El cólera y la pituca en Perú

Una epidemia de cólera se aferró a Perú a finales de enero de 1991, en plena guerra del Golfo. Los diarios encadenaban páginas sobre un conflicto en Oriente Medio que muy pocos cubrían en primera línea. Pero eran tiempos de silencio informativo para otras crisis.

Estaba destacado en Jerusalén pero me hubiera gustado irme volando al país latinoamericano que conocía bastante bien desde hacía varios años. Cuando comentaba mi frustración a algunos compañeros siempre recibía la misma respuesta: “¿A quién le interesa el cólera de Perú? La noticia está aquí”. Contestaba con mala leche: “Pero si estamos haciendo refritos censurados”.

Mi regreso a casa de aquella maldita cobertura coincidió con una profunda crisis profesional a pesar de que fui recibido como un héroe. Mis allegados, familiares y amigos, sentían que había sobrevivido a la hecatombe. Pero sabía que habíamos protagonizado una auténtica farsa.

Los periodistas que se ponían la máscara antigás (informadores de la CNN, por ejemplo) cuando se producía una alarma aérea sabían que estaban mintiendo a la opinión pública. Un día habrá que desempolvar los programas en directo de algunas radios españolas para analizar hasta dónde puede llegar la irresponsabilidad cuando se trata de mantener en vilo a la audiencia.

Las semanas siguientes a mi regreso me planteen dejar el periodismo. Trabajaba de camarero durante las temporadas veraniegas para conseguir equilibrar los ingresos y los gastos de mis viajes. Pensé en realquilárselo a mi jefe en invierno. Con un buen acondicionamiento era el lugar ideal para comer y cenar a cien metros del mar. Si me buscaba un socio podría trabajar seis meses al año y viajar el resto del tiempo. Ya había hechos viajes de varios meses por India, China, Argelia, América Latina. Me encontraba por el camino a viajeros de otras nacionalidades que se dedicaban años a dar la vuelta al mundo. Sentía fascinación por aquella forma de vida.

Pero una oferta de Iberia me obligó a poner los pies sobre la tierra. Se podía viajar a  América Latina a mitad de precio. Ya entonces no me gustaba la compañía de mi país. Estaba harto de sus retrasos y muy especialmente de la prepotencia de las azafatas de los vuelos con destino el continente americano. La mayoría de ellas actuaban como carceleras y mantenían un trato intolerante con muchos pasajeros latinoamericanos.

Pero hace 20 años una oferta a mitad de precio era una auténtica ganga. Decidí que en mayo viajaría a Perú donde continuaba la epidemia de cólera y en junio a México.  No sé si somos conscientes de que hoy viajar en avión (no importa con qué compañía) es más barato que hace 20 ó 30 años. Mi último viaje a Israel en 2006 me costó unos 400 euros, menos que las 68.000 pesetas que pagué en mi primer viaje de septiembre de 1982, realizado casi un cuarto de siglo antes.

Enfermos de cólera en Iquitos. Fotografía de Gervasio Sánchez

La epidemia de cólera se había iniciado en las ciudades costeras peruanas de Chimbote, Piura y Chancay. Hubo días de 800 casos con una mortalidad muy baja debido a la cercanía de los hospitales. El cólera es una afección intestinal que produce una rápida deshidratación y puede causar la muerte en pocas horas. Si utilizas suero intravenoso puedes salvar la vida por muy mal que llegues al centro médico.

En mayo de 1991 la epidemia ya afectaba a las zonas amazónicas y la mortalidad se había disparado. Las autoridades peruanas intentaban minimizar los estragos. Lo primero que hice fue viajar a Iquitos, la principal ciudad bañada por el Amazonas. El principal foco de infecciones estaba en su barrio de Belén. Los niños se bañaban en sus aguas putrefactas.

Los equipos de emergencia temían que la epidemia se propagase hasta Brasil. Me adentré con uno de estos equipos en una lancha rápida por afluentes y brazos de agua hasta llegar a aldeas muy aisladas. Encontramos a muchos moribundos. Las campañas radiofónicas eran muy eficientes. Enseñaban a hacer suero con agua hervida, azúcar y sal. Pero aquellos aldeanos eran tan pobres que no tenían radio o carecían de dinero para comprar baterías.

