10.741 Kilómetros y 318 millas náuticas después

VIAJE EN COCHE DESDE ZARAGOZA A GRECIA ATRAVESANDO LOS BALCANES DURANTE 45 DIAS DE JULIO Y AGOSTO DE 2015

2.300 KILOMETROS DE ZARAGOZA A SARAJEVO

1.- Sarajevo (Bosnia-Srebrenica)

El viaje se inició el martes 7 de julio a las 8 de la mañana en Zaragoza, el día que la ciudad consiguió batir su record histórico de calor (44,5 grados). 1.303 kilómetros después llegamos a Cremona (Italia), la localidad natal de Antonio Stradivari, el luthier italiano que dio fama a los Stradivarius. Dice Wikipedia que su familia fabricó 2.000 violines en dos generaciones.

La bellísima luz del atardecer nos permitió admirar la Catedral cuyo campanario de 112 metros de altura es el más alto de Italia. Como ocurría en media Europa los habitantes de Cremona hablaban preferentemente de la ola de calor.

El segundo día llegamos a Sarajevo después de 1.010 kilómetros. Sorprendente atravesar el norte de Bosnia entre Banja Luka y Zenica con temperaturas alcanzando los 40 grados. Ni loco me lo hubiera creído sino lo siento en mi propia piel.

Menos mal que llegamos a la capital bosnia cuando los sarajevitas muertos de hambre se lanzaban a la calle a cenar después de mantenerse todo el día en ayunas en pleno Ramadán y el calor había aflojado la presión.

Cena en la antigua fábrica de cervezas y reencuentro con amigos de hace décadas como el gran fotógrafo Ivo Saglietti, al que le debo grandes enseñanzas cuando empezaba en este oficio hace casi 30 años.

Nos conocimos en Chile el 25 de noviembre de 1986, el día del cumpleaños del dictador Augusto Pinochet. Todavía los recuerdo saliendo al balcón de La Moneda, la residencia presidencial chilena, para saludar a sus adláteres. Eran cuatro gatos muy ruidosos que se emocionaban al ver al criminal golpista con cara de pocos amigos.

El 9 de julio de cada año desde 2003 es una jornada muy singular en Bosnia-Herzegovina. Los restos identificados de las víctimas asesinadas hacen 20 años son trasladados en camiones hasta Srebrenica, el lugar de la gran matanza.

Es curioso: la ONU no puede denominar genocidio a aquella matanza por oposición de Rusia y al mismo tiempo los jueces de La Haya firman sentencias por genocidio contra los responsables.

El camión con unos 125 ataúdes recorrerá unos 170 kilómetros atravesando las mismas localidades donde todavía viven muchos de los asesinos de aquella matanza. El despliegue de las fuerzas de seguridad evitara los incidentes.

En Sarajevo, miles de personas esperan en la aceras el paso del convoy. Bajo un silencio impresionante se multiplican los rezos y los lloros. Los laterales del camión son decorados con miles de flores.

Me reencuentro con Edo, el guardián de las cenizas (tal como lo nombró Alfonso Armada), que nos ayudó a entrar en la biblioteca de Sarajevo a finales de agosto de 1992 pocos días después de ser destruida con bombas incendiarias.

Edo tenía entonces seis años y era un niño adorable y simpático. No ha perdido su sonrisa. pero la vida no ha sido generosa con él. Siempre he pensado que este niño sufrió estrés postraumático y que todo lo que ha hecho después de la guerra está vinculado a las vivencias de aquella tragedia. Con la sonrisa de siempre me ha contado que se ha separado de su mujer con la que empezó a tener hijos a los 19 años y que él se ha quedado con el pequeño que tiene la misma edad que él tenia cuando empezó la guerra de Bosnia.

Hay reencuentros en Sarajevo que te alegran porque las personas han mejorado sus vidas después de sufrir lo indecible durante el cerco, Hay reencuentros que te dejan un poso muy amargo como me ocurre cada vez que visito a Edo. No es justo que su vida sea un permanente encuentro con la mala suerte.

Mañana viajaré a Srebrenica para asistir al funeral anual y sentir una vez más que las guerras sólo se acaban cuando las consecuencias se superan. A veces ni décadas después.

VALLE DE LAGRIMAS EN SREBRENICA

2.- Srebrenica (Bosnia-Herzegovina)

El viaje en coche desde Sarajevo a Srebrenica es espectacular. La carretera serpentea entre una vegetación frondosa que impide la entrada de la luz solar en muchos tramos y que hace descender la temperatura diez grados en pocos minutos. Hay que estar muy atento en la conducción porque los bosnios tienen tendencia a pisar el lado contrario de la carretera y a adelantar en curvas peligrosas.

Aprendí a conducir durante la guerra de Bosnia-Herzegovina. Me había sacado el carnet con 20 años aunque llevaba más de una década sin ponerme al volante cuando en junio de 1992 mi amigo Santi Lyon me comentó a la entrada de Sarajevo en pleno bombardeo: “¿Qué hacemos si me hieren cuando el copiloto no sabe conducir?” Le dije que eso no iba a ocurrir, “que no fuera gafe”, pero nada más regresar a España hice las prácticas suficientes para regresar con una cierta autonomía.

Ya en septiembre de ese mismo año empecé a conducir coches alquilados y correr sin obstáculos por carreteras donde apenas había tráfico aunque era fácil que algún loco o simples personas con los nervios desechos por la tensión bélica se te echase encima en cualquier cruce.

Lo más peligroso de las carreteras bosnias son los controles policiales situados en los lugares más efectivos para multar. Lo mejor es respetar las señales porque es fácil que después de un prohibido ir a más de… hayan dos policías con radares de mano listos para pararte. Si te paran quizá puedas conseguir que te perdonen la multa por ser extranjero. Pero lo normal es que tengas que ir a la oficina de correos más cercana a pagar la multa. Los policías se quedan con tu pasaporte hasta que regresas con el justificante de pago.

Aprender a conducir en plena guerra moldea tu comportamiento al volante para siempre. Sueles conducir con mayor atención y tensión lo que mejora los reflejos, pero también tienes tendencia a solucionar los errores o los problemas sin mucha formalidad vial.

He hecho muchas veces el viaje entre Sarajevo y Srebrenica. En mayo de 1992, los pueblos bosnios ardían mientras los paramilitares serbios se llevaban las pertenencias de los musulmanes que habían huido o habían sido asesinados. En agosto de 2002, diez años después, los pueblos estaban vacíos y las casas destrozadas, quemadas o dinamitadas. Desde el 2005 he realizado este viaje una decena de veces. Algunos musulmanes han regresado a sus antiguas viviendas, se han reconstruido casas y mezquitas. Muchos otros han preferido permutar sus casas con familias serbias expulsadas de zonas controladas por el gobierno musulmán.

En los últimos tres años ya cuesta encontrar rastros de los desastres de la guerra. Pero la guerra y sus consecuencias siguen muy presentes en el ambiente. Hace tres días, Rusia vetó una resolución en la ONU para denominar genocidio a lo ocurrido en Srebrenica. Los serbobosnios han inundado la carretera de retratos de Putin, el presidente ruso. Es la forma de agradecer su apoyo constante y de recibir con uñas a los musulmanes que vienen a Srebrenica a enterrar a las víctimas de la masacre.

Como cada año desde 2003, fecha en que empezaron los entierros masivos, Srebrenica es el valle de lágrimas de 50.000 bosnios, hoy concentrados para enterrar a 136 víctimas, incluidos nueve menores, asesinadas hace dos décadas, exhumadas hace años e identificadas en el último año. De los 8.372 desaparecidos ya han sido enterrados 6.377 y otros 550 están identificados aunque las familias prefieren esperar a que los esqueletos se completen para enterrarlos. 1.070 víctimas no han sido encontradas.

Matar es doloroso. Pero matar y esconder los restos en fosas anónimas es más doloroso aún. El listón del dolor siempre puede ser más alto. Porque todavía es más doloroso saber que los asesinos exhumaron centenares de restos de las fosas originales y los dispersaron por decenas de fosas secundarias. Algunos esqueletos se han completado con restos encontrados en tres o cuatro fosas. En un caso los restos fueron encontrados en nueve lugares distintos.

3.- LA RUTA DE LOS MONASTERIOS ORTODOXOS

Novi Pazar (Serbia)

La primera vez que visité Yugoslavia fue en septiembre y octubre de 1981 cuando estaba a punto de empezar tercero de Periodismo. Viajé en tren desde Tarragona, donde entonces vivía, con uno de mis amigos del Instituto. Antes de atravesar la frontera paramos en varias ciudades francesas (Marsella) e italianas (Génova, Milán, Verona, Venecia).

Hacía poco más de un año que el mariscal Tito había muerto. Muchos yugoslavos iban a Italia a comprar vaqueros y otras prendas de marca y perfumes y luego los vendía en su país.

En la frontera el tren estuvo retenido tres horas. Centenares de policías, con caras de pocos amigos, bloquearon los vagones y registraron los lugares más escondidos utilizando destornilladores para abrir boquetes que desconocía que existiesen en un tren. Las maletas eran literalmente volcadas en los asientos. Los viajeros dedicaban mucho tiempo a ordenar el desbarajuste con una sorprendente paciencia.

Unos jóvenes nos rogaron que les escondiésemos unos botes de colonia en nuestras mochilas, las únicas que no fueron registradas. Cuando el tren se puso en marcha los pasajeros sacaron lo que habían entrado de contrabando de los lugares más insospechados. Eran expertos contrabandistas.

Fue un viaje sensacional por un país que empezaba a despertarse de un largo sueño dictatorial. Había visto hacía poco la fantástica “Papá está en viajes de negocios”, de Emir Kusturica, su mejor película, cuyo guion era del escritor y poeta Abdulah Sidran (al que conocería una década después durante el cerco de Sarajevo). Parecía que Yugoslavia quería seguir los pasos de la España postfranquista.

El viaje nos permitió conocer algunas de las principales ciudades: Rijeka, Zagreb, Split, Sarajevo, Belgrado. Nunca olvidaré un concierto espectacular de rock en Sarajevo en la que participaron los mejores grupos del país (donde se hacía el mejor rock europeo después del británico) con el objetivo de recaudar dinero para las víctimas de unas inundaciones en el sur de Yugoslavia. La policía vigilaba desde lo más alto de las gradas mientras los jóvenes consumían cervezas, rakia, el alcohol local, y algunos fumaban hachis.

Por supuesto nunca imaginé que años más tarde tendría que volver muchas veces a lo que había sido Yugoslavia y dedicaría una década a cubrir guerras horribles que provocaría un retraso económico de décadas en la mayor parte de los territorios que formaban aquel gran país.

En aquel primer viaje me quedé con las ganas de visitar los principales monasterios ortodoxos serbios. Un formidable mapa, que regala la oficina de turismo serbio, recoge las ubicaciones de unos 75 monasterios muy importantes. Media docena son imprescindibles y ya son considerados como patrimonio de la humanidad por la Unesco.

La primera parada es en Studenica, situado en un paraje espectacular y rodeado de unos muros fortificados que custodian dos iglesias construidas en mármol blanco a finales del siglo XII por Stefan Nemanja, fundador del estado serbio medieval.

Sus espectaculares frescos de influencia bizantina fueron pintados en los dos siglos posteriores. Es considerado el principal templo serbio. Durante mucho tiempo el monasterio se convirtió en el centro político, cultural y espiritual medieval de Serbia. Los otomanos asaltaron el centro religioso a mediados del siglo XV.

Más al sur, a un puñado de kilómetros de la ciudad musulmana de Novi Pazar, se encuentra el monasterio de Sopocani, que alberga los frescos más bellos del arte medieval serbio, entre ellos una fantástica Dormición de la Virgen. Los otomanos saquearon e incendiaron el monasterio que permaneció abandonado durante dos siglos.

Sorprende que ocho siglos después de ser pintados los frescos mantengan intacto todo su esplendor.

Novi Pazar sirve para pasar la noche. La ciudad tiene un destartalado barrio otomano que se anima a la hora de cenar cuando miles de musulmanes hacen su comida principal en pleno Ramadan. Situada en una intersección de rutas importantes que unía las ciudades balcánicas y otomanas más importantes, Novi Pazar tuvo una gran importancia hasta finales del siglo XIX. Hoy es una localidad venida a menos.

