Evocaciones de los sesenta zaragozanos en Delicias

Maquetación 1
Bienvenidos hijos del rock’n’roll…
El 9 de mayo presento en el Centro Cultural Delicias mi libro Zaragoza60’s, un acto inscrito dentro de la excelente exposición fotográfica sobre grupos musicales zaragozanos de los sesenta y setenta que nuevamente presentará el inquieto Pascual Orduna, tras su paso por el Centro Las Esquinas. Me acompañarán Miguel Ríos, Gavy Sander’s y Agustín Sánchez Vidal y habrá un minifestival de la época con cuatro grupos de los que debajo doy unos breves datos. De Miguel Ríos, que cantará una canción muy propia de estos tiempos, y de Gavy Sander’s, que también hará lo propio, no es menester andarse con biografías y florituras, pero por si algún marciano lee estas líneas y no sabe donde se encuentra, remito a la web de Miguel
y a las dos entradas (1 y 2) de este blog dedicadas a Gavy.

El minifestival, tal y como recoge el cartel de arriba, lo presentará José María Pemán, feraz presentador y locutor de la época, avezado en estas lides como un gran campeón y todavía en una forma física y vocal envidiables.

Estos son los grupos:

SEVEN en AURA 3SEVEN
Grupo formado por músicos jóvenes y veteranos, bajo la dirección de Chema González, componente de los brillantes e inequívocos Ranger’s, y solicitadísimos por toda la región, con su repertorio de clásicos del pop y del rock desde los años 50 a los 80, así como sus tributos a figuras del tipo Sabina, Miguel Ríos, Loquillo, Joe Cocker… etcétera. Una banda competente y muy bien armada que cuenta con el mentado Chema González (guitarra), Juan Carlos Vinués (teclados, voz), José Manuel Pérez Jota’ (batería), Fran Sierra (guitarra, armónica), Guille Pérez (bajo) y Aida Santos y Laury de San Pio (cantantes femeninas). Por curiosidad, visiten su página web, no solo para comprobar la solidez como músicos sino el ajetreo que lleva una banda como esta, que hábilmente ha sabido encontrar un hueco perfecto en el mundo del pop y del rock.

GUAYANES 2016LOS GUAYANES
El conjunto más popular de la Zaragoza de los sesenta y el de mayor longevidad: empezaron en 1961 y todavía continúan en la brecha, ahora -en una de las docenas de mutaciones que han tenido en su larga historia- con un plantel primigenio y clásico, toda vez que han vuelto miembros como el mismo Fernando Brosed, ejemplo de precocidad en las lides rocanroleras (a los nueve años ya cantaba en el grupo). Actualmente, siguiendo de izquierda a derecha su foto, son: Federico Artigas (teclados y voz), Fernando Brosed (cantante), Pepe Brosed (guitarra rítmica y voz), Alfonso Garnica (guitarra solista), Joso Miguel (bajo y voz) y Luis Gracia (batería).

Ibéricos Café DublínLOS IBÉRICOS
Uno de los grupos clásicos y populares de los sesenta zaragozanos. Comenzaron en 1965 y todavía siguen hechos unos chavales, dándole a las guitarras y haciendo versiones de todo tipo, aunque su especialidad fueron The Shadows. Lo forman en la actualidad Jesús Lacoma (guitarra solista), Isidro Pastor (guitarra rítmica), José Luis Catalán (guitarra y teclados), Miguel Ángel Gimeno ‘Michel’ (batería, ¿alguien lo recuerda de Bawlers?), y un clásico de la escena sesentera Miguel Ángel Camarero (voz y teclados). En 2000 grabaron un excelente disco de versiones.

_DSC21949_1-003LOS TWANGS
De ellos ya ha habido abundante información en este blog, por lo que remito a ella (1, 2 y 3). Solo comentar que, por así decir, son nuestros Trashmen locales, unos tipos que, además de humor, derrochan energía y ritmo garajero. Pero además, como son entusiastas de los sesenta, abordan versiones de la época y hasta tienen un EP dedicado a versiones españolas de Bruno Lomas, Los Gatos Negros o Los Mustang. También cuentan con una versión del Dúo Dinámico metida en uno de sus tres LPs. Se sienten deudores de aquella década y, como además, tocan de maravilla, razón demás para señalar que es un honor que estén en esta fiesta.

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Rocky Kan en pleno fragor rocanrolero

Repasemos algunas piezas de Rocky Kan. En su segundo EP, de 1961, incluyó dos canciones de la banda sonora de ‘King Creole’, de Elvis. Exactamente, la citada ‘King Creole’ y ‘Dixieland Rock’, con su acento dixie de clarinete. Reproduzco también la entradilla del libro Zaragoza60’s dedicada al rocker zaragozano. Una epopeya que daría para una peli.

“La prensa local de la época bautizó a Rocky Kan como el ‘primer rockanrollista’ español, una etiqueta que hoy suena rara y extravagante, pero con elementos intrínsecos muy notables en las entrañas para usarla o inventar otra similar en aquellos años. Argumento básico: el rockero zaragozano era una verdadera tromba de ritmo y vértigo en el escenario, un artista que había asimilado a la perfección los postulados estéticos y musicales de Elvis Presley y su traslación italiana, es decir, la de Adriano Celentano: cuando salía a escena, con su chocante vestimenta para la época, se dejaba la piel, cantando, dando gritos de aliento y bailando. Era, sin duda, un ‘rockanrollista’ pleno. Discográficamente no fue el primero. Por unos cuerpos, se le adelantó Chico Valento, que debutó unos meses antes que él, aunque ambos lo hicieron en 1961, lo que significa que los dos fueron los primeros ‘solistas rockeros’ en grabar un disco, no ya en Aragón, sino en todo el país. O sea, auténticos y genuinos pioneros del rock’n’roll en España, aunque en las enciclopedias se les silencie. Rocky saltó de una infancia muy dura a los oropeles del escenario. Le salieron los dientes rockeros en Zaragoza y le crecieron en Barcelona, donde se estableció para iniciar su carrera discográfica y su labor como profesional. Grabó siete EPs y un single y actuó en numerosos pueblos y ciudades. Participó en una película y salió al extranjero. Hubo un momento, allá por los primeros sesenta, en que tuvo todo a su favor para imponer su nombre en el firmamento del pop español, como hicieron otros contemporáneos suyos -Mike Ríos, Micky, Juan Pardo, el Dúo Dinámico…-, a los que conoció muy de cerca e incluso gozó de su amistad, pero le faltó control, o un buen manager, para administrar aquel bocado inicial de fama y suerte para que, al abrir la mano, no se le escapara todo aquello que había logrado tan rápidamente con sus canciones y su porte de ídolo rockero del momento. Su vida fue un zig-zag constante entre el rock’n’roll, los coches, el juego, la cárcel, su familia y el infortunio final de sus días, ingredientes de película clásica americana de cine negro y música, como aquel cine primitivo que él tanto amaba, el de Elvis en ‘King Creole’ y ‘Jailhouse Rock’. Muchos ingredientes vitales y artísticos para derramarlos sobre la gran pantalla y construir hoy una magnética película. Con muchos menos, se han destilado estupendos ‘biopics’ en Hollywood”.

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Hinds, ¿las nuevas reinas del rock español?

Mucha voluntad y actitud, pero frutos todavía muy verdes. Están de ‘guateque’ de tarde dominguera para amiguetes. Y saco la obsoleta palabreja ‘guateque’ porque la sencillez guitarrera y las armonías vocales remiten en cierto modo a los sesenta, aunque el pie lo puedan tener mejor, por buscar un sitio donde meterlas, en el lo-fi y cierto parentesco en ideas y pretensiones a Throwing Muses o The Breeders. Rock alternativo de finales de los 80 y los primeros noventa.

Son Hinds, cuatro chicas del madrileño barrio de Malasaña que están dando el salto no solo a la popularidad en España sino al internacional, hasta el punto que ya han dado más de un concierto en Londres con lleno y críticas positivas. “Poseen un directo libre, salvaje, enérgico, un verdadero show de rock and roll”, se ha escrito en la versión inglesa del Rolling Stone, en tanto que Bobby Gillespie, cantante de Primal Scream, le ha dado al me gusta en Facebook, definiendo al grupo con dos palabras “inocencia y disonancia”.

Más por lo primero, por la inocencia, diría uno que están todavía las cuatro veinteañeras. Si siguen adelante, cosa de la que caben dudas y posiblemente estemos ante el típico fogonazo de moda (hype, le llaman los cursis), es seguro que cuando graben un cuarto o quinto álbum, pongamos por caso, no se parecerán en nada a la simpleza que alimenta su primer disco, publicado hace poco con el título de ‘Leave Me Alone’ y cantado completamente en inglés. Una docena de canciones simpáticas y sencillas, agradables incluso, aunque les falta un hervor todavía, o sea, más cuerpo, más perfil, mejor entonación y guitarreo menos amateur, si bien es cierto que los desafines de guitarras y voces están dejados a propósito por empuje de Paco Loco, que las ha grabado, para darle –les decía él- más espontaneidad y frescura. Psss, mucho que discutir al respecto.

Pero bueno, ya es mucho lo que han logrado. Que en Londres las sigan, que hayan puesto pie también en los USA y Japón, que se van a hinchar de bolos y festivales modernos y que suenen a pop-rock y no a las martingalas tontorronas con que castiga la tropa femenina de divas internacionales o al típico chumba chumba electroverbenero.

