Diario de la infamia (1 de abril de 2003)

Hace 10 años empecé Diario de la Infamia coincidiendo con el inicio de la invasión en Irak. Durante un mes escribí cada día un artículo criticando duramente aquella guerra contra un criminal y genocida llamdo Sadam Husein. A pesar de que mis artículos pudieron molestar a los dueños del diario jamás recibí ninguna recomendación para que cambiara el tono de mis artículos. Durante estos diez años he regresado muchas veces an Iraq y he visto como el país se iba desangrando.

SEÑORES DE LA GUERRA  (Publicado el 1 de abril de 2003)

Sólo llevamos doce días de hazañas bélicas y ya tenemos a un señor de la guerra noqueado y a otros dos en serios apuros. El primero es más conocido por su apodo, el “Príncipe de las Tinieblas”, que corresponde al ultra Richard Perle. Una investigación realizada por uno de los mejores periodistas del mundo, Seymour M.Hersh (“lo más cercano a un terrorista”, según el fanfarrón Perle), ha demostrado que el ideólogo de “la guerra preventiva” cobraba por asesorar a compañías vinculadas al negocio de la guerra y además tenía relación con personajes de turbio proceder. Le han pillado, como a Al Capone,  por cuestiones patrimoniales.

Los otros dos señores de la guerra con problemas son el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y el jefe de su aplastante maquina militar, el general de cuatro estrellas Tommy Franks. Ambos, que asienten en público y disienten, y mucho, en privado, han demostrado no estar preparados para la aventura iraquí. Si yo fuera el presidente George W.Bush les obligaría a presentar la renuncia antes de que me descalabrasen mi juego preferido.

Porque un ejército, por muy poderoso que sea, no puede ser dirigido por personajes tan aplastantemente mediocres como ambos señores de la guerra. Podrán tener el mejor currículo del mundo ( por cierto, hay una emotiva fotografía de diciembre de 1983 en la que se ve a Rumsfeld con Sadam Husein en aquellos años en que Estados Unidos vendía agentes biológicos, incluido ántrax, a Irak), pero es inaceptable que cometan errores de aprendices cuando meten a su país en una guerra de consecuencias incalculables.

“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, dijo hace décadas el escritor George Santayana. “No empieces lo que no puedas terminar”, ha dicho recientemente el semanario The Economist ( en referencia a la intervención en Afganistán aunque va como anillo al dedo al desastre de Irak). Pues ni Rumsfeld ni Franks han tenido en cuenta ambas reflexiones.

El pasado está repleto de historias de potencias invencibles que se han estrellado cuando han invadido otro país. Sus líderes también querían salvar a los ciudadanos de tiranos y a la humanidad de peligros desconocidos. Pero sus ejércitos embarrancaron porque la práctica de la guerra nunca se parece a la teoría que se aprende en las escuelas militares o en los videojuegos.

Los seres humanos odian a sus dictadores y están dispuestos a levantarse contra ellos e incluso morir. Los iraníes acabaron con el régimen del Sha a base de multitudinarias manifestaciones que eran reprimidas a sangre y fuego. Pero pocos hombres y casi ningún pueblo acepta sin rechistar que un ejército invasor le cambie de pañal.

La guerra se empieza ( lo explican los autores más clásicos) cuando todas las tropas están disponibles y el servicio de avituallamiento funciona como un hotel de cinco estrellas. Cuando se entra en acción ya no hay marcha atrás. No se puede echar la culpa al clima, la temperatura ambiente, los fallos electrónicos, la capacidad de lucha del enemigo, los países limítrofes. Si no se está de acuerdo con el menú bélico ( yo quería cinco divisiones blindadas y sólo me han dado la mitad) se dimite y no pasa nada.

El arte de la guerra ha quedado seriamente trastocado por la actuación Zipi-Rumsfeld y Zape-Franks. El principio de Peter dice que “todo lo que va mal es susceptible de empeorar”. Veremos qué pasa en los siguientes capítulos de estas hazañas patéticas.

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