Encuesta fin de curso y despedida

Toca una temporadita de holganza. Llegado el verano en profundidad, que ya le ha costado, al menos por tierras aragonesas, dejo esta última entrada del curso -y ya veremos si definitivamente la última- con una ‘breve’ encuesta para que no andéis ociosos durante las vacaciones. Veinticinco preguntas en total, seleccionadas de un total de casi un centenar, que pueden dar lugar a una radiografía certera de este blog y también de otros aspectos musicales interesantes.

Ánimo, aunque parezca un poco ladrillo, se contesta rápido. Además, no es necesario contestarla de una tacada, se puede tomar en pequeñas dosis, es decir, en varios días o semanas, porque en realidad cada pregunta es una mini encuesta.

Obvia decir que es completamente anónima y que no permite votaciones repetidas, el sistema las rechaza. O sea, que vota una sola vez y comprueba los resultados cuantas veces quieras. Igualmente si alguna cuestión quedó fuera de la encuesta y deseas manifestarla, tenemos, como es habitual, la sección abierta de comentarios al final de esta entrada para que comentes lo que te apetezca. Tu opinión, como sabes, siempre es muy importante en este blog.

A final de verano, comprobaremos esas opiniones y veremos si hay sorpresas o todo sigue su cauce normal y previsible. Buenas vacaciones y hasta septiembre (espero).


























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Esta sí es Lana Del Rey

Alabada y denostada, me coloco sin dudar del lado de Lana del Rey; eso sí, siempre que deje de meterse en musiquillas facilonas como las que, por regla general, sirvió en su álbum de debut, ‘Born To Die’. Lo contrario de lo que ha hecho en su nuevo álbum, ‘Ultraviolence’. Aquí la queríamos ver, bien lejos del pop-dance sintetizado de aquel disco, no embarrándose en el infecto solar sonoro del artisteo del llamado nuevo R&B por culpa de unos avaros e irresponsables productores que pensaron antes en el dólar fácil que en las exigencias de la integridad, camino para romper artistas nacientes como a un jarrón chino.

Sabiamente, y eso que, según dicen las malas lenguas, la neoyorkina tiene recalentada la mente al sol, ha razonado, se ha dado cuenta de la cueva de lobo donde la metieron y ha rectificado a tiempo (ya empezó, en realidad, con ‘Ride’ y las canciones de ‘Paradise’). Se ha olvidado de aquella producción infantiloide del primer disco, ha tirado por el pop limpio, desangrado de ritmillos facilones, carnaza de execrables canales televisivos engaña-adolescentes, y se ha mudado a un territorio sonoro en el que hay cuerdas, guitarras punzantes aunque lejanas, teclados, baterías naturales, unos intencionados ramalazos Badalamenti, detallismo… y, claro esa voz, que es todo un regalo celestial. Pop serio. ¡Bien!

No lo ha explicado con profundidad, pero se intuyen las dificultades e incertidumbres por las que ha debido pasar para dar forma final a este segundo álbum (tercero si se considera como independiente la reedición de ‘Born To Die’ con temas extras, es decir, ‘Paradise’). Hubo un momento en que confesó públicamente que estaba absolutamente bloqueada y que no sabía si iba a sacar adelante el disco. Habló incluso de retirarse.

Las dudas unidas a un acentuado carácter depresivo, que incluso le ha llevado a cantar frases como ‘ojalá estuviera muerta’, apostillada en The Guardian con su declarada devoción por Kurt Cobain y Amy Winehouse por el mero hecho de estar muertos –aunque luego ha rectificada por petición de la misma hija de Cobain y Courtney Love-, conforman el contexto en que se ha grabado este álbum. Lejos de infantilismos sonoros aunque eso sí, depresivo en volumen y marco atmosférico.

Todo el disco es una letanía de música monacal, valga la sincrética y metafórica definición. Once canciones de una lentitud mayestática y de un canto hundido en la bruma. ¿Negativo? Nada más lejos. En estos tiempos de ruido gratuito se agradecen escenas blancas y placenteras para el ánimo como las que ofrece Lana del Rey. Bien es verdad que en este disco podría haber buscado un poco más de variedad, salir en algunas canciones de ese ritmo perezoso y casi asfixiante que lo inunda, pero, en fin, solo por oírla encoger y estirar su virginal voz por estas canciones, ya vale su peso en oro esta letanía.

Dan Auerbach, de Black Keys, ha sido el conductor y el artífice de que Lana no se quedara en el pozo musical y anímico en que se encontraba. Cuando la conoció y esta le pidió ayuda, regrabó al completo el disco que ya tenía medio finalizado, parece que con los mismos productores de ‘Born To Die’, o alguno de ellos. Y en buena hora. La mudanza de terreno sonoro ha sido tan positiva como fructífera y deseada por quienes vemos en esta cantante a una artista con talento –además de cantar, ha compuesto casi todas las canciones- y a alguien más que una integrante del paquete de chicas epidérmicas.

Lana Del Rey ha hecho un disco más bien otoñal, pero vendrá bien para las noches estrelladas de este verano. Canciones como ‘Cruel World’, ‘Ultraviolence’, con esas raras frases farfulladas en castellano –“yo soy la princesa…”-, la excelsa ‘Shades Of Cool’, todo un recital de elasticidad tímbrica vocal, ‘Sad Girl’, ‘Money Power Glory’, ‘Old Money’, basada en el tema de amor de ‘Romeo y Julieta, de Nino Rota y popularizado vocalmente por Andy Williams y Johnny Mathis, entre otros, como ‘A Time For Us’, si no es un plagio descomunal, o la versión de ‘The Other Woman’, arrancada del repertorio de Nina Simone, son los galones mayores de este álbum que luce tristón pero, ya digo, que es una joya vocal. Era el camino esperado y obligatorio por el que esta sensible cantante debía caminar, no por el de las spears, gagas y compañía. A ver a donde conduce en el futuro. Por cierto, que se está hinchando de números uno en varios países, España entre ellos, asentando su papel de fenómeno mundial.

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Llegan los Rolling con un telonero, Leiva, que les ha pegado una patada en el culo

Llegan los Stones hoy miércoles al Bernabéu, con todas las entradas vendidas en un santiamén hace un par de meses y con toda la expectación que despiertan pero realmente sin la más mínima sorpresa escénica o musical: un concierto de Jagger y compañía es tan previsible como el día y la noche. Tocarán bajo un gran aparato de luces y pirotecnia tecnológica y abordarán un repertorio lleno de clásicos que repiten una y otra vez y al día siguiente otra vez porque saben que eso es lo que quiere el personal y para qué molestarse.

Por no grabar, ya ni graban discos. El mismo Jagger se ha dado por rendido. “Para qué grabar si luego en los conciertos nos piden las mismas de siempre”, dijo quitándose el muerto de encima cuando sacaron el recopilatorio ‘Grrr!’, con dos únicas canciones nuevas, en vez de un álbum nuevo, que era lo que tocaba. Quiere decirse que vistos una vez los Rolling, es más que suficiente para saber lo que se cuece en sus directos, lo que no quita para que siga apeteciendo volver a verlos cuantas veces apetezca y sea posible, que obviamente cada vez se van recortando las posibilidades. Porque esa es la gran sorpresa y la grandeza vital de sus Satánicas Majestades: su permanencia en plena forma en los escenarios, con un Jagger ya convertido ¡en ‘bisabuelo’! y todos pisando el acelerador a los 70 años ante públicos masivos. Esto es lo increíble. Una hazaña rockera sin precedentes y puede que sin sucesión.

Claro que lo increíble, y quizá esa sea la sorpresa en Madrid, aunque exógena al grupo, es la del telonero, Leiva. Manda huevos, que dijo Trillo. Corre por la red un vídeo en el que el ex de Pereza le pega una patada en el culo a los Rolling, acusando a Jagger de ‘profesora de fitness’ y a sus conciertos de ‘parques temáticos’ a la vez que asegura que se tenían que haber separado hace muchos años. Esto es lo que dijo textualmente a la web hereunidoalabanda.com cuando le preguntaron por la banda que debía separarse:

“Indudablemente hace muchos años creo que lo deberían haber hecho los Rolling Stones. Tendré muchos detractores diciendo esto, pero bueno, que Mick Jagger parece una profesora de fitness y que es muy joven en el escenario está bien. Pero que hace años que tendrían que haber parado de girar, por lo menos. Grabar discos me parece interesante que alguien diga “voy a seguir investigando” y creo que con 60 y 70 tacos se pueden contar cosas interesantes, pero creo que los Stones hace años que deberían haber dejado de girar. Creo que la gira ‘Voodoo Lounge’ con Black Crowes de teloneros yo les vi y tal, y ahí que era un cartel muy potente ya piensas “joder, ya basta, ya tenéis que parar esto, habéis hecho todo lo más increíble que se podía hacer, ¿qué más queréis?”. Creo que están ahí porque Keith ya no puede estar en casa y se pone nervioso pero un concierto de los Rolling Stones tiene más que ver con un parque temático que con un show de la banda que todos queremos que sea”.
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Bien, es una opinión, como todas, respetable. Pero, después de haberles pegado la patada, ¿es de recibo que acepte tocar de telonero en ese ‘parque temático’? ¿No resulta impropio que, según el comunicado de Doctor Music, Leiva esté como un niño con zapatos nuevos porque “se va a meter en la cocina donde se guisan las grandes canciones de la historia”? Suena a incongruencia total, pero allá cada cual con su pasado y sus actitudes. A ver cómo afronta la situación ante Jagger -esto, Mick, ejem, yo lo que quería decir es que…-, aunque seguramente ni tendrá acceso a él, y sobre todo cómo reacciona el público, que se ha gastado una pasta y no poco esfuerzo en conseguir una entrada, ante alguien que ha roto a sus ídolos. Interesante tarde-noche la de hoy en Madrid.