4.- MIGUEL GIL EN LA MEMORIA

Pirana (Kosovo)

Regreso a Kosovo después de 16 años. Entonces, la provincia autónoma vivía su periplo más violento. Los albanokosovares habían sido deportados a Albania y Macedonia y allí malvivían desde hacía casi tres meses.

La OTAN dio un ultimátum a Slobodan Milosevic. Este ordenó la retirada de sus tropas regulares y los paramilitares después de que Serbia sufriera varios violentos bombardeos. La guerrilla kosovar ocupó las ciudades. Miles de soldados internacionales se desplegaron por todo el territorio.

Decenas de fosas comunes fueron abiertas y los cuerpos de las víctimas desenterrados. Varias ciudades ardieron. Los civiles serbios tuvieron que abandonar sus hogares donde vivían desde hacía siglos por miedo a las venganzas. Era extremadamente peligroso moverse por las carreteras ya que las unidades serbias en retirada mantenían una actitud de fiereza con los periodistas extranjeros. Dos periodistas fueron asesinados y otros apaleados o sufrieron ataques armados.

Regreso a Kosovo después de abandonar Serbia y atravesar territorio de Montenegro. Hoy es un estado independiente. Me sorprende la separación de varios kilómetros entre ambos pasos fronterizos mientras disfruto de una carretera escarpada bastante bien conservada.

Policías fronterizos kosovares me reciben muy amablemente. El proceso aduanero se hace con pulcritud. Varios policías internacionales vigilan a sus colegas kosovares. El país está todavía bajo la batuta de la comunidad internacional y tiene fuerzas extranjeras desplegadas. La moneda es el euro.

En Pec disfruto de un buen café. La última vez que estuve aquí en julio de 1999 estaban cerrados todos los negocios que no habían sido quemados por los paramilitares serbios antes de retirarse.

Aprovecho para visitar el monasterio ortodoxo de Pec, complejo de iglesias que son la sede espiritual y mausoleo de los arzobispos y patriarcas serbios. La entrada está vigilada por policías kosovares que velan por la seguridad del enclave religioso. Antes de levantar la barrera autentifican la identidad de los visitantes.

Unos kilómetros más al sur está el esplendoroso monasterio de Decani, una de las cumbres del arte bizantino. Aquí los controles son más severos. Soldados italianos protegen otra de las cumbres del arte ortodoxo. Aunque parece que todo está tranquilo, el alambre de espino rodea varios monasterios en Kosovo. Muchos serbios han optado por no regresar a sus casas.

Desde que he entrado en Kosovo Miguel Gil absorbe mis pensamientos. Varias veces paramos en el monasterio de Decani para admirar sus esplendorosos frescos y, de paso, llenar nuestras botellas y cantimploras del agua helada que sale de sus fuentes.

Aunque nos conocimos en Bosnia unos años antes, fue en Kosovo del verano de 1998 cuando trabajamos juntos durante varias semanas para Associated Press. Conseguimos las primeras imágenes de guerrilleros kosovares combatiendo. Incluso en aquellos primeros tiempos ya eran esquivos con los periodistas. Las conexiones entre aquella guerrilla oscura y las mafias kosovares, especializadas en tráfico de drogas, robo de coches de alta gama y trata de blancas, eran muy estrechas.

Mis fotografías se publicaron en los principales diarios de todo el mundo. Sus imágenes de televisión le permitieron ganar un año después el Rory Peck, un premio muy prestigioso que se entrega anualmente en Gran Bretaña.

Pero antes nos dieron un susto de muerte. Dispararon contra nuestro todo terreno blindado con fusiles de asalto y nos reventaron las ruedas de repuesto. Un oficial estuvo a punto de activar su lanzador de proyectil anticarro desde pocos metros de distancia al confundirnos con militares serbios.

Todavía lo recuerdo llorando mientras nos pedía perdón. En compensación los guerrilleros nos dejaron acompañarlos durante varias horas en la primera línea de combate y pudimos hacer un trabajo periodístico excepcional y único hasta entonces.

¿Cuántas veces viajamos juntos en 1998 entre Pristina, la capital de Kosovo, y esta zona? Salíamos temprano por rutas distintas para sortear los controles serbios y poder alcanzar las zonas más conflictivas del oeste de Kosovo donde la guerrilla atacaba a menudo a las patrullas serbias.

Cuando mataron a Miguel Gil en Sierra Leona en mayo de 2000 en una emboscada tuve que escuchar varias veces que los riesgos que asumía para informar eran muy grandes. Y es muy posible que fuera verdad ya que no hay otra forma de documentar lo que ocurre en una zona de conflicto que visitándola.

Pero puedo dar fe de que Miguel era muy precavido y que siempre elegía la ruta más segura aunque fuese la más larga. Más de una vez tuve que aceptar sus razones para viajar dando grandes rodeos porque lo fundamental era nuestra seguridad.

El 5 de julio de 1998 estábamos a punto de regresar a Pristina desde Prizren, bastante frustrados porque no habíamos conseguido buenas historias después de dos días de trabajo sin apenas descanso, cuando alguien nos avisó de que en Pirana, una aldea a unos pocos kilómetros, habían encontrado los cuerpos de tres albanokosovares asesinados por paramilitares serbios.

La policía serbia había cerrado la zona y nos obligaron a retroceder cuando nos dirigíamos a la aldea por la carretera principal. Después de dar un largo rodeo conseguimos colarnos y llegar a Pirana cuando estaban lavando los cuerpos antes de entregarlos a los familiares.

Primero estuvimos presentes en la entrega de Muhamet Elsani y de su hijo Afrim. Los familiares colocaron los dos cadáveres en el centro de la sala de visitas y se mantuvieron firmes mientras los vecinos le daban el pésame. Sólo se escuchaba los lloros de la esposa y madre de las dos víctimas.

Después nos dirigimos a la casa de Salim Azem Gashi, de 16 años, el tercer asesinado. Su padre se subió al tractor donde yacía el cuerpo de su hijo menor y lo abrazó mientras varias mujeres de la familia proferían lloros y gritos desgarradores. El angular de 24 milímetros me hizo vivir la escena tan cerca que parecía que yo también formaba parte de aquel cuadro trágico.

Los familiares nos pidieron que les acompañásemos al cementerio y grabásemos el funeral. Estábamos muy preocupados porque teníamos que regresar a Pristina y sabíamos que las patrullas serbias nos iban a parar y a registrar a fondo con la intención de quitarnos todo el material. Llegamos a Pristina casi al anochecer. Tuvimos que sufrir dos registros severos, pero sólo nos requisaron cintas y rollos vacíos.

Visito Pirana con gran emoción. Me acerco al cementerio y localizo las tres tumbas. Cada una tiene el retrato de la víctima labrado sobre la estela de mármol. Me impresiona el rostro de Salim. Parece más niño de lo que era.

Un grupo de albanokosovares se acercan. Uno de ellos me asegura que conducía el tractor donde fueron trasladadas las víctimas. Le muestro la foto del cadáver del crio abrazado por su padre. Me dice que “esta es mi pierna” mientras señala la parte izquierda de la imagen.

Pregunto por el padre de Salim y me dicen que ya murió. La madre sigue viva. Se ofrecen a acompañarme a su casa. Pero renuncio a hacerlo. ¿Para qué? Para abrir, de nuevo, las heridas, del día más triste de su vida. ¿De qué le serviría? ¿De qué me serviría?

Me voy pensando en Miguel.

5.- GRACANICA, EL FORTÍN DE LOS SERBIOS

Gracanica (Kosovo)

¿Quién me iba a decir que un día correría a 130 kilómetros por una excelente autopista entre Prizren y Pristina y tardaría apenas 40 minutos en viajar entre ambas ciudades kosovares? Todavía recuerdo el trayecto de unos 90 kilómetros con un tráfico infernal por una carretera mareante de curvas que te impedía ir a más de 40 kilómetros y que te obligaba a dedicar dos horas y media en hacer el recorrido.

Incluso la capital Pristina, que compite en fealdad en los Balcanes con Podgorica, la capital de Montenegro, ha modernizado sus comercios y ha peatonalizado el centro urbano. Da gusto pasear entre agradables cafés y buscar la sombra mientras se saborea un buen helado. Sólo hay un edificio que no ha cambiado y que te retrotrae al pasado gris y violento: el Gran Hotel, con una arquitectura decimonónica y una recepción oscura y cutre. El hotel favorito de los grupos paramilitares serbios más feroces.

La declaración de independencia de Kosovo se promulgó el 17 de febrero de 2008. Todos los parlamentarios albanokosovares votaron a favor mientras que los once representantes de la minoría serbia boicotearon el proceso separatista.

Al día siguiente siete estados (Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Turquía, Albania, Afganistán y Costa Rica) reconocieron la independencia. Hasta ahora 108 países de los 193 que tienen representación en la ONU han establecido relaciones diplomáticas y han reconocido al nuevo país. El último ha sido Antigua y Barbuda, hace dos meses.

Serbia se ha negado y considera el territorio kosovar como parte de sus fronteras históricas. Hay un control de viajeros y de equipaje a la entrada de Serbia, pero no sellan los pasaportes. Tampoco España lo ha reconocido. Ni Rusia, China, India, Brasil, México, Argentina o Grecia.

La población civil serbia ha pagado un alto precio. Apenas quedan unos 100.000 serbios en todo Kosovo, un tercio de los que habían en 1999 cuando la OTAN bombardeó Serbia y obligó a Milosevic a retirar a sus militares y paramilitares de Kosovo.

El mismo día que los uniformados abandonaron Kosovo empezó el éxodo de la población civil serbia. En junio de 1999 pude ver y fotografiar en Prizren a familias serbias que abandonaban sus hogares quizá para siempre. En sus rostros sólo había miedo y deseo de superar lo antes posible la pesadilla que estaban sufriendo.

Al día siguiente, la guerrilla kosovar ocupó la ciudad y muchas casas de serbios ardieron. La espiral de venganza empezó muy rápido. Y siguió en los años posteriores. La limpieza étnica iniciada por los radicales serbios teledirigidos desde Belgrado por Slobodan Milosevic, que sólo la muerte le salvó de pasar el resto de su vida encarcelado en La Haya, dio paso a la brutal limpieza étnica de los albanokosovares.

Antes de la guerra había 9.000 serbios en Prizren. Hoy quedan apenas un puñado, la mayoría religiosos ortodoxos, atrincherados en iglesias y monasterios, algunos construidos hace más de mil años, vigilados permanentemente por soldados internacionales y policías kosovares.

El monasterio de Gracanica, a apenas ocho kilómetros de Pristina, es el principal centro espiritual, político y bastión de los serbios de Kosovo. Centenares de banderas serbias están situadas a lo largo de varios kilómetros de carretera y el cirílico es usado en todos los negocios y cafés. Es la última trinchera que le quedan en esta parte del país.

El 28 de junio de 1998 me acerqué a este monasterio. Se conmemoraba el 609 aniversario de la derrota del último estado serbio sepultado en un impresionante baño de sangre por el poderoso ejército otomano. Apenas había 300 serbios cabizbajos y conscientes de que todo se desmoronaba.

Nueve años antes, en 1989, Slobodan Milosevic había llegado a este mismo lugar como el gran líder serbio dispuesto a vengar la derrota histórica y había hablado ante un millón de fervientes partidarios. La inmensa mayoría visitaba Kosovo por primera vez en su vida.

Kosovo tiene problemas económicos tan acuciantes que las tensiones étnicas entre albaneses y serbios comienzan a suavizarse. Ya ha habido acuerdos para mantener el contacto permanente entre ambas comunidades que viven en un estado fallido, corrupto, con un 55% de jóvenes en paro, y con decenas de miles de kosovares, albaneses y serbios, intentando alcanzar el supuesto paraíso occidental donde se gana salarios muy superiores a los que se pagan en este país. Algunos centenares de kosovares han dado un salto más peligroso y se han unido a las filas yihadistas de Irak y Siria.

6.- 35 AÑOS DESPUÉS REGRESO A SOFIA

Sofía (Bulgaria)

En septiembre de 1980, con 21 años recién cumplidos, salí por primera vez de España. Con Pedro y Tano, dos de mis amigos y compañeros de trabajo en el restaurante Fina de la Playa del Milagro de Tarragona, llegamos a Madrid por la mañana. Antes de irnos al aeropuerto nos dimos un banquetazo en un asador uruguayo. Era el cumpleaños de Tano.

