‘Merde in Espagne’

Al hilo de la entrada anterior, sigo en la France. Y en concreto, en la France de los primeros ochenta. El socialista François Mitterand había tomado el relevo presidencial al conservador Valéry Giscard d’Estaing y, pese a sus esperanzadoras promesas de mejoras de vida de los franceses –reducción de la jornada laboral a 39 horas, aumento del salario mínimo, cinco semanas de pago social a los cónyuges por hijo, jubilación a los sesenta años, nacionalización de bancos y poderosos grupos industriales, descentralización del proverbial estado jacobino francés…- la realidad era que el paro había aumentado, los sueldos seguían bajos y la inflación se disparó.

Las cosas no iban lo bien que había prometido el quimérico nuevo presidente (en el 86 le obligaron a la famosa ‘cohabitación’ con el conservador Jacques Chirac, elegido como primer ministro), por lo que no extraña que, fruto del escepticismo y de los típicos barros políticos, Jacques Dutronc saltara a la palestra, en 1984, con una canción de título más que atrevido y lacerante, ‘Merde in France’.

Dutronc, el guaperas y turbulento marido de la dulce Françoise Hardy, no es que fuera un cantante protesta y menos aún un ácido izquierdista. Más bien lo contrario, sus posiciones ideológicas estaban en la derecha o en el conservadurismo. Y tal vez por ello, aprovechando el mandato de un presidente sociata y el estado de cosas, ideó ‘Merde in France’, que aún hoy sigue sonando escatológica y atrevida.

Era un pegajoso rock’n’roll en la más pura tradición al que el cantante galo, en un rápido chispazo de coña e inspiración que compuso en una tarde, le inyectó una letra desgalichada e inconexa, sin sentido, porque lo esencial, en realidad, era el impacto del título y el coro de varios amigos provistos con una escoba con la que simbólicamente barrían la ‘merde’ al grito onomatopéyico de ‘cacapoum cacapoum’, con el que hacer mofa y befa del estado de cosas en que vivía la sociedad francesa del momento.

Lo consiguió: Dutronc apareció en la tele y en la radio y el disco fue un éxito. Y lo importante: generó una mirada al interior a los orgullosos franceses para hacerse cargo de que la ‘merde’ estaba con ellos.

Hay quien asegura por allí que la canción sigue siendo completamente válida hoy en día en Francia, con los problemas de paro, inmigración, maltrato policial y lepenismo que acecha. Seguramente.

¿Y quién dice que no lo sería también en l’Espagne de Rajoy? Con el ambiente fétido que se respira por aquí, entre políticos, jueces, fiscales, banqueros, pederasta, maltratadores…, la ‘Ratonera’ de Amaral se ha quedado pequeña. Hoy una ‘Merde in Espagne’ no solo sonaría apropiada sino que en manos de algún grupo satírico –¿tendrán que resucitar La Trinca o nuestros Puturrú zaragozanos?- podría ser un éxito como lo fue en la Francia de 1984. Ahí queda la idea. Y aquí la canción original de Jacques Dutronc.

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¿Qué pasa en la Francia musical de hoy?

Allá por lo sesenta, musicalmente, los Pirineos no existían, o cuando menos eran permeables como una cortina de tela fina. Johnny Hallyday, Sylvie Vartan, Françoise Hardy, Aznavour, Adamo, Juliette Gréco, Sheila, Dalida, Michel Polnareff, France Gall, Marie Laforêt, Richard Anthony, Les Surfs, Chistophe, Sacha Distel, Alain Barrière, Gilbert Becaud, Guy Mardel, Hervé Vilard, Claude François, Jacques Dutronc, Michel Delpech, Nino Ferrer, Antoine, Serge Gainsbourg, Jane Birkin… Una avalancha. Sus canciones llegaban a España con prontitud y asiduidad hasta el punto que podría decirse que se estaba a la hora de lo que ocurría en el pop francés de la época.

Luego la cosa empezó a declinar. En los 70, Laurent Voulzy inundó ondas y discotecas con su ‘Rockcollection’, Patrick Hernández machacó con ‘Born To Be Alive’, Francis Cabrel mató de romanticismo con ‘Je l’aime á mourir’… mientras que en los cenáculos de la ‘inteligentzia’ se adoraba a Maxime Le Forestier y, no digamos, a Moustaki o Brassens mientras que Téléphone se convertía en el gran grupo nuevaolero que exportó Francia a media Europa.

En los 80 llegaron, entre otros, los magníficos Bernard Lavillier, Jean Patrick Capdevielle o Étienne Daho y grupos como Carte de Séjour, Indochine, Les Rita Mitsouko… en tanto que Vanesa Paradis tomaba el relevo de belleza ye-yé de los sesenta. En los noventa explotaron Mano Negra y Manu Chao y en este milenio los dos nombres más conocidos en España, por circunstancias diametralmente opuestas, han sido Dominique A y Carla Bruni, pero se ha perdido contacto con lo que se cuece musicalmente en la France. Y me pica la curiosidad.

¿Qué pasa en el país vecino, antaño gran suministrador de música no solo a España sino a Europa y otros continentes? Zapeo en los discos que el Rock&Folk reseña en cada número, concretamente en los tres últimos, de enero, febrero y marzo, y entiendo por qué el declive, o lo presiento…

Betty Bonifassi se mueve por aguas del viejo soul, el veterano cantautor Arnold Fourboust ofrece electro-pop confidencial de autor; Kent, con sus 18 álbumes de pop-rock melódico, sigue siendo el Poulidor de la música francesa; otro veterano, Rodolphe Burger, que se atreve con la gloriosa ‘Days Of Pearly Spencer’, canta con voz grave a lo Cohen/Gainsbourg; el dúo Cassius toma el sendero de Prince y la electrónica y llega a asociarse con Cat Power; Fishbach hace de chanteuse sintética; Oscar Nip se afilia al metal en su rama stoner; Dick Annegran, holandés afincado en la Galia, va de cantautor de guitarra de palo en plan ‘libertario del mundo’; los viejos Les Wampas no se despegan de su fórmula pop-punk… y ahí está el incombustible Michel Polnareff en directo entonando aquella preciosa pieza pop ‘La popupée que fait non’ y, obviamente ‘Love Me Please Love Me’.

También pericospeo con el Google y avisto nombres destacados, “que debo conocer y añadir a mi playlist”, según el prescriptor de turno. O sea, nombres como los de Dub Inc., Chinese Man, Les Ramoneurs de Menhirs, Marina Kaye, Black M, C2C, Indila, Maître Gims, Grand Corps Malad, Zaz, Kerry James o Cocoon.

Dos retratos, en fin, el del Rock&Folk y el de Google, de urgencia e incompletos, claro, pero reveladores –sospecho- de que nada nuevo o interesante ocurre al otro lado de los Pirineos.

Quizá Brand Old Sound, comentarista pertinaz y sustancioso en este blog, que vive en París, creo, pueda ofrecer una foto fija y fundamentada de lo que se cuece en la Francia musical de hoy. No sé si en la distancia, como tantas otras veces, discreparemos o convergeremos en la visión que yo tengo de esa foto: una foto insípida, incolora y digna de no traspasar fronteras; en cierto modo, algo parecido a lo que pasa en la Iberia Sumergida.

O sea, que ese placer que es para mí oír y leer en francés, y sobre todo escuchar canciones cantadas en la lengua de Molière, tiene que seguir enjaulado en los sesenta y algún pájaro de fuera como Capdevielle y su estupendo primer álbum de 1979 con su ramalazo dylan-springsteeniano del que extraigo una de sus canciones.

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Los Grammy: la basura, en el cubo

En ese oasis cultural de la paupérrima televisión de este milenio que, aunque con cierto aire de elitismo, es el programa de La 2,‘¡Atención Obras!’, el protagonista de la excelente película ‘El hombre de las mil caras’, Eduard Fernández, le confesaba literalmente a Cayetana Guillén Cuervo que “los Goya no tienen nada que ver con la profesión, que son un jueguito, un sistema, para vendernos el cine y hacer promoción”. Un mentiroso zoco, en resumen.

No puedo estar más de acuerdo. No ya con la visión del actor catalán de los Goya sino de cualquiera de estos ‘jueguitos’ embaucadores, y sospecho que manipulados, sean de cine, televisión, radio, teatro o música, empezando por los Grammy. Me han importado un pimiento siempre estas fiestas espurias, especialmente los mentados Grammy. Primero, porque no creo en absoluto que la creación sea una olimpiada ni se pueda medir con números y, por tanto, tratarla matemáticamente como el resultado de un partido o el salto de un atleta, es decir colocando a un creador por encima o por debajo de otro. Y, segundo, porque las selecciones de nominados, y en consecuencia de los premiados, me inspiran confianza cero.

Aun con todo, caigo casualmente como un pocholito en la transmisión de los Grammy, que este año salta al aire de manera gratuita a la TDT por uno de esos canales que no ve ni el tato, Dkiss se llama. Y mientras suena el pastelón de fondo, escribo estas líneas y, como no tenía ni idea de que esta madrugada se entregaban los infaustos premios ni quiénes estaban en la absurda contienda , consulto en Internet los nominados…

Aggg, bramo al ver los escogidos para el ‘premio gordo’, pero del bramido paso al estupor cuando veo a Bowie encuadrado en la categoría de ‘rock alternativo’… Vaya, vaya, una veteranísima y reputada leyenda mundial resulta que ahora la encuadran en categoría alternativa, que, a tenor de su significado primigenio, es pasto de minorías. Benditos lumbreras los que organizan y dan paso a aberraciones como esta.

Y mientras escribo, suena de fondo o veo de refilón la parada de monstruos. Hay dos tipos que recogen sus premios en calzoncillos (todo por la notoriedad), Adele hace un Patti Smith en la entrega del Nobel a Dylan, interrumpiendo y volviendo a empezar pidiendo perdón, y Beyoncé muestra ese maravilloso milagro de la naturaleza que es la maternidad, pero su canción es un churro tan largo y tan grande como una catedral… ‘Lemonade’, su inciensado álbum de 2016, incluidas, cómo no, revistas como la truculenta e infame Rockdelux, me aburre soberanamente. Creatividad nula. Neo R&B con trazos de country y rap que reduce y tritura el viejo y sabroso R&B a la nada.

Como el nivel de seleccionados y de invitados, en medio de la mediocridad reinante en el panorama propuesto por los Grammy, que sería preocupante si coincidiera con la realidad, aunque cada vez se acerca más, y viendo el menú propuesto para llevarse el gordo, amén del coñazo de las largas y constantes pausas para la publicidad, que en estos fiestorros yanquis de avaricia por el dólar rayan en lo obsceno, corto y cierro. Me voy. Me importa un bledo si gana fulanita o menganito –imagino que Beyoncé barrerá, lo cual aún me irritará más, aunque ojalá que Adele le tuerza el brazo- e incluso si Metallica, como está anunciado, se une a Lady Gaga (cosas veredes). La basura, mejor en el cubo. Y servidor, con un buen libro en la cama. Eduard Fernández se quedó corto.

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Neil Diamond, melodías desencadenadas

Una blandenguería, opinarán algunos, o muchos. Y es posible, pero no me resisto a proclamar que Neil Diamond es una de las grandes voces melódicas que ha dado el pop. Una garganta redonda, con cuerpo, plena. Su discografía está llena de canciones subyugantes, con esa voz desbordante, plena de matices, una nasalidad embellecedora, unas melodías desencadenadas y unos arreglos orquestales de puro satén. Como baladista estándard, él, Sinatra, Tom Jones, Elvis…, y pare de contar.

¿Exagerado? Quizá. Más, insisto, por mucha melaza que haya de por medio, por mucho que se le ubique en el área de cantantes comerciales, o en ese odiado –por mi parte- anglicismo del ‘mainstream’, no escondo mi devoción por este artista de origen judío y médico truncado. Que, conviene aclarar, por si fuera necesario, es algo más que un ‘cantante melódico’. En su repertorio hay rock’n’roll, piezas vaqueras, swing, soul, folk, R&B, ecos judíos… y, aunque destilado, rock energético. Robbie Robertson (The Band), uno de sus admiradores, como lo fue Sinatra o el mismo Elvis, le produjo el álbum ‘Beautiful Noise’.

