Volví a Chile en septiembre de 1988, días después de que se conmemorase el quinceavo aniversario del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende. El dictador Augusto Pinochet quería convertirse en presidente elegido por el pueblo y aceptó ser candidato en un plebiscito. Pensaba que después de años de violencia y persecución lo tenía todo bien atado. Ganaría y estaría en el poder hasta al menos 1997, casi un cuarto de siglo.

El dictador Augusto Pinochet acompañado de los comandantes en jefe de las distintas ramas de las Fuerzas Armadas chilenas. Fotografía de Gervasio Sánchez
La Constitución Política de 1980 le había garantizado la presidencia hasta el 11 de marzo de 1989. Tres años antes, en julio 1986, Pinochet admitió en una entrevista que quería continuar al frente de los destinos de Chile. Dos meses después el Frente Patriótico Manuel Rodriguez emboscó a la comitiva del dictador y estuvo a punto de acabar con su vida.
Pinochet creyó salir reforzado del atentado y dos años después consiguió que los comandantes en jefe de las distintas ramas de las fuerzas armadas y el director de los carabineros lo propusieran como candidato a pesar de que existían sectores de la derecha que estaban a favor de apostar por un civil.
El Chile que me encontré en aquel septiembre de 1988 era bien distinto al que conocía. Las manifestaciones de los partidarios del No y el Sí a Pinochet se multiplicaban a lo largo de todo el país. Los canales de televisión emitían propaganda política contraria a Pinochet, algo que nunca se había visto.
En los años de la dictadura se mantuvo un control férreo de los medios de comunicación, especialmente de la televisión, aunque cada semana media docena de publicaciones aparecían en los quioscos con reportajes críticos sobre la dictadura.
Un día encontré un libro con páginas en blanco titulado Hinteligencia militar que se vendía de forma clandestina. El sentido del humor del régimen era nulo. Lo prohibieron porque no les gustó aquella h encabezando el título.
A medida que se iba acercando el 5 de octubre, fecha del plebiscito, el número de periodistas acreditados iba aumentando de forma espectacular. Se habló de dos millares de informadores extranjeros y centenares de observadores llegados de diferentes países.
El dictador intentaba mostrar una imagen más civilizada. Todavía tengo guardadas las fotografías que entregaban gratuitamente los promotores de su candidatura en las que se veía a Pinochet rodeado de sus nietos, acariciando a niños durante la inauguración de escuelas, protegido por un casco de obra mientras charlaba con los trabajadores.
Había estado muy cerca de Pinochet en varias ocasiones. Su servicio de seguridad era muy eficiente. Permitía trabajar a corta distancia a los fotógrafos acreditados sobre todo si eran extranjeros. Alguna vez se había cruzado su mirada con la mía y yo sólo había visto hielo y desprecio en sus ojos. Lo que sí relucía era la perla que siempre llevaba prendida de su corbata cuando iba vestido de civil.

El dictador Augusto Pinochet vestido de civil en un acto organizado por sus partidarios. Fotografía de Gervasio Sánchez
Los rumores de suspensión del plebiscito se intensificaron la víspera. Un apagón general afectó a la capital y a algunas ciudades importantes. Se supo después que Estados Unidos presionó a Pinochet para que se olvidara de perturbar el proceso político al que se había comprometido. Sus propias encuestas lo daban ya como perdedor.
El referéndum se celebró sin apenas incidentes. Más de siete millones de chilenos votaron ordenadamente, el 98% de los votantes inscritos. A las cinco de la tarde las calles de Santiago estaban custodiadas por los retenes de la policía militarizada. Los primeros sondeos independientes reafirmaban la derrota de Pinochet por un amplio margen de votos.
La situación se tensó a partir de la primera comparecencia del portavoz del ministerio del Interior en la que se anunció que la candidatura pinochetista iba ganando. En el segundo cómputo, referido a apenas 677 de las 22.000 mesas de votación que había en todo el país, el dictador todavía mantenía una gran ventaja.
Durante las siguientes cuatro horas se instaló el silencio oficial. Pasada la media noche los comandantes en jefes de todas las ramas de las fuerzas armadas acudieron a una reunión de urgencia.
Fernando Matthei, comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, se curó en salud y antes de entrar en La Moneda, residencial presidencial, le dijo a un grupo de periodistas oficialistas: “Ha ganado el No, pero estamos tranquilos”. Poco después la principal radio opositora emitió las declaraciones de Matthei. Fue la punzada definitiva.
En sus memorias este general aseguró años más tarde que Pinochet no estaba dispuesto a reconocer los resultados y quería a asumir todo el poder. Alguno de los presentes se opuso enérgicamente. Fue tal la tensión que se vivió que uno de los generales presentes sufrió un ataque al corazón. La actitud de sus compañeros de armas obligó a Pinochet a aceptar la derrota y ordenar la publicación de los resultados definitivos.

