Pedro Botero en 16 canciones

Desde Casetas, el grupo más veterano de la región. Y el más osado: en tiempos de cantautores y canción combativa, Pedro Botero desenvaina las guitarras electricas para hacer ruido rockero y difundir la doctrina hendrixiana. Valor. Teniendo en cuenta que ello ocurría en el 76, cuando por estos pagos el rock nacional era palabra casi proscrita, resulta impepinable su papel de pioneros. Luego sufrieron no pocos cambios de formación pero consiguieron grabar cuatro elepés y ponerse a la cabeza del rock duro en Aragón aunque no llegaron a explotar nacionalmente -y vaya que lo intentaron- por lo que en el 97 envainaron las guitarras y desaparecieron.

Ahora, el sello El Pozal Producciones, que no es sino el bar de Casetas donde fermentaron como músicos, ha querido que la memoria de uno de los grandes grupos duros de la región no se evapore y ha resumido su vida en un disco –‘Volverás a escuchar su llamada’- con 16 canciones, 14 extraídas de los cuatro LPs grabados entre 1987 y 1993 y dos inéditas: una versión en directo y una vieja pieza de la época –‘Maca’- de Abel Bartolomé, su fundador, como guitarrista y cantante. Lástima que la llegada de las grabaciones se produjera cuando Abel ya no estaba, sin desmerecer por ello a su hermano Rubén, que también cantaba magníficamente el estilo heavy y era (y es) un tipo fenomenal, pero Abel fue el auténtico demonio que incendió el grupo y a aquella Zaragoza de la Transición aún en mantillas en lo que a rock duro se refiere. El disco incluye diversos testimonios de los componentes del grupo así como de Julio Castejón, de Asfalto, entre otros. Por mi parte, ya he contado en otra ocasión, con la sentida muerte de Abel, la historia del grupo, pero vuelvo sobre ella con algún detalle añadido para que el nombre de los Botero no se olvide nunca.

Al principio se llamaban Pedro Botero y las Infamias del Pecado, con Abel Bartolomé a la guitarra y jefe mayor y Arturo Aguin (bajo) y Dámaso Casals (batería), formación que duró poco más de un año hasta que en el 77 se van Arturo y Dámaso y Abel reforma el trío dando entrada a sus dos hermanos, que van todavía como quien dice en pantalón corto: Rubén (guitarra y voz) y Tomás (batería). El debú no pudo ser más accidentado. Tuvo lugar en el Colegio Mayor Cerbuna en una sesión en la que también actuaron El Patito Feo y La Codorniz.

Tiempos de liberación y ansias por soltar ataduras atávicas del franquismo. A Curro Fatás, del Patito, no se le ocurrió otra cosa que llevarse al local una quijada de burro que en medio de la función lanzó provocadoramente contra los espectadores con tan mala fortuna que fue a dar en un grupo de cadetes. La marimorena que se armó fue de órdago, con amenaza de los tribunales e incluso de cárcel aunque luego todo quedó en agua de borrajas. Pero ya se veía que desde el principio a los Botero, habiendo cadetes por medio, les iba la guerra.

En la primavera del 78 se apuntaron a la fiesta del PSA en San Juan de Mozarrifar y allí subidos en un remolque metieron toda la bulla guitarrera que quisieron, consagrándose como grupo de rock por antonomasia de la región en una jornada épica de los tiempos pre-democráticos. Desde entonces y hasta los primeros ochenta, Pedro Botero fue el grupo de referencia para el rock local, tocando en numerosos locales y fiestas y saliendo en el especial de «Pop Grama», espacio del UHF dedicado a Aragón. Asimismo actúa de telonero de Ian Gillan en el palacio de los deportes (el Huevo).

En el 80 remoza su sonido, tirando por el camino del medio del rock sinfónico y el rock duro, y dispuesto «a dar batalla» (1) para lo cual prepara una actuación en Jesuitas con mucho cuidado para a renglón seguido tomar parte en el disco «Bocata Rock», un festival de grupos nacionales seleccionados que graban en directo una sesión radiofónica con CBS bajo la dirección del locutor Pepe Cañaveras. Pese a ello no sale ningún contacto discográfico serio que es a lo que aspira Abel y éste, cansado y desanimado, se marcha dejando el grupo en manos de sus dos hermanos y otros nuevos miembros. En abril del 83, tras pasar por el Concurso del 82, estos declaran su afiliación al estilo «zorrera rural» (2) con un repertorio propio de más de cien canciones, lo que muestra sus ganas por seguir haciendo ruido rockero.

El heavy empieza entonces a despertar en España con los Obús, Barón Rojo y compañía pero los Botero, pese a su expediente, no logran enganchar con el tren metálico. Seguramente porque, pese a sus adherencias heavies, no tragan con el zumba-zumba y las letras horteras al estilo «yo solo lo hago en mi moto», estando más cerca del hard rock de los setenta que del heavy machacón. (3)

No tiran la toalla y aunque muy tarde, por fin, en el verano del 87 llega su primer LP, con diez canciones propias, entre ellas un homenaje a Lennon, y con excelente acogida comercial. En Linacero se da el caso de que el álbum vende a un ritmo diario mayor que Julio Iglesias y el mismo día de la salida hubo fans que se apostaron a las puertas del establecimiento a la espera de su apertura para hacerse con el codiciado y esperadísimo disco que había puesto en el mercado el sello Snif, del ex Asfalto Julio Castejón. Para entonces forman el cuarteto los dos hermanos Bartolomé más Charlie Colás (guitarra) y Nano Pérez (bajo) y muy esperanzadamente, para olvidar su condición proletaria, Rubén declara: «¡A ver si de una vez me quito del curro de la fábrica, tío, que se me están pudriendo las manos!». (4)

Las buenas expectativas que el primer álbum despierta hace que el sello Snif incorpore plenamente al grupo a su catálogo -el primer álbum fue financiado por el propio grupo-, editándole un segundo con el título de «Guerrero», diez canciones en la misma línea del anterior que, sin embargo, no logran poner al cuarteto de Casetas en la órbita nacional y llevan al poco tiempo a la ruptura con Snif.

Nuevo parón del que el grupo «resucita» (5) al cabo de tres años con nueva formación -ahora han entrado José Luis Arrazola a la guitarra y Sergio Puchán a la batería- y nuevo disco, «La llave del alba», del que Rubén asegura que es su misma historia de siempre pero «más pop, más limpio y más maduro» (6), un disco más abierto que nunca que lo mismo gusta al público heavy que al pop y que hace que Pedro Botero aglutine en torno suyo a más público que nunca, según rubrica el propio Rubén.

Aun con todo las cosas no marchan a pleno pulmón y hasta enero del 94 el grupo, entonces reducido a trío, no vuelve a publicar un nuevo LP, en este caso con once canciones entre las que se incluye una vistosa versión del «Have You Ever Seen The Rain» de la Creedence. El álbum lleva por título genérico «Oro y cenizas» y deja por detrás el viejo sonido del grupo, entrando incluso en la new age con la pieza que le da título al disco. Son momentos de cambio profundo y de madurez, de sonido aligerado y de búsqueda de nuevos caminos (7) que lamentablemente no conducen al éxito buscado con ahínco por Pedro Botero, que finalmente, al cabo de 21 años de tralla, acaba sucumbiendo. En el 97 ofrece su última actuación. Mala cosa asociarse con el diablo.

(1) Heraldo 10-2-80.
(2) Heraldo 10-4-83.
(3) Heraldo 20-6-87
(4) Heraldo 4-7-87 y Suplemento Heraldo 30-8-87.
(5) El Periódico 22-3-91.
(6) Heraldo 8-8-91.
(7) Heraldo 23-1-94

Grabaciones:
«Pedro Botero». LP. Snif LD-13010 (87)
«Guerrero». LP. Snif LD-13018 (88)
«La llave del alba». LP. Libélula L-067
«Oro y cenizas». CD. Libélula CD165 (94)

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Aragón | 4 comentarios

Neil Young vuelve a enfadarse

¡Dios si un disco como este viniera firmado por un nuevo grupete indie! Inmediatamente, al altar. Estaríamos, según se encargarían de proclamar las revistas y webs del género, ante uno de los discos del año, ante un disco de rock corrosivo, armónico e inventivo. Pero viene de Neil Young, y ya es como recibir la visita de ese vecino de toda la vida: nada previsible, y hasta pelma. No es una historia nueva, esta de mirar a los viejos rockeros con una lupa desgastada si no opaca, o sea, de ver las cosas distorsionadas, o ni siquiera verlas, por culpa de los años.

Pero indudablemente estamos ante otro aceptable disco de Neil Young. Para los más veteranos, y sobre todo para quienes siguen de cerca al canadiense de oro, no hay sorpresas, sí para los más jóvenes, si es que se paran en barras para escuchar este tipo de sonidos y de artistas, que tengo mis muchas dudas con toda la bazofia que les rodea y les impide ver los árboles del bosque. Musicalmente, junto a un grupo, The Promise Of The Real, en el que figuran dos hijos de Willie Nelson, se reproduce la imagen del Young convertido en rocker enfurecido, el de ‘Ragged Glory’ y hasta el de aquel punkarra que nos salió en ‘Rust Never Sleeps’. No están los Crazy Horse detrás, pero sí unos buenos discípulos. Es la segunda vez en su vida, tras su colaboración con Pearl Jam, que se mete dentro de un grupo ajeno. Su caudal de inquietudes no tiene límite.