Viene al aire, o al blog, esta intro debido al anuncio de Universal de la edición, a finales del mes de marzo, de un triple CD con sus éxitos. Nada que no se sepa, especialmente por sus seguidores, pero, como ocurre con los recopilatorios, un atrio en el que santificarse y acceder a la vasta discografía del cantante, inmensa, con casi medio centenar de LP’s y no se sabe cuántos singles. Y menos mal que el disco antológico no recurre a sus trabajos como compositor a sueldo, que daría para llenar otro disco, lo que, por otra parte es una pena, pues se vería la elasticidad del artista para trabajar para otros y para amasar hits inolvidables especialmente para The Monkeys…

Sí, aquel grupo prefabricado al que Neil Diamond abasteció con insignes canciones como ‘I’m Believer’ y ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, canciones fogosas, desenfadas, puro pop para las masas adolescentes. Cualquiera que las hubiera escrito, especialmente la segunda, merecería mis máximos respetos y devociones. ‘A Little Bit Of You A Little Bit Of Me’, traducida aquí como ‘Un bocadito tú otro yo’, fue, a finales de los sesenta, material ineludible de guateques y reuniones juveniles. Personalmente me trae bonitos recuerdos, escuchándola en un moderno ‘pick-up’ portátil de la época, a orillas de un río y en grata compañía pandillera de chicos y chicas. Fue un hit inapelable en España.

Pero hasta años después no se supo que el autor de aquella canción era aquel nuevo ídolo romántico que en las discotecas de los primeros setenta derretía corazones en las tandas de lento con el gospeliano ‘Holly Holy’, el primer single suyo que sonó en España, ‘Sweet Caroline’, ‘Stones’, ‘Canta libre’, ‘Song Sung Blue’… o la colosal (y autobiográfica) ‘I’m… I Said’. El doble álbum, ‘Hot August Night’ (1972), uno de los álbumes dobles en directo más notables de la historia del pop, o así lo ha considerado la crítica americana, contenía todas ellas, retratando magistralmente al artista. Con él alcanzó el estrellato mundial, aunque algunos ya lo teníamos en el altar merced a los tutes de las tandas de lento discotequeras y a los dos álbumes de estudio que le precedieron, ‘Stones’ (1971) y ‘Moods’ (1972), en el primero de los cuales se cobijaba ‘I’m… I Said’. ¡Dios, qué monumento de canción confesional y melódica, qué desgarro vocal, qué arreglos orquestales a lo Spector…!

Luego, Neil Diamond siguió publicando discos y subiendo enteros en la bolsa comercial del pop y del cine. Escribió la banda sonora de la muy popular ‘Jonathan Livinsgton Seagull’ y no solo hizo lo mismo sino que también protagonizó la no menos popular ‘The Jazz Singer’, si bien es verdad que creativamente, y ante la parroquia más joven, su arte fue decreciendo hasta ser aplastado por las nuevas tendencias musicales, desde el hard-rock, el sinfonismo, el punk o la nueva ola.

Interesó poco, o, digámoslo así, lo esquiné. Personalmente me quedé en ‘Hot August Night’ y aquella caterva de singles en directo que incluía, interpretados con su impecable voz nasal y un sentimiento y un romanticismo pop exacerbados. Mas, naturalmente, Neil Diamond siguió publicando discos. ¡Y cuántos! ¡Y cuánto premios y récords! Doy paso a las estadísticas, según Universal, como simple muestra de su galardonada carrera, aunque sea algo de lo que rehúyo, pero una excepción: “Ha vendido más de 130 millones de discos en todo el mundo y ha dominado las listas durante más de cinco décadas con 37 Top 40 singles y 16 Top 10 álbumes. Ha conseguido ventas con 40 discos de oro, 21 discos platino y 11 discos multiplatino”. Pues eso.

En Estados Unidos se le sigue considerando como ídolo de masas, un artista crucial en el circuito que los norteamericanos denominan como ‘soft rock audience’, lo que le ha convertido en uno de los artistas mejor pagados del país, según la revista Forbes. Obviamente sus recitales televisivos y sus DVD’s tienen también gran demanda, caso del estupendo vídeo publicado en 2008, con una remembranza en el Madison Square Garden de su ‘Hot August Night’, y lo fundamental, gozan de una tersura y energía más que apreciables. “Cuando trabajé con Laurence Olivier –declaró al Telegraph británico en 2014- en la película ‘The Jazz Singer’, me dijo: “Como actor, debes estar dispuesto a ser un payaso.” Nunca podría hacer eso en la película, pero en el escenario puedo ser el más loco que hayas conocido. ¿Estás dispuesto a ser un loco y cantar conmigo? ¿Tú, que no cantas? ¿Estás ahí? Vamos, vamos a ser locos juntos. Y eso es lo que hace que sea estupendo compartir experiencias”.

Ahora, tras la edición del triple mencionado al principio, llegará una larga gira mundial con la que Neil Diamond, a sus 76 años, que cumple el próximo día 24, quiere celebrar los 50 de carrera en solitario, que uno piensa que son más, toda vez que su primer single de éxito, ‘Solitary Man’ se publicó en 1966, siguiéndole después, hasta que llegó ’Stones’ y Mood’, una rica discografía, incógnita en su momento por estos lares, y en la que destacaban sus dos primeros álbumes para el sello Bang, y, ya para Universal, los tersos latigazos de cantautor amoroso mezclados con pop, soul, country, sones latinos o gospel, de ‘Velvet Gloves And Spit’ (1968), ‘Brother’s Love Travelling Salvation Show’ (1968) y ‘Touching You Touching Me’ (1969). Discos a descubrir.

Gustará más o menos, se le reprochará su exceso de almíbar, su clase de categoría comercial…, pero su peso artístico, su voz y su capacidad como compositor son inapelables. Y sobre todo su existencia nos recuerda a muchos que un día fuimos jóvenes, que disfrutamos descomunalmente con su torrente de melodismo y, sí, aunque suene cursi, fuimos felices bañándonos en él bajo las luces rojas en aquellas primeras discotecas de la España franquista de los 70 que caminaba a pasos largos hacia la salida del túnel. No es poco.

Y aquí, el monumento:

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La edad de oro de Paloma Chamorro, hoy inconcebible

En el momento no fuimos conscientes de que estábamos ante un hito histórico, aunque suene grandilocuente calificarlo ahora así. ‘La Edad de Oro’ fue un programa de televisión que rompió moldes en los inicios de los ochenta, aquella década de tantos sueños materializados, de tanta ruptura, de tantos cambios, de tanta modernidad.

España acababa de salir de una corta aunque angustiosa transición política. El franquismo y todas sus ataduras, todos sus venenos, había quedado atrás en diciembre del 78 con la aprobación aplastante de la Constitución. Y los ochenta estallaron en el país con un estruendo de color y modernidad juvenil que llamó la atención incluso fuera del país. Periódicos y televisiones de Inglaterra, Francia y Estados Unidos se hicieron eco del estallido.

Pero debo decir que más de uno ceñíamos el gesto. No era para tanto, pensábamos. El pop británico había abierto el camino. Lo que aquí ocurría, lo que se veía en la calle, en las revistas o en los bares, o lo que se escuchaba en algunas radios o en la misma ‘Edad de Oro’, venía empujado especialmente desde Inglaterra con sus sacudidas musicales y estéticas; primero con el punk, después con la new wave y a renglón seguido con los nuevos románticos y el tecno. También con el heavy, aunque fuera enemigo (o viceversa) de la llamada Movida. Aquí simplemente se mimetizaba, bien es cierto que con más urgencia que nunca, pero sin sorpresa alguna porque ya estábamos avisados.

Y tampoco era algo excepcional. A fin de cuentas, era lo que tocaba en un país en el que estaba todo por hacer y por conseguir. O sea, que si en la tele había un programa como ‘La Edad de Oro’ era por obligación. Los tiempos empujaban imperiosamente a ello. Incluso, pensábamos, era hasta fácil. Pasar de la nada, de la TV en blanco y negro, de los cantautores pelmazos, de la grisura… al pop de pintalabios, que diría Lennon, las revistas guais y los ropajes estrambóticos era un paso que no requería esfuerzo alguno. Había incluso impostura, creíamos, al moler y presentar aquellos ‘tiempos salvajes’ (Ilegales definieron).

Personalizo: recuerdo que cuando el socialista Luis García Nieto se hizo cargo de la concejalía de festejos del ayuntamiento de Zaragoza peleaba con él en el periódico y cara a cara para que dejara de darnos la tabarra con los cantautores y los festivales latinos en La Romareda y se metiera en harina de los nuevos tiempos. Lo tenía incluso sencillo, porque, por decirlo burdamente, le habían dejado delante, no un patatal, sino un campo fértil como la huerta zaragozana. Bastaba con airearlo y meterle un poco de agua, que allí brotaba cualquier cosa, tal era su calidad para la siembra. Y así fue. A regañadientes, pero finalmente entrando en la senda del nuevo tiempo, el rock llegó incluso a la Romareda, primero con Miguel Ríos y Burning, y después con gente como Spandau Ballet, cuya actuación se transmitió en directo por TVE desde el estadio.

Quiero decir con todo ello que, aun costando, era lo que los tiempos demandaban y, por tanto, lo que teníamos que recibir. Una sensación de que, en consecuencia, todo era fácil y obligado, que todo tenía que llegar imperiosamente, lo mismo desde un ayuntamiento sociata que desde la radio o la televisión. Insisto, era lo que tocaba y además en un paso que no tenía vuelta atrás.

Dios mío, quién nos diría que no era así, que el tiempo podía retroceder, que aquella oleada de modernidad, o llamémosle de actualización o acompasamiento al paso de fuera, podía romperse de un momento a otro, que aquello realmente era un espejismo. Imposible. Habíamos ganado mucho territorio para que ello ocurriera. Pero pasó. Sí.

Pongan los más veteranos los ojos y la memoria en aquellos primeros ochenta y levanten la visera y miren al tiempo presente. ¿Qué fue, por ceñirme exclusivamente a la televisión, de aquel programa con atinado nombre buñueliano, ‘La Edad de Oro’? Bajó la persiana en el 85, después de 55 emisiones, y ya no hubo continuidad. Se esfumaron muchos sueños y muchos logros. ¿Dónde está el equivalente actual de aquel torbellino visual, estético, musical y hasta cultural, emitido nada más y nada menos que en directo? No es necesario malgastar el tiempo buscando. No hay nada. Estamos de nuevo en el páramo. O peor, vivimos envueltos en la idiocia televisiva más ofensiva, en una burbuja de imbecilidad, como jamás podríamos imaginar.

Y al observar aquel tiempo pasado, que sí, aunque duelan prendas, en muchos aspectos fue mejor, se calibra la importancia y el valor de ‘La Edad de Oro’ y su época, aquel primer lustro de los 80. Entonces, pese a los gritos de la derechona y los escándalos que suscitó el programa, con el cantante de Lords of The New Church bajándose los pantalones o Genesis P. Orridge, más fumado que una locomotora de hace dos siglos, mostrando un crucifijo con cabeza de cerdo, algunos lo considerábamos como un hecho ‘normal’, pero hoy la perspectiva ha cambiado: fue algo trascendental, un revulsivo que cambió la vida y la piel de este país. Abrió muchas puertas, tanto estéticas como musicales y sociales, por la que entraron ideas y manifestaciones de todo tipo, que quizá, más incluso que algunos de los grupos que presentó, fue su mayor logro. El impulso que dio a la gente joven a hacer cosas nuevas, a moverse, a sacudirse la caspa de años de rigor y opresión, fuese de la ‘tribu’ que fuese, resultó bramante. Nada fue igual a partir de entonces.

Al frente de aquel programa estaba Paloma Chamorro, con sus cardados, sus redondos hombros al aire, sus preguntas muchas veces banales, su pinta de progre y de moderna sobrevenida, pero atrevida, trasgresora, iconoclasta, como ella sola. Hoy, a medida que ha ido pasando el tiempo y viendo lo que hemos visto, se la valora mucho más. Lo que hizo entonces hoy es un milagro. Así de simple, así de contundente. Y si no, ¿qué televisión se ha atrevido y se atrevería en este inicio de nuevo milenio a emitir una ‘Edad de Oro’ del siglo XXI? O preguntando de forma más filosófica y ecuménica: ¿Qué nos ha pasado para que un programa como aquel sea hoy inconcebible?

