Aluvión de discos raros y exclusivos en el Record Store Day

Solo un miniaperitivo del gran banquete que ofrece el ‘Record Store Day’ o Día de las Tiendas de Discos, una excelente iniciativa para apoyar a las tiendas pequeñas que hoy cuenta con una nueva edición. Recordar que aunque este sábado es el día central de la celebración, la cosa se estira en varios días más, aunque conviene encargar o reservar cuanto antes. Son centenares de piezas raras y exclusivas para esta gran idea, con tiradas limitadas y solo disponibles en establecimientos pequeños de medio mundo adheridos al evento, si bien no disponen al momento de todo el material anunciado, por lo que que hay que encargarlo. En Zaragoza, Leyenda y Linacero. Este último establecimiento, además de descuentos y de las piezas especiales para este día,  ofrecerá también música en directo, desde las  seis de la tarde y hasta la hora de cierre, con la actuación en acústico de Héctor Pérez, María José Hernández, Mariano Casanova y Los Bengala.

Va pues un breve extracto de lo que puede encontrarse, picoteado de la página oficial del Record Store Day, donde hay material para volverse loco. Unos The Animals barbilampiños se revelan en carne cruda con un LP, grabado en directo en 1964, entonando blues de John Lee Hooker, y Jimi Reed. La canción ‘Dark Globe’ salta al aire en versión de Syd Barret en la cara A y REM la replica en la cara B. Jeff Beck desempolva sus tres primeros singles. Bowie se une a la fiesta con el single promocional de ‘Changes’ y otro más en el que tanto él como Tom Verlaine interpretan la misma canción, ‘Kingdom Come’, inédita, por cierto. Casandra Wilson interpreta dos piezas clásicas de Billie Holiday en un EP que incluye en la cara B las originales. Vanguard saca del arcón uno de los discos esenciales del rock ácido de California y crucial de Country Joe & The Fish, su tercer álbum, ‘Together’ (1968). El jazz sonríe con la edición de una segunda caja de vinilos de 10 pulgadas a nombre de Miles Davis, todos de 1954. Los sensibles Decemberists celebran el décimo aniversario de su álbum ‘Picaresque’ con un vinilo rojo y libreto de 16 páginas. Single ‘sinatriano’ de Dylan y reedición en vinilo de 180 gramos y portada blanca de su ‘The Basement Tapes’. Father John Misty, folky de moda, se arranca con un valentiniano single rosa en forma de corazón. Florence & The Machine aparecen con un maxi ochentero con dos piezas en tanto que Foo Fighters lo hacen con un diez pulgadas que incluye una pieza inédita, una versión y dos maquetas. Gov’t Mule amplían el catálogo de versiones stonianas con un segundo volumen. Grateful Dead juegan en terreno propio, o sea, el directo, con una caja de cinco elepés. Los Kinks vienen con tres singles y Marley revive a través de un LP que incluye una larga entrevista realizada en 1973. Y así, un sinfín más de discos exclusivos para este día con las firmas de Paul McCartney, Metallica, Mumford & Sons, Springsteen, Of Montreal, Charlie Parker, Robert Plant, Prodigy, Stooges, Sinatra, U2… que se pueden conseguir, como he señalado al inicio, en las tiendas adheridas al ‘Record Store Day’ en todo el mundo.
Fetichistas y coleccionistas, e incluso especuladores, tienen aquí una mina de oro.

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Centro Cívico Delicias, ‘templo’ zaragozano de la música

Escribe Mariano Casanova, al inicio de la nota de prensa de la actuación que ofrecerá el próximo día 10 de mayo en el Centro Cívico Delicias para presentar su primer disco en solitario, lo siguiente:

Deciros que la elección del Centro Cívico Delicias para hacer mi primer concierto en España (la Prèmiere fue en París el pasado 15 de diciembre) ha sido sobre todo por una cuestión sentimental que espero que todos comprenderéis: El otro día quedé con los responsables de ese centro allí mismo para comentar la posibilidad de esta actuación que ellos también me habían ofrecido con tanta ilusión. Y cuando entré allí, tras casi 20 años sin hacerlo (años de giras fuera de España, de posterior cierre del centro por reformas y mis últimos tiempos de ermitaño), literalmente me temblaron las piernas. Nada más entrar en el recinto comprendí que ese era el lugar, lo sentí como un templo, el templo de la música por donde han pasado tantos buenos artistas a lo largo de décadas. Y me recordé a mí mismo hace años siempre allí asistiendo a mil conciertos y también actuando.

Allí comenzamos como Distrito 14, tras el paréntesis una vez grabado el disco en Alemania, allí comenzó esa larga segunda etapa que nos ocupó media vida, allí hicimos conciertos claves en nuestra larga historia, conciertos que sirvieron siempre para dar comienzo a algo nuevo. Y sobre todo es que tengo tan buen recuerdo y me gusta tanto, tanto, ese espacio. Un espacio humilde, pero bello, acogedor, donde empecé, un espacio donde quiero comenzar de nuevo.

En efecto, el Centro Cívico Delicias, un lugar si no sagrado, por aquello de no mitificar ni sacralizar demasiado las cosas materiales, sí esencial, con sus interregnos, en la actividad cultural de Zaragoza en las últimas tres décadas y media. Un espacio que, me da, salió de la pesadez con que más de uno criticábamos, en aquellos ya lejanos ochenta, al PSOE y, en concreto, al concejal de fiestas, Luis García Nieto, por la falta de rock en la ciudad y por la falta de espacios para la música.

Digamos que fue un efecto rebote a los resabios culturetas y a la dura coraza izquierdosa adherida, todavía en los ochenta, a los viejos axiomas de la lucha antifranquista, un anacronismo que había sido plenamente superado por la modernidad del momento, pero al que los sociatas tardaron en responder. Nieto y su concejal Plácido Serrano se empeñaron en atorrarnos en las primeras fiestas del Pilar en La Romareda de cantautores a la baja, Claudina y Alberto Gambino, Mercedes Sosa, Calchakis, Victor Manuel y Ana Belén… mientras una mancha contracultural nueva se iba extendiendo por la ciudad y por las capas más jóvenes, ansiosas de rock, de fanzines, de radios libres, de nuevas formas de vestir, de nuevas maneras de expresión literaria, cinematográfica, artística… el borbotón, en definitiva, que estalló con la llamada Movida, no solo en Madrid sino también en la periferia y que en Zaragoza concretamente desembocaría en la Muestra de Pop Rock y Otros Rollos, de 1984.

Afortunadamente, Nieto percibió los nuevos aires. Y cambió el curso no solo de las programaciones musicales sino que también inventó espacios. Se empeñó en sacar de una simple ladera del Parque Grande un anfiteatro y sacó el Anfiteatro del Rincón de Goya. Y luego, entre otras cosas, reconvirtió un viejo mercado de pescado en un centro cultural, el mencionado Centro Cívico Delicias, al que siguieron otros más hasta formar la tupida red que hoy vertebra buena parte la actividad cultural de la ciudad. Tarde, pero el socialismo cumplía con una de sus máximas: cultura para el pueblo.

Y en el Centro Cívico Delicias, durante un tiempo, Centro Cultural Delicias –sus rectores se enfadaban si en los medios no se le llamaba así- no solo se habilitó la coqueta rotonda central como espacio para conciertos, sino que en sus bajos se creó un Taller de Rock, aulas de pintura… y hasta un Laboratorio de Sonido. Algo absolutamente nuevo y elogioso en el que pusieron mucho empeño no solo el concejal sino técnicos culturales como Antolín y Michel Zarzuela. Eran tiempos de demolición del poso del viejo franquismo y de creación de nuevas estructuras. El centro de Delicias fue, sin duda, una de las mejores y más ingeniosas aportaciones que el socialismo brindó a la cultura zaragozana.

Ello permitió que allí viéramos decenas y decenas de actuaciones de todo rango y estilo y se organizaran programaciones constantes en primavera e invierno, dando paso a nombres –perdón por la débil memoria- como John Renbourn, Chris Farlowe, unos entonces desconocidos Madredeus, Pentangle, un naciente Miguel Poveda, Godfathers, Peter Hammill, John Martyn, Doctor Feelgood…, amén de toda una pléyade de grupos locales. También que allí se realizasen unas apetitosas ferias de coleccionismo discográfico y decenas de actividades más, como la presentación del último disco de Héroes ante periodistas venidos de media Europa. Y uno, excusas, añade su pequeña vanidad, evocando la gran fiesta de músicos aragoneses que se montó en 2003 para presentar mi libro ‘Polvo, niebla, viento y rock’.

No extrañan pues las palabras de Mariano Casanova y su calificativo de ‘sagrado’. Él mismo se bautizó allí para las multinacionales en un concierto inolvidable que ofreció en 1990 para que EMI se convenciera de su potencial. Y tanto se convenció, que una de las enviadas de la compañía discográfica dejó a renglón seguido la compañía para convertirse en mánager infatigable del grupo. Salud, Mónica.

Todas las ciudades tienen sus centros públicos destinados a la música y a la cultura, no me refiero a auditorios y grandes teatros, sino a pequeños y hasta humildes espacios, sus pequeños ‘templos’, como dice Mariano Casanova. El de Delicias, que ha sido rehabilitado, es desde luego uno de esos ‘templos’ zaragozanos imprescindibles, esencial en el desarrollo musical de la ciudad. ¿Tienes algún recuerdo o experiencia de o en él?

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Gov’t Mule, ¿rock para yayos?

¿Música rancia? ¿Rock trasnochado? ¿Hippies tardíos? ¿Música para yayos? La piqueta contra un grupo como Gov’t Mule puede ser demoledora a poco que un moderno saque musculito rompedor. Allá cada cual con sus gustos y elucubraciones. Lo que está claro, para quienes adoran el rock de los setenta –que son más de lo que se piensa, sospecho-, es que la existencia de este, primero, power trío y, después, cuarteto es un gozo para revivir y mantener fresco aquel rock poderoso que practicaban las llamadas jam-bands, aquellos combos como Grateful Dead o The Allman Brothers Band, que convertían los escenarios en lugares libérrimos, con músicos sin ataduras para la improvisación y olvidados del reloj, lo que hacía que sus largos conciertos sobrepasaran como mínimo las tres o cuatro horas entre vapores de alcohol y otras hierbas.

Warren Haynes (guitarra y voz) fue el artífice, junto al fallecido Allen Woody (bajo) y Matt Abts (batería), de la formación de la Mula. No eran músicos, en absoluto novatos. De hecho, Haynes había sido el gran revitalizador de la Allman en los finales de los 80, banda a la que se unió por recomendación (y petición) de Dickey Betts y Gregg Allman. También en ella figuró Allen Woody.

