La lentitud como arma de seducción, Low

Estos no corren ni ante un mihura o así se encuentren con un incendio de cara. Slow hubiera sido su nombre más adecuado, en vez de Low. Las canciones de este trío mormón de Duluth, que grababa sus discos en la misma iglesia de su ciudad, se desarrollan de forma perezosa, como si un ligero viento soplara a una nube, pero preciosista, cantadas a dúo o por separado por el matrimonio que lleva las riendas, Alan Sparhawk (guitarra y voz) y Mimi Parker (batería y voz), que hilan hipnóticas armonías vocales sobre melodías apacibles aunque alguna vez salte un sarpullido de distorsión. Así llevan veinte años, con excelentes discos como el de debú, ‘I Could Live In Hope’ (1994), ‘Long Division’ (1995), ‘In The Fistank’ (2004)… hasta una decena en total, y con esa lentitud y ese ritmo procesional que a veces resulta exasperante (‘Trust’ /2002), elementos con los que se han coronado apropiadamente como los ‘reyes del slowcore’.

El décimo álbum, ‘The Invisible Way’, ha llegado este año con la producción de Jeff Tweedy, de Wilco, lo que no significa que el trío (en esta ocasión, con el bajista Steve Garrington) se haya sentido atacado por un tornado de electricidad, bien al contrario, sigue en su línea, o sea, esa proverbial placidez, esa paz que desprenden sus canciones y que tanto halaga a Sparhawk cuando se lo recuerdan.

Ahora, hay un tono más limpio en las canciones, son más visibles las duplas vocales del matrimonio y sobre todo la esposa tiene más protagonismo en solitario: cinco canciones se marca ella sola. Al final, con ‘On My Own’, se dispara el sonido pero no por velocidad sino por un sopetón de distorsiones guitarreras, lo que no es óbice para disfrutar de su álbum más melancólico y eclesial. A su lado, gente como Smog son velocistas olímpicos. La lentitud también es un arma de seducción.

A mitad de mes el trío tocó en Zaragoza con una respuesta de público deficiente. Era mitad de semana y estamos en crisis. Discos como estos se disfrutan mejor en casa. Debió ser eso.

Este es el primer single, que, como al trío ya le incomoda la etiqueta ‘slowcore’, ha acelerado un poquito más de la cuenta apoyándose básicamente en el piano, que toca el mismo bajista:
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En memoria del padre del heavy zaragozano, el fundador de Pedro Botero, Abel Bartolomé

Cuatro esquelas en el Heraldo, el pasado viernes 17, daban cuenta de la muerte de Abel Bartolomé Cunchillos, a los sesenta años. No me pasaron desapercibidas, sentí gran pena. Era el fundador de Pedro Botero. Trabé buena relación con él y luego con su hermano Rubén.

No debe pasar desapercibida esta pérdida porque estamos ante el verdadero padre de heavy metal zaragozano, no en vano, el trío de Casetas, Pedro Botero, fue el adalid del rock duro por estas tierras, salvo que alguien con más memoria que yo quiera enmendarme la plana.

Al principio, desde el 76 en que se formaron, se llamaban Pedro Botero y las Infamias del Pecado, con Abel a la guitarra y jefe mayor y Arturo Aguin (bajo) y Dámaso Casals (batería), formación que duró poco más de un año, hasta que en el 77 se fueron Arturo y Dámaso y Abel reformó el trío dando entrada a sus dos hermanos, que iban todavía, como quien dice, en pantalón corto: Rubén (guitarra y voz) y Tomás (batería).

Debutaron en el Colegio Mayor Cerbuna en una sesión en la que también actuaron El Patito Feo y La Codorniz, en una accidentada sesión que corrió como reguero de pólvora por la ciudad. Ya se sabe, eran tiempos de liberación y ansias por soltar ataduras con el franquismo. A Curro Fatás, del Patito, no se le ocurrió otra cosa que llevarse al local una quijada de burro que en medio de la función lanzó provocadoramente contra los espectadores, con tan mala fortuna que fue a dar en un grupo de cadetes. La marimorena que se armó fue de órdago, con amenaza de los tribunales e incluso de cárcel aunque luego todo quedó en agua de borrajas.

En la primavera del 78 los contrataron para la fiesta del PSA en San Juan de Mozarrifar, otra cita imborrable. La efervescencia política y las ganas de romper diques hicieron que nos reuniéramos allí cientos de personas en una fiesta enloquecida de mítines, música y provocación: había que ver la procesión que Curro Fatás montó con los participantes embutidos en hábitos blancos y flagelándose, mientras, cual cartujos en pena, soltaban frases religiosas… Y los Botero, subidos en un remolque de tractor metiendo bulla guitarrera. No se me olvidan las poses hendrixianas de Abel, retorciendo su espeso mostacho al tiempo que apretaba las cuerdas, como Hendrix en Woodstock. Allí se consagraron como grupo de rock, bueno, digamos que salieron de las calderas del anonimato.

Desde entonces y hasta los primeros ochenta, Pedro Botero fue el grupo de referencia para el rock local, tocando en numerosos locales y fiestas y saliendo en el especial televisivo que ‘Pop Grama’ dedicó a Aragón. Asimismo actuó de telonero de Ian Gillan en el palacio de los deportes.

En el 80, el trío remozó su sonido, tirando por un camino intermedio entre el rock sinfónico y el rock duro. Hicieron diversas actuaciones, sobre todo una muy cuidad en Jesuitas, y fueron seleccionados para participar en el festival nacional ‘Bocata Rock’, del que salió un disco en el que se encuentra la única canción grabada por los Botero con Abel al frente. Al poco, sin conseguir ningún contrato discográfico serio, aspiración máxima de Abel, cansado y desanimado, se marchó, dejando el grupo en manos de sus dos hermanos y otros nuevos miembros.

Comenzó un nuevo trayecto para los Botero, que se convirtieron en el grupo zaragozano de heavy metal por antonomasia. Entre el 87 y el 94 grabaron cuatro discos y finalmente en el 97 ofrecieron su última actuación y se disolvieron. Abel ya no estaba, pero la semilla de todo lo que logró el grupo de Casetas la plantó él. Un sentido recuerdo desde este blog. Descansa en paz y mi más sentido pésame a su hermano Rubén con quien pasé ratos divertidísimos tomando cañas en el Crom. También al hijo de Abel, Juan Tomás, al que, casualidades de la vida, tuve como alumno.

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Vergonzosa alfombra roja para el punk

Estos días se ha inaugurado en el MET (Museo Metropolitano) de Nueva York una exposición dedicada a la revuelta punk. Entre los ‘suculentos’ objetos que se exhiben allí hay sendas recreaciones de la tienda del Soho londinense de Malcom McLaren, donde se conocieron los Sex Pistols, y los urinarios del CBGB, donde se forjó el punk neoyorkino. Valiosas ‘joyas’, ejem.

Y supongo que junto a estas recreaciones se habrá expuesto la baratija de los alfileres, las camisetas pintarrajeadas, el vaquero roto de Sid Vicious, el pañuelo de cuatro nudos, a modo de sombrero de los pobres jornaleros del siglo pasado, que se encasquetó el guitarrista Steve Jones, de los Pistols… Material de deshecho, que es lo que se trabajó el proletariado punk, y no objetos de altísimo valor económico y estético que el punk precisamente desdeñó, aunque ahora parece que, manipulando la historia, se le está dando valor suntuario cual tesoro de Guarrazar o espada aúrea de sultán otomano.

Singer Beyonce arrives at the Metropolitan Museum of Art Costume Institute Benefit celebrating the opening of "PUNK: Chaos to Couture" in New YorkPero lo más gordo: para inaugurar tan inopinada exposición en museo tan chic, van los organizadores y montan un desfile de celebrities sobre alfombra roja hollywoodiense que ha sido el colmo de la desvergüenza, el símbolo mayor de cómo el ‘star-system’ es capaz de absorber y digerir la rabia de unos jóvenes y devolvérsela cuatro generaciones después mercantilizada en forma de parque temático. El modelito Beyoncé, vamos, fue de campeonato, con tanta analogía con la iconografía punk como una castaña con un retablo barroco. También anduvo por allí Almodóvar enchaquetado y con pajarita, justamente como Johnny Rotten salía al escenario. Qué desfachatez de millonarios.

La primera vez que volé a Londres fue precisamente en el emblemático 1977. Era primavera y los Sex Pistols aún no habían publicado su primer álbum, pero sí su prohibido primer single, ‘Anarchy In The UK’. El punk ya estaba en la calle. No con mucha notoriedad, es cierto, pero por eso mismo casi asustaba su presencia minoritaria: aquellos cuatro pandilleros por Oxford Street con sus crestas y sus chupas de cuero claveteadas, aquella cuadrilla en una vagón de metro… No eran muchos, no se les veía con frecuencia, pero cuando aparecían, impactaban; casi daban miedo.

Sí, era una estampa nueva y agresiva, amenazante, que contrastaba radicalmente con la amable sonrisa de la reina, impresa en posters y pancartas callejeras y en los autobuses rojos, celebrando su jubileo. Y la música tronaba, sacudía mala leche y virulencia. El punk no marcaba precisamente tendencia, brotaba de la calle, del paro y de la frustración social de decenas de jóvenes en el ‘prethacherismo’: escupía al sistema.

En apenas un año y pico le pegó un revolcón a la industria del disco que la dejó temblando: mandó a medio parque de ‘dinosaurios’ a la reserva. Y más aún, removió las tripas de la sociedad con su mensaje destructor, nihilista, contestatario, y su estética dura y rabiosa. No creo que haya habido grupo de rock en la historia que haya recibido más insultos, sobre todo de los periódicos (recomiendo la peli ‘The Filth & The Furious’, de Julian Temple) .

Los Pistols fueron los cabecillas, pero la revolución la armaron globalmente docenas y docenas de grupos hartos del sistema y de la música pesada y pseudo virtuosista imperante en los setenta, a saber, los monumentales Clash, Damned, Generation X, The Stranglers, Tenpole Tudor, Buzzcocks, Crass… y al otro lado del Atlántico, Los Ramones, dicho escuetamente por no entrar en detallada relación y menos aún en la caterva que les siguió en el llamado after-punk y décadas posteriores hasta hoy, en que miles de grupos y afines todavía siguen enseñando músculo y cresta por todo el mundo y manteniendo su espíritu.