Por ello me ha invadido la pena y la nostalgia al enterarme este lunes de su fallecimiento. Ah, aquellas noches de martes programando el vídeo para grabar el programa. Aún conservo decenas de cintas grabadas en aquellas noches televisivas, tan ‘normales’ entonces, tan imposibles hoy. Paloma tenía 68 años. Tras ‘La Edad de Oro’ volvió a lo suyo, al arte, en uno de cuyos programas previos, creo que fue ‘Imágenes’, presentó a Radio Futura, pero desapareció por completo de la modernidad –o quizá la hicieron desparecer- y prácticamente del mismo mundo televisivo. No supimos públicamente de ella hasta hoy en que se ha despedido definitivamente. Vaya mi adiós más valorativo y más cariñoso.

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Insolenzia, de monolito

insolenziaLo de Insolenzia es de monolito, no ya en su pueblo natal, Alagón (Zaragoza), que por supuesto, sino en la plaza mayor de la hipotética ciudad de la producción musical. En su haber, tres disco-novelas o novelas-disco, llámese como se quiera a esta ‘insolente’ innovación discográfica, que no hacen sino dejar boquiabierto al más pintado ante presentación formal tan opulenta de rock y literaturas aunados. Sus títulos: ’La boca del volcán’ (2010), ‘Me quema el sabor de tus ojos’ (2011) y ‘Con el mundo entre las piernas’ (2013).

No hay en España ediciones similares, las de Insolencia son únicas. Y me atrevería a proclamar que son únicas en el mundo entero, al menos en la gran historia del rock. No hay precedente alguno de libro-discos como los que este grupo de Alagón factura: una novela escrita magníficamente, con prosa ágil y bella, absorbente, por su cantante Daniel Sancet, y una música, uncida a esa prosa en un difícil ejercicio de funambulismo artístico, despidiendo chispazos de rock melódico y urbano. Eduardo Mendoza y Barricada. Juntos. O Sergio del Molino y Tako. Por citar matrimonios imposibles pero indiciarios.

Ya le he dedicado atención en este blog al grupo. Remito a las tres entradas correspondientes (1, 2, 3) por si alguien quiere remover papeles del pasado. Ahora lo vuelvo a hacer una vez más ante su reciente producción: un disco en directo, que obviamente, como nos tiene acostumbrados el grupo alagonés, es algo más, bastante más, que eso. Pues no en vano viene de nuevo enfundado en duro cartón de portada de libro, sino que en su interior se acantonan, ahí es nada para como están los tiempos, dos cedés y dos deuvedés, amén de un buen tocho de páginas en couché. No, en esta ocasión no hay novela, pero sí cien páginas impresas a todo lujo gráfico, con fotografías y textos de todo tipo, desde la introducción del propio Sancet, exorcizando su neurastenia ante el reto de subirse a un escenario, y más en un día tan remarcado como el que grabaron el disco en el Centro Las Armas de Zaragoza, a un grueso puñado de otros invitados entre escritores, músicos, mánagers, periodistas, poetas… y hasta bandoleros y diseñadores titirititifláuticos, como ellos mismos se autocalifican. Y obviamente no faltan los nombres de los comandos y personas que siguen y apoyan  al grupo a través del micromecenazgo.

Musicalmente, ya saben quienes les siguen, letras llenas de poesía, sensualidad, reivindicación, muy elaboradas, y ese rock eufórico pero pausado, con filiación urbana a lo Leño, Barricada, Tako… Todo material propio, excepto una versión de Manolo Kabezabolo, interpretado con pasión y fuerza, mandando el potente muro de tres guitarras sostenidas por una expansiva sección rítmica y con el sello identitario de Isabel y Daniel en las voces. Aprovecho para decir que son las voces adecuadas a este género, pero seguramente alcanzarían más verismo y solidez si se moldearan y modularan con más precisión, solapando Daniel esa estampa de cantante death metal y cuidando Isabel las afinaciones de las sílabas últimas de algunas frases. Meras apreciaciones personales.

Atención al final, con ‘Y la sal’, con Isabel tocando la guitarra en plan Valdivia y trenzando una de las canciones más significativas del grupo. Por no dejar en el tintero, otras como ‘Sudor frío’, ‘Va a estallar’, ‘A pleno pulmón’, ‘Una sola piel’… A mi entender, Insolenzia está entre lo mejorcito del rock urbano de este país. Esto y estas magnas ediciones discográficas que sirven, bajo un férreo, sufrido y meritorio modelo de autogestión, son motivos de mucha consideración, explican la gran legión de seguidores que tienen. Ya digo, monolito.

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Mas Birras vuelven a trotar

Vaqueros de los Monegros. Unos tipos desinhibidos y con la misma facilidad para hacer canciones de fiesta cowboy como profundas baladas o escarbar en el folclore latino. Unos verdaderos artesanos de la melodía e incluso de la poesía, que, pese al trozo de tarta de popularidad que saborearon a finales de los ochenta, acabaron perdiendo su apuesta por el rock’n’roll. La culpa: el cansancio, las escasas ventas discográficas y la devoción cada vez mayor de su líder, Mauricio Aznar, por el folclore latinoamericano, que, como dijo, se fue alejando musicalmente del grupo “hasta no tener nada que ver con aquello”.

Eran los Mas Birras, un cuarteto zaragozano nacido de las cenizas de Golden Zippers, precursores del rockabilly local, que ahora, de la mano de Universal, vuelve a trotar discográficamente con la reedición de todos sus discos en una aseada cajita tamaño DVD con dos cedés y un libreto de 28 páginas. Es la segunda vez que se rescatan estas grabaciones. La primera lo hizo en el año 2002 Linacero, propietario de las primeras publicaciones que el grupo hizo para Grabaciones Interferencias, junto al grupo y Stop Producciones. Y todas cuantas veces lleguen estas recuperaciones serán bienvenidas (y necesarias) para mantener fresca la memoria de un grupo inolvidable, adelantado, fascinante, y si pudiera ser colocarle en el puesto que se merece en la pequeña historia del rock zaragozano e incluso en el nacional. Que méritos, los hubo.

Los recuerdo como Golden Zippers. La primera vez que los vi fue en el Concurso Municipal de Rock que el ayuntamiento organizó en 1982 en el destartalado pabellón de Santa Isabel y en el demolido anfiteatro del Rincón de Goya. Diría que daban miedo, no en el escenario pero sí en la calle. Sus pintas invitaban a ello: altos tupés, vestimentas vaqueras, cremalleras, puntiagudas botas… La ciudad no estaba preparada para sustos estéticos tan contundentes. Los ochenta se habían abierto en la ciudad atados todavía a la resaca de los cantautores y a la pobreza y el desangelamiento del rock. Zaragoza era, por qué no decirlo, una célula palurda en menesteres y estéticas rockeras, así que chocaba mucho chocar con ellos por la calle.

Tras el Concurso Municipal del 82, quedé con ellos en su cuartel general, un bar de la calle Juan José Rivas, en la acera de enfrente de la entonces famosa discoteca Babieca: intimidaban. Cuatro adolescentes que se bebían su estética y sus gustos musicales a caño abierto y pateaban furibundamente contra lo viejo pero también contra el soplo de novedad que llegaba desde Madrid. “Muerte a los modernos”, me gritó para el Heraldo Mauricio Aznar. Los cuatro hacían profesión de fe: “Esto es una forma de vida. Nosotros no nos disfrazamos para llegar a un grupo, es desde el grupo donde saltamos a la vida. Vives así, te peinas así, te vistes así, porque primero hay que ser rockero y después hacer rock’n’roll”.

Grabaron un single con tres canciones para el primer sello discográfico independiente local que llevó adelante el audaz Luis Linacero, Cara 2, y a finales del 84 se cansaron y reformularon sus principios musicales y hasta casi estéticos. Nacieron Más Birras con Miguel Mata (bajo) y Mauricio Aznar (voz y guitarra), ambos procedentes de los Zippers más Víctor Giménez (batería) y Mariano Ballesteros (saxo). Gabriel Sopeña se colocó en la recámara: no solo produce el primer disco sino que también hace coros, compone, toca la armónica y además toma el papel de voz solista en alguna que otra canción. Un excelente amigo de trabajo y farra.

Entre el 87 y el 92 grabaron los discos que recopila esta nueva reedición: dos singles, un maxi y dos minielepés para Grabaciones Interferencias y dos elepés para Pasión. Asimismo se recuperan las dos canciones –‘Quiero beber’ y ‘Cervezas y cigarros’- que se incluyeron en el álbum recopilatorio ‘Sangre española’ así como dos bonus: una maqueta del 89 (‘Una historia como ésta’) y un descarte de las sesiones de ‘Tierra quemada’; en concreto, ‘Eso de pedir perdón’. Treinta y ocho canciones. En realidad, 37, toda vez que ‘Voces de tango’ aparece en la versión primigenia y en la que se hizo de nuevo para el álbum ‘Tierra quemada’. Y una curiosidad para coleccionistas: ‘El próximo eres tú’, que cerraba el primer minielepé y que la recopilación de Linacero extrañamente dejó fuera. Curiosidad que esta edición aumenta al cambiarle el título por el ‘El siguiente eres tú’.

En el libreto, en el que he tenido el gozo y el honor de participar, destripo todas estas grabaciones con las que Mas Birras perdió su apuesta por el rock’n’roll pero no así su valentía y aplomo para darle la vuelta al viejo rockabilly americano y ensartar una serie de piezas memorables, sensibles, inolvidables, llenando una época del pop zaragozano en la que los discos brillaban por su ausencia. Hasta entonces, ciñéndonos al pop y a los ochenta, en la ciudad únicamente habían grabado discos en formato grande (maxi o LP) la Curroplastic, Vam Cyborg y Vocoder. Al unísono, o un poco después, lo hicieron Dirección Prohibida, Pedro Botero y Combays. Los Héroes aún estaban en el congelador.

En el libreto se inserta también un largo y profundo artículo que el profesor Javier Aguirre escribió en 2002 sobre el grupo y sus discos con motivo de la edición de Linacero, así como una pildorita de Jesús Ordovás evocando el momento en que los oyentes del fenecido ‘Diario Pop’, de Radio 3, eligieron ‘Al este del Moncayo’ como mejor disco del año. Gráficamente, una meritoria profusión de fotos, servidas básicamente por Luis Linacero, enriquecen esta brillante edición que coloca a Mas Birras en un pedestal al que nunca subió pero que se mereció holgadamente.

Mauricio Aznar tuvo que cantar en la calle, trabajar en los billares del Tubo y dedicarse a labores varias para sobrevivir. No le fue bien con los Birras, pero aquello en 2000, según pude deducir una tarde que vino a mi casa, ya lo tenía asumido y olvidado. Entonces, su ocupación y preocupación era Almagato, el vehículo elegido para dar rienda suelta a su nuevo oficio de payador y su devoción por las chacareras y el folclore argentino. Ahí sí le dolía. Me confesó con mucha amargura y mala leche:
-No hay Dios que te contrate. El ayuntamiento pasa de mí. No me hacen ni puñetero caso. Y no te cuento lo de Pirineos Sur…, joder, tendré que ponerme un tanga senegalés y pintarme el cuerpo de negro a ver si me contratan. Un festival de ‘músicas del mundo’…, ¿y qué hago yo?

Otra de esas muecas de hipocresía que se gastan por esta ciudad: meses después de su muerte, ocurrida en octubre de 2000, el ayuntamiento zaragozano, a la sazón en manos del PP, le hizo un gran tributo en la sala Multiusos. El mismo que meses antes le ninguneaba. ¡Ay!


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Discos cincuentenarios en 2017

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Mil novecientos sesesenta y siete: los Beatles publican ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, emergen The Doors con su primer álbum, la Velvet debuta con el álbum del famoso plátano warholiano en la portada, explotan la psicodelia y el hippismo, el festival de Monterey marca el patrón de los futuros macroconciertos, San Francisco vive el ‘verano del amor’, Pink Floyd toma las noches psicodélicas del UFO londinense, el soul sube sus grados de desgarro y popularidad, el sonido garaje se consolida en reductos minoritarios, nace la voz de Janis Joplin, Zappa golpea irreverentemente dentro de sus Mothers Of Invention, Leonard Cohen cambia la novela por la canción, Bowie asoma la cara de manera incógnita, Van Morrison se estrena en solitario, Eric Burdon anuncia vientos de cambio desde California, Dylan retorna a lomos del country…

Muchos vectores confluyentes como para no considerar aquel año como prodigioso y a la vez crucial en el devenir de la música pop, espesando así la estela abierta en 1965 con una pila de discos que tan jugosamente recordó, en 2015, el beatleniano Andrew Grant Jackson en su libro ‘The Most Revolutionary Year In Music’. Se cumplen cincuenta años de aquella ‘eclosión sónica’ del 67, que diría el injustamente denostado -por Manrique y compañía- Jordi Sierra i Fabra, pope del periodismo musical hace más de 40 años y luego autor literario  prolífico y exitoso, en su imprescindible e impagable enciclopedia del rock publicada en 1972, la primera del género que se editaba en el país (lo cual ya fue un mérito en sí mismo).

