Las palabras de Zaragoza60’s

Para mí, por diversas circunstancias y razones imaginables, que en cierto modo han quedado expuestas en este blog, la tarde-noche del 9 de mayo de este año 2016 fue inolvidable: presenté mi libro Zaragoza60’s, del que no ha lugar a comentario alguno porque ya se ha dicho, y se ha visto, bastante en este blog y no quiero ser pelma.

Faltaba, no obstante, de aquella larga sesión sacar al ciberespacio las intervenciones mías y de quienes, tan honrosamente para mi, me acompañaron en la mesa: Agustín Sánchez Vidal, Gavy Sander’s y Miguel Ríos. Se dijeron cosas interesantes, alguna más que otra, y parece que la gente atendió y lo pasó bien. Pero eso cada cual juzgará.

Si digo la verdad, así como he colgado actuaciones de aquella noche en Facebook y en este blog, tenía cierto pudor en colgar las intervenciones de la presentación: por la longitud y sobre todo para no dar la sensación de egocentrismo e incluso narcisismo. Nada más lejos.

Pero ha habido gente y amigos cercanos que sabedores de que poseía esta grabación, me han pedido, insistido e incluso empujado a que lo haga. Querían evocar el ambiente y las palabras de aquella noche o conocerlas por vez primera al no poder asistir. Bien, para rubor o contento, depende quién, he decidido editar el vídeo y sacarlo a la luz. Y aquí está.

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Como apostilla quiero avisar que, tras muchas horas de ordenador, he podido editar y compilar toda la larga sesión de aquel día en un DVD de tres horas, en el que se recogen las intervenciones, las actuaciones de todos los artistas, tres entrevistas en Aragón TV y una galería de imágenes. Obviamente es un vídeo doméstico, aunque, en su mayor extensión, grabado con cámara de alta definición, lo que me ha permitido editarlo también en blu ray, con la consiguiente ganancia de calidad.

Estoy estudiando la manera de hacer accesible este material a través de alguna página de descargas gratuitas, si bien si alguien tiene interés en conseguirlo que me pase mensaje y a ver cómo se lo puedo dar con el tiempo debido. Por supuesto, por si hay algún malpensado, de manera gratuita et amore.

Bueno, sea leve a quien tenga ganas de tragarse el ‘ladrillo’. Que ponga una manzanilla o una aspirina a mano, por si acaso.

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‘Bandas tributo’, más preocupación que diversión

Desde hace semanas, por no decir meses, aparece un ostentoso anuncio en el Heraldo publicitando la actuación de Queen en el pabellón Príncipe Felipe durante las próximas fiestas del Pilar. Es una de las actuaciones estelares, a lo que se ve.

Pero evidentemente no es Queen, ni siquiera el sucedáneo que en 2004 se montó con los miembros restantes y con Paul Rodgers sustituyendo a Freddie Mercury. Es una de las típicas y abundantes ‘bandas tributo’. Una de las docenas, por no decir centenares de bandas de este caletre que en los últimos años se vienen prodigando en los escenarios y cuyos tentáculos se han extendido a nombres de la segunda y tercera división del pop-rock mundial, si es que tal división pudiera establecerse. Sin ánimo de menospreciar a nadie, en el programa de fiestas aparecen ‘bandas tributo’ a Luz Casal, Leño o Tako. A este paso, hasta el grupete más discreto va a contar con sus imitadores.

Simple. Es más barato hacerse con la copia que con el original -que por regla general ya no existe-, resulta más cercano y más fácil conseguir los servicios de los dobles que el de los primigenios, son más abundantes y accesibles los tributadores. Y estos además garantizan un baño más o menos correcto, a veces, superlativo, en el mundo del grupo mimetizado. Si por medio corre además el inevitable chorro de nostalgia, bingo.

Es la moda. Un nuevo nicho de trabajo –como de forma necrófila y odiosamente dicen los economistas- abierto en el rock, que quién sabe si no acabará apoderándose de los estadios y de los prime-time televisivos. Bueno, existen conocidos programas ad hoc de imitadores, pero no extraña que un día de estos alguna cadena suba peldaños y se lance a la búsqueda, por ejemplo, de los Beatles más fieles a los originales, e incluso superiores, y se pongan las botas. De hecho, extraña que, con gran aparato promocional y televisivo, alguna gran cadena americana o británica no se haya puesto ya a buscar a cuatro perfectos clones mundiales de Paul, John, George y Ringo con los que, tal y como está el patio, seguramente reventarían audiencias y llenarían estadios. La nostalgia, bien embalada, es además valor seguro.