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Imelda May, un rayito de rock’n'roll en Pirineos Sur (hora era)

Buena noticia: Pirineos Sur abre un pequeño resquicio al rock’n’roll clásico y en general al rock, tan escasamente visible en sus carteles. Hora era. La nubarrina etno-africana imperante, al cabo de 23 ediciones, deja pasar este año un rayito de música de cuño cincuentero, cual es el de Imelda May, lo que no deja de ser sorprendente en un festival aparentemente plurimusical y diverso pero en realidad sectario, muy constreñido a determinados estilos y nombres fijos a la vez que vetado a nombres, no de otra galaxia, sino bien cerca de aquí.

Aún recuerdo, por ejemplo, la amargura con que Mauricio Aznar me contaba sus intentonas para que le hicieran un hueco en el cartel cuando ya ejercía de ‘trovero argentino’, cosa que nunca consiguió. “Me voy a tener que poner un tanga y pintarme de negro para que me contraten”, se me quejaba con resignación y con su sorna habitual. Dicen las malas lenguas que si algún día se hurgase en las tripas de esta cita pirenaica saldrían cosas un tanto inexplicables y hasta impactantes. Dejémoslo ahí. Si alguna de esas malas lenguas quiere moverla públicamente, hágalo aquí, o donde crea conveniente, y si no calle para siempre.

Y vayamos con Imelda May, que actuará el próximo 11 de julio, en su segunda visita a Aragón, tras pasar, hace unos años, en 2010, por el tristemente desaparecido festival Luna Lunera de Sos del Rey Católico. Con una imagen especial y unos discos marcados por el rockabilly, la irlandesa ha logrado el éxito mundial. Tiene nuevo LP, ‘Tribal’, que le ha puesto de nuevo en marcha tras su maternidad (está casada, por cierto, con el excelente guitarrista de su grupo).

Hay gallineros familiares que son verdaderas bibliotecas musicales: un pisito, por ejemplo, con dos habitaciones donde viven cinco hermanos obsesos por la música y cada cual con su rollo estético. Por ahí tiene que circular mucho aire caliente y estimulante. Ejemplo vivificado de esta situación: la familia irlandesa de los May, los padres y cinco hermanos dándole todo el día al play. Un gallinero, sí, pero un lugar fantástico para impregnarse de estilos y canciones a porrillo. Si encima, eres la pequeña de la saga, mimada y con ventaja para tomar prestado conocimientos de los hermanos mayores, no extraña que Imelda May decantara su vida profesional por la música. A los 16 años, en 1990, ya era profesional y a los 29, en 2003, tras patearse decenas de clubs y ejercer de cantante en espectáculos de burlesque, publicaba su primer disco.

En casa había escuchado de todo, pero fueron el punk, el jazz y sobre todo el rockabilly los estilos que más le tocaron. El día que uno de los hermanos la llevó a una tienda a comprar un grandes éxitos de Billie Holiday lo tiene guardado en la memoria como uno de los días más importantes y decisivos de su vida: quería cantar lo mismo que aquella desgraciada dama de voz excelsa. Solo que el popurrí mental la llevó finalmente y fundamentalmente al rockabilly, a la música de los cincuenta, sus peinados, sus coches… Y en este terreno, con desvíos hacia el blues, el soul y el jazz, sigue moviéndose como una verdadera anguila. Tras ‘No Turning Back’ (2003), ‘Love Tattoo’ (2008) y ‘Mayhem’ (2010), acaba de publicar su cuarto y magnífico álbum, ‘Tribal’, en el que de nuevo aflora la música de aquella década mezclada con subrepticios chispazos punk, evocaciones dolientes a Billie Holiday, lloroso glamour a lo Rita Hayworth y baladas de cuño Gene Vincent (‘Little Pixie’).

¿Revivalismo? No se le nombre vocablo semejante a Imelda y, en general, a cualquier devoto de los cincuenta so pena de recibir un exabrupto. Es música tan actual como cualquier otra desde el momento que acaba de salir de fábrica y desde el momento que hay mucha gente joven y no tan joven que la practica y la disfruta. ¿O Mozart o Los Beatles, por nacer cuando nacieron, son reliquias? Imelda tiene 39 años, una timbrada y rabiosa voz y un tirabuzón rubio incrustado en su tupé moreno que la distingue. Es la marca estética de su frondosa música rockabilly. Llegará a Pirineos Sur al día siguiente de cumplir los 40. Felicítenla los que puedan por su cumple y por sus muchos méritos musicales.

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Rival Sons, hijos de los setenta

Vámonos con los Zeppelin, los Purple, Bad Company o incluso los Black Crowes o Pink Floyd…, que por ahí pisan Rival Sons, californianos, con un cantante primo hermano de Robert Plant y con cuatro álbumes en su haber, el último recién aparecido: ‘Great Western Valkyrie’.

El grupo editó su primer disco en 2009, conjugando básicamente el rock con el blues y el baladismo, haciendo, por resumir, hard-rock clásico y declarándose hijos de los setenta y especialmente de los Zeppelin (bueno, no lo hicieron públicamente, que yo sepa, pero estaba claro de donde venía su genética). Desde entonces se han chupado un montón de festivales y giras por los USA y Europa (Azkena incluido) y han teloneado a AC/DC, Kiss, Alice Cooper, Kid Rock, Evanescence, Eagles Of Death Metal, Sammy Hagar…

Al igual que los Zeppelin, una de sus virtudes, aunque sin llegar a entrar en el folk tan profundamente como hicieron Plant y compañía, es el equilibrio que mantiene entre energía y serenidad, echando mano, cuando hace falta, de las guitarras acústicas, si bien, naturalmente, la eléctrica es el puntal básico de su sonido, con unos solos flamígeros. Su reciente cuarto álbum es un buen espejo de lo que señalo. En el disco, que poco a apoco se va ralentizando, hasta finalizar con la solemne y psicodélica ‘Destination Of Course’, hay huellas también de Bad Company, o por mejor decir del modo de interpretar de Paul Rodgers (‘Where I’ve Been’), de los Floyd (la mentada ‘Destination On Course’), y de los Purple (basta escuchar el inicio de ‘Secret’, con la cabalgada de órgano y ritmo, para evocar enseguida el ‘Highway Star’ del Machine Head’ cruzado con los Zeppelin).

Enseguida se planteará la eterna cantinela de si son meros revivalistas y, por tanto, la conclusión por parte de algunos de su carencia de interés, dado que lo suyo ya lo han inventado otros mucho antes. Allá cada cual con sus percepciones y opiniones, pero si se tira mucho de este hilo igual se deshilacha la historia misma del rock y hasta de grupos como Los Beatles, ¿o es que estos no ‘fusilaron’ en sus inicios el rock’n’roll primitivo o el R&B de los cincuenta? No digamos los Rolling. Pues eso.

Disfruten quienes les gusta el guitarreo y el rock setentero y no le miren en exceso el diente al rocín: este cuarto álbum es un gozo para viejas y nuevas generaciones rockeras (menuda vibra la de ‘Secret’). Y atención a los cinco bonus, tres de ellos en directo, del disco: fantásticos. Sí, qué lejos quedan los setenta, pero qué necesarios y estimulantes siguen siendo.

El primer vídeo del último álbum:
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¿Es esta la foto panorámica del pop zaragozano actual?