La pieza mayor de aquella eclosión fue indudablemente el ‘Sgt. Pepper’, el disco que dinamitó las formas de entender y hacer música pop. Descargados de las giras y de las actuaciones en directo, los Beatles contaron con tiempo al por mayor para trabajar en el estudio. A lo largo de 327 horas y 10 minutos, aseguran los detallistas, repartidas entre el 24 de noviembre de 1966 y el 3 de abril de 1967, y bajo la dirección siempre de George Martin, alumbraron este histórico álbum, no el mejor del cuarteto pero sí el más decisivo, que mandó de vuelta al estudio a gente como los Beach Boys y dejó descolocados a los mismos Rolling Stones, quienes respondieron con un endeble y confuso ‘Their Satanic Majestic Request’. Toda una revolución en el mundo pop. Soplará velas el próximo 1 de junio.

Fue curioso el encadenado: The Beach Boys se prendaron del ‘Rubber Soul’ de los Beatles, grabando bajo su peso ‘Pet Sounds’, pero a renglón seguido los mismos Beatles quedaron impactados por aquel trabajo y se metieron en los estudios Abbey Road donde grabaron aquel conglomerado de canciones pop, psicodelia, vodeville, hinduismo, sinfonismo…, o sea, el ‘Pepper’, que a su vez llevó a los Beach Boys a un bucle de inseguridad pero de maravillosas canciones como las del inacabado ‘Smile’ y el subsiguiente ‘Smiley Smile’… Un insólito encadenado circular fabricado bajos los efectos del LSD.

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La Velvet no entró ni salió de encadenado alguno. Hizo la guerra por su cuenta en la Costa Este americana con escaso eco y desde una óptica nueva e incomprendida en el momento (ruidismo y melodía). Su primer bello susto se produjo en 1967 con el LP del plátano, fracasado entonces y años mucho más tarde, sin embargo, ensalzado e híper influyente. Y mientras ello ocurría, en la Costa Oeste, de manera diametralmente opuesta, una oleada de grupos nuevos se mancomunaban  a la sombra del hippismo, las flores, la paz, la psicodelia y el verano del amor.

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Época de renovación social  pastoreada musicalmente por una grey de formaciones nuevas y revolucionarias. Grateful Dead, Moby Grape y Country Joe & The Fish debutaban en disco en el 67 y la Jefferson Airplane, que ya lo había hecho el año anterior con ‘Takes Off’, despachaba dos de sus álbumes más peculiares: ‘Surrealistic Pillow’ y ‘After Bathing At Baxter’.

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Los vientos psicodélicos sobrevolaron el Atlántico. En Inglaterra, Soft Machine y Pink Floyd hicieron suyos los postulados inventados en los ‘ball room’ californianos por los grupos hippies y, entre luces estroboscópicas y proyecciones, ofrecieron su propia visión de aquel movimiento y de aquella nueva música en el sótano en que el productor Joe Boyd enclavó el club UFO. Pink Floyd, con el visionario Syd Barrett al frente, se estrenaba discográficamente con el insólito ‘The Piper At The Gates Of Down’.  Menos conocido entonces y después, por no decir incógnito, los Kaleidoscope británicos (había otros americanos) le daban réplica más ordenada con una obra maestra del género ( ‘Tangerine Dream’) en tanto que The Creation y su debut con ‘We Are Paintermen’ se proyectaban al futuro para dar nombre en los 80-90 a un relevante sello discográfico (la casa de Oasis).

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Entretanto otra parva de grupos, alejada de aquella onda hippiosa, volvía al sonido más sucio y rabioso de los Rolling, reciclándolo de manera impulsiva y casi diletante, dando lugar a la consolidación del sonido garaje, iniciado un año antes. Dos debuts discográficos: The Chocolate Watchband (‘No Way Out’) y Electric Prunes (‘I Had To Much To Dream’). A su vez, The 13th Floor Elevators entregaban su segundo album, ‘Easter Everywhere’ y los más precoces The Seeds soltaban dos piezas mayores: ‘A Full Spoon Of Seedy Blues’ y ‘The Future’.

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El viejo blues, que había alimentado a los Stones y a los primeros grupos de R&B británico –desde Alexis Korner y John Mayall a The Animals, Them, Yardbirds Fleetwood Mac…- alcanzaba su cima con la formación y debut del trío más poderoso de la historia: Cream. Aquel 1967, Eric Clapton, Ginger Baker y Jack Bruce   publicaban dos álbumes inapelables: ‘Fresh Cream’ y ‘Disraeli Gears’. La torrentera sonora que descargó el trío tendría efectos devastadores en el rock posterior de los setenta.

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Con Elvis aún dedicado a las películas, el rock se había quedado sin rey blanco, pero no sin negro, porque aquel año llegaba al panorama discográfico Jimi Hendrix por partida doble con ‘Are You Experienced?’ y ‘Axis: Bold As Love’, dos fieras corrupias sonoras que incluían piezas eternas: ‘Purple Haze’, ‘Hey Joe’, ‘Red House’, ‘Little Wing’… Una de las irrupciones más determinantes de la historia del rock.

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Como lo fue la The Doors, que debutaron aquel 67 con el disco de principiantes más grande y perfecto de la historia. Una compilación de blues, rock y psicodelia que abría con ‘Break On Through’ y se cerraba con el largo y sobrecogedor ‘The End’, emparedando otras gemas como ‘Back Door Man’ o el single que catapultó al grupo a las listas de éxito: ‘Light My Fire’. Soplaron las velas del cincuentenario el pasado día 4 y para el 31 de marzo saldrá una gruesa caja conmemorativa.

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Prodigioso 67. En un instante, en un pasmoso florecimiento, el pop, el rock y el soul se atestaron de nombres y álbumes inolvidables. Junto a los mencionados, una avalancha de solistas y grupos,  bajo el resplandor y la hegemonía de los Beatles, llenaron  el año de grandes discos de tendencias diversas: Love, The Who, Ten Years Alter, Spencer Davis Group, Small Faces, Kinks, David MacWilliams, Hollies, Byrds, Buffalo Springfield, Traffic, Procol Harum, Tom Jones, The Mamas & The Papas, John Mayall, Aretha Franklin, Wilson Pickett, Tim Buckley… Gloriosa explosión que aún resuena en los oídos y en la memoria de manera renovadora y gratificante. Ya hace medio siglo…, ¡uff!.

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Pero miremos también en la Iberia sumergida. El pop español seguía en 1967 apegado todavía al formato por excelencia en los dos primeros tercios de los sesenta, el EP o disco de cuatro canciones. El LP era cosa de privilegiados, así que no extraña que solo Los Bravos, al calor del cine, vieran en las tiendas su álbum ‘Los chicos con las chicas’ o que Raphael, tras un largo sendero de EP’s que se inició en 1962 con Philips y su presencia en Eurovisión en aquel 1967 con ‘Hablemos del amor’, publicara su tercer álbum, ‘Raphael’. Signo de la gran respuesta comercial que habían captado del público juvenil y de los medios.

Más sorprendente podría parecer el primer álbum de Serrat, por tratarse de un larga duración y además cantado en catalán, pero el nuevo cantautor ya venía avalado por el número uno que consiguió en 1967 con el EP ‘Cançó de matinada’, el primer número uno que un disco cantado en la lengua de Espriu  alcanzaba en España. Eso le avaló para pasar al tamaño grande y en 1967 apareció su primer álbum, ‘Ara que tinc vint anys’, todo él cantado en catalán, prueba fehaciente de la persecución por el franquismo de la lengua catalana, según el mantra del pico independentista de hoy.

El torneo del pop español, no obstante, se jugaba en formato pequeño, en EP y en single. Y ahí, la cosecha de canciones y discos hoy cincuentenarios fue bien vasta con nombres como Los Brincos, Los Ángeles, Juan y Junior, Massiel, Karina, Micky y Los Tonys, Pop Tops, Canarios, Pic-Nic, Los Pasos, Bruno Lomas, Los Mustang, Los Relámpagos, Manolo Díaz… Muchos discos y muchas canciones cincuentenarias. Muchas velas que soplar.

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Los número 1 de 2016

Ojeada a los discos más destacados del 2016 ahora que ya se han confeccionado, o son públicas, todas las listas más notables del panorama musical: la veteranía mínima de Bowie, así como la de Nick Cave y Leonard Cohen, la explosividad híbrida de Beyoncé y la proliferación del rap y el hip hop se imponen en el resumen final. Son las notas más destacada del año.

Las webs volcadas fundamentalmente en el indie avientan, como es natural y tradicional, una parva espesa de nombres absolutamente incógnitos para el gran público. Pitchfork coloca a Solange (o lo que es lo mismo, la hermana menor de Beyoncé, que tiene bonita, recogida y melódica voz –lo que la distancia de la hermana- pero que se pierde en medio de un puñado de canciones insulsas, con ribetes de hip hop, rap y nuevo R&B, de escaso punch emocional y artístico y con algún gorgorito exhibicionista, caso de ‘Cranes In The Sky’) en el número 1. Los dos siguientes discos de la tabla, firmados por Frank Ocean y Beyoncé, se mueven en parámetros musicales cercanos.

La española Jenesaispop insiste en la parva de incógnitos, aunque se rinde a los clásicos y termina por colocar en el primer puesto a Bowie y su ‘Black Star’. Ternura coyuntural o reconocimiento de que ante la veteranía llevada con dignidad no hay jovenzuelo que en estos momentos le tosa. Algo parecido a lo que le ocurre a Mondo Sonoro, que aún amplifica el síntoma, decantándose por Nick Cave y su ‘Skeleton Tree’ para el número uno y por Bowie para el dos, siguiendo luego la parva incógnita, con abundancia rapera, crucifixión, ¡ay Dios!, que se reitera en todas las listas de las publicaciones ‘modernas’.

El NME británico insiste hasta aburrir en estos dos géneros (el rap y el hip hop), aunque curiosamente opta por The 1975 y su segundo álbum, de largo título, ‘I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware Of It’, como cimero del año pasado. Un disco al que ya le dediqué una entrada en este blog y que, cargado de la más disparatada mezcolanza, agota en la escucha tanto como la largura de su título. Nada del otro mundo, y menos para figurar a la cabeza de lista alguna, mas la ‘Biblia’ británica’ dixit.

La americana, es decir, Rolling Stone, destaca a Beyoncé y su ‘Lemonade’, al igual que hace Billboard, una coincidencia excesiva, que no sé qué tiene la ‘nueva reina’, aparte de una poderosa  voz, para tanto premio.

Rockdelux, también cargadito de rap y hip hop, apuesta por el luctuoso y duro ’Skeleton Tree’, que no está mal (la elección)aunque no sea de lo más notable del australiano (ver la entrada en este blog). Y, por último, Ruta 66 coloca en el 1 a Drive-By Truckers y su ‘American Band’, disco mediocrísimo, un quiero y no puedo de ‘american band’ con un irritante cantante que a la primera canción, con su desmedido e inútil esfuerzo por entrar en los predios de Neil Young, echa para atrás.

Panorama, la verdad sea dicha, un tanto desalentador, toda vez que cuesta realmente destacar un disco del año pasado con perspectivas de clasicismo y perdurabilidad o al menos con seguridad de que tarde o temprano volverá al reproductor personal de quien suscribe. No hay mucho que sorprenda, que se quede en la retina de los oídos, curiosamente cuando la producción que cada año llega al mercado es oceánica. Si acaso ese también oceánico segundo álbum –‘Love & Hate’- del londinense Michael Kiwanuka, con una de las introducciones más ambiciosas que se recuerden desde los tiempos de Isaac Hayes, esos epopéyicos diez minutos de ‘Cold Little Heat’.