Eso sí, aún es pronto para que en la prensa española, dígase El País, se lean titulares como ‘Las nuevas reinas del rock’ o ‘Cuatro madrileñas se comen Londres’. Ejercicio de chauvinismo patriota que está bien para sacar adelante nuevos valores y llamar la atención del respetable, pero que, hoy por hoy, es tremendamente exagerado. A ver lo que depara el futuro.

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Prince también dice adiós

Suma y sigue. Vaya racha. Evocando el título de uno de sus grandes discos, parece el ‘signo de los tiempos’. Prince se ha unido a la ya larga lista de rock-stars que desde enero se han marchado. Una gripe parece que ha sido el desencadenante de su muerte. Muy extraño. La heroína no faltó en su dieta en tiempos pasados.

Hay que señalar que el llamado ‘genio de Minneapolis’, aunque se enfaden sus acérrimos, había muerto artísticamente hace ya muchos años. Básicamente desde que a principios de los 90 le dio aquel siroco del cambio de nombres y empezó a perder razones y papeles. Lo digo con pesar. No fue santo de mi devoción absoluta, quiero decir que no fue ese artista por el que corrí a las tiendas de discos o saqué el kilométrico para acudir a sus conciertos: sus grititos, su voz estrechita, feucha por momentos, su pose escénica, el sincopado de sus ritmos, la succión descarada del funk, el blues, el pop, el jazz, la psicodelia, el hinduismo o el R&B, pese a tamizarlo a través de la electrónica y el hip hop, argentando ese espíritu innovador e icónico con el que levantó su prestigio, y no digamos su personalidad estridente, artificiosamente feminizada y megalómana, rayando en el talibanismo, dicen, amén de su imagen petarda, de nuevo bufón moderno, no me provocaban excesivas palpitaciones.

Menos aún, desde que en los noventa tiró por la borda su fama y sobre todo su trabajo previo a través de unos álbumes –por lo general- mediocres y su consabida excentricidad. La malversación de caudales más insólita e incomprensible del rock. En 2014 publicó dos discos de una tacada: ‘PlectrumElectrum’ y ‘Art Official Age’. Fui incapaz de escucharlos enteros un par de veces por más que lo intenté. Deserté de ni tan siquiera exponerlos en la página de discos del Heraldo. Me superaban. El último, ‘HITnRUN’, ya ni lo he intentado.

Y es que el Prince que me hizo algo de pupa, y con el que imagino que todos aquellos fans más severos se rindieron a él, fue el de los 80, el de discos como ‘1999’, ‘Purple Rain’, ‘Around The World In A Day’, ‘Parade’, ‘Lovesexy’, ‘Graffiti Bridge’ y especialmente ‘Sign ‘O’ The Times’, que no tengo el menor inconveniente en reconocer, y así lo he dejado escrito en alguna ocasión en el periódico, es uno de los discos clave que sostienen el gran arco del rock de todos los tiempos. ¿A la altura de un ‘Blonde On Blonde’ o un ‘Sgt. Pepper’? Hay opiniones afirmativas. A ello hay que unirle el colorido y el estilo naif de las preciosas carpetas, que salvo  ‘Parade’, revientan el iris de los ojos. Y si encima todo ello viene envasado en el formato vinilo, como primigeniamente se editaron estos discos y como ahora los remuevo y los saco al giradiscos, es indudable que ayer se apagó una fuente de placer musical inolvidable. Personalmente bebo esta noche, mientras escribo, con sumo gusto de esa fuente. Pero no sé cuando volveré a hacerlo. Ya digo, Prince no está en mi altar.

Recurro a la ‘hemeROCKteca’ para desempolvar la página que hice en torno a su figura con motivo de su primera visita a España en 1990.

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Sobre la ‘edad de oro del pop español’

No por petulancia, sino porque me parece oportuno compartir con los lectores del blog opiniones sobre la música de los sesenta y centrar el término ‘edad de oro’ aplicado al pop español, a través de la entrevista que mi buen colega Pablo Ferrer me hizo el domingo pasado en el Heraldo, cuelgo estas dos páginas. Da para la reflexión, creo.

Entrevista Libro 60s 1Entrevista Libro 60s 2

Por si acaso, no se lee bien, pincha en este enlace:
http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/04/16/matias-uribe-zaragoza-formo-parte-notable-primera-edad-oro-del-pop-espanol-843176-1361024.html

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El libro Zaragoza60’s ya en los quioscos…

media libro zaragoza 60Tras varios días inactivo por el trote que llevo, me gustaría comunicar que, por fin, el libro Zaragoza60’s, mañana  sábado 16 de abril, estará en los quioscos de Zaragoza. Lo edita Heraldo de Aragón y tendrá 384 páginas de tamaño folio en papel cuché con doble solapa en brillo, o sea, un buen tocho que, aunque no sea asequible para llevárselo a la cama para leerlo cómodamente como una novela, confío en que sea útil para desentarrar de una vez toda la rica historia musical de los años sesenta en Zaragoza.
Lo presentaré oficialmente el día 9 de mayo en la Rotonda del Centro Cívico Delicias, acompañándome Agustín Sánchez Vidal, Gavy Sander’s y el mismo Miguel Ríos, quien no solo hablará del libro, como prologuista que ha sido y sobre todo como testigo y protagonista de la época, sino que también cantará algún éxito de aquellos años. Un verdadero honor. Tras la presentación habrá un minifestival en el que tocarán varios conjuntos, aún sin determinar.
Para más detalles, https://www.facebook.com/Zaragozasesentas

y https://www.facebook.com/matias.uribecobo?sk=wall

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Amaral cae ante Copiloto

Una edición la de ayer de los Premios de la Música quizá con pocas sorpresas. Los amaralistas se preguntarán cómo un álbum como ‘Nocturnal’ ha caído derrotado por Copiloto…, cuestión de gustos y filias, pero cierto es que en ambos reina el buen sentido y la sensibilidad, así que mejor disfrutar uno y otro. Solista, Bunbury. ¿Quién le va a negar honores a estas alturas al aragonés errante? Y mejor grupo, Calavera… A ver lo que da de sí. Muestras también de sensibilidad y buen gusto tiene, aunque negarle la gloria a Tachenko, con su ‘gran altura’ melódica… Esto es lo que hubo ayer en lo que concierne a los ‘premios gordos’, sin desmerecer el resto de categorías. En cualquier caso, lo dicho: pocas sorpresas. Ahora que cada cual opine, asienta o discrepe.

Personalmente, un año más sigo solicitando la certificación notarial, pero ya sé que los presupuestos de los voluntariosos Sergio Falces y David Chapín no son muy boyantes, y eso que la DGA ha vuelto al patrocinio o apoyo. Enhorabuena a todos los premiados.

Nominados y premiados en los XVII Premios de la Música Aragonesa
Premio Global de la Música Aragonesa
-Julio de la Rosa-

Premio Especial a la agitación cultural
-Avv Arrebato-

Premio Especial a la Trayectoria
-BVocal-

Mejor Vídeo
“De colores” de Mariano Casanova por Enrique Mavilla
“Malcolm (en la parte de atrás)” de Cuti por Javier Macipe Costa
“Repartiendo arte” de Kase.O por Berberecho Productions
-“Ritmo veraniego” de Dadá por Producciones Siderales-

Mejor Programación Musical
El Veintiuno
La Lata de Bombillas
La Ley Seca
–Las Armas-

Mejor Disc Jockey
–Carlos Hollers–
Chelis
Mr. Pendejo
Sweet Drinkz

Mejor Directo
Calavera
My Expansive Awareness
–The Bronson–
The Fire Tornados

Mejor Canción
“Llévame muy lejos” de Amaral
“Los puentes hundidos” de Copiloto
“No hay amor sin dolor” de Los Bengala
-“Wake me up” de My Expansive Awareness-

Mejor Canción en Lengua Autóctona de Aragón
“Borzarins” de Gaire
“Güella negra / Huella negra” de Camille
-“A Muga” de Bosnerau-
“O Fanatico Hombre Bala” de Camille

Otras Músicas
–Alejandro Monserrat–
Festival Jazz Zaragoza
Pirineos Sur
Rosarito

Mejor Epé
“Bicho rosa” de La Nube
“Cazador” de El Verbo Odiado
-“Previo” de Kase.O-
“El monte del perdón” de Calavera

Mejor Álbum Autoeditado
“El circo robado” de Fominder
-“Incluso festivos” de Los Bengala-
“My Expansive Awareness” de My Expansive Awareness
“Villa Modesta” de The Kleejoss Band

Mejor Álbum
“Arriba de bien” de Will Spector y Los Fatus
-“Los puentes hundidos” de Copiloto-
“Al final de la ciudad dormida” de Mariano Casanova
“Nocturnal” de Amaral

Mejor Portada
“Bicho rosa” de La Nube por Nines Cárceles
-“El libro de las mutaciones” de Bunbury por Álvaro P-ff y Jose Girl-
“Fábula de la rata y el rinoceronte” de Dadá por Estudio Anamaketa, J.J. Sánchez y Jimena Ocón
“6Noches” de Sadai por Eduardo Fernández Pastor

Mejor Producción
“El libro de las mutaciones” de Bunbury por Bunbury
“El monte del perdón” de Calavera por Javi Vicente ‘Carasueño’
“Los puentes hundidos” de Copiloto por Javier Almazán, Pablo Malatesta, Paco Loco y Rafa Domínguez
-“Nocturnal” de Amaral por Eva Amaral, Juan Aguirre y Chris Taylor-

Mejor Solista
–Bunbury–
Cuti
Kase.O
Pecker

Mejor Grupo
–Calavera–
Los Bengala
My Expansive Awareness
Tachenko

Mayor Proyección
La Ringlera
Levy Pants
Perdiendo los papeles
–White Coven–

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Bad Company, el dinosaurio agita la cola

Desde 2009 en que Bad Company repescó por segunda vez a Paul Rodgers, considerado por diversas publicaciones y no pocos fans como el cantante de rock-blues mejor y más potente del universo, el grupo británico sigue en la brecha, tapado por el silencio de la modernez indie y de estos tiempos que sumergen el pasado con iniquidad, pero agitando la cola de viejo dinosaurio con toda solvencia y decoro. Lamentablemente sin ofrecer nuevas grabaciones de estudio pero pateándose los escenarios con continuadas giras. Ahora acaba de anunciar una larga turné americana, desde mayo a septiembre, compartida con Joe Walsh.

