El periodismo es pasión y compromiso

CONFERENCIA INAUGURAL DEL CURSO ACADEMICO 2015-2016 EN LA FACULTAD DE COMUNICACIÓN DE SEVILLA

Quería ser periodista desde que tenía 10 años. Empecé a coleccionar sellos antes de cumplir esa edad. Con la mente viajaba. Miraba un mapamundi y soñaba. En mi memoria dormían todas las capitales del mundo.

Soñaba con viajar a los países de mis sellos. Empecé a creerme que lo conseguiría si estudiaba periodismo. Me lo creí de verdad con 14 años. Era el único estudiante que iba al instituto con un diario debajo del brazo. Tengo que confesar que era deportivo, pero me lo leía de cabo a rabo. Lo pagaba de mi bolsillo y luego no tenía para chuches.

Hice lo imposible para llegar a la universidad y estudiar la carrera. Comencé a viajar como periodista cuando todavía era estudiante. Llevo más de 30 años ejerciendo el periodismo. Tengo algo muy claro: siento pasión por este oficio que tiene que ver con pocos y sé que un periodista lo es desde la cuna a la tumba.

Soy periodista las 24 horas al día de cada uno de los 365 días del año. Soy periodista cuando duermo. Incluso mis sueños son de periodista. No seré yo quien os quite la idea de ser periodistas de la cabeza.

Mi pasión es el periodismo. Muchos de los mejores días de mi vida están vinculados al periodismo. Y algunos de los peores. Mis principales quebraderos de cabeza también me los ha provocado el periodismo.

No sé quién sería si no hubiese sido periodista. Quizá sería más feliz, tendría más tiempo libre para dedicárselo a mi familia o para perderlo en situaciones insulsas. Pero no sería mejor persona. Creo que el periodismo me ha convertido en más solidario, más crítico, menos dogmático, menos cínico.

El periodismo ha sido como un caballo veloz que me ha llevado a los lugares más oscuros del mundo y me ha obligado a enfrentarme a situaciones inimaginables. El periodismo me ha forzado a empaquetar el dolor acumulado y llevarlo escondido en una mochila invisible cuyo peso solo yo conozco.

Pero no me gustan los periodistas que hablan más de los que les pasa a ellos que de las situaciones que documentan. Cuanto más en contacto se trabaja con el sufrimiento, más debe huir el periodista del protagonismo. El periodista que habla de sí mismo traiciona a las víctimas y reduce el espacio de las historias que importan.

Me aburren esos periodistas, la mayoría demasiado jóvenes para entender lo que ocurre a sus alrededores, que escriben libros después de asistir a la guerra mediática de moda. A veces surgen experiencias literarias honestas, pero la mayoría de esos libros son prescindibles y están más vinculados al autobombo y la promoción personal. Es decir, los autores se benefician descaradamente del impacto que provoca el horror de la guerra en la lejanía cuando, en realidad, han actuado como turistas accidentales.

Si me preguntáis hoy si la gran aventura del periodismo ha valido la pena os diré que sí. Un sí rotundo. Estoy seguro que pensaréis que es lógico que hable de esta manera porque no me ha ido nada mal. Tengo un largo curriculum y acumulo premios.

Es verdad hoy, en octubre de 2015, pero no era así en agosto de 1989 cuando ya había cumplido 30 años, ni en 1994 cuando con 35 años me peleaba para que me publicasen mi primer libro sobre el cerco de Sarajevo después de vivir en la delgada línea entre la vida y la muerte durante años. No era así cuando algunos de mis mejores amigos morían ejerciendo el periodismo con mayúsculas y yo me quedaba huérfano sabiendo que podría haber sido yo la última víctima.

Ha sido un camino muy largo, repleto de tiempos de silencio donde había que pelear para que los medios te tomasen en serio y no te valorasen a la baja las colaboraciones literarias o fotográficas realizadas en lugares poco agradables.

Os voy a dar varios consejos antes de empezar a despellejar esta profesión que vive sus horas más bajas con plantillas enteras desesperadas al ver cómo unos cuantos oportunistas, casi siempre los más mediocres y los más arribistas, están aplastando el periodismo a marchas forzadas.

Cuando yo tenía vuestra edad llegué a una serena conclusión: sólo sería independiente si me alejaba del puesto fijo en un medio de comunicación. Es posible que sea el único de mi promoción que quería trabajar como freelancer. En aquellos años el freelancer duraba un suspiro: el tiempo que tardaban en ofrecerte un trabajo en plantilla.