¿Y de dónde procede esta nueva furia de ‘Caballo Loco’? Pues simplemente de su aversión y denuncia de los alimentos transgénicos, y más en concreto contra una de las compañías americanas, Monsanto, más significadas por el cultivo y venta de alimentos ‘genéticamente modificados’ (GA). Ayer mismo escuchaba yo en televisión a un agricultor español comentar que ante el tratado de libre de comercio que se va a firmar el año que viene o al siguiente entre Estados Unidos y la Unión Europea, aquí vamos a comer transgénico por las orejas, con el riesgo, según los expertos, que ello conlleva. En Estados Unidos hay carta abierta si no laxitud ante esta forma de ‘agricultura venenosa’, como algunos la denominan, y contra ella protesta y pone sus guitarras y su voz a rugir Neil Young, como antes lo hizo contra la guerra de Irak (’Living With War’) o contra la crisis (‘Fork The Road’).

Nueve canciones de protesta que atacan a la citada Monsanto, a los políticos corruptos que permiten el uso de pesticidas en los campos e incluso a cadenas de cafés como los famosos Starbucks por servir –dice- alimentos transgénicos. “Las madres quieren saber con qué clase de comida alimentan a sus hijos”, canta en la irónica ‘A Rock Star Bucks A Coffe Shop’.

El muro guitarrero arde como las soflamas de protesta. Únicamente ‘Wolf Moon’ se escapa de la quema, y nunca mejor dicho, bajando el pistón a ese tipo de baladas camperas a medio tiempo con armónica y pedal steel tan características y tan grandes de él. También ‘Rules Of Change’ baja un poco la furia (el tempo) aunque las guitarras siguen sonando a rock, y lo mismo sucede en la intimista ‘If I Don’t Know’, que pone final al disco.

Musicalmente, ya digo, no se revela nada nuevo, pero es un disco de Neil Young, y eso ya es mucho, un galón que pocos pueden enseñorear, sea el camino que escoja. Un tipo que a sus 69 años sigue en el mundo con su peculiar mundo sonoro y trabajando casi en plan estajanovista. Aún está fresco el gran doble orquestal, ‘Storytone’, de finales del pasado año, y aquí tenemos de nuevo a Caballo Loco trotando con otro nuevo disco, grabado en apenas mes y medio y casi en directo en el estudio de Daniel Lanois. Es para subirse a él con los ojos cerrados. Como a tantísimos otros de su dilatada carrera.

Publicado en Internacional | 5 comentarios

DISCOTECA ABIERTA: ‘Happy Trails’ y la Quicksilver, el gran monumento del rock psicodélico

Quicksilver‘Happy Trails’, el gran monumento del rock psicodélico californiano de los sesenta. Segundo álbum de la Quicksilver Messenger Service, que lo talló a principios de 1969 en estudio pero como si se tratara de un álbum en directo. Al frente, John Cipollina (voz y guitarra), quien junto a Gary Duncan (guitarra y voz), David Freiberg (bajo) y Greg Elmore (batería), fue capaz de convertir el viejo éxito de Bo Diddley, ‘Who Do You Love’, en toda una suite psicodélica de 25 minutos que ocupaba entera la cara A del LP, y que, dividida en seis partes, reunía todos los ingredientes del género: improvisación, guitarras afiladas, solos de batería, efectos oníricos, voces punzantes, fases ascendentes y descendentes y ambiente por lo general extremadamente lisérgico. La pieza perfecta para emprender una largo ‘trip’ en colores.

Por si fuera poco, el monumento quedó redondeado con otro largo tema de 13 minutos en la segunda cara, ‘Calvary’, aún más desaforado puesto que en este caso, junto a efectos de todo tipo, generados por pedales, campanas y distorsiones, se unían unos insólitos guitarrazos pseudo flamencos. Previamente, abriendo esta segunda cara del LP, el grupo atacaba otro tema de Bo Diddley, uno de sus clásicos, ‘Mona’, así como el turbulento ‘Maiden Of The Cancer Moon’, y remataba curiosamente con un brevísimo tema ajeno de un minuto y medio que era el que daba título al disco.

El boceto previo a esta monumental escultura sicodélica lo dibujó ya la Quicksilver con el tema ‘The Fool’, de su primer álbum, ‘Quicksilver Messenger Service’ (1967), con Cipollina haciendo virguerías con el wah wah y toda la pieza escupiendo crujidos, voces femeninas de coros, melodías atormentadas y fondos de violines y órgano.

Tanto el primer álbum pero sobre todo este segundo eran una exaltación del género psicodélico y del hippismo que superaba su propio tiempo. Supongo que tal y como está el patio, no son tiempos de rockeros desmelenados y añosos, pero aquí queda recogido este disco, camino de los cincuenta años, por si todavía queda algún devoto de la Quicksilver, de la psicodelia, del rock ácido californiano y de las jam-sessions. A mí, personalmente, frente a discos como este, no me van a torcer el brazo algunas de esas majaderías actuales que pueblan el indie y no digamos los terroríficos e impostados DJs.

Publicado en Internacional | 3 comentarios

¡Maldito house!

Hay fiesta en el barrio, por así denominar al lugar donde vivo. Organizan actividades ‘muy originales’ con la pasta de todo el vecindario: juegos infantiles, una cena popular con fiambrera de casa, concurso de guiñote, otro de camisetas mojadas, y, cómo no, la típica verbena con la inevitable disco móvil y el inefable DJ de turno tras los mandos. Este, según anuncia el panfleto festivo, viene de Interpeñas Zaragoza, que en ese mundo galimocho de los DJs debe ser alto galón.

Un tormento, amigos. Sesión continua, como se decía antes en los viejos cines, pero bien estiradita: desde antes de medianoche hasta las seis de la madrugada. Más de seis horas bajo un ensordecedor chum-chumba basado en el ya viejo sonido house que llega a todo el barrio. Canciones, si es que a esta basura se le puede llamar así, trotando sobre el ritmo cuadriculado y taladrante del género en el que cualquier voz es buena para ‘montarlo’, un rapero, un cantante de medio pelo, otro con voz garrimanta de aquel Dinio ‘confundio’ en la noche… y pumba, pumba, una tras otra. Ni la más mínima variación, ni la más mínima tregua. Porque ya puestos al traqueteo corporal, ¿sabrán estos DJs que se puede bailar con house, pero también con electrónica pura, con disco-dance, funk… o incluso con grupos actuales de pop que han dejado atrás sus pastoriles piezas para entrar en la discoteca, caso de Arcade Fire (‘Reflecktor’) o Belle & Sebastian (‘Girls In Peacetime Want To Dance’)?

En el vecindario es difícil dormir. Hay quien, irritado por la salvaje invasión de su descanso personal (Constitución ampara), quiere llamar a la Guardia Civil, cosa inútil, y los que no dormimos y nos sentimos bombardeados por semejante explosión de estupidez e incultura musical solo esperamos que llegue siquiera un momento de respiro, no de bajada de volumen, que tal y como ha ocurrido ya en un par de ocasiones antes, sabe sobre seguro que la cosa va de sesión continua, pero sí de cambio de género, de que finalice el martilleante house de barraca para dar paso a algo que, al menos, en medio de la tormenta, consuele al oído. No digo una canción de los sesenta, ni de los setenta, pero al menos algo de los ochenta que están más próximos y parece que se reconocen más rápidamente por las últimas generaciones. Y hasta puestos, ya que la fiesta, que hemos pagado todos, quieras o no, porque la gobernanza así lo decide, es para el común de los vecinos, y los hay mayores y jóvenes, hasta un bolero o un pasodoble vendría bien. Cualquier cosa que tranquilice los oídos por un momento, que frene la insufrible avalancha de ruido pumba-pumba. Nada, el dichoso DJ a lo suyo: el machaqueo y la ramplonería insultante. Su empecinamiento molesta incluso, según parece, hasta a los grillos nocturnos, que ni se les oye. Han debido huir aterrorizados.

El house nació entre finales y principios de los ochenta en Chicago en un club ubicado en los bajos de un rascacielos denominado Warehouse, de cuya terminación surgió el nombre de la etiqueta. Su continuación o sublimación fue el posterior acid house. Los gurús y profetas del momento encontraron –decían- la salvación de la música popular. En mala hora. Aquí, Alaska rompió sus magníficos Dinarama para meterse en la órbita del nuevo ritmo bajo el paraguas de Fangoria. Recuerdo con espanto su debut público en el Iberpop de Logroño.

De aquellos polvos vienen ahora estos lodos: gente mediocre cocinando discos como churros en los laboratorios para servir alimento basura a estos DJs implacables, sin piedad, analfabetos musicales que lo mismo te indigestan una boda que una verbena… o una noche de verano, como la de ayer en mi barrio. Y encima con contribución obligada de mi pecunio.