Estamos ya tan acostumbrados al retorno de los dinosaurios y a su pervivencia –pese a quien le pese- que esta gira no solo debe tomarse con normalidad sino hasta con cierto gozo. No en vano el grupo británico contribuyó en los setenta a asentar las bases del hard-rock melódico, disfrutando a la vez de gran éxito mundial. Singles como «Can’t Get Enough», «Rock Steady», «Movin’ On», «Good Lovin’ Gone Bad» o «Feel Like Makin’ Love» alcanzaron puestos relevantes y su primer álbum fue número 1 al mismo tiempo en Inglaterra y Estados Unidos, donde el grupo llenó estadios enteros. Hasta la hermética España del tardofranquismo se hizo eco de su rock poderoso a través de las consabidas revistas del ramo (el viejo Disco Express, sobre todo).

No era para menos. En la época, Bad Company fue considerado como lo que por entonces se conocía como un «supergrupo», es decir, una escuadra armada a base de nombres procedentes de ilustres combos de rock: Paul Rodgers (voz) y Simon Kirke (batería), ambos de Free; Mick Ralphs (guitarrista), de Mott The Hoople, y Boz Burrell (bajo), de King Crimson. Cuatro figuras ya curtidas en los escenarios que se unieron bajo la advocación de Rodgers con un objetivo especial, aparte de hacer buena música, «formar piña», sentirse parte de un proyecto común en el que todos tuvieran voz y voto. Las malas experiencias anteriores con sus ex grupos así se lo pedían. Querían también un grupo compactado en torno a un buen mánager y consiguieron ni más ni menos que a Peter Grant, el mismo de Led Zeppelin, con el que consiguieron llegar a los circuitos más importantes del rock mundial y grabar con el sello propio de los Zeppelin, Swan Song, lo que les allanó el camino.

Los seis discos que el cuarteto editó sucesivamente desde el 74 al 82 fueron discos notables, especialmente los dos primeros. El primero, negro por completo en la portada y con solo el nombre del grupo en grande y en blanco, enlataba una poderosa colección de canciones macizas, con contundentes riffs guitarreros y con la voz soul -la mejor voz del rock inglés, dijeron los periódicos británicos- de Paul Rodgers al frente. En el segundo, «Straight Shooter», el de los dados, se estimuló más la parte melódica, lo que no fue óbice para encumbrar todavía más al cuarteto. El tercero y el cuarto, «Run With The Pack» y «Burnin´ Sky», estuvieron a la altura de los dos primeros pero sin llegar al «feeling» de estos, y con el quinto y el sexto llegó el declive, lo que unido al cansancio de las giras obligó al cuarteto a disolverse, o por mejor decir, a emprender nuevo camino sin Paul Rodgers, camino totalmente olvidable que al mismo Rodgers le irrita.”Hundieron la reputación de Bad Company”, llegó a decir, aunque entendía que de algún modo tenían que sobrevivir y financiar vicios caros.

En 1999, los cuatro miembros originales volvieron a unirse para apoyar un álbum doble antológico en el que se recogían sus mejores canciones así como algún número inédito, caras B y cuatro temas totalmente nuevos grabados para la ocasión y muy potables. Una panorámica que pese a lo que había llovido seguía sonando fresca y poderosa y que rastreaba con excelente tino y presentación lujosa la historia de un grupo notable de los setenta.

Aun sesentones y desconocidos por la modernidad, siguen siendo todavía una «excelente compañía». El viejo dinosaurio agita la cola. Helo aquí en 2011, en Wembley.
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Lo que mola ahora en Inglaterra: The 1975

Sobre las listas de éxito y ventas, la menor credibilidad y relevancia. ¿Quién, cómo se elaboran? Y aun en caso de ser fiables, ¿qué importancia tiene que un disco esté en el puesto 1 o en el 23 o ni tan siquiera aparezca? La música no es una competición deportiva o de cajas registradoras. Me repatean las crónicas musicales e incluso las opiniones cuyo argumento principal es si tal disco vendió tantos o cuantos ejemplares o fue número 1 en tantas o cuantas fechas, por no recordar a aquel famoso locutor radiofónico que medía todo con el famoso “3, 2, 1, ya te lo dijimos” (¿se me entiende?).

Lo que no quita para que alguna que otra vez les eche un vistazo a ver qué se cuece en ese púlpito de la fama y la trivialidad, y al tiempo comprobar el nivel de idiocia musical de este o aquel país, que por lo general, y no digamos en España, los primeros puestos son la mayoría de las veces de taparse la nariz…, dígase, los oídos.

Días atrás comprobaba que un grupo, absolutamente desconocido para mí, era número 1 en el Reino Unido y todavía sigue entre los diez primeros. The 1975 es su nombre. Y el título, de esos que se retienen fácilmente: ‘I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware Of It’. Agota leerlo, pero pica la curiosidad. Primero por ver qué hace y segundo, con ese nombre, igual reverdece laureles de los setenta, saca a colación a Pink Floyd, Bowie o King Crimson, por poner.

Spotify al canto, y hete aquí que me encuentro con un mix de sonidos y canciones en las que lo mismo brota un río de sintetizadores, coros femeninos, piezas instrumentales, una ráfaga de fliscorno, Prince, ecos del tecno de OMD o los primeros Depeche Mode, el Bowie funky-soul del segundo tramo de los setenta, retazos chill out y de electrónica inteligente en la larga pieza que en consonancia le da título al disco… y hasta remedos melódicos a lo Police (¿no es ‘Paris’ una versión encubierta de ‘Every Breathe You Take’?).

Un segundo álbum (antes fue el debut en 2013) absolutamente heterogéneo en lo melódico y con un denominador común: los teclados y las programaciones, amén de no mucha presencia de guitarras eléctricas. Y no, no remite a King Crimson, Jethro Tull, Yes o cualquier estrella del año 1975 sino más bien al pop ochentero. No está mal, no inventa la pólvora.

Acudí receloso y salgo, al menos con el gesto sin descomponer, de cada escucha que he hecho hasta ahora. Y eso que es largo también de narices: 17 canciones. Esto es, junto a la indesbancable Adele, lo que mola ahora en Inglaterra e incluso en los USA donde también ha sido número 1 en álbumes. Gran éxito en las listas, aunque me temo que The 1975 no avanzará mucho en el calendario, no cumplirá muchos años. A fin de cuentas, se agarra a algo ya visto y requeteoído. Veremos.

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Cuando los teclados anegaron el rock: Keith Emerson

A raíz de la muerte de David Bowie, comenté que el rock entraba, o ya estaba, en zona caliente de peligro, en posición cercana a la desaparición progresiva de sus estrellas. Lamentablemente los hechos van refrendando aquel comentario, y no quisiera ser malage ni aguafiestas, mais c’est la vie, que cantaba Greg Lake con Carl Palmer y Keith Emerson, o sea, EL&P, en ‘Works’ (1977). Lamentablemente, con 71 años, ha dicho adiós el último citado, Keith Emerson, al parecer de un disparo en la cabeza. Suicidio, según las informaciones, debido a diversas enfermedades, una de ellas en la mano, lo que le impedía tocar con regularidad. Una lástima.

Sí, él junto a los mentados Lake y Palmer, uno de aquellos celebrados supergrupos de los 70, estaba en mi devocionario de ilustres. Eran el blanco más directo de aquella guerra estúpida que se entabló entre rockeros y sinfónicos en el mismo cogollo de los 70, cuando por un lado andaban Genesis, Yes, Pink Floyd y los mismos EL&P y por otro los Zeppelin, Black Sabbath, Uriah Heep y demás caterva. Las cartas al viejo Disco Express eran el ring más encendido para la pelea.

Pugnas que personalmente me resbalaban porque nunca me gustaron las guerras de opuestos, Beatles contra Rolling, mods contra rockers, rockeros contra sinfónicos… En ambas orillas he pescado siempre cosas muy provechosas. En la del sinfónico, y en concreto en la de Emerson, Lake & Palmer, un disco como el primero suyo en el que lo mismo se escuchaban turbulentas improvisaciones de piano cuasi jazzísticas que un moog hacía el papel de una guitarra eléctrica, asomaba el obligado solo de batería o afloraban deliciosas piezas vocales, desde los doce minutos del insólito carrusel sonoro de ‘Take A Pebble’ a la celestial ‘Lucky Man’, la melodía pop más ingeniosa y popular del trío.

En los 70 EL&P fueron grandes superestrellas. Llenaban amplios recintos, vendían discos a porrillo y las actuaciones eran absolutamente espectaculares, con aquel Emerson desbocado ante el fortín de teclados que sacaba a escena y los números circenses que se montaba, echándose el teclado encima y hasta colgándose en un piano que le subía al aire. Todo un exceso que ponía los pelos de punta a los enemigos del teatro rocanrolero.