Personalmente, no obstante, lo tengo muy claro: el disco de réquiem de Leonard Cohen, ‘You Want It Darker’, es mi número 1. Volveré a escuchar esta sobrecogedora despedida en más de una ocasión. Como lo haré con los últimos de Bowie, PJ Harvey, Nick Cave o Radiohead, a mi gusto y entender, lo más sabroso de 2016, la foto musical que más y mejor me recordará el año finito, pero no mucho más. Curiosamente compruebo, tras escribir estas líneas, que son los mismos que destaca Efeeme en sus cinco primeros puestos. ‘Simbiosis’, que diría aquel ‘gran hermano’ de infausta memoria. A ello hay que añadir el regreso bluesero de los Stones y el último de Van Morrison, por mantener viejas fidelidades y si acaso la agresiva valentía de Swans, siempre únicos.

En el panorama nacional e incluso en el aragonés, mejor no entro. Que ahí los nubarrones son preocupantes, con dificultad máxima para destacar algo de futuro y gran calado. Escaso interés. Otro año será.

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Beth Orton, decepción

Me hubiera gustado acabar el año con un buen disco; o, mejor dicho, con un soberbio disco, que es lo que me esperaba de Beth Orton, la cantautora ‘folktrónica’ que saltó en 1995 a la popularidad con su intervención en uno de los discos clave del techno de los noventa, el ‘Exit Planet Dust’ de Chemical Brothers, aunque antes había trabajado con William Orbit. Pero nada más tener noticias de la publicación de su nuevo trabajo me he ido a por él con tantas ansias que…, leñe, decepción.

Y es que la británica ha vuelto al redil de la electrónica pura y dura, tras el folky y orgánico ‘Sugaring Season’, de 2012, que se ganó mis muchos aplausos y creo que también los de muchos lectores de este blog, hasta el punto de que la entrada dedicada a este penúltimo disco figura como la novena más seguida de este rincón musical, con más de 72.000 lecturas, algo, por otra parte, ciertamente sorprendente.

Cuesta olvidar aquel disco, a aquellas maravillosas emanaciones melódicas que de allí salían como ‘Call Me The Breeze’ o ‘Magpie’. Si se hace el esfuerzo en el olvido y se detiene uno en lo que ofrece este nuevo, especialmente en momentos tan sensibles y cósmicos como los que brotan, por ejemplo, en ‘Dawnstar’, e incluso si se echa la mirada retrospectiva hacia ‘Trailer Park’(1996) y sus devaneos electrónicos y trip-hop, la cosa no desentona, e incluso se topa con una Orton más audaz, pero, ya digo, resulta difícil solapar las ganas de encontrarse con la Orton folky de ‘Sugaring Season’,un disco en el que evocaba sutilmente a las grandes damas del folk británico de los 70, o sea, Maddy Prior, Jacqui McShee y Sandy Denny.

Los devotos de la electrónica seguramente me rebanarán el pescuezo por esta disquisición, pero, lo siento, donde suenen los ecos del folk-rock británico de los setenta no tengo la más mínima duda para elegir. El favoritismo es claro. Me sobra la electrónica.

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Van Morrison, el viejo león sigue mordiendo en la selva discográfica

Sí, mucha abundancia, qué digo, un aluvión matador de discos. Es curioso, aunque la reflexión suene ya a muy sobada, que en tiempos en que la industria musical ha caído en picado cada semana lleguen al mercado varias decenas de discos…, pero, ay, qué discos.

Realmente, lo confieso sin rubor, discos en su mayoría, especialmente los provenientes de la tropa indie y millenial, incapaces de levantarme unas mínimas esquirlas de emoción, sin el más mínimo signo de que, con el tiempo, serán discos que habré de colocar en mi altar de favoritos y memorables (lo tengo físicamente, el altar). O sea, que, tras picotear un rato en el bendito Spotify, tendré que ir a la tienda de inmediato a cazar la presa. Pero quiá, que diría el castizo.

No extraña que al final, caso de decidirse uno a invertir unos euros, recurra a lo seguro, a los clá-si-cos, a esos artistas que siempre te han acompañado y que, aunque llueva o truene, aunque no se muevan un ápice del adoquín de su consabida fórmula sonora, los vas a seguir disfrutando.

Verbigracia, Van Morrison. El gruñón irlandés llevaba cuatro años sin publicar nada nuevo hasta que en octubre pasado salió con ‘Keep Me Singing’, once canciones propias, una versión en homenaje al fallecido bluesman Boby Blue Bland y un instrumental picajoso, ¡con injertos ska! Su título y lema, según canta en la misma pieza que bautiza al disco, es bien explícito: “Dejadme cantar, es lo único que sé hacer”. O dicho en plata: No me pidáis virguerías ni raros experimentos, solo mi voz. Y, si acaso, como ocurre en este disco, que coja el viejo saxofón y la armónica.

O sea, blues, soul, baladas, jazz y punto. Ni siquiera viejos misticismos, al estilo ‘Astral Weeks’ y aquellos memorables once minutos de ‘Listen To The Lion’ del no menos memorable ‘Saint Dominic’s Preview’, tampoco experimentos con otras músicas como el skiffle, la música celta o el country, ni grandes despliegues instrumentales, aunque aquí asomen violines y cuerdas en ‘Memory Lane’ y ‘Holy Guardian Angel’ y los arreglos estén muy cuidados.

El más fiero y antipático león de la selva rockera –bueno, Dylan está unos peldaños por arriba- no tiene que rivalizar con nadie, ni cegarse con cifras de ventas, y ni tan siquiera pensar en superaciones personales, solo cantar, su mayor placer, según confesaba hace poco, por encima de exigencias del público. Y esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas, te dejas morder o escapas.

Personalmente, lo sigo tomando, claro. ¿He confesado que, como me pasa con Dylan, sigo reafirmándome en que Morrison no tiene un solo disco malo y sí muchos sublimes, insustituibles? Este es su disco número 36 de estudio. Ya digo, inmóvil, pero seductor. Y si a ello se une la opulenta edición de tres conciertos de la gira de la que salió aquel noqueante directo del 74, ‘It’s To Late To Stop Now’, pues a seguir rugiendo junto al león de Belfast. Y los indies, a espabilar.

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Delicias navideñas con She & Him

El cantante y compositor indie M. Ward y la bella actriz Zoey Deschanel vuelven a las andadas, a sus deliciosas andadas, y lo hacen apropiadamente en tiempo navideño con un álbum de villancicos, algo que, por cierto, va siendo cada vez menos frecuente (lo de dedicar un álbum entero a los villancicos desde que Elvis diera el campanazo de salida en el pop).

No se suben a carro alguno Ward y Deschanel, que ya son viejos zorros de la música navideña: en 2011 publicaron su primer álbum del género. Bonito disco que estiran ahora con este segundo, colmado de piezas que, aunque vengan enmarcadas en el cuadro navideño, son canciones para escuchar en cualquier época del año.

Y es que, cómo no va a valer para cualquier fecha un ramillete de canciones, aun clásicas del género, atacadas previamente lo mismo por Sinatra que por Mariah Carey, que remiten a las esencias de los grupos vocales femeninos de los sesenta, los de la factoría Spector o los de la Tamla, y con la niquelada guitarra de Ward dirigiendo básicamente las maniobras, aunque el piano también lo hace en ‘London’, no digamos los bellos arreglos orquestales. Steve Shelley, de Sonic Youth, anda por ahí acompañando a la batería en media docena de piezas.

Bien, con este delicado disco navideño, quiero desear unas felices fiestas a todos cuantos se acercan a este blog. Gracias por seguir ahí y por arropar esta larga andadura que, con sus baches, sigue mirando al presente y al futuro. Disfrutad con este dúo y con este álbum navideño y más. Abrazos.

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En en lago sereno de Greg Lake

Los malditos bichos gripales me impidieron en su momento soltar públicamente unas lagrimitas de pena por la muerte, el pasado día 7, de Greg Lake, nombre que dicho así, sonará a los más jóvenes (imagino) tanto como darle un pellizco al aire, o sea, nada.

Y, sin embargo, hace casi medio siglo, este británico de Dorset era una estrella de la primera división del rock, formando parte, primero, de King Crimson y, después, de Emerson, Lake & Palmer. Casi nada. O demasié, que dirían los modernos de entonces, a tenor del eco que levantaban bandas tan atrevidas y, en el caso de EL&P, tan ‘circenses’ y espectaculares.

No es cuestión de desbrozar las idas y venidas de Greg Lake, que están accesibles por cualquier lado, y menos aún las historias de grupos tan estelares, pero sí remarcar que el bajista, guitarrista y cantante fue figura clave de ambas formaciones y de aquella época. Sí, Greg se salió del rígido papel del bajista estático, rutinariamente aplicado a darle cuerpo a las canciones mientras con el rabillo del ojo fisgoneaba y controlaba el patio femenino (por ello, en el rock figura la leyenda del bajista como el ligón a la chita callando, y si no que le pregunten a Bill Wyman).

Lake, que tenía estudios clásicos y que tocaba lo mismo a Paganini que a Elvis y The Shadows, sus ídolos iniciales, poseía una voz melodiosa y un gusto exquisito para componer y tocar la guitarra. Sus armas primordiales, más que el bajo, para que figure en el santoral del rock, y más aún del progresivo.

Suya es ‘Epitaph’, esa catedral que se levanta majestuosamente en ‘In The Court Of The Crimson King’, el álbum de debut King Crimson. Idem ‘Talk To The Wind’, otra de las sedosas piezas de aquel álbum mágico. A la altura de ellas estaba ‘Lucky Man’, pero esta ya entregada al primer álbum de Emerson, Lake & Palmer, en un single tan bello e improbable en aquella catarata de sintetizadores que era el trío. Y lo mismo, ‘From The Beginning’, y su resabio Shadows, para ‘Trilogy’; ‘The Sage’, la única canción firmada por un miembro del grupo, en este caso por Lake, en aquel álbum orondo y excesivo que copuló en directo la música clásica con los sintetizadores, ‘Pictures At An Exhibition’, y ‘C’est la vie’, con su evocación, si no pseudoplagio, del ‘Concierto de Aranjuez’, para ‘Works. Vol I’. Solo por este lago de calmadas y sutiles piezas, Palmer merece el recuerdo más emocionado.

Obviamente, hubo más. Hasta sus días finales siguió en activo, con sus proyectos individuales, su paso por Asia, sus desapariciones y retornos, sus dudosos rescates de EL&P con cambio de batería, sus acercamientos al heavy metal, sus trabajos benéficos para niños abandonados, sus canciones para películas y series televisivas… y en los últimos tiempos saliendo a los escenarios para recopilar su vida musical en conciertos tan didácticos como evocadores –véase el CD en directo ‘Songs Of A Lifetime’(2013)-, donde contaba largas historias de cómo conoció a Elvis o los Beatles e interpretaba canciones de ellos, amén de las que compuso para King Crimson y EL&P. Mal año este 2016 para este último grupo. A principios, murió Keith Emerson y ahora él.

Ya que andamos en harina navideña, ahí va este ‘I Believe in Father Christmas’ que Lake compuso para Emerson, Lake & Palmer, editándose como single y en su ‘Works. Vol 2’. Nada sorpresivo –estilísticamente- si se recuerda que el trío no fue esclavo de los sintetizadores y del llamado rock progresivo, pues lo mismo tocó boogie que honky tonk, pop playero o clásica. Hoy, en Inglaterra este es un villancico pop clásico que en estos días resuena tanto como el ‘Happy Christmas (War Is Over)’ de John Lennon.

Y como colofón, sus dos perlas mayores:

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Los Rolling Stones y el blues

Hoy, después de once años sin discos en estudio,  se ha publicado ‘Blue & Lonsome’, un nuevo álbum en el que los Rolling Stones vuelven a la adolescencia con un completo racimo de versiones de blues de grandes maestros del género, desde Howlin’ Wolf a Memphis Slim, Little Walter, Jimmy Red y Willie Dixon, combinados con otros nombres de menor rango popular, signo de los vastos conocimientos que Jagger y Richards poseen del género negro. Algo que a su vez reitera la grabación del disco en tan solo tres días del mes de diciembre del año pasado. Se dice que en realidad se metieron en el estudio de Mark Knopfler para grabar nuevas canciones pero al ver que no funcionaban se fueron de forma casi instintiva al blues de sus años mozos y salieron las doce piezas de este nuevo álbum.

Los Rolling Stones cierran así el círculo. Hace casi 60 años unos imberbes Mick Jagger y Keith Richards, que habían compartido pupitre en la escuela de Dartford, se reencontraron en una estación de metro londinense y por culpa de un par de discos -exactamente uno de Muddy Waters y otro de rock’n’roll, de Chuck Berry- que Jagger llevaba bajo el brazo estalló un trueno de complicidad musical mutua que aún sigue haciendo ruido.

