un filósofo, de Hermann Keyserling, escrito en Estonia en 1918. El texto de Keyserling, escogido como dedicación, es glorioso: “El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo. Europa ya no me produce efecto y es un mundo demasiado limitado. Toda Europa tiene en lo esencial un solo espíritu. Quiero anchura, dilataciones donde mi vida tenga que transformarse por completo para subsistir, donde tenga que olvidar mucho de lo que supe y fui. Ya están cortadas las relaciones con lo que me sujeta. Siento en mí la beatitud de la libertad conquistada. De seguro que no hay nadie ahora más independiente que yo. No tengo profesión externa; no tengo familia que me preocupe; no tengo obligaciones que llenen mi tiempo; puedo hacer u omitir lo que me plazca”.

Manu Leguineche se fuma un puro acompañado de Gervasio Sánchez en Segovia durante la entrega del Premio Cirilo Rodríguez

Manu Leguineche se fuma un puro acompañado de Gervasio Sánchez en Segovia durante la entrega del Premio Cirilo Rodríguez

En el prólogo a la sexta edición publicada por Plaza y Janés en 1995, Manu Leguineche reconoce que este libro “es el que más satisfacciones me ha producido”. Admite que ha viajado varias veces alrededor del mundo, pero no ha vuelto a sentir la emoción de aquel primer viaje. “Cuando tienes poco más de veinte años y te lanzas con ilusión carretera adelante, hacia el placer del descubrimiento sin tener por qué mirar atrás, revives el espíritu de Stevenson: “No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies”. Este libro lo escribí doce años después, en pleno ataque de nostalgia. Ya se sabe que vivir del pasado tiene una ventaja: es más barato”, reflexiona Manu.

Manu recuerda que el viaje iba a durar seis meses y, en cambio, terminó tres años después.  “Desde entonces el mundo ha empeorado, las fronteras se han hecho más herméticas, la desconfianza, mayor. El viajero en solitario es un sospechoso. Desde entonces la televisión ha barrido el globo. El viaje se ha convertido para muchos  en búsqueda desesperada de paraísos perdidos que ya no existen, en una prueba de uno mismo, en una huída”, escribe.

Tuve la suerte de ser amigo de Manu Leguineche desde que lo conocí en octubre de 1988 en el plebiscito de Chile. Me encantaba visitarlo en su casa de Brihuega (Guadalajara). Siempre me lo encontraba trabajando: escribiendo un artículo para publicar al día siguiente, preparando su siguiente libro para varios meses después o escudriñando un mapamundi en busca de su próximo destino.

En los últimos años de su vida me gustaba visitar su despacho a solas. Miraba sus últimos recortes de periódicos con temáticas variadas, paseaba mis dedos por los títulos más enigmáticos de una biblioteca prolífica, parecía la cueva de un expedicionario permanente. Lo pasaba muy mal porque sabía que no había retorno, que nunca volvería a ser utilizada por una persona tan sensible y humilde.

Manu Leguineche y Gervasio Sánchez en Zaragoza en los años noventa.

Manu Leguineche y Gervasio Sánchez en Zaragoza en los años noventa.

La enfermedad empezó a maltrátalo demasiado pronto. Apenas pudo escribir en la última década de su vida, esos años básicos en la carrera literaria de un trotamundos como él. Le costaba comunicarse, pero se esforzaba en cuanto le empezabas a hablar de viajes.

Un día lo visité con mi hijo cuando estábamos a punto de viajar a la antigua Birmania. Le regaló La vuelta al mundo en 81 días y le recomendó que visitara media docena de ciudades birmanas. Hizo un esfuerzo tremendo para involucrar a un renacuajo de 12 años en su pasión por viajar. En mayo de 2012 le regaló un ejemplar de la primera edición de El viaje más corto e hizo algo especialmente laborioso para él: dedicárselo.

Mañana empiezo un largo viaje en mi coche por varios países europeos para preparar un serial que publicaré a finales de abril y principios de mayo. Me voy a llevar a Manu Leguineche como copiloto, me embadurnaré de sus enseñanzas aprendidas en sus libros y en múltiples conversaciones, intentaré que su espíritu efervescente me guie entre las tinieblas de los escenarios que voy a visitar y me ayude a encontrar la esencia de la vida y del periodismo por el camino más corto.

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