Tiempos atrás este ejercicio de clonación parecía un simple divertimento, un acto de veneración por parte de varios músicos enamorados de un grupo o artista y su correspondiente cla dispuesta a revivir con ellos momentos de diversión y evocación nostálgica de canciones y sentimientos. Mas ha llegado un momento en que la veneración se ha profesionalizado. El ritual es ya puro oficio y negocio. Y descarado: en los carteles ya no se publicita lo de ‘tributo’; en su lugar, se incluyen los nombres de los emuladores junto a un gran logo de los emulados: un ‘The Other Side’ en el caso de Pink Floyd (cuyo ‘eco’ también revolotea por Zaragoza este viernes) o ‘Dios salve a la reina’, como en el caso de Queen. Da la impresión de que los suplantadores se sienten más importantes que los suplantados, que han roto amarras con sus progenitores, que son entes nuevos.

Todo muy respetable, claro, pero con su cara opaca. ¿Qué ocurre con la creación? ¿En qué tesitura se colocan los grupos jóvenes? Se preguntarán: ¿nos rompemos las neuronas buscando horizontes propios o nos infiltramos en el conocido de una estrella famosa, si resulta más cómodo y además seguramente producirá frutos económicos? En vez de formar un grupo con música propia, qué mejor y más rentable idea que travestirse, embadurnarse con canciones ajenas y servir a la deseosa parroquia el fervorín musical anhelado. Y ello, ya no en un local pequeño y ante una audiencia casi de amiguetes, no, en grandes pabellones polideportivos y no se sabe si con el tiempo en estadios. Una buena forma, por otra parte, de asegurar legados, de convertir nombres consagrados y no consagrados en eternos. Y, claro, un gran negocio.

¿Otra navajada más al ya de por sí ajado mundo creativo actual? ¿Y qué hay de los grandes artistas veteranos a los que no les llegó el oleaje de la fama masiva ni a las corvas y ahora ven que, aparte de olvidados, un fanal de clones le pasan por el morro su leyenda fallida, los nombres que eclipsaron sus vidas? ¿Qué pensarán, por ejemplo, Ray Davis y sus Kinks, ‘asesinados’ en tiempos por sus grandes rivales como los Stones o los Beatles? Ello, salvo que exista grupo tributo a los Kinks, que uno desconoce.

Pero el asunto revela a su vez algo más preocupante en los albores de este milenio: el mal estado de salud que, en general, goza el nuevo rock. Decenas y centenas de grupos, miles, como antes no ha habido, aludes mortales de discos nuevos, pero de apenas calado, aburridos, y lo que es peor, sin evidencias de perdurabilidad.

Estos ‘grupos tributo’, aparte de vivir de las rentas ajenas del pasado, y quién sabe si colapsando el presente, no solo están cantando las piezas inmortales de sus ídolos sino entreveradamente, sin que ellos seguramente sean conscientes, entonando otra canción más grande, delatadora, real y casi ofensiva: la acefalia musical de las nuevas generaciones de artistas, la falta de nuevas estrellas jóvenes de calado, la sequía de repertorios con visos de eternidad. Quizá esto sea lo más alarmante.

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Tristeza otoñal con Nick Cave

Vuelve este blog tras el palizón veraniego de discos de todo tipo y ralea con que un servidor ha ‘castigado’ a la parroquia. Y vuelve en la mismísima entrada del otoño, que es estación hermosa en la naturaleza pero –dicen los expertos- conduce directamente a la negrura del invierno y a la melancolía, a ese bajón anímico que atrapa a millares de personas (Springsteen incluido, ¡oh!). Autopista que se ennegrece, como a principios de este año se ennegrecía con el disco póstumo de Bowie, con otro disco luctuoso, con ‘Skeleton Tree’, de Nick Cave.

“Todo artista quiere tener vivencias que estimulen su creatividad, pero no esto”, llega a decir, según las crónicas, el australiano en ‘One More Time With Feeling’, la película que acompaña a este disco y que se presentó en el pasado festival de cine de Venecia. Vivencias, pero no terribles desgracias. El lamento brota con toda lógica del mazazo sufrido por la muerte de su hijo de 15 años en 2015, tras despeñarse por uno de esos imponentes acantilados de Brighton que nos mostró la película ‘Quadrophenia’.