Dos meses antes, al poco de empezar, la temporada estival como camareros de playa, habíamos decidido viajar juntos al terminar nuestro periplo laboral. Le dimos vueltas a varias posibilidades y al final elegimos irnos a Turquía y Grecia, dos países muy interesantes que eran poco visitados por los españoles que apenas viajaban por aquellos tiempos.

La mejor combinación que encontramos fue con la Balkan, la línea oficial de Bulgaria, un país comunista. Llegábamos a Sofia, pasábamos una noche y un día pagado por la compañía, antes de volar a Estambul. La vuelta la haríamos desde Atenas. El resto del viaje lo organizamos por nuestra cuenta.

Una semana antes de empezar nuestro viaje, el 12 de octubre de 1980, se produjo un golpe de Estado en Turquía, el llamado golpe de los generales. Mis compañeros plantearon la posibilidad de suspender el viaje.

Los golpistas depusieron el gobierno, disolvieron la Asamblea Nacional, suprimieron las libertades, se prohibieron los partidos políticos y sindicatos, se clausuraron periódicos y se aplicó la ley marcial. El resultado fue la detención de 150.000 opositores en las siguientes semanas y meses y el asesinato o la desaparición forzosa de centenares de ciudadanos.

Yo me las ingenie para convencerlos de que el viaje era seguro. De hecho, la situación era muy tranquila en todo el país salvo en Estambul donde decenas de miles de soldados con las caras pintadas patrullaban de día y de noche y había intercambios de disparos por las noches.

El primer sello de mi primer pasaporte pertenece a la Bulgaria comunista. La compañía nos trasladó a un hotel céntrico, un mamotreto de edificio comunista con habitaciones poco luminosas. Pero a caballo regalado no le mires el diente.

Después de una cena olvidable decidimos salir a dar una vuelta. Buscábamos algún lugar para tomar una copa. En un bar donde ponían una música indescifrable para nosotros que veníamos del Oeste, conocimos a un periodista búlgaro que nos invitó a tomar la última copa en su casa. Había acabado mi primer curso de la carrera de Periodismo en la Autónoma en Barcelona y me pareció muy exótico conocer a un periodista del bloque comunista que, además, hablaba francés.

Ni recuerdo su nombre, algo que me fastidia, porque me pareció un tipo muy integro, poco cercano al régimen, que, además, había visitado Salou (donde nosotros íbamos a bailar a las discos desde que éramos adolescentes) un año antes y tenía una postal del lugar colgada en su cuarto de trabajo. Fue la primera vez que tomé rakia, el aguardiente balcánico por antonomasia.

A las cuatro de la mañana abandonamos su casa bastante alegres y nos dirigimos a nuestro hotel por calles y avenidas desiertas hasta que nos topamos con una patrulla policial. Tuvimos que enseñar nuestros pasaportes y pedirles que nos indicaran cómo localizar nuestro hotel. Con caras de pocos amigos nos acompañaron hasta la recepción y nos regañaron por estar en la calle a horas tan poco formales.

Al día siguiente nos dimos una vuelta por una ciudad que nos pareció horrible, vimos el cambio de guardia delante de la sede del gobierno, visitamos un museo y antes del anochecer nos llevaron al aeropuerto para continuar nuestro viaje a Turquía.

35 años después, Sofía me parece una ciudad muy agradable de poco más de un millón de habitantes. El centro ha sido peatonalizado y decenas de terrazas se extienden por sus calles principales. Hay algunos excelentes restaurantes. Aunque es miembro de la Comunidad Europea, el lev es la moneda común que se sigue utilizando en los pagos corrientes. Rara vez te dicen el precio en euros salvo en los hoteles de la capital.

En apenas mil metros de distancia se puede visitar una catedral ortodoxa tradicional búlgara con ricos murales de estilo bizantino, una mezquita con un alminar de ladrillo rojo, una sinagoga de arquitectura morisca cuyo interior está decorado con una araña de latón de más de dos toneladas de peso, una iglesia rusa de cúpulas doradas, un diminuto templo construido en el siglo IV y destruido por los hunos en el siglo VI y vuelto a reconstruir siglos después que aloja murales del siglo XIV, la iglesia de Santa Sofia, la más antigua de la ciudad cuyos subterráneos muestras antiguas tumbas paleocristianas y mosaicos del siglo V y se cree que puede haber restos de construcciones de la época de Constantino el Grande, el primer emperador cristiano, que nació en la actual Serbia, fundó varias ciudades en el este de Europa y refundó la antigua Bizancio convirtiéndola en Constantinopla, la actual Estambul, y por fin la iglesia monumento de Alexander Nevski, construida en estilo neobizantino en homenaje a los 200.000 soldados rusos que murieron luchando por la independencia búlgara contra los otomanos en el último cuarto del siglo XIX.

A unos kilómetros del centro, en el barrio de Boyana, donde vivían los líderes comunistas y hoy viven los nuevos ricos, hay una pequeña iglesia del mismo nombre, una joya considerada Patrimonio Mundial de la Unesco, que se puede visitar en tandas de diez minutos y ocho personas como máximo. Sus noventa murales del siglo XIII son excepcionales. Una maravilla del arte medieval búlgaro.

7.- BULGARIA, UN AUTÉNTICO DESCUBRIMIENTO

Plovdiv (Bulgaria)

Como me ocurrió hace dos veranos con Rumanía, Bulgaria está siendo un auténtico descubrimiento. Sé que es el país más pobre de la Unión Europea, con salarios y pensiones muy bajos, una situación económica inestable aunque no tan grave como la de su vecina Grecia. Además los búlgaros, en general, son bastante agrios con los extranjeros, incluidos los turistas.

Pero estoy visitando monasterios ortodoxos muy bellos situados en enclaves espectaculares a los que hay que llevar por carreteras no muy bien asfaltadas, curvas de ciento ochenta grados, subidas y bajadas continuas que obligan a circular con los cinco sentidos para no empotrarse con los que vienen de enfrente o quedarte estancado en los continuos agujeros que hay que sortear.

En poco más de la cuarta parte de España, donde apenas viven siete millones de búlgaros, hay siete diferentes cordilleras lo que puede dar una idea de la variedad del paisaje.

Estas dificultades físicas han hecho que el país haya tenido una historia muy tumultuosa, convirtiéndose en tierra de paso y de estancia de las grandes civilizaciones de los últimos siete mil años.

Las tribus tracias ya habitaron y dominaron la actual Bulgaria hace 5.000 millones de años, los griegos provenientes de Anatolia, en la actual Turquía, fundaron enclaves en la costa del Mar Negro hace 2.600 años y Filipo II, rey de Macedonia (359 – 336 a. C.), conquistó la ciudad más grande en este región, la actual Plovdiv, bautizándola como Filipópolis. Alejandro Magno, hijo de Filipo, amplió las conquistas de su padre en tierras búlgaras.

Durante la época romana distintos emperadores incluyeron el territorio búlgaro en su imperio oriental y el país vivió una época floreciente hasta que distintos pueblos bárbaros, especialmente Atila y sus hunos, saquearon y destruyeron la actual capital Sofía y Plovdiv. Algunos historiadores han emparentado a los búlgaros con los hunos, y junto a pobladores eslavos llegados del éste, crearon el primer estado búlgaro en el siglo VII (681), reconocido por el Imperio bizantino.

A pocos kilómetros al sur de Sofia están las montañas Rila que acoge al monasterio del mismo nombre más célebre del país, situado en un valle frondoso y fundado a principios del siglo X por un monje ermitaño llamado Juan de Rila.

Como ha ocurrido con la mayoría de los monasterios del país, la actual construcción tiene poco ver con la original ya que los otomanos la arrasaron en varias ocasiones y, además, un incendio destruyó la mayoría de los edificios hace poco menos de dos siglos.

La ciudad búlgara más atractiva es Plovdiv, repleta de ruinas romanas entre las que destaca un anfiteatro construido por el emperador Trajano para 6.000 espectadores que se descubrió por casualidad tras un corrimiento de tierras en 1972 y que hoy se utiliza en verano para espectáculos teatrales o representaciones de ópera, el estadio de grandes dimensiones, en su mayor parte oculto por el paseo peatonal, un foro y un odeón.

También se puede visitar las ruinas de Eumolpias, ruinas de lo que fue un asentamiento tracio construido hace 7.000 años, que fue reforzado por construcciones macedonias, romanas, bizantinas y turcas. Es difícil hacerse una idea de lo que ha sido este lugar a través de la historia, pero la vista de Plovidv es embaucadora.

Paulina, una búlgara que vive en Barcelona y a la que conocí hace tres semanas en Sarajevo, nos hace de cicerone y nos pasea por las calles del casco viejo de Plovdiv, descubriéndonos sus iglesias más cautivadoras, incluida un armenia vecina de un colegio de enseñanza primaria para los miembros de esta comunidad que viven en la ciudad.

El vigilante nos recuerda que este año se cumple un siglo del inicio del genocidio armenio que afectó a millones de personas entre 1915 y 1923 cuando el gobierno otomano ordenó la deportación en condiciones extremas de esta minoría. El número de muertos varía entre 600.000 y un millón y medio de armenios.

Sólo unos tres millones y medio de armenios viven hoy en la actual Armenia, un territorio que apenas es una quinta parte del original que abarcaba extensiones de tierra en Turquía, Irán y Siria. Otros ocho millones de armenios han formado comunidades en decenas de países y centenares de ciudades de todo el mundo. En Rusia viven dos millones y medio de armenios, un millón y medio en Estados Unidos y casi otro millón en Francia. En España viven entre 50.000 y 80.000 y en Bulgaria unos 40.000, la mayoría en Sofia y Plovdiv.

Con mucha sabiduría Paulina nos convence que la mejor opción, cuando aprieta el calor en Plovdiv, es dirigirnos al monasterio de Rachkovo, a unos 30 kilómetros. La principal iglesia tiene unos magníficos frescos de Zagari Zograf, principal artista búlgaro del siglo XIX. Nos colamos en el refectorio que normalmente está cerrado, y admiramos unos frescos inolvidables que cuentan la historia del monasterio.

Los montes Ródope, que conforman en muchos tramos una frontera natural con Grecia, aparecen majestuosamente ante nosotros. La atravesaremos cuando nos dirijamos hacia el país vecino.

8.- Kazanlak (Bulgaria)

LA TUMBA TRACIA

Cuando empecé a viajar hace 35 años era posible que los vigilantes de los lugares arqueológicos te permitieran quedarte a dormir en un templo o traspasar la barrera prohibida de una tumba.

En 1982 pude dormir en una caseta al lado de los templos de Abu Simbel en Egipto y en 1984, el guardián de Uxmal en México, me permitió descansar a pocos metros de la gran pirámide maya.

Los suelos de ambos lugares eran duros pero valió la pena el sacrificio: ver el gran templo de Ramsés II iluminado por la luz de una hermosa luna llena y ser el primero en entrar y escalar la pirámide maya.

Hoy ya se puede contemplar Abu Simbel en un espectáculo de luz y sonido impresionante y no se puede subir por las escalinatas de Uxmal. Los tiempos han cambiado con la llegada del turismo masivo. Los vigilantes se han profesionalizado y es imposible que se apiaden de un viajero entusiasta aunque venga de la otra parte del mundo.

Hasta hace tres años se podía visitar la tumba tracia original de Kazanlak situada en el centro de Bulgaria, descubierta en 1944 en plena Segunda Guerra Mundial por dos soldados que estaban excavando una trinchera para atrincherarse durante los bombardeos estadunidenses sobre unos depósitos de carburante.

La tumba, construida hace 2.400 años, forma parte de una importante necrópolis tracia diseminada por toda la región que acumula un millar de sepulturas de miembros de la aristocracia.

Formada por un estrecho corredor y una cámara funeraria, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979 por sus impresionantes frescos, considerados los mejor conservados de la etapa helenística en Bulgaria.

Los tracios hacían tumbas mucho más grandes, pero ninguna de las encontradas muestra el refinamiento de Kazanlak. Fue edificada con ladrillos y argamasa y esta revestida de una capa protectora de piedra.

Antes de pintar los magníficos frescos, las paredes fueron embadurnadas de una capa de leche hervida y polvo de mármol que ha permitido que llegasen hasta nuestra época los cuarenta metros cuadrados de pinturas fantásticas que muestran los ritos funerarios de los tracios.

