¿Pero Zaragoza da pa’ tanto?

¿Pero Zaragoza da pa’ tanto? Es la pregunta que Miguel Ríos, con su entrañable acento y humor granadino, se hacía el pasado día 9 en los camerinos del Centro Cívico Delicias, unos minutos antes de salir a la tarima a presentar el libro Zaragoza 60’s. Entrevistaba la siempre simpática y campechana Virginia Martínez, y allí estábamos Miguel, Agustín Sánchez Vidal y un servidor a punto de salir de toriles a la arena.

Miguel Ríos responde contundente a la pregunta en la entrevista que se emitió ayer en el programa ‘Por amor al arte’ que presenta la querida Adriana Oliveros, y digo lo de querida con mucha sinceridad y cariño porque uno (un secretillo) hizo de padrino en su botadura como gran periodista que es. Vaya si acerté en la botadura.

Pero la pregunta del titular de esta entrada, que se refería a los años sesenta, se puede estirar hasta hoy mismo. ¿Ha dado Zaragoza para tanto? ¿Han sido un milagro los Rocky Kan, Héroes del Silencio, Labordeta, Bunbury, Amaral, Carmen París… y tantos otros, o ha sido una floración forzada por el talento (voy a decir presunto, por si alguien no está de acuerdo) que aquí anida? ¿Podría haber dado más de sí? O, ya poniéndonos en plan fatalista, pese a los nombres citados y muchos tantos más, ¿esto sigue siendo un erial, un campo verde sin amapolas primaverales por mucho que se campaneen las cosechas y los nombres de unas y otras décadas?

Me gustaría oír opiniones. Seguramente que las hay menos optimistas y hasta derrotistas de lo que se dice, o quizá, en el extremo opuesto, habrá quien opine que ha habido incluso más de lo censado y valorado. Yo lo tengo muy claro. Anoche mismo, al ver a Amaral sobre el magnífico escenario del Príncipe Felipe –o como se llame, según dijo Eva humorísticamente-, lleno de estrellitas y con una luna inmensa, amén de abarrotado de gente, se me saltaron las lágrimas al venirme, no sé por qué, a la cabeza aquellos primeros años ochenta en que había cuatro grupos sonando a lata y obviamente tocando en baruchos.

¿Quién podría pensar en aquel momento, en que para ver a un gran artista y a un montaje escénico mastodóntico había que salir fuera, que un día, al levantar la vista, que diría nuestro entrañable Abuelo, veríamos a parroquianos, vecinos o amiguetes llenando ese pabellón de casa, convertidos en artistas de fuste nacional e incluso internacional, como ha sido el caso? Yo no lo hubiera pensado en aquel momento ni soñado en la peor pesadilla. Pero es lo que había antes y lo que hay ahora, después de un cuarto de siglo de trayecto. Sí, sí, Zaragoza da y ha dado para tanto. Esta ciudad tiene algo especial para la música. Y que le quiten lo cantao.

Aquí, la entrevista con Virginia y Adriana en Aragón TV. Con todo mi agradecimiento, por supuesto.
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Nostalgia y años sesenta, ¡¡no!!

Hoy, el magazine informativo de las mañanas de Aragón TV, antes de las nueve, ha dedicado un espacio generoso de tiempo a los años sesenta. Lo ha hecho al hilo del libro Zaragoza60’s y en él hemos estado Pablo Ferrrer y yo junto a la presentadora Ana Benavente. Previamente y después de nuestra intervención, Sergio del Molino y Juan Luis Saldaña han dado sus opiniones sobre aquella década… Sergio ha recurrido de inmediato al tópico de la nostalgia. Discrepo totalmente con él. Con todo el cariño y la admiración que le profeso, claro.

¡Sergio, no has leído el libro! Si lo hubieras hecho, verías que precisamente en la introducción hago hincapié en ese asunto porque sabía que de inmediato quienes no estuvieran al tanto iban a juzgar de esta manera. ¡Bah, abuelitos recordando batallitas…! Y nada más lejos.

Es curioso: si se analiza una década primeriza del siglo pasado o no digamos del XIX, de la Edad Media o de los romanos, no se recurre al latiguillo, a veces despreciativo, de la nostalgia, simplemente se habla de Historia. Pero cuando se pone el retrovisor sobre décadas próximas, aunque se analice, se cuente el momento, se ubique lo que aconteció, las transformaciones que hubo, los personajes que las protagonizaron, las vidas de las personas, los paisajes sociales…, que es lo que he pretendido en este libro (otra cosa es que lo haya conseguido), enseguida surge el recurso a la “nostalgia sublimada y como producto de consumo”, tal cual ha comentado Sergio.

No, Sergio, hablar o escribir del pasado -según se haga, claro- no es apesebrarse en la melancolía o en el recuerdo. Es hacer historia, investigar hechos, valorarlos y contarlos. Como lo puede hacer cualquier profesional de las humanidades. Si además esa historia trae recuerdos, conocimiento y bienestar emocional pues miel sobre hojuelas.

De eso trata mi libro, echando mano de la socorrida y cursi frase que usan políticos y técnicos culturales a las primeras de cambio, de ‘poner en valor’ la música de una década y de sus protagonistas, de aquellos valientes que, en medio de la dureza de unos tiempos salvajes para la misma supervivencia humana en una dictadura infausta, cogieron unas guitarras o modularon su voz para llevar entretenimiento, felicidad y sabiduría a sus congéneres. Y ello, ubicado en la sociedad de su tiempo. Ni más ni menos, que no es poco.

No tengo nostalgia alguna por el pasado, pero me gusta el pasado como historiador y como periodista. Y me gusta disfrutar de las obras artísticas que nos dejaron los siglos previos a nuestras vidas actuales, sea un cuadro de Boticelli, una escultura de Praxíteles, una sinfonía de Mozart, el Quijote, una novela de Proust, una pieza de Miles Davis o un rock’n’roll de Elvis o de aquellos primigenios rockers zaragozanos. Es Historia, es Cultura.

En fin, ahí estamos Pablo y compañía en Aragón TV –al menos, no hay vaquillas en ese momento- dándole pábulo a la nostalgia y al pasado. Cada cual que lo mire como mejor quiera o le parezca. Tiempos pasados nunca fueron mejores, pero conviene no olvidarlos.

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Miguel Ríos, doble lección rocanrolera en Zaragoza

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Habrá, y es seguro que los hay, quienes colocan la regla y el calendario del tiempo sobre las canciones, y cuando estas pertenecen al pasado remoto las desdeñan, como si se tratara de trapos viejos. Allá cada cual con sus calendarios, sus filias y sus fobias. Yo estoy plenamente en el bando contrario: las canciones, si son buenas, si me transmiten, si están bien ejecutadas, me emocionan profundamente al margen de fechas y edad.

El pasado lunes, día 9, refrendé esta convicción, como al parecer lo hicieron masivamente las más de 400 personas que llenaban la Rotonda de Delicias, aplaudiendo, bailando y jaleando a Miguel Ríos y al resto de participantes en el minifestival que se organizó con motivo de la presentación de mi libro Zaragoza60’s, del que ya he dado cuenta en este mismo blog y no quiero ser pesado, aunque volveré a la carga porque fue una noche con muchas emociones y guardo imágenes en la memoria y físicamente en vídeo que quiero compartir con todos aquellos que leen el blog o simplemente les gusta la música sin edad.

Miguel Ríos, tras presentar el libro junto a Agustín Sánchez Vidal y Gavy Sander’s, se subió al escenario y cantó dos rocanroles inmortales. ¡Y cómo los cantó! Ay, amigo, cuando se tiene el feeling, la voz y la sabiduría… Aunque el vídeo está rodado con una diminuta cámara creo que da fe de la fuerza y la calidad que le pusieron todos en el escenario. Sube el volumen y compruébalo: esa batería, ¡como chuta!, ¡cómo lleva la manija de las canciones!, ¡esa guitarra!, el saxo, los teclados, esas chicas… Seven hicieron una interpretación brutal y Miguel Ríos encajó con ellos como si llevaran toda la vida haciendo lo mismo… Mas lo cojonudo es que se conocieron en el mismo escenario, no hubo ensayo previo ni prueba alguna. Todo fluyó de manera espontánea, señal inequívoca del poder universal y comunicativo del lenguaje del rock.

Lo previsto era que Ríos, que simplemente quería hacer algo informal y anecdótico, cantase esa pieza tan histórica como es ‘El rock de la cárcel’, y a la vez hoy tan de moda, con tanto corrupto y chorizo que nos rodea, pero se calentó e inesperadamente atacó con un memorable ‘Johnny B. Goode’ en medio del buen humor que le caracteriza.