Os confieso que no sé lo que es cobrar una paga extra ni tampoco una paga de beneficios. La palabra beneficio ha desaparecido del vocabulario periodístico. Pero hubo un tiempo que la paga de beneficios era muy valorada.

Creo que esa paga ha hecho un daño tremendo en las redacciones: ha tenido el efecto sedante en todo lo que tiene que ver con la obligación de los periodistas de huir de las prebendas.

Pasar toda una vida sin pagas extras no es agradable. Os aseguro que es duro. En mis primeros años como periodista mi única paga extra fue trabajar cada verano como camarero en un chiringuito de playa.

Cuando algún joven me pregunta qué hay que hacer para llegar donde yo he llegado, soy muy claro: hay que trabajar 17 veranos de tu vida, entre los 15 y los 31 años y 364 días (dejé de trabajar el día antes de cumplir 32 años en 1991), como camarero primero para ayudar en casa de tus padres, segundo para poder estudiar en la universidad y tercero para viajar durante años a los lugares que quieres cuando es imposible equilibrar gastos e ingresos por culpa de los miserables que valoran tus colaboraciones.

En los años ochenta llegué a las guerras y crisis latinoamericanas con mis ahorros y tuve que trabajar muy duro para empezar a publicar mis primeros reportajes. Dormía en hoteles de pocos dólares. Comía una vez al día. Me movía en transportes públicos. Escribía de madrugada y así aprovechaba la luz del día para hacer fotografías. Rogaba a pasajeros a punto de embarcar en sus vuelos que me llevasen una bolsa llena de rollos fotográficos a España. Me arriesgaba a que la tirasen al cubo de la basura por miedo a los controles policiales.

Mis compañeros de los medios importantes se sorprendían ante mi constancia y pundonor. “¿Otra vez por aquí”, me preguntaban cuando me veían en El Salvador, Nicaragua, Guatemala, Panamá, Chile, Perú, Colombia. Algunos me invitaban a comer de vez en cuando. Con el coste de aquella comida yo podía vivir varios días. Algunos convencían a sus medios de que yo era el fotógrafo ideal para realizar las fotos de una entrevista o un reportaje. Algunos valoraban decentemente mi trabajo y luego se peleaban para que me lo pagasen. Algunos actuaban suciamente: se aprovechaban de la situación para ahorrarles dinero a sus empresas. A veces para ahorrarles una comida.

En los años noventa llegué a Sarajevo durante la guerra balcánica. Había muy pocos periodistas, escasos españoles. Era muy peligroso. El peligro de una cobertura siempre provoca el éxodo de la prensa. Pero se hizo una gran cobertura.

Nadie puede decir que no sabía lo que pasaba en los Balcanes. A veces ha ocurrido que un político o diplomático cínico ha dicho delante de mí: “Se intervino tarde en los Balcanes porque no sabíamos lo que estaba pasando”. Es mentira. MENTIRA con mayúsculas.

En Sarajevo trabajaba para Heraldo de Aragón (The Aragon Herald decía cuando me presentaba). A mucha gente le extrañaba que un diario regional pudiera tener un enviado especial en una zona tan conflictiva.

Os diré algo importante: no os creías que una gran carrera profesional solo se puede hacer de la mano de un diario importante. No es necesario. Nunca quise trabajar o pertenecer a la plantilla de un diario importante.

Estoy rodeado de compañeros, algunos muy buenos amigos, insatisfechos por lo que hacen y sobre todo por lo que no pueden hacer. Sí están bien pagados. Reciben todas las pagas inimaginables, pero se tienen que callar ante situaciones vergonzosas que se repiten habitualmente en las redacciones. Algunos sólo hablan después de haber sido despedidos durante un ERE. Cuentan lo que nunca se atrevieron a contar cuando estaban en plantilla.

Os diré también que trabajar en la sección local o nacional de los diarios es más peligroso que trabajar en internacional. Si yo escribo que el presidente de tal país es un corrupto, nadie va a atentar contra mi titular.

Pero si tiene que ver con un personaje vinculado a mi empresa, cercano o lejano ideológicamente, que está ayudando a establecer estrategias para salvar económicamente la empresa después de que los responsables hayan dilapidado  grandes cantidades en operaciones obscenas, asaltarán mi titular, decapitarán la información y, posiblemente, me cortarán el cuello laboralmente hablando a las primeras de cambio.