No quiero entrar en el daño que están haciendo a la música pop y a los más jóvenes, menos todavía en lo que antaño representaban las discotecas y la música de baile, pero sí denunciar enfáticamente el gran timo de estos saraos de medio pelo que han acabado, sobre todo en los pueblos, con los músicos, los grupos, las orquestas y la música en vivo. ¡Maldito house!

Publicado en General | 7 comentarios

Entrañable Krahe

Sobre todo era una persona entrañable. Tímido, muy tímido, y nervioso, pero de un trato exquisito. Y ello aún habiéndole revolcado en la arena de la crítica, como fue mi caso. Cuando en 1980 salió su primer álbum, ‘Valle de lágrimas’, clamé al cielo. ¿Cómo era posible –me preguntaba- que un tipo con tan solo una voz pequeña y el acompañamiento de una especie de silbato de feria pudiera tener hueco en una multinacional como CBS cuando había decenas de grupos jóvenes llamando a su puerta? Eran los famosos tiempos de la new wave angloamericana y de la ‘premovida’ hispana y servidor, como tantos otros, estábamos viciadamente ocupados en mirar por el mismo agujero de las guitarras y las canciones pop. Aparte, a mí Brassens, del que se decía que Krahe era su discípulo más directo en España, no me entusiasmaba, por no decir que me aburría estrepitosamente.

Aún así, CBS, en junio de 1981, me propuso un peligroso duelo a la par con él y con Sabina, que también acababa de publicar su primer disco. Quedamos en un restaurante de la zona de la plaza San Francisco y, voto a bríos, que fue una cena-entrevista de lo más cordial y amena. Y de muchas risas, porque los dos barbudos, mano a mano, eran una fábrica de ocurrencias y humor. La anécdota de ambos viendo a Eric Burdon en el campo del Rayo fue de traca: “Estábamos embobados escuchándole, cuando nos miramos como atañidos por nuestras voces de pedo y de repente uno soltó: ¡No vale, es que este sí es cantante!”. A Sabina solo le preocupaba lo que iba a escribir de su disco, puesto que estaba recién salido y aún no había podido hacer la crítica, en tanto que Krahe me miraba con cara de resignación y de paz, argumentando sosegadamente, con aquel sosiego nervioso que le caracterizaba, las razones de su disco. Otra vez será, parecía pensar. Jamás el mínimo reproche ni una palabra alta. Todo un caballero. Aquí, la entrevista con él y con Sabina en aquella cena.

Luego, nos fuimos viendo a menudo y siempre nos dábamos un abrazo. Ni la más mínima herida del pasado. Cuando en 1987 sacó ‘Haz lo que quieras’ en alusión al irreverente ‘carpe diem’ medieval, que me convenció más, me soltó una frase lapidaria pero bien cierta, de sabio aristotélico: “Los dos hemos aprendido un poco”. Luego siguió su camino, fiel a su humor, a su ironía, a su ingenio quevedesco y a su irreverencia, grabando discos y actuando en pequeños locales en los que siempre encontró a un puñado de fieles. Hasta se embarcó en la creación de un sello discográfico.

Hoy se ido con 71 años, y la verdad es que me he quedado impactado cuando he oído la noticia. La muerte siempre impacta, aunque se trate de una persona a la que no ves desde hace muchos años. En su caso, además, porque nos hemos quedado sin una persona entrañable… y sin el Brassens español, sin el bardo ácido y burlón que toda sociedad necesita para que mire al suelo y no a las estrellas de la moralina, el capitalismo brutal y la hijoputez. Descansa, amigo.

Publicado en Nacional | 3 comentarios

Las decepciones de Bob Dylan

Yo pecador, me confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos blogueros que soy dylanófilo (que no ‘dylanita’) y que he pecado durante casi cinco décadas oyendo insistentemente los discos de Bob Dylan, leyendo libros y revistas sobre su vida, asistiendo a un montón de conciertos suyos, comprando bootlegs…, por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…, pero este Dylan, que hoy llega por cuarta vez a Zaragoza, no lo reconozco, no es él, me ha hecho perder la fe.

Los pilares del descreimiento, las cuatro decepciones por las que no voy a ir al concierto esta noche, como ya no fui al del 2008 durante la Expo.

Emboscado tras el piano
1.- Hace ya en torno a una década que el bardo decidió ‘emboscarse’ tras el piano, marginando la guitarra casi por completo. Grandísima decepción que produjo sarpullidos de enojo hasta en la parroquia ‘dylanita’, la que forma legión y religión yendo tras él. Dylan al teclado, de forma hierática y tecleando de manera  balbuciente, es una decoloración de sí mismo sobre un escenario y de su pasado. Sabina, dylaniano confeso, perjuró y juró que no volvería a verlo más en directo mientras siguiera tras el piano. Tuvo coro aquella proclamación.

‘Croa’ las canciones
2.- Desde aquel escondite tras el piano, Dylan empezó, por otro lado, a desmejorar la voz. No ha sido Pavaroti (ni falta), pero tenía una voz personalísima y expresiva, y dentro de su rango tímbrico, muy eficiente, única. Poco a poco han ido decreciendo esas cualidades hasta caer en una coloratura y una ‘melodización’ ramplona. Por lo general, en directo, ametralla las frases, lanzando las sílabas a ráfagas, un subterfugio seguramente para no forzar y ganar respiración, para no cansarse. Ha perdido modulación y continuidad melódica. Un crítico americano de Milwaukee ha escrito que no canta, ‘croa’ las canciones.

Sinatra le queda muy grande
3.-Ya con estos dos serios hándicaps, Dylan se presenta por cuarta vez en Zaragoza con un disco absolutamente prescindible, ‘Shadows In The Night’. Sinatra sigue siendo único en el canto. Es La Voz, y no es precisamente Dylan el más idóneo para morder sus canciones. Cualquiera que lo ha hecho, desde Harry Conik Jr. a esos blanditos Cullum o Bublé, se han atragantado. Y Dylan, con menos condiciones vocales y menos tesitura sinatriana, no iba ser menos. Son incompatibles, es como si Messi se pusiera de central o de portero o si Plácido Domingo se pasara al rock’n’roll. Este disco es un caprichoso juego para regalar a familiares y amiguetes pero no para ponerlo en el mercado, como mucho un bonus. Instrumentado además de forma pobre y mal masterizado, es el peor disco de su trayectoria, mal que me pese: doy fe de que siempre he defendido que Dylan no tiene un solo álbum malo y ni tan siquiera mediocre, pese a su tan criticada etapa cristiana o el mismo juguete de villancicos del 2009 (también otro capricho insólito), pero esta ‘sinatrina’ es indigesta.

Casi tres años cantando, noche tras noche, lo mismo
4.- Y para remate, tenemos al bardo convertido en un insólito autómata. Él, que ha sido el rey de la improvisación, el que más y mejor ha retorcido sus propias canciones, sorprendiendo noche tras noche con unos repertorios inesperados e inescrutables, poniendo a prueba a toda la parroquia ‘dylanita’, volviéndola loca con sus permanentes cambios, lleva, sin embargo, algo así como tres años cantando cada noche prácticamente el mismo repertorio. Una tabla de canciones fijas en la que alguna vez hace alguna pequeña modificación, pero raramente.

No teman los alérgicos a esta actual ‘sinatrina’ del héroe contracultural: Dylan jamás presenta discos, por muy nuevos que sean; escarba en su vasto repertorio y saca lo que le viene en gana, por lo que de este disco va escaso en directo. Dos canciones interpreta. Más abajo, detallo las veinte canciones que previsiblemente tocará. No cambia el set-list tan apenas cada noche. Sin ir más lejos, hasta Bacelona, ayer, lleva siete noches seguidas en Europa cantando lo mismo. Veinte canciones rellenan las dos horas de actuación, la estructura del recital y con dos ubicaciones inamovibles en el escenario, según las canciones: en el centro o esquinado a la derecha tras el piano. Dos tandas de nueve piezas, un descanso de media hora entre ellas y el bis final con dos más. Tan apenas himnos seculares. El repertorio tiene basamento esencial en la producción de este milenio, en esos cuatro discos en los que ha retrocedido al cancionero tradicional americano, huyendo como siempre de lo que él llama canciones ‘comunales’. Nadie espere pues ‘Like A Rolling Stone’ o ‘Knocking On Heaven’s Door’, por decir. Viene repitiendo la misma mecánica y la misma colección de canciones en escena, no ya noche tras noche sino incluso en la misma ciudad. Los cinco recitales, por ejemplo, que ofreció en diciembre pasado en el Beacon Theater de Nueva York fueron calcadamente iguales, ni una sola modificación. Se ha convertido en un autómata. Algo sorprendente.

Así que esta noche espera el Dylan más previsible y, tras lo comentado, con 74 años, en peor forma de su vida. Podría acudir, claro, a rendir pleitesía, a ver una vez más en carne mortal al gran genio revolucionario del folk y del pop, e incluso del mismo rock, a sentir la leyenda de cerca por muy descascarillada que ande, pero uno es absolutamente refractario a mitos y leyendas, prefiere y busca realidades.