El gran historiador Heródoto de Halicamaso, que vivió hace 25 siglos, al que muchos consideran “el padre de la historia”, contó que los tracios hacían rituales funerarios que duraban tres días. Explicó que el primer día se dedicaba a los sacrificios de animales y a lamentarse por la muerte del difunto, el segundo era el día de las competiciones y de la entrega de los premios a los ganadores y el tercero se centraba en la comida ritual.

En los frescos de Kazanlak se puede ver al rey tracio con una corona de oro en la cabeza sentado en una silla al lado de la mujer elegida entre sus favoritas para ser enterrada junto a él.

Heródoto contó que al morir el rey o la alta autoridad se desataba una fuerte disputa entre sus mujeres para saber cuál era la favorita, discusión en la que también participaban los amigos del difunto. “A la que se le reconoce este honor, será llevada triunfalmente a la tumba por hombres y mujeres donde será sacrificada por su pariente más próximo y luego enterrada junto a su marido. Las demás mujeres se lamentan en público y lloran porque sienten gran vergüenza por no haber sido elegidas”, explicó el historiador griego.

En otra parte del gran mural se representan carros tirados por caballos y conducidos por un solo hombre en una carrera imposible. También aparecen otros cuatro caballos enganchados en una cuádriga de combate y otros dos caballos favoritos del soberano. Asoman sirvientes adornados por telas finas y portando cofres y dos mujeres con trompetas.

También están representados soldados celtas con yelmos aplastados, enemigos de los tracios que se apoderaron de su reino y lo destruyeron poco antes de acabar el siglo III antes de nuestra era.

La tumba original ya no se puede visitar a no ser que seas un alto mandatario, “un primer ministro”, me dice la mujer que vende las entradas para visitar una réplica que asegura que es similar. Me asegura que muchos visitantes preferían ahorrarse los 10 euros (un abuso) que costaba entrar en la original hasta 2012 y se conformaban con ver la copia.

Y yo me pregunto: ¿Es lógico aceptar ver una réplica si se puede ver el original? El precio puede ser un hándicap, no lo dudo, pero no hay nada igual al original.

Hace un mes estuve en Santillana del Mar inaugurando una exposición. Pasé horas investigando si hay alguna otra posibilidad de entrar en la cueva original de Altamira que la selección aleatoria que se hace una vez a la semana para que cinco personas puedan visitarla durante 37 minutos, tal como decidió la dirección del Patronato en marzo pasado.

Me encantaría ver la cueva original antes de morirme aunque me temo que me voy a tener que conformar con la copia. Tendría uno que estar tocado con el halo de los dioses griegos, tracios, romanos y egipcios para conseguir una oportunidad única en un sorteo aleatorio que se suele celebrar los viernes.

Desde enero de 2011 tampoco es posible visitar la tumba de Tutankamón en el valle de los Reyes de Luxor. “La protección de la historia es más importante que el turismo”, aseguró entonces Zahi Hawas, responsable egipcio de Antigüedades.

Desde abril del año pasado se puede visitar una réplica idéntica a la de la necrópolis de la antigua Tebas, construida por una empresa madrileña y exhibida muy cerca de la casa de Howard Carter, el descubridor de la tumba original y de sus fabulosos tesoros. La tumba resistió cerrada tres milenios y apenas noventa años abierta.

La última vez que estuve en Egipto cometí el error de no bajar a verla de nuevo. Preferí que mi hijo, que entonces tenía siete años, descendiese solo y luego me describiese sus sensaciones. Subió maravillado después de 20 minutos que se me hicieron eternos y recordó durante años lo que había visto. Convertirme en un padre orgulloso me hizo perder la última oportunidad de ver el original de algo extraordinario.

9.- EL DIABLO SOBRE RUEDAS BÚLGARO

Melnik (Bulgaria)

Entre Plovdiv y Melnik, la región de los buenos vinos búlgaros, hay 300 kilómetros de carreteras espectaculares, con el asfalto pelado o carcomido por el descuido de años, continuas curvas, subidas por escarpadas colinas que comunican plácidos valles y que permiten descensos vertiginosos que ponen los pelos de punta.

En un tramo del viaje me topo con un camión a gran velocidad. La carretera es angosta, hay continuas curvas en bajada y tengo dificultades para mantener su ritmo durante muchos kilómetros.

Además, el conductor entra en las curvas pisando e, incluso, ocupando el carril contrario. Su visión de la carretera es mucho mejor que la de alguien que circula en un vehículo mucho más bajo, pero su descaro no deja de sorprenderme.

En un par de ocasiones puedo pasarlo, pero me lo pienso dos veces. Parece un diablo sobre ruedas búlgaro. Sí me ha venido a la cabeza la magistral primera película (en realidad la hizo para la televisión) de Steven Spielberg, cuyo título original, Duel, fue traducido por El Diablo sobre ruedas en España cuando se estrenó hace cuatro décadas.

La trepidante y terrorífica persecución de la película entre el protagonista y el misterioso camión conducido por alguien a quien nunca se le ve la cara me convence de que es mejor seguirlo a cierta distancia y con mucha prudencia hasta que se pare o cambie de rumbo. O se estrelle contra alguien que venga de frente con tantas narices como él.

Cuando el aburrimiento está a punto de vencerme, el camionero se echa a un lado en un arcén de tierra y me permite pasarlo. Le doy las gracias con un par de bocinazos y acelero no sin dejar de mirar por el retrovisor. ¿Y si ahora decide que mi vida sea de película y empieza a perseguirme? Acelero en un par de rectas y, al ver que no me sigue, me relajo.

El cine de terror nunca me ha gustado. Me encantan algunas películas clásicas como Nosferatu, de F.W. Murnau o M, el vampiro de Dusseldorf, de Friz Lang. Pero les aseguro que no me verán viendo una película de terror si estoy solo en casa o tengo que regresar de un cine sin que haya nadie de mi familia.

Me ocurre desde que vi El Resplandor, de Stanley Kubrick el día del estreno en Barcelona en diciembre de 1980 cuando estudiaba segundo de Periodismo. Faltaba dos o tres días para las Navidades. Era viernes y mis compañeros con los que compartía piso se habían marchado a sus casas. Me quedé para ver la película, que me encantó, pero pasé una de las peores noches de mi vida.

No pude dormir y me fui a la estación de trenes a coger el primero que salía hacia Tarragona, donde vivían mis padres. Todavía recuerdo la cara de sorpresa de mi madre al verme tan pronto. Le dije que había quedado con amigos para organizar las vacaciones.

Pero estamos en Bulgaria, en las montañas del sur, los Montes Rodope y los Montes Pirin, ya a salvo del potencial diablo sobre ruedas, recorriendo la tracia búlgara, camino de Devin, una de las principales ciudades balnearios de Bulgaria, donde se produce la primera marca de agua embotellada del país. Bulgaria es un buen lugar para relajarse en algunos de sus espléndidos balnearios.

Seguimos una ruta que nos ha recomendado mi amiga Paulina que nos permite visitar una serie de aldeas (Dospat, Dolen, Kovacevica) varadas en un tiempo lejano. Quizá Kovacevica es algo más ordenada gracias al dinero que ha llegado de la Europa comunitaria y que ha servido para rehabilitar decenas de casas ruinosas, hoy reconvertidas en casas de huéspedes sobre todo para visitantes búlgaros.

Encontramos un hotel situado en un bellísimo enclave con habitaciones con terrazas que facilitan la visión fascinante de una gran tormenta que descarga con intensidad durante una hora, y con un buen restaurante que ofrece un excelente vino local y una atención poco común en este país que necesita desarrollar sus protocolos turísticos si quiere dar el gran salto al turismo internacional.

Melnik es el lugar ideal para deleitarse con los buenos caldos búlgaros, hacer noche antes de entrar en Grecia, a 20 kilómetros, y visitar el espléndido monasterio de Rozen, uno de los más auténticos que he visto en Bulgaria.

Aunque la población no supera los 400 habitantes casi un centenar de sus construcciones son monumentos culturales. La erosión ha provocado curiosas formaciones que parecen pirámides y algunas casas parecen suspendidas entre montículos de arenisca.

Melnik estaba habitada hace un siglo por 20.000 habitantes, muchos de ellos griegos. Durante las guerras de los Balcanes justo en los años anteriores al inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, la ciudad sufrió un incendio que la quemó entera. Muchos habitantes griegos fueron obligados a reubicarse.

Al monasterio de Rozen, construido en el siglo XIII y destruido en varias ocasiones por los otomanos en los siglos posteriores, se puede visitar en coche o andando. La visita a pie te obliga a ascender 800 metros y a caminar durante 20 minutos para luego refrescarte en la fuente de la que brota agua helada.

Antes de iniciar el periplo griego tengo que decir que Bulgaria se merece un largo viaje. Si te gusta el arte la disfrutarás. Si te gusta la naturaleza, el senderismo y los paisajes rocosos también. La calidad-precio es excelente. Se puede dormir por 25 o 30 euros la doble y se puede comer por cinco o seis euros. Se puede disfrutar con precios olvidados en la Europa de los ricos desde hace décadas.

10.- TODAS LAS CRISIS SE JUNTAN

Salónica (Grecia)

La entrada en Grecia por Bulgaria es rápida y cómoda. Con controles de pasaportes a pesar de ser dos países comunitarios pero sin agobios. Eso sí: el griego más arisco, hasta el momento, es el policía fronterizo. ¿Por qué no ponen a los policías más simpáticos en estos lugares? ¿Por qué se parecen tanto los policías fronterizos de casi todos los países?

El coche empieza a dar botes desde el primer metro griego y hasta que no avanza 50 kilómetros no se encuentra con un piso asfaltado decentemente. Creíamos que ya habíamos pasado lo peor después de recorrer miles de kilómetros por Bosnia, Serbia, Kosovo o Bulgaria pero las carreteras griegas son tan irregulares como las demás. Está claro que hace años que no reciben mantenimiento.

La mayoría de los letreros suelen estar tapados por árboles que han crecido y que nadie ha podado en mucho tiempo. Eso sí: las indicaciones aparecen primero en griego y a los pocos metros en alfabeto latino.

Hay que cuidar la velocidad porque las indicaciones de radares se repiten con gran regularidad. Por lo menos no hay policías apostados a la salida de los pueblos como pasa en los Balcanes.

Salónica es la segunda ciudad griega con nombre de mujer en honor a la hija de Filipo II, rey macedonio y padre de Alejandro Magno. Hace 35 años me pareció un pueblo grande. Hoy es una urbe que se desliza por el tobogán de la profunda crisis económica y social que vive el país.

Desde el primer minuto se percibe la calamitosa situación que vive la ciudad sin apenas turistas a pesar de ser el lugar ideal para visitar los enclaves más importantes del imperio macedonio.

Mientras busco un hotel en una de las calles principales me doy de bruces con las consecuencias de otra crisis, más violenta e infernal, la guerra siria: los portales de los hoteles más baratos están repletos de corrillos de sirios muy jóvenes que intentan organizar su gran salto a la Unión Europea de los ricos, la del norte.

Saben que los griegos serán permisivos sin solo se quedan unos días, que Bulgaria o Macedonia y luego Serbia los empujarán hacia el norte. A las puertas de Hungría empezarán los problemas más serios.

Duele ver a chicos tan jóvenes huyendo de una muerte segura en un país aniquilado por la guerra fratricida de los últimos cuatro años. Duele verlos durmiendo en las calles o en los parques. Duele ver a familias enteras, arrastrando a niños de corta edad, buscando un lugar para pernoctar. Duele el desastre humanitario que afecta a millones de sirios condenados a vagar por un mundo insensible al doler lejano y sometidos a las decisiones políticas y policiales de nuestros gobernantes, obsesionados por impedir el tránsito de personas que no tienen dónde ir.

El paseo marítimo abre todo el casco urbano de Salónica al mar y lo rellena con una brisa agradecida bajo un sol plomizo que golpea la sien a las horas más bochornosas del día. Hay decenas de cafés, centenares de mesas, miles de sillas. Pero hay poca clientela y muchos camareros ociosos.

La crisis se observa muy bien en las zonas turísticas y en el comportamiento de los ciudadanos locales y visitantes a la hora de consumir. Cuando las comandas de los restaurantes se llenan de los platos más baratos es que algo grave está pasando o está a punto de pasar.

Trabajé 17 veranos de mi vida de camarero en un bar de playa. Entre los veranos de 1975 y 1991. Viví allí el fin del franquismo, los primeros años de la democracia y la gran crisis económica de finales de los ochenta.