En 1995, mientras el indie y la música alternativa, por no olvidar el brit-pop, copaban el interés masivo del público y las revistas modernas de pop y rock, los Gov’t saltaban al mercado con sus greñas y su propuesta viejuna, pero revivalista o revitalizadora del rock-blues de los 70. No tardó en formarse enseguida en torno al trío una legión de adeptos que todavía hoy, veinte años después, siguen dándole su bendición. La culpa son sus actuaciones kilométricas, sus muchos discos en directo y, claro, los de estudio, los más aclamados: la serie ‘The Deep End’, ‘Dose’, ‘Life Before Insanity’ o el mismo de debut.

Mas como esta es una banda con profunda devoción por el directo, donde dice crecerse y sentirse mejor, y muy amiga del colegueo, de los discos de directo y de las versiones, tanto en solitario como con músicos de renombre, es obvio que el material en vivo sea uno de sus mejores bazas. Basta con revisar su cuenta discográfica oficial: hay casi tantos álbumes en directo como en estudio. Para colmo, ellos mismos, conscientes de que el negocio ha dado la vuelta y de que el escenario es más rentable que el estudio, dan completa libertad a sus fans para que graben sus conciertos y los suban a Mule Tracks a la vez que ellos mismos cuelgan los conciertos de cada gira, con lo que su material de escenario es verdaderamente inabordable.

La veta versionera es también digna de consideración. Desde blueseros natos como Memphis Slim, Albert King o Elmore James a Free, la Allman, los Beatles, Black Sabbath, Humble Pie, Zappa, Little Feat, Hendrix, King Crimson, James Brown… y un montón más de nombres, han pasado por su trituradoras garras. Ufff, que hasta tienen sendos discos con relecturas de los Rolling y Pink Floyd. No se arredran en asegurar que cuentan con un repertorio rotante de más de 400 piezas, por lo que cada noche, cada concierto, es completamente distinto a cualquier otro.

Y como la baza del directo es su mayor capital, han decidido abrir su archivo y servirlo en disco, por lo que en apenas dos meses han sacado a la luz dos piezas que han puesto los dientes largos a sus fans, especialmente con la última, editada a finales de enero pasado, con una selección de los dos conciertos que el grupo ofreció en Georgia en 1999 junto al guitarrista de jazz John Scofield, una de las grabaciones más demandadas por sus fans a lo largo de los años, que suena de maravilla con la mezcla de rock, blues y funk que ofrece en largos temas, entre ellos uno de los más populares de su repertorio, ‘Sco-Mule’ o ‘Afro-Blue’, con regusto al ‘In Memory Of Elizabeth Reed’ de la Allman, estirado hasta los 23 minutos. La otra pieza sacada del arcón la editaron en diciembre pasado y, con el título de ‘Dark Side Of The Mule’, era un elocuente homenaje a Pink Floyd, incluyendo once piezas de Gilmour y compañía.

Huyan pues modernos y hipsters –pese a algún brochazo de hip-hop y scratch e incluso un disco tamizado por el dub y el reggae como ‘Mighty High’- de este grupo. Haynes y compañía van fundamentalmente de largas jam-sessions con sabor a funk, blues, soul y jazz-rock. Y eso no es lo suyo (de los hipsters). Los Mule son de este tiempo pero no son modernos, aunque sí ambivalentes: como en su momento hicieron Black Crowes, muestran a las nuevas generaciones el rusiente color de los setenta, invitan a descubrir el pasado a los más jóvenes, a la vez que ofrecen un reconfortante brebaje sonoro a los veteranos. ¿Yayo-rock? Cada cual opine.

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A propósito de ‘American Pie': ¿hasta qué punto son importantes las letras de las canciones?

Esta semana se ha vuelto a producir otra ‘barbaridad’ en el mundo del coleccionismo, por no decir del fetichismo, o del puro negocio. Don McLean ha vendido en subasta el texto manuscrito de su canción ‘American Pie’ por un millón cien mil euros. El año pasado el manuscrito de ‘Like A Rolling Stone’, de Bob Dylan, se cotizó a dos millones de dólares y el ‘A Day In The Life’, de Los Beatles, llegó al 1,2 hace unos años. Cifras desorbitadas, pero si alguien las paga, allá cada cual con su bolsillo y sus fines e intereses. Las cosas tienen el precio que quiera pagar su comprador.

La canción de Don McLean fue un éxito global en 1971-1972. En España se escuchó muchísimo, pese a los 8 minutos y medio que dura y a que, según documenta magníficamente Xavier Valiño en su impagable libro ‘Veneno en dosis camufladas’, se censuró el verso ‘The Father, Son, and the Holy Ghost’ a través de un pitido en el disco y eliminando el verso en la letra de la contraportada del single… Tengo que decir que no recuerdo aquel pitido en la época, y eso que el single estaba en las sinfonolas de media Zaragoza y yo mismo lo pinchaba en las discotecas. Y añado que mi copia en vinilo del LP no tiene esos pitidos, aunque es del año 1980, que igual pudo ser –conjeturo- el año de la edición del LP en España por el asunto de la censura, pero vamos si lo documenta tan fidedignamente Valiño será cuestión de las telarañas de mi cerebro, no de su meritoria investigación doctoral.

La canción hablaba, presumiblemente, de la muerte en un accidente de avión, que ha pasado a la historia del rock, de Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper, o sea, como repite McLean, “del día en que murió la música”. Pero digo presumiblemente, porque durante décadas la canción ha sido, y se puede decir que sigue siendo, un auténtico criptograma. En ella hay, o se intuyen, referencias a Marx, Lenin, los Beatles, Dylan, The Byrds, James Dean, Charles Manson, los Rolling Stones, Jackie Kennedy o la guerra de Vietnam.

Desde el principio, su autor se negó a revelar detalles de los versos ni qué quería contar -en plan esquivo llegó a decir: “Significa que jamás tendré que trabajar otra vez”-, por lo que la canción ha sido una de las más escrutadas e interpretadas por hermeneutas y exégetas norteamericanos, principalmente. Ahora, antes de la subasta, McLean se ha limitado a decir que quiso hacer “un indescriptible retrato de los USA a través de palabras y música”.

Sea lo que fuese de lo que trataba la letra, lo cierto es que hubiera triunfado con estas u otras palabras. La canción por sí misma, es decir, por melodía, voz, arreglos y estructura, tenía los suficientes ganchos para atrapar audiencias globales, como tantas y tantas canciones que se han escrito a lo largo de la historia. Y aquí, la pregunta obligada: ¿Hasta qué punto es importante la letra de una canción para su triunfo? ¿Es necesario que los artistas se descortecen el cerebro buscando versos y palabras si después lo que realmente va a llevar al éxito a una canción es su melodía? En una ocasión, un famoso músico local me contaba que, sobre todo al principio, su grupo hacía letras para que “no se entendieran, como hacía Radio Futura”. Y así era, pero vaya si triunfaron sus canciones.

¿Es necesario que además de un Bob Dylan el compositor tenga que ser un Baudelaire? En principio, tajantemente, no. Es más, y aunque suene a burrada y dicho vulgarmente, a uno le importa un pito la historia que le cuenten si detrás hay excelente música. ¡Cuántas canciones no se han escrito así, con endebles letras pero sustentadas por deliciosas músicas! No es que con ello me conforme, o no me aspaviente ante el ripio fácil o los versos del tipo “vaya, vaya, aquí no hay playa” y similares, pero no es precisamente uno de los elementos en que mayormente pongo la lupa. Antes, está la música, y si esta funciona, la letra –ya digo, sin admitir vulgaridades- queda en un plano secundario. Y si no, ¿cuántos miles de canciones en inglés hay pululando en la nube del éxito sin que se entienda lo que se canta? Especialmente, en un país como España, donde vamos rapaditos de inglés.

Pues eso, que sigan indagando el significado de la letra y que Don McLean siga vacilando con lo que quiso decir. Me da igual. Lo que sé es que todavía, y más en estos días en que ha resucitado, sigo escuchando ‘American Pie’ con un inmenso agrado, incluso en la versión de Madonna, que la cantó muy delicadamente.

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¿El artista más prolífico del rock? Steven Wilson

Por mucho que avancen tiempos y modas, va a ser difícil despegar de la piel del rock los sonidos de los 70. He aquí otro ejemplo modélico. Productor de larga carrera, en 1998, después de formar diferentes grupos, sobre todo No-Man y los aclamados progresivo-psicodélicos Porcupine Tree, el londinense Steven Wilson decidió pasar a la acción en solitario y soltar su bagaje sonoro iniciado en su infancia, tras empaparse la colección pinkfloydiana de su padre.

En su recientísimo disco, titulado ‘Hand. Cannot. Erase’, imposible de ordenarlo numéricamente por la producción ingente que tiene, pero quizá el más valioso y valorado de su carrera, aborda una obra conceptual sobre una bella mujer estimada por sus vecinos y amigos, pero cuyo cadáver no se descubrió en su apartamento hasta tres años después, rodeado de regalos de navidad. Nadie la echó de menos. Ecos de Genesis, King Crimson, trip-hop, rock progresivo, cuerdas y otras hierbas sonoras recubren con espesura y gran verdor la historia real de este caso que saltó a los periódicos británicos y conmovió a la opinión pública.

Los diez minutos de ‘3 Years Older’ llevan a aquellos Yes de ‘Fragile’ y ‘Close To The Edge’’, en tanto que en ‘Home Invasion’ son los King Crimson los que afloran –no es casualidad que Wilson se encargara de remasterizar la colección del grupo de Robert Fripp- y en ‘Routine’ sea el mismo eco guitarrero de Mike Oldfield el que salga a relucir, en tanto que en la larguísima ‘Ancestral’ (13 minutos) sea el heavy quien marque zona por momentos.

Y como muestra de que este es un disco con sustento añejo pero actual, también hay sus brotes de trip-hop en ‘Perfect Life’, con la dulce voz de la cantante israelí Ninette Tayeb, quien también interviene en otras piezas, entre ellas, en la citada, larga (9 minutos) y magnética ‘Routine’. Por no inhibirse, hasta suenan guitarrazos metálicos a lo Korn en la mentada ‘Home Invasion’ o el moog en toda su plenitud en la genesiana ‘Regret’, así como guitarreos a lo Gilmour, lo que da cuenta de la versatilidad de este músico y cerebrito de la consola de grabación.

Un mundo inabordable el suyo, puesto que a sus grabaciones oficiales con los grupos que ha estado, une una extensa colección de ‘covers’ en solitario que va espaciando en cedés de tirada limitada. Atentos a su discografía completa: ocupa 150 páginas (10.6 megas) que pueden descargarse en su web y cuya última actualización, la novena, es de 2012. Hay referenciados no decenas sino miles de discos. No creo que ni Elvis Presley posea tan vasta producción. ¿Wilson, el artista más exhaustivo de la historia? Seguramente. Y si no lo es, al paso que va lo será. Tiene 47 años.