‘Tarkus’ (1971), ‘Trilogy’ (1972), ‘Brian Salad Surgery’ (1973) y ‘Pictures At An Exhibition’ (1972) en el que Emerson quiso reivindicar su formación clásica recreando para ello en directo la obra de Músorgsky, fueron los álbumes que mantuvieron en la cima al trío, aquellos discos que, vestidos con llamativas portadas dobles del dibujante William Neal o de la factoría Hipgnosis, ¡qué gusto da todavía abrirlas y manosearlas!, copaban las revistas musicales, especialmente el viejo Disco Express.

Discos también que incitaban obligadamente a ocuparse de la labor de Emerson como promotor de nuevos grupos afines a través de su sello Manticore (la Premiata Forneria Marconi, Banco) o a bucear en su prehistoria y a hacerse con discos que en su momento no se editaron en España, exactamente los del grupo The Nice y aquella ‘Sinfonía de los cinco puentes’ (‘Five Bridges’) del 69, donde Emerson ya peleaba como pionero por acercar la música clásica al rock, aunque la cosa resultase, como en realidad resultó con EL&P de un barroquismo descabellado. Tildado aquel sonido, por cierto, en la época como ‘rock sinfónico’ y no como ‘rock progresivo’, que esta fue etiqueta en la que, cual cajón de sastre, se le metió años después. Aclaremos.

Luego, llegado el tiempo del punk, e incluso antes, el trío, cavó su propia fosa en 1977 con dos volúmenes titulados ‘Works’. Las disensiones musicales les llevaron a ocupar cada uno una cara con sus músicas: Emerson haciendo de Bach rockero, Lake luciendo su dulce voz pop y Palmer dándole a los parches como si anduviera aún en Atomic Rooster. Y la Filarmónica de Londres detrás. Fueron menos aberrantes de lo que cruelmente se escribió entonces, pero cierto, completamente anacrónicos en tiempos punkarras y nuevaoleros.

Tras grabar en 1978, ‘Love Beach’, con la portada más macho-men, hortera e insólita en ellos, el trío se perdió en la noche de los tiempos, desapareció de la primera plana que había ocupado en los primeros setenta. Cada cual encauzó su vida en solitario aunque en 1994 volvieron a grabar y en alguna ocasión se reunieron para tocar ante los viejos fans. En 2003 el productor Mike Bennet tuvo la infeliz idea de remezclar y manipular viejos temas del trío pespunteándolos con house, jungle, techno o ambient, un sacrilegio al que no solo le dio el visto bueno Emerson sino que participó en él. Luego, de sus reuniones en directo, salieron varios discos. Un rescoldo puro y duro para fans y muy lejano de los focos. Pero allí estaban los viejos dinosaurios recordando que en materia teclística y electrónica habían sido reyes y pioneros.

Escucho ahora ‘Lucky Man’ o los zarpazos de órgano eclesial de Emerson en ‘Tarkus’ y hasta la broma rocanrolera de ‘Are You Ready Eddie’ en el mismo disco, y, aparte de seguir disfrutando, se me remueven muchos recuerdos juveniles, lo bien que lo pasaba con estos discos, el atractivo de las portadas, el ansia por descubrir nuevas músicas fuera de los consabidos Beatles, los viajes a Andorra en busca de material, y, sí, la pasta que costaba conseguir aquellos discos, que eran caros de narices. Tiempos de los que el rubio Emerson fue su agitador más directo.

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A propósito de George Martin

El miércoles pasado, mientras escribía la página que Heraldo publicó al día siguiente sobre la muerte de George Martin, no cesaba de rebotarme en el cerebro una pregunta que desde hace mucho tiempo vengo haciéndome: ¿serían los grupos pop de este milenio lo mismo si hubieran contado con un personaje monumental como el productor musical de Los Beatles?

El derrumbe de la gran industria discográfica y la emergencia de las independientes, no digamos el desbordamiento musical en Internet, ha tenido sus ventajas: bajó el precio de los discos, el ordenador se convirtió en contenedor sonoro de primer orden, se ha ahorrado espacio físico en las estanterías, las canciones pueden consumirse a la carta con gran inmediatez, con poco dinero cualquier artista puede tener su obra al alcance del mundo…, la música, en definitiva, se ha convertido en ‘manjar’ accesible para todos y no solo para un grupo reducido de bolsillos privilegiados.

Todo muy bien. Es otro tiempo tecnológico en el abastecimiento y consumo musical. Pero, ¿a cambio de qué? Básicamente la desaparición de las grandes compañías ¿Y eso qué comporta? ¿Es malo? Sí y no. Se acabó la francachela de los altos ejecutivos y sus sueldazos. Adiós a los intermediarios, desde discográfica a vendedor, que hacían que un disco saliese por un pico (¿nos acordamos cuando los elepés de plástico, que ya eran caros de por sí, valían 1.500 pesetas y de repente, con el paso al CD, duplicaron su precio?). Y tantas cosas más.

Pero con el derrumbe también desapareció una figura, quizá no ejemplar, y hasta detestable, pero necesaria en una discográfica: el A&R, que dirán los sajones, es decir, la persona que seleccionaba los artistas, que decidía qué se publicaba y qué no. El filtro que hacía que, a priori, al mercado no llegaran tantas castañas discográficas como hoy pululan por el universo musical y sobre todo que no saliera a la luz el arsenal que tenía guardado en su cajón. Aunque sea una coz, y al margen, qué alegría para críticos perezosos, incluido un servidor, antes de que se me dispare: les ahorraban el martirio de la escucha de músicas prescindibles. Sí, ya sé, una bofetada si se mira oblicuamente: ¿cuántas maravillas no se quedaron en la nevera y cuanta basura, sin embargo, salió a la calle por culpa de estos A&R? Calidad e intereses comerciales no iban de la mano.

Pero sobre todo desaparecieron los músicos de estudio que disponían las compañías para apoyo y grabación de los artistas y desapareció el arreglista y orquestador, el tipo a lo George Martin que era capaz de vestir las canciones de manera exquisita, como hizo con Los Beatles, merced a su formación clásica, su visión más allá de los tres acordes del pop y su latente buen gusto.

John Lennon, con el que se las tenía tiesas, llegó a menospreciarle cuando, a la hora de pedirle ideas para ‘I Am The Walrus’, le dijo despectivamente que le pusiera “la basura suya de cuerdas y metales”. Ya, pero qué canción salió con lo que Martin ingenió. Y no digamos ‘Across The Universe’, ‘The Fool On The Hill’, ‘Hey Jude’, ‘Don’t Let Me Down’, ‘Here Comes The Sun’, ‘Let It Be’, ‘The Long And Winding Road’… y, por supuesto, ‘A Day In The Life’ y todo el ‘Pepper’. ¿Hubiera sido posible un repertorio beatleniano tan rico sin Martin?

¿Qué sería de grupos o solistas de hoy como The National, War On Drugs, Foxygen, She & Him, Iron & Wine, Belle & Sebastian, Midlake, Arcade Fire, Lana Del Rey… y toda esa gente en general, incluidos Coldplay o Amaral y hasta Bunbury, que cuidan la melodía, con un George Martin al lado? Esa es mi pregunta. Yo creo que hubieran crecido (crecerían) de manera exponencialmente considerable, serían incluso otros (mejores). Pero la pena es que ya no quedan figuras así en las discográficas ‘comme il faut’, porque ya no hay. Se han hundido o han quedado para alimentar nuevas mediocridades. Adiós, Martin. Se le echará de menos.

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Los blues cósmicos de Janis Joplin

Dos películas a la vista sobre Janis Joplin. Una es un documental estrenado el pasado día 4 (en Zaragoza, todavía no) que, contado por la gran Chan Marshal, o sea Cat Power, recrea la biografía de la cantante a través de las numerosas cartas que esta envió a diversos amigos y familiares. La otra, ‘Get It While You Can’, protagonizada por Amy Adams, es un nuevo ‘biopic’ en el ruedo de las necrológicas rockeras, anunciada para este año, que me temo tendrá base en la explotación dramática del personaje, sus aventuras permanentes con la hipodérmica y el alcohol, no digamos con el sexo indiscriminado, a mayor gloria comercial de la gran pantalla y de los tiburones de las finanzas.

En el documental, al menos, contra lo que ocurrió con ‘La rosa’, remedo biográfico interpretado por Bette Midler, hay música original de la desgarrada dama del blues. El disco de la banda sonora que se ha editado coincidiendo con su estreno, incluye 17 canciones originales extraídas de los dos álbumes en solitario y de los dos con Big Brother & The Holding Company así como de diversas actuaciones, entre ellas la mítica del festival de Monterey de 1967 o una versión inédita de ‘Piece Of My Heart’.

Música de muchos quilates que lamentablemente no pudo estirarse hasta cubrir unos cuantos discos más. Una dosis sobrepasada de heroína se llevó a Janis a los 27 años (sí, el dichoso club de los 27) y dejó al blues-rock huérfano, escaso de material sonoro de calidad, porque en realidad, solo fueron dos discos a nombre propio. Antes, otros dos con The Holding Company; y después, numerosas reediciones y apaños de todo tipo que llegaron a caer hasta en infames adaptaciones electrónicas como la de su histriónico ‘Merceds Benz’ realizada por el colectivo Medicine Head.