Algo histórico. Y no porque el granadino estuviera presente en la presentación de mi libro -Dios me libre, la petulancia la dejo para el cuarto de baño- sino porque son canciones que Miguel no canta desde hace siglos. ‘El rock de la cárcel’ lo grabó en el LP de los memorables conciertos de ‘Rock y amor’ del 72 y en el CD de la gira de ‘El gusto es mío’, del 96. ‘Johnny B. Goode’ no está recogido en disco alguno, salvo que me falle la memoria y el archivo; aunque las neuronas no me fallan para recordar la versión que Miguel hizo a finales de los sesenta o principios de los 70 en la sala San Jorge de Zaragoza junto a Franklin, todo empapado en sudor y una ancha camisa blanca, de corte hipilondio, pegada al cuerpo de aquel chorro de sudor que manó de su cuerpo. Siempre se ha entregado como un jabato en el escenario.

Desde entonces no se lo había oído nunca. Y el lunes tuve oportunidad de hacerlo de nuevo, con la fuerza y el brío que lo escuché en la sala San Jorge hace más de 40 años, con esa voz macerada para el rock, como salida de serie de su garganta para interpretar el género eterno, que él atesora. Hacía tiempo que no se me removían las entretelas como la noche del lunes. Más de uno de los que anduvo por allí me expresó lo mismo. A ver si disfrutáis como yo lo hice. En este blog tenemos la suerte de gozar con un verdadero tesoro, único, con dos canciones interpretadas por el mejor cantante de rock que ha dado este país. ¡Y con casi 72 años!

En el camerino, después de semejante lección rocanrolera, reímos conjuntamente: “Miguel habrá que cambiar el título de ‘Bye Bye Ríos’ por el de ‘Welcome Back Ríos’”, le dije entre bromas y buen humor. Está espléndido de voz y de fuerzas, así que será un placer volver a escucharle en Zaragoza el próximo 15 de octubre dentro de la reedición de la gira ‘El gusto es nuestro’.

Por cierto, para los que ponen la regla del tiempo y la edad sobre la música: ¿qué hacemos con Mozart o Miles Davis?

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Una noche inolvidable

Digiriendo la gran noche que tantos amigos y músicos zaragozanos me habéis regalado esta noche. Lo mismo que Agustín Sánchez Vidal, Gavy Sander’s y Miguel Ríos que me han subido los colores y la bilirubina en la presentación. Ha sido un inmenso placer que ha tenido como corolorario el minifestival con Gavy, Seven, Los Ibéricos, Los Twangs, Los Guayanes y un Miguel Ríos en plena forma, cantando ‘El rock de la cárcel’, himno apropiadísimo para estos tiempos de tantos corruptos y chorizos, y después, sin que estuviera previsto, un ‘Johnny B.Goode’ de matrícula. Se ha calentao y se ha metido en faena de manera vibrante. Él acuñó la frase y la está haciendo realidad: “Los viejos rockeros nunca mueren”. Habrá que pedirle que cambie el Bye Bye Ríos por el Welcome Back Ríos. Solo por esta magnífica tarde-noche ha merecido la pena el esfuerzo del libro. Mil perdones a todos los que no he podido firmárselo, pero tras más de una hora dándole al boli sin parar he tenido que subir al escenario a presentarlo, o de lo contrario me echan a los leones.
Para mí, una noche inolvidable. Si alguien ha grabado algo, por favor, que lo suba a algún sitio. Mil gracias a todos los que habéis abarrotado el Centro Cívico Delicias.

Con Miguel Ríos, Gavy Sander’s y Agustín Sánchez Vidal en el camerino del Centro Delicias, antes de la presentación del libro. Gentileza de Aragón TV.
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Evocaciones de los sesenta zaragozanos en Delicias

Maquetación 1
Bienvenidos hijos del rock’n’roll…
El 9 de mayo presento en el Centro Cultural Delicias mi libro Zaragoza60’s, un acto inscrito dentro de la excelente exposición fotográfica sobre grupos musicales zaragozanos de los sesenta y setenta que nuevamente presentará el inquieto Pascual Orduna, tras su paso por el Centro Las Esquinas. Me acompañarán Miguel Ríos, Gavy Sander’s y Agustín Sánchez Vidal y habrá un minifestival de la época con cuatro grupos de los que debajo doy unos breves datos. De Miguel Ríos, que cantará una canción muy propia de estos tiempos, y de Gavy Sander’s, que también hará lo propio, no es menester andarse con biografías y florituras, pero por si algún marciano lee estas líneas y no sabe donde se encuentra, remito a la web de Miguel
y a las dos entradas (1 y 2) de este blog dedicadas a Gavy.

El minifestival, tal y como recoge el cartel de arriba, lo presentará José María Pemán, feraz presentador y locutor de la época, avezado en estas lides como un gran campeón y todavía en una forma física y vocal envidiables.

Estos son los grupos:

SEVEN en AURA 3SEVEN
Grupo formado por músicos jóvenes y veteranos, bajo la dirección de Chema González, componente de los brillantes e inequívocos Ranger’s, y solicitadísimos por toda la región, con su repertorio de clásicos del pop y del rock desde los años 50 a los 80, así como sus tributos a figuras del tipo Sabina, Miguel Ríos, Loquillo, Joe Cocker… etcétera. Una banda competente y muy bien armada que cuenta con el mentado Chema González (guitarra), Juan Carlos Vinués (teclados, voz), José Manuel Pérez Jota’ (batería), Fran Sierra (guitarra, armónica), Guille Pérez (bajo) y Aida Santos y Laury de San Pio (cantantes femeninas). Por curiosidad, visiten su página web, no solo para comprobar la solidez como músicos sino el ajetreo que lleva una banda como esta, que hábilmente ha sabido encontrar un hueco perfecto en el mundo del pop y del rock.

GUAYANES 2016LOS GUAYANES
El conjunto más popular de la Zaragoza de los sesenta y el de mayor longevidad: empezaron en 1961 y todavía continúan en la brecha, ahora -en una de las docenas de mutaciones que han tenido en su larga historia- con un plantel primigenio y clásico, toda vez que han vuelto miembros como el mismo Fernando Brosed, ejemplo de precocidad en las lides rocanroleras (a los nueve años ya cantaba en el grupo). Actualmente, siguiendo de izquierda a derecha su foto, son: Federico Artigas (teclados y voz), Fernando Brosed (cantante), Pepe Brosed (guitarra rítmica y voz), Alfonso Garnica (guitarra solista), Joso Miguel (bajo y voz) y Luis Gracia (batería).

Ibéricos Café DublínLOS IBÉRICOS
Uno de los grupos clásicos y populares de los sesenta zaragozanos. Comenzaron en 1965 y todavía siguen hechos unos chavales, dándole a las guitarras y haciendo versiones de todo tipo, aunque su especialidad fueron The Shadows. Lo forman en la actualidad Jesús Lacoma (guitarra solista), Isidro Pastor (guitarra rítmica), José Francisco Orna (bajo), Miguel Ángel Gimeno ‘Michel’ (batería, ¿alguien lo recuerda de Bawlers?), y un clásico de la escena sesentera Miguel Ángel Camarero (voz y teclados). En 2000 grabaron un excelente disco de versiones.

_DSC21949_1-003LOS TWANGS
De ellos ya ha habido abundante información en este blog, por lo que remito a ella (1, 2 y 3). Solo comentar que, por así decir, son nuestros Trashmen locales, unos tipos que, además de humor, derrochan energía y ritmo garajero. Pero además, como son entusiastas de los sesenta, abordan versiones de la época y hasta tienen un EP dedicado a versiones españolas de Bruno Lomas, Los Gatos Negros o Los Mustang. También cuentan con una versión del Dúo Dinámico metida en uno de sus tres LPs. Se sienten deudores de aquella década y, como además, tocan de maravilla, razón demás para señalar que es un honor que estén en esta fiesta.

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Rocky Kan en pleno fragor rocanrolero

Repasemos algunas piezas de Rocky Kan. En su segundo EP, de 1961, incluyó dos canciones de la banda sonora de ‘King Creole’, de Elvis. Exactamente, la citada ‘King Creole’ y ‘Dixieland Rock’, con su acento dixie de clarinete. Reproduzco también la entradilla del libro Zaragoza60’s dedicada al rocker zaragozano. Una epopeya que daría para una peli.