Hay, por cierto, quien lo considera el compositor no solo más prolífico de esta época sino incluso el más grande. A discutir. De lo que no cabe duda es de que si alguien se atreve a meterse en su jungla discográfica, tiene música para toda su vida, y puede que muera antes de escucharla toda. Tremendo. El solo repaso a esas 500 páginas ya te deja sin aliento. La pregunta es insoslayable: ¿dormirá este tipo? ¿hará otras cosas además de música? Preguntad a Google a ver si responde.

Por desconocimiento absoluto, algún modernete tendrá ‘Hand. Cannot. Erase’ en su vitrina de discos indies favoritos, como es pasto de las revistas y webs exclusivamente modernas. Está bien que lo disfruten y lo estimen las nuevas generaciones –en la web de All Music está votado con 5 estrellas- pero bueno es saber también de dónde vienen sus mimbres. No, por nada, simplemente para poner de manifiesto una vez más que la música es rica y emocional en función de su valía y contenido, no de las modas y los tiempos que las constriñen artificiosamente.

Lástima que no encuentre un enlace al álbum completo.
Aquí, el único video oficial del álbum, que no es precisamente el que mejor lo define
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Y aquí, la presentación de la versión de lujo del disco, una joya del diseño digital:
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Loquillo y la electrónica en la tarde de Radio Nacional

No entiendo muy bien los principios que rigen en Radio Nacional para conformar las programaciones de RN1 y sus respectivos presentadores. Hace unos años, las tardes del primer canal estaban encomendadas a Tony Garrido, ameno, con su dosis de compromiso y con una voz fabulosamente madura para su juventud. Tenías sus cosas, naturalmente, pero vida y política, incluso música, armonizaban bien a lo largo de sus tres horas en antena.

Le sucedió Yolanda Flores, antítesis de Garrido y de una verborrea estresante. Se estrelló y la relevó el Ciudadano García, que ni uno ni otra. Un locutor graciosete, que por aparentarlo, rechina, se hace pesado. Su objetivo, parece, es hacer una radio que no incomode, neutra, una emisión donde, por ejemplo, la política, sus devaneos y sus escándalos, y eso que el patio hierve, está erradicada para no manchar el tono amable y graciosillo ante cualquier tema que se plantee. Radio incolora, inodora e insípida en tiempos turbulentos. Gran contradicción aun en una emisora pública. Para colmo, los ejecutivos de la empresa se cargaron el único programa musical de la emisora, ‘Clásicos Populares’, y le añadieron la hora al chistoso Ciudadano. Bien la fastidiaron.

Ahora, supongo que será solo durante estos días de Semana Santa, ha cogido el testigo Lara López, una veterana que viene de Radio 3, incubada, creo recordar, en la placenta de aquellas empalagosas sesiones de ‘new age’ y de su caudillo Ramón Trecet, afortunadamente ya olvidadas. No sé cuáles son las virtudes que adornan a esta presentadora para haber sido incluso directora de Radio 3, y no sé, aprovecho para recordarlo, si determinante junto a Tomás Fernández Flores, de la injustificable expulsión de Diego A. Manrique de la emisora (aquí escribo a tientas). Lo que sí sé es que, para mí, y no solo ahora, resulta muy plana y monótona, aburrida, para estar al frente de un programa en la cadena principal. Si el dichoso Ciudadano había ganado oyentes, que no lo sé, López me da que se los ha espantado. Es otro perfil diametralmente distinto, lo que, en cierto modo, trasluce los bandazos de la programación vespertina en una emisora pública en la que, por desgracia, dicho sea también de paso, pero denunciable en un blog como este, ha desaparecido la música o cuando menos no tiene el peso específico que debiera. (¡Y pensar que con Franco, Eduardo Sotillos llenaba dos horas de programación vespertina con el icónico ‘Para vosotros jóvenes’ o al mediodía Juan María Mantilla hacía lo propio durante media hora antes del ‘parte’! No es que tiempos pasado fueran mejores, y menos aquellos, pero hechos son hechos).

No sé, insisto, cuáles son los principios rectores de RN1 para elaborar programas y seleccionar a sus presentadores. Supongo que los tendrán pero a mí lo que sale a antena, y cómo sale, no me gusta. Respuesta personal: desde que se fue, o echaron, a Tony Garrido, esquivo la emisora pública y me voy a otras en busca de vida, política, opinión y conocimiento, a emisoras donde hay más alma y menos cachondeíllo insustancial.

Pero no era de esto de lo que quería opinar en esta entrada, aunque si no lo hago, y no entro en los ya insufribles maratones futboleros del fin de semana, y eso que me gusta el pelotón, igual reviento. Quiero decir que esta tarde llego a los últimos segundos en que Loquillo parece que ha estado repasando con Lara López algunas de sus canciones favoritas. No sé si ha sido así porque cuando sintonizo está sonando Johnny Hallyday, a quien el Loco le profesa honda veneración, especialmente desde que grabó con él, y ya no hay más música, pero sí un jugoso comentario del cantante sobre su vida, afirmando que está marcada por las canciones y los discos.

Y recuerda, por ejemplo, la canción con la que se enamoró de su primera novia o el disco de Burning –‘¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?’- que le pidió que le devolviera a otra novia que lo dejó, como ejemplos de ese marcaje a fuego de las canciones en la piel y en el alma. Y culmina el Loco: “Yo no sé qué marcas podrá tener toda esa gente que ha escuchado o escucha electrónica, una música sin definición, sin letra…, ¿qué va a recordar?”. Estoy con él: ha tocado zona sensible. Sin nombrarlo ha sacado a relucir el poder evocador de las canciones, una de las funciones más emotivas de la música. Gran tema…, pero me estoy alargando. Lo dejo para otro día.

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Anni B Sweet, a por el éxito panorámico

Otra dama, Anni B Sweet, peleando con guantes de seda para salir del restrictivo mundo indie y proyectarse en pantalla grande, en la del éxito masivo. Pelea obviamente legítima, porque indie no significa subterráneo, como tantas muestras de ello ha dado la música británica, y que hace no poco hizo Lourdes Hernández, o sea, Russian Red, con cierta fortuna.

Annie está dentro de ese grupo de cantantes confesionales, de voz pequeña y muy dulce, de un género, se diría, que alentó Françoise Hardy, que han cultivado posteriormente gente como Julee Cruise, Liz Fraser, Cat Power o la misma Carla Bruni, y que, con su encantadora melancolía y atractiva placidez, con su buen gusto, ha crecido en este siglo en artistas nacionales como Lourdes Hernández, La Bien Querida, Alondra Bentley, Zahara o la más veterana, Christina Rosenvinge.

A los nueve años, se dice, Ana López, alias Anni B Sweet, compuso su primera canción y, cuando llegó la hora de la Universidad, pidió a sus padres que la dejaran trasladarse desde su Málaga natal a Madrid. Iba para estudiar Arquitectura, pero secretamente albergaba la idea de dedicarse a la música. Y, en efecto, al tercer año de carrera, tras patearse bares y pequeñas salas y fichar por Subterfuge, aparcó los estudios. Ahora, después de ‘Start, Restart, Undo’ (2009) y ‘Oh, Monster’ (2012), acaba de publicar su tercer álbum, ‘Chasing Illusions’, que deja atrás el intimismo y el delicioso folk-pop que mostraban piezas pasadas como, por ejemplo, ‘Let’s Have A Picnic’.

Ha encendido, digamos, las luces y ha optado por un pop más alegre y con las bases de ritmo e incluso las guitarras más sólidas. Asegura que pensó en el grupo nuevaolero The Cars a la hora de planificar estas nuevas canciones y algo hay de ello, especialmente cuando aparecen los teclados de fondo, aunque el disco es más limpio y pop que el de los norteamericanos.

Una clase de pop arregladito, dulce, muy bien cantado (en inglés, que la chica fue a cole británico), con unas melodías certeras y pegadizas, un masajeante estímulo para los oídos. ‘Beginner’, que abre, y Onyx Star’, que sigue, son dos de los mejores botones de muestra del disco que luego se diluye un poco pero con pólvora melódica para imponerse en las listas. De hecho, la semana pasada entró directa al número once en las listas de Afyve, que no está mal.

No extrañaría pues que de un momento a otro, se vea a la malagueña embadurnada en arreglos eléctricos más espesos y relucientes y con una visualización mayor, con el objetivo de llamar la atención y encontrar el éxito masivo. La misma jugada de Russian Red, que no le salió del todo mal. Por lo pronto, Anni, como Lourdes, ya se ha desmelenado en Rolling Stone luciendo modelitos, tipo y escote para promocionar su nuevo disco.

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Madonna, ella misma

De nuevo Madonna en el blog, y aunque sea reiterativo, hay que volver a ella obligadamente porque ahora ya no toca referirse a las filtraciones y otras zarandajas sino a lo esencial, a la música. Y la diva, afortunadamente, tiene disco nuevo… y bueno, o cuando menos mucho mejor que lo que ha venido haciendo en los últimos tiempos y hasta diría, aunque sea aventurado, uno de los mejores de su carrera. Ya era hora.

Ya lo he comentado en alguna otra ocasión, jugar al ‘peterpantismo’ físico, y más si se puede, es no solo un sacrilegio sino una oda a la vida y a la belleza. Madonna puede y lo hace, y además no seré yo quien me dedique a hurgar ni en el físico ni en la vida de nadie. Lo más importante es que en lo musical, al menos en esta ocasión, en la reina pop no hay huella de ‘peterpantismo’, de aparentar o emparentar con una música que no es propia de su edad, como hizo en su anterior disco, ‘MDNA’, un mal respingo contra todas las divas jóvenes que tratan de arrebatarle el trono.

La Ciccione ha vuelto a la cordura, a lo suyo, que es lo que mejor sabe hacer, y de nuevo con un batallón de ingenieros, productores y compositores, y hasta con sus hijos Rocco y Lourdes vigilando, y sobre todo entre preciosas baladas y los inevitables temas destinados al ‘dance floor’, ha rubricado uno de sus discos más completos y escuchables. Le sobra tiempo, hojarasca sintética y más de una nadería de parque infantil tipo ‘Bitch I’m Madonna’ o la misma ‘Holy Water’ pese a su procaz letra, un autohimno al cunnilingus y a su propio sexo (“hay algo que tienes que probar, es sagrado e inmaculado, puedo dejarte en la puerta del cielo… bésalo mejor, ¿no sabe a agua sagrada?.. Jesús ama mi coño”), pero canciones como ‘Living For Love’ y ‘Ghosttown’, los dos polos sonoros del álbum, el primero el más bailón y el segundo el más sensible, devuelven a una Madonna más creíble e iluminada, más ella misma.

Por si sabe a poco, aunque, ya digo, le sobran canciones, puede acudirse a la edición deluxe con once piezas más. Masoquismo quizá, aunque hay cosas muy potables como ‘Messiah’ y varias baladas más o la pop-guitarrera ‘Addicted’ y sobre todo la misma y eficiente ‘Rebel Heart’, que da título al disco, y no aparece en la versión normal, pero esto ya depende del nivel de fan a que se esté.