Con  Brian Jones como capitán de la nave, en 1962, formaron The Rolling Stones, tomando el título de una pieza de Muddy  Waters. Su repertorio inicial se nutrió de todas aquellas canciones de blues que les habían roto las neuronas mezclándolas con otra de sus grandes devociones, Chuck Berry y el rock’n’roll. Y ya no lo abandonaron en toda su carrera, como prueba ‘Blue & Lonsome’.

Vaya por delante y de inmediato que se las han tenido mejor en los no pocos temas de blues que han incrustado en su larga discografía. ‘Blue 6 Lonesome’ no es un  disco sacramental de blues blanco: la historia, desde los primeros bluesmen británicos, empezando por Alexis Korner y siguiendo por Mayall y toda su escuela, y saltando después a los USA con la Paul Butterfield Blues Band y Canned Heat o Roy Buchanan a la cabeza, está apretujada de joyas insuperables. Hoy mismo, aunque de forma casi incógnita, saltan al mercado docenas de discos con mucho más gramaje y brillo que este ‘Blue & Lonesome’. Clapton ya hizo lo mismo en ‘From The Cradle’ y luego en sus recreaciones de Robert Johnson.

Y obvia señalar su nula capacidad de sorprender en tiempos actuales, menos aún de escandalizar como lo hicieron en aquel terreno virgen de los primeros sesenta, añadiendo a los blues el descaro juvenil  y la impudicia virginal que ellos le añadieron. Pero resulta indiscutible el nivel de fidelidad e interpretación de estos blues por unos Rolling viejunos pero en plena forma (materia casi de estudio para la ciencia médica, por cierto).

La apertura del álbum surge de forma correosa y cabeceante, con ‘Just For Your Fool’, un blues a lo Fleetwood Mac de vieja escuela, que es casi como decir de Elmore James, aunque su autor es el gran armonicista Little Walter. La armónica de Jagger sale a relucir de inmediato, al primer segundo, como aviso de su omnipresente presencia en el disco y del buen manejo que siempre hizo de ella. En esta misma dinámica burbujeante y optimista se mueven ‘Commit A Crime’, ‘I Gotta Go’, ‘Rid’em On Down’, ‘Just Like I Treat You’ e incluso ‘Hoo Doo Blues’. El resto, hasta completar la docena de piezas del disco, es decir, la otra mitad, son blues lentos. La banda al completo, con la aparición de Eric Clapton en dos piezas, que andaba por allí rematando su último disco, se mueve como tiburón en el agua, tal es la voracidad, sangre y groove que saca de la faena, aunque siendo algo quisquilloso, ese final y súper clásico ‘I Can’t Quit You Baby’, con un Jagger algo gritón y forzado, no tiene oros suficientes  para fajarse con la versión de Mayall en su fastuoso ‘Crusade’ (1967).

No es mal disco, insisto. Pero la pregunta salta de inmediato. ¿No tenían otra cosa que abordar los Rolling para rellenar un disco? ¿O querían hacer un simple tributo al blues? Era innecesario. Ya lo han hecho aunque haya sido a trompicones. Su discografía está trufada de numerosos encuentros con Satán en el cruce de carreteras, como los de Robert Johnson, en busca del ‘mojo’ del blues. ‘Midnight Rambler’ es el premio mayor que les otorgó el diablo en aquella interpretación que dejaron en ‘Let It Bleed’(1969) y luego, desde ‘Get Yer-Yaya’s Out’, en sus muchos discos en directo, no digamos en carne viva en los escenarios donde la crónica del estrangulador de Boston, Albert De Salvo, se engrandece musicalmente en originalidad y pulsión emocional hasta rascar la espina dorsal del mismo Satán.

Afortunadamente, en Zaragoza probamos esta sanadora medicina bluesera en aquella inolvidable noche de 2003 en la Feria de Muestras: a la séptima canción saltó ‘Midnight Rambler’ que Jagger acabó en español con un “sois geniales, ¡eh!”. “Si alguien quiere saber lo que son los Rolling Stones debe escuchar ‘Midnight Rambler’. Eso somos nosotros. Es la quintaesencia de lo que son los Stones”, explicaba Keith Richards en 2012, en el documental ‘Crossfire Hurricane’ con el que conmemoraban sus 50 años de actividad.

No era la primera vez que el blues afloraba en los surcos de sus discos. En el primer LP ya colaron tres, pero bajo el seudónimo de Nanker Phelge: Jagger y Richards tenían miedo de no estar a la altura. En el segundo atacaron ‘I Can’t Be Satisfied’, de Muddy Waters, y en el tercero saltó otra de sus grandes y venenosas versiones: ‘Little Red Rooster’, de Willie Dixon. Desde entonces, aun ya enfilando su carrera con material exclusivamente propio, hubo blues stoniano para adoquinar el camino al infierno: ‘Doncha Bother Me’, ‘Parachute Woman’, ‘Prodigal Song’, ‘You Gotta Move’, ‘I Got The Blues’, ‘Love In Vain’, ‘You Gotta Move’, ‘You Got The Silver’, ‘Shake Your Hips’, ‘Casino Boogie’, ‘Manish Boy’…

Blues para indigestar a una reserva de bisontes. El nuevo disco cierra así el círculo de sus trayectorias musicales, certificando que los Rolling, lamentablemente, ya no están para trotes creativos. Y ni ganas. O lo ven como ejercicio vano: “¿Para qué vamos a grabar discos nuevos si la gente solo quiere los éxitos del pasado”, se lamentó Jagger cuando, en 2012, salió el recopilatorio ‘Grrr’. Afortunadamente -por más que la clientela tocapelotas y mefítica insista en su retirada- sí lo están para volver la vista con nitidez a su adolescencia y sobre todo para seguir pateando los escenarios con decoro y entrega. Su reciente DVD, ‘Havana Moon’, vuelve a martillar en el clavo.

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Dover se va… y da pena

Hoy domingo se ha hecho pública en los grandes medios la disolución de Dover… y da pena. La guitarrista Amparo Llanos lo explicó el pasado miércoles en Radio 3 de esta manera al hilo de la presentación en Madrid del primer disco de su nuevo grupo, New Day: “Cuando teníamos claro que Dover nos íbamos a separar, me apetecía seguir haciendo música. Durante el verano pasado empecé a hacer algunas canciones y durante el invierno llamé a Samuel [bajista de Dover] y le dije: “¿te aburres? Yo también, ¿por qué no hacemos un grupo?”. Y nació el mentado New Day y la desaparición a su vez de Dover. “Gracias a todos por vuestro apoyo. Dover como grupo deja de existir pero nuestra música seguirá sonando en vuestros corazones”, han remachado las hermanas Llanos en Twitter sobre esta separación.

El cuarteto madrileño es de lo poco y más presentable que dio la música española de éxito en el último cuarto de siglo. Deja en la nevera una colección de discos dispersa y polémica, pero no por ello menos apreciable y se diría que pionera en el pequeño islote del indie español.

‘Devil Came To Me’ (1997), con ‘Loli Jackson’, ‘Serenade’ y la titular dentro, fue su disco de ruptura y desbordamiento en un mundo tan poco explosivo en las listas españolas como el independiente. Marcado por la melodía y la rabia del grunge, tan de moda en el primer lustro de los noventa, y tan influyente en grupos como los mismos Dover, a cuyas ubres se formó el cuarteto madrileño en 1992, era el segundo de los ocho álbumes que llegó a publicar. Antes quedó un disco de tanteo y debut como fue ‘Sister’ (1995).

Después del estallido y con la singularidad en el rock español de incluir a dos chicas en su configuración no solo como guitarristas y cantante sino como compositoras y ‘front woman’, siguieron su línea melódico-grunge y su devoción nirvanera hasta el punto de que tanto ‘Late To Night’ (1999) como ‘I Was Dead For 7 Weeks In The City Of Angels’ (2001) se grabaron en la cuna del género, en Seattle. A estas alturas, las multinacionales ya habían ejercitado uno de sus deportes favoritos: la absorción de los grupos notables provenientes de los sellos independientes. La vieja historia: el pez grande, en este caso Chrysalis/EMI, comiéndose al pequeño, lo que afortunadamente no hizo que las hermanas Llanos levantaran el pie del acelerador, mostrándose en estos discos hasta incluso más espídicas y rasposas sin perder por ello musicalidad, como bien remachó el breve ‘The Flame’ (2003).

Mas como es norma obligada en cualquier faceta del arte y más aún en la música pop, esto es, evolucionar, reinventarse, no vivir permanentemente en el mismo espacio disparándose selfis sonoros una y otra vez, unido a la repercusión de influjos vitales imprevistos, originó que el grupo diera a continuación una serie de bandazos creativos que dejaron descolocados a buena parte de su parroquia y con los que se incrementó su fama de grupo odiado/querido, sometido tanto al halago supremo como a la befa descarnada.

Dover se soltó el cinturón, y de los efluvios nirvaneros saltó a la electrónica con ‘Follow The City Lights’ (2006) y el imparable ‘Let Me Out!’ de estandarte. Un ejercicio de reconversión insólito. Más la cosa no paró allí. En 2010 no es que Dover descolocase, es que sufrió un colocón extraño, abrazando el africanismo con ‘I ka kené’ ‘por culpa’ de un novio africano que le salió a la rubia Amparo. El bandazo, pese a momentos exquisitos como ‘Solitaire’, y sus toques folk no fue letal, para dejar a las hermanas Llanos definitivamente en la cuneta, pero estuvo a punto.

Un fracaso comercial del que sobrevivieron con ‘Complications’ (2015) y su retorno a los tiempos de ‘Devil Came To Me’ en que pusieron patas arriba el tablero del rock indie hispano. Aquel álbum bebía de aquellos inicios, pero acentuando una faceta larvada entonces como la del punk. Había momentos -‘Too Late’, ‘Complications’, ‘Four The Floor’- en los que la guitarra tenía un punto Steve Jones (Sex Pistols) más que evidente y nutritivo. Y como era habitual, Dover, en medio del guitarreo y la acción, volvió a definir con tiralíneas sus melodías infecciosas y urgentes, con logros mayores como ‘Sisters Of Mercy’.

Se puede creer en ellos o no, en sus complicaciones para evolucionar, escribía hace tiempo uno en Heraldo, pero si se despelleja a Dover -cosa algo habitual, por desgracia- habría que hacer tabla rasa en el rock nacional. Así que da pena que se acabe, pero también es ley de vida, y más en este negocio tan volátil como el del pop.

El nuevo grupo de Amparo, junto al mentado bajista de Dover, Samuel Titos, y el batería Jota Amijos, se decanta por el folk y por el eco de las canciones de Paul McCartney con cierto poso de electrónica, como muestran las dos canciones colgadas hace tres días en Youtube: ‘Stay’ y ‘Say Yeah’. Ello, lo de New Day, no significa, según parece, que las dos hermanas Llanos vayan a montar un ‘pollo’ tipo Gallagher, sino todo lo contrario. Las relaciones entre ambas son excelentes, y la misma Cristina, que en realidad fue la que encendió la chispa de la separación al no sentirse motivada con el grupo e incluso con la música, está aconsejando a su hermana menor en su nuevo proyecto, a la vez que la apoya. El pasado 24 se la vio en el concierto de New Day en la sala madrileña Wurlitzer. Ella, por su parte, no tiene decidido nada sobre su camino musical. “Le apetece descansar y vivir la vida”, le comentó Amparo a Julio Ruiz en Radio 3. Según parece, tiene intenciones de dedicarse a la literatura. Veremos.
Yo hago una apuesta: Dover volverá.




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Lujoso renacimiento de Rocky Kan

rocky-kan-doble-lpHa sido una recuperación tan necesaria como lujosa. Por vez primera desde su edición primigenia, es decir, hace más de cincuenta años, salen a la luz las canciones y los discos de Rocky Kan, siete epés y un single, grabados entre 1961 y 1965, que estaban sepultados en el olvido y a los que era dificilísimo acceder si no se armaba uno de paciencia, tiempo y dinero para ‘cazarlos’ en Internet, tiendas de segunda mano, mercadillos, ferias… etcétera.

Ahora están disponibles en un doble y lujoso LP de vinilo al que se le ha añadido un CD y un libreto de 24 páginas, de tamaño igual al de la carpeta doble del disco, en el que se insertan numerosas fotos del cantante y textos de quien suscribe así como de Félix Zapatero y Miguel Ríos. Un atractivo paseo por el rock’n’roll y demás estilos que el rocker zaragozano esparció en aquellos discos con los que, como solista, se convirtió en adalid y pionero del género en España, junto a los también zaragozanos Chico Valento, Baby, Nelo y Gavy Sander’s.