Zaragoza feliz¿Es esta la foto panorámica del pop zargozano actual? Veamos los precedentes en vinilo editado en Aragón, porque en vinilo se ha tirado la foto. En 1984, el sello Soñua mostró el escaparate de ‘La Movida rockera de Huesca’ (así se llamaba el LP). Aquel mismo año, quién lo diría, las Cortes de Aragón pusieron en la vitrina los nombres más destacados del folk. Dos años más tarde llegó un maxi, se diría de culto, con la revista Menos 15. En 1987 Huesca volvería a exhibir sus jóvenes talentos rockeros por mediación de la discoteca Energy así como a los pop a través del LP ‘Savia nueva’. Y en aquel mismo año Ondas Divididas recogió lo más sobresaliente del concurso Expresión Joven de la DGA en sendos álbumes dedicados al pop y al rock. También aquel 1987 se editaron dos álbumes sobre ‘novísmos’ más que notables: ‘Sangre española’, de la mano de Cachi y Radio Zaragoza, y ‘Monegros’, invención de Mariano Chueca.

Era esta una fórmula para promocionar y dar a conocer grupos incipientes de los ochenta, fórmula que expandió con éxito, en 1985, el sello DRO y su doble LP ‘La única alternativa’, en el que aparecían, los desconocidos entonces, Duncan Dhu o La dama se esconde. Luego murió el vinilo, y aunque en 1993 se editó el álbum ‘A gritos’, el invento desapareció en los 90 (insisto, en vinilo).

Ahora, el colectivo ‘Zaragoza felizfeliz’ ha retomado aquella iniciativa y acaba de poner en la calle un LP (en vinilo, of course) con once nombres que sus promotores consideran que conviene no perderles la pista. A saber: Ana Muñoz, Calavera, Nosequé y Los Catalíticos, El Gol de Nayim, My Expensive Awareness, El Brindador, Pol Pot, Maybe Boom, Underdogs, The Fractal Sound y Kim Fasticks. Algunos, ya conocidos, y otros, al menos para quien suscribe y supongo que para muchos de quienes leen estas líneas ahora mismo, completamente anónimos. Y, como es natural, la variedad impera: desde el pop límpido de Ana Muñoz, que abre, hasta el folk minimalista de Kim Fasticks, que cierra, el abanico se abre a la electrónica, el garaje, el pop, la psicodelia…

Músicas y nombres con sustancia. Aceptables canciones, aunque nadie ose ver el álbum como una fotografía panorámica y fidelísima de la música aragonesa actual en conjunto. Del plano, como es natural, se escapan decenas de grupos, tal es la cantidad imperante por estas tierras. O a lo mejor, hay quien sí lo ve así: un reflejo perfecto y fiel de la música zaragozana del momento, de eso tan cursi que algunos llaman ‘grupos emergentes’. Puede, pero a mí me faltan muchos nombres para completar el mapa.

Lo que sí resulta encomiable es la iniciativa y la valentía de sus propulsores. Una señal más de que la música aragonesa sigue en perpetuo movimiento. Otra cosa es lo que depare el futuro a estos elegidos. A lo mejor, nada, a tenor de cómo están los tiempos de duros y complicados, pero ahí se muestran para quienes quieran echar una ojeada rápida a la ‘Zaragoza feliz’ de hoy.

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Neil Young, desde la cabina

No es el primero, pero a su edad y con todo lo que ha quedado detrás, otro capricho de los que muy pocos como Neil Young se pueden dar. En esta ocasión, como hace no mucho hizo Pat Metheny con su ‘orchestrion’, el canadiense se ha puesto tecnológicamente retro. Su nuevo disco, ‘A Letter Home’, está grabado en una cabina de los años cuarenta.

¿Que qué era eso? Difícil conocerla de cerca porque este tipo de tecnología sonora de grabación nunca llegó a España ni nada se supo de ella, incluso sonaba a ‘marcianada’ cuando uno leía las primeras biografías de Elvis. Sin embargo, en la América de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta, era algo común, de la misma manera que en España, y muchos lugares del mundo, se implantó después la sinfonola.

La cabina de grabación era eso, una cabina parecida a una telefónica, un poquitín más grande, en la que por unas monedas cualquiera podía grabar su voz directamente en un vinilo y si se dominaba un instrumento acompañarse de él. Exactamente lo que hizo Elvis, metiéndose en una de aquellas cabinas y sacando un disco de regalo para el cumpleaños de su madre. Lo bueno es que allí estaban Sam Phillips y su secretaria para palpar de inmediato que aquel chico tenía porvenir en el mundo de la canción. Y vaya si lo tuvo.

Es lo mismo que ahora ha hecho Neil Young, un aficionado a todo lo vintage (colecciona coches antiguos, trenes, armonios…), casi setenta años después de la irrupción de aquel invento. El impulsor o culpable de esta ‘marcianada’, en cierto modo, ha sido Jack White, otro devoto del cacharreo y de revolotear por el pasado pese a su cuño de ‘moderno’. White –dicen- cuenta en Nashville con un magnífico estudio de grabación, Third Man Records, en el que además hay una tienda de discos, y allí ha instalado una cabina del año 47, marca Voice-O-Graph que encontró, parece ser, en un anticuario. Neil Young, que comparte con él aficiones tecnológicas del pasado y del presente, la conoció y no dudó en empuñar la guitarra y meterse a grabar un puñado de canciones de una tacada, todas ajenas, y todas antiguas, algunas de ellas de las que escuchaba en su adolescencia y juventud en su casa de Winnipeg, en Canadá . Y de ahí ha salido este disco.

Obviamente, si es por calidad sonora, suspenso total. Las versiones de Phil Ochs, Dylan, Gordon Lightfoot, Springsteen, Everly Brothers, Bert Jansch, Willie Nelson, Tim Hardin… suenan a castaña pilonga, con un recorte de frecuencias que ni de carnicero, y por supuesto, con los clicks propios del vinilo, pero, sin embargo, mantienen el esplendor emocional de siempre. Es el Loner sensible, jugando al papel de trovador intimista desarrollado en discos como ‘Comes A Time’, el que vuelve a estas canciones, salvo en la inicial, en un guiño a Elvis, en la que se dedica a mandarle un largo mensaje hablado a su madre difunta, algo que repite más brevemente en ‘Reason To Belive’, evocando la casa donde vivía en Winnipeg, en la Groosvenor Avenue, y donde en un tocadiscos Seabreeze escuchaba a sus primeros ídolos.

En todas se acompaña a la guitarra acústica y a veces añade la armónica, que ocupan poco espacio físico para meterse en la cabina –bueno, en un par de ellas Jack White también se metió en el estrecho habitáculo a hacer voces-, aunque hay un trío –‘Reason To Believe’, ‘On The Road’ y ‘Since I Met You’- en las que suena un piano. Einnnn… ¿entró un piano en la cabina? Imposible, lo cual hace pensar en un añadido tramposo, algo contrario a la religión del primigenio ‘do it yourself’ de las grabaciones.

En todo caso, si uno se abstrae del sonido, aunque resulte difícil, es para disfrutar, si bien está claro que este es un artefacto exclusivamente para fans del canadiense de oro. Son caprichos de una estrella pero no aptos para consumo en todas las casas. Ya digo, el sonido es del pleistoceno. Y entretanto, peleándose con el Pono… Genio y figura.

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Días de fútbol… y música

Ayer empezó el Mundial de Fútbol Brasil 2014. Lo voy a pasar pipa. Aunque alguien se sorprenda e incluso me abofetee, soy un fervoroso aficionado al pelotón. Me gusta desde chico en que, con diez años, estando interno en un colegio, me escapaba a comprar el Marca en un quiosco de la plaza Castilla de Madrid. Con ‘La Marca’, que años más tarde diría un profesor ‘muy elevado’ y que nos repetía “no lean La Marca ni El Caso” para sacarnos de la burricie, eché, como quien dice, los dientes periodísticos y mi fervor también por el periodismo y los periódicos, que siempre devoré. Mi ilusión de crío, síiiiiii, era convertirme en periodista deportivo, lo que, para alguno de los que me mandan al pudridero, hubiera sido un gran alivio, pero mira…, el tiempo me llevó a donde me llevó y aquí seguiré.

Digo que me lo voy a pasar pipa, pero con comedimiento. Me gusta el fútbol, pero el de alto nivel, el de los mundiales, los europeos, la Champions, los enfrentamientos Barça-Madrid… De ahí para abajo, ya la cosa decae mucho –vamos que un Betis-Levante, por decir algo, y con todo respeto, no me atrae- y por tener, ni tengo equipo favorito y menos aún soy hooligan de nadie. Aunque no lo parezca, me ocurre igual con la música. Me gustan centenares y centenares de discos y grupos, pero no me rompo los dientes por nadie, no ‘idolatro’ a ningún becerro de oro, no milito en facción yihadista alguna. Item más: si aquel grupo o solista que tanto me gusta, y a mi parecer la pifia en un disco o en concierto, pues lo reconozco y si es necesario, a la hora de escribir, lo digo y punto pelota. Es lo mismo en otros aspectos: fundamentalismos fuera.