“La prensa local de la época bautizó a Rocky Kan como el ‘primer rockanrollista’ español, una etiqueta que hoy suena rara y extravagante, pero con elementos intrínsecos muy notables en las entrañas para usarla o inventar otra similar en aquellos años. Argumento básico: el rockero zaragozano era una verdadera tromba de ritmo y vértigo en el escenario, un artista que había asimilado a la perfección los postulados estéticos y musicales de Elvis Presley y su traslación italiana, es decir, la de Adriano Celentano: cuando salía a escena, con su chocante vestimenta para la época, se dejaba la piel, cantando, dando gritos de aliento y bailando. Era, sin duda, un ‘rockanrollista’ pleno. Discográficamente no fue el primero. Por unos cuerpos, se le adelantó Chico Valento, que debutó unos meses antes que él, aunque ambos lo hicieron en 1961, lo que significa que los dos fueron los primeros ‘solistas rockeros’ en grabar un disco, no ya en Aragón, sino en todo el país. O sea, auténticos y genuinos pioneros del rock’n’roll en España, aunque en las enciclopedias se les silencie. Rocky saltó de una infancia muy dura a los oropeles del escenario. Le salieron los dientes rockeros en Zaragoza y le crecieron en Barcelona, donde se estableció para iniciar su carrera discográfica y su labor como profesional. Grabó siete EPs y un single y actuó en numerosos pueblos y ciudades. Participó en una película y salió al extranjero. Hubo un momento, allá por los primeros sesenta, en que tuvo todo a su favor para imponer su nombre en el firmamento del pop español, como hicieron otros contemporáneos suyos -Mike Ríos, Micky, Juan Pardo, el Dúo Dinámico…-, a los que conoció muy de cerca e incluso gozó de su amistad, pero le faltó control, o un buen manager, para administrar aquel bocado inicial de fama y suerte para que, al abrir la mano, no se le escapara todo aquello que había logrado tan rápidamente con sus canciones y su porte de ídolo rockero del momento. Su vida fue un zig-zag constante entre el rock’n’roll, los coches, el juego, la cárcel, su familia y el infortunio final de sus días, ingredientes de película clásica americana de cine negro y música, como aquel cine primitivo que él tanto amaba, el de Elvis en ‘King Creole’ y ‘Jailhouse Rock’. Muchos ingredientes vitales y artísticos para derramarlos sobre la gran pantalla y construir hoy una magnética película. Con muchos menos, se han destilado estupendos ‘biopics’ en Hollywood”.

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Hinds, ¿las nuevas reinas del rock español?

Mucha voluntad y actitud, pero frutos todavía muy verdes. Están de ‘guateque’ de tarde dominguera para amiguetes. Y saco la obsoleta palabreja ‘guateque’ porque la sencillez guitarrera y las armonías vocales remiten en cierto modo a los sesenta, aunque el pie lo puedan tener mejor, por buscar un sitio donde meterlas, en el lo-fi y cierto parentesco en ideas y pretensiones a Throwing Muses o The Breeders. Rock alternativo de finales de los 80 y los primeros noventa.

Son Hinds, cuatro chicas del madrileño barrio de Malasaña que están dando el salto no solo a la popularidad en España sino al internacional, hasta el punto que ya han dado más de un concierto en Londres con lleno y críticas positivas. “Poseen un directo libre, salvaje, enérgico, un verdadero show de rock and roll”, se ha escrito en la versión inglesa del Rolling Stone, en tanto que Bobby Gillespie, cantante de Primal Scream, le ha dado al me gusta en Facebook, definiendo al grupo con dos palabras “inocencia y disonancia”.

Más por lo primero, por la inocencia, diría uno que están todavía las cuatro veinteañeras. Si siguen adelante, cosa de la que caben dudas y posiblemente estemos ante el típico fogonazo de moda (hype, le llaman los cursis), es seguro que cuando graben un cuarto o quinto álbum, pongamos por caso, no se parecerán en nada a la simpleza que alimenta su primer disco, publicado hace poco con el título de ‘Leave Me Alone’ y cantado completamente en inglés. Una docena de canciones simpáticas y sencillas, agradables incluso, aunque les falta un hervor todavía, o sea, más cuerpo, más perfil, mejor entonación y guitarreo menos amateur, si bien es cierto que los desafines de guitarras y voces están dejados a propósito por empuje de Paco Loco, que las ha grabado, para darle –les decía él- más espontaneidad y frescura. Psss, mucho que discutir al respecto.

Pero bueno, ya es mucho lo que han logrado. Que en Londres las sigan, que hayan puesto pie también en los USA y Japón, que se van a hinchar de bolos y festivales modernos y que suenen a pop-rock y no a las martingalas tontorronas con que castiga la tropa femenina de divas internacionales o al típico chumba chumba electroverbenero.

Eso sí, aún es pronto para que en la prensa española, dígase El País, se lean titulares como ‘Las nuevas reinas del rock’ o ‘Cuatro madrileñas se comen Londres’. Ejercicio de chauvinismo patriota que está bien para sacar adelante nuevos valores y llamar la atención del respetable, pero que, hoy por hoy, es tremendamente exagerado. A ver lo que depara el futuro.

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Prince también dice adiós

Suma y sigue. Vaya racha. Evocando el título de uno de sus grandes discos, parece el ‘signo de los tiempos’. Prince se ha unido a la ya larga lista de rock-stars que desde enero se han marchado. Una gripe parece que ha sido el desencadenante de su muerte. Muy extraño. La heroína no faltó en su dieta en tiempos pasados.

Hay que señalar que el llamado ‘genio de Minneapolis’, aunque se enfaden sus acérrimos, había muerto artísticamente hace ya muchos años. Básicamente desde que a principios de los 90 le dio aquel siroco del cambio de nombres y empezó a perder razones y papeles. Lo digo con pesar. No fue santo de mi devoción absoluta, quiero decir que no fue ese artista por el que corrí a las tiendas de discos o saqué el kilométrico para acudir a sus conciertos: sus grititos, su voz estrechita, feucha por momentos, su pose escénica, el sincopado de sus ritmos, la succión descarada del funk, el blues, el pop, el jazz, la psicodelia, el hinduismo o el R&B, pese a tamizarlo a través de la electrónica y el hip hop, argentando ese espíritu innovador e icónico con el que levantó su prestigio, y no digamos su personalidad estridente, artificiosamente feminizada y megalómana, rayando en el talibanismo, dicen, amén de su imagen petarda, de nuevo bufón moderno, no me provocaban excesivas palpitaciones.

Menos aún, desde que en los noventa tiró por la borda su fama y sobre todo su trabajo previo a través de unos álbumes –por lo general- mediocres y su consabida excentricidad. La malversación de caudales más insólita e incomprensible del rock. En 2014 publicó dos discos de una tacada: ‘PlectrumElectrum’ y ‘Art Official Age’. Fui incapaz de escucharlos enteros un par de veces por más que lo intenté. Deserté de ni tan siquiera exponerlos en la página de discos del Heraldo. Me superaban. El último, ‘HITnRUN’, ya ni lo he intentado.

Y es que el Prince que me hizo algo de pupa, y con el que imagino que todos aquellos fans más severos se rindieron a él, fue el de los 80, el de discos como ‘1999’, ‘Purple Rain’, ‘Around The World In A Day’, ‘Parade’, ‘Lovesexy’, ‘Graffiti Bridge’ y especialmente ‘Sign ‘O’ The Times’, que no tengo el menor inconveniente en reconocer, y así lo he dejado escrito en alguna ocasión en el periódico, es uno de los discos clave que sostienen el gran arco del rock de todos los tiempos. ¿A la altura de un ‘Blonde On Blonde’ o un ‘Sgt. Pepper’? Hay opiniones afirmativas. A ello hay que unirle el colorido y el estilo naif de las preciosas carpetas, que salvo  ‘Parade’, revientan el iris de los ojos. Y si encima todo ello viene envasado en el formato vinilo, como primigeniamente se editaron estos discos y como ahora los remuevo y los saco al giradiscos, es indudable que ayer se apagó una fuente de placer musical inolvidable. Personalmente bebo esta noche, mientras escribo, con sumo gusto de esa fuente. Pero no sé cuando volveré a hacerlo. Ya digo, Prince no está en mi altar.

Recurro a la ‘hemeROCKteca’ para desempolvar la página que hice en torno a su figura con motivo de su primera visita a España en 1990.

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Sobre la ‘edad de oro del pop español’

No por petulancia, sino porque me parece oportuno compartir con los lectores del blog opiniones sobre la música de los sesenta y centrar el término ‘edad de oro’ aplicado al pop español, a través de la entrevista que mi buen colega Pablo Ferrer me hizo el domingo pasado en el Heraldo, cuelgo estas dos páginas. Da para la reflexión, creo.