El comportamiento de muchos clientes del bar cambió drásticamente. Pasaron de consumir todos los días de las vacaciones a sólo hacerlo algunos días específicos o dejar de hacerlo.

Recuerdo que algunos clientes dejaron de venir a la playa donde trabajaba porque se sentían avergonzados ante la imposibilidad de consumir con tanta alegría como en el pasado y tener que conformarse con desayunar, comer y cenar en el apartamento que habían alquilado con gran esfuerzo y sacrificio.

Salónica fue macedonia o griega, romana, bizantina, otomana. Filipo II y uno de sus generales, Kassandros, con quien casó a su hija Salónica, la engrandeció. El emperador romano Galerio, un impecable perseguidor de cristianos, la convirtió en la capital oriental de su imperio. Fue la segunda ciudad bizantina más floreciente después de Constantinopla y fue atacada por godos, eslavos y cruzados. Hasta que cayó en manos de los otomanos a mediados del siglo XV.

Mustafa Kemal, conocido como Atatürk (padre de los turcos) nació en Salónica. El lugar de su nacimiento, el hoy consulado turco de la ciudad, es un museo que muestra sus pertenencias personales y el mobiliario original. Una dotación policial vigila permanentemente el lugar.

La parte alta es un permanente muestrario del desastre económico griego. Innumerables negocios cerrados, calles muy sucias, cafés vacíos. Un señor, que aprendió español en Salamanca, nos comenta que los ciudadanos apenas llegan a final de mes con las pensiones miserables que cobran. El galopante paro ha obligado a muchos jóvenes a buscarse la vida en otros países europeos más ricos.

Por suerte Salónica tiene magníficos museos que ver, entre ellos el Arqueológico y el de la Cultura Bizantina. Al menos nos podemos contentar con recordar que esta ciudad vivió épocas gloriosas cuyos vestigios aparecen en cada esquina. Me imagino que la ciudad cambiará de ambiente con la apertura del año escolar ya que es el destino de 80.000 universitarios. Duele verla agonizar en este verano tórrido.

11.- EN TIERRAS DE ALEJANDRO MAGNO

Pella (Grecia)

El odómetro del coche marca los 5.000 kilómetros a la entrada de Pella, la antigua capital macedonia donde nació Alejandro Magno. Me gusta esta coincidencia, pero pronto me siento una hormiguita cuando comparo mi proeza (en coche y con aire acondicionado) desde que salí hace casi un mes de Zaragoza con la del mayor conquistador de la historia y posiblemente uno de sus principales asesinos.

En los once años que duró su conquista de Asia recorrió 25.000 kilómetros a pie y a caballo, cinco veces más que yo, y perdió 750.000 soldados, según se cuenta en un magnífico artículo de Harald Eggebrecht, publicado en octubre de 2013 en National Geographic.

El especialista alemán dice lo siguiente del gran rey macedonio: “Alejandro ordenaría quemar ciudades, saquear aldeas, crucificar hombres y violar mujeres, pero movido por su ambición de poder y una curiosidad insaciable también allanaría el camino al comercio con Oriente, difundiría la cultura griega y llevaría la civilización europea a tierras lejanas, fundando más de 70 ciudades”.

La violencia y la cultura se unieron en la expedición bélica de Alejandro Magno que hizo temblar las fronteras del imperio persa y de su gran rey Dario III, al que derrotó en batallas espectaculares, filones para la historia de la estrategia militar.

Tanto Alejandro como su padre Filipo II querían vengar derrotas del pasado ante los persas, los bárbaros para los griegos y, especialmente, la destrucción de la Acrópolis ateniense ocurrida decenios antes.

Las conquistas son siempre violentas y no hay piedad para los perdedores. Desde que existe la guerra, posiblemente desde que existe el ser humano, la venganza ha dado alas a muchas campañas bélicas.

Los soldados carecen de piedad aunque sean mandados por un gran estratega como Alejandro Magno. Y cuando las líneas militares del enemigo se desmoronan empieza la rapiña y los más débiles son las primeras víctimas. No hay humanidad en las proezas bélicas. Pocas veces existe la generosidad o la compasión.

Entro en las ruinas de Pella y siento que piso la historia con mayúsculas, la historia de la vida y la muerte, la historia de las artes y las ciencias y, también, la historia de la violencia gratuita.

Aquí nació “en julio o en agosto del año 356 a.C.”, hace la friolera de casi 2.400 años, Alejandro III, el Magno. Aquí paseó con su madre Olimpia, “una princesa del reino de Molosia que afirma descender del héroe mitológico Aquiles”, y con su padre, el legendario Filipo II, “que cuenta entre sus antepasados al legendario semidiós Heracles”, a quién nosotros conocemos como Hércules.

Aquí creció, estudió con los mejores profesores, entre ellos el imperecedero Aristóteles, y se hizo hombre un futuro osado rey cuyas hazañas bélicas fueron recogidas por los principales historiadores de su época.

Bajo el tremendo calor del mediodía las ruinas de Pella parecen difuminarse en su gran extensión. Se necesita al menos dos horas para recorrerlas con calma aunque los edificios más interesantes están concentrados en la misma zona.

Varias decenas de arqueólogos griegos, con la ayuda de algún extranjero (“hay un alemán”, me dice uno de los responsables con fina ironía), llevan meses desenterrando lo que queda del ágora y los principales edificios gubernamentales de la cuna del conquistador.

Sorprende que seamos los únicos turistas que paseamos entre las ruinas abrasadas sin misericordia por temperaturas de 40 grados. Apenas nos cruzamos con una docena de visitantes, incluidos los que encontramos en el magnífico museo.

Algo más al sur de Pella está Vergina, la primera capital del reino macedonio, conocida en la antigüedad por Aigal. Aquí fue asesinado Filipo II, el padre de Alejandro Magno, durante la boda de su hija Cleopatra. Fue enterrado muy rápidamente junto a ricas ofrendas junto a una joven, posiblemente su última mujer. La osamenta de ella, envuelta en un lienzo dorado, estaba guardada en una urna de oro.

La tumba de Filipo II fue descubierta intacta en 1977 y supuso un extraordinario acontecimiento para la arqueología y la historia. Un friso de 5,60 metros de longitud a la entrada de la tumba muestra una escena de caza en un bosque frondoso y está considerado como una obra excepcional del arte de miniaturas. Hace apenas dos semanas se confirmó que los restos encontrados en la tumba pertenecían a Filipo II.

Vale la pena visitar el norte de Grecia por muchas razones pero sobre todo por los yacimientos macedonios y, especialmente por esta necrópolis conocida por el Museo del Gran Túmulo o las Tumbas Reales.

Más al sur, enfrente del Monte Olimpo, la antigua Dion se ha desvanecido por los efectos destructivos de los enemigos de los griegos. Pero activando la imaginación, y siguiendo las ruinas de algunos templos, aún se puede sentir la fascinación de Alejandro Magno cuando visitó este lugar y ofreció sacrificios a los dioses antes de iniciar la conquista de Asia.

El Monte Olimpo, el más alto de Grecia, la morada de sus catorce dioses reconocidos como olímpicos encabezados por Zeus y su esposa Hera, también su hermana, igual que Poseidón, Deméter, Hestia y Hades. Hefeso, Apolo, Atenea, Artemisa, Ares, Afrodita, Dionisio y Hermes completaban la lista como hijos de Zeus.

Es imposible no dejarse influir por la historia mítica y pensar que todos estos dioses inmortales quizá fuera de carne y hueso hace varios milenios y que lucharon entre ellos para saber quién era el más fuerte. O todo fuera creado por la imaginación desbordada de un genio capaz de convencer a generaciones de griegos de que el Olimpo existía.

El Monte Olimpo se puede recorrer a pie. Me conformo con subir media docena de kilómetros en coche y bañarme en una cascada de agua cristalina y fría. No me queda ninguna duda de que fue utilizada por dioses olímpicos y simples mortales. Estoy seguro de que Filipo II trajo muchas veces a su hijo Alejandro Magno cuando eran un niño a esta misma cascada y aquí le enseñó los secretos de la guerra.

12.- EL CIELO PUEDE ESPERAR

Meteora (Grecia)

He visitado centenares de catedrales, iglesias, monasterios, mezquitas, sinagogas, templos de todo tipo de variedades religiosas en mi vida. No quiero exagerar, pero es posible que ya haya alcanzado el millar de unidades.

Es raro el viaje que he hecho desde hace 35 años que no incluya una variedad importante de lugares religiosos en el centenar de países que conozco (algunos no cómo me gustaría por falta de tiempo).

Algunos centros religiosos están situados en lugares mágicos. En China recorrí en diciembre de 1987 ochenta kilómetros en bicicleta para visitar un templo budista que me decepcionó. Necesitas al menos tres días para conocer los templos de Angkor en Camboya, mejor si le dedicas una semana. En Tamil Nadu (India) hay tantos templos que necesitarías un mes para verlos todos. Cualquier catedral española, francesa o italiana obliga a dedicar horas si quieres ver con calma todos sus tesoros.

Viajar y visitar lugares religiosos están tan relacionados que cualquier viaje que no incluya estos lugares se convierte en un viaje incompleto. Por supuesto que se puede viajar sin poner el pie en un lugar religioso y estoy seguro de que hay personas que son felices promocionando la laicidad viajera, pero, yo, que soy ateo, me emociono traspasando lugares religiosos.

“Somos peregrinos en una tierra de infieles”, le decía Sean Connery en el papel de Henry Jones a su hijo Indiana Jones, en La Última Cruzada. En cambio yo parezco un infiel en permanente peregrinaje.

Sí puedo decir que los monasterios e iglesias ortodoxas están en los lugares más impresionantes. Pueden competir con los templos tibetanos. Llevo casi un mes visitando monasterios e iglesias ortodoxas en Serbia, Kosovo, Bulgaria y Grecia. Puedo dar fe de que los parajes que he recorrido para ver frescos espectaculares en lugares perdidos son inolvidables.

Empiezo por la península Calcídica, formada por tres dedos terrestres, uno de los cuales, Kasandra, es una trampa veraniega si se te ocurre visitarla en fin de semana cuando los habitantes de Salónica la invaden.

El segundo dedo, Sintonía, es lo contrario. Es un lugar ideal para familias que huyen del mundanal ruido de las discotecas. El lugar, como Sarti, desde donde puedes ver el tercer dedo, donde está el Monte Athos. El lugar donde puedes encontrar una habitación libre en plena temporada alta en una cucada de hotelito regentado por una simpática pareja formada por una húngara y un griego que te trata con gran cariño y que te ayudan a encontrar el mejor restaurante (calidad-precio) y se comprometen a orientarte en la búsqueda de los mejores rincones marinos de los alrededores.

Comer unos espléndidos mejillones a la brasa mientras la luz oscurece y deforma Monte Athos hasta que se convierte en una masa sin apariencia física es una auténtica delicia griega, una más de las múltiples que se pueden vivir en este país espléndido, incluso en tiempos tan duros como los que vive en la actualidad.

La visita a Monte Athos la dejo para otra ocasión, el lugar que mantiene el equilibrio espiritual con las restricciones femeninas desde hace demasiado tiempo. Dice la leyenda que la Virgen María visitó Athos para bendecir la Montaña Sagrada y los monjes lo consideran el Jardín de la Virgen en el que no puede entrar ninguna otra mujer. Y Santas Pascuas

Ocurre en Europa, en un país de la Comunidad Europea, en un país que fue cuna de la civilización y la democracia occidentales. Ocurre en Europa ante las protestas de la Comisión Europea que no está de acuerdo con la prohibición. Ocurre sin que nadie lo remedie por la voluntad de leyendas o dogmas religiosos.

La visita que nadie se tiene que perder si viene a Grecia es Meteora, el lugar donde conviven los pináculos más extraños vinculados a extraños fenómenos geológicos de hace millones de años con los monasterios más singulares, encaramados en las cúspides de las rocas más elevadas, suspendidos en el aíre “entre el cielo y la tierra”, en un lugar declarado “sagrado, inalterable e inviolable” por un decreto del Santo Sínodo de la Iglesia Griega en 1990 y aceptado por el estado griego cinco años después.

El lugar comenzó a ser habitado por ermitaños hace mil años que vivían en las cuevas diseminadas por toda la región y se acabó convirtiendo en el corazón de la resistencia religiosa al islam cuando el imperio bizantino empezó a desmoronarse por el impulso militar de los otomanos.