Aunque sea una aseveración un poco bronca y tajante: para entrar en el mundo verdadero de Janis Joplin hay que centrarse en los dos discos de estudio que grabó a su nombre y luego en algún directo póstumo que la industria rescató para hinchar las arcas y conformara a fans. Primera estación: ‘I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama’, el disco que grabó en 1969 para Columbia, como el anterior con The Holding Company, dice la leyenda que después de que ella misma –desinhibida y promiscua hasta lo indecible- propusiera al director de la compañía, Clive Davis, compartir cama.

Pese al ambiente malsano de broncas y mal rollo entre músicos y cantante con que se grabó, y sin la aguja de por medio, una sugestiva explosión de soul-blues-funk-rock con un grupo de vientos al modo más puro del soul. Poco más de media hora (37 minutos) de verdad musical, sin trampa ni cartón, con la voz desgarrada y muy bien ajustada -sin excesos pese a lo fácil que era despeñarse con su registro y su pena- a los cánones del género negro. ‘Try’, abriendo, es puro y pujante soul de metales, ‘Maybe’ continúa la estela pero recurriendo al dolido sentimiento de la balada y ‘One Good Man’ no solo ensalza su voz sino que muestra sus dotes compositivas para el blues. Ya es más que suficiente para elevar el disco a las alturas pero aún hay más para seguir degustando en este álbum clásico y magistral -poco reconocido, sin embargo, e incluso menospreciado por insignes críticos españoles-, es decir, cinco piezas más entre las que descuella el sutil ‘blues cósmico´ (‘Kozmic Blues’) al que hace referencia el título del álbum, el penetrante y emotivo baladismo soul con orquesta de ‘Little Girl Blue’ (preciosa canción que subtitula el documental) o la llamarada funky que sale de ‘As Good As You’ve Been To This World’.

Segunda estación: ‘Pearl’, álbum póstumo, editado en 1971, apenas tres meses después de su muerte, acaecida el 4 de octubre del 70. Precisamente murió mientras lo grababa en Los Ángeles junto a un nuevo grupo con el que se encontraba muy satisfecha. “Si alguien me deja, lo mato”, amenazó en una ocasión a sus cinco componentes, Full Tilt Boogie. Cambió el sonido por completo. Se esfumó el soul y se rebajaron los grados del blues para adquirir una tintura más pop y más al gusto de las listas. Y, pese a ello y pese a que la aguja había vuelto de nuevo a su vida, brotaron ‘perlas’ –no, no, el título no era una pretenciosa alusión, era el nuevo alias que la distópica Janis había adoptado entre sus más cercanos- como ‘Move Over’, ‘Cry Baby’, ‘My Baby’, ‘Trust Me’…o la más popular, ‘Me And Bobby McGee’, número uno en las listas de singles americanas, como lo fue igualmente el álbum, el más maduro y elaborado de su corta carrera.

Si ninguno de estos dos viajes al centro de la discografía de la atormentada artista remueve las entrañas, mejor olvidarse de Janis Joplin y menos ver su documental o su biografía cinematográfica, salvo que sea muy potente el cebo comercial del exhibicionismo y la sensiblería folletinesca típica –más ante su ajetreada y trágica vida- con que Hollywood suele cargar los biopics o la misma biografía que en 1973 escribió su amiga Myra Friedman, interesante pero muy poco musical, con página tras página apestando a droga y alcohol. Pero esto es morbo, no música.

Cosa que, ya digo, me temo que abundará en ‘Get It While You Can’, en el morbo, en las andanzas sin fin de aquella jovencita feucha, sometida a acoso escolar (‘bullying’) y aspirante a maestra de escuela que se perdió entre las drogas, el sexo a porfía y el rock, y deje bien al descubierto la sonoridad de sus maravillosos ‘blues cósmicos’. En unos meses se verá, según se anunció el año pasado. Por lo pronto, el documental contado por Cat Power parece bien alejado de la mugre.

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Amaral y Alejandro Sanz, en la civilización del descerebramiento

En cuestión de pocos días se han producido dos hechos musicales no iguales pero quizá con un fondo de similitud muy cercano y con materia para el análisis. En el teatro Barceló de Madrid Amaral actuaba dentro de la fiesta aniversario de Radio 3 Extra cuando en el silencio entre una canción y otra se oyó a un mastuerzo gritarle ¡zorra!, al parecer por la minifalda y el generoso escote que lucía Eva.

Pocos días más tarde, en un concierto de Alejandro Sanz en México, un hombre acosaba a una mujer, sobándola contra su voluntad e incluso pegándole. El cantante se percató desde el escenario del incidente y ni corto ni perezoso se desentendió de la actuación, bajó del escenario, se encaró con el individuo e hizo que lo expulsaran de la sala. Luego, después de confesar en el escenario que no aguantaba que se maltrate a alguien y menos a una mujer, siguió actuando ante los aplausos del público.

Dos actuaciones, la del mastuerzo y la del maltratador, absolutamente repugnantes que, sin embargo, tuvieron desenlaces diferentes, cuando quizá debieron haber acabado de la misma manera, e incluso penalizadas. Eva no tuvo, o no quiso tener, en el instante mismo del insulto, recursos para encararse con el mastuerzo y prosiguió el recital, si bien a los dos días, más en frío, se calentó y en Instagram puso a caldo al insultador, llamándole cobarde, machista y sabandija. ¡Qué menos! Alejandro Sanz tiró por el camino más directo, desalojando a un tipo execrable que no tiene cabida en una sociedad civilizada.

Ya digo, actos repugnantes ambos, que en el caso de Amaral quizá debería haberse aventado de forma más contundente, parando el concierto y dejando en evidencia al energúmeno. Hey, tú, ¿qué dices? Sube aquí y dime a la cara lo que acabas de gritarme, dame argumentos… ¿No? Seguridad, este tío a la calle… Tendría que haber sido la resolución drástica. Como hizo Sanz. En caliente, exponer ante el público al patán de turno, afearle su conducta y, subiendo algunos peldaños más de reprobación, darle a probar su misma medicina antes de largarlo de la sala. Después, subiendo aún más la escala de mala leche ante insulto tan procaz y vejatorio en un acto público, irse al juzgado (Código penal, artículos 208 y 209).

No es la primera vez que se ha parado un concierto. Morrissey es maestro en el desalojo de mastuerzos que incomodan en sus recitales, incluso les suelta patadas. Los Rolling Stones fueron protagonistas del acto más salvaje y delictivo ocurrido en una actuación. Ya se sabe, en Altamont, en 1969, los Ángeles del Infierno asesinaron a un joven negro de 18 años que se encontraba en las primeras filas del concierto. Los Stones pararon el recital aunque luego prosiguió no sin nerviosismo, escenas que recogió la película ‘Gimme Shelter’. No es lo habitual, ni se ha producido con demasía (afortunadamente) este tipo de incidentes, pero hay que encararlos con valentía y medidas drásticas.

Se trate de un concierto de rock o de un partido de pádel, debe acabarse con este tipo de energúmenos. Si hay que parar una actuación en seco, se para. Y se toman medidas. Aun a riesgo de que el altercado sea mayor, que no debiera, pues resulta difícil imaginar al resto del público poniéndose de parte del mastuerzo de Madrid o del agresor machista de México.

Vivimos unos tiempos de excitación altamente preocupantes. Por la sociedad misma, por las vicisitudes que acontecen en cada época y por una educación que se está yendo por los sumideros de la basura. Para colmo, a estos tiempos agitados se ha venido a unir ese ágora pública de Internet, maravilloso invento para mil cosas, pero también peligrosa herramienta que mal usada lleva a la jungla del disparate, la vulgaridad, el insulto, la coacción y hasta la agresión. Un montón de mastuerzos que asoman la jeta de forma anónima por las redes sociales, foros, blogs, periódicos digitales… han llegado a confundir el ordenador o el móvil con la realidad pura y creen que las mismas mamarrachadas, cuando no exabruptos o insultos, que se pueden escribir con un teclado se pueden espetar en la calle o en un concierto como el de Amaral o no hace mucho en los aledaños del campo de fútbol del Valencia, con medio centenar de hooligans llamando de todo a los futbolistas de su ‘amado’ equipo por haber perdido 7-0 ante el Barcelona.

No es la civilización del espectáculo, que diría Vargas Llosa, en la que vivimos, es la del descerebramiento. Gentuza que pulula por calles, barrios, canchas deportivas, actos políticos, salas musicales, radios, televisiones… y no digamos Internet, soltando bilis y veneno. De una forma u otra deben tener su merecido, multa o cárcel incluida si así lo dicta la justicia. Bravo por Alejandro Sanz y que tome nota Amaral, por si acaso vuelve a ocurrir lo de Madrid. El artista, podrá no gustar, pero merece los máximos respetos personales cuando sale a un escenario.

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Suede, envejeciendo con gallardía

Cuarenta y ocho años, y qué recital de facultades vocales las de Brett Anderson. No diría que jamás ha cantado tan limpio, tan potente y con tanta variedad de registro como canta en su nuevo disco, ‘Night Thoughts’, el séptimo álbum de Suede -segundo tras el retorno en 2013, luego de una década de separación-, porque a ver cómo se mide eso, pero es inapelable que canta de maravilla. Aquí está una de las claves de la grandeza pop de este nuevo disco, que sucede y supera al ya de por sí excelente ‘Bloodsports’, el álbum de retorno en 2013.

Clave que sería menor si al lado Anderson no contara con dos verdaderos fieras: uno, el guitarrista y compositor Richard Oakes, capaz de meterse en los más intrincados terrenos y, como Will Sergeant en Echo & The Bunnymen, llenando espacios de manera primorosa, pintando el disco de arriba abajo con una cantidad de recursos sonoros exuberantes; y el otro, el teclista, Neil Codling, increíble, cubriendo el disco como un hermoso tapiz cubre una pared.