Entrevista Libro 60s 1Entrevista Libro 60s 2

Por si acaso, no se lee bien, pincha en este enlace:
http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/04/16/matias-uribe-zaragoza-formo-parte-notable-primera-edad-oro-del-pop-espanol-843176-1361024.html

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El libro Zaragoza60’s ya en los quioscos…

media libro zaragoza 60Tras varios días inactivo por el trote que llevo, me gustaría comunicar que, por fin, el libro Zaragoza60’s, mañana  sábado 16 de abril, estará en los quioscos de Zaragoza. Lo edita Heraldo de Aragón y tendrá 384 páginas de tamaño folio en papel cuché con doble solapa en brillo, o sea, un buen tocho que, aunque no sea asequible para llevárselo a la cama para leerlo cómodamente como una novela, confío en que sea útil para desentarrar de una vez toda la rica historia musical de los años sesenta en Zaragoza.
Lo presentaré oficialmente el día 9 de mayo en la Rotonda del Centro Cívico Delicias, acompañándome Agustín Sánchez Vidal, Gavy Sander’s y el mismo Miguel Ríos, quien no solo hablará del libro, como prologuista que ha sido y sobre todo como testigo y protagonista de la época, sino que también cantará algún éxito de aquellos años. Un verdadero honor. Tras la presentación habrá un minifestival en el que tocarán varios conjuntos, aún sin determinar.
Para más detalles, https://www.facebook.com/Zaragozasesentas

y https://www.facebook.com/matias.uribecobo?sk=wall

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Amaral cae ante Copiloto

Una edición la de ayer de los Premios de la Música quizá con pocas sorpresas. Los amaralistas se preguntarán cómo un álbum como ‘Nocturnal’ ha caído derrotado por Copiloto…, cuestión de gustos y filias, pero cierto es que en ambos reina el buen sentido y la sensibilidad, así que mejor disfrutar uno y otro. Solista, Bunbury. ¿Quién le va a negar honores a estas alturas al aragonés errante? Y mejor grupo, Calavera… A ver lo que da de sí. Muestras también de sensibilidad y buen gusto tiene, aunque negarle la gloria a Tachenko, con su ‘gran altura’ melódica… Esto es lo que hubo ayer en lo que concierne a los ‘premios gordos’, sin desmerecer el resto de categorías. En cualquier caso, lo dicho: pocas sorpresas. Ahora que cada cual opine, asienta o discrepe.

Personalmente, un año más sigo solicitando la certificación notarial, pero ya sé que los presupuestos de los voluntariosos Sergio Falces y David Chapín no son muy boyantes, y eso que la DGA ha vuelto al patrocinio o apoyo. Enhorabuena a todos los premiados.

Nominados y premiados en los XVII Premios de la Música Aragonesa
Premio Global de la Música Aragonesa
-Julio de la Rosa-

Premio Especial a la agitación cultural
-Avv Arrebato-

Premio Especial a la Trayectoria
-BVocal-

Mejor Vídeo
“De colores” de Mariano Casanova por Enrique Mavilla
“Malcolm (en la parte de atrás)” de Cuti por Javier Macipe Costa
“Repartiendo arte” de Kase.O por Berberecho Productions
-“Ritmo veraniego” de Dadá por Producciones Siderales-

Mejor Programación Musical
El Veintiuno
La Lata de Bombillas
La Ley Seca
–Las Armas-

Mejor Disc Jockey
–Carlos Hollers–
Chelis
Mr. Pendejo
Sweet Drinkz

Mejor Directo
Calavera
My Expansive Awareness
–The Bronson–
The Fire Tornados

Mejor Canción
“Llévame muy lejos” de Amaral
“Los puentes hundidos” de Copiloto
“No hay amor sin dolor” de Los Bengala
-“Wake me up” de My Expansive Awareness-

Mejor Canción en Lengua Autóctona de Aragón
“Borzarins” de Gaire
“Güella negra / Huella negra” de Camille
-“A Muga” de Bosnerau-
“O Fanatico Hombre Bala” de Camille

Otras Músicas
–Alejandro Monserrat–
Festival Jazz Zaragoza
Pirineos Sur
Rosarito

Mejor Epé
“Bicho rosa” de La Nube
“Cazador” de El Verbo Odiado
-“Previo” de Kase.O-
“El monte del perdón” de Calavera

Mejor Álbum Autoeditado
“El circo robado” de Fominder
-“Incluso festivos” de Los Bengala-
“My Expansive Awareness” de My Expansive Awareness
“Villa Modesta” de The Kleejoss Band

Mejor Álbum
“Arriba de bien” de Will Spector y Los Fatus
-“Los puentes hundidos” de Copiloto-
“Al final de la ciudad dormida” de Mariano Casanova
“Nocturnal” de Amaral

Mejor Portada
“Bicho rosa” de La Nube por Nines Cárceles
-“El libro de las mutaciones” de Bunbury por Álvaro P-ff y Jose Girl-
“Fábula de la rata y el rinoceronte” de Dadá por Estudio Anamaketa, J.J. Sánchez y Jimena Ocón
“6Noches” de Sadai por Eduardo Fernández Pastor

Mejor Producción
“El libro de las mutaciones” de Bunbury por Bunbury
“El monte del perdón” de Calavera por Javi Vicente ‘Carasueño’
“Los puentes hundidos” de Copiloto por Javier Almazán, Pablo Malatesta, Paco Loco y Rafa Domínguez
-“Nocturnal” de Amaral por Eva Amaral, Juan Aguirre y Chris Taylor-

Mejor Solista
–Bunbury–
Cuti
Kase.O
Pecker

Mejor Grupo
–Calavera–
Los Bengala
My Expansive Awareness
Tachenko

Mayor Proyección
La Ringlera
Levy Pants
Perdiendo los papeles
–White Coven–

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Bad Company, el dinosaurio agita la cola

Desde 2009 en que Bad Company repescó por segunda vez a Paul Rodgers, considerado por diversas publicaciones y no pocos fans como el cantante de rock-blues mejor y más potente del universo, el grupo británico sigue en la brecha, tapado por el silencio de la modernez indie y de estos tiempos que sumergen el pasado con iniquidad, pero agitando la cola de viejo dinosaurio con toda solvencia y decoro. Lamentablemente sin ofrecer nuevas grabaciones de estudio pero pateándose los escenarios con continuadas giras. Ahora acaba de anunciar una larga turné americana, desde mayo a septiembre, compartida con Joe Walsh.

Estamos ya tan acostumbrados al retorno de los dinosaurios y a su pervivencia –pese a quien le pese- que esta gira no solo debe tomarse con normalidad sino hasta con cierto gozo. No en vano el grupo británico contribuyó en los setenta a asentar las bases del hard-rock melódico, disfrutando a la vez de gran éxito mundial. Singles como «Can’t Get Enough», «Rock Steady», «Movin’ On», «Good Lovin’ Gone Bad» o «Feel Like Makin’ Love» alcanzaron puestos relevantes y su primer álbum fue número 1 al mismo tiempo en Inglaterra y Estados Unidos, donde el grupo llenó estadios enteros. Hasta la hermética España del tardofranquismo se hizo eco de su rock poderoso a través de las consabidas revistas del ramo (el viejo Disco Express, sobre todo).

No era para menos. En la época, Bad Company fue considerado como lo que por entonces se conocía como un «supergrupo», es decir, una escuadra armada a base de nombres procedentes de ilustres combos de rock: Paul Rodgers (voz) y Simon Kirke (batería), ambos de Free; Mick Ralphs (guitarrista), de Mott The Hoople, y Boz Burrell (bajo), de King Crimson. Cuatro figuras ya curtidas en los escenarios que se unieron bajo la advocación de Rodgers con un objetivo especial, aparte de hacer buena música, «formar piña», sentirse parte de un proyecto común en el que todos tuvieran voz y voto. Las malas experiencias anteriores con sus ex grupos así se lo pedían. Querían también un grupo compactado en torno a un buen mánager y consiguieron ni más ni menos que a Peter Grant, el mismo de Led Zeppelin, con el que consiguieron llegar a los circuitos más importantes del rock mundial y grabar con el sello propio de los Zeppelin, Swan Song, lo que les allanó el camino.

Los seis discos que el cuarteto editó sucesivamente desde el 74 al 82 fueron discos notables, especialmente los dos primeros. El primero, negro por completo en la portada y con solo el nombre del grupo en grande y en blanco, enlataba una poderosa colección de canciones macizas, con contundentes riffs guitarreros y con la voz soul -la mejor voz del rock inglés, dijeron los periódicos británicos- de Paul Rodgers al frente. En el segundo, «Straight Shooter», el de los dados, se estimuló más la parte melódica, lo que no fue óbice para encumbrar todavía más al cuarteto. El tercero y el cuarto, «Run With The Pack» y «Burnin´ Sky», estuvieron a la altura de los dos primeros pero sin llegar al «feeling» de estos, y con el quinto y el sexto llegó el declive, lo que unido al cansancio de las giras obligó al cuarteto a disolverse, o por mejor decir, a emprender nuevo camino sin Paul Rodgers, camino totalmente olvidable que al mismo Rodgers le irrita.”Hundieron la reputación de Bad Company”, llegó a decir, aunque entendía que de algún modo tenían que sobrevivir y financiar vicios caros.

