Color, dolor y racismo en Guatemala

Mi primer contacto físico con Guatemala se produjo el 15 de octubre de 1984. Por la mañana muy temprano abandoné la ciudad mexicana de San Cristobal de las Casas. Unas horas después ya estaba en la frontera de La Mesilla. Los trámites aduaneros fueron rápidos.

Coincidí con un puñado de viajeros extranjeros en un pequeño microbús. Los turistas no se atrevían a viajar por un país que vivía en permanente descenso a los infiernos. Los pasajeros guatemaltecos ni cuchicheaban. En los siguientes setenta kilómetros tuvimos que parar ante una decena de controles militares y policiales. Los soldados se mostraban desconfiados, nos apuntaban con sus armas y nos ordenaban descender para cachearnos.

Un año y medio antes, en enero de 1983, había empezado a trabajar en Barcelona con la organización humanitaria Amnistía Internacional. Mientras estudiaba cuarto de Periodismo dedicaba muchas horas a la semana a leer y resumir informes de las violaciones de los derechos humanos.

Celebración del día de los difuntos en un cementerio guatemalteco. Fotografía de Gervasio Sánchez

Lo que sabía sobre Guatemala superaba la imaginación más depravada. El país estaba cubierto de fosas comunes en la que yacían mujeres violadas y empaladas, niños de corta edad y ancianos. Los jóvenes se habían salvado porque huyeron de las aldeas antes de que se produjesen las incursiones del ejército y las patrullas civiles. Años después asistiría a varias exhumaciones.

El viaje hasta la capital se hizo eterno. Poco antes del anochecer llegamos al centro de la ciudad y conseguimos que el microbús se detuviese al lado del Chalet Suizo, un hotel que se convertiría en mi cuartel general en los años posteriores.

Me atreví a salir a la calle cuando ya había anochecido. Los dueños del hostal me lo desaconsejaron, pero estaba muerto de hambre. Volví rápido, me acosté y dormí de un tirón.

Al día siguiente escuché voces en la recepción. Algunas personas lloraban. Me asomé a la calle y, a unos cuantos metros, yacía un cuerpo sin cabeza. Me contaron que las fuerzas de seguridad salían cada noche a cazar a supuestos opositores a los que bautizaban como terroristas y, antes de amanecer, distribuían a las víctimas cazadas y asesinadas por lugares estratégicos. El objetivo era provocar el terror y paralizar a la población civil.

Les encantaban regodearse en la violencia gratuita, necesitaban que se viera la crudeza de sus actos. Los cuerpos aparecían desnudos, decapitados, quemados. Los rastros de las violaciones eran visibles en las vestimentas ensangrentadas de las mujeres.

En aquellos años miles de niños desplazados por los conflictos centroamericanos vivían en las calles. Las niñas se prostituían, los niños protagonizaban pequeños hurtos. Los cuerpos de algunos de estos niños aparecían abandonados en los basureros. Los asesinos les arrancaban los ojos o les cortaban la lengua. Amnistía internacional tuvo que liderar una campaña internacional contra esta salvaje práctica.

Adolescentes desplazados por la guerra viven en las calles y esnifan pegamento. Fotografía de Gervasio Sánchez

No me gustó la capital guatemalteca. Ni nunca me ha gustado a pesar de que he tenido que trabajar semanas enteras y vivir en su violenta zona 1. Aproveché aquella primera mañana para visitar a algunos familiares de desaparecidos que me aconsejaron que no me acreditase como periodista porque era muy peligroso.

Unos turistas me habían contado que el Banco de Guatemala compraba 100 quetzales, la moneda local, por 100 dólares a pesar de que en el mercado negro recibías un quetzal y medio por cada dólar. En la simple operación bancaria ganabas 50 quetzales. Con 50 quetzales podía dormir 25 noches en el Chalet Suizo y comer al menos una comida diaria. La pena es que sólo se podía hacer una vez al año ya que te ponían un sello en el pasaporte que te impedía repetir.

Dos meses después regresé a Guatemala y conocí a un argentino que había arrancado una docena de páginas del pasaporte para cambiar otras tantas veces más. Con el dinero extra llevaba unos seis meses viviendo gratis en Guatemala. Pero las autoridades de su país no le querían renovar el pasaporte usado y vivía atrapado sin poder abandonar el país centroamericano.