En cierto modo, aquí están los Suede de ‘Dog Man Star’, pero salvo la intro en el tema inicial, ‘When You Are Young’, o su insólita coda añadida en el corte 11 (‘When You Were Young’) como envés de la obsesión de Anderson por la juventud, sin la Sinfonia London Orchestra, con Codling haciendo él mismo de hombre orquesta con sus sintetizadores y sus extensivos teclados, a veces, espaciales (‘Pale Snow’).

Es la diferencia de cómo concebir, ejecutar y producir un disco con exuberancia y expansividad, ocupando frecuencias con innumerables planos de sonido siendo solo cinco músicos en contra de no pocos grupos indies actuales que, aunque toquen siete o doce, suenan pobres y desangelados. Es la fuerza de una voz impresionante y de un grupo de músicos excepcionales, no orillados en la cuneta por la edad, sin argumentos, sino curtidos y en pista por la experiencia.

Bowie tuvo buen ojo cuando señaló a Suede como lo mejor que había surgido en el pop británico de los 90 antes de que Pulp, Oasis, Blur y compañía dieran el gran zarpazo del fructífero britpop. Este nuevo disco, con cierto espíritu épico y conceptual –todas las canciones van ligadas y el tema de la quema de los años jóvenes en alguien que fue icono juvenil por un tiempo gravita en los pensamientos nocturnos de Anderson-, más baladístico que dinámico, o sea más ‘Still Life’ que ‘Animal Nitrate’, y una media muy alta en el apartado melódico –ni una sola descartable, aun con esos nananás infantiles de la impulsiva ‘Like Kids’ o las insípidas reiteraciones vocales y guitarreras con las que acaba ‘What I’m Trying To Tell You’-, lo demuestra, contiene sello de perennidad, que es algo de lo mejor que le puede pasar a un disco. Échate al oído, por poner, ‘Tightrope’, la ochentera ‘Outsiders’, ‘When You Are Young’, ‘The Fur & The Feathers’ o esa aria pop que es ‘I Can’t Give Her What She Wants’ y después me lo cuentas, después me dices si esto no es envejecer con gallardía en el pop juvenil.

Por cierto, como el álbum de Tindersticks que comentaba en la entrada anterior, las doce canciones de ‘Night Thoughts’, de Suede, también ha generado sus correspondientes traslaciones a la imagen que recoge un DVD que se incluye en la edición especial del disco.

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La magnética tristura de Tindersticks

En la entrada anterior recordaba a Tindersticks con motivo de la ingesta de vinilos indies de los primeros 90 que metí en mi colección y en mis oídos. Coincidió en un momento crítico en el que el vinilo había dicho prácticamente adiós a favor del arrollador cedé; despedida, por no decir defunción, que al menos tuvo una gran ventaja: su precio era la mitad del CD. Uno de aquellos vinilos que compusieron el lote de la ingesta fue el ya clásico en la escena alternativa de los 90, el famoso de la ‘bailarina flamenca’, como se le conoce popularmente, de Tindersticks. En él, lejos de la fiesta que podía sugerir aquella hermosa portada, se cobijaba una colección de canciones introvertidas y variadas, deliciosas en su segunda cara, con gotas de experimentalismo y hasta de música de cámara. Una revelación.

La música de Tindersticks es depresiva, tristona, infinitamente melancólica y quizá por ello bellísima, una música que alimenta la sensibilidad y despierta los instintos más románticos y serenos del espíritu, valga este mini ejercicio de literatura barata. Está hecha de forma completamente atípica en el pop: con la prohibición casi por completo de las guitarras eléctricas o por lo menos de sus típicas latigazos, con la presencia notabilísima de espesas secciones de cuerdas y con el protagonismo de una voz grave y melódica -la más grave del pop de hoy y acaso de la historia, con permiso de Leonard Cohen e Isaac Hayes- como es la de su cantante Stuart Staples, una especie de cruce entre Sinatra, Nick Cave, Brian Ferry y el citado Cohen.

De ella, de esta música singular, daba cuenta aquel primer disco de la bailarina -el del descubrimiento y puede decirse que del shock por la novedad que entonces, en plena marea grunge, suponía- al que le siguió ‘Tindersticks’ (95), otro álbum con el mismo título del nombre del grupo y también doble en su versión en vinilo, en el que las cuerdas ya copaban por completo el protagonismo instrumental mientras la voz de Staples, contrapunteada en un par de ocasiones por voces femeninas, volvía a soltar litros de ternura y romanticismo.

‘Courtains’ (97), el siguiente peldaño, volvía a insistir en el modelo aunque quizá con el abanico un poco más abierto al optimismo y con unos gramos más de alegría que en las dos entregas anteriores. Entonces, el imprescindible dueto vocal lo completaba Ann Magnuson en una de las canciones más hermosas del disco y de la misma carrera del grupo, ‘Buried Bones’, en tanto que los metales tomaban más cuerpo.

Su continuación llegaría en 1999 con ‘Simple Pleasure’, bonito aunque por debajo de las excelencias de los anteriores, quizá como aldabonazo de que el alternativismo de los 90 se extinguía y de que el mismo nombre de Tindesticks –golpes inevitables del destino en el mundo pop-, aun salpicando excelentes nuevos discos, como el encandilamiento y la magnética tristura de siempre que trajo en 2003 ‘Waiting For The Moon’, con sus citas a la Velvet, U2, Yo La Tengo y la insólita incursión en el country de ‘Just A Dog’, pasaba a segunda fila e incluso a la disolución, tal cual ocurrió a mediados de la década pasada, para volver cinco años después con una serie de discos más que notables pero sin el eco de los noventa: ‘The Hungry Saw’ (2008), ‘Falling Dawn A Mountain’ (2010), ‘The Something Rain’ (2012), las relecturas de ‘Across Six Leap Years’ (2013) e ‘Ypres’ (2014).

A esta serie acaba de unirse ahora ‘The Waiting Room’, un disco, de nuevo con esa marca de tristura de la casa, con una canción que hace de dovela sonora, crucial, ‘Hey Lucinda’ apuntalada por la voz femenina de Lhasa de Sela en su última participación con el grupo antes de morir, con un marcado acento soul-funk y volviendo a otra de las marcas del grupo, a su relación con el cine y las bandas sonoras, pero en esta ocasión, en procesos inverso, no sirviendo las canciones a la imagen sino levantándose esta sobre ellas, dando lugar a once cortos dirigidos por diversos autores.

Recién estrenada la cincuentena, cuatro hijos y un poblado bigote, Staples sigue reivindicando su lugar en el pop de las tres últimas décadas aunque no sea ante las masas sino ante públicos exigentes y prestos a digerir músicas hermosas aunque no complacientes ni sometidas al ‘sistema’. Un gozo, seguir escarbando en sus discografía. A mitad de abril, por cierto, se le verá por España en una gira por cuatro ciudades entre las que -¿normal?- no está Zaragoza.

Aquí, el cortometraje levantado por Joe King & Rosie Pedlow sobre la canción ‘Hey Lucinda’
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Cuando murió el vinilo

Uno de mis vicios (confesables) en los primeros noventa era aprovechar cualquier viaje a Madrid para escaparme a Discos del Sur, una pequeña tienda cercana a la plaza Callao que rebosaba discos novísimos y de importación hasta nublar el sentido. No digamos su densísimo catálogo de venta por correo. A través de este y en la misma tienda me hice con un buen surtido de discos ‘indies’ de la época. ¡Y en vinilo!

Para entonces, este formato, machacado definitivamente por el rutilante CD, había quedado ya como una antigualla, como algo definitivamente destinado a desaparecer del mercado, como en su día lo hizo el disco de pizarra. ¡Cómo ibas a comprar una rodaja de plástico que se rayaba, almacenaba ruidos por doquier, era incómodo de transportar… cuando el flamante CD sonaba tan limpio, era tan usable y tan fácil de reproducir! La era digital devoraba el presente y el pasado. El vinilo pasaba a mejor vida. En 1988 pasé un mes en Inglaterra. En las tiendas y grandes almacenes había desaparecido o como mucho esquinado en un pequeño rincón. Un par de años después ocurrió lo mismo en España. Lo digital era lo que molaba. Hasta te miraban mal si aún acarreabas uno de aquellos viejos artefactos. Pero el difunto vinilo dejaba un pequeño aliento de vida: no solo seguía teniendo el atractivo de siempre sino que además resultaba más barato.

No puede olvidarse aquella trapacería, ¿o avarienta canallada?, que luego pagaría la industria discográfica: aprovechó aquella transición del vinilo al CD para astillar los bolsillos de los aficionados. De repente, un conjunto de canciones contenidas en un vinilo pasaba de costar en torno a las 1.500 pesetas de entonces a las 3.000 o más del CD. ¡El doble! Hubo que hacer de tripas corazón. O sacar las tres mil del ala o seguir cabalgando a lomos del viejo vinilo. Personalmente, y contracorriente, fue lo que hice con muchos de todos aquellos discos  ‘indies’ de los primeros noventa: los adquirí en vinilo, o sea, a mitad de precio que el CD. Razón por la que hoy poseo una colección de joyas que da gusto repasarlas de vez en cuando aunque solo sea con la vista y el tacto.