En 1999, los cuatro miembros originales volvieron a unirse para apoyar un álbum doble antológico en el que se recogían sus mejores canciones así como algún número inédito, caras B y cuatro temas totalmente nuevos grabados para la ocasión y muy potables. Una panorámica que pese a lo que había llovido seguía sonando fresca y poderosa y que rastreaba con excelente tino y presentación lujosa la historia de un grupo notable de los setenta.

Aun sesentones y desconocidos por la modernidad, siguen siendo todavía una «excelente compañía». El viejo dinosaurio agita la cola. Helo aquí en 2011, en Wembley.
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Lo que mola ahora en Inglaterra: The 1975

Sobre las listas de éxito y ventas, la menor credibilidad y relevancia. ¿Quién, cómo se elaboran? Y aun en caso de ser fiables, ¿qué importancia tiene que un disco esté en el puesto 1 o en el 23 o ni tan siquiera aparezca? La música no es una competición deportiva o de cajas registradoras. Me repatean las crónicas musicales e incluso las opiniones cuyo argumento principal es si tal disco vendió tantos o cuantos ejemplares o fue número 1 en tantas o cuantas fechas, por no recordar a aquel famoso locutor radiofónico que medía todo con el famoso “3, 2, 1, ya te lo dijimos” (¿se me entiende?).

Lo que no quita para que alguna que otra vez les eche un vistazo a ver qué se cuece en ese púlpito de la fama y la trivialidad, y al tiempo comprobar el nivel de idiocia musical de este o aquel país, que por lo general, y no digamos en España, los primeros puestos son la mayoría de las veces de taparse la nariz…, dígase, los oídos.

Días atrás comprobaba que un grupo, absolutamente desconocido para mí, era número 1 en el Reino Unido y todavía sigue entre los diez primeros. The 1975 es su nombre. Y el título, de esos que se retienen fácilmente: ‘I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware Of It’. Agota leerlo, pero pica la curiosidad. Primero por ver qué hace y segundo, con ese nombre, igual reverdece laureles de los setenta, saca a colación a Pink Floyd, Bowie o King Crimson, por poner.

Spotify al canto, y hete aquí que me encuentro con un mix de sonidos y canciones en las que lo mismo brota un río de sintetizadores, coros femeninos, piezas instrumentales, una ráfaga de fliscorno, Prince, ecos del tecno de OMD o los primeros Depeche Mode, el Bowie funky-soul del segundo tramo de los setenta, retazos chill out y de electrónica inteligente en la larga pieza que en consonancia le da título al disco… y hasta remedos melódicos a lo Police (¿no es ‘Paris’ una versión encubierta de ‘Every Breathe You Take’?).

Un segundo álbum (antes fue el debut en 2013) absolutamente heterogéneo en lo melódico y con un denominador común: los teclados y las programaciones, amén de no mucha presencia de guitarras eléctricas. Y no, no remite a King Crimson, Jethro Tull, Yes o cualquier estrella del año 1975 sino más bien al pop ochentero. No está mal, no inventa la pólvora.

Acudí receloso y salgo, al menos con el gesto sin descomponer, de cada escucha que he hecho hasta ahora. Y eso que es largo también de narices: 17 canciones. Esto es, junto a la indesbancable Adele, lo que mola ahora en Inglaterra e incluso en los USA donde también ha sido número 1 en álbumes. Gran éxito en las listas, aunque me temo que The 1975 no avanzará mucho en el calendario, no cumplirá muchos años. A fin de cuentas, se agarra a algo ya visto y requeteoído. Veremos.

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Cuando los teclados anegaron el rock: Keith Emerson

A raíz de la muerte de David Bowie, comenté que el rock entraba, o ya estaba, en zona caliente de peligro, en posición cercana a la desaparición progresiva de sus estrellas. Lamentablemente los hechos van refrendando aquel comentario, y no quisiera ser malage ni aguafiestas, mais c’est la vie, que cantaba Greg Lake con Carl Palmer y Keith Emerson, o sea, EL&P, en ‘Works’ (1977). Lamentablemente, con 71 años, ha dicho adiós el último citado, Keith Emerson, al parecer de un disparo en la cabeza. Suicidio, según las informaciones, debido a diversas enfermedades, una de ellas en la mano, lo que le impedía tocar con regularidad. Una lástima.

Sí, él junto a los mentados Lake y Palmer, uno de aquellos celebrados supergrupos de los 70, estaba en mi devocionario de ilustres. Eran el blanco más directo de aquella guerra estúpida que se entabló entre rockeros y sinfónicos en el mismo cogollo de los 70, cuando por un lado andaban Genesis, Yes, Pink Floyd y los mismos EL&P y por otro los Zeppelin, Black Sabbath, Uriah Heep y demás caterva. Las cartas al viejo Disco Express eran el ring más encendido para la pelea.

Pugnas que personalmente me resbalaban porque nunca me gustaron las guerras de opuestos, Beatles contra Rolling, mods contra rockers, rockeros contra sinfónicos… En ambas orillas he pescado siempre cosas muy provechosas. En la del sinfónico, y en concreto en la de Emerson, Lake & Palmer, un disco como el primero suyo en el que lo mismo se escuchaban turbulentas improvisaciones de piano cuasi jazzísticas que un moog hacía el papel de una guitarra eléctrica, asomaba el obligado solo de batería o afloraban deliciosas piezas vocales, desde los doce minutos del insólito carrusel sonoro de ‘Take A Pebble’ a la celestial ‘Lucky Man’, la melodía pop más ingeniosa y popular del trío.

En los 70 EL&P fueron grandes superestrellas. Llenaban amplios recintos, vendían discos a porrillo y las actuaciones eran absolutamente espectaculares, con aquel Emerson desbocado ante el fortín de teclados que sacaba a escena y los números circenses que se montaba, echándose el teclado encima y hasta colgándose en un piano que le subía al aire. Todo un exceso que ponía los pelos de punta a los enemigos del teatro rocanrolero.

‘Tarkus’ (1971), ‘Trilogy’ (1972), ‘Brian Salad Surgery’ (1973) y ‘Pictures At An Exhibition’ (1972) en el que Emerson quiso reivindicar su formación clásica recreando para ello en directo la obra de Músorgsky, fueron los álbumes que mantuvieron en la cima al trío, aquellos discos que, vestidos con llamativas portadas dobles del dibujante William Neal o de la factoría Hipgnosis, ¡qué gusto da todavía abrirlas y manosearlas!, copaban las revistas musicales, especialmente el viejo Disco Express.

Discos también que incitaban obligadamente a ocuparse de la labor de Emerson como promotor de nuevos grupos afines a través de su sello Manticore (la Premiata Forneria Marconi, Banco) o a bucear en su prehistoria y a hacerse con discos que en su momento no se editaron en España, exactamente los del grupo The Nice y aquella ‘Sinfonía de los cinco puentes’ (‘Five Bridges’) del 69, donde Emerson ya peleaba como pionero por acercar la música clásica al rock, aunque la cosa resultase, como en realidad resultó con EL&P de un barroquismo descabellado. Tildado aquel sonido, por cierto, en la época como ‘rock sinfónico’ y no como ‘rock progresivo’, que esta fue etiqueta en la que, cual cajón de sastre, se le metió años después. Aclaremos.

Luego, llegado el tiempo del punk, e incluso antes, el trío, cavó su propia fosa en 1977 con dos volúmenes titulados ‘Works’. Las disensiones musicales les llevaron a ocupar cada uno una cara con sus músicas: Emerson haciendo de Bach rockero, Lake luciendo su dulce voz pop y Palmer dándole a los parches como si anduviera aún en Atomic Rooster. Y la Filarmónica de Londres detrás. Fueron menos aberrantes de lo que cruelmente se escribió entonces, pero cierto, completamente anacrónicos en tiempos punkarras y nuevaoleros.

Tras grabar en 1978, ‘Love Beach’, con la portada más macho-men, hortera e insólita en ellos, el trío se perdió en la noche de los tiempos, desapareció de la primera plana que había ocupado en los primeros setenta. Cada cual encauzó su vida en solitario aunque en 1994 volvieron a grabar y en alguna ocasión se reunieron para tocar ante los viejos fans. En 2003 el productor Mike Bennet tuvo la infeliz idea de remezclar y manipular viejos temas del trío pespunteándolos con house, jungle, techno o ambient, un sacrilegio al que no solo le dio el visto bueno Emerson sino que participó en él. Luego, de sus reuniones en directo, salieron varios discos. Un rescoldo puro y duro para fans y muy lejano de los focos. Pero allí estaban los viejos dinosaurios recordando que en materia teclística y electrónica habían sido reyes y pioneros.