Como anécdota, porque las listas de ventas son lo que son, meras anécdotas para la música, que no es competición olímpica sino un arte, me ha sorprendido el bajón en la lista española de Afyve: del número uno en la primera semana al nueve en la segunda, en esta mismamente. Esperemos que no sea fruto, el desplome, de las filtraciones, que entonces sí que le daría árnica a la reina, pero me temo que es otra cosa más grave: que ha perdido clientela, tirón. Seguramente por los desbarres de los últimos discos. O quién sabe porque, en efecto, las nuevas reinas le han comido el pastel. En cualquier caso, aspecto irrelevante. Al menos para quien suscribe.

Aquí, cual José Tomás en la ‘dance floor’, o sea, condenando los toros con frase de Nietzsche incluida al final:
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‘Kind Of Blue’, magistral fallo de Miles Davis

(En memoria de Juan Claudio Cifuentes, que tanto nos enseñó y tan académico era. Intentamos ser buenos, Cifu)

Días de lluvia. El cuerpo pide calma otoñal aunque es primavera. Y acudo por enésima vez a uno de mis discos favoritos de jazz, a ‘Kind Of Blue’ (1959), de Miles Davis, obra maestra del género y del llamado estilo ‘cool’ que el hijo de un dentista de Illinois inventó junto a Lennie Tristano y otros. Se dice que si a alguien no le gusta este disco o es incapaz de sentirse tocado por él, lo mejor es que abandone todo intento de acercarse al género negro. Quizá.

Esta perla se abre con ‘So What’, que es para los jazzeros como el ‘Smoke On The Water’ para los rockeros, por echar mano de una comparación un tanto rudimentaria pero ilustrativa, una obra tan crucial como trilladísima por aprendices y en cualquier concierto o festival. ¡Cuántas veces no la habré escuchado en pequeños locales y en el Principal, en aquellos primeros, fabulosos e irrepetibles festivales de jazz –sí, irrepetibles, porque ya no están ni Gillespie, ni Oscar Peterson, ni Art Blakey, ni Lionel Hampton, ni John Lewis y Milt Jackson y su Modern Jazz Quartet…, que pasaron por allí.

Una pieza, ‘So What’, clave en el devenir del jazz, al mostrar a un Davis trabajando sobre escalas y no sobre acordes, lo que le daba a sus músicos una capacidad de improvisación plena (puedes contar perfectamente los 16 compases que configuran la primera escala y su transformación central para acabar con los mismos 16 compases) y lanzarles por territorios que ni el mismo Miles conocía. Tanto es así que este disco, grabado en dos sesiones de marzo y abril de 1959, no fue ensayado previamente ni una sola vez.

Miles les dio a los músicos un boceto de las escalas de cada tema y luego cada músico fue improvisando lo que le vino en gana. Bien es verdad que experimentos así se podían hacer si al lado tenías a John Coltrane al saxo tenor, Cannonbal Adderley al alto, Bill Evans al piano, Paul Chambers al bajo y Jimmy Cobb a la batería, o sea, uno de los quintetos mejores del Miles del segundo lustro de los 50 y de la misma historia del jazz, ampliado a sexteto en esta ocasión con la adición de Adderley.

En el disco también hay un largo blues de once minutos –‘All Blues-, además de una balada recogidísima, ‘Blue In Green’, llena de bruma, que sería un adelanto de la fabulosa banda sonora de la no menos fabulosa película francesa de cine negro, ‘Ascensor para el cadalso’, de Louis Malle, con la bella y enigmática Jeanne Moreau. También aparecía ‘Flamenco Sketches’, antesala de su posterior ‘Sketches Of The Spain’, basado en el ‘Concierto de Aranjuez’, de Joaquín Rodrigo. Este, por cierto, se irritó mucho al oírlo, aunque Miles, con sus bravuconería y su carácter macarra, le espetó altaneramente: “ya se calmará cuando empiecen a llegarle cheques”, dijo.

Los 45 minutos de música tonal que hay en ‘Kind Of Blue’, aun con los apuntes flamencos, y tocado en modo menor por el pianista Bill Evans, como le pidió Miles Davis, transcurre dentro de un ambiente de calma y relax maravilloso, como hasta entonces no se había escuchado en el jazz. El disco hacía gala de lo que el gran historiador y crítico Joachim Berendt llamaría “el sonido del luto y la resignación”, un sonido, como también escribió Berendt, que parecía venir de la nada y terminaba desapareciendo, sin saber también cómo, en la nada.

A ello, claro, a la trompeta y a la composición de Miles Davis, había que añadir las portentosas intervenciones de sus músicos, claras, diáfanas, sin los abruptos ataques que había impuesto el ya entonces en declive estilo bop, que antes había impulsado el propio Davis desde las filas del grupo de Charlie Parker. No faltaron, sin embargo, los críticos que, abducidos por el be bop, rechazaron el disco, aludiendo que aquello no era jazz. En España, incluso, muchos años después, el crítico Richard Gili, en su libro ‘El Jazz’ (1984) negaba el pan y la sal a Davis y al cool, afirmando que el trompetista “había abandonado de forma deliberada todo lo que en Parker había de jazz”, considerando el cool como una música comercial y falta de autenticidad. No extraña esta consideración: Gili, además de tajante teórico del género y arquitecto de profesión, era el director y fundador de la magnífica orquesta amateur La Locomotora Negra, especializada en swing y jazz tradicional, a la que se vio en más de una ocasión en la Zaragoza de los primeros ochenta.

‘Kind Of Blue’, en efecto, fue muy comercial en las tiendas. Vendió en Estados Unidos dos millones de copias, una cifra bestial para la época y más todavía para el mundo del jazz, convirtiéndose enseguida en patrón sonoro del género. Sin embargo, oh, sorpresa, en su autobiografía, publicada en 1989, Miles Davis asegura que falló, que no consiguió lo que quería. O sea, según él contaba, que no llegó a plasmar el sonido ‘finger piano africano’ que a los seis años oía en Arkansas cuando regresaba de la iglesia a casa. “Cuando digo esto –escribía-, todos me miran como si estuviera loco y me replican que aquel disco fue una obra maestra, piensan que trato de tomarles el pelo, pero soy sincero…, fallé y basta”. Uhhh, fallo magistral.

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Mariano Casanova debuta en solitario: Distrito 14 sigue vivo

Mariano portadaMariano Casanova acaba de publicar ‘Al final de la ciudad dormida’, su debut en solitario, tras poner punto final a Distrito 14. Un magnífico disco, lleno de sensaciones, recuerdos, nostalgias, sufrimiento y evocaciones sonoras del rock americano más clásico, como ya ocurrió con Distrito. Puedes leer el comentario en la página de Discos del Heraldo de hoy. Ahora es el turno de palabra de su artífice.

