La naturaleza destruye menos que el hombre

VIAJE EN COCHE DESDE ZARAGOZA A GRECIA ATRAVESANDO LOS BALCANES (y 20)

Pompeya (Italia)/Zaragoza (España)

Grecia queda atrás. El ferry acaba de abandonar el puerto de Patras en Peloponeso y se dirige a Bari en Italia con escala en otro puerto griego, el de Igoumenitsa.

Serán 15 horas de navegación en un ferry muy rápido para hacer 318 millas náuticas, unos 589 kilómetros. Llevo 8.500 kilómetros terrestres desde que salí de Zaragoza.

Muy pocos pasajeros subimos en Patras. La bodega de coches y camiones va casi vacía. “Estírese y aproveche el espacio porque en Igoumenitsa nos esperan 500 pasajeros”, me dice la jefa de la cabina principal cuando le pregunto la causa de tan pocos viajeros en fechas claves de agosto.

Llegada del ferry al puerto de Bari. Fotografía de Gervasio Sánchez

Llegada del ferry al puerto de Bari. Fotografía de Gervasio Sánchez

El asalto es a media noche. Centenares de turcos, serbios, macedonios, kosovares ocupan los asientos libres para realizar lo más cómodo posible las nueve horas que todavía quedan de trayecto. Son inmigrantes, muchos de ellos ya ciudadanos comunitarios, que regresan a sus lugares de trabajo después de acabar sus vacaciones en sus lugares de origen.

Me da pena abandonar un país por el que he viajado más tres semanas cuando inicia una fase crítica de su historia. He hablado con muchos griegos y no he encontrado ninguno optimista.

La inmensa mayoría cree que la situación se va a agravar a partir de septiembre. Muchos, los más jóvenes, creen que la única solución es buscar trabajo en los países del norte. Huir de la pobreza para vivir en la marginación.

Una familia se fotografía en Matera (Italia). Fotografía de Gervasio Sánchez

Una familia se fotografía en Matera (Italia). Fotografía de Gervasio Sánchez

No he podido dormir más que un par de horas en el ferry. Decido acercarme a Matera al desembarcar en Bari, a apenas 65 kilómetros. Quiero recorrer los “sassi”, las casas construidas en el interior de las rocas que carecían de los servicios mínimos y que fueron habitadas hasta los años sesenta por 20.000 personas.

La primera vez que oí hablar de Matera fue en uno de los libros que más me influyó en mi juventud: Cristo se paró en Ebolí, de Carlos Levi. Después pude ver la película del mismo nombre dirigida por el gran Francesco Rossi cuando se estrenó en España en marzo de 1980. El trabajo del actor Gian María Volonté me pareció magistral y no respiré durante las dos horas y media que duró la película.

Conseguí que mis compañeros de piso, estudiantes de ingenierías de caminos y canales y de químicas, fueran a verla conmigo. La segunda vez me gustó aún más que la primera.

Es una de mis películas preferidas por su honestidad para explicar la lucha contra el fascismo en la Italia de Mussolini y por mostrar con dignidad la decrepitud del sur pobre y olvidado.

Matera ha sido escenario cinematográfico de otras películas como El Evangelio según Mateo, de Pier Paolo Pasolini, La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, Rey David, de Bruce Beresford, Mary, de Abel Ferrara, Viva Italia, de Roberto Rossellini o El árbol de Guernica de Fernando Arrabal.

Giuseppe Tornatore, el conocido director de Cinema Paradiso, rodó parte de El hombre de las estrellas en sus calles. “Comprendemos la historia cuando es tarde”, dice el protagonista en una escena de esta notable película.

El foto de Pompeya con el Vesubio despejado. Fotografía de Gervasio Sánchez

El foto de Pompeya con el Vesubio despejado. Fotografía de Gervasio Sánchez

Después de visitar sus calles y admirar esta joya que La Unesco ha nombrado Patrimonio de la Humanidad continuó el viaje hasta Pompeya.

Aunque estoy cansado me apetece llegar el día anterior, dormir tranquilamente y recuperarme para visitar uno de los lugares con los que sueño desde que era un niño a primera hora de la mañana antes de que sea invadido por decenas de miles de turistas.