Escucho ahora ‘Lucky Man’ o los zarpazos de órgano eclesial de Emerson en ‘Tarkus’ y hasta la broma rocanrolera de ‘Are You Ready Eddie’ en el mismo disco, y, aparte de seguir disfrutando, se me remueven muchos recuerdos juveniles, lo bien que lo pasaba con estos discos, el atractivo de las portadas, el ansia por descubrir nuevas músicas fuera de los consabidos Beatles, los viajes a Andorra en busca de material, y, sí, la pasta que costaba conseguir aquellos discos, que eran caros de narices. Tiempos de los que el rubio Emerson fue su agitador más directo.

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A propósito de George Martin

El miércoles pasado, mientras escribía la página que Heraldo publicó al día siguiente sobre la muerte de George Martin, no cesaba de rebotarme en el cerebro una pregunta que desde hace mucho tiempo vengo haciéndome: ¿serían los grupos pop de este milenio lo mismo si hubieran contado con un personaje monumental como el productor musical de Los Beatles?

El derrumbe de la gran industria discográfica y la emergencia de las independientes, no digamos el desbordamiento musical en Internet, ha tenido sus ventajas: bajó el precio de los discos, el ordenador se convirtió en contenedor sonoro de primer orden, se ha ahorrado espacio físico en las estanterías, las canciones pueden consumirse a la carta con gran inmediatez, con poco dinero cualquier artista puede tener su obra al alcance del mundo…, la música, en definitiva, se ha convertido en ‘manjar’ accesible para todos y no solo para un grupo reducido de bolsillos privilegiados.

Todo muy bien. Es otro tiempo tecnológico en el abastecimiento y consumo musical. Pero, ¿a cambio de qué? Básicamente la desaparición de las grandes compañías ¿Y eso qué comporta? ¿Es malo? Sí y no. Se acabó la francachela de los altos ejecutivos y sus sueldazos. Adiós a los intermediarios, desde discográfica a vendedor, que hacían que un disco saliese por un pico (¿nos acordamos cuando los elepés de plástico, que ya eran caros de por sí, valían 1.500 pesetas y de repente, con el paso al CD, duplicaron su precio?). Y tantas cosas más.

Pero con el derrumbe también desapareció una figura, quizá no ejemplar, y hasta detestable, pero necesaria en una discográfica: el A&R, que dirán los sajones, es decir, la persona que seleccionaba los artistas, que decidía qué se publicaba y qué no. El filtro que hacía que, a priori, al mercado no llegaran tantas castañas discográficas como hoy pululan por el universo musical y sobre todo que no saliera a la luz el arsenal que tenía guardado en su cajón. Aunque sea una coz, y al margen, qué alegría para críticos perezosos, incluido un servidor, antes de que se me dispare: les ahorraban el martirio de la escucha de músicas prescindibles. Sí, ya sé, una bofetada si se mira oblicuamente: ¿cuántas maravillas no se quedaron en la nevera y cuanta basura, sin embargo, salió a la calle por culpa de estos A&R? Calidad e intereses comerciales no iban de la mano.

Pero sobre todo desaparecieron los músicos de estudio que disponían las compañías para apoyo y grabación de los artistas y desapareció el arreglista y orquestador, el tipo a lo George Martin que era capaz de vestir las canciones de manera exquisita, como hizo con Los Beatles, merced a su formación clásica, su visión más allá de los tres acordes del pop y su latente buen gusto.

John Lennon, con el que se las tenía tiesas, llegó a menospreciarle cuando, a la hora de pedirle ideas para ‘I Am The Walrus’, le dijo despectivamente que le pusiera “la basura suya de cuerdas y metales”. Ya, pero qué canción salió con lo que Martin ingenió. Y no digamos ‘Across The Universe’, ‘The Fool On The Hill’, ‘Hey Jude’, ‘Don’t Let Me Down’, ‘Here Comes The Sun’, ‘Let It Be’, ‘The Long And Winding Road’… y, por supuesto, ‘A Day In The Life’ y todo el ‘Pepper’. ¿Hubiera sido posible un repertorio beatleniano tan rico sin Martin?

¿Qué sería de grupos o solistas de hoy como The National, War On Drugs, Foxygen, She & Him, Iron & Wine, Belle & Sebastian, Midlake, Arcade Fire, Lana Del Rey… y toda esa gente en general, incluidos Coldplay o Amaral y hasta Bunbury, que cuidan la melodía, con un George Martin al lado? Esa es mi pregunta. Yo creo que hubieran crecido (crecerían) de manera exponencialmente considerable, serían incluso otros (mejores). Pero la pena es que ya no quedan figuras así en las discográficas ‘comme il faut’, porque ya no hay. Se han hundido o han quedado para alimentar nuevas mediocridades. Adiós, Martin. Se le echará de menos.

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Los blues cósmicos de Janis Joplin

Dos películas a la vista sobre Janis Joplin. Una es un documental estrenado el pasado día 4 (en Zaragoza, todavía no) que, contado por la gran Chan Marshal, o sea Cat Power, recrea la biografía de la cantante a través de las numerosas cartas que esta envió a diversos amigos y familiares. La otra, ‘Get It While You Can’, protagonizada por Amy Adams, es un nuevo ‘biopic’ en el ruedo de las necrológicas rockeras, anunciada para este año, que me temo tendrá base en la explotación dramática del personaje, sus aventuras permanentes con la hipodérmica y el alcohol, no digamos con el sexo indiscriminado, a mayor gloria comercial de la gran pantalla y de los tiburones de las finanzas.

En el documental, al menos, contra lo que ocurrió con ‘La rosa’, remedo biográfico interpretado por Bette Midler, hay música original de la desgarrada dama del blues. El disco de la banda sonora que se ha editado coincidiendo con su estreno, incluye 17 canciones originales extraídas de los dos álbumes en solitario y de los dos con Big Brother & The Holding Company así como de diversas actuaciones, entre ellas la mítica del festival de Monterey de 1967 o una versión inédita de ‘Piece Of My Heart’.

Música de muchos quilates que lamentablemente no pudo estirarse hasta cubrir unos cuantos discos más. Una dosis sobrepasada de heroína se llevó a Janis a los 27 años (sí, el dichoso club de los 27) y dejó al blues-rock huérfano, escaso de material sonoro de calidad, porque en realidad, solo fueron dos discos a nombre propio. Antes, otros dos con The Holding Company; y después, numerosas reediciones y apaños de todo tipo que llegaron a caer hasta en infames adaptaciones electrónicas como la de su histriónico ‘Merceds Benz’ realizada por el colectivo Medicine Head.

Aunque sea una aseveración un poco bronca y tajante: para entrar en el mundo verdadero de Janis Joplin hay que centrarse en los dos discos de estudio que grabó a su nombre y luego en algún directo póstumo que la industria rescató para hinchar las arcas y conformara a fans. Primera estación: ‘I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama’, el disco que grabó en 1969 para Columbia, como el anterior con The Holding Company, dice la leyenda que después de que ella misma –desinhibida y promiscua hasta lo indecible- propusiera al director de la compañía, Clive Davis, compartir cama.

Pese al ambiente malsano de broncas y mal rollo entre músicos y cantante con que se grabó, y sin la aguja de por medio, una sugestiva explosión de soul-blues-funk-rock con un grupo de vientos al modo más puro del soul. Poco más de media hora (37 minutos) de verdad musical, sin trampa ni cartón, con la voz desgarrada y muy bien ajustada -sin excesos pese a lo fácil que era despeñarse con su registro y su pena- a los cánones del género negro. ‘Try’, abriendo, es puro y pujante soul de metales, ‘Maybe’ continúa la estela pero recurriendo al dolido sentimiento de la balada y ‘One Good Man’ no solo ensalza su voz sino que muestra sus dotes compositivas para el blues. Ya es más que suficiente para elevar el disco a las alturas pero aún hay más para seguir degustando en este álbum clásico y magistral -poco reconocido, sin embargo, e incluso menospreciado por insignes críticos españoles-, es decir, cinco piezas más entre las que descuella el sutil ‘blues cósmico´ (‘Kozmic Blues’) al que hace referencia el título del álbum, el penetrante y emotivo baladismo soul con orquesta de ‘Little Girl Blue’ (preciosa canción que subtitula el documental) o la llamarada funky que sale de ‘As Good As You’ve Been To This World’.