En 1999, ante su segunda venida a la ciudad, escribí una crónica previa en el Heraldo de la que alguien le informó elogiosamente. ¡Sorpresón! Un Dylan proverbial, que trina contra críticos y periodistas, que le importa un rábano lo que digan o escriban sobre él, ‘exigió’ la traducción del artículo minutos antes del concierto so pena de no salir al escenario (sic). Así me lo explicaron un técnico del ayuntamiento de Zaragoza y el mismo traductor, un miembro de Protección Civil con conocimientos de inglés, que me pasó lo que agitadamente y a toda velocidad pudo traducirle. No dijo ni bien ni mal, pero al menos aquella noche sonrió en el escenario.

A ver si hay suerte y de nuevo le llega este escrito o el del Heraldo de hoy, no por petulancia mía, Dios me libre, sino para ver si salta un gran chispazo y Dylan despierta de su automatismo y de su modorra, si corta de raíz la mecánica actual de su largo e impagable ‘Never Ending Tour’ transformado ahora, lamentablemente, en ‘The Never Changing Set List’. Lo piden a voces los dylanitas y uno modestamente, más que nada por recuperar la fe, ejercicio saludable en estos tiempos de aberraciones y soliviantos.

El cancionero inamovible, o casi

1. Things Have Changed (procedente del álbum ‘The Essential’/2000). Dylan en el centro del escenario. 679 veces interpretada en directo en su vida hasta la semana pasada.
2. She Belongs To Me (‘Bringing It All Back Home’/1965). En el centro con armónica. 387.
3. Beyond Here Lies Nothin’ (‘Together Trough The Life’/2009). Al piano. 294.
4. Workingman’s Blues #2 (‘Modern Times’/2006). En el centro. 239.
5. Duquesne Whistle (‘Tempest’/2013). Al piano. 163.
6. Waiting For You (Banda Sonora de la película ‘Divine Secrets Of The Ya-Ya Sisterhood’/2002). Al piano. 137.
7. Pay In Blood (‘Tempest’/2013). En el centro. 159.
8. Tangled Up In Blue (‘Blood On The Tracks’/1975). En el centro con armónica, después pasa a piano. 1.460.
9. Full Moon And Empty Arms (‘Shadows In The Night’/2015). En el centro. 3.
(Descanso)

10. High Water (For Charley Patton) (‘Love & Theft’/2001). En el centro. 597.
11. Simple Twist Of Fate (‘Blood On The Tracks’/1975). En el centro con armónica. 661.
12. Early Roman Kings (‘Tempest’/2013). Al piano. 187.
13. Forgetful Heart (‘Together Through The Life’/2009). En el centro con armónica. 210.
14. Spirit On The Water (Modern Times’/2006). Al piano. 424.
15. Scarlet Town (‘Tempest’/2013). En el centro. 155.
16. Soon After Midnight (‘Tempest’/2013). Al piano. 186.
17. Long And Wasted Years (‘Tempest’/2013). En el centro. 134.
18. Autumn Leaves (‘Shadows In The Night’/2015). En el centro. 4.

(Bis)
19. Blowin’ In The Wind (‘The Freewheelin’/1962). Al piano. 1.290.
20. Love Sick (‘Time Out Mind’/1997). En el centr

Publicado en Internacional | 9 comentarios

1965: España hace ¡POP! 50 años de la llegada de Los Beatles

Hace 50 años, los Beatles se aparecían en carne mortal en España. Fue exactamente el 2 de julio de 1965, y hablo en términos bíblicos porque aquello, en efecto, fue como un milagro imposible en la España cejijunta de la copla y la oprobiosa carburando a toda máquina. Aquellos cuatro peludos, de los que se reían el NO-DO, los pater familias y hasta casi la juventud entera, aún no identificada con la locura de las guitarras eléctricas y los yeah yeah lobunos que soltaban, pisaban suelo español. Un acontecimiento total.

Aquella visita de cuatro días, que tuvo plaza en Madrid y Barcelona, se ha contado ya mil veces, desde la tele a las revistas, el NO-DO, los libros y los que no estuvieron allí pero sí estuvieron, o sea, los ficcionistas, como luego salieron miles que corrieron delante de los grises. No voy a repetir pues la historia, que, por lo demás, es fácil encontrarla en Internet. Solo apuntar el detalle grueso o mayor de la película: sonaron a chatarra, hubo más gente de la que se dijo, aunque no llenaron, y el Régimen tapó el acontecimiento rodeando la plaza de Las Ventas de policías y luego quitándole importancia, casi silenciándolo, pues, a fin de cuentas, España seguía siendo la reserva espiritual de Occidente y, según los jerarcas, ajena a aquellas costumbres bárbaras venidas de fuera, tan contrapuestas a la genuina hidalguía española y a sus coplas seculares.

Se equivocaron de medio a medio, claro. Y aquí es donde me interesa poner el acento de aquella visita. Aparte del impacto que tuvo, significó algo muy importante: España, o por mejor decir, buena parta de su juventud conectaba con el mundo exterior a través de Los Beatles. Se rompía definitivamente la coraza que rodeaba al mundo juvenil, impuesta por la moralina de curas, camisas azules y jerifaltes franquistas. España hacía ¡POP!, y nunca mejor dicho, porque no solo estallaba social y juvenilmente sino que se afiliaba definitivamente a aquellas electrizantes canciones que venían de fuera.

Culpables, Los Beatles, pero también, e incluso aún más, Los Brincos. Sí, y este es el factor determinante, porque en aquel mismo año, estallaba la luego denominada ‘brincosis’ con ‘Flamenco’. La canción se había publicado a finales del 64, y tuvo un gran impacto que perduró durante buena parte del año siguiente hasta que llegó el segundo bombazo, ‘Borracho’. Es verdad, aquellas dos canciones eran, por así decir, una modernización del rancio ‘typical spanish’, una horterada para decirlo pronto y claro, pero las dos abrieron la puerta a un puñado de piezas de muy alta alcurnia pop –‘Mejor’, ‘Tú me dijiste adiós’, ‘Sola’, ‘Renacerá’, ‘El pasaporte’, ‘Lola’, ‘Nadie te quiere ya’…- y ya sin ataduras hispanas sino muy británicas. No fue extraño que enseguida se les bautizara como los Beatles españoles.

Desde aquel momento, aunque antes habían puesto una gran semilla los Sirex, Los Mustang y sobre todo el Dúo Dinámico, en España se desató una fiebre por los llamados ‘conjuntos modernos’ y la música pop que se extendió como reguero de pólvora por todo el país, dando lugar a la irrupción posterior de toda una legión de magníficos conjuntos –Bravos, Canarios, Módulos, Pop-Tops, Pasos, Buenos, Iberos…- que conjuntaron la llamada ‘primera edad de oro del pop español’ (noooo, no fue la de la Movida). Además, los Rolling atizaban el fuego con su ‘Satisfaction’. 1965 rompió la década en dos partes, fue un año crucial.

Un año clave y una fecha, la de Los Beatles en España, histórica. Por ello, se han preparado festejos de aniversario. El próximo jueves, día 2, va a haber un gran festival en la plaza de toros de Las Ventas de Madrid con unos clones actuales de los Fab Four venidos de Inglaterra, que se llaman The Bootleg Beatles y que no solo son clavados a ellos en cuanto a atuendo sino que –dicen- clavan también sus canciones. Además, como ocurrió hace 50 años, los mismos Pekenikes saldrán de teloneros.

Ese mismo día, el jueves que viene, saldrá también a la venta un LP en vinilo con la grabación de aquel concierto histórico. Una sorprendente historia que José Luis Álvarez, el único periodista español, junto a su colega Roberto Sánchez Miranda, que consiguió entrevistar al cuarteto para su revista Fonorama, tenía guardada, no sé muy bien dónde ni por qué, dado el interés de la actuación y de la visita. Y es que el apreciado (e impagable y valiente) José Luis, según ha contado recientemente a Efeeme, consiguió grabarla con un magnetofón y cuatro micrófonos y no solo con la autorización exclusiva de Brian Epstein sino también con su ayuda técnica. Veremos la calidad del ‘producto’, pero en principio ya promete como fetiche de oro. Se va a tirar en edición muy limitada. No es nostalgia, es historia.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Nacional | 2 comentarios

Róisín Murphy, dama del electro-pop

MurphyEsta foto tan enigmática y sofisticada de la bella Róisín que aparece en la portada de su nuevo disco no trasluce en absoluto la mujer alocada a la hora de vestir en el escenario e incluso de vivir que en realidad es. Desde los tiempos de Moloko en que formaba dúo junto a Mark Brydon, y al tiempo, musicalmente, caminaba por un trip-hop desnatado, vamos, menos hirsuto y serio del programado por sus sumos pontífices (Massive Attack, Portishead), Roisin fue una devota de los disfraces, de la ropa de todo tipo, de la más sofisticada y elegante a la más extravagante. Lo mismo se podía vestir de mujer pulpo que ahora de Armani, del que es marca. No, no Lady Gaga no ha inventado nada.