Un campesino me contó que tres de sus hijos habían muerto. Estaban tan acostumbrados a las diarreas que al principio no le dieron importancia. La muerte de dos de sus hijos en pocas horas le alarmó. Cuando el tercero enfermó lo metió en una barca y se dirigió a Iquitos. Al quedarse sin carburante tuvo que remar, pero el pequeño  murió en el camino. No tuvo más remedio que regresar para enterrarlo.

Las distancias eran enormes. Necesitabas motores fuera borda para trasladarte desde Iquitos a cualquier aldea. Allí vivían 350.000 peruanos en más de dos millares de aldeas aisladas. La pobreza era endémica y las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes no cumplían las más mínimas normas de higiene. Era un pozo sin fondo ideal  para que se propagase una epidemia con facilidad.

Los escasos turistas que se habían atrevido a viajar a Iquitos cenaban en los  restaurantes al borde del rio más caudaloso del mundo con unas vistas preciosas. Decenas de niños y niñas vestidos con harapos esperaban de forma ordenada en las afueras de los restaurantes. Cuando veían que los clientes habías dejado de hurgar en los  platos se acercaban sigilosamente y pedían las sobras. Los clientes esparcían las sobras por  el fondo de la bolsa. Siempre en un silencio astillado por un sentimiento de culpa.

También visité durante varios días Cajamarca y otras aldeas de la sierra peruana donde se había disparado el número de casos de cólera. A mi regreso a Lima desde Trujillo me tocó en el avión una compañera de viaje bastante atractiva cuya forma de hablar evidenciaba a qué segmento de la población pertenecía.

Era una pituca (pija) de Miraflores que empezó a despotricar contra los indígenas en cuanto le dije que era periodista y que estaba en el país documentando la epidemia de cólera. “Si no fueran tan sucios no habría epidemia y no mancharían la imagen de este país”, me dijo con el tono racista al que ya me había acostumbrado en Perú.

Intenté contemporizar. “El problema es la pobreza endémica. Nadie es sucio porque sí. El estado no se ha preocupado por mejorar sus condiciones de vida y la epidemia se expande con gran rapidez”, le dije a mi vecina. Ella me reprochó mi buena fe y me sorprendió el tono de su comentario: “No hay nada que hacer con ellos. Son como los animales. Sólo atienden a los golpes”.

Venía muy cansado. Sabía que muchas personas humildes estaban muriendo sin conocer la causa de la mortandad. Pero no estaba dispuesto a aguantar la típica retórica desagradable de los pitucos limeños.  “Señora, su forma de hablar es muy agresiva. Debería usted conocer mejor su país y así se daría cuenta de que es una privilegiada en un país de pobres¨, le dije levantando la voz.

Ella no se acható. Sus dulces rasgos ya habían sido contaminados por la ofuscación. Me contestó lo que ya esperaba escuchar: “Usted no sabe cómo es mi país. Si viviera aquí pensaría distinto”. Cerré los ojos y pensé que aquella batalla estaba perdida desde hacía mucho tiempo.

Epidemia en Latinoamérica (1) Publicado el 19 de mayo de 1991

Epidemia en Latinoamérica (y 2)

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2 respuestas a El cólera y la pituca en Perú

  1. daniel dijo:

    hola que tal perdon perdon la guerra que tiene que ver con el colera de gran magnitud que huvo en peru me podrias explicar gracias

  2. abel martinez dijo:

    Estimado Daniel,
    Argumentos como los esgrimidos por la muchacha en cuestión, ajena a la realidad que la rodea, desconocedora de lo que hay “Más allá del Jardín” (preciosa novela que le recomiendo) , y probablemente ignorante de la procedencia del dinero con el que sus papás la han mimado, han sido y son el germen de muchas de las guerras que ha habido y hay.

    En último término, sería una guerra contra la desigualdad de derechos, de reparto, de oportunidades… no aleatorias o casuales.
    Ni siquiera accidentales.
    Sino desigualdades calculadas, mantenidas, alimentadas y defendidas, a veces de modos más sutiles y crueles que un fusil, por los que dependen de ellas para mantener una posición a la que, en la mayoría de los casos, no ascendieron, sino que heredaron.
    Y si los progenitores se preocupan de acolchar la realidad antes de que toque a sus hijos, “para que no vean lo feo de donde sale toda esta lana” [sic] (Octubre 2010, Iberia Madrid-Guayaquil), y estos últimos carecen de la mínima curiosidad que podría abrirles los ojos a una realidad incómoda, el trabajo está hecho.
    Dale tiempo y un par de malas cosechas.

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