Una de ellas fue el primer disco de Tindersticks, un grupo personalísimo y atípico de Notthingham liderado por la voz grave de Stuart Staples. Salió en 1993 y se llamaba como el mismo grupo. Un vinilo doble, con una carpeta deslumbrante en la que aparecía una bailarina flamenca, que el Melody Maker eligió luego como el disco del año… Me quedo aquí. En la época en que murió el vinilo y se creyó que para siempre. En la próxima entrada me ocuparé del doble de Tindersticks y de su devenir. El grupo británico sigue vivo, acaba de publicar un nuevo álbum.

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Reediciones nacionales por la pasta

En la entrada anterior comentaba las joyas que han sacado de la bodega Los Rolling, algo parecido a lo que recientemente han hecho Springsteen, Dylan o los Beatles. Rescates emocionales, usando el título de un álbum stoniano, más que mercantiles, pues a estas alturas no creo que estos grandes tengan necesidad de recurrir a estas ‘pequeñas cosas’, que diría Serrat, para engordar la cartera. Salvo que alguien opine lo contrario y tenga datos argumentales, yo lo tomo como acciones más bien benefactoras para complacer a sus fans y al tiempo para enriquecer sus propias historias, ya de por sí muy grandes.

Pero mientras estos grandes ases de fuera abren la bodega con jugosos caldos, la Iberia sumergida emerge con remesas de reediciones de dudosa condición y prestas básicamente a coger la pasta y a correr. Basta echar un vistazo a algunas recientes. Nada de especial hay en la enésima reedición de ‘Senderos de traición’ de Héroes, salvo el añadido de un deuvedé con el concierto que dieron en el Hipódromo de Madrid, en junio de 1991, y que ya circuló en vídeo. Como complemento un librito para caramelizar la edición y en el que sonrojan algunos textos de periodistas arrepentidos que en su momento le lanzaron dardos envenenados al conjunto zaragozano.

(Por cierto, un inciso, aunque sea una personalización fuera de tiesto, una pequeña aclaración. Excusas. En ese librito aparece mi nombre y un texto mío contra mi voluntad y sin autorización. El verano pasado me pidieron insistentemente desde Warner mi colaboración en el proyecto pero, aparte de andar mal de tiempo, enfrascado como andaba en mi libro sobre los sesenta zaragozanos, no quise ser partícipe de otro festín mercantil más en torno a Héroes, algo que muchos fans del grupo desaprueban por repeticionismo, porque le ofrezcan lo mismo de siempre envuelto en distinto celofán. Ya se sabe la explotación a la que se ha sometido el catálogo de Héroes. Me negué a escribir texto alguno y no dí autorización para que se publicara la crítica que hice del disco en Heraldo, en diciembre de 1990, al poco de editarse. Tampoco se dio desde la dirección del propio periódico. Sin embargo, ahí está la crítica inserta en el librito. Materia de juzgado, sin duda, pero no está uno para pleitos y leguleyadas, que bastante tienen los jueces en estos tiempos de corrupción al por mayor. Espero que haya tenido buen provecho la Warner -que absorbió a EMI-, vaciando una vez más los bolsillos de los coleccionistas compulsivos).

Categoría, la de coleccionismo compulsivo, a la que ni de broma llega la panfletada petarda que Almodóvar y McNamara publicaron en 1983 y que ahora se ha reeditado acompañada con dos cedés y un deuvedé. No hay nada como triunfar, en este caso en el cine, para que a la vulgaridad se le ponga lazo. La reedición de Hombres G es tan intrascendente como lo fue en su momento, por mucho éxito adolescente que obtuviera.

Tampoco hay que tirar cohetes ante la reedición 35 aniversario del primer LP de Los Secretos. Era el tiempo de la ‘premovida’ y de canciones frescas e inolvidables pero esta reedición no aporta nada nuevo, es más, al no haber material inédito, suena a reclamo obligado ese segundo e innecesario cedé de versiones realizadas por diversos artistas nacionales, típico disco tributo.

Quizá la reedición más novedosa sea la caja con cinco cedés que Manolo García y Quimi Portet han publicado rastreando sus viejas pisadas por el rock nacional a través de Los Rápidos, Los Burros y El Último de la Fila. Por lo menos, ellos se han desquitado emocionalmente del cabreo que les produjo no poder publicar un segundo álbum con Los Rápidos que la EMI le echó para atrás. Ahora, 35 años después, lo han grabado, con menos fortuna que acierto, pero se han quedado tranquilos.

Es posible que haya habido recientemente alguna reedición nacional que haya merecido la pena y a mí, que no puedo llegar ni invertir en todo, se me haya escapado, pero me temo que si la ha habido no ofrecerá la sustancia que han ofrecido los Dylan, Rolling, Springsteen, Beatles… y demás grandes. Ojalá me equivoque y que alguien me enmiende la plana.

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Los Rolling de la bodega

Tal y como ha quedado la gran industria discográfica de tocada, por no decir bombardeada, no extraña que se rebusquen entre las ruinas ladrillos y mármoles con los que si no reconstruir el edificio sí al menos tapar grandes boquetes. A ello obedece la avalancha de reediciones que ha asaltado el mercado en los últimos años: meras estrategias de marqueting con las que ayudar a cuadrar los exiguos balances económicos (en comparación con antaño) con que se mueven en estos tiempos las compañías.

Bien es verdad que hay excepciones a esa norma por recaudar y cuadrar. Es el caso de grandes nombres que, aunque espoleados por las multinacionales, miran más por su historia y sus seguidores que por la chequera. Una generosidad impagable no anunciada a los cuatro vientos para fardar de empatía y altruismo sino que se deduce de inmediato de las mismas ediciones. No son nombres precisamente que se tengan que echar al ruedo para recaudar unas perras. Tienen ya el lomo bien cubierto.

Y si no tómese como ejemplo vivificante la labor emprendida por los Rolling Stones de recuperar viejos e inéditos conciertos con el fin de que sus viejos y nuevos seguidores entren más de lleno en su dilatado y asombroso recorrido musical. Son conscientes de que han pasado a la historia y de que su música, por mucha vainada moderna que salga, se escuchará por los siglos de los siglos. Desde finales de 2014 llevan removiendo su particular bodega para dar a probar viejos caldos que hoy saben a gloria. Título más que apropiado para la serie: ‘From The Vault’ (de la bodega). O sea, viejos conciertos que nunca vieron la luz y que ellos están repescando con mimo encomiable, restaurando la imagen, limpiando el sonido y añadiendo sabrosos mini libretos explicativos y de memorabilia. Calidad garantizada en todos los aspectos, lo que ahuyenta el fantasma ‘pesetero’, dígase en términos arcanos pero entendibles.

Hasta ahora han sacado siete ediciones, dos de ellas, en efecto ya conocidas (‘Live In Hyde Park’ y ‘Rock’n’roll Circus’) pero otras cinco completamente inéditas. Vienen en diversos formatos, con cedés, vinilos, deuvedés y blurays, pero si no se quiere uno entrampar lo más aconsejable es acudir al estuche que contiene escuetamente los cinco cedés. Está certificada la borrachera de imágenes y sonido, de rock perenne.

Arranca la serie con un breve pero excepcional concierto en el Marquee londinense como avance y promoción de la edición un mes después del memorable álbum ‘Sticky Fingers’. Da gusto ver a Jagger y compañía arreándole fuerte al blues así como abordando varias canciones míticas –‘Dead Flowers’, ‘Bitch’ o ‘Brown Sugar’- entonces aún no dadas a conocer en disco. También es un gozo la elegante presencia guitarrera de Mick Taylor.

De 1975 procede el siguiente deuvedé, tomado en el Forum de Los Angeles, dentro de la primera gira del grupo con Ronnie Wood y con el álbum ‘It’s Only Rock’n’roll’ aún fresco. Los dos siguientes deuvedés pueden arrancar astillas emocionales a quienes tuvieron (tuvimos) la fortuna de presenciar el famoso concierto de la tormenta en el Calderón, en julio de 1982: Virginia (Hampton Coliseum), de 1981, y Leeds (Roundhay Park), de 1982, emparedan a aquel inolvidable concierto, ambos proceden de la gira de ‘Tatto You’, la del Jagger eléctrico embutido en unas mallas de jugador de rugby y envuelto en la bandera del país que visitaba el grupo.

Formidables ambos dos como también lo es el de 1990 en el Tokyo Dome, aunque aquí también se le puede añadir el adjetivo de colosal. Los Rolling se habían convertido ya en un gigantesco espectáculo de estadio y aquí, en el ‘Urban Tour’, con el álbum ‘Steel Wheels’ en cartera, daban fe de ello. Fue la gira de las muñecas y los perros hinchables y un apocalíptico montaje industrial que unos meses después de Tokio llegaría a Madrid.

Sí, ya sé la inquina que algunos le tienen a los Rolling por no haberse retirado ya e incluso de haberse muerto jóvenes como les pronosticó un escriba malage. No estoy en este grupo inquinoso ni estaré nunca, aun perdiendo el oremus. Confieso mi devoción por Jagger y compañía. Me encanta seguir su vida y sus conciertos aun con su saludable vitola de abueletes –ahora están en Latinoamérica-. Me da igual que se les considere difuntos para el rock (gran sacrilegio) y que no aporten nada nuevo. Disfruto con sus viejos discos (ya he escrito alguna vez –gran sacrilegio igualmente- que si el rock se hubiera parado con ellos en los tiempos de la Decca, no sería un alma en pena) y con sus conciertos en vídeo, y tengo la suerte, frente al incomprensible racaneo de otras grandes estrellas, de que no hay grupo con tanto material en DVD en el mercado como los Rolling poseen, lo cual es un gozo. Gozo amplificado con estas maravillosas ediciones de la bodega.