Es cierto que punkies de grandes almacenes, tipo Green Day, Offspring o NOFX, y no digamos patéticos futbolistas millonarios (qué ridículo ese Chavi Hernández con sus crestita postiza o el mismo Ronaldo) degradaron, manipularon, el genuino espíritu del 77, pero lo que no podría esperarse es que aquella agitación socio-musical llegara a entronizarse en los museos como ahora se ha hecho en Nueva York, con alfombra roja.

El ‘no future’ de ayer, el nihilismo, la desesperación social, la música de espino, se ha convertido en emblema de boutique y fiesta de maniquíes. Esto sí que es un escupitajo en toda regla, pero al punk; el verdadero timo del rock’n'roll, como cantaban los Sex Pistols. Por cierto, y como desagravio, por pasarela tan bochornosa como la que se montó en Nueva York, desenfundad el ‘Never Mind The Bollocks’, de los Pistols. Veréis lo fresco y saludablemente cerril que sigue sonando.

A duras penas se grabó y se pudo publicar en octubre del 77. Antes, a los Pistols los habían expulsado de dos compañías, Lydon fue atacado por un grupo de monárquicos, los periódicos hablaban de ‘mugre y furia’, la policía los desalojaba de un yate en el que se ‘descojonaban’ del jubileo regio, Inglaterra hervía… Las condiciones perfectas para grabar un disco irascible y dinamitero. Pero, no, no eran unos simples diletantes, como se vendió y se sigue vendiendo. Paul Cook dominaba los tambores y sobre todo Steve Jones, admirador de Phil Spector y Chuck Berry, construyó en sus doce canciones un nuevo muro de sonido y una sonoridad de guitarra hinchada, como hueca, peculiarísima, para lo cual se reservó 24 pistas contra las dos que le dejaron a Johnny Rotten para la voz, ante su inmenso cabreo, es cierto, y aburrimiento durante la grabación. Allí estaba el rescate del primitivo rock’n’roll de Chuck Berry, cuyo pálpito en el disco es más que latente, y también, el feísmo estético, la rabia, la anarquía juvenil, el escupitajo a la sociedad de su tiempo, canciones de armas tomar, que siguen elevando el ánimo… La que armaron con uno solo disco. El rock cambió de rumbo: ahí sí que hay que ponerles alfombra.
Un himno eterno:
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¿Quién se atreve con el terror de Flaming Lips?

Resulta más que curioso, si no asombroso, colocar en el reproductor el primer disco de Flaming Lips -aquél ‘Heart It Is’, de 1986, que DRO, en pleno ascenso a categoría de sello internacional, editó en España dentro de un gran paquete de ediciones del sello Enigma- y el último del grupo de Oklahoma, el reciente ‘The Terror’. El día y la noche. Imposible atribuir ambos discos al mismo grupo de no saber nada al respecto. Un claro ejemplo de evolución, de cambio sonoro a pulso, de libertad creativa, azuzada por las drogas, accidentes varios y las ansias de investigar.

Ya había pulsiones raras en aquel primer disco incrustadas en su explosiva mezcla de punk y rock, como luego fueron aflorando en los discos siguientes, caso mayor el cuádruple ‘Zaireeka’ (1997) –un disco pensado para escuchar al unísono sus cuatro cedés y no recomendado para niños o personas sensibles a los sonidos estridentes como el agudo zumbido que regía ‘How Hill We Now’- hasta llegar a sus dos grandes cumbres musicales y populares, ‘The Soft Bulletin’ (1999), tomado por el bucolismo pop, y ‘Yoshimi Battles The Pink Robots’ (2002), escorado hacia la psicodelia y la robótica. Muy asumibles, con piezas sublimes como ‘In The Morning Of The Magicians’, pese a algunos latigazos marcianos.

Parecía que el grupo de Wayne Coyne había encontrado el sitio para producir el deleite sin resultar incómodo ni rijoso. Puro espejismo. Los discos siguientes, con una discutida banda sonora como ‘Christmas On Mars’, la pulsión medio paranoica de ‘Embryonic’ y no digamos su desintegración lunática, esquizofrénica, del ‘Dark Side Of The Moon’ pinflydiano –menudo ladrillazo, vaya-, estaban allí para decir que, pese a sus directos de luces, colorines, serpentinas, títeres, disfraces y burbujas hinchables, de acomodo nada: transgresión, agresividad sonora, experimentación sin fronteras. Unos frikis, como ellos se definen, capaces de fabricar discos lunáticos como de editar una canción de 24 horas en un pen metido dentro de una calavera u otro igualmente metido en un escatológico corazón de chocolate con motivo del pasado San Valentín.

En ello siguen. En el frikismo y la trasgresión. Su reciente ‘The Terror’, título imposiblemente mejor elegido, es el anverso total de aquel ‘Heart It Is’ y no digamos de ‘The Soft Bulletin’ y ‘Yoshimi Battles The Pink Robots’. De hecho, si no se sabe de qué va este grupo, nada más colocarlo en el reproductor es posible que surja un respingo de desagrado, de ‘terror’…, le des al stop y a otra cosa mariposa. Para ruidos, dirá alguno, ya los tengo a porrillo en la fábrica, en la calle o en el lugar de trabajo. Y es que por ahí, en apariencia, parece tirar ‘The Terror’ un largo mantra electrónico-vocal tejido con sintetizadores analógicos, efectos, voces, ruidos, loops… Un ‘nirvana’ sonoro como surgido del cruce de ‘Ummagumma’, ‘Zeit’ y ‘Aoxomoxoa’, por llevar a tres fuentes del delirio musical emboscadas tras la psicodelia, que una vez metido en él produce sensaciones especiales. Lleno de locura y oscuridad, no apto para niños, adultos sensibles, eurovisivos y puede que hasta melómanos curtidos, pero sí -con sus ecos de rock cósmico alemán, psicodelia sydbarretiana y sus letánicas estructuras- para quienes buscan en el pop algo más que un ejercicio complaciente y remilgado. Para más ‘terror’, lo cierran con una versión, por supuesto, muy sui generis, del ‘All You Need Is Love’? ¿Te atreves?

(CODA: cuando lo pinché por vez primera no tuve más remedio que darle al stop a los tres minutos; ahora, sin embargo, digerido lentamente durante varios días, este disco me tiene flipado, y no he tomado nada de eso que me decía un día Bigott. ¿Friki yo también o rarezas de senectud?) Aquí tienes un resumen.
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Quiniela eurovisiva 2013

Imagino la cara de sorpresa, y puede que de otra cosa peor, que pondrán algunos de los habituales de este blog al ver esta entrada… Pero de nuevo se destapa en mí esa atávica y patógena devoción por el Festival de Eurovisión y ante la nueva edición del sábado próximo, como TVE las tiene en su web, ordenaditas y con sus vídeos correspondientes, me he dado una vuelta por las 39 canciones que este año concursan, sí, en el festival de festivales, en esta longeva cita que, pese a los cañonazos que se le pegan cada año, no solo mantiene la audiencia sino que la eleva de edición en edición, siendo millones los espectadores los que lo siguen.

No se olvide: es un simple espectáculo-concurso televisivo en el que quizá lo que menos importe sea la música y sí los modelitos, las hechuras de los participantes, las caras bonitas, la geopolítica, los efectos especiales, la fastuosa puesta en escena tecnológica… En esto ha quedado aquel festival de los 60-70 donde, entonces sí, primaban las canciones y de donde salieron inolvidables canciones y participaron grandes artistas. Y donde tocaban grandes orquestas y la música era en directo, que es lo peor que le ha podido ocurrir al festival en los últimos tiempos: quedarse sin música en directo. ¡Qué paradoja! Un festival musical sin música en vivo. Solo las voces son en directo. Pero aún con estas taras, es el acontecimiento que más espectadores reúne delante del televisor en Europa, por encima del partido de fútbol de mayor categoría. La razón es bien simple: participan 39 países, mientras que en un partido de champions solo son dos.

Consideraciones al margen, tras la vuelta por las 39 canciones, que para la final se reducirá, luego de las semifinales, a una veintena aproximadamente, la conclusión principal de quien suscribe, ya en términos musicales, es que no hay ni una sola canción que vaya a quedar para el recuerdo. No diría que son bodrios, ni desmerecería a gente que le ha echado ilusiones a manta, pero el nivel, volviendo de nuevo a los viejos tiempos, ay, es bajito, bajito.

Priman las solistas femeninas, un total de 17, por 10 solistas masculinos, 5 dúos, un trío femenino y seis grupos. Y prima la balada frente al chumba-chumba festivalero, 18 a 11, respectivamente. Hay un rock albanés, cinco canciones más o menos pop y varias en las que asoma el perfil étnico de cada país participante, incluida España, que va a dejar a cuadros a los europeos cuando oigan gaitas celtas y no la typical guitarra flamenca. No tiene muchas posibilidades la pieza de El Sueño de Morfeo, pero a saber en un concurso como este donde entran en juego tantos factores.

Nunca acierto en los pronósticos y supongo que una vez más fallaré en el dictamen final sobre la ganadora. La favorita, según encuesta entre ‘eurofans’, es Dinamarca, y es posible que así sea: la chiqueta es guapita y dulce, canta bien y la canción, con flauta incluida, es pegajosa y bailona. Me temo, no obstante, que no ganará. En plan disco-bailongo, igual Alemania o Serbia tiene más posibilidades. Mi favorita es la francesa, pop cuasi indie y sugerente, sin músculo alguno de festival, por lo que se la cargarán a las primeras de cambio.

Pero no sé por qué me da que este año será una baladita la que se lleve el gato al agua. La de Rusia, clásica, con cuerdas y en inglés (ay, si las mesnadas bolcheviques levantaran la cabeza), la rockera en plan AOR de Armenia, la de Estonia, también clasicista, Italia o Moldavia, podrían estar dentro de la quiniela de ganadoras. No, la veterana Bonnie Tyler, como el año pasado Engelbert Humperdinck, me temo que se irá al garete. El Ruayan Uni, con todo lo que es y representa en la música, no le coge el paso al festival ni de coña, va como pollo descabezado edición tras edición. A este paso, no extraña que al año que viene saquen del baúl a Cliff Richard…

Bueno, son todo lucubraciones de un melómano con raras desviaciones patológicas, que seguramente proceden de la niñez de mi generación, de aquellos tiempos de privaciones tecnológicas y pocos divertimentos, amén de las consabidas ataduras del franquismo, en que el festival se seguía como la Copa de Europa de fútbol -menudo petardazo de autoestima el de Massiel- y las canciones se convertían, incluso no ganando, en hits imperecederos. Si hay alguien por ahí, que siga la fiesta actual de Eurovisión, como el que sigue un trivial programa de entretenimiento televisivo, o volcado como si el club de sus amores jugara una final, o incluso el más furibundo detractor, diga algo o calle para siempre. Hagan apuestas. ¿Adónde irán los points?