A primeros de noviembre, junto a Jorge Cano, Félix Zapatero, Luis Linacero, Gavy Sander’s y Javier Roldón, tuve el honor de presentar en el Centro Cívico Delicias, artefacto tan lujoso, impulsado por la familia de Rocky y el Club de Amigos del Disco Aragonés, de Luis Linacero. Fue un gran gozo tener en mis manos el disco y poder mostrarlo a los muchos asistentes que acudieron al acto de recuperación y bautizo.

Dos preguntas algo raras y quizá extemporáneas y fuera del meollo del doble álbum me hice allí, en público. Una: ¿por qué nació en Zaragoza aquel quinteto de rockers? Dos: ¿ha sido positivo el hundimiento de las multinacionales? A las dos di respuesta quizá inadecuada, pero es lo que pienso. A la primera, estaba claro que la existencia de la Base Americana fue factor determinante, unido a las películas de Elvis y el programa radiofónico ‘Plataforma de estrellas’, para que explotara aquella pequeña bomba de relojería rocanrolera. Pero si todo aquello no hubiera contado con la fe y la tenacidad visceral de todos ellos para meterse en aquella selva incógnita en un momento en que la década de los sesenta rompía aguas en España arrastrando todavía la rémora de la dura posguerra y la canción popular seguía uncida a la copla y el folclorismo, no hubiera sido posible. Peleaban en terreno comanche y nuevo, les tocó abrir camino a base de pasar hambre y dificultades a raudales. No fue pues fácil soltar el sonoro y obsceno bofetón que le soltaron a los modos y al mundo adulto de la época.

La segunda cuestión creo que la estaba respondiendo con toda evidencia el disco que tenía ante mí, y que ya está disponible en el mercado. Cuarenta años han tenido las multinacionales, dueñas de aquellos discos, para elaborar un trabajo tan opulento y seductor como este, y no lo han hecho. Y en caso de hacerlo, ¿lo hubieran hecho con el lujo y el mimo con que se ha hecho este? En absoluto.

Por todo ello, di las gracias públicamente, como hoy las reitero aquí, a la familia Cano (a ‘la multinacional Cano’) y a Luis Linacero, que desde hace varios años andaban peleando por sacar adelante este proyecto.

Y finalicé haciendo una llamada a las instituciones para que se involucraran en este tipo de acciones. No era un gemido más de pedigüeño, de esos tan repetidos en el mundo de la Cultura en busca de la subvención. No. Era una petición imperativa a que cumplan con su deber, según la ley les obliga. Basta con detenerse en el artículo 49 de la Ley de 1985 de Patrimonio Histórico Español y en las disposiciones generales del título preliminar de la Ley de 1999 de Patrimonio Cultural Aragonés para certificar esta obligación.

Queda mucho por recuperar en el terreno de la música popular y en particular del rock, que, sin duda, al menos para mí, es materia cultural y así lo ha oficializado la concesión a Bob Dylan del premio Nobel de Literatura. Será difícil que las instituciones y los políticos entren al trapo, pero al menos que les suenen las campanillas de la obligación desde este modesto rincón. Si no, habrá que seguir esperando a que otra familia valiente como la de Rocky Kan se meta en la mina y extraiga el oro que una edición como esta ha traído. Lo que sea, pero aquellos rockers no pueden quedar sin voz para las nuevas y futuras generaciones.

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Perico, fuera de combate

perico-fernandezNo es que no me guste el boxeo, es que le tengo aversión. Dos personas dándose guantazos en un ring, ante el griterío y el aplauso complaciente del público, no me parece un espectáculo edificante; aun reglamentado y controlado, aviva uno de los instintos más bajos y repulsivos del ser humano: la violencia. Y no. No me interesa.

Ha sido exactamente lo mismo que me ha ocurrido con el despliegue tipográfico que se le ha concedido a la muerte de Perico Fernández en días pasados. No he leído la más mínima línea sobre su historia y los numerosos panegíricos que se le han hecho. No me ha interesado. A mi entender, una desmesura.

Máxime en un tiempo en el que afortunadamente este deporte, pese a seguir figurando como olímpico, está prácticamente borrado de los medios. La misma TVE, que antaño fue uno de sus bastiones, hace años que ya no retransmite un solo combate de boxeo. Y a mi entender, hace bien.

Pese a sus purulencias y maldades, vivimos y vamos hacia una sociedad más civilizada, una sociedad, especialmente la occidental, en la que, por lo general, la supervivencia no se gana a puñetazos sino con la inteligencia y el trabajo racional de cada día.

Perico Fernández fue producto de una infancia durísima, marcada por el abandono materno y el orfanato. En la España de los setenta, cuando todavía se vivía sobre las brasas de la pobreza y del franquismo represor y la sociedad del bienestar era una pura quimera, sus puñetazos y sus exitosos combates le convirtieron en un héroe, como antes lo fueron Paulino Uzcudun, Folledo o Urtáin. Pero era otro tiempo. Entonces, un KO mundial se consideraba una gesta, y la muerte de un deportista de los guantes, la mitificación. El boxeo estaba incrustado en la piel social del país, seguramente por la difusión intensiva que le daba TVE y porque las gestas de chavales jóvenes que huían del lumpen a base de puñetazos o estocadas taurinas (verbigracia El Cordobés), ponían en pié al populacho, siendo pasto de revistas y noticiarios.

Mas cincuenta años después, en otro tipo de sociedad, con otros valores y otros intereses y con el boxeo desaparecido de los focos mediáticos, ya no hay héroes del ring; resulta, por tanto, difícil entender el periodismo de campanario y glorificación al que hemos podido asistir en días pasados.

A Perico no se le daba mal la pintura e incluso la música. Lástima que su camino no se hubiera roturado por alguna de estas artes y no por el de los cates. Dentro de la implacable e inevitable ley de la parca, hubiera sido más reconfortante haberlo despedido como músico o pintor que como boxeador. Pero los ditirambos a sus guantazos de hace medio siglo se apoderaron de las páginas de los periódicos.

Nada vi sobre su faceta musical, que aunque anecdótica, no fue desdeñable. El único single que grabó con Tony Ronald como productor, y fruto evidente de su éxito en el boxeo, incluyó un rock’n’roll brioso con contundentes arreglos de metales y una balada. Un crochet sonoro del que Perico, pese a sus deficiencias vocales, fruto seguro de la precipitación, no salió mal parado para tratarse de un amateur.

Lástima pues que, por ejemplo, no se hubiera abierto camino entre las líneas del pentagrama y no entre las de las cuerdas del ring. O en la de los pinceles. Pero no a tortazos. Mi sentido homenaje a la persona, que no al boxeador, rescatando aquel disco que grabó en 1974, aunque esta grabación de Youtube suene fatal. Descanse en paz.

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Y el réquiem de Cohen se hizo real

Una gran pena, sobre todo para quienes somos víctimas confesas de las puñaladas de belleza de Leonard Cohen. Su réquiem, al que aludía en la entrada anterior, lamentablemente se ha materializado, ha sido real.

Aunque su muerte, al parecer, se produjo el lunes pasado, no ha sido hasta esta madrugada de viernes que se ha dado a conocer en España (tarde-noche en Los Angeles). El fallecimiento lo ha hecho público su familia a través de Facebook: “Con profunda tristeza informamos que el legendario poeta, cantautor y artista Leonard Cohen ha fallecido. Hemos perdido a uno de los visionarios más prolíficos y reverenciados de la música. Se celebrará un funeral en Los Ángeles en próximas fechas. La familia pide privacidad durante este momento de dolor”.

Era el mejor refugio para purgar las penas del alma y del amor. Las canciones de Leonard Cohen servían de paliativo anímico, pese a la severidad de su tono y a la umbría en la que habitaban sus letras y sus melodías, para aliviar e incluso curar momentos delicados del corazón y de la mente. También para alimentar los roces del amor. Canciones de dormitorio se las ha etiquetado. Y no falta razón en ello, aunque a él no le agradase encajonamiento tan opresivo. Con ocasión del lanzamiento de ‘The Future’, confesó que le habían comentado que se trataba de un disco para quitar la ropa interior a una mujer, una especie de “Barry White con pretensiones”, lo que no le irritó pero sí le hizo rezongar ante la prensa. “Creo que nunca se ha entendido el humor que hay en mi obra”, dijo a Manrique en 1992. Él mismo se retrató irónicamente en ‘Old Ideas’ como ‘el vago cabrón’.

Se nos ha ido el gran seductor, el estimulador de algunos de los grandes sentimientos humanos. Ochenta y dos años. Una vida dedicada a la novela, la poesía y la música. Nos quedan catorce discos de estudio y varios directos para encender más aún ese fuego de la melancolía y la tristeza, que él encendía con luminosidad congeladora, cual pirómano de las emociones.

El cantante de las profundidades, enamorado de Lorca y del flamenco hasta el punto que llegó a confesar que hubiera sido cantaor del género hispano, empezó escribiendo novelas y poemarios: ‘El juego favorito’, ‘Los hermosos vencidos’… hasta seis. Buenas críticas pero raquíticas ventas. Un fracaso comercial. Tuvo que desenterrar la guitarra, que aprendió a tocar cuando formaba parte de un grupo juvenil de country, Buckskin Boys, para ganarse la vida y nació el poeta-cantante, el artista sublime que, con el combustible inspirador de Lorca en sus versos y en su misma existencia, alumbró unos primeros discos hirientes de sensibilidad, magistrales: ‘Songs Of Leonard Cohen’ (1968), ‘Songs From A Room’ (1969), ‘Songs Of Love And Hate’ (1971) y ‘New Skin For The Old Ceremony’ (1974).

Discos recogidos, intimistas como un confesionario, tristes como un duelo aunque no exentos de humor, uno de los detalles que apenas se suele resaltar a la hora de analizar sus discos, como ya he remarcado. Se quedó como ‘El maestro melancólico de la desesperación’. Y algunos críticos fueron más lejos: sus discos deberían incluir una cuchilla de afeitar para cortarse las venas, sugerían.

Hasta que, siguiendo un sucinto recorrido por su discografía, llegó su asociación con Phil Spector en ‘Death Of A Ladies’ Man’ y el optimismo brotó en dosis comedidas pero lo suficientes para cambiarle el paso. Paso en falso, por cierto, que tras ’Recent Songs’ (1979) enmendó con los fabulosos y enamoradizos ‘Various Positions’(1984) y ‘I’m Your Man’(1988), encontrando un nuevo sonido y un lugar amplificado en las listas de ventas.

‘The Future’ (1992), ‘Ten New Song’ (2001), y ‘Dear Heather’ (2004), con un Cohen con las venas hinchadas de alcohol y recluido en un monasterio budista para rehabilitarse, empedraron el camino de transición a su etapa de mayor gloria y retorno tras el saqueo a sus cuentas corrientes que le propinó su manager y amante, Kelley Lynch. Bendito saqueo, aunque cruel, dicho sea por egoísmo de fan. Gracias a él tuvimos uno de los discos en los que, en opinión muy personal, como señalaba en la entrada anterior, se condensa el gigante artístico que fue Leonard Cohen, exactamente ‘Live in London’ (2009).

Tras ‘Old Ideas’ (2012) y el malogrado, ay, las programaciones, ‘Popular Problems’(2014), llegó a primeros de octubre pasado ‘You Want It Darker’. Ha sido su insólito réquiem final que desde hoy se agiganta hacia el futuro como una gran nube sobre la que ya vuelan su alma y sus inmarcesibles canciones. Dios le guarde.

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El Réquiem de Leonard Cohen

Pocos días antes de la presentación de su nuevo y reciente álbum, este nuevamente glorioso ‘You Want It Darker’, Leonard Cohen pareció hacer una despedida de este mundo cruel: “Estoy preparado para morir”, dijo en una entrevista con David Remnick para el New Yorker. Si es así, que supongo que sería un ‘pronto’ ante sus problemáticos achaques de salud, si no un juego provocador como luego dio a entender en la presentación oficial del disco (“Estoy dispuesto a vivir hasta los 120 años”) o quién sabe si un puñetazo de autosalvación, se irá envuelto en un torbellino de serenidad.