Excusas por esta perorata previa, pero es que ya ando subido en la nube del mundial. Ayer ganó Brasil de forma bochornosa, y a ver cómo le va a la selección española hoy frente a Holanda. Me espera una placentera indigestión futbolera. Y me parece que no soy el único dentro del terreno musiquero. Escurriendo la memoria, me vienen un montón de conexiones entre música y fútbol, infinitas y desde los más diversos ángulos.

Por remontarme a tiempos lejanos, recuerdo al primero en mi memoria, a Rocky Kan, que hizo una trepidante elegía en 1961 en una de sus canciones: “Gol, gol, gol, rock’n'roll del fútbol, así grita la afición hasta enronquecer al ritmo del rock’n'roll”. Bien es verdad que Rita Pavone y Gelu, le pegaban un punterazo a tan desatada afición. “¿Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas…”, recriminaban agriamente a ritmo pop a sus maridos/novios.

De nada sirvió. Música y balompié se han cruzado, casi con forofismo, en no pocas ocasiones. The Wedding Present debutaron en 1988 con un gran disco de pop, entonces llamado C-86, dedicado al mítico extremo derecho George Best. En 1999 era Calamaro quien homenajeaba a Maradona en su álbum ‘Honestidad Brutal’ y a su vez el astro hasta cantó con Pimpinela. Housemartins, agobiados por el centralismo de la gran metrópoli, pusieron un título futbolero a su primer disco: London 0; Hull, 4, al que, más cachondos, los mismos Wedding Present respondieron con ‘Hull 0, Leeds 1’. Ricky Martín e Iggy Pop han hecho canciones en torno al fútbol. Ian Broudie, de Lightning Seeds, escribió ‘Three Lions’, la canción oficial de Inglaterra para la Eurocopa del 96, Zona de Obras editó un CD con 27 canciones futboleras. Mendieta era un forofo musiquero (Pixies y Velvet en especial) como lo es Xavi Alonso. Rod Stewart, en sus años mozos, durmió a las puertas del Nou Camp en busca de una oportunidad. Julio Iglesias, de tanta ‘cantada’ como portero reserva del Madrid, acabó cantando de verdad, yeah.

El caso inverso lo corrió el Mono Burgos, quien después de grabar varios discos y dejar definitivamente el fútbol, quiso convertirse en estrella del rock. Algo que también han intentado y conseguido a medias tres futbolistas de las divisiones inferiores del Madrid bajo el nombre de Pignoise. En los 80, Julio Alberto, del Barça, grabó un disco con el título de ‘Medianoche en Moscú’.

New Order dicen que escribió la mejor canción futbolera de todos los tiempos, ‘World In Motion’, Tachenko hacía alusiones futboleras en su canción ’1986′, La Habitación Roja se equivocó afortunadamente componiendo en 2006 ‘Nunca ganaremos un mundial’, La Granja homenajeó a Eto’o, Elton John llegó a comprar un modesto equipo de fútbol, Morrissey es un forofo del Manchester United como Elvis Costello lo es del Liverpool, Mick Jagger de la selección inglesa, o Tete Montoliu lo era empedernidamente del Barça (sorpréndanse: a veces, hacía conciertos mientras con un auricular seguía un partido por la radio).

A James Hetfiel, de Metallica, se le ha visto enfundado en la camiseta española. Guardiola mentalizaba a su Barça de oro con el ‘Viva la vida’, de Coldplay. Un puñado de rockeros grabaron un disco con la canción ‘Born In England’ en apoyo a la selección inglesa para la Eurocopa del 2004. Los mismos jugadores del Madrid grabaron recientemente un vídeo con un nuevo himno que, según parece, va a poner a cien a los seguidores merengues en la próxima temporada. Como la canción ‘You Walk Alone’, de Gerry & The Pacemaker, convertida en himno, pone a los del Liverpool, que la entonan casi religiosamente.

En este terreno, el de los himnos, Plácido Domingo canta el segundo del Madrid, en tanto que Pilarín Lasheras ganó un concurso en los sesenta cantando y grabando un disco con un himno particular del Zaragoza, equipo al que Joaquín Carbonell le escribió otro, fuera del oficial. Como hizo Sabina al Atlético de Madrid… Claro que la mundial la montaron Queen: compusieron varias canciones de apoyo a la selección inglesa en el Mundial de España del 82, las incluyeron en su álbum ‘This Time’ y una de ellas, quién se lo iba a decir al difunto Mercury, la tantas veces oída, ‘We Are The Champions’, quedaría al poco como sello distintivo de euforia para celebrar un triunfo en cualquier competición deportiva.

No entro en la ingente cantidad de canciones simplonas, pero muy tarareables y eficientes para el fin perseguido, que se han compuesto para las ediciones de los mundiales. En este último, por la parte latina, no podía faltar Shakira. También Ricky Martin se ha unido a la fiesta. Aunque una de las cosas que más me llama la atención en los últimos tiempos es la inmensa nube de música que cae sobre los futbolistas. ¿Los ven que todos van con el coco encajonado entre unos grandes auriculares? ¿Qué música saldrá por esos cascos? Me gustaría saber lo que escuchan algunas estrellas, aunque hay quien asegura que nada, silencio, que es una forma para esquivar a periodistas y forofos…

En fin, que estamos ya en una nueva vorágine futbolera. Y lo siento por aquellos/as que no les guste. A mí me van las competiciones de alto nivel y las disfruto (en la tele solo, en el campo no gastaría ni un euro). Y no me tapo: ojalá gane de nuevo la selección española, pero me temo que va a ser tarea muy difícil. En cualquier caso, y de no ser así, tampoco me tapo, con tal de que no ganen la copa ni Argentina ni Brasil, me doy por satisfecho. Manías. Días de fútbol… y música, que el blog, pese al atracón que me espera, no va a cerrar. Y no me abofeteen por vicios tan insalubres. ¿Alguien más los comparte?

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Peabodys, psicodelia zaragozana

Esto huele muy bien. Son solo cinco canciones pero son tan nutritivas que saben a muy poco. Lo que puede dar de sí el correspondiente álbum… En Peabodys, trío zaragozano se refugia Patricia Destoky, la voz femenina de The Patinettes, gran grupo que a buen seguro ha sufrido una gran pérdida con su salida, al parecer definitiva, aunque eso –lo de la pérdida- se verá en el próximo trabajo de los ‘patinadores’, que creo andan en ello.

Patricia, gran voz rockera, junto a Alba Gorjón (Antihéroes), formaban dúo acústico desde 2010 aunque nunca grabaron disco alguno ni maqueta (creo). Es ahora cuando, tirando de la autoproducción y cantando exclusivamente en inglés, debutan en disco –‘Physicodelia- y en formato eléctrico junto al batería Francisco Gorjón y la dirección de Rafa Domínguez, que es todo un aval de garantía hoy por hoy en la música aragonesa. Además de producir y grabar en su estudio La Cafetera Atómica, Rafa (exguitarrista de INK y Bunbury así como alma mater de Guisante) ha colaborado en el disco, tocando la guitarra y el vibraslap, un raro instrumento de percusión –perdón por la ignorancia pero jamás lo había oído o no le había puesto atención- que consiste en una bola de madera y una pequeña base también de madera con dientes de metal dentro, ambas unidas por un grueso alambre metálico. Sobre esta base percute la bola. Por su parte, Patricia se hace cargo de la voz y la guitarra y Alba de la guitarra, la voz y, uhh, el viejo melotrón.

Fotografía en blanco y negro en la portada, pero mucho color musical en la galleta. El título ya aventura por dónde van los tiros: por la psicodelia entre Los Beatles, Syd Barret o Kaleidoscope, por evocar aproximaciones. Una psicodelia melódica y nada enrevesada que suena placentera y atractiva, lo que no quita para que, como sugieren esas ‘hy’ intercaladas del título ande impregnada en fuerza y determinación. Equilibrio de sonoridades que, con piezas como ‘One/44’, ‘Hollywood St.’, The Otherside’, ‘Stereo Lover (Dot)’ y la titular ‘Physicodelia’, redondean un EP al que yo recomendaría ponerle el oído atentamente. Escúchalo o descárgalo en bandcamp. Psicodelia física y diáfana. La ciudad sigue en movimiento.

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Rock documental y cine, compañeros distantes

Me da que los documentales rockeros no aguantan bien la gran pantalla. Dos semanas ha durado en la cartelera de Zaragoza la película documental ‘Tu voz entre otras mil’, sobre Antonio Vega. Un soplo comparado, no ya con los grandes éxitos de taquilla, sino incluso con los medianos.

No, el documental musical, pese a ese chispazo genial que fue ‘Searching For Sugar Man’ (mes y medio en exhibición), está reñido con la gran pantalla. Cuesta pagar una entrada y gastar dos horas en una sala de cine para que un grupete de amigos, periodistas, familiares y allegados cuenten las virtudes beatíficas de un músico, por muy ídolo que este sea. Sin ir más lejos, aunque con otros tintes, el también reciente ‘Springsteen & I’ fue flor de un día en las taquillas (vamos que duró exactamente eso: un día en el Palafox).

