Fisonomía de un tapón

El baloncesto es espectáculo. Un juego capaz de atrapar en las redes de sus canastas a niños y adultos con una facilidad asombrosa. Lo es por sus movimientos, por su dinámica fluida y, sobre todo, por un conjunto de acciones espectaculares capaces de adornar la intensidad que suele envolver a cada partido. Una vertiente, la del ‘show’, que alcanza su máxima expresión en la cara profesional del deporte.

 

Como en toda disciplina basada en ataque y defensa, los focos suelen alumbrar preferentemente las acciones que transcurren en campo contrario. Al fin y al cabo, el trabajo de guardar el aro suele concebirse como la antítesis del juego, cuya máxima reducción descriptiva consistiría en lograr anotar una canasta para el equipo. Sin embargo, no todo lo concerniente a la defensa ha de disertarse con un bostezo en el rostro. No. Existe una acción capaz de irrumpir, incluso, en el resumen de los momentos más asombrosos de la jornada.

 

Se trata, por supuesto, del tapón. Seguramente, el equivalente defensivo del mate. Su desarrollo, que incluye por definición a un negado atacante que ve frustrados sus anhelos de anotar, implica la muestra de superioridad de un jugador respecto a otro. El choque directo entre dos colosos en una combinación única de fuerza, potencia y técnica. Prácticamente, como si fuese una colisión aérea en la que solo puede quedar uno. Henk Norel puede dar buena fe de ello.

 

No en vano, el holandés logró colarse en el Top 7 de jugadas más destacadas elegidas por la Liga Endesa gracias a cerrarle el camino del aro a Nikola Mirotic. En el primer cuarto, con los rojillos lanzados en un descarado tú a tú al invicto líder, el poste tulipán consiguió someter bajo sus largos brazos a una de las principales estrellas de la competición. Hasta la fecha, el baloncestista que ostenta el récord de valoración en la presente campaña.

 

La acción, la verdad, lo tuvo todo para llamar la atención. Un oponente que, algo cándido, trataba de machacar el aro rojillo tras haberse zafado perfectamente de su defensor. El balón, situado a una altura a la que solo los brazos más largos, o los atletas más saltarines, pueden llegar. La colisión limpia entre dos fuerzas opuestas. Y, finalmente, el regreso al suelo con la posesión del esférico cambiada de manos. Por su personalidad, Norel no quiso denegarle el acceso como hiciera en su momento Mutombo. Aunque, sin duda, la acción habló por si misma.

 

Más difícil es cuantificar la incidencia que dicho ‘gorro’ poseyó en el encuentro. Lo cierto es que, a este tipo de de maniobra, se le suele acoplar un intangible común en el baloncesto como es la intimidación. Y es que, como se suele decir vulgarmente, gato escaldado de agua fría huye. Quizás no tuviera ningún efecto secundario. Quizás sí. Mirotic no anotaría de dos puntos en todo el encuentro, aunque también es cierto que visitó la línea de personales hasta en ocho ocasiones, anotando las ocho. Por parte zaragozana, los números indican que Norel finalizó anotando 20 tantos y capturando 10 rechaces. Al menos, en el ejecutor resultó como mínimo un refuerzo positivo.

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