Sobre él, sobre Arthur Cave, aunque no sobre su persona, sino sobre todo lo que conlleva la tragedia, pivota este disco y la película, aún no estrenada en España (creo). Abatimiento, dureza, luto. Si hay alguien en el mundo del pop que haya cantado más profunda y lastimeramente este ha sido Nick Cave, con permiso de Leonard Cohen e incluso Nick Drake. Basta con remitirse a aquel majestuoso ‘The Good Son’ de 1990 o a la catarsis venenosa de la tragedia que mostró ‘Murder Ballads’ en 1996.

Así que, y perdonen la frivolidad de la expresión, ‘pan comido’ para él hilvanar un mazo de desoladas canciones, con la muerte y todo lo que ello provoca a quien la sufre de cerca. Cargado de minimalismo, sin explosiones instrumentales ni grandes despliegues, con recitados sombríos que evocan al Jim Morrison de ‘An American Prayer’ o al Leonard Cohen de sus últimos directos, ‘Skeleton’ supura tristeza y abatimiento desde la primera a la última redonda: no, no, aquí no puede haber, digámoslo así, fusas ni corcheas ni síncopas. Es un disco de desolación, nocturnal, amargo, sin notas aceleradas, para escuchar con mucho recogimiento.

El violinista y compadre Warren Ellis es el soporte mayor del álbum, dirigiendo y tendiendo a Cave un colchón de ayuda en la composición y en la variedad instrumental que domina, pero es la voz de la soprano danesa Else Torp la que lleva a este disco, a través de la canción ‘Distant Sky’, a su cima mayor de belleza trágica, a una sutileza que arrasa los ojos, con injertos de piano que recuerdan a ‘Foi Na Cruz’ e invocando las texturas de Ivo Watts y sus This Mortal Coil.

Es la penúltima canción del disco, donde se aglutina todo lo mejor que posee, con la pieza última que le da título, punteada por el piano, la liviana batería y un colchón de mullidos sintetizadores soltando (musicalmente) lo más optimista que pueda escucharse en él, como si los Bad Seeds entrasen en modo ‘The Ship Song’, que a mi gusto es una de sus muchas cimas musicales.

Total, que empezamos un otoño de luto, con un disco que lamentablemente tiene un fondo real muy amargo, que musicalmente no llega a cimas pasadas pero que supera al previo ‘Push The Sky Away’. Confiemos, bueno, seguro, que enseguida vendrán discos más optimistas, más eufóricos. Volvemos a la carga.

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THE MAMAS & THE PAPAS: ‘If You Can Believe Your Eyes And Ears’ (1966)

Adiós a un verano anodino, que no ha tenido ni canción y los políticos han saturado con sus cuitas. Hace 50 años, acabó un verano más álgido, al menos en los USA, con el hippismo emergiendo, la psicodelia larvándose y este grupo único que no hizo rock ácido pero sí canciones bellamente armonizadas, tal cual blasona su primer LP de pop, soul, folk y ecos de los Beatles. ‘Monday Monday’ y ‘California Dreamin’’ pintaban la cara soleada y amable de aquel verano. Adiós.

(NOTA: Este texto, adaptado obligadamente a los 490 caracteres de maquetación, pertenece a la serie de discos que cada día de este verano, desde el 17 de julio, aparece como sugerencia en las páginas estivales de Heraldo de Aragón)

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DISTRITO 14: ‘El cielo lo sabe’ (1993)

Es uno de los grandes discos de rock que se ha hecho en Aragón, por no irse arriba y significar que el más grande. Y, sin embargo, no recibió las recompensas debidas. Maldades de este negocio que no premia a los buenos y castiga a los malos, como dice el catecismo. Era el debut en LP de Chueca y los suyos y encerraba un saco de rocks y baladas untadas en la mejor poesía rockera que se ha escrito por estos lares. Bunbury aparecía incrustado en una de sus joyas: ‘El final’.