No os quede ni la menor duda de que está pasando continuamente. Los cirujanos que aplican los ERES en los medios conocen muy bien las listas negras y no tienen piedad con los pepitos grillo, esas personas honestas y críticas que quieren actuar como periodistas aunque sea contraproducente con los intereses empresariales y, a riesgo, de quedarse sin trabajo.

Claro que es peligroso trabajar en Siria o en países con conflictos abiertos, pero yo me pregunto: ¿Dónde estaban los periodistas económicos de nuestro país cuando se producía la debacle de bancos y cajas de ahorro?

Claro que lo sabían porque tienen la preparación suficiente para detectarlo, pero no podían publicarlo porque esas mismas entidades estaban inyectando cantidades importantes de dinero a través de la publicidad en los mismos medios.

Es habitual en nuestro país que haya presiones sobre los periodistas, y demasiadas veces, consiguen su objetivo: que dejen de informar y que traicionen la confianza de los ciudadanos.

La crisis de identidad del periodismo empezó en tiempos de esplendor económico cuando las empresas inyectaban mucho dinero en publicidad y cerraban la puerta a cualquier investigación seria sobre sus chanchullos. Por eso, salvo raras excepciones, no existe el periodismo de investigación en España ni existirá mientras los medios de comunicación estén vinculados a intereses políticos y económicos.

Por desgracia, el desembarco de poderes extraños al periodismo hace tiempo que empezó en el periodismo español. Los responsables de estas empresas, que odian la libertad de prensa, exigen directivos pusilánimes y cobardes dispuestos a decir hoy Sí a lo que ayer era No y convencer a sus subalternos de que es el mejor camino para sobrevivir.

Directivos que desprecian la falta de rigor y la independencia y privilegian sus propios intereses sobre la búsqueda de la verdad. Que impiden que se pueda informar sin tener en cuenta las estrategias cada vez menos escondidas y descaradas entre medios de comunicación y partenaires políticos y económicos.

Arturo Perez Reverte dijo hace dos semanas al recibir uno de los Premios Internacionales de Periodismo de El Mundo: “Nunca en esta democracia se ha visto España sometida a un maltrato semejante del periodismo por parte del poder” y reafirmó que “el único freno, la única medida que conocen el político, el financiero o el notable, cuando alcanzan cotas perversas de poder, es el miedo a la prensa libre”.

Hace dos semanas el periodista Miguel Ángel Bastenier dijo en un tweet que “el periodismo empezó su larga agonía cuando nos creímos que tenemos que escribir sin molestar al poder”

El gran Ryszard Kapucisnki lo dijo con otras palabras: el periodista debe ser “indeseable, inoportuno y certero en su impertinencia”, cualidades, por cierto, odiadas por los detentadores del poder político, económico y mediático.

Añadiría que el periodismo está hoy tan licuado que por desgracia sólo rara vez actúa como un verdadero vigilante de los poderes fácticos de una sociedad.

Pero el periodismo es básico para fiscalizar la forma de hacer política de nuestros gobernantes y gestores económicos, pertenezcan al sector público o privado, y para comprender la realidad del mundo en que vivimos.

Y, además, hay que añadir el comportamiento de los directivos de algunos medios solo interesados en mantener sus salarios estratosféricos aunque eso signifique el ahogamiento económico. No hay límite para tanta desvergüenza.

Os pongo un ejemplo de un medio del que acabo de conocer los salarios de sus directivos y cargos de responsabilidad. Me refiero a un medio que pierde mucho dinero desde 2009.

19 personas sumaban un coste salarial de 2,6 millones de euros hasta hace pocas semanas. El resto de la plantilla, jefes de sección para abajo (127 empleados), sumaban 5,63 millones de euros. Es decir, que esos 19 jefes (el 11,8% de la plantilla) suponían el 32% de la masa salarial total.

Las dos personas de Alta Dirección, un director editorial y un director ejecutivo, se embolsaban 567.400 euros anuales brutos.

Cuatro personas del llamado grupo 0, entre ellos la vicedirectora editorial, el director financiero o la directora de publicidad, sumaban 721.466 euros anuales brutos. Os puedo pasar los cuatro salarios individuales, pero no os quiero aburrir.

Ocho personas del llamado grupo 1, que incluían subdirectores y directores de departamentos más pequeños, cobraban 896.448 euros brutos. Os puedo pasar los ocho salarios individuales, pero no os quiero aburrir.