Guatemala era un país de postal. El color de los huipiles, vestimentas tejidas a mano, extasiaba. El dolor se escurría en aquella explosión de belleza. Los poderosos, herederos de los antiguos colonos blancos que nunca se habían mezclado, eran obscenamente racistas.

Dos días después atravesé la frontera de El Salvador y realicé un largo viaje por los conflictos centroamericanos. Aunque regrese a Guatemala un par de meses más tarde tardaría muchos años en atreverme a trabajar como periodista en aquel país herido de muerte por la violencia endémica.

En 1984 no había grupos organizados de turistas. En Panajachel, aldea que bordeaba el bellísimo lago Atitlán, sólo funcionaban dos pensiones. Visitar la aldea de Santiago, donde vivía un millar de viudas cuyos maridos habían sido asesinados o estaban desaparecidos y seiscientos niños huérfanos de padre y madre, obligaba a alquilar un barquito. Al ejército no le gustaban las visitas no anunciadas.

La primera vez que un civil puso la banda presidencial a otro civil en Guatemala  ocurrió en 1991 después de 170 años de independencia. Los militares eran especialistas en derribar gobiernos civiles que no les gustaban.

Aquellas elecciones presidenciales fueron menos violentas que las anteriores.  El país seguía en guerra. Una guerrilla formada por varios grupos armados seguía pertrechada en montañas y selvas. Pedía una mejora de las condiciones de vida de los indios y los mestizos, pero la clase dirigente guatemalteca, formada por un puñado de familias, no estaba dispuesta a perder sus privilegios adquiridos desde hacía generaciones.

Niños corren por las calles de Nebaj. Fotografía de Gervasio Sánchez

Una noche cenaba en un restaurante en Panajachel después de viajar durante varias horas desde Nebaj, una de las ciudades más violentas del país. Escuchaba las conversaciones en francés de un grupo de turistas que había llegado de visitar el mercado de los domingos en Chichicastenango.

Una de las turistas comenzó a explicarme que le encantaba el país, que la gente era muy dulce y feliz, que aquel lugar le recordaba el paraíso. Suele pasar que muchos turistas viajan sin saber qué ocurre en el país de sus sueños. No es obligatorio llevar un dossier de prensa. También hay periodistas que viajan sin estar documentados. Es más grave pero, al menos, a ellos se les nota cuando se ponen a escribir y caen fácilmente en el simplismo y la ignorancia.

Pero aquella noche no estaba dispuesto a escuchar lindezas de aquel calibre. “Señora –le dije-, ¿sabe usted que en los alrededores del mercado que ha visitado hay un centenar de cementerios clandestinos en el que yacen niños, mujeres, civiles asesinados en la última década?”.

La señora se quedó pensativa durante unos minutos hasta que hincó el cuchillo en el trozo de carne que se estaba comiendo y contestó: “Es posible pero los indígenas son muy simpáticos y felices”.

Pensé si valía la pena continuar aquella conversación. Pensé en decirle a la guía que informase a los turistas de la triste realidad que se ocultaba tras tantas sonrisas. Pensé que era una insensatez viajar con los ojos tapados y la conciencia inservible. Pensé, aquella noche, que el sino de nuestros tiempos era la estupidez. Pero estaba cansado de toparme con la muerte y concluí que no valía la pena hacer el más mínimo esfuerzo. La batalla de la información estaba perdida desde hacía mucho tiempo.

Guatemala, una tragedia perenne (1) (Reportaje publicado el domingo 6 de enero de 1991)

Guatemala, una tragedia perenne (2)

Guatemala, una tragedia perenne (y 3)

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3 respuestas a Color, dolor y racismo en Guatemala

  1. Gervasio, hace tres meses que estuve en varios pueblos del Atitlán y otras zona de Guatemala. Supongo que la situación es incomparable. Hoy en día Panajachel es terriblemente turística, Santiago bastante menos, pero sigue siendo necesario moverse en barco de pueblo en pueblo. Hay mucha violencia en los caminos que recorren ese paisaje tan espectacular.

  2. anuria dijo:

    La batalla de la buena informacion nunca esta perdida y es tan necesaria como imprescindible para la prosperidada en cualquier pais, sigue con tu impoluto y claro trabajo….que merece la pena.¡Gracias!

  3. Me gusto mucho tu pagina, se ve que has trabajado mucho en ella. Feliciatciones

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