Los primeros monasterios construidos en el siglo XIV estaban tan aislados que sólo se podía acceder a través de escaleras desmontables o por senderos secretos. Hoy una carretera asfaltada permite visitar los seis monasterios que quedan en pie de los veinte que fueron construidos con bastante comodidad aunque con gran esfuerzo en los últimos metros al tener que acceder a ellos por escaleras de piedras muy empinadas.

Los monjes y las monjas dedican algunas horas del día a cobrar las entradas a las miles de personas que visitan diariamente Meteora y vender reliquias religiosas y recuerdos turísticos y el resto del tiempo lo ocupan en la vida contemplativa.

Meteora es de esos pocos lugares en el mundo donde sus habitantes permanentes, los religiosos y religiosas que viven en monasterios separados, deben estar de acuerdo en que el cielo puede esperar mientras la paz, la tranquilidad y la calma espiritual sigan regulando sus vidas.

13.- DECEPCION EN TERMÓPILAS Y TEBAS

Tebas (Grecia)

Mitos y leyendas se desparraman por toda Grecia como si fuera la lava de un volcán en permanente erupción. Es difícil encontrar un lugar que se haya salvado de las guerras de hace milenios. Un lugar limpio de batallas violentas, de regueros de sangre. Un lugar apasionantemente insulso, sin historia. Sin nada que contar ni enseñar. Pero me temo que un lugar sin historia es imposible de encontrar cuando la historia se agita con toda su virulencia en cada esquina del mapa griego.

En el apasionante viaje por la tierra griega hay lugares que no se visitan por falta de tiempo. Aunque Grecia no es la perfección en el arte de señalar el camino exacto para llegar a un sitio, hay que decir que las carreteras están repletas de cárteles que invitan a internarte por caminos para toparte con ruinas que no aparecen en las guías más especializadas, quizá por falta de espacio, pero que te asoman a un acontecimiento concreto de su milenario pasado.

Un error del turista accidental, incluso del viajero más resabido porque quizá en estos lugares más anodinos se pueda encontrar la autenticidad que se ha perdido en los más famosos, arrasados a diario por masas empedernidas que corren a golpe de pito como si les fuera la vida en ello, más preocupadas por posar en ruinas que no suelen mirar porque les han enseñado que lo importante es fijar la imagen en una máquina fotográfica o telefónica. Lo demás es secundario y amorfo.

También ocurre lo contrario. Hay lugares que uno sueña con visitar desde hace decenios y se produce la decepción total cuando llegas a ellos.

Me ha pasado en las Termópilas y su famoso paso donde hace 2.500 años se enfrentaron el rey Leónidas, sus 300 espartanos y otros 7.000 griegos contra el fabuloso ejército persa de Jerjes I, formado por un cuarto millón de soldados.

La carretera atraviesa hoy este lugar donde se ha construido una estatua gigantesca del héroe espartano. Al parecer la línea de la costa pasaba por aquí en los tiempos de la mítica batalla.

Hay un buen documental producido en 2007 titulado Imperios La última batalla de los 300 en el que varios especialistas cuentan lo ocurrido desde un punto de vista histórico y se estrenó justo un año después de que el director Zack Snyder dirigiera 300, reconvertida en una película de culto.

Los 300 espartanos no murieron solos. Otro millar de griegos los acompañaron a una muerte segura. ¿Por qué no se habla de ellos? Quizá para mitificar aún más la grandeza combatiente de Leónidas y sus hombres. Esa obsesión por engrandecer aún más las biografías de los héroes del pasado nunca la he entendido.

Me ha pasado con Tebas, hoy conocida por Thiva, la ciudad vinculada a las leyendas de Hércules y Edipo, la poderosa ciudad-estado que derrotó a los invencibles espartanos, pero que fue arrasada por Alejandro Magno al aliarse con los persas.

La guía me advierte que su “impresionante Museo Arqueológico” lleva cerrado desde 2007. Como la versión es de 2012 ni se me ocurre pensar que todavía pueda seguir atrancado.

La simpática recepcionista del hotel casi vacío me da la mala noticia aunque me informa que es posible que se abra a finales de este año. Una celadora del museo no me lo puede asegurar. No hay fecha oficial.

El centro de Tebas está patas arriba. No me importaría si estuviera escarbando en las ruinas históricas que recorre el subsuelo de todo su casco urbano. Pero se trata del típico cambio de baldosas, de la moqueta asfáltica que tantos quebraderos provoca en los ciudadanos de cualquier sitio.

Al ser domingo nadie trabaja. Pero la mayor parte de la maquinaria sigue parada el lunes por la mañana. He visto tantas obras paralizadas en Grecia por la crisis que vive el país que ya nada extraña.

Hércules no aguantaría un minuto en la que fue una de las ciudades talismán de su mítica biografía.

14.- ¿TURISMO VIRTUAL EN ATENAS?

Atenas (Grecia)

Llego a Atenas en domingo sin apenas tráfico. Los domingos son buenos para atravesar una ciudad desconocida aunque conocí la capital griega hace 35 años. Me sigue sorprendiendo el poco tráfico que hay en toda Grecia.

Estamos en temporada alta. ¿Dónde están los miles de turismos italianos, franceses, alemanes, húngaros? ¿Dónde están los turistas griegos? Los hoteles de la costa entre Salónica y la isla Eubea están vacíos.

El miedo a la incertidumbre económica ha provocado que muchos griegos se hayan quedado en casa sin vacaciones. Los trabajadores hoteleros ponen cara de circunstancias cuando les preguntan y responden mecánicamente: “La crisis estás haciendo mucho daño y la temporada estival está perdida”.

Aparece la palabra septiembre como si fuera el título de una tragedia. Nadie sabe qué va a pasar, pero muchos creen que la tregua de la temporada estival finalizará el mes que viene y entonces las tensiones se dispararán. “El país va camino del desastre”, se escucha a menudo.

La Acrópolis parece quitar la razón a los críticos y pesimistas. Hay colas para comprar la entrada; hay colas para entrar; hay colas para llegar a la explanada donde compite el Partenón con el Erecteión y sus cinco cariátides, copias de la originales que se encuentra en el cercano museo; hay colas para abandonar el recinto.

La pregunta que uno se hace parece que no tiene repuesta: ¿Dónde se meten las decenas de miles de personas que cada día visitan la Acrópolis? ¿Vienen sólo a ver una de las maravillas del mundo? ¿Los bajan de grandes cruceros en el puerto del Pireo y los traen en autobuses para devolverlos a las pocas horas a sus barquitos de lujo? Si es así, ¿gastan algo más que la entrada al monumento, alguna botella de agua y un recuerdo comprado precipitadamente?

El número de turistas que visitan la antigua Ágora, la Ágora romana, la Torre de los Vientos, el Templo de Zeus, la Biblioteca de Adriano o el Keramikos no se corresponde con el de la Acrópolis. Apenas encuentras turistas en estos fantásticos monumentos griegos y romanos a pesar de que el precio de la entrada a la Acrópolis los incluye.

La historia de Grecia estrujada como si fuera un mocador de papel por el turista que se conforma con la visita relámpago. Me temo que el ritmo impuesto en los viajes organizados destruye la propia esencia del viaje y convierte las visitas en algo parecido a un recorrido de escaparates de tiendas de moda.

El Museo Antropológico Nacional es uno de los más importantes del mundo. De visita obligada. Me sorprende el número reducido de visitantes si los comparo con cualquier museo de su categoría. ¿Alguien iría a París y obviaría el Louvre? ¿Alguien iría a Londres y sacrificaría el Museo Británico? ¿Alguien iría a Madrid y le pegaría una patada al Prado. ¿Dónde están las decenas de miles de turistas?

El Museo Bizantino está aún más vacío. Hay obras maestras del siglo III al XX que muestran la grandeza de la época bizantina, uno de los periodos más largos de la historia, que se inicia con la caída del imperio romano y finaliza con el dominio otomano y el renacimiento.

Sólo el espectacular Museo de la Acrópolis, abierto en 2009, tiene un número lógico de visitantes, pero sólo durante las mañanas. Por las tardes las aglomeraciones son inexistentes y al final de la jornada te puedes permitir el lujo de admirar las cariátides originales en perfecta soledad.

15.- LORD BYRON EN GRECIA

Cabo Sunion (Grecia)

Es domingo por la noche, no muy de noche pero ya ha oscurecido. Ni siquiera son las diez. La plaza Omonia de Atenas es un carrusel de inmigrantes que buscan. ¿Qué buscan? ¿Dónde dormir? ¿Dónde cenar algo caliente? ¿Dónde esconderse? ¿Dónde huir?

Me fijo en una familia siria formada por una pareja y dos niños tan pequeños que se pierden entre las piernas de los adultos. Caminan rápido sin rumbo fijo. Dos jóvenes los interceptan. Parecen que su oficio es cazar inmigrantes perdidos y convencerlos de que los acompañen. Quizá conocen un lugar para descansar y aprovisionarse. Y reciban por ellos unas monedas. Quizá les quieran engañar para quitarles lo poco que les queda.

Siempre el negocio de la miseria. El negocio de los pobres que estrujan y rematan a los más pobres mientras los ricos se promocionan unos a otros. ¿Por qué las mafias aparecen en el caos de la guerra y la desesperación?

Los jóvenes lo han intentado pero no han convencido a la familia siria. Se van en sentido contrario. Me fijo en ellos hasta que se convierten en un pequeño punto que desaparece de la línea de mi mirada.

Me siento testigo del desastre de la historia y me deprimo. Mis vacaciones coinciden con su éxodo, compiten con la fragilidad de esta familia siria, de tantas familias de tantos lugares difíciles de pronunciar y fáciles de olvidar, de tantos desastres humanos que se asoman al abismo de la historia en tantos países.

Me he desviado de la calle donde está mi hotel. Se me han liado las calles en mi cabeza y me he perdido durante unos minutos. Estoy a tres calles de una de las plazas más importantes de Atenas, pero apenas hay luz y todos los negocios están cerrados. No puedo ni leer los letreros de las calles. Cuánta suciedad se acumula a las espaldas de los turistas que nunca ven lo que esconden los lugares escondidos y oscuros aunque transiten a pocas calles.

¿Es posible que Atenas, la capital de uno de los países más fascinantes de la historia, enmudezca unas calles más allá de Omonia, una de sus plazas más céntricas? Ocurre que la ciudad se convierte en un agujero negro sin que nadie repare en ello.

El viaje continúa hasta el cabo de Sunion, a 70 kilómetros de Atenas, donde hace 2.500 años se construyó el templo de Poseidón, unos de los monumentos más fascinantes de la antigua Grecia, sobre un saliente rocoso a 65 metros del mar.

Sólo se conservan 18 columnas de las 42 originales, pero sigue siendo un lugar fascinante y sus vistas inolvidables. En una columna se puede leer el nombre de Lord Byron, un enamorado de Grecia, aunque nadie puede asegurar si fue él mismo quien lo esculpió.

Sí, en cambio, dejó unos bellos versos sobre sus sentimientos más profundos durante la visita a este templo en su obra maestra Don Juan: “Llevadme a la pendiente de mármol de Sunion donde nadie salvo yo mismo y las olas, pueda oír nuestros mutuos murmullos”.

Sus últimos meses de vida los pasó en Grecia apoyando económicamente y como combatiente la lucha de independencia del país que formaba parte del Imperio otomano. Murió el 19 de abril de 1824 de fiebres palúdicas en la ciudad griega de Messolongi y el gobierno decretó 21 días de luto. Su cuerpo embalsamado fue enviado a Inglaterra, pero su corazón fue enterrado en el jardín de los Héroes de la ciudad bajo una estatua propia.

Byron creció pronto, vivió rápido, murió joven a los 36 años y su agonía fue inmortalizada por el pintor Joseph-Denis Odevaere en una obra que se puede ver en el Groeninge Museum de Brujas.

Un suburbio de Atenas fue llamado Vyronia en su honor y muchas ciudades griegas tienen calles con su nombre. El nombre Vyronas (Byron en griego) es muy común entre los griegos.

16.- “CONÓCETE A TI MISMO”

Delfos (Grecia)

Me sorprende la soledad de Maratón a pesar de que está sólo a 42 kilómetros de Atenas y es el escenario de una de las batallas más famosas de la historia entre griegos y persas ocurrida hace 2.500 años.