Al cine se va a ver comedias, romances, dramas, terror, películas de esas tan modernas de acción y mucho ruido que tanto gustan a la gente más joven, pero no a visualizar biografías de mártires del rock. Para eso está la tele, el deuvedé y antaño las cintas de vídeo.

Y no es una cuestión, afortunadamente, que afecte en exclusiva al documental musical. Es cuestión general, para cualquier tipo de género documental. Y si no, que los expertos cinematográficos hablen… Bien, hay que retroceder muchos años atrás, a 1969, para evocar aquel fenómeno que fue ‘Helga’, un documental educativo alemán para niños sobre el parto y el milagro de la vida. El coqueto cine Elíseos quizá no haya registrado llenos en su historia tan constantes como se produjeron entonces. Había colas a diario, como las había en todas las grandes ciudades españolas.

Colas ante un cine de Barcelona para ver 'Helga'

Colas ante un cine de Barcelona para ver ‘Helga’

Pero no se engañen las nuevas generaciones: el gancho no era el documental en sí. Era una consecuencia de la represión sexual de aquella España carpetovetónica y casposa: todo por unos genitales femeninos en la gran pantalla. Ni más ni menos. Para mayor exquisitez, el documental se pasaba en una sala de las llamadas entonces de ‘Arte y Ensayo’, donde solo se proyectaban películas ‘intelectuales’, para minorías selectas. Hoy ni dios aguantaría un documental como aquel en el batiburrillo ‘cultureta’ de La 2.

En realidad, por así decir, la época dorada de los documentales musicales en la gran pantalla fue la de los setenta, con ‘Concert For Bangla Desh’, ‘Woodstock’, ‘Monterey Pop’, ‘The Last Waltz’, ‘Gimme Shelter’… que llenaron los cines y aguantaron en cartelera varias semanas entre cines de estreno y de reestreno. Pero entonces no existía ni el vídeo ni el deuvedé.

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Patéticos Blondie

¿Es este grupo el mismo que facturó ‘Heart Of Glass’ o ‘Union City Blue’? ¿Es esta Debbie Harry de 68 años aquella muñeca que deslumbró al mundo de la new wave? Ni en un relato de ciencia ficción. La muñeca perdió sex-appeal, claro, y, lo peor, la voz. Y el grupo se enzarza en su nuevo disco, ‘Ghosts Of Download’, con ¡el reggaeton!, el rap latino y el dance de baratillo, cuando no recurriendo a inocuas versiones como la del viejo ‘Relax’ de Frankie Goes To Hollywood.

Basta escuchar la primera canción del disco, perreo incluido, o la sexta, con rapeo cubano (ay, aquel magnético ‘Rapture’), para soltar el lamento más profundo. Blondie –parece- que ha querido hacer un disco ‘moderno’ de dance y le ha salido un desastre épico, del que no lo salva ni los buenos propósitos pop de antaño que traen ‘Winter’ o ‘Take Me In The Night’, y se diría que a partir de la mitad del disco, cuando se acaban las colaboraciones raras.

El disco se acompaña de un extra con once viejos hits regrabados este 2014, cosa que me creo solo a medias o casi nada, básicamente por la voz de Debbie. Más bien parece que se les ha colado el enemigo en casa y los ha puesto ahí para sacarles los colores. En fin…

Acostumbrado a la eterna cantinela de por qué no se retiran ‘los viejos rockeros’, verbigracia Mick Jagger, casi parece ofensiva esa letanía –Jagger no ha perdido ni un miligramo de voz-, escuchando a estos patéticos Blondie. Es cierto, cuando en un escenario o en un disco se luce la blanca palidez del fin, lo más adecuado es irse, no asirse al madero de náufrago y menos intentar aventuras desdichadas como las que intenta Blondie. Lo que fueron y en lo que se han convertido.

Deambular por el ring medio sonado en el boxeo se interpreta como signo de decadencia. No seré yo, pese a todo, quien pida la retirada de Debby y compañía, allá cada cual con sus vidas y sus oficios, pero sintiéndolo mucho por los buenísimos momentos que nos dieron en los 80, igual debieran reflexionar al respecto. Esto es realmente impresentable, teniendo detrás el glorioso pasado que se tiene. Por cierto, que vienen de cabeza de cartel del próximo Azkena… Sin más comentarios.

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Swans, ¡ánimo valientes!

Música para valientes, como Brand Old Sound, que hace poco se refería a ella en la sección de vídeos. No arrellanarse en el sillón para escuchar un disco confortable. Nada más lejos. Esto exige predisposición y esfuerzo. No es un cómodo sorbito de agua mineral. El veterano grupo neoyorkino Swans, que empezó su trayectoria discográfica en 1983, sigue aferrado en su nuevo disco, ‘To Be Kind’, al rock abstracto, duro, esquizofrénico por momentos, ese rock entre el Zappa más cáustico, Suicide o los ruidosos Sonic Youth, que Michael Gira ideó para combatir el colorido y la ‘happy hour’ permanente de la new wave. Un estacazo sonoro sin contemplaciones a la mente y al cuerpo.

Tras un largo paréntesis de ausencia discográfica de 14 años, entre 1996 y 2010, al grupo no se le ha olvidado su capacidad para asociar calma y ruido, placidez y turbulencia. Su sonido, con larguísimas piezas que a veces superan la media hora, es una masa informe como salida al unísono de una factoría metálica y de una de telas de seda. Sus temas, que no canciones, son mantras plasmados en contextos extremos: la calma reina en el ambiente bajo unas nubes negras, se palpa la suavidad del tejido, y de repente las nubes explotan y surge una marabunta de furia imparable, crescendos, masas de guitarra en erupción, disonancias, repeticionismo, gritos, voces ululantes… En otras ocasiones, caso de la inquietante ’93 Ave. B. Blues’ del disco anterior, un sonido de sierra, como de viola distorsionada, se entremezcla con unas voces de ultratumba hasta que finalmente la tormenta estalla. Los Cisnes se transforman en leones enrabietados, la razón da paso al músculo, a una música física y desbordada, violenta, nada fácil para el oyente acomodado. “Cuando tocamos puedo sentir cómo se evaporan mis moléculas”, confiesa el líder del sexteto.

En el anterior ‘The Seer’, que le ganó un gran reconocimiento, estaban las pautas de su nuevo y reciente trabajo, ‘To Be Kind’, más álgido y eruptivo, con una pieza medular de 34 minutos que reproduce los esquemas de la titular ‘The Sear’, pero con más virulencia. Se llama ‘Bring The Sun / Toussaint L´Ouverture’, en honor del libertador haitiano François Dominique Toussaint Loverture’, homenaje que, por cierto, ya le tributó Santana en su tercer álbum y en el denso ‘Lotus’.

‘To Be Kind’, como ‘The Seer’, también es doble, dos horas de sensaciones impactantes, con largas piezas que en algún caso como el citado anteriormente sobrepasan los 30 minutos y que muestran a pachas el delirio (des)ordenado de sus autores. Hay que ponerle determinación y ganas para afrontarlo, con la garantía de que los valientes encontrarán su recompensa, si no, mejor estarse quieto. Stravinsky, Stockhausen, o John Cage también jugaron con la atonalidad, la armonía hiriente y el caos y llevaron la música a otra dimensión, digamos, la cuarta, brutal y cavernosa, de Swans: o se les ama o se les detesta, pero indudablemente aportan un enfoque inconcreto y atrevido del rock que nada tiene que ver con los convencionalismos, como antes han hecho o hacen Soft Machine, Wire, Throbbing Gristle, Flaming Lips, Sonic Youth, Psychic TV, The Residents, Godspeed You! Black Emperor… o hasta los Pink Floyd de ‘Ummagumma’. A ver esos valientes…

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Coldplay, viva la tristeza

Hace tiempo que dejé de profesar devoción total a Coldplay. Me impresionó ‘Parachutes’ (2000) y aquel fresco e infeccioso ‘Yellow’. El pop luminoso, tras el atracón indie de los noventa y el zigzagueo del brit-pop, volvía a los discos. Recuerdo a Juan y a Eva, con los ojos y los oídos como platos, el día que se los puse en mi casa. Aún no los conocían y viniendo como venían, sobre todo Juan, de la luz de los Byrds y de la voz de Radiohead y Bono se volcaron en elogios. Además, daba la casualidad y la sorpresa morrocotuda de que, en cierto modo, las guitarras evocaban el sonido de Días de Vino y Rosas. Juan no se lo creía. Obviamente, los tres coincidimos en que sería un grupo de futuro, tal cual así ha sido.

