Las cenizas de la biblioteca

  Nunca olvidaré el día que entré en la biblioteca de Sarajevo destruida por una bomba incendiaría a finales de agosto de 1992. La mayoría de los libros importantes, incunables incluidos, se habían salvado por su traslado a un lugar más seguro al inicio del cerco.

  Era una mañana tranquila después de varias jornadas de bombardeos muy violentos. El  edificio construido a finales del siglo XIX había dejado de humear. Al llegar a la puerta principal, un renacuajo de seis años llamado Edo Vosivcic se nos presentó a Alfonso Armada y a mí con desparpajo y una sonrisa: “Yo soy el mejor guía. Seguirme”.

  En el interior nos topamos con un amasijo de hierros retorcidos, piedras y estanterías volcadas. Había que andar como si estuvieras en un mar de ceniza. Tus piernas se hundían hasta la rodilla y, a veces, chocaban con maderas astilladas.

  Había algunos estantes en pie. Filas de libros calcinados se mantenían en sus posiciones originales. Los tocaban y se desmoronaban para siempre. La ceniza se inflaba como un globo de polvo y te cubría el rostro. Si tosías, otras filas se derretían como cuando estrujas la nieve.

   Había entrado en aquella biblioteca  por primera vez en 1981, once años antes cuando visité Sarajevo en un viaje de placer. El edificio era hermoso con su fachada hispano-morisca diseñado por un arquitecto austro-húngaro que se suicidó.

  Antes de ser biblioteca había sido la sede del Ayuntamiento. El archiduque Francisco Fernando abandonó el edificio minutos antes de que el serbio Gavrilo Princip lo asesinase en 1914.

  No creo que haya un edificio en el mundo (salvo en el que vivo en Zaragoza) en el que haya entrado más veces desde aquel día. En los siguientes años me refugiaba en la biblioteca cada vez que el barrio turco era bombardeado. Otras veces me sentaba entre sus entrañas destrozadas por el odio cuando necesitaba descansar de largas caminatas o me apetecía pensar con tranquilidad sobre la condición humana.

   Alfonso Armada nombró a Edo “guardián de las cenizas”. En los años siguientes nunca dejamos de visitarlo. Cuando nos veía se nos tiraba encima y nos besuqueaba. Parecía pertenecer al club de los faltos de cariño. Nosotros le regalábamos chocolatinas y paquetes de espaguetis. Ya entonces tenía dificultades para hablar, quizá por culpa del estrés que siempre causa la guerra. Lo vimos crecer y todavía hoy, 20 años después, sigo viéndolo cuando regreso a la capital bosnia.

Edo en la biblioteca destruida de Sarajevo con el brazo en cabestrillo después de una caída. Fotografía de Gervasio Sánchez

  Podríamos decir que Edo forma parte de esa estadística inexistente de víctimas de la guerra que no han muerto ni han sido heridos, pero que viven golpeados por los fantasmas del pasado, que estrangulan diariamente la esencia de sus vidas.

  Edo tenía que haber recibido ayuda psicológica para reconstruir su integridad mental después de pasar tres años y medio cercado y bombardeado. Pero nunca se reconstruyen las heridas internas que causan una guerra.

   Ya en septiembre de 1992 empezábamos a temernos que aquel cerco iba a durar mucho tiempo. Un cerco medieval con armamento moderno. El fin era aterrorizar a los ciudadanos mientras se iban debilitando las defensas anímicas y los ahorros se gastaban en la compra de productos de primera necesidad a precios abusivos.

  Los frentes estaban estabilizados. Los sitiadores dominaban las colinas desde donde bombardeaban la ciudad. La inmensa mayoría de los fallecidos morían destrozados contra el asfalto alcanzados por las cargas de los proyectiles o las balas de los siempre activos francotiradores.