Una batalla estratégica que resultó un fiasco para los persas que perdieron 6.000 soldados, una cuarta parte de su ejército, en un solo día mientras los griegos sólo tuvieron 192 bajas.

La historia cuenta que un mensajero fue enviado a Atenas para anunciar la vitoria y murió después de recorrer los 42 kilómetros. Su memoria se recuerda en la carrera más dura que existe hoy en el atletismo junto a los 50 kilómetros marcha.

Los 192 soldados griegos muertos fueron incinerados y enterrados en una tumba colectiva, un montículo de 10 metros de altura y 180 metros de circunferencia. Cerca hay un museo muy interesante donde se pueden ver restos de cerámica y utensilios encontrados en la tumba ateniense y algunas estatuas de un antiguo templo egipcio.

Creo que vale la pena visitar este lugar aunque no parece formar parte del parque temático del turismo de masas. Pocas veces he entendido los criterios que se utilizan en la selección de los lugares que un turista debe visitar cuando va empotrado en un viaje organizado.

Estoy seguro que muchos protestarían si supieran lo que se pierden. Es verdad que la Grecia clásica es tan inmensa que se necesitaría meses, quizás años, o toda la vida para tener una visión completa, pero Maratón es un lugar fundamental y no está alejado de las rutas del comercio turístico.

Decido viajar en ferry a Eubea, la segunda isla más grande de Grecia después de Creta, y la sexta de todo el Mediterráneo. Es más visitada por griegos que por extranjeros y, por ello, es más evidente la crisis griega.

Muchos hoteles están vacíos en pleno agosto y apenas hay tráfico por sus sinuosas carreteras. Puedes bañarte en playas poco concurridas o visitar pueblos de montaña en la misma jornada.

Al norte de la isla hay una localidad llamada Loutra Edipsos que tiene fuentes sulfurosas medicinales muy famosas en la antigüedad porque eran utilizadas por políticos e intelectuales.

Las aguas termales desembocan en la playa principal. Te puedes bañar en agua muy caliente, templada o fría en menos de 30 metros de distancia. Una delicia griega. Los únicos extranjeros que hay son serbios y búlgaros.

La isla está unida al continente por un puente en la ciudad de Calcis, una ciudad-estado que ya aparece en los textos homéricos. El viaje continúa a Delfos, la ciudad-santuario construida en las laderas del Monte Parnaso, el ombligo del mundo para los griegos antiguos a 700 metros sobre el nivel del mar, donde se encontraba el oráculo, el lugar de consulta de los dioses en el templo dedicado principalmente a Apolo. Griegos de todas las condiciones acudían a este lugar y consultaban a sus dioses las cuestiones que les inquietaban.

En el dintel y columnas del templo de Apolo estaban escritos los principales preceptos morales que regían los distintos estados-ciudades y que eran atribuidos a siete sabios de la antigüedad. En el frontón del templo destacan los más importantes para que pudieran verse fácilmente: “Conócete a ti mismo” y “Nada en exceso”.

Es uno de los lugares inolvidables de Grecia. Sus riquezas acumuladas durante siglos de influencia no solo entre griegos sino también entre egipcios, romanos y bárbaros se pueden ver en un fabuloso museo cuya pieza principal es el Auriga de Delfos, una de las obras maestras del arte antiguo.

17.- MITO O VERDAD EN CADA PIEDRA

Micenas (Grecia)

Creo que Peloponeso es la extensión territorial compacta con la historia milenaria más fascinante de todo el mundo. Quizá podría competir con Egipto e Irán con territorios más vastos.

En apenas 21.549 kilómetros cuadrados, una extensión similar a la de El Salvador, algo más pequeña que la de Ruanda o la mitad que Suiza, se ha desarrollado varias de las civilizaciones más impresionantes de la historia como la micénica o la espartana o ciudades como Olimpia cuyos orígenes se remontan a hace 3.000 años o Argos, la más antigua de Grecia. El propio Hércules pasó por la ciudad para librarla de la hidra de las mil cabezas o para estrangular al león de Nemea no muy lejos de Argos.

Peloponeso ha sido poblada desde hace 4.500 años por egeos, anatolios, jonios y aqueos. Los espartanos ya era una fuerza de combate espectacular hace 2.600 años. También fue colonizada por macedonios, romanos, eslavos, bizantinos, otomanos, venecianos y cruzados.

Ni en un mes se podría ver todas las ruinas de Peloponeso, las más mediáticas y las ya olvidadas como las de Elis, capital del reino de Élide, o el palacio de Néstor, el mítico héroe que participó en el viaje de los argonautas y luchó en la guerra de Troya, que será reabierto el año que viene.

Entro en Peloponeso por su espectacular puente del Río-Antírio. Desde el 7 agosto de 2004 este puente evita tener que coger un transbordador. La única alternativa terrestre hasta entonces era Corinto, en su orilla noreste.

Hay que pagar 13,20 euros para atravesar sus 2.252 metros de distancia, pero vale la pena admirar las interioridades de esta proeza arquitectónica mientras se circula a 40 kilómetros por hora.

No me parece, en cambio, justo pagar 2,50 euros al inicio de una autovía inexistente que supuestamente (lo dice el mapa) une la localidad de Patras con Corinto. Me sorprende que primero se marquen las autovías en los mapas y después se empiecen las obras.

Obras paralizadas o donde se trabaja a un ritmo tan cansino y con tan escasa obra de mano que es posible que la construcción de la autovía dure más que las guerras médicas contra los persas.

La mayoría de los turistas no visitan Corintio para recordar su tumultuosa historia sino para hacerse la foto a la japonesa (llegar, disparar la foto o esa cosa llamada selfi y marcharse en apenas un minuto) en el espectacular Canal que comunica los mares Jónico y Egeo.

Aunque la idea fluyó en la cabeza de un tirano local hace 2.700 años, no se construyó hasta finales del siglo XIX. Abierto en la roca tiene una anchura de 23 metros de ancho y seis kilómetros de largo.

Las ruinas de Corintio son interesantes. Destaca un templo de Apolo de estilo dórico, un ágora y un teatro. El Acrocorinto es un peñasco coronado por una fortaleza que empezaron a construir los romanos y que albergaron a soldados de todas las invasiones que sufrió la ciudad. Las vistas son espectaculares cuando se alcanza la cima más alta donde existió un templo de Afrodita.

Decepciona mucho Argos. Me recuerda Zaragoza, una ciudad con la historia milenaria enterrada debajo de los edificios insustanciales (salvo excepciones) actuales. Estamos ante una de las ciudades más antiguas del mundo habitada hace 6.000 años que tuvo un gran poder durante el imperio micénico. Y una parte de su historia ha sido borrada por la falta de sensibilidad urbanística.

En pocos kilómetros hay dos grandes ciudadelas micénicas, la poca visitada Tirinto a pesar de su gran interés cuyos muros de trece metros de altura y siete metros de espesor fueron construidos por los cíclopes, según la mitología griega, y Micenas, donde cada día recibe a miles de turistas llegados desde Atenas en viajes organizados.

Visité Micenas hace 35 años, en octubre de 1980. Fue uno de los platos fuertes de aquel viaje iniciático, el primero de mi vida. La entrada en la fortaleza por la puerta de los Leones me dejó un recuerdo inolvidable.

Hoy me sigue emocionando. La ascensión al palacio de Agamenón es dura bajo el sol del mediodía, pero vale la pena recorrer los mismos lugares en los que vivieron los héroes de Homero que lucharon en guerras como la de Troya hace 3.300 años.

Muy cerca de la fortaleza está el llamado Tesoro de Atreo, también conocida como Tumba de Atreo y Tumba de Agamenón, la más grande que existe en Grecia y que se cree que perteneció a uno de los dos reyes micénicos, que eran padre e hijo.

En su interior hay dos cámaras, algo inaudito en las tumbas de Grecia. Se cree que la tumba principal no estaba acabada cuando el rey murió repentinamente y tuvo que ser enterrado en un aposento funerario temporal hasta que se finalizó su mastodóntico mausoleo.

18.- ¿ES PELIGROSO VIAJAR A GRECIA?

Esparta (Grecia)

El teatro de Epidauro es espectacular desde el asiento más elevado hasta el centro del escenario. He visto algunas fotografías aéreas que potencia aún más su majestuosidad. Su acústica es perfecta. El más mínimo ruido desde la orquesta, incluido el del papel o el de una moneda golpeando contra el suelo, se escucha con claridad desde cada una de las 12.300 localidades. Hoy se utiliza para las representaciones de un festival anual.

Me acerco a la bellísima costa de esta zona del Peloponeso. Playa Epidauro está enclavada en un paisaje de ensueño. Hay hoteles en primera línea de mar. Bajas las escaleras, caminas tres metros y te metes en el agua. Pero están vacíos.

El dueño del hotel que he elegido me cuenta que sólo cuatro de sus treinta habitaciones están ocupadas. “No sabemos qué va a pasar mañana aunque me temo que tendremos que cerrar en septiembre”, dice con lágrimas en los ojos. “Hace cinco años este hotel estaba valorado en cinco millones de euros. Llenábamos todos los días desde abril a octubre. Hoy dudo que su precio llegue a un millón. Es el desastre total”, continúa.

Playa Epidauro estaba llena de alemanes, franceses y de otras nacionalidades europeas. No cabía un alfiler en verano. Los coches se amontonaban en sus estrechas calles y las pequeñas playas estaban abarrotadas.

Después de un baño me acerco a cenar a un chiringuito a pocos metros de la playa. Un lugar ideal para ver la puesta de sol mientras comes pescaditos, calamares o pulpo. La cerveza está bien fría y, además, ofrecen un magnífico vino de la casa. ¿Qué más se puede pedir?

Unos clientes cogen una mesa y la llevan hasta la línea del mar. No ha habido objeción por parte del dueño. ¿Habrá ley de costas en Grecia? Hace 40 años, cuando empecé a trabajar en un chiringuito de Tarragona, ocurrían cosas como éstas. Cuando te descuidabas los clientes habían trasladado el velador, las sillas y las consumiciones lo más cerca posible del agua. Tenías que saltar a la arena, recorrer las decenas de metros de separación y explicarles que tenían que regresar a la terraza del chiringuito porque estaba prohibido utilizar la playa.

A la mañana siguiente elijo una pastelería para el desayuno. Le pregunto al dueño qué está pasando para que apenas haya turistas. “Me han llamado amigos alemanes que llevaban 30 años viniendo aquí para preguntarme si es peligroso venir a Grecia. Es desolador. Está habiendo campañas en algunos países como Alemania e Inglaterra para que los turistas eviten Grecia”, me cuenta.

No tiene sentido lo que está pasando. Grecia es un país cómodo para viajar y no he tenido ningún problema durante mi largo viaje. Me han atendido correctamente en todas partes. Incluso en algunos lugares han sido extremadamente simpáticos.

En algunos sitios han intentado evitar que pagase con la tarjeta de crédito. “No hay línea esta mañana o se nos ha estropeado la máquina”, han sido las excusas. Pero siempre con mucha educación. Saben que muchos turistas llevan efectivo en los bolsillos. Me voy triste de este pequeño paraíso.

La Esparta actual es un insulso pueblo de unos 20.000 habitantes. Todo ocurre en un par de plazas y calles céntricas. Hay una tienda generalista que vende camisetas de mala calidad o estatuas de Leónidas con los precios muy inflados.

Si no fuera por la gran estatua de Leónidas levantada frente al estadio de fútbol, sería difícil de creer que esta ciudad fue la capital de uno de los estados más beligerantes del mundo clásico con un gran poder político y militar que compitió con Atenas y Tebas y cuyo ejército lideró la coalición contra los persas durante las guerras Médicas.

Llegar al santuario de Artemisa obliga a pasar por un descampado lleno de basuras y, además, está cerrado por una valla. El llamado santuario de Leónidas, vendido como su tumba aunque nadie sabe su función, está en el cruce de un par de calles anodinas. El Museo Arqueológico tiene más vigilantes aburridos que visitantes.

Lo único interesante es la Acrópolis no tanto por lo que se ve (muchas de las ruinas de la antigua Esparta siguen bajo tierra) sino por lo que se siente ante columnas y capiteles que están desparramadas de forma desordenada entre olivares, naranjos y limoneros.