Murphy sigue igual en este aspecto. Y si en la portada de este tercer disco en solitario aparece así de glamourosa, evocando con su flequillo yeyé a su admirada Dusty Springfield, en el reciente Sónar dio todo un recital de vestuario de lo más estrambótico, según cuentan las crónicas. Como la Piquer, viaja con un baúl de ropa y ahí lleva de todo, lo que hizo que en Barcelona, el pasado viernes, lo mismo apareciese en el escenario vestida de Mary Poppins que de cordobesa, castañera o de exquisita dama del XIX.

Obviamente, sus disfraces a lo Mortadelo y Filemón no son la sustancia que ha encumbrado (comedidamente) a esta irlandesa de 41 años, devota de Madonna y Grace Jones, sino obviamente sus canciones y sus discos. Ahora, al cabo de ocho años de vacío –bueno, hizo entretanto un EP en homenaje a las grandes italianas Mina y Patty Bravo, colaboró, entre otros, con David Byrne y fue madre por segunda vez- ha vuelto con ‘Hairless Toys’. Mi colega Chema Morais –aprovecho para aplaudir públicamente sus incomparables e ingeniosas entrevistas en la última del Heraldo- me escribe, a raíz de mi comentario en la página de discos de hace varias semanas, comentándome que no conecta con él, que lo ve muy frío…, él que es un fan fatal de Róisín, vamos, que la ama, según me cuenta literalmente. Hay quien lo tacha, el disco, de ‘música para ascensor’. Diversas visiones de las cosas y de los discos, que de todo hay y debe haber en la vida del señor.

Obviamente, no es ‘Overpowered’ (2007), una cima del dance-pop de este milenio, pero a mí, ‘Hairless’ me ha gustado, seguramente por esa devoción mía por las voces dulces y angelicales, que es la que posee y distingue a Róisín aunque la envuelvan en arreglos electrónicos que a veces la convierten en un poco leño. De hecho, la canción que más me gusta del disco es la última, ‘Unputdownable’, en la que por vez primera y única en el disco aparecen unos retazos de guitarras acústicas y el eco de Madonna en una bonita balada. Ay, si se decidiera a desnudarse, eeeeh, y se quitara los arreglos electrónicos de encima para irse al pop-pop tradicional, aunque fuese por probar… Yo creo que acertaría.

Pero bueno, es lo que hay. Bajo la producción de un viejo conocido de los tiempos de Moloko, esta dama del electro-pop ha vuelto con un tercer disco en solitario en el que su voz dulce hasta el susurro se recuesta sobre un lecho de sonidos electrónicos y orgánicos de diversas tonalidades (jazz, funk, house…) que resulta muy elaborado, más tranquilo y, según se mire, seductor. Va en gustos.
Imagen de previsualización de YouTube

Y aquí un reciente show en Bélgica, con sus modelitos, su traca electrónica, sus pantallas y sus chispazos funkies, entre otras hierbas.
Imagen de previsualización de YouTube

Publicado en Internacional | Deja un comentario

Rock y urinarios

Es lo que tienen los grandes festivales e incluso los pequeños conciertos: que hay un riesgo de cutrerío que al final termina por hastiar. Y entonces, hay quien que se refugia en los discos y dice adiós, a mi plin, viva el plástico. Es crudo, pero pasa. Conozco a gente con una melomanía discográfica enfermiza pero con un odio brutal a los conciertos por las penalidades que a veces hay que sufrir en determinados recintos, más aptos para la ganadería que para el cultivo del cerebro humano.

Leo comentarios de la primera jornada del Azkena Rock y no me cabrea, porque hace tiempo que superé estados de ánimo malignos por culpa de la música y los músicos o los organizadores, pero sí me deprime. Seguimos estando en el Mesolítico. La crítica periodística se queja de que Television soltaron el álbum ‘Marquee Moon’ casi de forma desganada, con gatillazos del batería Billy Ficca, y brillando a saltos, solo en momentos cruciales, en los de la pieza básica que titula el disco.

Pero ‘Marquee Moon’ es algo más, por muy grande que sea la pieza titular, es un todo homogéneo en el que no hay una sola pieza que pueda apearse de ese maravilloso tren en marcha por culpa de la apatía o el mal sonido. En Vitoria lo hicieron varias de ellas, según las crónicas. Y ZZ Top soltaron su consabida dosis de barbas y boogie sin añadir el más mínimo destello de vivir en siglo XXI, y para colmo con un sonido bajo de volumen que provocó la queja colectiva del ‘no se oye’.

Pero lo peor, esto no lo destaca el cronista, sino una sufrida espectadora, era la escasez de cubículos para miccionar y hacer otras necesidades fisiológicas, por lo que se montó, siempre según la testigo, una especie de romería tras los arbustos colindantes de tíos abriéndose la bragueta y de tías bajándose los pantalones o remangándose la minifalda para poder evacuar en medio de un frío poco apto para poner las partes nobles a la intemperie. Cualquier sitio más o menos discreto valía para tan imperiosas necesidades fisiológicas. Visto lo cual, algunos/as decidieron no beber ni una sola cerveza más para no tener que ir al baño. Eso que perdieron los organizadores: ahorraron en letrinas pero perdieron en birras.

La crónica no me es ajena ni desconocida. ¡Cuántos recintos ganaderos no me habrá tocado pisar en mis años más activos de aficionado y cronista! Me quejaba, lo denunciaba, lo escribía, porque pensaba, y sigo pensando, que una actuación de rock no está reñida con las mínimas comodidades fisiológicas, gastronómicas, de bebida, asiento para el que lo quiera, espacio y no apreturas, y, sobre todo buen sonido. Desde el viejo local de San José a los pabellones de fiestas, La Chimenea, la Multiusos, la Metro, la plaza de toros, la nueva Feria de Muestras… e incluso el Bernabéu, ¡cuántos mochazos!

Veo que las cosas, pese a todo, no han cambiado mucho. Los grandes festivales veraniegos, por lo que leo cada temporada, siguen hacinando gente como si fueran nativos de las corraleras; refrescar el gaznate, una batalla a codazos para conseguir el ansiado vaso de plástico si es que antes no has tenido que pasar por la cabina de tickets, la entrada un martirio de colas y cacheos por tíos-armarios como si fueras a embarcar en el Concorde resucitado, y el sonido una caca, no digamos si encima tu grupo favorito la ‘caga’ tocando mecánicamente tu sagrado ‘Marquee Moon’…

Y lo que faltaba, que encima tengas que ir a miccionar a los arbustos o detrás de una valla…, no digamos si, por desgracia, vas en una silla de ruedas (si contara las que yo mismo pasé en la Romareda para ejercitar función tan necesaria…). La ruda postal que describo obviamente no es generalizada, pero se sigue viendo y viviendo a lo que se ve. Y no debiera. El rock es música y colectivismo festivo, pero también requiere unos mínimos de comodidad y condiciones. Sépanlo de una vez los organizadores.

Publicado en General | 7 comentarios

Television con ‘Marquee Moon’

Hoy, Television actúa en el Azkena Rock de Vitoria. Dicho así, puede sonar de forma fría e incluso, para las nuevas generaciones, como una noticia más de uno de tantos grupos paleozoicos –ZZ Top también lucen barbas hoy- que aterrizan en este consolidado festival. ¿Hay alguien por ahí de 18-20 años que sepa que, además de un pantallón que emite bodrios a mil por hora o que Amaral cita ‘Marquee Moon’ en ‘Moriría por vos’, es el nombre de uno de los grupos de rock neoyorkinos más notables de los 70 y de la inminente new wave de aquella década? Que levante la mano. Si es así, no estamos tan mal, pero mucho me temo que…

De cualquier forma, grupo crucial. Debutó con ‘Marquee Moon’, antesala del punk y la nueva ola, géneros que durante el tramo final de los setenta abanderaron la renovación del pop y del rock. Y para mayor deleite, precisamente, Television viene hoy al Azkena dispuesto, según reza la publicidad, a tocar al completo esta obra maestra, o sea, a destilar el álbum desde el inicio al final, esto es, desde la cortante ‘See No Evil’ a la pausada y bluesera ‘Torn Courtain’, pasando, claro está por esos diez minutos mágicos que construyó al final de la primera cara del LP bajo el título que acabó aglomerando genéricamente a todo el álbum.

Ya lo han hecho en otras ocasiones (lo de tocar entero el ‘Marquee Moon’), lo cual, por otra parte, casi es una obligación, a tenor de la repercusión del álbum y porque en realidad solo hubo otro después, ‘Adventure’, de menor calado. Buen pretexto, en cualquier caso, para recordar en el blog uno de mis álbumes favoritos y al que ya tenía ganas de hincarle el diente.

En la proa de aquel barco, junto a Richard Lloyd (guitarra), Fred Smith (bajo) y Bill Ficca (batería), estaba Tom Miller, o por mejor decir, con sus ínfulas de poeta, Tom Verlaine, que en honor al autor galo de ‘Paralelamente’, le tomó prestado su nuevo apellido. Era un tipo enjuto y de aspecto enfermizo que había nacido en New Jersey en 1949, y en Nueva York dio salida a sus inquietudes musicales al darse cuenta que sus poemas sonaban mejor entre guitarras. Patti Smith, novia suya durante un tiempo, tuvo que ver algo en ello.