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Retornos, ¿para qué? Dynamos

Dynamos, grupo de rockabilly por antonomasia de la Zaragoza de los primeros noventa, vuelve, al cabo de 16 años, al escenario y a los discos. “Teníamos pendiente un concierto para despedirnos”, dicen, añadiendo que llevaban rumiando esta vuelta desde hace mucho tiempo. Pero, ojo: exactamente se trata de un adiós, no de una vuelta, porque el cuarteto hará una sola actuación el próximo viernes, día 17, a las 22.30, en La Casa del Loco, y allí, solamente allí, venderá un disco recopilatorio conmemorativo. Después, cada mochuelo a su olivo.

El cedé recopilatorio reúne catorce canciones extraídas de los discos en los que participaron los cuatro miembros originales, esto es, del primer álbum, ‘Al ritmo de Los Dynamos’ (1992) y de aquel insólito doble single en vinilo titulado ‘Las cosas que solemos hacer’ (1993). Además, se incluyen cinco maquetas inéditas y tres piezas sacadas de un recital en Gallur, de 1993. Aquí, la portada y contraportada del libreto:

Dynamos libreto1

Un alimenticio plato para saborear y conocer a este cuarteto, formado por Santiago Alcaine (contrabajo), Manolo Leal (batería), Juan Ramón Vericad (guitarra, voz) y Francho Angas (guitarra) y heredero, en cierta forma, de la tradición rocker zaragozana. O dicho de otra forma, por centrarnos: en los noventa, Dynamos consumaron y proyectaron el intento que diez años antes habían acometido Golden Zippers, con Mauricio Aznar al frente, es decir, poner en el escaparate moderno, visualizar, recuperar, o como se quiera denominar, el viejo rockabilly de los cincuenta, que tan de incógnito pasó por la España imperial, aunque Zaragoza fuera una gloriosa excepción con sus rockers pioneros de los sesenta. Dynamos añadieron heterodoxia, tirando de corridos y rancheras, y en 1997 se marcharon sin decir adiós oficialmente. Ahora, vuelven para hacerlo. (Más información).

No todas las vueltas son así de sencillas y, si se quiere, de emotivas. Lo de los retornos en el mundo del rock suele tener como denominador común el ‘olor a manteca’. Grupos, sobre todo grandes, que al cabo de los años, pese a haberse navajeado en tiempos pretéritos, retornan para arreglar, no relaciones personales sino cuentas corrientes. Para qué dar ejemplos, si están en la mente de todos. Por lo general, acaban mal o tienen poco recorrido. Y es que resulta difícil querer revivir lo vivido diez, veinte o treinta años antes. Aunque cuántos fans no hay desperdigados por el mundo esperando que un día el grupo de sus entrañas vuelva a reunirse siquiera sea para un solo concierto. En mi caso, sería una alegría, por ejemplo, ver de nuevo a Pink Floyd (aunque ya no viva Rick Wright), o a R.E.M, y, entrando en quimeras todavía mayores y, ya sé, manidas, a los mismos Héroes, pero eso es como pedir que me fiche a mí el CAI de pívot. ¿Tú tienes alguno en tu lista de deseos?

En el caso de Dynamos, ya digo, es solo un hola y adiós. A continuación, recojo algunos detalles más de este retorno, explicados por el guitarrista Francho Angas.

-¿El disco se venderá solo en la actuación?
El disco es una edición limitada de 300 copias que se venderán solo el día del bolo y después, el stock que quede, a través de cualquiera de nosotros. No estará en tiendas, es un capricho que nos hemos permitido, sobre todo pensando en la gente que nos apoyó hace 20 años y todavía se acuerda de nosotros.

-¿Por qué este contenido y por qué las piezas nuevas o recuperadas?
Todos los temas del disco son de los cuatro Dynamos originales. Incluso en un par que hemos incluido del último CD toco yo la armónica. Hemos buscado hacer una recopilación de todos los trabajos que editamos con esa premisa, que participásemos los cuatro. Además, hemos incluido 8 cortes nunca antes editados, extraídos de viejas demos y directos. Hemos limpiado el sonido todo lo posible, y nos ha apetecido hacerlo porque creemos que se nos quedaron en el tintero unos cuantos buenos temas, sobre todo en la primera época, y ahora, aprovechando la excusa del bolo, era el momento adecuado para rescatarlos. Además, completan el CD de manera muy especial, reflejando muy bien lo que fuimos Dynamos del 91 al 95.

-¿El motivo de la ‘vuelta’? ¿No hay intención ninguna de seguir?
En principio volvemos solo para dar este concierto. Teníamos este tema hablado desde hace unos cuantos años, ya que Dynamos fue un proyecto muy especial para nosotros, que por cosas de los grupos, y sobre todo de la edad, se fue diluyendo poco a poco y nunca nos despedimos ninguno de nuestro público. Como decía antes, teníamos pendiente un concierto para despedirnos y además para recordar los buenos tiempos.

-¿Cómo os veis veinte años después como grupo y qué encaje en el panorama musical actual crees que tiene el rockabilly/rock’n'roll en general y Dynamos en particular?
Dynamos ahora mismo somos un ejercicio de nostalgia, nuestra hora ya pasó y no hay intención de volver, pero nos hemos dado cuenta de que los cuatro seguimos siendo buenos amigos y la maquinaria ha vuelto a funcionar de manera sorprendente con tan solo unos cuantos ensayos. La escena del rockabilly/ rock´n´roll ahora mismo tiene en España uno de sus entornos mas potentes, y esa escena es la que nosotros ayudamos a construir hace más de 20 años, con los primeros festivales y concentraciones. No descartamos hacer alguna reunión puntual más en un futuro, pero no hay idea de mantener a Dynamos activos. Aunque también diré que en este concierto no nos vamos a limitar a re-interpretar nuestros temas más famosos, hemos apostado por un repertorio que incluye temas no muy conocidos de la banda e incluso haremos un set acústico con algunos de los temas de la última época.

Suerte. Será un retorno muy deseado. Ha despertado bastante expectación y va a venir, según dicen, gente de fuera. Los recordamos con la canción que daba título al doble single en vinilo.

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Delicias sesenteras con cuño actual, She & Him

Para desengrasar de ruidos, de extravagancias, de idas de tarro, del estrés diario…, de aquello que quieras escapar, de nuevo traigo al blog a este delicioso dúo de pop de ecos spectorianos y sesenteros, ahora, añadiendo a The Supremes, Chiffons, Dionne Warwick, Dusty Springfield…, el soniquete Beach Boys (‘I’ve Got Your Number, Son’), todo con un gusto y una frescura irreprochables.

Por si alguien anda desubicado: She, ella, es Zooey Deschanel, conocida actriz, que ha intervenido en películas como ‘Casi famosos’, ‘Un puente hacia Terabithia’ o ‘Elf’ y es la protagonista de una serie televisiva –dicen- de éxito como ‘New Girl’, y Him, él, es M. Ward, tocayo de quien suscribe (Mathew Stephen Ward), el trovador de Portland, un sensible y reputado compositor y cantante folk-pop que cuenta con media docena de deliciosos álbumes, ‘Post-War’ (2006) a la cabeza.

Y no, no se piense que por aquello de actriz y chica bonita, Zooey se dedica a poner su frágil y dulcecita voz para colocarse en el escaparate pop. Es ella misma quien compone casi todas las canciones, las canta y las dirige en la mentada dirección sesentera, en tanto que Ward se dedica a darles la forma musical adecuada y a ornamentarlas. Que se lo curra, vamos.

Este tercer álbum, titulado simplemente como ‘Volume 3’ –no, no gastan mucho fósforo titulando- y sucesor de un tercero dedicado a villancicos, lo compuso Zooey tras divorciarse de Benjamín Gibbard (Death Cab For Cutie, The Postal Service), pero no resulta el típico álbum tristón de ruptura, aunque no faltan las referencias al divorcio sentimental. Inevitable.

Y si en el primer disco acudió a Los Beatles (‘I Should Have Known Better’) para surtirse de material ajeno, aquí recurre a Blondie y su conocido ‘Sunday Girl’, dándole el mismo glamour y sutileza de origen. Es posible que algo ‘moñas’, pero dos artistas, en definitiva, de este tiempo, reivindicando aquellas voces y aquella estética de los sesenta y haciendo del encanto retro-pop un brillante ejercicio de frescura y buen gusto popero. Hala, a refrescarse un poco las neuronas con el primer single del álbum, del que no hay vídeo oficial (o no lo he encontrado).

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¿Hay que subvencionar la música pop?

Nunca he creído en las subvenciones oficiales. Item más: me repatea el artista subvencionado, sea pintor, escritor, poeta, fotógrafo, músico… Hasta incluso pongo en tela de juicio las ayudas indirectas, habiendo tantas necesidades sociales que atender. Pero desde que modernamente, con el socialismo, naciera el estado protector, además de prestar servicios básicos, se empezó también a sufragar la cultura y con ella la música, a veces, indecorosamente, cuando no, sospecho, que con enchufismo de por medio.

Basta con recordar aquellos cachés altísimos que pagaban los ayuntamientos a los grupos de pop y rock en la época de la movida y posmovida, que no era subvención directa, pero casi. Aunque los mejor librados eran y, en cierto modo, siguen siendo, los músicos de otros estamentos, con becas o ayudas directas para ir a estudiar a Berklee, cantar a capella en Taiwán, tocar el piano en el Carnegie Hall o mantenerlos como grupos estables en la ciudad o en la región, tal y como ha ocurrido por estos pagos.

Puestos a destinar dinero público a la música, y en particular, a la música pop, quizá lo más adecuado sea facilitar el camino a los artistas, el apoyo infraestructural. En esta vía, la del apoyo, han sido –y digo han sido, porque ahora creo que no queda nada por lo público- aceptables iniciativas, por ejemplo, los concursos, que luego sirven para poco, pero ofrecen a los grupos alicientes estimulantes. Tampoco están mal las ayudas a las pequeñas salas, bien desgravando o procurándoles publicidad e infraestructura. Y hasta incluso no fue mala la idea de la DGA de dar pequeñas ayudas para grabar discos, ayudas que, con los tijeretazos, creo que ya han desaparecido.