Ha sido larga la espera desde la disolución de Distrito, siete años… ¿A qué se ha debido este largo periodo?
Han hecho, en efecto, siete años el pasado 9 de febrero. Durante todo este tiempo no he dejado de componer, ni ahora mismo tampoco. Siempre estoy componiendo, es mi oficio y mi vida. Durante este período podía haber grabado uno o dos discos más con canciones nuevas que he escrito y he descartado; seguramente eran canciones buenas pero no eran las que yo necesitaba hacer de un modo vital.
Te exiges mucho a ti mismo…
Totalmente. A la música le debo la vida así que cada disco se convierte para mí en algo sagrado y éste por encima de todos. Así que he rasgado mi interior hasta dejar salir todo aquello que había permanecido en lo oscuro y que necesitaba encontrar un lugar y esto ha llevado tiempo, ha sido un proceso profesional y vital brutal, a pecho descubierto, desgarrador.
La misma portada lo trasluce…
Es verdad. Es más, voy a contar un secreto. Desde el primer disco que grabamos en Alemania, hace ya 31 años, siempre antes de grabar he sentido que podía ser la última vez, el último disco, siempre he grabado cada disco teniendo esto muy presente. Pero en este ha pesado esto más que nunca, realmente he hecho este disco como un testimonio que dejar de mi paso por esta vida, mi legado, mis recuerdos, mis sentimientos hacia los seres queridos que me acompañan, incluso pensando en el tiempo por venir sintiéndome ya fuera de este mundo. De hecho es que temí por mi vida. Unas semanas antes de grabar, terminando la preproducción, aparentemente en broma, le dije a Quique que si moría lo terminara él con lo que habíamos dejado grabado en maquetas.
No dejaba de ser una broma…
No, no era broma, de hecho estuve muy mal físicamente, algo que no tuvo mayor trascendencia, pero que fue el anticipo de una gran crisis de ansiedad y pánico verdaderamente grave que me ocurrió justo antes de entrar al estudio.
Me temo, por el tono del disco y por algunas letras e incluso, como te he dicho antes, por la portada, que ha sido un disco muy duro de sacar adelante. ¿Cuáles han sido exactamente las circunstancias anímicas que han rodeado la elaboración del disco?
Durante la grabación del disco mi único contacto sereno con la realidad, con el mundo, era a través de la música y se producía cuando me ponía a tocar y a cantar, a grabar. Luego con el tiempo me he dado cuenta que este disco que yo quería solo se podía hacer así y al fin he tenido que acabar dando las gracias por haber pasado por esta crisis que ha sido uno de los períodos más difíciles en mi vida, pero ahora sé que era necesario para este disco y para el resto de mis días que espero que sean muchos. Un proceso así es muy difícil de explicar en una entrevista, necesitaría páginas.
Pero resumido…
En resumen, yo siempre he sido alguien fuerte, muy optimista, he vivido siempre intensamente cada cosa que he hecho al máximo, amo la vida con una fuerza enorme, cada día doy gracias por estar vivo. Y así he tirado para adelante siempre sin volver la vista atrás. Yo siempre me he planteado la vida encajando todos los golpes, por muy fuertes que fueran, pensando en todos los que sufren o padecen males mayores que yo y quién era yo para quejarme. Pero no me daba cuenta de que he tenido una vida realmente dura, muy dura, y he tenido que reventar para reconocerlo, hasta verme fuera de este mundo, hasta vivir el mayor de los terrores y esto me ha convertido en alguien vulnerable, herido, débil y humano que tenía que reconocer, recordar y situar todo lo sufrido volviendo la vista atrás, compadeciéndome de mi mismo, dando un abrazo y una caricia al adolescente que fui, al joven que fui, a tantos momentos realmente duros que marcaron mi vida y que me han hecho ser como soy. Finalmente sigo aquí, estoy bien, estoy vivo. Y todo esto está en este disco.
Nunca te había oído hablar así, de estas cosas tan personales, íntimas, aunque desde fuera se adivinaba que, pese al fichaje por una multinacional, el disco cubano, las giras por Estados Unidos…, no era un camino de rosas por el que pisabas…
Mira Matías, yo nunca he hablado de esas partes duras y complicadas de mi vida pasada, siempre me ha parecido vergonzoso ver la utilización a conciencia por parte de artistas de asuntos personales que pueden incitar al morbo y a la venta de discos o libros, o lo que sea. Además cuando veo a alguien alardear en entrevistas de ciertos asuntos me hace pensar que es mentira y que quien conoce de verdad el infierno lo último que haría es utilizarlo como moneda de cambio. Yo siempre traté de convertirlo en belleza, en transmutarlo en canciones llenas de buena energía con la ilusión de que pudieran llenar el corazón de alguien tal y como a mí me ha llenado el corazón la música de tantos artistas que tanto me ayudaron a sobrevivir. Y sigo pensando así.
La paternidad ha influido mucho en el disco, creo…
Sin duda, la paternidad ha sido lo más importante en mi vida, la mayor fortuna de mi vida es mi hijo y mi mujer. Por ellos vivo y gran parte del disco está inspirada por ellos, y el disco completo está dedicado a ellos, de hecho, lo escribí para ellos exclusivamente, solo que no me importa que quien quiera lo escuche.
¿Y la nostalgia?
Te diría que no. No es nostalgia lo que pueda sugerir el disco, es una caricia al pasado, a los amigos perdidos, a los seres queridos que ya se fueron, a esta tierra nuestra, a algunos lugares de la memoria que añoro, así como un homenaje a un antepasado mío cuyo recuerdo, aun sin haberle conocido, permaneció siempre muy vivo en mí y merecía un lugar especial en un disco de mi vida, era un lugar que le pertenecía.
¿En qué se distancia Mariano Casanova en solitario de Distrito 14?
No he pretendido distanciarme en absoluto, simplemente he continuado con mi vida y tratando de hacer bien las cosas, sin dejar de evolucionar, sin dejar de aprender, tratando, como siempre, de hacer lo que no sé, porque lo que ya sé hacer no me interesa. Si hay distancia es la gente la que lo verá mucho más claro que yo. Es como ver crecer a tu hijo o ver crecer al hijo de unos amigos lejanos a los que no ves de continuo, a tu hijo no le notas tanto cambio como al de ellos y sin embargo el tuyo también ha cambiado. Me figuro que algo así pasará con mi trabajo. En este momento ni siquiera me apetece observar cuáles son las diferencias, prefiero que las vea la gente, que las veas tú, a mi es algo que me da igual.
Musicalmente, el baladismo está muy presente, con gran profusión de guitarras y órgano, echando la vista a ese rock americano clásico a lo Dylan o Petty e incluso JJ Cale, Lou Reed… Dificil salir de esa línea que ya venía de Distrito…
Nunca he tenido una línea a seguir, hago lo que me sale directamente del alma, nunca me planteo qué voy a hacer ni qué he hecho, ni si es rock de uno u otro tipo. Solo trato de encontrar mi propia voz. Mi único baremo para trabajar una canción es si me gusta o no me gusta lo que sale del interior. Imagino que se podrán establecer comparaciones como las que mencionas y seguro que muchas otras también, es música y todos aprendemos de todos y es un lujo que me menciones esos nombres desde luego. Pero jamás tengo planteamientos a priori, sería horrible. Me dan náuseas solo pensar en trabajar de ese modo, pensando en ahora voy a componer canciones que van a ser esto o lo otro, para mí no puede existir nada más falso. Antes que hacer eso me dedicaría a otra cosa, a jardinero por ejemplo, cualquier cosa antes que verme convertido en una caricatura de mí mismo. Nunca prostituiría la música, que me lo ha dado todo, de ese modo.
Me viene a la cabeza la parte más melódica de ‘El cielo lo sabe’. Salvo algún pespunte de energía (‘Después de todo Navidad’), ¿adolece el disco de temas más correosos tipo ‘Volver a caer’ o ‘Reina gitana’? ¿No ha dado el ánimo para explotar en fiereza?
La fiereza no está en la distorsión de las guitarras, ni en el volumen del bombo y la caja, ni en una voz desgarrada o en una pose rockera. La fiereza se lleva dentro y puede servirse del modo más dulce, como en un tango por ejemplo.
Preciosa canción, ‘Una noche de invierno’, con el violín de Belén Estaje. Si mal no recuerdo es la primera vez que entra un violín en solitario en tus canciones…
Anteriormente habíamos trabajado con violín en alguno de nuestros discos en directo pero en estudio creo que sí, que es la primera vez. Por cierto, bello violín el de Belén.
¿No te da la impresión que la mejor forma de degustar el disco es escucharlo en pequeños tramos, e incluso por canciones individuales? Hay cierta homogeneidad que a mi entender mata el valor de la canción por separado…, si bien el disco en conjunto es muy confortable de escuchar, pese a la dureza espiritual que pueda contener.
El disco, contrariamente a lo que dices, está muy pensado en su orden para ser degustado de principio a fin, pero eso sí, requiere dedicación, requiere atención. Y, por supuesto, las canciones por separado son un pequeño mundo cada una.
¿Es un empezar de cero? ¿O un eslabón más de tu carrera musical?
Pienso que las dos cosas. En lo que se refiere a mi evolución como músico y letrista es un eslabón más. En lo que se refiere a mi carrera, en lo que a la carretera se refiere, en mi nueva etapa como cantante y guitarrista que actúa en directo y viaja sí que siento que es un empezar de cero, absolutamente. De hecho por primera vez en mi vida siento nervios antes de salir al escenario.
Recurro no pocas veces a la escucha del debut de Distrito en EMI, a aquel primer álbum, ‘El cielo lo sabe’, que un día catalogué como el mejor disco de pop-rock que se ha hecho por estas latitudes. Lo acabo de hacer una vez más después de escuchar tu disco en solitario y reparo ahora en lo mal grabado que estaba aquel disco. Tal vez porque este nuevo está muy bien grabado… ¡Qué limpio suena! ¡Qué equilibrado y qué cuerpo sonoro tiene!
Nada como hacérselo uno mismo. Algún día te contaré el proceso de la grabación, alucinante. Eso sí, no he pasado por alto ni una coma. Hasta que no ha estado tal y como yo quería no se ha acabado el trabajo, meses y meses, mezclas y mezclas, masterings y masterings. Y, como siempre, me ha costado un pastón. Pero esto que hay es justo lo que quería. Por primera vez en mi vida estoy contento con el trabajo de estudio. He trabajado con los mejores. Quique produciendo artísticamente y Mané Larregla y Hugo Westerdahl en la mezcla y mastering, no tienen precio. No cambio a ninguno de ellos por ningún productor ni ingeniero del mundo. Y sobre todo por una cosa muy importante: me soportan. Espero que haya futuros discos, y, en ese caso, ellos serán mi equipo, eso es más que seguro. Bueno, si ellos quieren, claro.
¿Y ese extenso plantel de guitarristas del que te has rodeado?
Me han acompañado grandes guitarristas como ves: Mané (mi Mané de los últimos años de Distrito 14) es el guitarrista principal, seguido por Ramón Arroyo (Los Secretos) que toca en tres canciones, Xel Pereda (guitarrista de Nacho Vegas y Lucas 15) que toca en una, Mikel Rentería (The Walk on Project) en otra y mis exdistritos Tito Gracia y Paco Jaraba que tocan cada uno en una. Y curiosamente es el disco en que más guitarras he tocado yo. Todo el ritmo ha corrido por mi cuenta y algunos solos de española, acústicas. Los guitarras han entrado a aportar su color, sus arreglos. Y voy, y justo después de grabar todas esas guitarras, me caigo y me rompo el ligamento del dedo, no me lo podía creer. El primer día que pude tocar de nuevo un poco la guitarra, después de unos ocho meses de rehabilitación, y vi que podía tocar de nuevo la acústica de ‘Eres’ no podía parar de llorar de emoción.
¿Qué esperas del disco y con este disco al cabo de más de treinta años de vida profesional?
Este es un disco independiente, libre, pero de verdad, como el 90% de los que hicimos con Distrito 14. Que sea lo que tenga que ser con este disco, que la vida me lleve por donde tenga que llevarme. Ojalá que le guste mucho a la gente, sería magnífico, pero te mentiría si no te dijera que en este y en todos los discos que he hecho lo único que realmente me importa es que lo que hago me guste a mí. Y eso te garantizo que es justo lo contrario de lo que parece…
La autoxigencia de la que te hablaba antes…
Exacto. Y tengo que decir que llegar a ese punto de satisfacción personal es lo más duro, lo más ingrato. Es la insatisfacción permanente, la obsesión, la locura a flor de piel, la intransigencia más absoluta con el más mínimo detalle, al menos ese es mi caso. De ahí en gran medida el tiempo que me cuesta hacer cada disco.
Finalmente, una cuestión importante para quien quiera escuchar el disco. Por ahora, no está en las plataformas digitales, pero físicamente…
Lo vendemos a través de nuestra tienda en la red, entrando en www.marianocasanova.es, desde donde lo enviamos por correo a todo el mundo, pero además ya está en las tiendas de Zaragoza: Linacero, Fnac Plaza de España y Media Markt de Gran Casa. Próximamente se va a ir distribuyendo en tiendas de toda España que iremos apuntando en mi Facebook a medida que vaya llegando a estas.

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Acordes y desacordes en los XVI Premios de la Música Aragonesa

Noche ayer, miércoles, de entrega de los XVI Premios de la Música Aragonesa. Con todo el relativismo que ofrecen unos premios que no están controlados notarialmente y en el que la elección previa da lugar a la entrada en juego de los amiguismos y círculos familiares, lo que puede desvirtuar mucho una selección, la nómina de galardonados presenta a una María José Hernández como ganadora de la gran categoría de los premios: la de mejor álbum. Justísimo galardón, que debía haberse acompañado con el de mejor solista. O bien ella o Bigott, pero no, por favor, ese Pecker insulso y mal cantante, inflado por estos lares sin apenas argumentos a favor.

Mejor grupo: Las Novias. Bien, la veteranía es un grado, y Oskar y compañía hicieron el año pasado uno de sus mejores discos, si no el mejor, ‘Invicto’. Podían haberse llevado igualmente el de mejor canción, pero Bigott se adjudicó el premio con ‘Baby Lemonade’, que resulta muy atractiva.

Lo demás ya son categorías menos interesantes, no digo que innecesarias, y ahí ha estado muy bien elegido el álbum flamenco de la Orquesta Popular de la Magdalena. Y siendo políticamente incorrecto, pese a los dardos que ya me llegan, es un disparate que una producción videográfica y escénica como la de Bunbury o un vídeo como el de Amaral, que juegan en liga NBA, sean superados por cualquiera de los acompañantes menores o que el mismo Bunbury ni figure en la tabla de nominados de mejor directo. Me temo que hay algo de inquina a los triunfadores. Ya se sabe, la rabia contra el poderoso trasvasada a la música. ¿O es que los que no vienen a recoger premio son castigados?