Cinco personas del llamado grupo 2, entre ellos los redactores jefes, costaban a la empresa 411.542 euros brutos . Os puedo pasar los cinco sueldos individuales, pero no os quiero aburrir.

Insisto: se trata de un medio que perdía dinero desde hace seis años y que, a pesar de ello, pagaba “sueldos desorbitados” y “por encima del mercado” a sus directivos mientras había redactores por debajo de los 1.000 euros netos mensuales y, la gran mayoría, por debajo de los 1.400 euros netos mensuales.

Ese diario se llama 20 minutos.

A pesar de la desvergüenza de estos datos no quiero que os sintáis frustrados. Es bueno que sepáis lo que está ocurriendo en el mercado laboral al que tendréis que acceder cuando finalicéis vuestros estudios universitarios.

Es bueno que sepáis el talante de algunos directivos que se dedican a dar pelotazos mediáticos, tan obscenos como los que han dado responsables de bancos y cajas de ahorro ahogadas en deudas, y que luego se presentan como paladines de la libertad de prensa y, además, se permiten el lujo de dar lecciones en festivales, congresos o seminarios.

Es bueno que conozcáis que en el periodismo español hay personajes cuyo comportamiento depredador competiría con el tiburón más fiero. Es bueno que conozcáis los intríngulis de este oficio.

Pero no os desaniméis y tened algo muy claro: el periodismo puro es tan importante para la sociedad como la medicina o la educación.

Después de este mal trago quiero seguir hablando del periodismo que amo y me gustaría daros algún consejo más. No os creáis que el buen periodismo se hace en países alejados del nuestro como la India o la Conchinchina. Si pensáis así os equivocáis. Os lo dice alguien que pensaba justamente lo mismo cuando tenía 20 años, vuestra edad.

Las buenas fotografías, como el buen periodismo literario en papel o internet, televisivo o radiofónico, surgen cuando conoces bien el contexto donde estás trabajando y tienes el tiempo suficiente para profundizar.

Si no eres capaz de olisquear lo que ocurre al cruzar la calle que da al portal de tu casa en tu ciudad o pueblo, dudo mucho que te enteres de algo en un país como India, donde se hablan casi 20 lenguas oficiales y varios centenares de dialectos.

Es verdad que trabajar como periodistas es cada día más difícil. Con condiciones decentes, casi imposible. Te maltratan, te mal pagan, se aprovechan de tus buenas actitudes, te explotan sin matices.

Pero aprovechad que cualquiera de vosotras o vosotros estáis mejor preparados que los que teníamos vuestra edad hace 35 años o, al menos, debería ser así por las oportunidades que habéis tenido. Tenéis conocimientos de idiomas y controláis la tecnología que os permite transmitir gratuitamente.

Hace escasamente 20 años lo más difícil era transmitir. En múltiples ocasiones no he podido enviar una crónica. Otras veces, por ejemplo durante el cerco de Sarajevo, tenía que atravesar toda la ciudad para enviar mi trabajo y arriesgarme a ser alcanzado por un francotirador o la carga de un proyectil en cualquier momento. Pero si no transmitía, no cobraba y tampoco constaba que estuviera en el lugar de los hechos.

En Kigali (Ruanda) mandé una crónica desde un teléfono satélite en agosto de 1994. No pude confirmar la recepción en la redacción. Un mes después saltaba de alegría en mi casa cuando recortaba la crónica publicada. Ya la había dado por perdida.

Ahora voy a Bagdad, Kabul o el pueblo más perdido del Magdalena Medio en Colombia y puedo transmitir siempre. A veces me parece un sueño.

Insisto en que estáis mejor preparados, pero cometéis muchas faltas ortográficas. Es un problema gravísimo y más generalizado de lo que suponéis. Os recomiendo que os lo toméis en serio. He visto entrevistas editadas que me han hecho estudiantes de periodismo o becarios y dan vergüenza ajena.

Este verano una joven estudiante de 19 años me mandó una entrevista bastante larga que me había hecho unas semanas antes y me quedé impresionado del rigor tanto en el uso de lenguaje como en la edición. Me gustó tanto que la publiqué en mi página de Facebook. Pero no suele ser lo habitual.

Yo escribía mis trabajos universitarios en una máquina de escribir acompañado siempre de un diccionario de gran tamaño y de unas papelinas de tipex. Antes de que os riais os contaré que el tipex era el corrector instantáneo. Colocaba la papelina sobre la errata y golpeando las teclas de nuevo borraba las letras equivocadas.