En este terreno, el de las ayudas, ha de enmarcarse una de las iniciativas, a priori, más elogiables llevadas a cabo desde 2010 por el INAEM, el programa ‘Girando por salas’, que hace muy poco ha finalizado su tercera temporada y que ha permitido que 56 grupo nacionales emergentes actúen fuera de sus respectivas comunidades en pequeñas salas. La cosa consiste en seleccionar cada año a medio centenar de grupos que, tras una criba notable –se presentan a la convocatoria varios centenares-, luego pueden tocar en diversas salas de fuera de su comunidad, hasta un total de cinco actuaciones. Cada músico del grupo correspondiente recibe 200 euros por actuación más otros 160 para desplazamientos, además del 50% de la taquilla. También, el grupo puede percibir hasta 2.700 euros para publicitar la gira, grabar un disco o filmar un vídeo promocional. No es mucho, pero se estimula a los grupos participantes a pisar carretera y escenario y a enfrentarse a la realidad del oficio, a curtirse. En Zaragoza hay siete salas adheridas al programa. En cuanto a grupos aragoneses, en la edición recién terminada solo tuvieron cabida The Patinettes.

Una de las consecuencias beneficiosas, en plan general, de esta idea ha sido la edición de tres discos, uno de pop, otro de rock y un tercero de ‘otras músicas’ con los grupos participantes, discos que también pueden escucharse en la web del programa, girandoporsalas.com. Como en botica, hay de todo y difícil resulta profetizar sobre el futuro, pero al menos están en el escaparate sin pasar grandes privaciones, lo que igual, por otro lado, resulta hasta contraproducente, alimentando vanas ilusiones. Nunca se sabe.

De todas formas, ya digo, con ser plausibles todas estas iniciativas, aun no siendo subvenciones cuantiosas y directas, tienen también sus dobleces, sus dudas. Es el artista, a mi entender, con su valía, con su talento y con sus medios, eso sí, sin zancadillas hirientes, como ese 21% de IVA cultural, el que debe abrirse camino, el que debe exponerse al público y que este le diga si vale o no. Seguro que algunos buenos grupos, por falta de medios, se quedaron en la cuneta, pero me temo que cuando alguien tiene talento y cosas que ofrecer, sea del tipo que sea, más comercial o menos comercial, es difícil que se quede orillado.

Que le pregunten a Los Beatles o a Los Rolling sobre las ayudas oficiales recibidas en sus primeros pasos. Cero. Keith Richards evoca en sus memorias el cuchitril donde vivían los Stones, en 1962, rodeados de porquería y miseria, y robándoles comida a las estudiantes de Magisterio que vivían en el piso de abajo. No es que procedieran de familias acaudaladas pero tampoco de pobres de pedir. Si habían dejado estudios y nido familiar, era por y para la música, sabedores de que se embarcaban en una aventura que debían resolver por ellos mismos. Y no digamos Los Beatles, en aquellos antros de Hamburgo, rodeados de borrachos y prostitutas. ¿Quién los puso en el escaparate? ¿Por qué ficharon por grandes compañías? Por su talento, por sí mismos, por su empeño y sin ayudas oficiales ni subvenciones, algo por otra parte innato a la cultura popular. Los músicos cortesanos son ya cosa del pasado. O sea, a moverse toca y a quejarse menos de las instituciones y de papá Estado, y más en estos tiempos de duras condiciones sociales.

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Orchestral Manoeuvres In The Dark, el tecno de los 80 hoy

¡Qué época más efervescente y nueva! La del tecno-pop. Hasta entonces, las guitarras eran las dueñas del cotarro musical, bien cabalgando a lomos del viejo rock de los setenta, del punk o de la new wave, pero con la llegada del tecno-pop, se entronizaron los sintetizadores y un nuevo género, hasta el punto de que aquel viejo artilugio de seis cuerdas se le miró con desprecio. Uy, guitarras, por favor, exclamaba un ‘cool’ de la época, por decirlo en términos presentes. Sandeces típicas que engendran las modernidades imperantes en un tiempo determinado, sandeces que vistas con el tiempo suenan aún más ridículas.

Obviemos pues modernidades y necedades pasadas y atengámonos a la música, a las canciones que aquella época, del 82 al 84, aproximadamente nos dio, que fueron muchas. Allí estaba uno de los más importantes, Orchestral Manoeuvres In The Dark, y toda una pléyade de grupos tecno -Human League, BEF, Soft Cell, Depeche Mode, A Flock Of Seagulls, China Crisis, Ultravox…- dando visualidad a un nuevo género que algunos consideraron y siguen considerando nefasto por el asunto de los sintetizadores y otros lo seguimos queriendo por los grupos tan novedosos, por la canciones y por lo grandes momentos que nos hicieron vivir, algunos de ellos en directo, como la actuación de los mismos OMD, en junio del 84, ante mil personas en la sala Siroccos (lástima de sala, era enorme, perfecta para actuaciones medias, sin columnas, con una visibilidad y un sonido magníficos…, pero estaba a 38 kilómetros de Zaragoza, en la carretera de Logroño).

Cuando se produjo aquella actuación, OMD ya había largado en disco lo mejor de su repertorio en sus cuatro primeros álbumes, con el tercero, ‘Architecture & Morality’ (1981), a la cabeza. Entonces venía con el quinto, con el todavía excelente ‘Junk Culture’, mezcla de diversos estilos pero ya en los estertores del género, del tecno-pop, etiqueta que ellos, por cierto, odiaban (ver entrevista que les hice aquella noche). Desde entonces, su vida ha estado jalonada por separaciones, retiradas, fracasos discográficos, retornos…, lo típico en un grupo famoso que del día a la noche pasa a perder el favor del público masivo y solo se queda con un puñado de fieles.

En 2010, tras 14 años sin discos nuevos, publicó un nuevo álbum, ‘History Of Modern’ y ahora acaba de publicar otro nuevo, ‘English Electric’, sin un hit mayúsculo tipo ‘Enola Gay’ o ‘Joan Of Arc’, con una música sintética más sobria, tirando de coros femeninos y sin perder el romanticismo de las melodías y de sus voces, sello de la casa, con un toque moderno en los ritmos y sin autoplagiarse en exceso, o sea, todavía convincentes y muy por encima de esos DJs pelmazos y de tanta electrónica de baratillo que abunda por ahí. Sea por los viejos (y nuevos) tiempos este ‘Metroland’, una sátira sobre el teórico jardín del Edén ideado por la Compañía Metropolitana de Londres a principios del siglo XX, una utopía ofrecida a las clases bajas de poder disfrutar de una vida de ensueño en el campo, a un simple viaje de metro hace cien años, que a su vez trasluce más que nunca la devoción del dúo, desde su más tierna adolescencia, por Kraftwerk.

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El circo del rock’n'roll, el Price

Ya lo he escrito en alguna ocasión, y si no, los que habitualmente siguen este blog, saben que mis gustos musicales no se rigen por modas y menos por edades. Le doy el mismo valor, escucho con la misma atención y placer, un disco actual, pongamos por caso el último de Yeah Yeah Yeahs, comentado ahí atrás, o el más reciente de The Flaming Lips, del que me ocuparé más adelante, que cualquier otro de Eddie Cochran, Los Beatles, The Cure, Muddy Waters, Lucinda Williams, Oasis o Kratfwerk, por soltar varios a boleo de diversas épocas.

Me interesa además, y mucho, la historia, el momento en que se grabaron estos discos, para no mirarlos con prejuicios esnobistas sino para contextualizarlos en su tiempo y valorarlos. Por ello, sin que esto tenga que sonar a justificación alguna, aunque alguno sacará a relucir mi faceta de ‘abuelo cebolleta’, me ocupo en esta entrada de un hecho que hace medio siglo ayudó mucho, si no sentó las bases del primer rock’n’roll en España. Que atienda quien quiera y a quien le importe la música pop como signo global de la cultura popular del siglo XX-XXI y no como un chispazo moderno y efímero.

Cincuenta años atrás, por estas fechas, se estaba produciendo en Madrid un fenómeno determinante para el asentamiento del rock’n’roll en España. Atrás había quedado la autarquía, el hegemonismo azulón, las doloridas coplas de posguerra, las mariquillas bonitas de José Luis y su guitarra… España vivía los balbuceos de la tecnocracia y justo con ella, y seguramente pese a ella, empezaban a tronar las primeras guitarras eléctricas.

Zaragoza, con su cordón umbilical unido a la Base americana, había alumbrado en disco, en 1961, a sus primeros rockers y un año después, en el circo Price de Madrid, comenzaban los ‘festivales de música moderna’, sesiones matinales que cada quince días sacaban a la pista del famoso circo a un buen número de ‘conjuntos modernos’ y ‘twisters’, desde Mike Ríos a Los Gatos Negros, Los Pekenikes, Los Estudiantes, Los Flaps, Los Continentales, Los Relámpagos, Micky y Los Tonys, Ontiveros, Los Sonor, Los Jet, Dúo Ruban, Los Jóvenes, Víctor Ponti…, e incluso algún foráneo como Rocky Volcano, Ennio Sangiusto, Robert Jeantal, los gibraltareños The Diamond Boys…, sobre medio centenar de ‘conjuntos’ y solistas en las quince sesiones que tuvieron lugar entre noviembre del 62 y febrero del 64.

Fue la primera generación joven, como recuerda el presentador de aquellas matinales, Miguel Ángel Nieto, luego locutor de la SER y Antena 3 Radio, que empezó a sentir la incomodidad del yugo y las flechas y a buscar resquicios de libertad al margen de movimientos y tentáculos represores. Mas no tardó la bota de hierro en meterle un puntapié a aquellos ‘gamberros’, como los consideró el gobernador civil de Madrid, y con la firma del ministro de la Gobernación, Alonso Vega, se decretó el fin de aquellos festivales.

Digamos que se fraguó tras una treta de baja estofa: un fotógrafo de Pueblo, buscando el escándalo, animó a varios jóvenes a bailar el twist a la salida del Price y al día siguiente la foto correspondiente con el título de ‘Twist en las calles de Madrid’ fue más que suficiente para cabrear a la autoridad y para que el mismo Adolfo Marsillach, enemigo de la causa, no viera su casa incendiada. Era tarde, no obstante. El rock’n'roll y los conjuntos ya habían tomado posición en la música española. Festivales y matinales se sucedieron por todo el país. España bailaba ‘suelto’. (Para más información, ver la entrada ‘¡Y en España rock’n'roll!)