Ya de por sí los discos del canadiense son sublimaciones del espíritu, monacales melodías que invitan al recogimiento, pero este nuevo disco, el número 14 de su carrera, supera el listón máximo de esa paz mística que, salvo alguna bulliciosa sacudida, suda su discografía. La entrada en el disco, casi con un coro gregoriano detrás, es sintomático de la balsa de quietud espiritual a la que invita a remojarse el de Montreal.

Soy de la opinión, obviamente muy discutible y quizá tajante, de que la cima mayor de la música de Leonard Cohen está recogida, por muy extraño que parezca, en su álbum en directo de 2009 ‘Live In London’, procedente del Grand Tour, como él denominó a su gira de retorno en un disco de recuerdo editado en 2015. La majestuosa reinterpretación de su repertorio que hizo en aquel disco, junto a una grandísima banda, con el zaragozano Javier Mas poniéndole un refulgente color azul mediterráneo, ampliaba sus esencias hasta límites subyugantes, nunca conseguidos antes ni en su conjunto de discos en estudio ni en su colección de directos.

Nada nuevo y superior por tanto, espero ya de Leonard Cohen, más si me coloco ante el televisor para volver a ver una y otra vez el vídeo de aquel concierto, luego reiterado con el directo de Dublín. Lo que no quita obviamente, que siga postrándome ante todo, o casi todo (ay, esas programaciones que ensuciaron su penúltimo trabajo) lo que fabrica “el próximo Nobel de Literatura” y que me maraville ante discos como este nuevo, en el que vuelve a tocar fibra sensible pese a las limitaciones que el fatigado poeta muestra ya en su canto, más recitado que cantado.

La canción ‘You Want It Darker’ introduce, si se quiere, un nuevo concepto de interpretación y arreglo, alejado del melodismo habitual para apoyarse en el loop de ritmo que una vez más le ha preparado Patrick Leonard mientras sobre él y el liviano manto de órgano y cuerdas, brotan el ‘coro de monjes’ y las voces femeninas, así como un raro africanismo vocal, y Cohen recita y recita, susurra, desbroza los versos en su garganta carbonizada, ofreciéndose resignadamente a dar el paso final con palabras hebreas de por medio: “Amplificado, santificado, sea tu santo nombre, vilipendiado, crucificado, en el cuerpo humano, un millón de velas ardiendo por la ayuda que nunca llegó, lo quieres más oscuro, hineni, hineni, estoy preparado, mi señor”.

Es una canción fúnebre, de réquiem. Mozart recibió el encargo de escribir una misa de difuntos por parte de un personaje misterioso, que más tarde se supo que era el enviado de un conde, pero enseguida entendió que lo que estaba componiendo y no llegó a terminar era su propia misa de despedida, el majestuoso y sobrecogedor Réquiem de 1791. En el pop, que se sepa, Bowie ha sido el único que hasta ahora ha sufrido una impresión parecida con su también majestuoso ‘Black Star’. Esta canción de Leonard Cohen destila las mismas sensaciones, se asienta sobre las mismas bases espirituales, de llegada al último puerto de la vida. Hasta ahora nadie había escrito algo semejante, un testamento tan explícito, aunque él mismo ya se acercara en viejos textos de su novelas como ‘Beautiful Losers’ o en ‘Hallelujah’. Conmueve en la intención y en la sonoridad. Como lo hace en todo el disco, a través de frases como ‘dejo la mesa, estoy fuera de juego’ (‘Leaving The Table’) o ‘viajo ligero, es mi adiós, fui brillante en otro tiempo, ahora mi estrella ha caído” (‘Traveling Light’), siempre persistiendo en lo religioso o en lo inescrutable, aunque por momentos se abra al amor femenino.

‘Treaty’ podría ser su nuevo ‘Halleluya’ si hubiera venido enmarcado en mayor aparato orquestal y él mismo hubiera estirado más dramáticamente el registro vocal hasta las zonas superiores del pentagrama, algo que ya le está vedado, lo que no le quita grandeza. Parece un desquite amoroso: “Lo siento por el fantasma en que te convertí, pero solo uno de nosotros era real y ese era yo”. Al final del disco, la retoma en una insólita (en él) y refinadísima versión orquestal con solo un verso final cantado.

En ‘Traveling Light’, con la entrada de las voces femeninas, hace un guiño a ‘Dance Me To The End Of Love’. El burbujeo femenino y la presencia de un bouzouki griego y la mandolina, ponen el punto más alegre del disco mientras ‘Leaving The Table’ se recoge en sí misma, recurriendo al esquema de ‘Bird On The Wire’, si bien con curiosas pinceladas de guitarra sixties y un pequeño riff de piano muy a la italiana, sí, el patrón ‘Non ho l’età’ de Gigliola Cinquetti.

En la misma tesitura de intimismo doliente se repliegan ‘If I Didn´t Have Your Love’ y ‘It Seemed The Better Way’, esta encalada con un hermoso violín de resonancias hebreas y de nuevo los coros monacales y un texto de desconfianza, de reproche y engaño al de arriba, una antiplegaria: “Parecía la mejor manera cuando primero lo oí hablar, pero ahora es demasiado tarde para poner la otra mejilla, sonaba a verdad, pero hoy no es verdad”.

‘Steer Your Way’, también con violín y esas ansiadas voces femeninas que tan bien le vienen a la voz y a los discos de Leonard Cohen, es otra de las piezas cautivadoras del álbum.

Antes, en la tercera pista del disco, se ha quedado la, para mí, CANCIóN del álbum: ‘On The Level’, con, ¡qué hermosura!, coros femeninos y un ritmo de vals entrecortado que me traen a la memoria aquel ‘Tower Of Song’ (del ‘I’m Your Man’) y hasta el festivo y pizpireto ‘Closing Time’. Ahí está el Cohen altivo en el amor, el seductor irreductible: “Soy viejo y he tenido que conformarme con un punto de vista diferente, luché contra la tentación pero no quise ganar, a un hombre como yo no le gusta ceder a la tentación”.

Solo nueve canciones y 36 minutos. Cohen suda cada palabra, como él mismo dice, ordena sus pensamientos, porque de lo contrario, es tal su desorden mental, que no podría ir a la habitación de al lado, y regresa del desconocido lugar donde habitan las canciones –“si supiera donde está lo visitaría más a menudo”- con otro fardo de belleza.

Y de nuevo vuelvo a preguntarme por qué no cuenta con la banda de directo para grabar en estudio. Esa belleza subiría más peldaños. Pero quizá será otro de los enigmas que Cohen se lleve a la tumba si su réquiem se materializa.

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Paseo salvaje por la discografía de Lou Reed con Ignacio Juliá

Acaba de reeditarse la serie de primeros discos en solitario que, tras su paso por la Velvet Underground, publicó Lou Reed, esto, es los 16 álbumes que grabó en su primer tramo con RCA y después con Arista, entre 1972 y 1986, desde el inicial ‘Lou Reed’ (1972) a ‘Mistrial’ (1986). El propio Lou Reed participó y supervisó con entusiasmo la remasterización de este copioso paquete (al que acompaña un libro de 80 páginas) hasta muy poco antes de su muerte, según recuerda su viuda, la conocida artista de vanguardia Laurie Anderson. “Lou puso su corazón en la remasterización de estos discos. No se han suavizado. En algunos casos la remasterización revela los detalles y las asperezas de las grabaciones de una forma fascinante. Su presencia pasa a primer plano con su energía original. También me encantan las imágenes poco conocidas y la excelente selección de los comentarios que hace Lou acerca de su música. Lou era un analista magnífico y un crítico agudo, y los fragmentos de la entrevista nos vuelven a traer su gran sentido del humor, su generosidad y excepcional visión del mundo y el sentido de la música. Todo aquel a quien le guste la música de Lou, estará feliz de tener esta colección. Estoy muy agradecida a Sony por publicarla.”

Ocasión que ni pintiparada para volver sobre los pasos de una discografía con grandes altibajos, pero crucial en la historia del rock. Hace tres años, exactamente el 27 de octubre de 2013, a raíz de la muerte del cantante, publiqué una larga entrada en este blog en la que, obviamente, hacía un trayecto por toda su discografía completa así como por su vida y lo que el neoyorquino representó en la historia del rock. Una pildorita, claro, al lado del reconstituyente trabajo que a principios de este año publicó Ignacio Juliá: ‘Catálogo irracional’, uno de esos libros que hay que escuchar a pie de tocadiscos, como se decía antes, o de walkman, o de mp3, o de Spotify o de aquella fuente en la que cada cual beba música.

Juliá (Barcelona, 1956), periodista de larga y reputada trayectoria, fundador, junto a Jaime Gonzalo, de la siempre impagable revista Ruta 66, hace un repaso a toda la discografía del cantante de manera profunda, metiéndose en las tripas de cada disco, con apuntes personales, con abundantísima documentación, con entrevistas a músicos y conocidos de Lou Reed y hasta testimonios del mismo Lou. Un privilegio esto último. Hay muy pocos periodistas en el globo que hayan tenido acceso al mundo no ya musical sino personal del propio cantante, como lo hizo Juliá, con el que mantuvo una estrecha relación. Eso le da una perspectiva de primera mano que pocos biógrafos pueden manejar.

Disco a disco, va desgranando las canciones, pero deteniéndose en una especialmente que es a su juicio la más representativa o la que más le gusta de ese disco y que termina por dar título a cada uno de los capítulos. Pero no solo eso, Juliá ubica las canciones y los discos en el entorno vital de Lou Reed, entre sus adicciones, sus matrimonios –entre ellos la travesti Rachel que lleva sus cuentas- y su carácter borde y caótico pero genial y sensible cuando salta el chispazo artístico.

Con todo ello, lo que hace Ignacio es meterte, digamos, en una película en 3D por la que puedes caminar en multitud de direcciones, descubriendo nuevos detalles sobre esas canciones y esos discos que tantas veces has trillado en el tocadiscos pero que estaban ocultos. No extraña la pregunta de Dean Wareham: ¿por qué será que de todos aquellos que han escrito de la Velvet es un periodista español el que se hace amigo de todos ellos y entiende a la banda mejor que nadie? No cabe mejor elogio.

Personalmente es el tipo de libro musical que me interesa más. Sí, las memorias propias de los artistas son muy golosas, pero obviamente suelen estar contaminadas por el interés personal, son sesgadas en provecho propio, cargadas de chismes cuando no trufadas de páginas absolutamente imprescindibles si no irritantes. Ay, ese capítulo de las recientes memorias de Springsteen en el que el ‘fornido vaquero’ relata cómo, junto a otros dos cowboys, caza a lazo un becerro que se había escapado de su gran rancho. Machote él, pero maldito el interés. (Por cierto que ha sido el mismo Ignacio quien ha hecho una fenomenal traducción al castellano de ese libro memorial de Springsteen).

En el libro de Ignacio sobre Lou Reed no hay el más mínimo atisbo de faramalla. Todo lo que cuenta, por muy personal que pueda ser, está siempre orbitando en torno al proceso de creación de los discos y las canciones. Todo está hilado para comprender el universo trasgresor del gran poeta rockero, ya sea haciéndose eco de sus matrimonios, de sus paranoias, de su homosexualidad, de su drogadicción y alcoholismo, de su fascinación por las putas, travestis y yonkis que pueblan sus canciones, de su abyecta faceta de maltratador (base del fascinante y duro ‘Berlin’), de su poco conocida devoción por el doo-wop, de sus escupitajos verbales a los periodistas… y sobre todo de sus discos, tanto glorificádolos como también metiédole cera cuando es necesario, como señal de fan entregado pero no gilipollas (“un primer paso en falso”, dice de su seductor debut en solitario).

Por eso, llevo unos días reescuchando los viejos elepés del fallecido gruñón con un interés nuevo, colocando un disco en el reproductor y abriendo el libro de Juliá por sus páginas simétricas y gozando con su cuidada prosa y su vasta documentación. Un verdadero goce, la forma más completa de escrutar y disfrutar un disco, alimento de primera necesidad para cualquier lector que se acerque a un artista con interés por su vida y su obra.

En el caso de Lou Reed, caminar por el lado salvaje de su música con Juliá como cicerone no es un simple ‘perfect day’, es la consumación total, pese a que la cosa sabe a poco, porque daba para muchas más páginas, de cómo abordar la biografía musical de un artista. Desempolvad ‘Transformer’, ‘Berlín’, ‘Rock’n’roll Animal’, ‘Take No Prisoners’, ‘Coney Island Baby’, ‘The Blue Mask’, ‘New York’, ‘Ecstasy’… y lo viviréis.

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