Una manifestante opuesta al dictador Pinochet muestra un retrato del presidente Salvador Allende, muerto durante el golpe de Estado de septiembre de 1973. Fotografía de Gervasio Sánchez
Las calles de Santiago fueron ocupadas desde primeras horas de la mañana por decenas de miles de manifestantes que celebraban de forma festiva aquella derrota histórica. Los carabineros chilenos, famosos por brutalidad, se empecinaron en evitar cualquier tipo de concentración. Por todas partes se gritaba “Y ya cayó la dictadura militar” y “Que se vaya, que se vaya”
En las barriadas obreras los manifestantes ocuparon las principales travesías y se enfrentaron a los retenes policiales. En Villa Francia Luis Alberto Silva Jara, un niño de 14 años, fue herido mortalmente por una bala disparada por un carabinero. Su velatorio al día siguiente se convirtió en acto de repulsa contra la violencia gratuita del régimen.
Por la tarde miles de chilenos se concentraron en las principales plazas de la capital y en la Alameda del Libertador Bernardo O´Higgins. Los manifestantes avanzaron hasta el antejardín de la Moneda sin que la policía interviniese. Por primera vez Pinochet podía ver si se asomaba al balcón a sus detractores invitándole a abandonar el poder lo antes posible.
La llegada de los blindados antidisturbios fue el anuncio de que aquella celebración acabaría en una batalla campal. Los policías empezaron a situarse estratégicamente en las calles aledañas con el fin de impedir la huida de los manifestantes cuando empezasen las cargas. Una treintena de fotógrafos y periodistas extranjeros y nacionales fueron el blanco predilecto de los represores.
A mí me salvó el conocimiento que tenía tanto de las calles del centro como de la estrategia que seguía la policía en la represión de las manifestaciones. Y también la suerte. Varios de los informadores tuvieron que pasar la noche hospitalizados por las palizas recibidas. Los policías aprovecharon el caos para robar algunas cámaras fotográficas. Aquella fue la primera señal de la agonía del régimen militar chileno.
A finales de noviembre de 1989 regresé a Chile para cubrir las elecciones generales. Venía de El Salvador de la guerra abierta y llegaba a “un país a cuatro días de ser libre”. El país andino recuperó la democracia (muy vigilada por los militares) el 11 de marzo de 1990. Pinochet se mantuvo como comandante en jefe del ejército hasta el 10 de marzo de 1998.
Un país a cuatro días de ser libre (1) (Reportaje de tres páginas publicado el 10 de diciembre de 1989)
Un país a cuatro días de ser libre (2)
Un país a cuatro días de ser libre (y 3)

Qué suerte que conocieras las calles de Chile y encontraras “la salida”.
Gracias por los artículos, manten siempre la palabra, que a este pasa va a ser lo único público y gratuito que nos va a quedar.
Y gracias por tus imágenes, testigo imparcial de muchas realidades.
Qué suerte que conocieras las calles de Chile y encontraras “la salida”.
Gracias por los artículos, manten siempre la palabra, que a este paso va a ser lo único público y gratuito que nos va a quedar.
Y gracias por tus imágenes, testigo imparcial de muchas realidades.
Lo que necesita Chile es un camino independiente, independiente de su sometimiento a las transnacionales del país del norte, que han marcado a sangre y fuego su historia; y la miseria y muerte de gran parte de los chilenos, también de los Mapuche.