Segunda estación: ‘Pearl’, álbum póstumo, editado en 1971, apenas tres meses después de su muerte, acaecida el 4 de octubre del 70. Precisamente murió mientras lo grababa en Los Ángeles junto a un nuevo grupo con el que se encontraba muy satisfecha. “Si alguien me deja, lo mato”, amenazó en una ocasión a sus cinco componentes, Full Tilt Boogie. Cambió el sonido por completo. Se esfumó el soul y se rebajaron los grados del blues para adquirir una tintura más pop y más al gusto de las listas. Y, pese a ello y pese a que la aguja había vuelto de nuevo a su vida, brotaron ‘perlas’ –no, no, el título no era una pretenciosa alusión, era el nuevo alias que la distópica Janis había adoptado entre sus más cercanos- como ‘Move Over’, ‘Cry Baby’, ‘My Baby’, ‘Trust Me’…o la más popular, ‘Me And Bobby McGee’, número uno en las listas de singles americanas, como lo fue igualmente el álbum, el más maduro y elaborado de su corta carrera.

Si ninguno de estos dos viajes al centro de la discografía de la atormentada artista remueve las entrañas, mejor olvidarse de Janis Joplin y menos ver su documental o su biografía cinematográfica, salvo que sea muy potente el cebo comercial del exhibicionismo y la sensiblería folletinesca típica –más ante su ajetreada y trágica vida- con que Hollywood suele cargar los biopics o la misma biografía que en 1973 escribió su amiga Myra Friedman, interesante pero muy poco musical, con página tras página apestando a droga y alcohol. Pero esto es morbo, no música.

Cosa que, ya digo, me temo que abundará en ‘Get It While You Can’, en el morbo, en las andanzas sin fin de aquella jovencita feucha, sometida a acoso escolar (‘bullying’) y aspirante a maestra de escuela que se perdió entre las drogas, el sexo a porfía y el rock, y deje bien al descubierto la sonoridad de sus maravillosos ‘blues cósmicos’. En unos meses se verá, según se anunció el año pasado. Por lo pronto, el documental contado por Cat Power parece bien alejado de la mugre.

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Amaral y Alejandro Sanz, en la civilización del descerebramiento

En cuestión de pocos días se han producido dos hechos musicales no iguales pero quizá con un fondo de similitud muy cercano y con materia para el análisis. En el teatro Barceló de Madrid Amaral actuaba dentro de la fiesta aniversario de Radio 3 Extra cuando en el silencio entre una canción y otra se oyó a un mastuerzo gritarle ¡zorra!, al parecer por la minifalda y el generoso escote que lucía Eva.

Pocos días más tarde, en un concierto de Alejandro Sanz en México, un hombre acosaba a una mujer, sobándola contra su voluntad e incluso pegándole. El cantante se percató desde el escenario del incidente y ni corto ni perezoso se desentendió de la actuación, bajó del escenario, se encaró con el individuo e hizo que lo expulsaran de la sala. Luego, después de confesar en el escenario que no aguantaba que se maltrate a alguien y menos a una mujer, siguió actuando ante los aplausos del público.

Dos actuaciones, la del mastuerzo y la del maltratador, absolutamente repugnantes que, sin embargo, tuvieron desenlaces diferentes, cuando quizá debieron haber acabado de la misma manera, e incluso penalizadas. Eva no tuvo, o no quiso tener, en el instante mismo del insulto, recursos para encararse con el mastuerzo y prosiguió el recital, si bien a los dos días, más en frío, se calentó y en Instagram puso a caldo al insultador, llamándole cobarde, machista y sabandija. ¡Qué menos! Alejandro Sanz tiró por el camino más directo, desalojando a un tipo execrable que no tiene cabida en una sociedad civilizada.

Ya digo, actos repugnantes ambos, que en el caso de Amaral quizá debería haberse aventado de forma más contundente, parando el concierto y dejando en evidencia al energúmeno. Hey, tú, ¿qué dices? Sube aquí y dime a la cara lo que acabas de gritarme, dame argumentos… ¿No? Seguridad, este tío a la calle… Tendría que haber sido la resolución drástica. Como hizo Sanz. En caliente, exponer ante el público al patán de turno, afearle su conducta y, subiendo algunos peldaños más de reprobación, darle a probar su misma medicina antes de largarlo de la sala. Después, subiendo aún más la escala de mala leche ante insulto tan procaz y vejatorio en un acto público, irse al juzgado (Código penal, artículos 208 y 209).

No es la primera vez que se ha parado un concierto. Morrissey es maestro en el desalojo de mastuerzos que incomodan en sus recitales, incluso les suelta patadas. Los Rolling Stones fueron protagonistas del acto más salvaje y delictivo ocurrido en una actuación. Ya se sabe, en Altamont, en 1969, los Ángeles del Infierno asesinaron a un joven negro de 18 años que se encontraba en las primeras filas del concierto. Los Stones pararon el recital aunque luego prosiguió no sin nerviosismo, escenas que recogió la película ‘Gimme Shelter’. No es lo habitual, ni se ha producido con demasía (afortunadamente) este tipo de incidentes, pero hay que encararlos con valentía y medidas drásticas.

Se trate de un concierto de rock o de un partido de pádel, debe acabarse con este tipo de energúmenos. Si hay que parar una actuación en seco, se para. Y se toman medidas. Aun a riesgo de que el altercado sea mayor, que no debiera, pues resulta difícil imaginar al resto del público poniéndose de parte del mastuerzo de Madrid o del agresor machista de México.

Vivimos unos tiempos de excitación altamente preocupantes. Por la sociedad misma, por las vicisitudes que acontecen en cada época y por una educación que se está yendo por los sumideros de la basura. Para colmo, a estos tiempos agitados se ha venido a unir ese ágora pública de Internet, maravilloso invento para mil cosas, pero también peligrosa herramienta que mal usada lleva a la jungla del disparate, la vulgaridad, el insulto, la coacción y hasta la agresión. Un montón de mastuerzos que asoman la jeta de forma anónima por las redes sociales, foros, blogs, periódicos digitales… han llegado a confundir el ordenador o el móvil con la realidad pura y creen que las mismas mamarrachadas, cuando no exabruptos o insultos, que se pueden escribir con un teclado se pueden espetar en la calle o en un concierto como el de Amaral o no hace mucho en los aledaños del campo de fútbol del Valencia, con medio centenar de hooligans llamando de todo a los futbolistas de su ‘amado’ equipo por haber perdido 7-0 ante el Barcelona.

No es la civilización del espectáculo, que diría Vargas Llosa, en la que vivimos, es la del descerebramiento. Gentuza que pulula por calles, barrios, canchas deportivas, actos políticos, salas musicales, radios, televisiones… y no digamos Internet, soltando bilis y veneno. De una forma u otra deben tener su merecido, multa o cárcel incluida si así lo dicta la justicia. Bravo por Alejandro Sanz y que tome nota Amaral, por si acaso vuelve a ocurrir lo de Madrid. El artista, podrá no gustar, pero merece los máximos respetos personales cuando sale a un escenario.

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Suede, envejeciendo con gallardía

Cuarenta y ocho años, y qué recital de facultades vocales las de Brett Anderson. No diría que jamás ha cantado tan limpio, tan potente y con tanta variedad de registro como canta en su nuevo disco, ‘Night Thoughts’, el séptimo álbum de Suede -segundo tras el retorno en 2013, luego de una década de separación-, porque a ver cómo se mide eso, pero es inapelable que canta de maravilla. Aquí está una de las claves de la grandeza pop de este nuevo disco, que sucede y supera al ya de por sí excelente ‘Bloodsports’, el álbum de retorno en 2013.

Clave que sería menor si al lado Anderson no contara con dos verdaderos fieras: uno, el guitarrista y compositor Richard Oakes, capaz de meterse en los más intrincados terrenos y, como Will Sergeant en Echo & The Bunnymen, llenando espacios de manera primorosa, pintando el disco de arriba abajo con una cantidad de recursos sonoros exuberantes; y el otro, el teclista, Neil Codling, increíble, cubriendo el disco como un hermoso tapiz cubre una pared.

En cierto modo, aquí están los Suede de ‘Dog Man Star’, pero salvo la intro en el tema inicial, ‘When You Are Young’, o su insólita coda añadida en el corte 11 (‘When You Were Young’) como envés de la obsesión de Anderson por la juventud, sin la Sinfonia London Orchestra, con Codling haciendo él mismo de hombre orquesta con sus sintetizadores y sus extensivos teclados, a veces, espaciales (‘Pale Snow’).

Es la diferencia de cómo concebir, ejecutar y producir un disco con exuberancia y expansividad, ocupando frecuencias con innumerables planos de sonido siendo solo cinco músicos en contra de no pocos grupos indies actuales que, aunque toquen siete o doce, suenan pobres y desangelados. Es la fuerza de una voz impresionante y de un grupo de músicos excepcionales, no orillados en la cuneta por la edad, sin argumentos, sino curtidos y en pista por la experiencia.