Lo que no podía imaginar es que con el tiempo me causarían cansancio y hasta indiferencia. El tono tristón de Chris Martin, el piñón fijo de las canciones, el bajón de nivel de ‘A Rush Of Blood To The Head’ (2002) fue el primer aviso, aunque afortunadamente con ‘X&Y’ (2005) y su puesta al día del ‘pinkfloydianismo’ y deliciosas canciones entre el intimismo y la épica como “What If”, “Talk”, “Fix You”, “A Message”, “The Hardest Part”, “Swallowed In The Sea”… volvieron a reconciliarme con el grupo y las expectativas iniciales. De hecho, lo convirtieron en grupo de estadio. ‘Viva la vida’ (2008), algo así como un bofetón de chulería a quienes le acusaban de ser unos U2 bis (¿sí? ¿somos los nuevos U2?…, pues ¡tomad U2!) siguió la senda de buenas canciones (algo tendrían cuando Guardiola las eligió para animar a su Barça de oro). Pero, ay, en 2011 llegó la simplonería de ‘Mylo Xyloto’ y el grupo se me fue por el sumidero. Tanto como que pensé que era su canto de cisne.

Ahora aparece ‘Ghost Stories’ y me deja en medio de la indiferencia de antes y el sorpresón de oír al grupo británico enredado en el pseudo electro-pop y sobre todo haciendo ominosas canciones dance –la ya criticadísima ‘A Sky Full Of Dance’- que al menos le servirá para que vibren los asientos de los estadios, aunque la gran sorpresa, que es menos en función de otras canciones pasadas, es el tono tristón y despedazado de Chris Martin, afectado de mal de amores.

Es lo que tienen las rupturas sentimentales: que abaten el ánimo, que generan una marea de tristeza que pueden conducir a una destructiva depresión. La literatura está plagada de obras con la rotura del amor por medio, no digamos el cine. Y si la situación se padece en el pop, el efecto inmediato, por lo general, es un disco suspendido en el desánimo, congelado en el arcón de la tristeza.

El último en unirse a esa larga fila de álbumes de ruptura –‘Blood On The Tracks’ (Dylan), ‘Sea Change’ (Beck), ‘Flamingos’ (Bunbury), ‘21’ (Adele), ‘Tunnel Of Love’ (Springsteen), ‘Little Broken Heart’ (Norah Jones), ‘Jagged Little Pill (Alanis Morissette)…- ha sido Martin. Gwyneth Paltrow dijo adiós y le dejó un baúl lleno de penas que Martin llora a través de este ‘Ghost Stories’, un álbum que en realidad debiera ser un disco-carta de lamento de Martin en solitario, con sus ayes, sus nostalgias, sus soledades y la esperanza del retorno. No, literariamente, no es un dechado de originalidad ni de composición: cualquier amante despechado podría hilar en media cuartilla sus penas como lo hace el cantante. Mas no fueron precisamente las letras el fuerte de Coldplay.

Musicalmente, sin sacarme del fervor pasado que le profesé a Coldplay, la cosa se entona algo más con canciones como ‘True Love’, ‘All Your Friends’, ‘Always In My Heart’…o la bellísima ‘O’. Canciones, naturalmente, ni épicas ni de estadio, por lo que no extraña la gira que el grupo ha anunciado por teatros. Del viva la vida al viva la tristeza. Ay, Gwyneth…
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¿Y si falta Neil Young? Israel Nash

Algún día, el rock se quedará sin Neil Young, ley de vida. Y será una gran pena, claro. Mas no faltarán candidatos a ocupar su trono. Afortunadamente la llamada ‘Americana’ o música de raíces, cuenta con un frondoso bosque en el que despuntan árboles que no es que le hagan sombra al canadiense de oro pero sí cuentan con ramaje y verdor para estar a su lado, no para ocupar su lugar, cosa harto difícil pues Young es y será insustituible, pero al menos árboles que consuelen y llenen su pérdida. Ryan Adams es uno de ellos, aunque lleva un tiempo algo seco.

Apunten mejor este nombre quienes profesen devoción al autor de ‘Harvest’ o simplemente disfruten con delicadas canciones campestres enraizadas en el country, el blues, el rock y el folk: Israel Nash Gripka, o simplemente Israel Nash, el hijo de un pastor baptista, nacido en Missouri, afincado en Nueva York durante varios años, ahora habitante de las montañas y con cuatro álbumes de estudio, desde que en 2006 llegó al mercado con su debut, ‘Prelude’, cuatro joyas.

La última, la cuarta, con el título de ‘Israel Nash Rain’s Plans’, hace escasos días que está en el escaparate y suena de forma tan sedosa y tierna que atrapa de inmediato, nada más asomar por los altavoces los primeros acordes de guitarra acústica de ‘Woman At The Well’, la fresca y acharolada canción que lo abre. Country-folk en estado puro.

Luego sigue una colección majestuosa de melodías apesadumbradas que engarzan con el sentimiento y la triste belleza de las canciones del Neil Young más íntimo y melódico, el de ‘Everybody Knows This Is Nowhere’, ‘On The Beach’, ‘Comes A Time’ y hasta se diría que con ‘Harvest’ si se detiene uno en la deliciosa ‘Who In Time’, con sus acústicas, la steel, la armónica, las armonías vocales, esa cadencia perezosa con que se desarrolla la canción y el mismo Young soplándole en el cogote a su intérprete.

Israel es un cantautor que transplanta a su mente y a su corazón el mundo de Neil Young. ¿Un clon? Posiblemente, pero cuando se canta de forma tan emocional y sensible es mejor, por no decir casi obligado, olvidar las comparaciones. Solo disfrutar.

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Michael Jackson vive

Operación de marqueting, buitrismo, necrofilia, explotación, truculencia de laboratorio, nauseabundo sangrado póstumo…, lo que se quiera, pero el acto final, o sea, la música suena muy bien. Construir un palacio sobre las estructuras mínimas de un viejo edificio no deja de ser una proeza. Levantar unas canciones esplendorosas sobre unas maquetas o unas canciones previas medio esbozadas no deja de ser igualmente una auténtica hazaña.

Y esto es lo que revela ‘Xscape’, el disco reciente de Michael Jackson. Por segunda vez, tras ‘Michael’ (2010), se ha abierto el repleto arcón de pruebas, descartes y canciones a medio acabar que dejó el intérprete de ‘Thriller’ y sobre ocho de ellas se ha erigido un disco póstumo de gran nivel. Queda en el aire si el difunto le hubiera dado el visto bueno a esta, llamémosla maniobra orquestal con destino a hacer tilín en las cajas registradoras y en los corazones de los fans del rey del pop, pero seguramente que asentiría. Está tan conseguido el palacio…

Tan conseguido que suena como si Michael lo hubiera grabado ayer mismo ‘in person’. La Sony ha tenido la feliz idea de incluir en el disco las ocho canciones nuevas y las pruebas sobre las que se ha construido el edificio, lo que posibilita las comparaciones, desechar controversias pasadas sobre si cantaba el mismo Jackson y soltar los ¡ohs! admirativos. Increíble la revisión de ‘Love Never Felt’ aunque en casos como ‘Chicago’ se han añadido unos sintetizadores ochenteros que ni entonces ni hoy. Pero pese a detalles como este y otros que no favorecen, el palacio se levanta indestructible.

Los arquitectos: un soberbio equipo de arreglistas, ingenieros de sonido, productores…comandados por Timbaland. Y gran acierto, teniendo en cuenta que algunas de las maquetas procedían de la época ‘Thriller’: se ha apostado por un sonido ‘clásico’, sin remiendos electrónicos actuales ni virguerías modernas, que, sí, hubieran actualizado el sonido Jackson pero lo hubieran desvirtuado demasiado, por no decir prostituido.

‘Xscape’ es pues no solo un prodigio de la tecnología sino un relevante disco de Michael Jackson, aunque se haya grabado cinco años después de que su cuerpo descanse en la tumba. No creo que haya un solo fan al que desagrade este regalo, más acabado, perfecto y determinante que ‘Michael’, aunque quién sabe… Hay aquí un Jackson melódico pero sobre todo aparece el Jackson rítmico y bailarín ya conocido, lo que hace intuir lo que daría de si en un escenario si viviera… Aunque, ¿ha muerto? Los increíbles hologramas de los pasados ‘Billboards Awards’ dicen que no. Y este disco también.

Aquí, una de las canciones del disco, ‘Slave To The Rhythm’, presentada en los premios Billboard, ¿Holograma o trucaje con un doble? A elucubrar, pero si, como se ha dicho, es lo primero, o sea un holograma, esto no deja de ser un prodigio de la técnica.¡Qué no se verá de aquí en adelante con cualquier artista fallecido! Aunque el asunto de los hologramas ya se ha explotado con Elvis y el mismo Miguel Ríos hizo una novedosa gira con los invitados de su disco ‘Miguel Ríos y las estrellas del rock latino’ (2001) con acompañantes en forma holográfica.
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Un millón de visitas

No es esta una entrada presuntuosa, ni lo pretende mínimamente. Nada más lejos. Es fundamentalmente una entrada de agradecimiento a todos quienes visitáis este blog y a todos quienes disfrutáis de uno de los mayores placeres de la vida: la música en todos sus géneros y modalidades.