Suelo enseñar uno de esos trabajos en mis talleres cuando hablo de mi proyecto sobre los Desaparecidos que tardé 13 años en concluir. En realidad, es un proyecto que ha atravesado toda mi vida profesional. Empecé a pensar en el drama de los desaparecidos cuando tenía vuestra edad y en 2011, 30 años después, presenté el resultado fotográfico y documental de mis viajes a una decena de países de todo el mundo.

El profesor de Redacción Periodística que tenía en Cuarto curso se leyó con mucho interés aquel trabajo y me lo puntuó con un 9. Me llamó al despacho y me dijo que se merecía un 10, pero me había bajado un punto por olvidar dos acentos y poner un si no junto cuando iba separado

Si aplicásemos este baremo hoy algunos tendrían dificultades para conseguir un cinco. Y no lo entiendo porque lo tenéis mucho más fácil con los correctores de vuestros ordenadores.

Leed más desde el primer día de la universidad, copiar las palabras que no entendáis y buscarlas en el diccionario. Es importante que os toméis en serio la calidad literaria porque os facilitará el acceso laboral.

El año pasado fui jurado de las becas que otorga La Caixa para estudiar masters en universidades de toda Europa, incluidas las londinenses que son las más caras. Entre los cinco primeros seleccionados de mi bloque había tres periodistas.

Me llenó de orgullo que los tres compitieran con economistas, sociólogos, abogados, historiadores y que demostraran que estaban mejor preparados. Mejor preparados porque se habían tomado muy en serio sus años universitarios y habían aprovechado cada minuto para fortalecer su nivel.

Quiero acabar con algunas reflexiones sobre mi especialidad emparentada con la cobertura de guerras, desastres, calamidades, dolor, desesperación pero también con la dignidad y lucha por la supervivencia.

Odio la guerra y sus consecuencias cada día con más intensidad. No me interesan las exclusivas embarradas de sangre. En los momentos más absurdos de la condición humana lo que hay que reivindicar y mostrar es la dignidad.

La guerra te amarra al dolor, te golpea por dentro y algo de ti muere para siempre en cada cobertura. Es difícil encontrar a personas dispuestas a morir por no matar y, casi siempre, te topas con partidarios de matar antes que morir.

La guerra, por suerte, también sirve para aprender a amar al Hombre con mayúsculas, a esa persona, sea mujer, varón, niño o anciano, que se defiende con valentía de todas las atrocidades que le rodean.

Cada día estoy más interesado en las posguerras y las consecuencias a largo plazo de los conflictos armados. Cubrir esa fase es más complicado porque la falta de interés informativo te obliga a trabajar en las tinieblas y debes pelear por un espacio imprescindible que entra en contradicción con los intereses de la mayoría de los medios de comunicación y las promociones de los grandes inversionistas en publicidad.

Vivir entre las víctimas te da otra perspectiva del conflicto. Muchas veces te encuentras a combatientes y, sobre todo a civiles, que son incapaces de explicar las causas de las guerras, que mueren o son lisiados por razones incomprensibles.

Si no sufres el dolor, si no sientes el grito de las víctimas, su digno silencio, cómo puedes transmitir con decencia. Hay que ir a la guerra dispuesto a sufrir, a ser herido en el interior. A ser capaz de intermediar entre el dolor y el olvido, el sufrimiento y la banalidad.

Tened cuidado porque muchas veces la televisión “elige quién muere y quién vive”, como ha dicho Mike Duffield, experto británico en resolución de conflictos y convierte a los espectadores en “prisioneros de un lenguaje reducido, pobre y limitado”, como ha dicho Kapuscinski.

Acordaros de lo ocurrido con Aylan, el niño sirio de tres años ahogado a principios de septiembre. Centenares de tertulianos de televisión y radio, decenas de columnistas, llenaron horas y páginas con sus impresiones.

Una orgía declarativa, un concurso de ingenio literario, prosa sensiblera y compadreo sobre el dolor ajeno, un obsceno mercadeo de postales cínicas e hipócritas. Hubiese sido más valiente mantener el silencio cuando se desconoce lo que es la guerra y sus dramas cotidianos.

¿Pero nadie había imaginado cómo se ahoga un niño? Había decenas de imágenes de niños ahogados de diferentes nacionalidades. Antes de que Aylan se ahogara y también después de que la criatura siria se convirtiera en la víctima más mediática.