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THE REMAINS: ‘The Remains’ (1966)

Cuatro estudiantes universitarios de Boston, garajeros y poperos, echando mano de los Rolling, Yardbirds, Chuck Berry, Bo Diddley, los Beatles… ¡Ay, si estos últimos hubieran compuesto ‘Why Do I Cry’!… Clásico al canto, como lo es ‘Eight Days A Week’ o cualquiera de aquellos primeros monumentos de Lennon y compañía. Pero tuvieron poca difusión y solo duraron lo justo para grabar este único LP que el tiempo ha ido revalorizando. Un asesinato de la época.

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BILL FAY: ‘Life Is People’ (2013)

Caso único. Bill Fay, pianista y cantautor británico, grabó dos álbumes en 1970-1971, y pese a sus buenas hechuras pero escasa repercusión, desapareció. Cuarenta años después, azuzado por el hijo de un viejo fan de Fay y el mismo Jeef Tweedy (Wilco), volvió para elaborar este disco con materiales sensibles: misticismo, religiosidad, cuerdas, pianos, coros gospel… y una voz dañada por la melancolía. Canciones turbadoras cuyos beneficios Fay destinó a Medicus Mundi.

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VAN DER GRAAF GENERATOR: ‘The Aerosol Grey Machine’ (1969)

Los finales de los 60 abrieron el rock a múltiples caminos sonoros, desde el blues y la psicodelia a a la experimentación e incluso la elucubración. Por estos últimos lares andaba Van der Graaf Generator, con el perturbador Peter Hammill al frente, que debutaba con este álbum, y en su interior una hermosísima balada, ‘Afterwards’, abriendo. Siguiéndole, diez piezas en las que se combinaba la sutileza con la agresividad sonora y el canto desgarrado. Nunca fue fácil, sí audaz.

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FAIRPORT CONVENTION: ‘Liege & Lief’ (1969)

Junto a Steeleye Span y Pentangle, Fairport Convention formaron el triunvirato mayor del folk-rock inglés. ‘Liege & Lief’ contenía un fanal de música festiva y sensitiva. Piezas para retozar en fiestas camperas, con aires de jigas y reels, y apacibles baladas, caso de ‘Matty Groves’ y ‘Farewell, Farewell’, para cerrar con toda una oda sobrecogedora sobre el ‘loco Miguel’. Era el último LP cantado por la deliciosa Sandy Denny antes de su primera salida. Básico del género.

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DEAN & BRITTA: ‘Back Numbers’ (2007)

Dean Wareham venía de Galaxie 500 y de Luna, es decir, con las manos atadas a la Velvet melódica. Britta, bajista y actriz (trabajó con Julia Roberts), aportaba su voz susurrante. Ambos formaban pareja laboral y sentimental y ambos entregaron este segundo álbum que irradiaba sex- appeal y glamour a quintales a través de unas sedosas e intimistas canciones, equiláteras entre la Velvet & Nico, Gainsbourg-Birkin o Damon & Naomi. Noches de blanco satén.

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URIAH HEEP: ‘Salisbury’ (1971)

El rock de los 70 hervía buscando nuevos modelos. De los estilos entonces imperantes -hard rock y sinfonismo- brotaron nuevos grupos que encontraron caminos personales por el folk e incluso el pop. Ejemplo: Uriah Heep, que lo bordó en sincretismo, fuerza y elegancia en este segundo disco, con una catedralicia pieza titular de 16 minutos. Y al frente, la voz más aguda y limpia del heavy metal, David Byron, dejando a Ian Gillan en la retaguardia, que ya es decir.

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STAX-VOLT: ‘The Complete Singles’ (1959-1968)

Días atrás se evocaba aquí el soul de la Motown. Con los mismos honores, o mayores, hay que recordar las hazañas del otro foco soul de los 60 en USA: la Stax, factoría ubicada en Memphis que alumbró una pléyade de artistas más musculosos, más desgarrados, que los de la Motown, llevando al soul a cotas supinas de emoción. Esta gruesa colección de singles da cuenta de lo que fue aquel foco. Como su emblema mayor -Otis Redding-, ‘el fuego que nunca se extingue’.

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PARÁLISIS PERMANENTE: ‘El acto’ (1982)

Tiempos en que la movida madrileña absorbía toda clase de sonidos, desde el pasodoble al rockabilly, el tecno o el goticismo. A Eduardo Benavente, pegamoide de pro, le dio por lo tenebroso y, a su manera, en Parálisis, trasladó al pop español las sinergias de Joy Division y Bauhaus, con recursos al punk, Bowie y los Stooges. Su único LP quedó como paradigma del rock siniestro hispano, un ritual de canciones oscuras envueltas en estética sadomasoquista. Único.