Escribir para uno mismo es un ejercicio saludable, ¿por qué no?, aunque algunos lo tilden de onanista, pero lo habitual es que cuando alguien emborrone un par de folios, y más en un medio virtual como un blog o una web, es que al otro lado también haya alguien que reciba el mensaje. Primero por el cortés acuse de recibo y después por el ‘feedback’ que este medio permite, es decir, el diálogo entre quien escribe y quien lee, diríase que la esencia de un blog. Es lo mismo que en la música, la literatura o el arte: el creador necesita un receptor.

En más de una ocasión -porque salir a la luz pública y a pecho descubierto, como se hace en este blog, corre sus riesgos- ha habido mensajes insultantes, tanto para mí como para algunos lectores, en algunos casos ofensivos y traspasando las normas éticas y legales. Alguna vez, por la parte jurídica del periódico, se me ha recomendado que ‘modere’ los comentarios, es decir, que los deje en la reserva hasta que yo les dé el visto bueno, los cribe, algo a lo que me he negado; básicamente porque creo que es hurtar esencia y espontaneidad a un blog.

Afortunadamente en este espacio denominado La voz de mi amo, en honor a mi perrito y al famoso sello discográfico, se ha conseguido, con las sanas y necesarias discrepancias, un flujo de comunicación vertical y transversal que lo ha convertido en un foro de discusión y conversación muy interesante, y hasta diría que francamente admirable. A todos quienes lo habéis hecho posible va mi agradecimiento, es el fundamento de esta entrada de hoy que escribo cuando el blog ha sobrepasado el millón de visitas y ha sido posible ajustar el marcador con las siete cifras que el anterior se negaba. Un hecho que quiero resaltar, no por este blog en sí, sino por tratarse de un blog musical –con la jungla que es Internet- y a la vez un blog como este, que huye, o lo intenta, de comercialismos y de esas músicas sobadas que invaden otros espacios y están en la mente de todos.

Cuando hace cinco años el amigo y colega Santiago Paniagua, jefe entonces de la sección de Internet de Heraldo de Aragón, me propuso emprender esta aventura me quedé absolutamente descolocado, vamos, temblé: no era la propuesta más atractiva que pudiera hacerse a una persona poco dada al exhibicionismo mediático (perdón por el personalismo), y la rechacé. Mas Santiago me insistió y decidí lanzarme a la piscina virtual. Y aquí seguimos, ya digo, cinco años después, y nadando a brazo partido. Ni por el forro podría imaginar que iba a disponer de candela, atrevimiento y combustible para ello. Gracias, Santiago, por la confianza y por abrirme una puerta periodística tan enriquecedora y tan auténtica, tan libre y directa como esta, más aún después de llevar casi cuatro décadas bregando en el corsé de un diario en papel,como el Heraldo u otro periódico.

Una periodista acreditada del New York Times, según recordaba recientemente Diego A. Manrique, sentenciaba con firmeza que la vida de un blog, más saliendo de las entrañas de un periódico generalista como Heraldo de Aragón, no debiera sobrepasar los dos años de existencia para evitar el deterioro, el aburrimiento de los lectores y sobre todo la paciencia y el cansancio del autor. Pues, ya digo, cinco años, desde marzo de 2009, ha cumplido ‘La voz de mi amo’.

Un lustro en el que las cifras dan un total de 673 entradas o artículos musicales de toda clase, entre aragoneses, nacionales, internacionales y generales, 14.615 comentarios publicados, 6.632 registros el día de mayor número de visitas (12 de enero de 2011), 244.845 visitas a la sección más activa (la de vídeos)… y ese millón de visitas global ya superado cuando escribo estas líneas.

No es motivo de presunción, insisto, sino de agradecimiento a todos, especialmente a los blogueros más activos (Megg, Laia, Brand, Detroit, nosferatu, Woodyalle, Abbey Road, CSMY, uffff, Laudrup, malvado Joker…), y de credulidad por mi parte, tan incrédulo estaba ante prueba tan peliaguda y dificultosa como se me proponía. Entre todos le hemos roto, y bien roto, el dogma a la afamada periodista del New York Times. Gracias una vez más. Se admiten aplausos, besuqueos, felicitaciones, regalos y lo que sea menester, pero con comedimiento. Ah, y sugerencias de todo tipo, aquí sin reparo alguno.

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Vinila, algo más que un cuerpo sexy tapizado de tatuajes

No tenía excesiva confianza en Vinila en solitario. No la veía una artista madura para escribir sus propia canciones y defenderlas en disco, la veía más como cantante de grupo, tal cual hizo con Krakovia y Lucky Dados, con menos responsabilidades creativas y más volcada en su papel de cantante y de imagen (sexual) del grupo. Afortunadamente, a mi parecer, no ha sido así, y la granadina ha debutado en solitario con un álbum más que aceptable con canciones propias y, por cierto, bien alejadas de lo que hasta ahora había hecho.

No puede extrañar un timonazo así en una artista tan plural, que lo mismo absorbe las raíces del rock’n'roll que se la ve como DJ en las cabinas discotequeras o dando vapor a su sensualidad ‘marilyana’ a través del ‘cabaré burlesque’. Quienes acudiesen al espectáculo ‘The Hole’, la reconocerían en su papel estelar de Madame Zoltar, espectáculo cuyo cartel promocional, por cierto, debido a su semidesnudo, provocó protestas aquí, y en todos sitios, como ella dice, pero más en Barcelona, donde la Generalitat lo retiró de las estaciones de ferrocarril. Así se las gasta ella (y también el Gobierno catalán).

Con su escasita pero eficiente y sugerente voz, Vinila Von Bismark sale adelante con este tercer disco que titula ‘A Place With No Name’, que ella traduce como “un mundo exótico andalusí”, y aquí, la sorpresa, si es que esta ‘femme fatal’ puede sorprender ya. Ha casi esquinado el rockabilly y, aun no olvidando su espíritu vintage y su estampa de pin-up, tal y como se la vio no hace mucho en TVE, en Los conciertos de Radio 3, se ha metido en otros terrenos sonoros completamente distintos, que lo mismo evocan el brumoso sonido Badalamenti de ‘Twin Picks’ que pica en el soul, el garaje, el rock… y lo más llamativo, acude a sus raíces andaluzas para hacer un estarcido de copla-pop, evocador de aquel flamenco pop de los Cheyenes. Por salirse por la tangente, hasta entra en terrenos arábigos con ‘Teddy B’.

Afortunadamente, el disco tiene más cuerpo que los directos y que la actuación en TVE, donde se echaba de menos una guitarra de ritmo que hormigonase el sonido, aunque eso de ver un guitarrista con un viejo ampli de válvulas recuperando sonoridades a lo Ventures fue más que gozoso. La culpa de ese grosor sonoro y del ambiente ‘vintage’ del álbum la tiene el productor portugués Paulo Furtado y ella misma que ha dado un paso en solitario más que notable. Provocadora, ambiciosa, soñadora, Vinila parece algo más que un cuerpo sexy tapizado de tatuajes.

A continuación, la canción que da título al disco durante su proceso de grabación en los estudios portugueses Valentim de Carvalho, en Paço de Arcos (Lisboa), fundados en los sesenta y por los que han pasado hasta los Stones.
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Leña pop a los políticos

Extinguidos los cantautores tradicionales y hasta casi los de la segunda generación de los noventa (¿quién queda: Pedro Guerra, Ismael Serrano…?), resultaba extraño que en tiempos tan convulsos como los actuales nadie levantara la voz en los discos -no en los escenarios, donde es más fácil la proclama- contra el estado de cosas tan malignas que vivimos: paro, corrupción, recortes, politiqueo, engaños bancarios…

En Inglaterra, desde los mismos Beatles rajando contra los ‘taxman’ a los Pistols disparando contra la reina, The Smiths contra Margareth Thatcher, los Clash incendiando los barrios obreros o el deslenguado Billy Bragg tirando a dar por cualquier flanco, por no olvidar los manifiestos musicales del rock norteamericano contra la guerra de Vietnam, la protesta ha sido moneda vinílica muy corriente.
En España, sin embargo, apartados los bombazos del rock radical vasco, las rimas del rap, las punzadas del rock macarra de la Transición (Leño, Asfalto, Cucharada…) y algún coletazo por ahí perdido, el rock y, sobre todo, remarquemos esto, el pop no han sido géneros políticamente muy beligerantes.