Todo esto lo recuerda un triple cedé, editado a finales del pasado año por Rama Lama con el título de ‘La leyenda del Price’. Es nostalgia, es historia, es conquista de libertad, es música inolvidable. Cien canciones que sonaron en el circo Price de Madrid en sus gloriosas matinales del 62-64, cien canciones que sonaron en la España del primer lustro de los sesenta y que ahora, pese a algunas recuperaciones chapuceras, metalizadas por un excesivo ‘lavado’ digital, suenan más que aceptables, cuando no brillantes.

Rama Lama además las ha ensartado en un ‘non-stop’ vibrante. Y a lo largo de las más de cuatro horas de canciones puede ir saltándose del más genuino rock’n'roll americano a los primeros balbuceos beatlenianos, a las canciones pop importadas de Italia, Francia y Estados Unidos, a los instrumentales tipo Shadows, a la rockerización de piezas flamencas, a rescates de fantásticos artistas desconocidos como los del actor americano Steve Roland, de paso por España, y sobre todo a una explosión de twist, el ritmo imperante del momento. Y todo, o casi todo, traducido entrañablemente al castellano. Además, en el disco aparece un jugoso libreto libreto de 44 páginas, con evocadores textos de José Ramón Pardo, Miguel Ángel Nieto, José Manuel Rodríguez ‘Rodri’ o el mismo Micky, conformando todo ello un inestimable documento de cultura popular. Historia y música para disfrutar así pasen los siglos. (En la web de Rama Lama está todo el listado de canciones y artistas de este disco, buscando en el apartado Catálogo por La Leyenda del Price).

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Yeah Yeah Yeahs, la fierecilla domada del ‘chic’ neoyorkino

El debut de The Strokes podrá gustar más o menos -me temo que muy poco a las generaciones anteriores a su primer álbum y posteriores-, pero es innegable el boquete de modernidad que abrieron en el rock, trasladando sus capitalidad mundial a Nueva York. A principios de la década pasada, si musicalmente no te bautizaban en la Gran Manzana y barrios aledaños, no eras ‘cool’, ni chic ni leches. La culpa: del grupo de Julian Casablancas, que marcó una nueva forma de hacer rock, de vestirse y hasta de calzarse las zapatillas.

Así que todos a pasar por el aro, o a aprovecharse de él para pasar, y salir bendecido como grupo moderno. Entre la tropa neoyorkina de aquellos primeros años, pilotados también por The White Stripes, descollaban o empezaban a sonar Radio 4, Interpol, Longwave, Liars, The Walkmen, The Rapture, French Kicks… y un sinfín más, pero era Yeah Yeah Yeahs, joven trío con cantante femenina neopunk, Karen O (de Orzalek), nacida en New Jersey pero de ascendencia coreana y con aires de chica mala, el llamado para destronar a sus mentores, a los White Stripes y The Strokes.

Las cuatro canciones surgidas en una noche de borrachera y sus actuaciones caóticas, como si una nueva Velvet hubiera asomado en el ‘skyline musical’ de Nueva York, convirtieron a Karen y su dos colegas -uno, el batería Brian Chase, con aire de universitario empollón y al que curiosamente le repateaba el rock por su gusto por la clásica, y otro, el guitarrista Nick Zinner, pálido como la gelatina, perfecto extra para una peli draculiana- en el ‘hype’ del momento (cómo no, portada del New Musical Express). Las mismas compañías discográficas creyeron en su hipotético reinado y se lanzaron a la pelea por el supuesto nuevo grupo neoyorkino que iba a gobernar el rock. Ganó Interscope/Polydor…, pero no pasó nada, vamos que se quedaron en el reducido círculo de iniciados. Ya se sabe cómo criba el ‘mainstream’ y sus poderosos tentáculos, yeah, yeah…

El primer álbum del trío, ‘Fever To Tell’ (2003), entre el punk y el rock gritón y deslavazado de los Stripes, aunque les jorobase mucho la comparación, no hizo ni sangre ni pupa. Era aburridísimo, si bien de la quema se salvaban dos piezas situadas al final del disco, ‘Maps’, preciosa balada punk, y los siete minutos de ‘Modern Romance’ (incluido el fragmento oculto), donde se apagaba el grito y surgía el terciopelo vocal de su cantante Karen O. Por lo menos daban en la tecla, en el registro que adoptarían en su siguiente álbum, ‘Show Your Bones’ (2006), limado de viejas asperezas y de modismos White Stripes. Los instrumentos sonaban rabiosos por momentos y algunas canciones subían la temperatura rítmica, pero Karen O, seguramente que debido a su traslado a Los Angeles, huyendo del ruido neoyorkino y de las servidumbres de la fama –hasta la revista Vogue, impactada por sus modelitos, la quiso para que abriera su armario- encerraba en la gatera casi al completo sus grititos de gatita en celo y quedaba un disco bien apañado y audible.

Fue exactamente lo mismo que ocurrió en el tercero, ‘It’s Blitz’ (2009), pero aún más modulado y con la sorpresa de la introducción del electro-rock e incluso del folk ambiental (‘Skeletons’) o el rock cósmico, con la voz de Karen casi en plan confesional, cargada de angelical inocencia. Los cuatro bonus de la edición ‘deluxe’ eran la confirmación más rotunda de este cambio y a la vez una puerta abierta a unos nuevos Yeah: versiones en acústico, que en el caso de ‘Little Shadow’, cuerdas incluidas, bordeaban la música de cámara. Fierecilla domada.

El cuarto álbum acaba de llegar y sigue la línea del anterior. La voz de Karen se ha amansado todavía más, sonando por momentos acariciadora, como si de una Elizabeth Fraser se tratara, pero hay novedades: el insólito giro que da el single y pieza que abre, ‘Sacrilege’, hacia el gospel, algo que no se recordaba en el pop desde aquel ‘13’ de Blur, el rapeado de ‘Buried Alive’ con Dr. Octagon, la gracia del título, ‘Mosquito’, no original, que ya la explotaron los Doors huérfanos de Jim Morrison, pero sí llamativa, y especialmente el énfasis aún mayor del electro-rock, con una sugerente mezcla evocadora de Garbage, Goldfrapp, Siouxie & The Banshees, Jesus & Mary Chain (las guitarras), PJ Harvey, la mentada Fraser… Adiós al punk andrajoso de hace una década, claro ejemplo de esas metamorfososis frecuentes en el rock, y para bien: es el disco mejor y más elaborado –ver ‘Dispair’ o la atmosférica ‘Wedding Song’- que ha parido el trío neoyorkino. Ya no es ‘cool’ pero sí moderno e inteligente.
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Atención al modelito de la fierecilla morena ahora perioxigenada:
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Contra el cabreo colectivo: sweet soul music

¡Qué tiempos más perrunos, falsarios y ladinos nos está tocando vivir! Manda güevos que este viernes el Gobierno se rinda ante el paro, que hoy me quede sin médicos en la planta del hospital que cada año revisa mi ajada carrocería… Dan ganas de asaltar la Bastilla de nuevo… Pero más vale no ponerse dramático ni incendiario. Seguir el destino y disfrutar con lo que tenemos, la música, por ejemplo.

Si hay por ahí alguien con unos euretes de sobra –cosa cada vez más difícil en estos tiempos, ya digo, de roña económica- y le gustan los discos y además comprarlos –algo también cada vez más difícil con la crisis y el famoso mangoneo cibernético-, que mire tiendas físicas y virtuales, que hay verdaderas gangas. Especialmente, y excusas por la publicidad, pero es que no hay más remedio, en Amazon.es. Si no fuera por los momentos tan duros que vivimos, diría bien alto y sin pudor alguno que quien no compra discos hoy en día es porque no-le-da-la-real-gana. Santo Dios, la cantidad de material sagrado que hay en esa tienda a precios casi de risa…, desde los cuatro o cinco euros en adelante hasta los 15 máximo, que puede valer un disco de novedad… Y pensar que hace veinte años, en aquel usurero tránsito del vinilo al compacto, los precios habituales andaban en torno a las tres mil pesetas (18 euros), llegándose incluso a las 3.500 (21 euros) en el caso de Pink Floyd, por ejemplo, que nunca bajaba, no se sabe bien por qué, se supone que para mantener los lujazos de los ejecutivos de la EMI.

Soul LegendsPues eso, que en la mentada Amazon, hace unos meses me hice con una caja de soul imponente. Caja preciosa con veinte discos originales, misma portada y contraportada del viejo vinilo editado en los sesenta, imitación gráfica de los elepés, grueso libreto, maravillosas canciones, artistas de oro, ni más ni menos que todos del sello Atlantic… ¿El precio? ¡Dos euros cada disco! A lo largo de mi vida he comprado gangas, pero como esta, pocas.

¿Y por qué, a estas alturas, un lote como este de soul cuando mi discoteca rebosa vinilos y cedés a manta? En mi caso, y me da que en el de una gran mayoría, bien fácil. Por lo general, con el soul ha ocurrido que su difusión se ha hecho a base de canciones sueltas y recopilatorios, no con los álbumes originales, que para mayor inri no llegaban a España en su momento. Pues en esta caja, denominada ‘Soul Legends’ y publicada a finales del pasado año 2012, hay 20 elepés originales y completos de nombres clásicos, y vaya nombres: Ray Charles, Otis Redding, Solomon Burke, Wilson Pickett, Percy Sledge, Sam & Dave, Eddie Floyd, Booker T. & The M.G.s, Ben E. King, Rufus Thomas, The Drifters, Don Covay, Percy Sledge, Bar-Kays, Eddie Floyd, Arthur Conley, Aretha Franklin, Donny Hathaway… Y discos que van desde el año 1959 a 1975, la gran edad de oro del soul.
Soul Legends 2

Atlantic fue fundada por Herb Abramson y los hermanos Ertegun, Ahmet y Neshui, ambos hijos del embajador turco en Nueva York. Abramson un judío neoyorkino, director de A&R de una pequeña discográfica, National, fue quien ideó el proyecto. Se lo propuso a los hermanos Ertegun y estos se lanzaron a la aventura, no precisamente pidiendo ayuda a su acaudalado padre, sino a un amigo dentista, el doctor Sabit, que les prestó 10.000 dólares. Con ellos, en 1947, válgame Dios, un judio y dos musulmanes montaron una oficina en Nueva York y empezaron a editar discos, primero de R&B y luego ya de soul pleno, algunos de los cuales se encuentran en esta caja sin desperdicio alguno y, entre ellos, varias joyas históricas del género, caso de ‘Lady Soul’ (Aretha Franklin), ‘Otis Blue’ (Otis Redding) o ‘In The Midnight Hour’ (Wilson Pickett).