Anotar finalmente que resulta injustificable que no figurasen en la tabla, no ya de nominados sino incluso de ganadores, Los Twangs, Peabodys, My Expansive Awareness, Olga y Los Ministriles y el mismo Joaquín Carbonell, con un fantástico álbum recopilatorio de canción de autor. Pero ni se les eligió en la primera tanda: fallaron amiguetes, familiares, redes sociales… o seguramente el conocimiento y el sentido común.

Algo de esto último que no hay ni acabo de ver en la elección de Love Of Lesbian como ‘Premio Global de la Música Aragonesa’. ¿Qué premio es este? ¿Qué pintan estos tíos aquí? Me lo expliquen. ¿Y Cabezabolo?

Como coda, una observación: el concejal Jerónimo Blasco, si es que estuvo, ya no sale pitado como en las galas primeras en las que oficiaba como munícipe cultural. ¿Una subvencionceja, motivo suficiente para tapar aires bucales, cuando todo sigue igual o casi mientras él se embolsa unos 80.000 eureles al año? Esta tierra es Aragóooooon, Labordeta cantavit.

Va el listado de ganadores a continuación en texto subrayado junto a los nominados en cada categoría.

Mejor Álbum
“Greatest Hits Vol. 2” de The Bronson
“Las uvas dulces” de María José Hernández
“Pavement tree” de Bigott
“Suite” de Pecker

Mejor Grupo
Calavera
Las Novias
The Bronson
The Kleejoss Band

Mejor Solista
Bigott
María José Hernández
Minerva
Pecker

Mejor Canción
“Escalador” de Calavera
“Baby lemonade” de Bigott
”El león enjaulado” de Las Novias
“Juanita Calamidad” de Juanita Calamidad

Mejor Álbum Autoeditado
“No te reconozco” de Domador
“Quebranta” de Calavera
“Sangre Grande” de The Dust Bowl
“Wind city haze” de The Kleejoss Band

Mejor EP
“In a Shift” de The Fractal Sound
“L4 Red” de L4 Red
“Paquete de tabaco” de Will Spector y los fatus
“Quebranta” de Calavera

Mejor Producción
“In a Shift” de The Fractal Sound por Tomás Virgós y The Fractal Sound
“Madrid, Área 51” de Enrique Bunbury por Enrique Bunbury
“Navegando al cuadrado” de In Materia por Raúl Quílez
“Suite” de Pecker por Pecker

 

Mejor Canción en Lengua Autóctona Aragonesa
“Dondiador” de Gaire
“Quatribarrada” de Ixera
“Ruche Dragón” de Cachirulos XL
“Sant Rorro” Los Jaques de la Sierra

Mejor Directo
Dadá
El Brindador
Las Novias
The Bronson

Otras Músicas
Jazz Zaragoza
Joaquín Pardinilla Sexteto
Nacho Estévez ‘El Niño’
Orquesta Popular de la Magdalena

Mejor DJ
Carlos Hollers
Chelis
David Sausán
Mr. Pendejo

Mejor Programación Musical
El 21
La Lata de Bombillas
La Ley Seca
Sala López

Mejor Vídeo
“Confort” de Pecker por Pecker
“Juanita Calamidad” de Juanita Calamidad por Luis Franganillo
“Ratonera” de Amaral por Alberto González Vázquez
“Trovadores” por Iván Castell

Mejor Portada
“Invicto” de Las Novias por Ainhoa Tilve
“Quebranta” de Calavera por Álvaro Ortiz y Erica Fustero
“Replega” de Eugenio Gracia y Pepín Banzo por Alberto Gamón y Jesús Rivero
“Suite” de Pecker por Carlos Sadness

 

Premio Especial a una Trayectoria
Manolo Kabezabolo

Premio Especial a la Agitación Cultural
La Lata de Bombillas

Premio Global de la Música Aragonesa
Love of Lesbian

Mayor Proyección
La Señal de Flint
Perdiendo los Papeles
The Bronson
White Coven

 

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Grey, la banda sonora de una degeneración sexual

Millones de libros vendidos y millones de euros recaudados en las taquillas. Es la película de la temporada, pero menuda paciencia para cobijarse bajo las 50 sombras de Grey, jaimitada calenturienta con una de las hijas de Melanie Griffith, Dakota Johnson, y el actor Jamie Dornan, que dan pena como intérpretes, si no risa.

Hay constancia de que la gente se troncha en los cines, como si viera una comedia landista, en vez de acalorarse con las pretendidas escenas tórridas de la pareja en la denominada habitación de los juegos, que no es la de la Play Station, como ingenuamente pregunta Dakota antes de traspasar el umbral, sino un maquiavélico cubículo repleto de artilugios sadomasoquistas solo concebible en la sesera más retorcida y enguarrecida del mundo mundial.

Y los cines españoles se llenan. La celtiberia carandeliana sigue vigente: en tiempos se iba a Perpignan a ver ‘El último tango en París’, ahora ya no hay que viajar lejos, pero el motivo para ver una película como esta es el mismo: morbo. ¿Hemos cambiado?

Al menos, las 16 canciones de Grey, las que componen la banda sonora de una degeneración sexual, sin ser un dechado de genialidad, no están en paralelo con este patológico celuloide sadomasoquista. Se aguantan bien, aun estando de por medio algunos de esos tópicos nombres de divas actuales, desde Beyoncé a Sia, o nuevas voces femeninas como las de Laura Welsh, Ellie Goulding, Skylar Grey, Jessie Ware…, que ponen la crema para contentar y atraer a la parroquia juvenil.

No hay sonidos tórridos, como hubiera sido lo propio, pero sí inesperados números en una peli de este caletre: una versión del clásico de Screamin’ Jay Hawkins, ‘I Put Spell On You’, popularizado por la Creedence, y aquí en voz rugosa de Annie Lennox; el rescate de ‘Beast Of Burden’, una de las mejores canciones de los Stones de ‘Some Girls'; otro rescate aún más vintage como el ‘Witchcraft’, clásico del Sinatra de la Capitol, que la niña por cierto baila hilarantemente haciendo cucamonas, y hasta una tragable versión por un tal Awolnation del springsteeniano ‘I’m On Fire’. No está mal. Por lo menos, no se escuchan gemiditos ni ruidosos efectos especiales.

El cierre flotante, con dos piezas orquestales del compositor de cabecera de Tim Burton, Danny Elfman, pone el candado a un disco que al menos no se gemela con la epifanía de estulticia y repugnancia que brota en la pantalla.

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Father John Misty, ironía y amor entre violines

Fleet Foxes es una patente de garantía de sonidos intimistas, sedosos, de armonías elaboradas y de melodías profundas, en la estela de Simon & Garfunkel y Crosby,Stills, Nash & Young. Es uno de los grupos más notables del pop de esta última década, aunque quizá algo sobrevalorado, especialmente tras editar su primer álbum. Una periodista española escribía desde Londres para El País: “Su debut, de título homónimo, cambió la historia de todo un género, y situó probablemente al folk contemporáneo como el sonido que mejor resume el espíritu de este tiempo convulso. Fue aupado por los especialistas a la categoría de clásico, se convirtió en un fenómeno insospechado de ventas (alcanzó lo más alto de las listas británicas) y la crítica le otorgó un merecido sobresaliente”.

Entonces el neoyorkino Josh Tillman (batería y cantante) no figuraba en las filas de los zorros, pero sí en el segundo álbum, ‘Helplessness Blues’, muchísimo mejor que el primero, que el grupo publicó en 2011. Fue una estancia temporal. Antes de unirse a ellos ya había desarrollado una breve trayectoria que le tuvo al lado de Damien Jurado y sobre todo recorriendo un camino en solitario que él se labró a base de voluntarismo, promocionando y vendiendo los discos caseros, o CD-R que él mismo se grababa, algo que siguió haciendo mientras giraba con los Foxes. Esto le llevó al fichaje con Fargo Records y a la edición de varios discos hasta la unión con los Foxes.

Tras despedirse de ellos, adoptó el pseudónimo de Father John Misty y con este nombre y su barbuda presencia ha publicado dos discos con Sub Pop, el último de reciente aparición, ‘I Love You, Honeybear’, dedicado a su mujer en una especie de simbolización de la vida amorosa, desde los primeros chispazos del enamoramiento hasta la misma muerte, lo que explica el desarrollo del disco en un decrescendo que lleva a unas tres últimas piezas casi celestiales, con Tillman echando mano del falsete.

El neoyorkino tiene una voz de tono lánguido y sus canciones se acercan al mundo tanto de Nick Drake como de Gram Parsons, Nilsson o Devendra Banhart. Canciones tonificantes y reflexivas, no exentas de una cruel ironía que en ‘Bored In The USA’ le lleva a censurar la América actual -“que me ha dado una educación inútil y un préstamo de alto riesgo”- como en 1984 lo hizo Springsteen en otro plano, el de la guerra, y a soltar ácida crítica contra yanquilandia vía ‘Holy Shit’. Pop cítrico pero a la vez de gran belleza que lo mismo se apoya en trompetas mexicanas (’Chateau Lobby’) como recurre a un anecdótico injerto electrónico (‘True Affection’) o a un aspaventado rock (‘The Ideal Husband’), aunque la tónica general va más por el canon clásico del pop orquestal, con cuerdas, guitarras hawaianas, coros femeninos, motas de distorsión… y arreglado laboriosamente con mucha riqueza y delicadeza, siguiendo las vías de un Roy Orbison, un Lennon, el citado Nilsson, David Crosby e incluso Elton John. Pop tradicional con vetas actuales.

Y curioso: pese a sus inicios percusioneros, no transmitiendo nunca el Father la sensación de que este sea un disco de un batería. Una golosina que hoy dejo en el blog para degustar mientras se relajan las meninges y el ánimo.
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Sabina, encantador de serpientes

Como encantador de serpientes, Sabina no tiene precio. Asoma por las televisiones, en uno de esos plomizos bombardeos promocionales que obligan a salir de la madriguera al ídolo porque toca vender, pues de lo contrario no hay quien los saque de sus torres de marfil, y echando mano de su consabido ingenio saca del bombín jocosos comentarios sobre el Papa, el sexo, la política… Mucha risa y mucha queja.

¿Pero qué hay del objeto promocional, de ese nuevo disco en directo grabado en Buenos Aires con el título de ‘500 noches para una crisis’ como celebración de los quince años de vida de ’19 días y 500 noches’? Nada: el entrevistador de turno quiere morbo y carcajeo, no música. Y nos dan la diez, y las once, y las doce, y nos quedamos sin entrar en profundidades musicales. Pasó lo mismo hace tiempo cuando Miguel Ríos publicó su autobiografía.