Es ahora, cuando en apenas unos meses, el pop, que siempre ha tirado hacia la fiesta y la diversión, hacia lo lúdico, se ha politizado por vez primera de forma muy explícita a través de los discos. Quique González se mostró moderadamente contestatario en 2013 con ‘Delantera mítica’, Pony Bravo se mofaban el año pasado de los políticos en ‘El político neoliberal’, de su tercer álbum, ‘De palmas y cacería’, pero quien ha abierto la lata, por así decir, más furibunda del ‘pop-protesta’ actual ha sido Bunbury con ‘Palosanto’, un disco fraguado en la mente del zaragozano tras el impacto que le produjo el 15-M en la distancia.

Ahora le ha seguido Vetusta Morla escarbando en la crisis en tanto que Nacho Vegas ha facturado un último disco muy endeble musicalmente, pero desde su posición de extrema izquierda y como miembro de la Fundación Robo, ha lanzado sus diatribas sin el más mínimo comedimiento (“Hay cabezas que pisotear, ya no valen disculpas…”). Mas, en el pináculo leñero, sorpresivamente, se ha colocado Amaral, que menudo revuelo ha armado con ‘Ratonera’ y su visceral vídeo, pintando la cara a políticos y banqueros y calentando el ambiente extramusical a muchos grados.

No solucionarán nada, es verdad, a fin de cuentas el pop es una bomba inofensiva, fétida para sus destinatarios y plausible por gran parte de la ciudadanía, como bien se radiografió el impacto de ‘Ratonera’ a través de las redes sociales, pero ya digo, inocua, porque si algo tienen los políticos de hoy, en general, es una coraza de carey invulnerable (¿verdad Maleni?), mas por vez primera en España el género pop enseña los colmillos de la protesta de forma más que visible y cabreada. Si al menos, a algún ‘estúpido farsante’ le cosquillea la conciencia…

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Santana, ¡qué horror!

Allá cada cual con su vida y cada artista con su carrera, pero aún así hay casos que acaloran, por lo menos a mí. Me acaba de pasar escuchando el último disco de Santana. El chicano tuvo una caída brutal tras el lustro dorado que le proporcionaron sus primeros grandes discos y aquel hallazgo tan impactante como fue el del rock latino psicodélico. Me refiero a ‘Santana’ (1969), ‘Abraxas’ (1970), ‘Santana III’ (1971), ‘Caravanserai’ (1972), el mismo ´Love Devotion & Surrender’ (1972), grabado a dúo con John MacLaughlin, e incluso ‘Welcome’ (1973) que culminaron en aquel deslumbrante triple ‘Lotus’ (1974), el álbum en vinilo más opulento estéticamente de la historia, unido quizá al ‘Decade’ de Neil Young, (¡qué derroche material y gráfico!).

Aunque siguió publicando discos sin cesar, lo cierto es que su nombre quedó en el olvido más absoluto durante los 80 y los 90, hasta que en 1998 sorprendentemente, aliado con el cantante de Maná, Fher, tuvo una reactivación comercial de oro. No así artística, que ‘Sobrenatural’, el artefacto de la reactivación y sus epígonos mostraban a un Santana superficial y frívolo, bien lejos de aquel Santana psicodélico, latino y rockero que nos trajeron los gloriosos discos mentados anteriormente. Por cierto, también a un Santana, en lo personal, absolutamente endiosado y hasta grosero. Lo sufrimos en la gira que lo trajo a Zaragoza: nada quiso saber de la prensa, pero es que, peor aún, ni de los fans, a los que esquinó. Me consta que salió a toda pastilla del recinto para no ver a nadie y que un grupo que se acercó a pedirle un autógrafo fue despedido con cajas destempladas. ¿Dónde estaría el gurú?

Pero el colmo ha sido su más reciente trabajo, ‘Corazón’, editado hace unos días y con el que me he llevado un sofocón tremendo. A duras penas he llegado al final, haciendo de tripas corazón, pero es que ir pasando de una canción a otra con invitados ‘ilustres’ como Juanes, Gloria Estefan, Romeo Santos… y ¡hasta Pitbull en el ‘Oye cómo va’ en versión 2014! es tan duro como meterse un cocido de piedras. ¡Qué horror! Un cenáculo latino y unos guitarreos por ahí para regurgitar y para vender discos en Latinoamérica. Todo por la pasta, curiosamente en un tipo que en aquellos años de gloria llegó a declarar que “se sentía avergonzado de cobrar dinero por tocar un instrumento diabólico como la guitarra”. El espiritual chicano tirando por la borda una carrera mayor.

¿No habrá algún angelito en ese templo doméstico que tiene en casa que le diga ‘Se acabó’, como su canción? Ya digo, me acaloro ante discos tan impresentables como este, porque aquellos primeros discos fueron increíbles, vamos que resulta difícil de creer que alguien que creó ‘Jingo’, ‘Persuasion’, ‘Evil Ways’, ‘Black Magic Woman’ o ‘Samba pa ti’ pueda tener el mismo ‘corazón’ que tiene su último disco. Malo, malo, malo.

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Bob Dylan, subastado

Like A Rolling Stone
Lo que faltaba para que los dardos de ‘viejo héroe vendido al capitalismo’ le lleguen disparados a Dylan desde todos los flancos, cosa que, como ya ha mostrado a lo largo de su vida, le importa un bledo. Pero ahí están los hechos.

Hace medio siglo, Bob Dylan garabateaba en cuatro folios de un hotel la letra de ‘Like A Rolling Stone’, pináculo del sonido ‘mercurial’ que andaba buscando después de haber dado una coz a la vieja izquierda americana y a los fundamentalistas del folk. Magistral canción, elegida por diversas publicaciones como la mejor de la historia, se armaba con una música incisiva en la que la pareja Mike Bloomfield (guitarra) y Al Kooper (órgano) la llevaban en volandas mientras Dylan soltaba un texto de una crueldad brutal cuyo destino era la musa de Warhol, Edie Sedgwick, actriz de alta alcurnia que embarraría su vida en las drogas hasta perderla con 28 años, y con la que Dylan tuvo un breve romance, luego convertido en odio: “¿Qué tal te sienta estar sin hogar como una completa desconocida, como una tarambanas?”, le cantaba, tras verla hecha un trapo. Warhol tronaba no solo por la canción sino por haber sacado a su musa de la Factoría. El cabreo entre ambos nunca se curó.

Era una canción ya de panteón, no olvidada, claro, pero sí, enterrada por sus 50 años de vida y por el curso de la música actual, no proclive precisamente a incensar el pasado. Mas hete aquí que en apenas unos días ha salido a primer plano en dos ocasiones…, bueno, en tres, que la amiga Picos Laguna confesaba hace poco en su columna de los lunes en el Heraldo que era su favorita como fondo a sus tareas domésticas. ¡Olé el buen gusto! España ya no plancha con la copla y las folclóricas de fondo.

Pero Dylan sigue dando motivos para las acusaciones de ‘vendido’: ahora ha cedido su imagen y la canción a un banco para un nuevo anuncio, por si fuera poco lo de la Superbowl. Duele cuando se deposita en los viejos héroes valores morales como el de la integridad, mas Mr. Zimmerman es ya causa perdida: el dólar le ha podido. El biógrafo Howard Sounes dice que desde los 90 el dinero es una gran preocupación para él por la troupe familiar, propiedades y empleados que debe mantener. Es posible. Sus giras interminables, con aforos más bien reducidos, y no pocos pinchazos de público, no son un filón permanente ni excesivamente grueso.

Otra, la tercera operación monetaria, aunque ahí nada ha tenido que ver él directamente: hace unos días se conocía que la letra manuscrita de su famosa canción, la citada ‘Like a Rolling Stone’, se va subastar en breve en Nueva York por uno o dos millones de dólares. ¡Qué locura!

¿Qué hará el comprador? ¿Hincará la rodilla y se persignará todas las mañanas ante los cuatro folios? ¿Escudriñará y besará todos los días los manuscritos? ¿Orgasmará con ellos? Quién sabe, pero lo más seguro, según la respuesta que traen vientos anteriores y con otros artistas, es que los colocará en una vitrina en un bar o un café y lo convertirá en lugar de peregrinación. O los meterá en una caja fuerte y esperará un buen momento para dar otro zarpazo monetario como el que le han metido a él.

Insólitamente, con las subastas, el coleccionismo rabioso y todo ese fetichismo que envuelve al rock, este ha parido sus propios ‘brokers’. El dinero ya no cubica en los bancos sino invirtiendo en ‘tarambanas’. Un nuevo y aberrante negocio. No seré yo precisamente quien acuda con los dos kilos a la subasta, ni aun con varias docenas de euros. Venero al bardo de Minnesotta pero me la trae al pairo el fetichismo y esta mugrienta especulación en torno a los objetos de artistas famosos.

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