Detrás de la dirección corporativa de Atlantic, tan amante de la música como los mismos músicos (cosa casi marciana en la industria), la compañía discográfica, al igual que hizo su rival Motown, armó un equipo de técnicos, productores, compositores y músicos de sesión que pusieron en órbita un fanal de éxitos, desde ‘What’d I Say’ a ‘Stand By Me’, ‘When A Man Loves A Woman’, ‘Chain Of Fools’, ‘Sweet Soul Music’, ‘Spanish Harlem’, ‘I’ve Been Loving You Too Long’, ‘Mercy, Mercy’, ‘Walking The Dog’, ‘In The Midnight Hour’, ‘Land Of 1000 Dances’… Jerry Wexler, experiodista convertido en productor, inventor de la etiqueta Rhytm’n’Blues y Tom Down, ingeniero de sonido y antiguo militar que había, uhhh, contribuido a la fabricación de la bomba atómica, fueron los capitanes del equipo.

Atlantic extendió también sus tentáculos a la distribución, haciéndose con Stax, con lo cual su emporio creció hasta la cima mayor del soul. Booker T. Jones, Sam & Dave, Bar-Kays, William Bell o Eddie Floyd fueron algunos de sus gloriosos artistas o grupos que aparecen en esta caja. Caja que se ve enriquecida con tres discos de Clarence Wheeler, Sam Dees y Howard Tate de apenas difusión en los USA, no digamos por estos páramos. De hecho, el de Sam Dees, ‘The Show Must Go On’ (1975), ya briznada por el sonido disco pero con epicentro en el soul sinfónico y el funk, era una gema largamente perdida y editada ahora por vez primera en cedé.

El goce es total. Estas canciones hiperconocidas, que tantas veces sonaron aisladamente en discotecas, radios, sinfonolas o tocadiscos caseros, adquieren aquí, en medio del conjunto de piezas que le rodean en sus respectivos álbumes, un sentido mayor y más completo, redimensionando a sus intérpretes. Vamos que Ben E. King y Percy Sledge eran algo más que ‘Stand By Me’ y ‘When A Man Loves A Woman’, respectivamente.

Toda esta fuente de sublimes manjares de música del alma, ya digo, está a tiro de piedra de unos eurillos, todo este festín de ‘sweet soul music’ es posible disfrutarlo por unas monedas gracias a esa macrotienda de Internet. Un calmante eficacísimo para rebajar el cabreo colectivo al que nos están sometiendo estos inoperantes políticos de hoy y estos tiempos depresivos. Hasta yo mismo noto ahora su efecto benefactor tras escribir estas líneas y degustar algunos de esos manjares: a la cama, mejor que a la barricada.

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¡Canastón de Tachenko!

Así definen sus canciones Tachenko en la revista Mondo Sonoro: “Canciones bien bonitas”. Sencillo y hasta primario lema, pero perfecto para la música del grupo zaragozano. Su quinto álbum, ‘El amor y las mayorías’, recién aparecido con el sello Limbo Starr, con textos sobre el amor pero también sobre los tiempos difíciles que corren y el mundo ‘apache’ en que vivimos, aunque eso no se adivine tan fácilmente, sigue asido a ese lema de lo ‘bonito’ más vistosamente y certeramente que nunca.

Sí, ya sé, bonito es un adjetivo trillado y hasta vulgar por su uso reiterado, pero esa es la palabra que cuadra mejor con las canciones del quinteto, simplemente porque no quieren ir más allá, no quieren –o, al menos, esa es mi sensación- entrar en experimentalismos descabellados, rarezas sonoras y otras hierbas para que la peña indie se deshaga en elogios, señalando lo ‘modernos’ y ‘cool’ que son. No necesitan estas bocanadas de halagos, ni estrategias forzadas. No las han buscado nunca. La obsesión de Tachenko, su sano exhibicionismo, ha sido la lucha por la melodía perfecta, y eso es luchar por lo bonito, por el hedonismo y la felicidad que te puede dar una canción pop bien cantada, bien escrita, con buenas letras y bien instrumentada. Algo muy corriente en el mundo musical desde que el hombre tuvo la idea de combinar la voz con el sonido de un instrumento, pero no por ello menos difícil, y más en el género del pop, por muy fácil que parezca.

Pues eso, quinto disco de Tachenko, y doce canciones ‘bien bonitas’, unas veces entrando en terrenos del power pop vigoroso, de aquel power-pop, por ejemplo, que expelían los Beat de Paul Collins, como en el pop melancólico de La Habitación Roja, en el dance-pop -¡sorpresa!- de reverberación Blondie (‘Dame una pista’) y hasta en el instrumental –¡otra sorpresa!- de cocinado spaghetti western (‘Genzor cabalga’). Un tratado sobre la belleza pop, sobre las “canciones bonitas”, de larga tradición y químicamente puras, que los zaragozanos escriben con arrolladora pulcritud una vez más. Bueno, dicho más directamente y en los términos que sugiere su nombre: ¡canastón!

Aquí, el primer single del álbum, ‘Dame una pista’.
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El rock es cosa de viejos

No me echo las manos a la cabeza, porque está en el ambiente, que no en el viento, la respuesta. El gran pope del periodismo musical español, Diego A. Manrique, se hace eco de una encuesta musical llevada a cabo por un sociólogo en la universidad de La Rioja. El 72% de los encuestados no sabe quién es Wilco y solo un 1,3% compra discos. ¡Joder! Pero ni Diego se echa las manos a la cabeza ni se asombra ante tan desalentadores datos. Y, ya digo, yo, tampoco; que es cosa que viene de muy atrás. Pero aun así, me tengo que repreguntar, al menos ante lo de Wilco, que lo de los discos no tiene ya el menor misterio: ¿cómo es posible que gente universitaria en la veintena, gente que se supone inquieta y culturizada en el saber académico y en las artes populares, no conozca un grupo que está liderando el rock de los últimos años con su concepción entre tradicional e innovadora?

Hace cuatro décadas era explicable que la gente joven, por lo general, desconociera y ni tan siquiera se preocupase de saber quiénes eran Jethro Tull, King Crimson o Pink Floyd: los discos llegaban tarde y con cuentagotas, eran caros, tan apenas había conciertos, los tocadiscos eran un lujo burgués, la censura guillotinaba y el acceso a la información era difícil, y eso que la tele contaba con programas musicales en abundancia, alguno de ellos bien progre, como aquel inolvidable ‘Beat Club’, que servía la televisión germana y al que algún día dedicaré espacio (hace un par de años se recuperaron en DVD todos sus programas). También estaban las discotecas, donde se escuchaba música de calado (sí, sí, desde el Jeff Beck Group a los Purple, Rare Earth, Alice Cooper, Bowie, la Creedence, James Brown, Isaac Hayes, Led Zeppelin, T. Rex, Santana, Equals, los Rolling, Traffic…) y no la bazofia house-bakaladera de hoy. Pero aun con todo, no había la información que hoy hay y la facilidad para acceder a los discos y a los aparatos reproductores que hoy tienen jóvenes y adolescentes.

Cuarenta años después, los tiempos obviamente han cambiado…, pero ¡a mucho peor! La tele ha borrado de la parrilla la música, incluida la clásica (no, los rellenos nocturnos que, por cierto, han vuelto a poner a la SGAE en la picota, no me valen). Las revistas especializadas son guetos. Las radios generalistas emiten verbo(rrea), fútbol y publicidad a manta (inaguantables sábados y domingos futboleros). Las musicales, salvo la gloriosa excepción de siempre, Radio 3, y en algunos momentos Rock FM, siguen envenenadas y envenenando con las radiofórmulas y esos sumisos y párvulos locutores (¡malditos 40!, ¡abominable Máxima FM!) cuando no perniciosamente conectada la mesa de emisión al ordenador. A los conciertos van cuatro gatos. Las tiendas de discos son ya museos… E Internet ha generado un efecto contrario y perverso: en la gran jungla cibernética el personal anda más perdido que la mona Chita en la gran ciudad. Mucha información, pero caminos inseguros y desconocidos para llegar a los sitios adecuados.

A lo mejor, si el encuestador hubiera preguntado por Pitbull o por alguno de esos millonarios y embaucadores DJs hubiera encontrado respuestas mayoritarias, y aún así, cabe la duda. Vivimos tiempos fatídicos en todos los sentidos. La música ni se compra ni se vende, se consume gratis y a peso, a gigas. Da igual el intérprete. No es difícil comprobar cómo los más jóvenes se enfangan en la banalidad, en el perreo, el comercialismo baba y la electrónica todo a cien. En estas circunstancias, ¿a qué veinteañero, por muy universitario que sea, no digamos quinceañero, le va a interesar Wilco? El rock, y en general, el interés por la música de verdad, ya es cosa de viejos.

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‘Margaret: ¿cuándo te morirás?’ (The Smiths sobre Thatcher)

Margaret Thatcher y su política de hierro fue el blanco de numerosos grupos musicales en los ochenta. Rober Wyatt, Crass, The The, Billy Bragg, Public Enemy, The Specials, The Exploited, The Beat… le tiraron dardos envenenados, pero quizá su enemigo musical más acérrimo fue Morrissey. Hasta le escribió una canción en la que le preguntaba cuándo se iba a morir, haciendo saber al tiempo el gran sueño de mucha gente: que fuera a la guillotina. Su inquina de aquel tiempo, plenos ochenta, no bajó ni en aquel momento ni después. Ahora, tras la muerte de la ‘dama de hierro’, Morrissey ha sido rapidísimo emitiendo un comunicado recordatorio de quién fue, según él, esta abominable dama: “Destruyó la industria manufacturera británica, odiaba a los mineros, odiaba las artes, odiaba a los luchadores irlandeses por la libertad y los dejó morir, odiaba a los ingleses pobres y no hizo absolutamente nada por ayudarlos.(…) Es un hecho conocido que Thatcher era un terror sin un átomo de humanidad”. Además, tras los funerales, ha cargado contra la BBC y otros medios como el Daily Mail o el The Guardian, condenando el ‘aúrea’ y los fastos con que se la ha despedido, su canonización.

No, no, esta entrada no quiero que sea un monográfico sobre la inquina de Morrissey y muchos de sus colegas contra la difunta, tampoco un soliloquio sobre la historia de The Smiths ni tan siquiera de Morrissey, que daría para un mes seguido de jugosas entradas. Es simplemente, un pretexto, aunque suene a frivolidad, para ir a la estantería, toquetear de nuevo los elepés y los abundantes maxis que dejó el cuarteto de Manchester y colocar en el giradiscos ‘The Queen Is Dead’, el disco, a mi parecer, más completo y logrado de aquellos inolvidables Smiths, sin desdeñar desde luego, el primero, publicado con el título del grupo.