Brian Eno, fichado por Island para producirles un álbum, estuvo a punto de apuntarse la gloria de haber alentado uno de los proyectos más sólidos de los 70, pero les tomó el pelo cuando aún eran The Neon Boys. O les mentía o se olvidaba de ellos. Por el underground neoyorkino, sin embargo, corría insistentemente el nombre de aquel grupo que en el CBGB dejaba boquiabierta a la parroquia con un puñado de canciones afiladas, metálicas, con el larguirucho joven cantando en un tono agudo raro y hasta molesto, por lo insólito hasta aquel momento. Se habla de una transfiguración de The Velvet Underground, de sus sucesores… Hasta Bowie, Lennon y Lou Reed acudieron al cutre local del peligroso Bowery para comprobar las excelencias. Elektra pegó el oído y se los llevó a su catálogo.

El mismo Verlaine, junto a Andy Johns, cogió las riendas, visto el fiasco de Eno, y en septiembre del 76 grabaron las ocho canciones que cinco meses después, en febrero de 1977, envueltas en una portada con foto tratada de Robert Mapplethorpe, salieron bajo el nombre de ‘Marquee Moon’. Se ha dicho y se pueden decir tantas cosas de este álbum, pero resumo: si Mozart hubiera andado por el CBGB, esto es lo que hubiera escrito, una mini suite de diez minutos con un riff de guitarras –a dúo entre Verlaine y Richard Lloyd- tan pegadizo como el de su ‘Sinfonía 40’…

Una obra maestra del rock, con un texto misterioso y raro, acorde con el simbolismo de Paul Verlaine (“recuerdo cómo la oscuridad se doblaba, recuerdo un relámpago caer sobre él, estaba escuchando la lluvia, pero escuchaba algo más… un Cadillac salió del cementerio, se acercó a mi y me dijeron, entra, entonces el Cadillac volvió al cementerio, y yo, yo salí otra vez”), con una caligrafía guitarrera tan nueva como matemática merced a los gozosos entrelazados de Verlaine y Lloyd, y con finos nervios de nueva ola, art-rock y hasta de jazz…, no de punk, no, pese a que en no pocas ocasiones se le ha colocado como pionero e inclusive dentro del género; una obra de arte que engrandeció con otras siete piezas más de alto nivel: ‘See No Evil’, ‘Venus’, ‘Friction’… Sensibilidad, ingenio y vitalismo.

Luego vendría ‘Adventure’ y la ruptura. Pero para los restos quedó ‘Marquee Moon’ y Television como el grupo neoyorkino más talentoso e intelectual de los 70 junto a Talking Heads. Si hay alguien por ahí que no ha pegado la hebra, le conmino a hacerlo de inmediato aunque me llame exagerado, o no.

Publicado en Internacional | 12 comentarios

El garaje reabre 50 años después: The Sonics

Escucha:
Imagen de previsualización de YouTube

El fuego que sale de esta canción no lo prenden precisamente unos pipiolos recién destetados sino unos jóvenes yayos que ya pisan ¡¡los setenta tacos!!: The Sonics. Grandes sorpresas que da la vida rocanrolera. Tiene su explicación: The Sonics fue el grupo pionero, más tarugo y salvaje del llamado ‘garage rock sound’. Su canción ‘Psycho’ ha sido venerada por generaciones. Formado en Tacoma (Washington) aunque grabó en Seattle (¿preludio del grunge?) solo duró tres años con la formación de gala, de 1963 a 1966, tiempo en que grabó tres álbumes: ‘Here Are The Sonics’ (1965), ‘Boom’ (1966) e ‘Introducing The Sonics’ (1966), tres discos deslavazados en los que se repetían las canciones, dado que procedían de diversas sesiones para singles (en realidad el tercero era un recopilatorio), alentadas por el sello Etiquette de Seattle que a su vez el sello Jerden agrupó después a su antojo, pero todos con una mala leche rocanrolera -Little Richard era el guía espiritual- y un sonido sucio, guarrindongo, grabado en dos pistas y con el teclista y cantante Gerry Roslie gritando como un poseso ante un micro cutrísimo para que se le oyera más.

Piezas propias como ‘The Witch’, ‘Psycho’, ‘Cinderella’, ‘Boss Hoss’… y versiones conocidas como ‘Louie Louie’, ‘Roll Over Beethoven’, ‘Do You Love Me’, ‘Night Time Is The Right Time’, ‘Don’t You Just Know It’… llenaban aquellos tres álbumes, a los que –aun ya separados- siguieron varios singles, y se acabó el carbón porque, en realidad, en cuanto a fama y dinero, el quinteto no se comió un colín.

En 1966 se cerró definitivamente el garaje discográfico y The Sonics, pieza básica del luego llamado Pacific Northwest Rock, desaparecieron de circulación aunque en el 72 se volvieron a reunir para un show en Seattle y 35 años más tarde, en 2008, para una gira que incluso los trajo a España. Sin embargo, pese a esta ausencia física, The Sonics estuvieron siempre en la mente de mucha gente joven aficionada a bucear en el rock más añejo y primigenio: en ellos, en The Sonics, con su brutal y sucio sonido, estaba la semilla de géneros después universales como el punk, el grunge y no digamos el movimiento neo garajero que se produjo a finales de los 80 y principios de los 90, con The Fuzztones, Lyres, Nomads… que tan de cerca se pudo disfrutar en Zaragoza, merced a la sala En Bruto. Aquellos grupos releyeron sus temas como si leyeran la Biblia. Una historia reverencial que no tuvo nunca fin.

Y que no lo va a tener tras la edición de este álbum, que cierto, es una bomba. Vamos, como que, aunque no se crea y se me tache de exagerado, deja a aquellas piezas de los sesenta no a la altura del betún en cuanto a energía y brutalidad, pero casi, y, además, por fin, con un sonido de ahora, aunque en mono, en directo y sin recordings ni retoques posteriores, más legible. Aun con un Roslie transplantado de corazón, la formación que ha grabado el disco es prácticamente la original, con lo que el asunto es de enmarcar no ya por inusual, único, excepcional y esas cosas de Guinnes, sino ciertamente por histórico cuando dentro de varias décadas se reescriba la historia del rock. El garaje sigue abierto y cómo prenden el carbón estos yayos. Ya quisieran algunos jovencitos de hoy. Sí, insólito.

Imagen de previsualización de YouTube

Publicado en Internacional | 6 comentarios

Flamin’ Groovies, un cuerpo musical con cuatro cabezas

Una excelente ocasión para traer al blog a Flamin’ Groovies: tocan el próximo viernes, día 12, en Las Armas. Y casi con la formación original, que no es poco en un grupo con tantas entradas y salidas y malos rollos de personal como ha vivido. Viene su líder natural y fundador, Cyril Jordan, el bajista George Alexander y el tercero en discordia, Chris Wilson.

Explico rápidamente esto del ‘tercero en discordia’. No es ni ha sido Jordan un tipo de fácil trato. Vamos, un tipo con mal genio, inestable, peleón, con diversos arrestos, y cierto mal estilo. Cuenta la leyenda que, cuando vino por vez primera a Zaragoza, en los gloriosos primeros años de la sala En Bruto, o sea, en octubre de 1987, tras el concierto se las piró y dejó tirada a la banda… En algún sitio se le ha calificado de ‘benevolente dictador’. No extraña pues que tuviera sus más y sus menos con su socio de fundación y pilar también básico del grupo, con el cantante Roy A. Loney. Con él grabó tres de los grandes discos de los Groovies, ‘Supersnazz’ (1969), ‘Flamingo’ (1970) y ‘Teenage Head’ (1971), pero se hartó de malos rollos y se largó. En su lugar entró otra pieza imprescindible en la arquitectura sonora de la carrera de los californianos, Chris Wilson. Con él, Flaming Groovies largaron otros tres discos soberbios: ‘Shake Some Action’ (1976), ‘Now’ (1978) y ‘Jumpin’ In The Night’ (1979). Y lo mismo, mal rollo, y a la rue. En realidad, con este ‘tercero en discordia’, se paró el paso discográfico de los Groovies. En 1987 grabaron ‘One Night Stand’ y en ‘1993’ ‘Rock Juice’, ya dos mediocres trabajos, forzados para mantener en ruta a Jordan y totalmente prescindibles. Sobre todo, mirando al pasado de oro, calibrando los discos del 69 al 79.

Con aureola de clásicos, bien es verdad que los Groovies nunca inventaron nada ni mostraron originalidad alguna. Nadando a contracorriente de modas –cuando triunfaba el rock californiano y el hippismo, ellos hacían rock’n’clásico; cuando, el rock sinfónico y el hard-rock, ellos tiraban por el folk-rock, y cuando el punk y la nueva ola, se fueron a los discos de la Decca de los Rolling- en realidad era un gran cuerpo de cuatro cabezas: Chuck Berry, Beatles, Stones y Byrds. Según movieran una u otra cabeza, así les salían las canciones, en línea con alguno de los cuatro. Pero lo hacían tan bien y de forma tan personal y dinámica, tan fieles a los modelos, que resultaban irresistibles. ‘Shake Some Action’ es todo un clásico del rock de los 70, no porque avanzaran el punk, como por ahí se ha leído, sino por su introducción a la nueva ola y a la Movida madrileña y por la nostalgia beatleniana que desprendía –dos versiones (‘She Said Yeah’ y ‘Misery’) y las que no lo eran se parecían tanto-, nostalgia que ellos expandieron tan esmeradamente en aquella década. Además, a mí me prendaron particularmente, aunque se les valora menos, los dos últimos discos de la tanda gloriosa, es decir, ‘Now’, con su sonido Byrds, incluyendo una cromada y opípara versión de su rutilante ‘Feel A Whole Lot Better’, y ‘Jumpin’ In The Night’, con su recreación en la portada del mundo oscuro de los Stones, aunque dentro no había nada de ellos, como habían hecho en el disco anterior, pero sí de Dylan –‘Absolutely Sweet Marie’- y de Los Byrds (su híperfamoso ‘Fith Dimension’).