Todo el mundo buscando la frase más llamativa sobre Aylan y sin tiempo para hablar del escandaloso mercado de armas que lidera los países de la Comunidad Europea junto a Estados Unidos, Rusia y China y que financian los mismos bancos (en España encabezados por el Santander) que invierten en la deuda de los medios de comunicación, cada vez más dependientes del dinero de grandes corporaciones o fondos buitres.

Diarios que dan lecciones de moral y ética para decirnos por qué han publicado en portada tal o cual encuadre del niño ahogado o lo contrario. Diarios que dan noticias vergonzosas (como llamar proetarra a Eduardo Madina, un diputado al que ETA casi mata en un atentado en 2002) y ahora dicen que no publican la foto en portada de Aylan para no herir sensibilidades.

Me hubiera gustado decirle a Abdula Kurdi, el padre del niño ahogado: “Sé que has dicho que sólo te queda morir después de enterrar a Aylan, tu otro hijo Galib, de 5 años y tu esposa Rihan, pero intenta pensar en positivo: la muerte de tu hijo pequeño ha permitido que 160.000 en vez de 40.000 refugiados sean aceptados en este continente de mierda llamado Europa”.

Tened cuidado cuando os convirtáis en periodistas porque la tecnología juega en contra de la reflexión aunque creíais lo contrario. Las imágenes, las crónicas escritas, radiofónicas, televisivas llegan al público a gran velocidad, muchas veces en tiempo real, en un directo tantas veces obsceno porque se desvía de la honestidad con la que hay que tratar a los seres humanos que circulan por los campos de batalla, reduciendo a las víctimas a una simple ecuación numérica que se pierde en el habitual desglose de cifras que hacemos de forma cínica durante los aniversarios anuales.

Tened cuidado porque en resumidas cuentas, “comprendemos la historia cuando ya es tarde”, como dice un personaje de la película “El hombre de las estrellas”, de Giuseppe Tornatore.

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9 respuestas a El periodismo es pasión y compromiso

  1. miguel vivanco dijo:

    Precioso artículo. Eso sí, con faltas de ortografía. A la quinta dejé de contar.

  2. Ego dijo:

    Pero bueno Gervasio, qué y a quién criticas si te pasas la vida hablando de ti y sólo de ti. Eres muy aburrido y muy hipócrita. Basta ya. Si predicas hazlo con el ejemplo, y déjate de yo yo yo yo y yo. Por favor. Si fueras un genio vale, pero eres Gervasio Sánchez. Nada más.

  3. -rosa dijo:

    Lo que hubiese dado por estar entre esos jóvenes estudiantes de periodismo. Yo lo fui. Lo soy y lo seré siempre. Y sigo haciendo crónicas de lo que pasa y de lo que oigo que dicen y también de lo que callan. De lo que callamos. Tengo 65 años y creo que hiy sería más valiente

  4. DB dijo:

    Buen articulo! No todos pueden cumplir sus sueños de pequeño.

  5. Irene dijo:

    Increíble intervención la tuya en la Facultad de Comunicación de Sevilla,
    el mundo del periodismo y los que queremos dedicarnos a él deberíamos aprender de argumentos y experiencias como la tuya, aún queda mucho por hacer y mucho por defender.

  6. GILDA dijo:

    GRACIAS, MAESTRO. UNA VEZ MÁS…..

  7. Pingback: El periodismo me ha convertido en más solidario, más crítico, menos dogmático, menos cínico

  8. Abel Ferrer dijo:

    Bla, bla, bla, fotografía, bla, bla, bla, “periodismo humano”, bla, bla, bla, contenidos con gafas virtuales. Mientras, Qatar sigue financiando al ISIS (The New York Times) y a Hamás (The Washington Post). ¡Pero ssssh, no lo diga! ¡Que Qatar quiere comprar el 10% de El Corte Inglés, y también tiene el Barcelona! ¡Irán es una democracia donde todos queremos vivir, programa nuclear incluído, que lo mismo comprar el Edificio España que los chinos de Wanda venden!
    Bla, bla, bla, fotografía, bla, bla, bla, “periodismo humano”, bla, bla, bla, contenidos con gafas virtuales.
    Y bla.
    (En algún momento) Digo yo que los periodistas españoles se preguntarán por qué pasamos de ver los informativos y sus camiones de productos químicos volcados en guaioming, sus historietas de “periodismo humano”, o sus patochadas de pago en embajada árabe en Madrid, talón al portador. Si la profesión pretende sobrevivir, quiero decir.

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