‘The Queen Is Dead’, en realidad, debiera haberse titulado ‘Margaret On The Guillotine’, la canción donde aparecía el verso con la pregunta de cuándo se iba a morir la primera ministra, pero, seguramente que por la dureza del mensaje, hubo que dejarla congelada; seguramente también contra la voluntad del propio Morrissey, que, eso sí, a las primeras de cambio, o sea, para su primer álbum en solitario, el espléndido ‘Viva Hate’, el de esa cumbre romántica que es ‘Everyday Is Like Sunday’, la recuperó para cerrarlo.

Con The Smiths, salimos del borracherón del tecno-pop, de la riada de sintetizadores y cajas de ritmo que ahogaron al pop de los primeros ochenta. Andy Rourke, en el bajo; Mike Joyce, en la batería; Johnny Marr, en la guitarra, y Stephen Patrick Morrissey, en la voz, formaban aquel grupo de nombre vulgar, algo así como Los García, Los López o Los Pérez, un nombre, en efecto, muy chusco para aquellos “charming men” pero de imposible olvido después de los cuatro magníficos discos que dejaron, aparte recopilatorios y un directo, y de su impronta en el pop de la época, tan alta como la de unos U2 o unos Cure, aunque lamentablemente duraron poco tiempo. Fueron ellos los primeros en analizar y diagnosticar las claves de su ascendente éxito en aquellos años de resaca del tecno-pop: “Tenemos un público que pertenece a una generación nueva. Nuestro éxito se explica por el clima económico, cada vez peor y más deprimente”, dijeron. A lo que añadieron: “Un grupo contemporáneo que utiliza el sintetizador se ridiculiza a si mismo”.

Actitud social mezclada con hermosas canciones de amor y afilada actitud musical. Dos de las claves que definieron el trabajo del grupo. ‘The Queen Is Dead’ (1986) fue su tercer álbum. El más ‘duro’ de sonido dentro de la relativa dureza del pop del grupo. ‘Frankly, Mr. Skankly’, con aire funky, ‘The Queen Is Dead’, con un musculoso trenzado de guitarras y batería, ‘Vicar In A Tutu’, sobre un despistante galope country y el infeccioso pop de ‘Bigmouth Strikes Again’ eran los números más rítmicos. Por el contrario, la melancolía -constante anímica en The Smiths- emergía en el resto del disco, con tres gemas: ‘There Is A Light That Never Goes Out’, ‘The Boy With The Torn In His Side’ y ‘I Know It’s Over’.

Temáticamente, las canciones dejaban aflorar el acendrado ‘britanismo’ de los Smiths, algo que les medio cerró las puertas en los USA. A los americanos no les entran las historias localistas de los ingleses, sus vidas cotidianas, sus reinas, su anglicanismo y sus políticos. Y lo mismo que rechazaron a los Kinks en los sesenta y a Oasis en los noventa, hicieron con The Smiths en los ochenta.

‘The Queen Is Dead’, la pieza que abría y daba título al disco, era un sarcasmo sobre la familia real británica, imposible en otras monarquías, mismamente la española, aunque ande como ande ahora. “Querido Charles, ¿nunca has deseado ardientemente aparecer en la portada del Daily Mail vestido con el traje de novia de tu madre”, cantaba Morrissey, dando por muerta a la reina y a la monarquía. La Iglesia fue también otra de las fijaciones de Morrissey: en ‘Vicar In A Tutú’ imaginó a un obispo vestido de bailarina como símbolo ridiculizador de la institución, aunque hubo quien vio en el texto la expresión de la ambigüedad sexual del propio cantante.

Pero la canción más polémica fue ‘Never Had No One Ever’. Con un par de versos -”tuve un sueño realmente malo, duró 20 años, 7 meses y 27 días”- Morrissey sacaba a colación su fascinación declarada tiempo atrás por la depresión y el suicido juvenil, algo que provocó denuncias de padres profundamente irritados: sus hijos, fans del grupo, se habían quitado la vida.

El álbum permaneció 45 semanas en listas, llegando al número 2. El grupo británico alcanzó con él su cenit creativo y se establecía como uno de los grupos más importantes de la década de los ochenta y de la historia.
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Grupo Salvaje, una plácida minisinfonía indie-pop

Desde que editó su primer álbum, en 2004, con el sello Acuarela, vengo haciendo llamadas de atención sobre este grupo en la página de discos del Heraldo. “Creemos en el negro” era el título de aquel primer álbum. Toda una declaración de intencionas estéticas y sonoras: el combo liderado por el exlíder de los madrileños Pribata Idaho, Ernesto Fernández, tomaba el nombre de la película homónima de Sam Peckimpah y se afiliaba al negro estético que patentó Johnny Cash así como al negro ambiental que envuelve las canciones de Nick Cave o Tindersticks, y cómo no, declaraba fidelidad absoluta a la negritud del soul. Bajo estos postulados, aquel disco de debut, exuberante de lucidez y cultismo pop, era tan inteligente como acogedor. Curiosamente, todo lo contrario de la estética de la áfamada película de Peckimpah.

Dos años más tarde, en 2006, llegó ‘Aquí hay dragones’, también con Acuarela, y la profesión de negritud y elegancia en pie. Nada de alegrías al abordar el pop sino más bien todo lo contrario, melancolía y recogimiento, con ‘A Dissapoint Man’ exhalando baladismo otoñal y aire vocal a lo Nick Cave en tanto que ‘Barrabás’ apostaba por la psicodelia instrumental. Entre ambos extremos, era posible encontrar citas de Leonard Cohen o The Doors, en un disco de nuevo pausado y cuyo título hacía referencia a aquellos exploradores que cuando llegaban a sitios peligrosos soltaban el latiguillo de “¡aquí hay dragones!”

Ahora, seis años después, pasaron todos los peligros. Ya no hay dragones sino hermosas aves –eso sí, de color oscuro- que siguen embelleciendo la música del grupo madrileño. ‘III’, sin más, es el título de su tercer álbum, recientemente editado también por Acuarela, y puede decirse que una minisinfonía indie-pop de once piezas, con joyas como ‘Adiós’ o ‘Tormento’, de nuevo sin alegrías, sino canalizando la tristeza hacia estadios de emoción superior, con reflejos de Nick Cave, Dylan, Neil Young, Corcobado o Nacho Vegas, y una instrumentación pulquérrima.

Hago de nuevo hincapié en este grupo, que, a mi juicio, es de lo mejor que hoy puede encontrarse en el pop nacional. Aquí lo tienes, hace unos días, en ‘Los conciertos de Radio 3′ interpretando una de sus más bellas melodías, ‘Adiós’, perteneciente al reciente álbum ‘III’.
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Carla Bruni y sus pequeñas canciones francesas

Sigo en plan francófono, tras la anterior entrada dedicada a la parisina-malagueña Tahalía Be y su grupo Ultrarouge, un chaparrón de dance-rock y susurritos en el idioma de Balzac. Y me quedo plantado en el nuevo disco de Carla Bruni, ‘Little French Songs’, el cuarto ya de su trayectoria. Cada vez más agradable, a medida que se suceden las escuchas.

Abandonado, por la fuerza de las urnas, su papel de primera dama francesa, Bruni ha retomado su carrera musical con la intensidad de antaño. Y aquí trina con su voz clavelina y ese susurro indeleble de las cantantes galas -¿a qué se deberá el patrón?- once canciones escuetas, con una instrumentación sobria –guitarra acústica sobre todo-, buscando especialmente la fuerza del texto, la fuerza proverbial de la palabra que, desde Brassens, Brel y la nouvelle vague cinematográfica, es santo y seña del arte popular francés moderno. Tratándose de quien se trata y siendo el primer disco que hace fuera del Eliseo, no extraña que en Francia sea el disco con los textos más diseccionados, máxime cuando, según parece, está cargado de ambigüedad (¿Es Hollande un pingüino?).

De todas formas, la belle chanteuse, la mujer de las decenas de amantes, desarrolla aquí esa fuerza de la palabra entre humor y amor, y algo de malicia, cantando a Francia, a su marido, a la libertad, a su liberación como primera dama, al suicidio de un amigo… e incluso tirando a dar a Hollande y Strauss-Kahn. La estela musical de Brassens, Trénet, Barbara, Françoise Hardy…, swing y chanson, en un bonito y suave disco de dormitorio. ‘Dolce Francia’, que cantaba Charles Trénet y que ella versiona en este álbum.

Sí, ya sé, hay un sector melómano que le tiene mucha tirria a esta señora, sector al que en los últimos tiempos se han unido –perversidades de la política- los enemigos de su marido, le president Sarkozy. Pero convendría abstraerse de todas estas fobias para escuchar el disco. La perspectiva y hasta el disfrute será otro. Ella así lo ha escenificado recientemente, quizá con no poca razón, en una entrevista televisiva sobre su disco y su oficio musical, dejando plantada a la entrevistadora cuando esta intentó sacar viruta política preguntándole por la imputación de su marido en el caso L’Oréal, cosa que, a mi entender, no era procedente. No extraña que la discográfica haya extremado las precauciones y los escasos periodistas que hasta ahora la han entrevistado hayan recibido previamente una advertencia amenazadora: “Prohibidas preguntas sobre política y sobre su vida personal”. De lo contrario, la exdama se levanta…

Naturalmente que el papel del periodista es preguntar por todo, pero hay formas y formas de hacerlo, cuando no, tener la prudencia y la contención de no ir más allá de la situación y el motivo de la entrevista. Si tienes a la Bruni con la guitarra en las manos y está cantando para tu programa de TV, ¿a qué viene acudir a asuntos turbios referentes a su marido? Como Umbral, pero más educadamente, dio la espantada: ella también fue “a hablar de su libro”. Aunque también es verdad que debe ser consciente de que no se trata de una chanteuse más, sino de la esposa de monsieur le president, y ello conlleva riesgos e impertinencias que tendrá que capear de la mejor manera posible, aun en medio de un recital, que, por cierto, va a salir de gira.