La del próximo viernes, si la memoria no falla, es la segunda vez de los Groovies en Zaragoza, aunque no así de sus miembros mayores. Por separado, Wilson, que había sido artífice de los grandes Barracudas, vino en diciembre del 86 a la Metro con Fortunate Sons, y en mayo de 1994 tocó en Delicias curiosamente como Ex Flamin’ Groovies porque, aunque con él viajaban dos de tantos miembros secundarios de las distintas formaciones, obviamente no podía utilizar el nombre original de la banda, cuya propiedad pertenecía, y sigue perteneciendo, a Jordan. Por su parte, Roy Loney estuvo en la Piedra de Blarney, en diciembre de 1994.

Ya están mayorcitos, pero seguro que pese a los años y a los malos rollos, ofrecerán una inolvidable actuación como la primera de En Bruto, que yo recuerdo haber titulado como ‘Música de metacrilato’, no por sintética sino por lo limpia que salió, tirando especialmente por el lado Byrds, como presagiaba la guitarra transparente que sacó Jordan. Si además viene Wilson, el más Byrds de todos, volarán pájaros de colores y en abundancia por Las Armas. Y si no, ahí queda su discografía para seguir disfrutando de estos ‘flameantes guays’, tan aptos para rocanroleros y rockabillies como para stonianos, beatlenianos y folkie-rockeros. Unos clásicos, anacrónicos en su tiempo, pero clásicos y maravillosos siempre.

Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube

Publicado en Internacional | 5 comentarios

El ritual negro de Los Lügers: ¿que espacio tiene el punk actual?

Una reflexión previa que me viene a vuela pluma, antes de hilar estas frases. ¿Qué presencia tiene el punk en la música actual? ¿Interesa? ¿Tiene futuro? Hace unos días veía un reportaje en la tele, no recuerdo cuál, sobre playas y diversión, y no había otra cosa que gente moviendo el cuello de adelante atrás al ritmo de una electrónica simplona y facilota. DJs como setas, risas, bebida a caño abierto, cuerpos de gimnasio (o eso intentaban aparentar sus dueños) y nada más. Y eso, durante 24 horas, porque la fiesta en discotecas, playas y chiringuitos es sin cuartel, no tiene límite. Me temo que la postal no solo sea de litoral: el interior también lleva lo suyo. Añádase a todo ello el rap, el indie de barbitas, los radioformuleros o las niñas supertop y a ver qué hueco queda para géneros como el punk. Exagero, claro, pero me temo que la gran tostada no es para los chicos del alfiler y la cresta. Nunca lo ha sido, pero creo que ahora menos. Lo que no significa, obviamente, que sea especie en extinción.

Y si no, hecha esta abtrusa meditación, he aquí los zaragozanos Lügers que acaban de soltar otra nueva ventolera de fuego en su segundo álbum propio, tras varios epés de vinilo, tributos y cedés de versiones. En su género, es uno de los grupos más consolidados de la escena aragonesa, y diría que de la nacional. Si en disco son un martillo-pilón, que no serán en directo. Eso sí, con un sonido duro pero diáfano, en el que los guitarreos entre Ramones, Turbonegro y Motorhead se llevan la palma. Ya les dediqué atención en el blog con su primer álbum, ‘Lucifer’, de 2013. Ahora vuelvo con ellos, y con su segundo trallazo, ‘Ritual’, por si alguien se ha dormido con Bill Fay o no ha entrado en el circuito de Copiloto.

Igual suena a broma, pero si Héroes se hubieran dedicado a hacer punk-metal estarían muy cerca de estos paisanos. Basta escuchar ‘Las puertas’ (de este segundo álbum) y ‘Parasiempre’ para ver que las comparaciones son odiosas pero a veces cercanas. En cualquier caso, Lex y compañía (nuevo bajista incluido) sacan toda su artillería guitarrera, su estética y sus textos más góticos-mortuorios que nunca y con la frente levantada a toda una larga patrulla ferrallera disparan unos cañonazos de black-punk-rock que tiembla el misterio. ‘Psycho’, muy en plan Alice Cooper, es lo más de su ritual negro. ¿Sonarán en algún chiringuito playero o en alguna fiesta ibicenca? Uhmmm… A meditar.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Aragón | 2 comentarios

Copiloto, por carreteras secundarias

Javier Almazán, piloto más que copiloto, ha publicado recientemente su cuarto álbum, ‘Los puentes hundidos’. No es tan directo y audible como los dos anteriores, propone situaciones sonoras nuevas y riscosas, hasta extrañas en una persona que depuró tanto sus dos discos anteriores, ‘Un segundo luminoso’ (2009) y ‘El inicio, el desencanto y el círculo de confianza’ (2011). Byrds, Beatles, Brincos, La Costa Brava… aleteaban en el primero, con ‘Moleskine’, con Juan Aguirre de ‘copiloto’ guitarrero, como mayor canción espejeante del álbum; en el segundo se añadían las vibraciones de Love, Beach Boys, La Habitación Roja…, grupos nada sospechosos de descuidar las melodías, bien al contrario, de mimarlas como orfebres del pentagrama. Como hizo Almazán, no sin éxito musical (otra cosa es el comercial, que los tiempos siguen muy bordes para exquisiteces independientes).

En este cuarto, no es que el oscense haya hecho un amago de retorno al indie de su debut, ‘Defensa del artista que no existe’ (2008), pero sí es cierto que ha esquinado el pop prístino de sus dos álbumes anteriores, para circular por carreteras secundarias y menos confortables, lo que no significa intransitables sino más arriesgadas. Un paso que nace de la ansiedad de todo artista inquieto por no repetirse y de las incertidumbres propias de Almazán, de su dura competición consigo mismo por hacer las cosas lo mejor posible, como venía a confesarle a Antón Castro en una larga entrevista para el suplemento ‘Artes y Letras’ de Heraldo.

‘El miedo’, que abre y cierra el álbum, con la voz en off (escondida, como dice Almazán, porque realmente no le gusta su voz) y cierto eco bunburiano, traza un circuito sonoro cerrado y por el que, a medida que va dando vueltas, va dejando atrás parajes pinkfloydianos de los 70, de ‘Meddle’ y hasta de ‘Atom Heart Mother’, aunque quizá ni él mismo hay reparado en ello, pero también de Neu!, Los Planetas o Talking Heads como nuevos fantasmas invitados a su casa.

Estaba en la idea de hacer un disco doble, soltando la mano hacia la radicalidad, pero al final se contuvo y ha dado algo más asequible, un disco más oscuro pero completamente sugestivo. No sé el tiempo que durará o si los hados y el público le serán esquivos, pero no hay duda de que Copiloto es uno de los grupos más brillantes e inquietos que circulan hoy por las vías aragonesas. Aun con los puentes hundidos.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Aragón | Deja un comentario

Bill Fay, la religiosidad del pop

Tras el final tan escatológico, por no decir bestialmente guarro, de la entrada anterior, algo ahora completamente en las antípodas para desengrasar y tirar por la alcantarilla semejante excrecencia y perversión sexual, o sea, una música absolutamente sensible y mística, litúrgica, que eriza la piel con tanta delicadeza y buen gusto como desprende, un puñetazo de seda. El segundo que da este insólito artista en la sesentena. Es Bill Fay (¡rodilla en tierra!) del que ya me ocupé en 2013, cuando editó su primer disco de retorno.

Conviene recordarlo porque historias como esta no son habituales, por no decir únicas. Bill Fay, pianista y cantautor británico, grabó un single en 1967, ‘Some Good Advise’, que tuvo el mismo impacto que el ruido de una chinita en el océano. Nada. A continuación, en el 70, grabó su primer álbum, ‘Bill Fay’, y en el 71, el segundo, ‘Time Of The Last Persecution’. Pese a la buena hechura de ambos discos, mezclando pop orquestal y psicodelia con canción de autor a lo Dylan y Cohen, fueron un absoluto fracaso comercial, por lo que Decca decidió rescindirle el contrato y él, absolutamente decepcionado, se retiró de la música… hasta 40 años después.

Al padre de Joshua Henry, productor, le fascinaban aquellos dos discos, los oía casi de forma obsesiva hasta el punto que contagió a su hijo adolescente. Y gran osadía. Al convertirse en productor, Joshua se propuso devolver a Fay a los discos, lo que no fue fácil porque, aunque Fay seguía practicando los ratos que le dejaban libre sus diversos trabajos, desde jardinero a reponedor, estaba completamente retirado de la música.