Bowie tuvo buen ojo cuando señaló a Suede como lo mejor que había surgido en el pop británico de los 90 antes de que Pulp, Oasis, Blur y compañía dieran el gran zarpazo del fructífero britpop. Este nuevo disco, con cierto espíritu épico y conceptual –todas las canciones van ligadas y el tema de la quema de los años jóvenes en alguien que fue icono juvenil por un tiempo gravita en los pensamientos nocturnos de Anderson-, más baladístico que dinámico, o sea más ‘Still Life’ que ‘Animal Nitrate’, y una media muy alta en el apartado melódico –ni una sola descartable, aun con esos nananás infantiles de la impulsiva ‘Like Kids’ o las insípidas reiteraciones vocales y guitarreras con las que acaba ‘What I’m Trying To Tell You’-, lo demuestra, contiene sello de perennidad, que es algo de lo mejor que le puede pasar a un disco. Échate al oído, por poner, ‘Tightrope’, la ochentera ‘Outsiders’, ‘When You Are Young’, ‘The Fur & The Feathers’ o esa aria pop que es ‘I Can’t Give Her What She Wants’ y después me lo cuentas, después me dices si esto no es envejecer con gallardía en el pop juvenil.

Por cierto, como el álbum de Tindersticks que comentaba en la entrada anterior, las doce canciones de ‘Night Thoughts’, de Suede, también ha generado sus correspondientes traslaciones a la imagen que recoge un DVD que se incluye en la edición especial del disco.

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La magnética tristura de Tindersticks

En la entrada anterior recordaba a Tindersticks con motivo de la ingesta de vinilos indies de los primeros 90 que metí en mi colección y en mis oídos. Coincidió en un momento crítico en el que el vinilo había dicho prácticamente adiós a favor del arrollador cedé; despedida, por no decir defunción, que al menos tuvo una gran ventaja: su precio era la mitad del CD. Uno de aquellos vinilos que compusieron el lote de la ingesta fue el ya clásico en la escena alternativa de los 90, el famoso de la ‘bailarina flamenca’, como se le conoce popularmente, de Tindersticks. En él, lejos de la fiesta que podía sugerir aquella hermosa portada, se cobijaba una colección de canciones introvertidas y variadas, deliciosas en su segunda cara, con gotas de experimentalismo y hasta de música de cámara. Una revelación.

La música de Tindersticks es depresiva, tristona, infinitamente melancólica y quizá por ello bellísima, una música que alimenta la sensibilidad y despierta los instintos más románticos y serenos del espíritu, valga este mini ejercicio de literatura barata. Está hecha de forma completamente atípica en el pop: con la prohibición casi por completo de las guitarras eléctricas o por lo menos de sus típicas latigazos, con la presencia notabilísima de espesas secciones de cuerdas y con el protagonismo de una voz grave y melódica -la más grave del pop de hoy y acaso de la historia, con permiso de Leonard Cohen e Isaac Hayes- como es la de su cantante Stuart Staples, una especie de cruce entre Sinatra, Nick Cave, Brian Ferry y el citado Cohen.

De ella, de esta música singular, daba cuenta aquel primer disco de la bailarina -el del descubrimiento y puede decirse que del shock por la novedad que entonces, en plena marea grunge, suponía- al que le siguió ‘Tindersticks’ (95), otro álbum con el mismo título del nombre del grupo y también doble en su versión en vinilo, en el que las cuerdas ya copaban por completo el protagonismo instrumental mientras la voz de Staples, contrapunteada en un par de ocasiones por voces femeninas, volvía a soltar litros de ternura y romanticismo.

‘Courtains’ (97), el siguiente peldaño, volvía a insistir en el modelo aunque quizá con el abanico un poco más abierto al optimismo y con unos gramos más de alegría que en las dos entregas anteriores. Entonces, el imprescindible dueto vocal lo completaba Ann Magnuson en una de las canciones más hermosas del disco y de la misma carrera del grupo, ‘Buried Bones’, en tanto que los metales tomaban más cuerpo.

Su continuación llegaría en 1999 con ‘Simple Pleasure’, bonito aunque por debajo de las excelencias de los anteriores, quizá como aldabonazo de que el alternativismo de los 90 se extinguía y de que el mismo nombre de Tindesticks –golpes inevitables del destino en el mundo pop-, aun salpicando excelentes nuevos discos, como el encandilamiento y la magnética tristura de siempre que trajo en 2003 ‘Waiting For The Moon’, con sus citas a la Velvet, U2, Yo La Tengo y la insólita incursión en el country de ‘Just A Dog’, pasaba a segunda fila e incluso a la disolución, tal cual ocurrió a mediados de la década pasada, para volver cinco años después con una serie de discos más que notables pero sin el eco de los noventa: ‘The Hungry Saw’ (2008), ‘Falling Dawn A Mountain’ (2010), ‘The Something Rain’ (2012), las relecturas de ‘Across Six Leap Years’ (2013) e ‘Ypres’ (2014).

A esta serie acaba de unirse ahora ‘The Waiting Room’, un disco, de nuevo con esa marca de tristura de la casa, con una canción que hace de dovela sonora, crucial, ‘Hey Lucinda’ apuntalada por la voz femenina de Lhasa de Sela en su última participación con el grupo antes de morir, con un marcado acento soul-funk y volviendo a otra de las marcas del grupo, a su relación con el cine y las bandas sonoras, pero en esta ocasión, en procesos inverso, no sirviendo las canciones a la imagen sino levantándose esta sobre ellas, dando lugar a once cortos dirigidos por diversos autores.

Recién estrenada la cincuentena, cuatro hijos y un poblado bigote, Staples sigue reivindicando su lugar en el pop de las tres últimas décadas aunque no sea ante las masas sino ante públicos exigentes y prestos a digerir músicas hermosas aunque no complacientes ni sometidas al ‘sistema’. Un gozo, seguir escarbando en sus discografía. A mitad de abril, por cierto, se le verá por España en una gira por cuatro ciudades entre las que -¿normal?- no está Zaragoza.

Aquí, el cortometraje levantado por Joe King & Rosie Pedlow sobre la canción ‘Hey Lucinda’
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Cuando murió el vinilo

Uno de mis vicios (confesables) en los primeros noventa era aprovechar cualquier viaje a Madrid para escaparme a Discos del Sur, una pequeña tienda cercana a la plaza Callao que rebosaba discos novísimos y de importación hasta nublar el sentido. No digamos su densísimo catálogo de venta por correo. A través de este y en la misma tienda me hice con un buen surtido de discos ‘indies’ de la época. ¡Y en vinilo!

Para entonces, este formato, machacado definitivamente por el rutilante CD, había quedado ya como una antigualla, como algo definitivamente destinado a desaparecer del mercado, como en su día lo hizo el disco de pizarra. ¡Cómo ibas a comprar una rodaja de plástico que se rayaba, almacenaba ruidos por doquier, era incómodo de transportar… cuando el flamante CD sonaba tan limpio, era tan usable y tan fácil de reproducir! La era digital devoraba el presente y el pasado. El vinilo pasaba a mejor vida. En 1988 pasé un mes en Inglaterra. En las tiendas y grandes almacenes había desaparecido o como mucho esquinado en un pequeño rincón. Un par de años después ocurrió lo mismo en España. Lo digital era lo que molaba. Hasta te miraban mal si aún acarreabas uno de aquellos viejos artefactos. Pero el difunto vinilo dejaba un pequeño aliento de vida: no solo seguía teniendo el atractivo de siempre sino que además resultaba más barato.

No puede olvidarse aquella trapacería, ¿o avarienta canallada?, que luego pagaría la industria discográfica: aprovechó aquella transición del vinilo al CD para astillar los bolsillos de los aficionados. De repente, un conjunto de canciones contenidas en un vinilo pasaba de costar en torno a las 1.500 pesetas de entonces a las 3.000 o más del CD. ¡El doble! Hubo que hacer de tripas corazón. O sacar las tres mil del ala o seguir cabalgando a lomos del viejo vinilo. Personalmente, y contracorriente, fue lo que hice con muchos de todos aquellos discos  ‘indies’ de los primeros noventa: los adquirí en vinilo, o sea, a mitad de precio que el CD. Razón por la que hoy poseo una colección de joyas que da gusto repasarlas de vez en cuando aunque solo sea con la vista y el tacto.

Una de ellas fue el primer disco de Tindersticks, un grupo personalísimo y atípico de Notthingham liderado por la voz grave de Stuart Staples. Salió en 1993 y se llamaba como el mismo grupo. Un vinilo doble, con una carpeta deslumbrante en la que aparecía una bailarina flamenca, que el Melody Maker eligió luego como el disco del año… Me quedo aquí. En la época en que murió el vinilo y se creyó que para siempre. En la próxima entrada me ocuparé del doble de Tindersticks y de su devenir. El grupo británico sigue vivo, acaba de publicar un nuevo álbum.

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