Pero, vamos, yo personalmente, si tuviera la oportunidad de entrevistarla (cosa harto imposible), me centraría en sus discos y en especial en este último, que me temo que es lo mejor que ha hecho hasta ahora, con ese sabor parisino a chanson y pop, aunque le hubiera añadido más arrope instrumental. Eso hubiera abrillantado más las melodías y esa voz dulce y melancólica, que no es la de la Hardy, of course, pero que resulta acariciante, aunque ambiguamente ‘escupa’ algún que otro exabrupto contra Hollande (el ‘pingüino, al que hace alusión la canción del mismo título) u otros personajes y situaciones, quizá consecuencia de su liberación de algunos malos rollos que seguramente le aprisionaron el alma en sus años de primera dama. La huida perfecta de aquel “exterior que le sobrepasaba”, según confesión propia, mientras vivió en el Eliseo. “Pequeñas canciones francesas”, sin más. Sencillez y armonía.

Aquí, la recreación de una imaginaria estancia en los 70 en la casa de Keith Richards y Anita Pallenberg sobre arreglos con sabor tropical. De lo más exótico y original del disco.
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‘Une femme fatal’ del rock electrónico, Ultrarouge

Para francófonos como un servidor, traigo al blog el estreno de este nuevo grupo, Ultraurouge, nombre glamouroso y ‘femme fatal’ al frente, pese a lo cual, y pese a su canto galo-inglés tiene raíces nacionales. Se llama, la ‘femme fatal’, Thalia Be y es parisina de padre español y afincada en Málaga. Atrás ha dejado su anterior grupo, Adictive Larsen, con el que estuvo trece años, y ahora se bate el cobre con un físico rubio, dicen, a lo Brigitte Bardot con alma punk a lo Patti Smith y actitud PJ Harvey, y una batidora de sonidos electro-rock atravesados por sus fraseos susurrantes y los ritmos geométricos. También hay cuerdas que ha arreglado Drew Morgan, colaborador de Massive Attack. ‘Electrochic’ llama ella a lo que hace: “Base electrónica, pero mucha guitarra, mucho rock’n’roll, violines reales, canciones garajeras, temas muy de torch girl”.

El disco de debut (escuchable en Spotify), compuesto a medias con un ‘histórico’ de la música malagueña y líder de Santos de Goma, Mr. Conde, contiene una docena de canciones con títulos en francés e inglés que se van cargando más de electrónica y sabor a Gainsbourg y fondo galo a medida que avanza el disco. De hecho, el grupo surgió a raíz de la pasión de Mr. Conde y de ella por el ‘guapo’ marido de Jane Birkin y novio de media legión de yeyés francesas de los sesenta. Pero no solo Gainsbourg. En el batido entran también, según se ha escrito, influjos de Blondie, Patti Smith, Les Rita Mitsouko, Nick Cave, Phoenix, Jacques Brel, Jane Birkin o Daft Punk…, lo que quizá sea mucho escribir.

En cualquier caso, una pildorita que conviene tomar. No hace daño e incluso puede ser reconfortante, en función del grado de adicción al susurro encastrado en el rock, que en mi caso es muy elevado. De vez en cuando, es bueno y necesario traer al blog grupos nuevos y desconocidos, aunque Ultrarouge ya tiene sus nombrecito por tierras del sur y hasta ha presentado su ‘rojo’ disco en Málaga, teloneando a Dominique A.

Aquí dejo el vídeo del primer single, que no refleja perfectamente el sonido global del álbum, pero resulta colorido y afrancesado…, ¡ay, ese cuchillo!
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Julián Maeso, los 70 no se fueron

No tenía noticias de Julián Maeso, seguro que por no memorizar las alineaciones de los grupos que escucho y que he escuchado a lo largo de mi vida, pero todo eso no cabe en mi cabeza, ni creo que quepa en alguna otra, pero quién sabe, este bosque está lleno de árboles muy altos…

Fue Chema Fernández, boss de Antípodas Producciones, quien, hace unas semanas, me lo recomendó, o casi diría que me ‘obligó amablemente’ a escuchar el doble cedé de debut de Maeso, ‘Dreams Are Gone’ (Sony 2012). “Te va a gustar”, me remarcó Chema. “Es un organista extraordinario”, añadió. Bueno, esto se pone interesante –un organista, pienso, y la mente se me va a Brian Auger-, aunque mis prevenciones, cuando las recomendaciones vienen del sector de la industria musical, también es verdad que saltan enseguida como muelles. Pero Chema es fiable. Y gracias le sean dadas.

Maeso no es Brian Auger ni Jimmy Smith, es organista de rock al estilo clásico, digamos del tipo Greg Allman, Al Kooper, Bobby Withlock… Además, canta y compone bien, se muestra como mutiinstrumentista omnívoro (órgano Hammond, guitarras eléctricas y acústicas, bajo, batería, mellotron, órgano Wersi Orion, Wurlitzer, piano, ukelele, armónica, melódica, Nautilus…, señala el libreto) y sus canciones suenan mejor, con un sabor a rock setentero más que alimenticio.

Ah, leyendo una info adjunta de Chema, veo que su nombre no es el de un recién llegado al mundo musical español. Maeso ha acompañado a M-Clan y Quique González y ha sido componente de The Blackbirds, Speaklow, The Sunday Drivers y The Sweet Vandals. Ya está. Hay currículo. Y hay buena música en su doble ‘Dreams Are Gone’.

Diecinueve canciones, con sabor a folk, rock, blues, gospel, reggae…, que rastrean la huella de Eric Clapton, The Who, Rolling Stones, Little Feat, The Band, The Flying Burrito, Ry Cooder, J. J. Cale, Dylan, Allman Brothers…, y de cuya búsqueda Maeso obtiene una jugosa carga de rock a medio tempo. Diecinueve canciones en inglés y con un sonido tan de fuera que nadie, de no conocerlo, podría imaginar que es producto autóctono, de Toledo.

El reloj del rock, y para mayor alegría, el del rock español, se ha parado en los setenta aunque a punto estuvo de pararse en la nada: “Tras mi marcha de The Sunday Drivers, no estaba en mi mejor momento”, ha confesado el toledano. “Me fui a vivir a Valencia, planteándome dejar la música un tiempo. Trabajé de camarero, haciendo mudanzas, como restaurador de pianos… Y empecé a componer canciones algo tristes con la guitarra acústica, al margen del Hammond. Hice una primera grabación con siete temas, conocí a Sergi Fecé (Loquillo y los Trogloditas, Gato Pérez…), le comenté el proyecto, le gustó, volví a Toledo y comenzamos a trabajar juntos”. Y salió ‘Dreams Are Gone’. Por suerte. Animo en plan viral, como me animó el amigo Chema, a descubrir y disfrutar este disco y este artista. Hay materia.
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Depeche Mode estrena disco: ¿eres uno de sus creyentes?

El cerebro, Vince Clarke, que abandona cuando el grupo alcanza el estrellato; la oscuridad posterior; la drogadicción del cantante, Dave Gahan; el abandono de una de sus piezas musicales más importantes, Alan Wilder; el alcoholismo de Martin Gore; las tentativas de suicidio del cantante, otra vez… Treinta y tres años de vida, y con una carrera con más peligrosos que Tarzán en la selva, amén de lo volátil que es el oficio del pop, no deja de tener su mérito.

Tal vez por ello, aparte de su personalidad y de varios discos de matrícula, la incorruptible fidelidad de los fans de Depeche Mode, la condescendencia de sus ‘creyentes’, quienes, pese a los batacazos de todo tipo, siguen dando la absolución a cualquier trabajo que edita el trío, por muy bajo que quede en el nivel general de su discografía.

Ha vuelto a ocurrir. Con su nuevo disco, ‘Delta Machine’, hay nuevos argumentos para la condescendencia: es otro disco de bajo perfil. Desde esa legión de fans, hay quien opina que desde hace 20 años, el trío no hace un disco superlativo. O sea, nada que ver con aquel pionero ‘Speak & Spell’, con el que empujaron al tecno ‘a las masas’ (¡cómo sorprendió en aquellos primeros 80 ver a un grupo pop en el escenario solo con artilugios electrónicos, sin batería ni guitarras!) y menos aún con ‘Violator’, ‘Songs Of Faith & Devotion’ y ‘Ultra’, su trilogía dorada, amén de la otra triada editada a mediados de los ochenta, con ‘Some Great Reward’, ‘Black Celebration’ y ‘Music For The Mases’, completada con el directo ‘101’, que curiosamente les devolvía a la vida, al menos en España, donde prácticamente se les olvidó una vez apagado el boom del tecno-pop.

Y, sin embargo, por lo leído en Internet, los creyentes siguen a muerte con Depeche. Me temo que, a otros niveles y con otras características, el trío se ha convertido en una marca, como los Rolling Stones o así. Da igual que el disco sea mejor o peor, bueno, a ser posible, lo primero, pero da igual. Lo que importa es que los de Basildon están vivitos y coleando, que cantarían Simple Minds, en una de sus más deliciosas piezas (‘Alive & Kicking’). Y ahí se aferran sus fieles como a un clavo ardiendo.

La base de este nuevo disco, según Martin Gore, es el blues y la melancolía, por mucho que ambos términos estén lejos de los conceptos sintéticos. Y es cierto: el blues ya estaba presente, aunque emboscado, en ‘Personal Jesus’ y en otros temas, pero es ahora cuando, empujado por Flood, que vuelve al tajo con el trío desde que lo hiciera en el 93 con ‘Songs’, aflora con más evidencia, lo que no deja de ser una afloración sorprendente en un grupo maquinista. En cuanto a la melancolía, tampoco hay duda: el mismo grupo asegura haber hecho carrera con ella, con lo cual para qué insistir en ese gran repertorio de piezas apacibles y oscuras que siembra su discografía, pese a la envoltura electrónica.

Instrumentalmente, con esa flotilla de sintetizadores del año catapún que Martin Gore atesora (dicen que comprados en ebay), suena, aunque muy saturado, a tecno retro, véase ‘My Little Universe’ o ‘Alone’ y su toque Kraftwerk, y en realidad cualquier canción, puesto que la electrónica contemporánea o la del 90, que embadurnó ‘Ultra’, está muy diluida, o casi ausente; lo cual, por otra parte, realza esa melancolía frontal del trío. Bajo perfil, ya digo, con respecto a sus grandes discos, la máquina Delta de Depeche en vuelo bajo, pero suficientemente litúrgica para seguir satisfaciendo a sus fieles.

Para la promoción del disco, Sony colocó carteles en España con la fecha de la edición del disco y una única frase: “¿Eres creyente?”. Los fans de Depeche Mode ya sabían bien que no se trataba de una campaña religiosa sino que iba por ellos. ¿Eres tú uno de ellos?

Aquí, el adelanto del álbum:
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