Bueno, ya está el disco sabiniano en la calle, la hora de la verdad y no la de los cuentos mediáticos… y llega la decepción. La grabación es plana, deslavazada, mal producida y masterizada, dejando instrumentos, como la guitarra acústica, en planos lejanos, pero más grave es lo de la banda. Sabina presume de musicazos, y no le falta razón estando de por medio un García de Diego, pero están sin entrenador, mal dirigidos.

Falta empaste, armazón de banda compacta, lo que se revela con los dos guitarristas, sin apoyos mutuos, pendientes cada cual de su solito, aunque peor va el saxofonista, ofuscado por añadir dibujitos a cada fraseo en vez de buscar su espacio, atacando en los solos o tendiendo puentes para entrar en el estribillo o en una estrofa, como ese niño pelma pidiendo la propina del domingo. Por su parte, la batería suena apelmazada en los pasajes rockeros y lo de los teclados es de juzgado de guardia: ¿pero cómo en estos tiempos puede acudirse a ese sonido de feria de los sintetizadores de los 80, caso de ‘Con la frente marchita’? Un entrenador con mano, no ya blanda, estilo Ancelotti, sino con un simple sentido del tiempo actual y sin alopecia discográfica, lo dejaría en el banquillo, si no en la grada o en la calle.

¿Y la voz? Está carbonizada, no tiene registro ni matices. A duras penas, Sabina mantiene la función, llegando a hacerse reiterativa, cansina. No queda más remedio que tirar de la banda para tomar oxígeno: cantan canciones enteras Varona, De Diego, Asua, Mara Barros y la banda al completo mientras el jefe respira y se toma un güisqui on the rock. Un poco más y hasta canta el técnico de luces. ¿Pero por quién paga el respetable? ¿Por escuchar al ídolo o a los subalternos?

Sabina no tiene canciones nuevas desde 2005, diez años de sequía, por lo que no extraña que el propio De Diego le pida en la tele que a ver cuándo se pone a la obra. Vivir de las rentas es negocio pasajero. Así que suena a clavo ardiendo esta salida a los escenarios para festejar los tres lustros de “su mejor disco” ¿O es que había que pagar a Hacienda? Casi cuatro millones de euros ha tenido que ingresar al fisco por lo que él llama una ‘caza de brujas’ del Gobierno del PP. De algún sitio había que sacar esos millones impagados, aunque recurridos por discrepancias con la Agencia Tributaria. Y eso obliga a cualquiera a hacer juegos malabares para solventar el problema. En el caso de un artista de éxito, como Leonard Cohen, aunque su caso fue distinto, salir a la carretera a festejar el aniversario de un disco o de un cuñado; da igual, el caso es hacer caja.

Y así suena este disco, tan escasamente trabajado, mecanicista, obsoleto. El jiennense suelta en directo la mayoría de las piezas del álbum festejado, menos el simpático rap ‘Como te digo una co te digo la o’ y la bella ‘De purísima y oro’, que sale de un ensayo. Luego pica aleatoriamente en su largo repertorio, ataca sin rubor el ‘It Ain’t Me, Babe’ dylaniano y aplica la previsible y comodona plantilla en la que ha basado su carrera: rumba, ranchera, rock y baladas con descarada mímesis del ‘Knockin’ On Heaven’s Door’. Cuatro patrones a los que él se ha limitado a incrustarles sus letras -para unos ingeniosas, para otros ripiosas-, pero sin trabajar las melodías, sin ir más allá del modelo sonoro. De todo esto no se habla ni le preguntan en las teles. Muchos agujeros que Sabina tapa con su proverbial desparpajo. Pero eso es piel, no músculo de estrella.

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DISCOTECA ABIERTA: Grand Funk Railroad, leña rockera de los 70

Grand FunkUna densa ración hoy en el blog de hard-rock setentero para contentar a modernetes y fervorosos de la electrónica (¡¡¡). La sirve una auténtica ‘banda americana’, como luego sus componentes se encargaron de proclamar, grabando uno de sus álbumes señeros – “We Are An American Band” (1973)- cuando en realidad era un simple trío, pero vaya trío potente.

Con ampulosos preludio sinfónico de “Así habló Zaratustra”, o sea, la banda sonora de “Odisea Espacial 2001”, en este disco grabado en el 71, pero no editado hasta 2002, aparece Grand Funk Railroad en directo en varias ciudades norteamericanas a lo largo de 1971, y en grandes recintos, tipo el Shea Stadium de Nueva York o el Cabo Hall de Detroit.

Ya era grande, pero todavía la banda no había tocado techo de popularidad, básicamente porque estaba localizada sobre todo en Estados Unidos. La explosión mundial llegaría con dos álbumes espectaculares: “E Pluribus Funk”, con una de las presentaciones más originales e impactantes de la historia del rock, embutido en una simulación gigante de un denario de plata, y el mentado “We Are An American Band”. Pero el hecho de actuar en grandes estadios como el nombrado Shea Stadium neoyorkino ante 55.000 personas, el mismo que llenaron los Beatles en su primera visita americana, da idea de lo grandes que ya eran en USA Mark Farner (guitarrista, cantante, organista, compositor), Don Brewer (batería, voz) y Mel Schacher (bajo), o sea, los Grand Funk.

Rock de los setenta en estado puro, con el teclado de Mark Farner llevando la iniciativa en más de una ocasión -lo que le dio un sello muy personal al trío-, con jams larguísimas que hacían que los temas de estudio se estiraran en vivo hasta cerca de los 20 minutos, con versiones stonianas como el “Gimme Shelter”, con adelanto de una nueva pieza que saldría después en “E Pluribus Funk’, vía el trepidante ‘Foostompin’ Music’, y con solos espectaculares de batería y guitarra. También con una apostura hippy muy asumida que salta a la audiencia cuando Farner dedica una pieza de The Animals, ‘Inside Looking Out’, a “todos los que fuman marihuana”.

Realmente este disco tenía que haber salido en aquel año 1971 puesto que se planeó como parte de un documental y testimonio sonoro de la fuerza del trío en directo. Se rodó, en efecto el documental y se grabaron diversas actuaciones, pero al poco el grupo riñó con su mánager Terry Knight y el proyecto quedó olvidado durante 30 años, hasta que la Capitol ofreció rescatarlo y editarlo en 2002. En principio, la idea era publicar exclusivamente un extracto de las dos apoteósicas noches del Shea Stadium, pero después se optó por un mix con presencia de otras ciudades, quedando en el congelador la idea del estadio neoyorkino completa. Algún día, dicen, se descongelará. El material existe, como prueban algunos fragmentos de deficiente calidad que circulan por YouTube.

El hard rock -antesala del heavy- estaba en plena cocción y un power trío, más grande en los USA que los Cream, junto a Black Sabbath y Led Zeppelin, eran sus fogoneros más prestigiosos. ¡Cómo le echaban leña a la locomotora en este directo!

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Dover vuelve al rock

Dover ha vuelto a dar otro giro a su sonido, ahora hacia el de sus inicios, al rock, dejando atrás la electrónica y el africanismo. No dejará indiferente: el grupo madrileño suscita la polémica a cada paso que da.

Es norma obligada en cualquier faceta del arte y más aún en la música pop: evolucionar, reinventarse, no vivir permanentemente en el mismo espacio disparándose selfis sonoros una y otra vez. Conlleva un riesgo pero las más de las veces se sale triunfante. Desde los Beatles, que nunca hicieron un disco igual al anterior, y siguiendo por Dylan, Bowie, Madonna o U2, el listado de estrategas inteligentes es largo de enumerar.

Dover ha sido en España uno de estos grupos que, sobre todo en la última década, se ha soltado el cinturón con más asiduidad, lo que ha provocado tanto aplausos como burlas ofensivas. Así somos. Tras ‘The Flame’ (2003), el grupo de las hermanas Llanos pensó que sus efluvios nirvaneros se habían agotado y se metieron en la senda electrónica con ‘Follow The City Lights’ (2006) y el imparable ‘Let Me Out!’ de estandarte. Un aceptable ejercicio de reconversión y de táctica musical que dejó descolocada a su audiencia habitual.

Más la cosa no paró allí. En 2010 no es que Dover descolocase, es que sufrió un colocón extraño, abrazando el africanismo con ‘I ka kene’. El bandazo, pese a momentos exquisitos como ‘Solitaire’, y sus toques folk no fue letal, para dejar a las hermanas Llanos definitivamente en la cuneta, pero estuvo a punto. Los dardos críticos, a veces cargados de muy mala uva, fueron abundantes vía Internet. El disco, pergeñado de esta forma por un novio malinés que se echó la guitarrista Amparo Llanos, fue ciertamente un fracaso comercial. Pese a ello Dover sobrevivió.

Y hasta aquí, en que Dover ha decidido volver al rock y a los tiempos de ‘Devil Came To Me’ (1997), el disco con el que pusieron patas arriba el tablero del rock indie hispano. Su nuevo álbum, ‘Complications’ bebe en aquellos inicios, pero acentuando una faceta larvada entonces como la del punk. Hay momentos -‘Too Late’, ‘Complications’, ‘Four The Floor’- en que la guitarra tiene un punto Steve Jones más que evidente y nutritivo.

Y como es habitual, Dover, en medio del guitarreo y la acción, vuelve a definir con tiralíneas sus melodías infecciosas y urgentes, con logros mayores como ‘Sisters Of Mercy’. Se puede creer en ellos o no, en sus ‘complicaciones’ para evolucionar, pero si se despelleja a Dover -cosa algo habitual, por desgracia- me da que habría que hacer tabla rasa en el rock nacional.

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Ex Hex, furor femenino

Desde los grupos pop spectorianos de los sesenta y especialmente desde las cinematografiadas The Runaways, los grupos femeninos de pop y rock han sido y siguen siendo más abundantes de lo que se piensa. Sin entrar en listados ni en regresiones, paso directamente al grano con este reciente trío de Washington que de manos de una veterana como Mary Timony (perteneció a Helium, Sleater-Kinney y Wild Flag) ha debutado con un álbum, ‘Rips’, que acude al punk y al power-pop para abastecerse de inmediatez y frescura, algo que trasvasado al directo debe ser sudor a caños. Algo así como unos The Beat cruzados con Richard Hell en femenino y con los Ramones iluminando la escena y las Go-Go’s y Pretenders apuntándose a la merienda, vamos que en los 80 hubieran sido una verdadera bomba.

Sonido crudo y muy físico, con las chicas haciendo coros continuamente y con las guitarras ardiendo pero muy controladas. Y con detalles curiosos como esa indisimulada y pegajosa afloración del ‘Sweet Jane’ velvetiano en ‘Hot & Cold’. Música, en fin, sin muchas pretensiones, pero oye que alegra el ánimo cantidad. A ver la continuidad que tiene el furor de este trío femenino. Por lo pronto, ahí va el primer vídeo del álbum, ‘Waterfall’, una fábula marciana ideada por el caricaturista neoyorquino M. Wartella que no se esconde a la hora de definir su trabajo: “El vídeo narra la historia de tres buenorras rock’n’roleras del espacio que invaden Washington DC”. Pues a dejarse raptar.