Pero agosto no es el mejor mes para visitar “la atracción turística más popular” de Italia, tal como dice la guía. Soy uno de los primeros en conseguir el ticket en una puerta secundaria.

Turistas en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Turistas en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Pero media hora después hay miles de personas por todas partes. Recojo un par de botellas olvidadas encima de algunas ruinas y me enfurezco cuando veo a algunos turistas subirse encima de las piedras para conseguir una mejor visión fotográfica.

Hay pocos lugares en el mundo que te deje un poso de sensaciones tan variadas y extrañas. Ves una ciudad arrasada por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., es decir hace 1.936 años. Pero también paseas por una ciudad menos destruida que si hubiera sido asaltada por un ejército rival. Y llegas a una triste conclusión: la naturaleza es menos destructora que la mano del Hombre.

Llevo 45 días viendo lugares históricos, las capitales de las grandes civilizaciones, arrasadas por los ejércitos rivales. He paseado por las ruinas de Pella, la ciudad natal de Alejandro Magno, de Tebas, Argos o Esparta. Los asaltantes no dejaron piedra sobre piedra.

Frescos en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Frescos en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Pompeya, en cambio, se mantiene en pie con sus magníficos frescos recuperados, sus dos teatros, su anfiteatro o su palestra muy bien conservados, sus calzadas como si no hubieran pasado casi dos mil años de su destrucción.

El escritor y dramaturgo Alex Butterworth y el investigador Ray Laurence escribieron hace una década Pompeya, la ciudad viva, un relato evocador de la vida de la ciudad antes de que fuera primero destruida por un terremoto en 62 d.C y, cuando ya se había reconstruido, por la erupción de un volcán 17 años después.

El libro te transporta a las calles de aquella ciudad y sientes que vives la cotidianidad con sus luces y sombras, sus sonidos y olores, sus tensiones políticas y sus extrañas costumbres.

Víctimas de la erupción del Vesubio en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Víctimas de la erupción del Vesubio en Pompeya. Fotografía de Gervasio Sánchez

Y parece que ves con vida a las mismas personas cuyos restos contemplas como si fueran moldes humanos en posiciones retorcidas y forzadas en una carpa que hay en el centro del anfiteatro.

Hasta el 2010 se creía que las víctimas murieron asfixiadas después de una larga agonía. Pero un nuevo estudio presentado en National Geographic demostró que sucumbieron abrasadas al instante al estar expuestas a temperaturas de entre 300 y 600º centígrados.

Lo que queda del viaje es llegar a Zaragoza en un par de días con cortas visitas a Siena y San Gimignano, dos ciudades que tenía muchas ganas de volver a visitar, y una noche de descanso en Génova después de no encontrar una sola habitación libre entre Viareggio y los pueblos costeros vecinos al gran puerto italiano.

Torres de San Gimigniano. Fotografía de Gervasio Sánchez

Torres de San Gimigniano. Fotografía de Gervasio Sánchez

Conocí Génova hace 35 años. Era una Génova vetusta, sucia, acomplejada por su incapacidad para atraer a los turistas que se peleaban por visitar Milán, Verona o Venecia.

Hace dos años paré en Génova camino de Bosnia en casa de una amiga. Crucé una ciudad más alegre y limpia y me comprometí a regresar y visitarla durante varios días. Cené, dormí y temprano continué el viaje.

Esta tercera visita la recordaré por la noche hotelera más cara de todo el viaje, la peor situación para encariñarse con un lugar. A ver si vuelvo y me recupero de tantos disgustos y, por fin, empiezo a conocer una ciudad que seguro que me tiene que gustar.

He llegado poco antes de anochecer a Zaragoza. Detengo el coche delante del portal de mi casa 45 días después de haber empezado el viaje en el mismo punto. 10.741 kilómetros y 318 millas náuticas después. Sin ningún incidente.

Un viaje bordado por la magia de lugares increíbles, algunos mediáticos, otros desconocidos para la mayoría. Antes de bajar los bultos pienso: ¿Hay algo tan bello como viajar? Lo dudo, me respondo muy cansado.

FIN

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