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Tarde de blues

El Telediario del mediodía del domingo 24 cierra con Chester Burnett… y me estremezco: ¡TVE cerrando con un bluesman! ¿Que demonios habrá ocurrido? ¿Qué mar se habrá revuelto para que las arenas de fondo hayan sacado a la superficie semejante colofón musical, y más en una cadena donde reina la inacción con respecto a la música?…

Ya veo, en Madrid hay una exposición de pintura sobre su figura…, pero el locutor de turno hace de papagayo, lee sin que se le cuartee el rostro lo que el redactor de turno le ha escrito. “Le llamaban Lobo Aullador”, dice, y ahí se queda. ¡No!, no le llamaban así, ¡era su nombre de guerra!, su nombre artístico, y en inglés, nombre que no pronuncia el presentador. Chester Burnett era Howlin’ Wolf como McKinley Morganfield era Muddy Waters. Alias que algunos bluesmen tomaron para cantar y tocar y con los que alcanzaron la gloria, hasta el punto que sus nombres de pila casi quedaron olvidados, salvo, se supone, que para los familiares.

En fin, me repongo de la sorpresa y enseguida las musarañas me llevan a aquellas sesiones londinenses junto a Clapton, Ringo y varios Stones que, con sus deficiencias, Wolf grabó en la capital británica. Bebés blancos destetándose a las ubres del gran maestro. Corrían en los primeros sesenta como deslumbrados discípulos, cuando los bluesmen negros desembarcaban en las Islas, bien por libre o dentro de aquellos American Folk Blues Festivals con los que se produjo la conexión directa entre negros y blancos. Y, mientras reviso en mi memoria la colorida carpeta del álbum de una de aquellas sesiones, me recrimino a mí mismo mi olvido del blues. Una infamia, llego a pensar, con radicalidad también infame.

Sí, porque inflamé mis primeros pasos por el mundo de la música pop con los grandes del blues negro, con B. B. King, con Muddy Waters, con los otros dos King (Freddie y Albert), con Bukka White, con Willie Dixon, con John Lee Hooker, con Sony Boy Williamson II…, con tantos y tantos y con su estela blanca, desde Alexis Korner a Mayall, Fleetwood Mac, la Paul Butterfield Blues Band, Canned Heat, Roy Buchanan… un brasero de glorias que en contadas ocasiones, supongo que por culpa de la urgente actualidad discográfica, por el ordenamiento indie, por su falta de visibilidad en los medios, ¿por su caducidad? y, en fin, por diversas y reprobables causas, no acuden a mi reproductor en los últimos años con la asiduidad de antaño. Ay, Matías, me digo. ¿Un renegado?

Curiosamente en la misma tarde muevo viejos aparatos de radio y en ello que recupero un Sony destinado a la basura que de repente recibe Radio 3 con una nitidez sorprendente, la que he buscado en los más de diez años que llevo viviendo fuera de la gran urbe y que nunca he conseguido hasta hoy con este viejo cacharro. Me hago cruces. Había comprado una radio moderna (y cara) de recepción de emisoras por Internet para precisamente poder escuchar Radio 3 y Radio Clásica, que a mi casa llegan muy mal, y la devuelvo: no las sintoniza.

Pero aquí está este viejo radio-CD Sony poniéndome ante los oídos lo que durante años persigo. No me lo explico, con las vueltas que le he dado al dial. Pienso que hay en todo ello un poder sobrenatural, yo que creo poco en lo sobrenatural. Para colmo, la vieja radio, ya es casualidad, escupe blues, emite un programa llamado ‘La madeja’, que obviamente no tenía el gusto, y que recorre las ‘injerencias’ de Eric Clapton en discografías ajenas, sus ‘ligues’, comenta la presentadora con una simpatía adusta pero ajustada, que es la misma que la de su colega masculino, que antes de escribir estas líneas descubro que se llama Ricardo Aguilera (y ella Elena Gómez). Claro, he acudido a los podcast de Radio 3 para recabar información y he visto sus nombres y el largo listado de programas que han realizado, y, como ambos me ha atrapado con este ejercicio radiofónico modélico, aquí ando descargando podcasts con la idea de ‘meterme en la madeja’ y no salir de ella, de enredarme de nuevo con el blues, de ser más generoso con aquellos que allanaron mis primeros pasos por el mundo pop y llenaron mis oídos de gozo.

Remato a continuación la tarde, obviamente inducido y condicionado por ‘La madeja’ y al tiempo para expiar el gran pecado del olvido, ante el equipo HI-FI, colocando uno de mis discos de cabecera bluesera, el ‘Live & Well’, de B. B. King que hace una millonada de años me compré en uno de aquellos múltiples viajes a Andorra a la búsqueda y caza discográfica.

Recordaba Muñoz Molina en 1994, en un magnífico artículo escrito en El País, que el blues, según había escrito Eric Hobsbawm, es el corazón del jazz, el río originario de casi toda la música popular del siglo pasado. Y es cierto, sin el blues, que fue la primera música popular en trascender generaciones, en hacerse visible, no hubieran existido Elvis, los Beatles, los Rolling y todo lo que vino después, incluidos los raperos. Fue la primera fuente que dio de beber a los músicos que después nos han traído tanta felicidad musical.

Resulta penoso que ahora, por la moda y el tiempo que todo lo arrasa, viva en estado clandestino, no tenga la visibilidad que se merece, que las jóvenes generaciones no sientan -y vuelvo a citar a Muñoz Molina- el latido poético del viaje, la desolación quejumbrosa y la búsqueda sin destino preciso que encierra la emoción del blues. Yo le he abierto de nuevo las puertas, lo voy a invitar a mi mesa musical con más asiduidad.

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Las cinco estrellas de Bowie: ‘Blackstar’

Sentimiento inequívoco de la condición humana: la pena por el dolor ajeno, incluso la compasión, cuando no -pero en otro reprobable nivel- el morbo. Algo de ello ha flotado en torno a Bowie en los dos últimos años. Si antes de que sufriera un serio percance coronario, que le obligó a retirarse de los escenarios, estaba publicando excelentes discos –‘Heathen’ (2002), ‘Reality’ (2003)- que no tenían el menor reclamo mediático, desde que en 2013 reapareció con ‘The Next Day’, los focos no se despegaron de él.

TVE mismamente, a la que la música se la trae al pairo, ha ejercido recientemente un bombardeo sistemático en los noticiarios sobre sus discos y sus vídeos. ‘Blackstar’, publicado el pasado día 8 de enero, lo ha dejado bien claro… No digamos su muerte. Pero dejemos atrás consideraciones extras y, serenamente, pasado el golpe mediático de la muerte de la estrella, vayamos al grano de su último disco, ‘Blackstar’: asombroso.

Lo he estado masticando día tras día desde su misma aparición, sorprendiéndome a cada escucha. En el Heraldo lo recibí con cinco estrellas, y confieso que no me he dejado llevar por sensiblería alguna, sino por la calidad intrinca del disco, por la cantidad de hallazgos y detalles que propone. De hecho, confieso que estas líneas de rendición las empecé a escribir un día antes de su muerte, líneas que, al conocer la noticia, dejé a un lado para trazar su semblanza artística y su personalidad camaleónica en el periódico y en este blog.

Son solamente siete canciones, aunque algunas, como la titular, generosas en minutado, pero todas rebosantes de inventiva, con una forma de tratar el rock y el pop absolutamente novedosas. El viejo amigo y productor Tony Visconti, junto a un quinteto jazzístico, han obrado este milagro del rock actual: un saxo serpentea por las canciones dejando rastros luminosos, la guitarra suelta unos originalísimos espasmos al final de ‘Lazarus’, el punch del funk se mide antagónicamente con el baladismo… y en general el paño electrónico que envuelve al conjunto muestra una modernidad que magnetiza el oído.

Los diez minutos de ‘Blackstar’ se resuelven en una serie de dos secuencias rítmicas opuestas que se inician en terreno del jungle y acaban en manos del rock electrónico, una especie de ‘Rebel Rebel’ sin guitarras eléctricas. ‘Lazarus’ y su espinoso vídeo, que ahora puede interpretarse como una doliente despedida, se apoya en un inquietante y sugerido tempo funky. En ‘Dollar Days’ brotan las guitarras acústicas y el rastreo del Bowie ‘espacial’, sensación que se repite en la pieza más pop y alegre del álbum, armónica incluida, ‘I Can’t Give Everything’. Antes ha dejado sitio para tres explosiones rítmicas entre el funk y el trip hop: ‘This A Pity She Was A Wore’, ‘Girl Loves Me’ y ‘Sue (Or In A Season)’, esta última con apariencia de extracción de la mina de King Crimson.

Visconti ha amalgamado todo con la electrónica, el drum’n’bass, el hip-hop y el jazz en la mente –se dice que efecto de Kendrick Lamar- pero sin hacerlo excesivamente explícito, moteando estos estilos más que abriéndolos en canal y mostrándolos en carne viva. Es el gran descubrimiento sonoro de este álbum. Bowie ha vuelto a realizar otra jugada maestra de absorción y transformismo, se ha ido dejando un mensaje de renovación cuerda del rock que ni Mogwai, Flaming Lips, Godspeed You! Black Emperor, Sigur Ròs o el grupo más atrevido de hoy. No se esperaba semejante torcedura de brazo. Esta versatilidad y estas formas de expresar el sonido sin descarriarlo, sin acudir a extravagancias inaudibles, son toda una lección de agudeza e ingenio para nuevas y futuras generaciones. Desde el 8 de enero hay otro clásico en la discografía del Gran Duque.

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