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Diana Krall, sirope de récord

Me temo que por estos lares blogueros no hay excesiva devoción por Diana Krall, pero aún así muevo ficha y me vuelvo a ocupar de ella. A mí, pese a sus fugas del jazz, me gusta esa dualidad para el canto y el piano que posee, más desde que la vi en directo en la sala Mozart hace unos años, mostrándose como jazzista pura, y luego conseguí unas grabaciones de sus primeras actuaciones en el Auditorio de Zaragoza, cuando todavía era una desconocida. Además es la artista jazzera con más tirón mediático del momento. Y si no, hechos: la semana pasada alcanzó el número uno de ventas en España. Récord insólito. No se tiene noticia de semejante éxito comercial en el pasado, salvo que la memoria me traicione y Norah Jones consiguiera el mismo trofeo, cosa que no creo que haya ocurrido. Será cuestión de revisar las listas de Afyve, cosa que he intentado pero es tarea muy laboriosa.

El jazz, ya se sabe, es música minoritaria que no alcanza los estándares de popularidad del pop o del rock para encaramarse en la cima de los gustos hispanos, pero ahí está ella, la protagonista de la hazaña: Diana Krall. Mas conviene aclarar de inmediato: el disco con el que la canadiense ha logrado llegar al número uno no es un disco de jazz, es un disco pop. Diana, como saben los conocedores de su trayectoria, no es una artista de jazz al uso. Su carrera, impulsada por el influjo familiar de un abuelo y un padre pianistas, ha transcurrido por la pista jazzística pero en los últimos tiempos lleva saliéndose de ese carril con descaro, no se sabe si para probar con otras músicas o para ampliar su popularidad. Sin ir más lejos, en 2009 abordó la música brasileña en ‘Quiet Nights'; en 2012, con ‘Glad Rag Doll’, retrocedió a los años 40 para recordar la colección de discos de su padre y ahora, con el disco que ha logrado el primer puesto en España y otros países, ‘Wallflower’, ha querido evocar las canciones que en su niñez escuchaba en la radio.

Es un disco pop, un disco de versiones que ella ha envuelto en una nube de azúcar. No serán pocos quienes soplen contra esa nube: los violines aplastan al piano, sumiendo al álbum en un baño de sirope. Algunos críticos americanos la han fusilado por ello, si bien es más culpa del productor que de ella, aunque a ella le ha encantado la decisión, máxime no habiéndose ocupado del piano por vez primera en su carrera debido a que necesitaba concentrarse mucho en la interpretación, según ha comentado.

Al mismo tiempo, otro de los signos distintivos del disco es la fuga que la cantante hace en algunas canciones, marchándose por derroteros distantes de las versiones originales. El más preclaro: ‘California Dreamin’. Nada que ver con la original de The Mamas & The Papas. Se han eliminado las floridas armonías vocales y el fondo se ha tapizado de cuerdas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Bien es cierto que Diana conoció esta canción a través de José Feliciano. Luego, siguen versiones de Gilbert O’Sullivan, Eagles, Elton John, Dylan, a quien corresponde la canción que da título al disco y más brilla, y hasta una inédita de Paul McCartney, completando así su ‘Pin Ups’ particular. Los puristas fruncirán el ceño, si no braman, pero el álbum no deja de ser un eficiente bálsamo. Y a la vez, un atípico cohete para disparar a una jazzista al número uno de ventas en España. Algo nuevo totalmente por estos pagos.

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Sergio Gisbert, el doble zaragozano de Springsteen

Queen, Pink Floyd, Beatles, Héroes del Silencio… siguen con vida física. Claro, doblada. Fotocopiada carnalmente por las bandas tributo. ¿Una moda? ¿Un entretenimiento pasajero? No parece, a tenor del tiempo que llevan prodigándose e incluso dedicándose profesionalmente a ello; algunas, con unos montajes técnicos que ya quisieran muchos grupos de hoy. Y, por lo general, con una cercanía al modelo que da vértigo, por su fidelidad y por lo atinado de sus copias.

Una de estas bandas atiende al nombre de Spirits In The Night y su modelo es Bruce Springsteen. Está considerada como una de las mejores de Europa y su líder, quien ejerce como Boss, es Sergio Gisbert, zaragozano afincado en Cataluña, músico de larga caminata y devoción por el de New Jersey desde hace un buen puñado de años. Ahora, hasta ha publicado un disco que ha titulado ‘Loose Ends. A Tribute To Bruce Springsteen’s 78-80 Era’, es decir, un disco que rasca nada más y nada menos que en ‘Darkness On The Edge Of Town’ y ‘The River’.

Y ahí están ‘Jackson Cage’, ‘Prove It All Night, ‘Fade Away’, ‘Adam Raised A Cain’, ‘Factory’, ‘Racing In The Street’… y, cómo no, la litúrgica ‘Darkness’. Además, piezas de aquella época que no salieron en los dos discos mentados pero sí en la caja de inéditos, ‘Tracks, que se publicó en 1999. Y como propina fuera de época, la emblemática ‘Thunder Road’. Catorce piezas en total.

Sí, Gisbert es un versionero, aunque tiene su vida propia como artista, y muy apreciable, por cierto, pero usemos la razón no para mirar despectivamente sino para valorar la valentía de meterse en la piel de otro artista y no solo salir despellejado, sino con la cabeza alta. Y el zaragozano, a través de esta grabación doméstica –las bases musicales son de esas típicas prefabricadas que se venden al retail, pero fieles y eficientes, y la voz grabada ¡en una sola tarde!- sale bien parado e incluso algo más, porque hay que ver (oír) cómo en este disco no es que clone al mismo Springsteen pero sí lo fotografía con una veracidad pasmosa, haciendo gala de sus registros vocales con un rigor increíble, cogiéndole el tono certeramente. Cosa nada fácil, como puede imaginarse. Cuántos no quisieran hacer esto mismo simplemente por empeño personal o por divertirse un rato con los amigos…, pero ni en broma

Es verdad y sobra decirlo que reunir las canciones originales en un cedé sirve para derrotar a Gisbert y a quien se atreva a imitar al Boss, mas como muestra de las habilidades del zaragozano y a la vez para disfrutar un par de horas a su lado en ausencia del ídolo principal es más que suficiente. A fin de cuentas, no se le busquen tres pies al gato, de eso van las bandas tributo.

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Madonna, ¿filtración o márquetin?

Otra vez, Madonna. Huele a chamusquina. No ya por la unidad de quemados en sí que es su vida discográfica, que es tema aparte, sino por las filtraciones. En 2012, meses antes de publicar ‘MDNA’, afloró en Internet una de las canciones del disco y se armó la mundial, y nunca mejor dicho, porque el asunto llegó a las cuatro esquinas del globo.

Increíblemente, se atribuyó la filtración a un fan zaragozano. Una broma que no había por dónde cogerla: ¿desde Zaragoza alguien saquea el ordenador de la diva y le chupa una canción? No hay quien se crea la historia. La filtración tuvo que salir del propio entorno de la cantante, si no fue de ella misma, que todo podría ser, conociendo su ambición rubia y su poder de control, por no decir su determinación para cualquier cosa con tal de lograr sus fines personales. No se me olvidará nunca la frase de un ejecutivo medio de la CBS en Nueva York, camino de un concierto de Bruce Springsteen en el Giant Stadium, en 1985: “Yo he follado con Madonna”, reveló. En cualquier biografía de la diva se retratan aquellos primeros años suyos en la Gran Manzana humedeciendo sábanas de cualquiera que le pudiera acercar a una buena discográfica. Había dejado atrás una dura adolescencia y su objetivo rayaba en la paranoia: triunfar. Lo consiguió, en efecto, y ahora no parece satisfecha con esa corte de nuevas reinas que poco a poco la van bajando del pedestal. Contra ellas y en su interés propio, cualquier cosa. Incluso montar la farsa de una filtración para ganar publicidad. No digo que esto sea así, que sea real, pero deja muchos interrogantes.

Cuando se produjo la primera filtración y se señaló al fan zaragozano, la reina, atacada de los nervios o simulándolo, envió de inmediato a la ciudad a una de las mejores tropas de abogados españoles -los Garrigues Walker- a por el osado filtrador, y enseguida le cayeron querellas como tortas. El presunto filtrador se defendió como pudo de las garras de los abogados, que contraatacaban sin éxito cada sentencia (había suculento bocado, amigo). Finalmente, el acusado salió absuelto.

Ahora, ante el nuevo álbum, ‘Rebel Heart’, vuelve a repetirse la historia, pero a lo grande, en cascada. No una sola canción, sino el álbum completo en tandas. La señora echa sapos y culebras y llega a calificar la acción como ‘acto terrorista’, algo que rectifica pocas horas después: es claro que ambas magnitudes no son equiparables. En esta ocasión se señala a Israel como base del filtrador, un tal Adi Lederman, ya detenido. Y por allí andará, se supone, otra legión de abogados dispuestos a fumigarlo… ¿Qué puede pensarse? Es posible que alguien haya robado esas maquetas, incluso desde tan lejos si se trata de un hacker avezado, ¿pero puede ser una estrella de su altura tan incauta como para almacenar esas canciones en un ordenador conectado a Internet? No cuadra. Así que ¿por qué no pensar en otra nueva y malévola operación de márquetin? Muy barata, además. Y con más difusión global que la campaña más grande que una firma de prestigio pueda diseñar.

Huele mal. Bowie, Beyoncé y U2 guardaron bajo siete llaves sus últimos discos, nadie supo de ellos hasta el mismo día que, por sorpresa, los dieron a conocer. ¿Sabiendo su poder controlador, no pudo Madonna haber hecho el mismo blindaje? Es verdad que un disco en ciernes puede tener muchos puntos de fuga, pero también es verdad que hay medios para tapar esos escapes. Ahí están, insisto, Beyoncé, U2 y Bowie. La diva no debió darse cuenta de los agujeros, lo cual es una ingenuidad, o quizá ella misma o su entorno cogieron la picoleta para hacerlos más grandes. Todo muy sospechoso. Cada cual que piense lo que quiera. Lo que está claro es que, filtrase quien filtrase, Madonna ya tiene hecha la campaña promocional: todo el mundo sabe que está a punto de editar un nuevo disco. Objetivo básico conseguido. Y de forma gratis y global. Por mucho que pregonen los alarmistas, son más los beneficios que los daños. Y es que ni la mejor campaña que le pudiera preparar su discográfica, más en estos tiempos de recortes y crisis, obtendría semejantes frutos. Por otro lado, ¿una filtración va retener al verdadero fan a no comprar el disco? No. Me temo que ya se estará estudiando esta nueva y malévola fórmula publicitaria en las escuelas de márquetin.

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