Sería importante que las autoridades de esta localidad empezaran a darle importancia a la historia de Esparta para atraer a viajeros que suelen pasar de largo camino de Mistra, a siete kilómetros, para visitar las ruinas de una fortaleza que incluye iglesias, palacios y bibliotecas del siglo XIII y cuya historia está vinculada al declive final del imperio bizantino ante el empuje otomano.

19.- OLIMPIA ETERNA Y MÁGICA

Olimpia (Grecia)

Abandono Esparta camino de Olimpia en un largo y trepidante viaje por una ruta montañosa que llega hasta la muy turística Kalamata y continúa por una serie de aldeas costeras muy interesantes del sur de Peloponeso.

A nueve kilómetros de la capital de Leónidas y sus legendarios espartanos paro en el desfiladero del río Langada. Subo por unas escaleras y llego hasta una cueva, el lugar donde antiguamente los espartanos tiraban a los bebés más débiles o con alguna deformación que consideraban inútiles para convertirse en buenos combatientes.

Es la historia de la violencia asesina total, difícil de admitir. El estado espartano consideraba a todo ciudadano un soldado desde la cuna. Un comité de ciudadanos decidían qué recién nacidos no eran aptos para el combate y se les eliminaban en los montes Taigeto.

¿Cuál era la opinión de las madres y los padres? ¿Lo aceptaban sin más? ¿No intentaban salvar a sus hijos? ¿Una sociedad puede ser tan obtusa para cargarse a sus seres más débiles? Me pregunto todo esto mientras miro hacia el fondo de la cueva. Pero encuentro respuestas.

Después de una hora de viaje encontrando en cada curva de la carretera una vista inquietante de barrancos y desfiladeros llego a Kalamata. Por primera vez veo masas de turistas cubriendo la arena de las playas y hoteles completamente llenos. A esta ciudad llegan vuelos directos desde diferentes capitales europeas.

Leo un reportaje sobre el turismo masivo publicado en El País hace unas tres semanas. “En 1950 había 25 millones de turistas en el mundo. Hoy suman 1.100 millones. Se prevé llegar a 1.800 en 2030”, se dice en la entradilla del texto escrito por Francesc Muñoz.

Se dice en otro artículo del mismo diario, escrito por Julia Amaya Heyer, que los chinos “son los que más viajan llegando a las 109 millones de salidas en 2014 y son capaces de visitar cinco países y ocho ciudades en nueve días gastando más que nadie”.

Pienso en ello mientras voy parando en cada uno de los hoteles que hay en la kilométrica playa de Kalamata para recibir la misma respuesta: “Está lleno”. Me alegro por los griegos ya que necesitan una buena temporada turística, sector con gran impacto en su producto interior bruto, pero me frustro ante mi mala suerte.

Cuando estoy a punto de arrojar la toalla y seguir conduciendo hacia el sur encuentro la última habitación libre en el hotel ideal en un recoveco de la costa, aislado, con acceso a una playa pedregosa, una buena piscina, un buen desayuno, una terraza con vistas para cenar viendo la puesta de sol y sobre todo, con precio moderado.

Después de descansar un par de días continúo el viaje hasta Olimpia, otro de los emplazamientos arqueológicos más interesantes de Peloponeso, Grecia y el mundo clásico, cuna de los juegos olímpicos.

Hace 2.790 años se celebraron los primeros juegos olímpicos y hasta el 393 d.C continuaron cada cuatro años. Casi 1.200 años en la vida de una ciudad y en honor del dios Zeus, el más poderoso del panteón helénico durante sus primeros siglos.

Tuvieron que pasar 1.500 años hasta que en 1.896 se instituyeran los juegos olímpicos modernos que sólo han dejado de celebrarse cada cuatro años durante las dos guerras mundiales.

Olimpia no es solo un estadio de 120 metros al que se entra atravesando un arco como hacían los atletas y las autoridades en la antigüedad y donde gusta hacerse una foto mientras se corre hacia una meta ficticia o un impresionante templo de Zeus con las ciclópeas columnas derribadas y donde los atletas y los jueces juraban respeto a las normas olímpicas sobre los testículos de un jabalí.

Olimpia son decenas de edificios históricos pertenecientes a diferentes etapas de la historia en una evolución que empieza en el neolítico, en “la noche de los tiempos”, entre 4.300 y 1.100 a.C., continúa en la época micénica, arcaica, clásica y helenística y finaliza en la época romana y bizantina. Fue el emperador bizantino Teodosio I quien suprimió los juegos y Teodosio II quien ordenó quemar todos los monumentos al principio del cristianismo.

Olimpia fue tan importante en la antigüedad que reyes como el macedonio Filipo II construyó un hermoso templo jónico circular para honrar a Zeus tras su victoria en la batalla decisiva de Queronea contra atenienses y tebanos. Su hijo Alejandro Magno acabó el espectacular edificio formado por 18 columnas de las que hoy sólo quedan tres en pie.

Y Olimpia es también la sede dos de los más hermosos museos de toda Grecia: el Museo Arqueológico con la colección de bronces más completa del mundo y el Hermes de Praxiteles y el Museo de la Historias de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad con piezas únicas de hace casi tres milenios relacionadas con el deporte.

Vale la pena quedarse un par de días en este pueblo muy turístico que se relaja cuando los autobuses de los grupos organizados abandonan sus calles. El paisaje que rodea Olimpia recuerda la región italiana de Toscana y, además, es excedente de sensacionales vinos.

20.- LA NATURALEZA DESTRUYE MENOS QUE EL HOMBRE

Pompeya (Italia)/Zaragoza (España)

Grecia queda atrás. El ferry acaba de abandonar el puerto de Patras en Peloponeso y se dirige a Bari en Italia con escala en otro puerto griego, el de Igoumenitsa.

Serán 15 horas de navegación en un ferry muy rápido para hacer 318 millas náuticas, unos 589 kilómetros. Llevo 8.500 kilómetros terrestres desde que salí de Zaragoza.

Muy pocos pasajeros subimos en Patras. La bodega de coches y camiones va casi vacía. “Estírese y aproveche el espacio porque en Igoumenitsa nos esperan 500 pasajeros”, me dice la jefa de la cabina principal cuando le pregunto la causa de tan pocos viajeros en fechas claves de agosto.

El asalto es a media noche. Centenares de turcos, serbios, macedonios, kosovares ocupan los asientos libres para realizar lo más cómodo posible las nueve horas que todavía quedan de trayecto. Son inmigrantes, muchos de ellos ya ciudadanos comunitarios, que regresan a sus lugares de trabajo después de acabar sus vacaciones en sus lugares de origen.

Me da pena abandonar un país por el que he viajado más tres semanas cuando inicia una fase crítica de su historia. He hablado con muchos griegos y no he encontrado ninguno optimista.

La inmensa mayoría cree que la situación se va a agravar a partir de septiembre. Muchos, los más jóvenes, creen que la única solución es buscar trabajo en los países del norte. Huir de la pobreza para vivir en la marginación.

No he podido dormir más que un par de horas en el ferry. Decido acercarme a Matera al desembarcar en Bari, a apenas 65 kilómetros. Quiero recorrer los “sassi”, las casas construidas en el interior de las rocas que carecían de los servicios mínimos y que fueron habitadas hasta los años sesenta por 20.000 personas.

La primera vez que oí hablar de Matera fue en uno de los libros que más me influyó en mi juventud: Cristo se paró en Ebolí, de Carlos Levi. Después pude ver la película del mismo nombre dirigida por el gran Francesco Rossi cuando se estrenó en España en marzo de 1980. El trabajo del actor Gian María Volonté me pareció magistral y no respiré durante las dos horas y media que duró la película.

Conseguí que mis compañeros de piso, estudiantes de ingenierías de caminos y canales y de químicas, fueran a verla conmigo. La segunda vez me gustó aún más que la primera.

Es una de mis películas preferidas por su honestidad para explicar la lucha contra el fascismo en la Italia de Mussolini y por mostrar con dignidad la decrepitud del sur pobre y olvidado.

Matera ha sido escenario cinematográfico de otras películas como El Evangelio según Mateo, de Pier Paolo Pasolini, La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, Rey David, de Bruce Beresford, Mary, de Abel Ferrara, Viva Italia, de Roberto Rossellini o El árbol de Guernica de Fernando Arrabal.

Giuseppe Tornatore, el conocido director de Cinema Paradiso, rodó parte de El hombre de las estrellas en sus calles. “Comprendemos la historia cuando es tarde”, dice el protagonista en una escena de esta notable película.

Después de visitar sus calles y admirar esta joya que La Unesco ha nombrado Patrimonio de la Humanidad continuó el viaje hasta Pompeya.

Aunque estoy cansado me apetece llegar el día anterior, dormir tranquilamente y recuperarme para visitar uno de los lugares con los que sueño desde que era un niño a primera hora de la mañana antes de que sea invadido por decenas de miles de turistas.

Pero agosto no es el mejor mes para visitar “la atracción turística más popular” de Italia, tal como dice la guía. Soy uno de los primeros en conseguir el ticket en una puerta secundaria.

Pero media hora después hay miles de personas por todas partes. Recojo un par de botellas olvidadas encima de algunas ruinas y me enfurezco cuando veo a algunos turistas subirse encima de las piedras para conseguir una mejor visión fotográfica.

Hay pocos lugares en el mundo que te deje un poso de sensaciones tan variadas y extrañas. Ves una ciudad arrasada por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., es decir hace 1.936 años. Pero también paseas por una ciudad menos destruida que si hubiera sido asaltada por un ejército rival. Y llegas a una triste conclusión: la naturaleza es menos destructora que la mano del Hombre.

Llevo 45 días viendo lugares históricos, las capitales de las grandes civilizaciones, arrasadas por los ejércitos rivales. He paseado por las ruinas de Pella, la ciudad natal de Alejandro Magno, de Tebas, Argos o Esparta. Los asaltantes no dejaron piedra sobre piedra.

Pompeya, en cambio, se mantiene en pie con sus magníficos frescos recuperados, sus dos teatros, su anfiteatro o su palestra muy bien conservados, sus calzadas como si no hubieran pasado casi dos mil años de su destrucción.

El escritor y dramaturgo Alex Butterworth y el investigador Ray Laurence escribieron hace una década Pompeya, la ciudad viva, un relato evocador de la vida de la ciudad antes de que fuera primero destruida por un terremoto en 62 d.C y, cuando ya se había reconstruido, por la erupción de un volcán 17 años después.

El libro te transporta a las calles de aquella ciudad y sientes que vives la cotidianidad con sus luces y sombras, sus sonidos y olores, sus tensiones políticas y sus extrañas costumbres.

Y parece que ves con vida a las mismas personas cuyos restos contemplas como si fueran moldes humanos en posiciones retorcidas y forzadas en una carpa que hay en el centro del anfiteatro.

Hasta el 2010 se creía que las víctimas murieron asfixiadas después de una larga agonía. Pero un nuevo estudio presentado en National Geographic demostró que sucumbieron abrasadas al instante al estar expuestas a temperaturas de entre 300 y 600º centígrados.

Lo que queda del viaje es llegar a Zaragoza en un par de días con cortas visitas a Siena y San Gimignano, dos ciudades que tenía muchas ganas de volver a visitar, y una noche de descanso en Génova después de no encontrar una sola habitación libre entre Viareggio y los pueblos costeros vecinos al gran puerto italiano.

Conocí Génova hace 35 años. Era una Génova vetusta, sucia, acomplejada por su incapacidad para atraer a los turistas que se peleaban por visitar Milán, Verona o Venecia.

Hace dos años paré en Génova camino de Bosnia en casa de una amiga. Crucé una ciudad más alegre y limpia y me comprometí a regresar y visitarla durante varios días. Cené, dormí y temprano continué el viaje.

Esta tercera visita la recordaré por la noche hotelera más cara de todo el viaje, la peor situación para encariñarse con un lugar. A ver si vuelvo y me recupero de tantos disgustos y, por fin, empiezo a conocer una ciudad que seguro que me tiene que gustar.

He llegado poco antes de anochecer a Zaragoza. Detengo el coche delante del portal de mi casa 45 días después de haber empezado el viaje en el mismo punto. 10.741 kilómetros y 318 millas náuticas después. Sin ningún incidente.

Un viaje bordado por la magia de lugares increíbles, algunos mediáticos, otros desconocidos para la mayoría. Antes de bajar los bultos pienso: ¿Hay algo tan bello como viajar? Lo dudo, me respondo muy cansado.

FIN

 

 

 

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