  Los serbios tenían emplazadas unas 500 piezas de artillería pesada y un centenar de carros de combate y contaban con más de 20.000 combatientes. Era tan fácil controlar la ciudad que nunca tuvieron que utilizar la aviación como habían hecho a menudo en la guerra de Croacia.

  La línea del frente medía decenas de kilómetros. Unos, los que cercaban, estaban atrincherados en posiciones situadas en colinas escarpadas imposibles de atacar. Otros, los cercados, se defendían con algunos cañones de pequeño y mediano calibre y con voluntarios que eran masacrados cada vez que se atrevían a realizar operaciones de contraataque.

   Los jefes militares bosnios afirmaban que la ciudad era defendida por 30.000 soldados. La inmensa mayoría eran voluntarios sin preparación militar y un 5% eran mujeres. Para más inri no tenían fusiles para todos. Los soldados regresaban a casa de permiso vestidos de civil y sin armamento individual.

   En junio de 1992 abandoné Sarajevo con la sensación de no recordar un minuto de silencio. Hubo días de 3.000 explosiones. En septiembre la intensidad de fuego había disminuido. Pero la ciudad se había vuelto más peligrosa. Los usos de los artilleros ya no eran tan puntuales.

   Al finalizar el toque de queda los ciudadanos se dirigían a sus trabajos a primera hora de la mañana. Entre las siete y las once apenas había disparos. Los sitiadores dormían después de una noche intensa de combates y alcohol. Se formaban las colas del pan y se llenaban los bidones de agua en las fuentes públicas. A las once se enterraban a los muertos del día anterior.

  Había más vida en los barrios más protegidos. Había cafés abiertos sin nada que consumir. A veces aparecía una milagrosa botella de rakia, el aguardiente local. La fiesta duraba unos minutos.

  Los serbios controlaban un 15% del casco urbano. Desde el barrio de Grbavica y Vraca tenían a tiro la principal avenida, la más desierta del mundo. En los cruces más peligrosos se arremolinaban los ciudadanos. Tenían que correr decenas de metros batidos por francotiradores. Era fácil hacer blanco cuando iban cargados con garrafas de diez litros de agua o se sentían debilitados después de meses sin comer decentemente.

   Podías observar comportamientos muy distintos. Había personas que se mostraban indiferentes al peligro. Miraban con altivez hacía las colinas donde vigilaban los sitiadores. Atravesaban los puntos negros con una tranquilidad pasmosa. Otras, en cambio, se sentían agobiados por el miedo y esperaban minutos paralizados antes de dar un paso. Para ellas cuarenta metros podían ser eternos.

  El drama diario de una ciudad aniquilada por los radicales y olvidada por los diplomáticos fluía en cada esquina, en cada edificio, en cada hogar, en cada ciudadano mientras los cementerios se iban quedando sin espacio para los enterramientos.

Sarajevo: El infierno que no cesa (1) Reportaje publicado el 6 de septiembre de 1992

Sarajevo: El infierno que no cesa (2)

Sarajevo: El infierno que no cesa (y 3)

 

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2 respuestas a Las cenizas de la biblioteca

  1. Es impresionante y aterrador. Hablas de pleno siglo xx y parece una historia medieval, en verdad. Me resultan también inmensas estas palabras tuyas: “Nunca pensé que esa fotografía entraría en los museos. Nació para documentar el horror de la guerra, la incapacidad del hombre para vivir sin matar a su vecino.”. De una inmensidad que aterra y hace que me sienta indigno como ser humano, que desee no serlo más especialmente cuando revelas (en tus imágenes y en tus palabras) “la incapacidad del hombre para vivir sin matar a su vecino”… y no sólo matarlo, sino humillarlo desde su constante ambición de poder.

    Un abrazo y gran cuidado, Gervasio, que nuestra indignación cuenta con hombres como tú para sostenerse sobre el delicado y difuso margen de la dignidad humana.

  2. Pingback: 24 de octubre: día de la Biblioteca | Miralibro

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