La capital de los crímenes abominables

EUROPA EN GUERRAS (18)

Berlín (Alemania)

Vuelvo a Berlín después de 31 años. En diciembre de 1983, el muro cortaba la ciudad en dos y era su máxima atracción. El ambiente que se respiraba en el Oeste era provinciano y en el Este, inquietante. Había que atravesar la frontera en una estación subterránea del metro. Eran dos mundos radicalmente opuestos que se daban la espalda.

Hoy Berlín es, de nuevo, el gran pulmón europeo, la capital culturalmente más interesante con colas de turistas ante sus principales museos, con unos precios asequibles si lo comparamos con los de las otras dos megalópolis, París y Londres. Una ciudad que te invita a pasear por sus calles y a perderte por sus parques.

Pero Berlín fue la gran capital del crimen organizado nazi. Quizá, por ello, elijo esta ciudad para finalizar este serial de 18 capítulos que empezó en Belchite y que ha resistido más de 8.000 Kilómetros en un largo viaje por España, Francia, Suiza, Italia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Hungría, Eslovaquia, Polonia y Alemania.

Monumento a la memoria de los judíos asesinados en Europa. Fotografía de Gervasio Sánchez

Monumento a la memoria de los judíos asesinados en Europa. Fotografía de Gervasio Sánchez

La llegada a Berlín después de visitar ciudades arrasadas por los soldados alemanes entre 1939 y 1945 y de ver las huellas del holocausto en casi todos los países centroeuropeos produce sensaciones contradictorias.

Admiro sus colosales edificios históricos y sus espectaculares avenidas, pero sé que esas mismas estructuras arquitectónicas fueron utilizadas como gran escenario por los nazis, para crear un estado de superioridad e inmortalidad racistas que concluyó en tragedia.

La perversión ideológica y la manipulación de los sentimientos son los responsables de que un gran pueblo como el alemán viviese una etapa de su historia caracterizada por la falta de empatía y piedad con las víctimas. En las hoy avenidas vacías, sin apenas tráfico porque los berlineses también se van de vacaciones, sigo viendo aquellas impresionantes manifestaciones que incluían a centenares de miles de alemanes acríticos y obnubilados por el poder absoluto.

Seguro que no participó toda la población, que muchos se quedaron en casa, que no pocos sentían náuseas, pero Adolf Hitler y su tropa de asesinos despiadados consiguieron que pareciese que toda la nación desfilaba por las calles apoyando el sueño pangermánico y escuchaba insensateces como éstas de su máximo líder: “Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad”.

Soldados maltratan se mofan de un judío religioso

Soldados maltratan se mofan de un judío religioso

Decido empezar la visita a Berlín por el impresionante Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa. Me sorprende gratamente el lugar donde se encuentra y que la iniciativa naciera de una propuesta de la periodista Lea Rosh y el historiador Eberhard Jäckel. Y me emociona que se haya elegido el centro de Berlín, al lado de la Puerta de Brandeburgo y muy cerca del Reichstag, el parlamento alemán.

Me parece un acto de valentía que los gobiernos parlamentario y municipal hayan decidido que el mejor terreno de la ciudad, el más valorado económicamente, el más visitado (imposible esconder la vergüenzas y los crímenes del pasado) se haya consagrado a homenajear a los judíos, las principales víctimas de la Segunda Guerra Mundial. No ocurre lo mismo en todos los países cuando se trata de verificar el pasado y recordar a las víctimas de las contiendas armadas.

El monumento consta de un campo de estelas de 19.000 metros cuadrados con 2.711 cubos de hormigón y un museo o centro de información. Recorrer este laberinto de memoria durante un buen rato es un ejercicio emotivo y angustioso.

Alemania se ha responsabilizado de su pasado criminal. Estuvo pagando las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, ordenadas en el Tratado de Versalles, hasta septiembre de 2010, es decir durante más de 90 años. También pago altas cantidades de dinero por el daño causado durante la Segunda Guerra Mundial.

Los crímenes de guerra alemanes fueron abominables. Hablamos de seis millones de judíos asesinados y de millones de prisioneros de diferentes nacionalidades y etnias. De 17 millones de seres humanos, según algunos investigadores.

Pero, como recordaba recientemente Josep Fontana, uno de los historiadores más prestigiosos de nuestro país, las atrocidades cometidas por los japoneses con los prisioneros de guerra y los civiles han pasado desapercibidas a pesar de que el número de víctimas se acercaba al de los nazis.

Comenta el profesor Fontana en Público que el centro de investigación de armas bacteriológicas de Pingfan (Manchuria) mantuvo operativa la “unidad secreta 731” cuyos investigadores “experimentaron armas bacteriológicas con los presos chinos y practicaron la vivisección sin anestesia en seres humanos”. Al parecer, a los responsables de crímenes de guerra “se les ofreció inmunidad a cambio de los resultados de sus investigaciones”.

En mayo de 1994, el parlamento alemán adoptó una serie de medidas penales para castigar a los nostálgicos del Tercer Reich que preveían la imposición de multas y penas de hasta tres años de cárcel para quienes “aprueben, nieguen o minimicen, en público o en una reunión privada, los actos perpetrados durante la dictadura nazi”. También se decidió penar la exhibición de insignias y emblemas de las organizaciones neonazis.

Monumento a los judíos asesinados. Fotografía de Gervasio Sánchez

Monumento a los judíos asesinados. Fotografía de Gervasio Sánchez

Millones de alemanes fueron expulsados de los países ocupados por los nazis posteriormente al fin de la Segunda Guerra Mundial. Investigadores internacionales han comenzado a barajar cifras que rondan los 13 millones de personas. Tres millones se tuvieron que ir de Checoslovaquia, un millón 300.000 de Polonia, casi 800.000 de Rumania, más de 600.000 de Hungría, medio millón de Yugoslavia y el resto de otros antiguos territorios alemanes.

No fueron desplazamientos pacíficos. Al contrario, los grupos locales paramilitares que se encargaron del trabajo sucio, amparados por los estados, acabaron con la vida de dos millones de alemanes. La inmensa mayoría perdió sus propiedades y sus ahorros de toda la vida. Las casas de los alemanes desplazados contra su voluntad fueron entregadas a víctimas de la ocupación nazi.

 

No ha sido hasta el año pasado cuando el gobierno alemán ha comenzado a rehabilitar a sus desplazados tras las Segunda Guerra Mundial. El 11 de junio de 2013, Merkel inauguró en Berlín el centro de documentación “Huidas, Expulsiones y Reconciliación”. 3.000 metros cuadrados como “señal visible en recuerdo al sufrimiento de más de 14 millones de alemanes que perdieron su hogar en el este de Europa” al concluir la contienda, tal como dijo Merkel en su discurso de inauguración. Aunque  matizó que “sin el nacionalsocialismo y su expansión política nada de esto habría ocurrido”.

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