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LITTLE FEAT: ‘Dixie Chicken’ (1973)

Se fue muy joven, a los 34 años, pero Lowell George, aunque poco conocido y menos reconocido, es uno de los grandes talentos del rock americano. Escapado de las garras de Zappa, en 1969, formó Little Feat y en 1973 llegó este tercer álbum, que borraba el country y el rock de los dos discos previos para meterse en aguas pantanosas, con un perezoso sonido funky-rock de Nueva Orleans y stoniano que excitó los más refinados paladares de la primera ‘americana’. Loor.

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FRANÇOISE HARDY: ‘Ma jeneusse fout le camp’ (1967)

Icono del pop femenino. Aquella deliciosa jovencita por la que suspiraban millones de corazones, había quemado ya su adolescencia ye-yé, y con este disco empezaba una fértil madurez de cantautora. Gran mérito: no necesitaba compositores a sueldo. Ella misma, aparte de su canto de querubí, componía melodías subyugantes o remozaba a Brassens (‘Il n´y a pas d´amour hereux’). Desde entonces no se ha cantado tan sugerentemente en francés, a pesar de Carla Bruni.

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TOM WAITS: ‘Mule Variations’ (1999)

Seis años llevaba muda la voz ronca, astillada por el bourbon y el humo, de Waits. En 1999 reapareció con este CD, con su peculiar sello vocal y sus consabidas punzadas para recordar que la música es algo más que una bonita sucesión armónica de notas. Pero volvía el blues y el espíritu de ‘Blue Valentine’ o ‘Heartattack And Vine’, lo que traía consigo tragos fuertes y también un gran menú de baladas desgarradoras (‘Hold On’). El piano volvía a beber: bendita cogorza.

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THE DOWNLINERS SECT: ‘Country Sect’ (1965)

Las categorizaciones absolutas son arriesgadas, más en el pop. Aquí, un ejemplo latente. Los manuales del rock señalan a The Byrds y Flying Burrito como inventores del country rock…, ¡Alto! La afirmación salta por los aires con este segundo álbum de Downliners Sect, verso suelto del primitivo R&B británico. A las ubres de los Rolling y Pretty Things, llenaron su magnífico primer álbum de rudo rock de época, pero aquí trotaron en plan vaquero. Meritorio por la rareza.

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TANGERINE DREAM: ‘Ricochet’ (1975)

Los máximos difusores del ‘rock cósmico’. También los pioneros de los sintetizadores en el mundo pop. Aun cuando las dos largas piezas que componen este LP eran inéditas, se grabaron en directo. La primera, más inconexa y durilla, pero sin pasar por el indigesto ‘Zeit’; y la segunda, una gran e inventiva minisinfonía planeante, con solo teclados, que, con ‘Phaedra’ (1974) y ‘Rubycon’ (1975), llevaría al trío alemán a la cumbre. La primera electrónica de masas.

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DAVID MCWILLIAMS: ‘Days Of Pearly Spencer’ (1971)

Una de las más grandes canciones de la historia: ‘Days Of Pearly Spencer’. Subyugante, de una delicadeza infinita, incluso en la toma telefónica. Apareció en el 67 como single y en el 71 como parte de un LP que este irlandés editó con 22 años y en el que ‘Pearly Spencer’ se llevaba la palma pero en el que había más canciones sobresalientes, trenzadas entre el pop y el folk, entre Dylan y Donovan, con los arreglos orquestales de Mike Leander, cercano al mundo Beatles.

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SEX PISTOLS: ‘Never Mind The Bollocks’ (1977)

Un solo LP y la que armaron. Los vetaban, la policía los tenía enfilados, los periódicos hablaban de ‘mugre y furia’, Inglaterra hervía…, condiciones perfectas para grabar un disco incendiario. Pero no eran simples diletantes, como se vendió. Paul Cook dominaba los tambores y Steve Jones, admirador de Spector, creó un estilo de guitarra que, junto a la voz escupitosa de Rotten, dotó a los Pistols de un sonido identitario. El big bang del punk. La historia lo ha engrandecido.

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