Finalmente, con el empuje también de Jeff Tweedy, otro fan suyo, accedió aunque imponiendo a cambio que los beneficios, si los hubiere, fueran a Medicus Mundi. Así se firmó, y así, cuatro décadas después, Bill Fay grabó su tercer álbum, ‘Life Is People’, un álbum con 12 canciones bañadas en misticismo, religiosidad y psicodelia, tocadas con cuerdas, pianos, coros gospel… y cantadas por Fay con una voz melancólica y un timbre que andaba entre Neil Diamond y Nick Drake.

Una hermosura de pop de cámara que ahora tiene continuación con otro puñetazo de seda, con ‘Who Is The Sender?’, igualmente delicado y místico, con emocionales piezas: ‘War Machine’, ‘Order Of The Day’, ‘Bring On Lord’, ‘World Of Life’… Canciones, no precisamente, para llevarse a una fiesta sino para disfrutar en la más completa soledad y recogimiento. El título sugiere y alienta a ello. Está lleno de espiritualidad, como corresponde a un hombre muy religioso. Vaya, un disco para llevarse a unos ejercicios espirituales, si esto existe todavía. El título obedece a una pregunta que el británico se hace continuamente: ¿quién le envía la inspiración para tocar el piano y cantar lo que canta? Sea quien sea, cuando lo sepa, si quiere, que lo desvele, pero, mientras pueda, que no deje de alumbrar discos como estos, infalibles bálsamos para buscar la paz interior.
Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube

Publicado en Internacional | 1 comentario

La portada discográfica más guarra del mundo es aragonesa

En una entrada anterior, a propósito de las reediciones de Led Zeppelin, se habló de la carpeta de ‘Physical Graffitti’. Una carpeta histórica e inolvidable: sus ventanas troqueladas las guardamos todos (los veteranos) en la memoria como una de los diseños más innovadores del grafismo rockero. ¡Cómo impactaba coger aquel disco por vez primera, palpar la cubierta, sacar los elepés y meterlos de nuevo para encajar los textos con las ventanitas! Una chulada, aunque peligrosa, había que tratarla con cuidado para evitar que los troquelados acabasen destrozados.

No fue, claro, la única carpeta impactante. Estos días se vuelve a hablar de otra icónica: la del ‘Sticky Fingers’, de los Rolling, disco que ya tenía que haber salido al mercado de nuevo pero que se ha aplazado por problemas técnicos con la popular cremallera de Warhol. No extraña: ingenioso diseño, pero muy difícil de plasmar. Y maldita la gracia: si con el vinilo de Led Zeppelin había que tener cuidado, este había que dejarlo solo, sin roce alguno con los demás para que no saliera destrozado. La punta metálica de la cremallera e incluso los goznes dejaban unos surcos en la contraportada del disco vecino que lo machacaba. Viejas historias del vinilo. En fin, a ver cómo cosen ahora ese artilugio en el formato cedé.

Fructífero matrimonio entre rock y diseño, entre música y arte. Al albur de las dos mencionadas carpetas, vienen a la mente tantas gloriosas ilustraciones que dan ganas de montar la exposición casera y solazarse. Disfruto mirándolas e incluso me hice, hace años, un expositor donde voy quitando y poniendo carpetas distintas para admirarlas como se mira un cuadro. Si tuviera más espacio las colocaría ocupando toda una pared, como en las tiendas. Debe venir de ellas, de las tiendas, esta devoción mía por ver una pared entera empapelada de cubiertas discográficas.

Y es que han sido tantos los artistas que han puesto su ingenio y su arte en ellas, su talento para transmitir su contenido musical en unas imágenes… Roger Dean fue un auténtico genio: hizo unos dibujos para Yes –ay, ‘Relayer’ o ‘Tales From Topographic Oceans’- tan fantásticos como los mundos de ficción que ideó. El grupo Hipgnosis, con Storm Thogerson y Aubrey Powell, magnificó los discos de Pink Floyd, Peter Blake modeló la portada más famosa del rock, la del ‘Sgt. Pepper’ beatleniano, y el belga Guy Peellaert, aparte de carteles para cine y libros sobre estrellas del rock (espectacular ‘Rock Dreams’), hizo verdaderas maravillas, por ejemplo, para Les Variations, Bowie o los Rolling (‘It’s Only Rock’n’roll…’). Hasta Mapplethorpe entró en faena, fotografiando a Patti Smith y Television para sus respectivos álbumes de debut, ‘Horses’ y ‘Marquee Moon’, en tanto que el sello Factory fue la casa de Peter Saville y 4AD la de Vaughan Olivier.

Todo un mundo de sugerencias el de las cubiertas que, en no pocas ocasiones, han sido el espejo del alma musical de los discos y, cómo no, reclamo inapelable de compra a ciegas. ¿Quién no se ha comprado un disco, y más de uno, solo por la portada? Manrique comentaba hace poco haberlo hecho en más de una ocasión: discos atractivos con contenidos penosos, decía. Me suena la música.

Sobre este mundo maravilloso de las fundas se han publicado no pocos libros. Roger Dean recogió sus trabajos en una editorial propia, Magnetic Storm, y fue también artífice de las dos compilaciones de álbumes de la historia gráfica del rock que publicó A&W Visual Library de Nueva York en 1982. ‘The Face Of Rock’n’Roll. Image Of A Generation’ (1978) es también un apreciable catálogo de joyas gráficas, aunque, obviamente, incompleto. En España, el libro de Jesús Ordovás, ‘Los discos esenciales del pop español’, es lo más próximo a un catálogo en toda regla de las ediciones nacionales… Está por hacer.

Las ha habido, las carpetas, obviamente de todo tipo, desde verdaderos depósitos de belleza a artefactos ingeniosos, como los nombrados al principio de la entrada, por no olvidar el solemne envoltorio en que Santana enfundó su cuádruple en directo, ‘Lotus’. También las ha habido sexies, prohibidas en España, psicodélicas, bucólicas, vaqueras, provocadoras… y, sí, hasta escatológicamente guarras. Curiosamente, en este último apartado, el cetro mundial lo tiene un grupo punk zaragozano, Kanzer D’Eskroto, con ‘Mundo Inmundo’ (1998) y la coprofagia como tema, desviación sexual que, aunque no lo parezca tiene sus adeptos y adeptas, basta echar una mirada en Internet. En fin, casi da pudor reproducirla, pero ahí va. ¿Alguien conoce otra aún más excrementicia?

Kanzer

Publicado en General | 7 comentarios

Jacco Gardner, el pop psicodélico resiste a seis décadas

De nuevo, aparece Jacco Gardner por este blog. Acaba de editar su segundo álbum, ‘Hypnophobia’, marcado, como el primero, por el pop psicodélico, un género que sobrevive a seis décadas de rock. El holandés estuvo hace casi un año en Zaragoza, pero me parece que no se le prestó la atención debida, eclipsado por The Horrors.

Aunque menos visible que otros géneros más populares -caso, por ejemplo, del reggae, el rock, el folk o el heavy-, la psicodelia, desde que empezó a emitir sus primeros destellos en la California hippy de los sesenta y luego en el Londres del UFO, ha estado, con mayor o menor intensidad, presente en todas y cada una de las décadas musicales pasadas hasta hoy. No es cuestión de hacer un largo recorrido, pero desde los Dead y The Doors a Beach Boys, Beatles, Pink Floyd, Tomorrow…, la nómina desde entonces es bien nutrida. Me ocuparé más extensamente en otro momento del fenómeno, sobre todo de sus discos clave, si la cla lo pide.

En estos tiempos, en los que las ideas nuevas en el rock y el pop se retraen, se encogen como una lombriz ante el mínimo roce, porque se vive más del reciclaje que de la innovación, no faltan los fogonazos psicodélicos en los discos, cuando no grupos que se vuelcan por completo en ella, díganse The Brian Jonestown Massacre, Black Angels, Besnard Lakes, Naam, Bardo Pond, Wooden Shjips, Toy, Tame Impala… o Jacco Gardner, un holandés que debutó en 2013 con un gran disco, ‘Cabinet Of Curiosities’, que, por cierto, tanto en la página de discos del Heraldo como en este blog, fue recibido con fuertes aplausos.

Su pop barroco y lisérgico, manufacturado con instrumentos de época, tales que el sintetizador, el harpsicordio, el mellotron, el optiman y el órgano, amén de guitarras y bajo, instrumentos todos ellos manejados en exclusiva por el propio Gardner en su cocina analógica de magnetofones, amplis de válvulas, reverberadores… y la ayuda del batería Josh van Tol, fue uno de los mejores descubrimientos de aquel año 2013, reconocido por revistas y webs especializadas, aunque aquí en Zaragoza, hace casi un año, apenas si se le prestó atención, tal vez eclipsado por sus mentores The Horrors, que lo trajeron como telonero al Teatro de las Esquinas, dentro del festival Zaragoza Felizfeliz.

Gardner acaba de publicar su segundo álbum, ‘Hypnophobia’, que se distancia un poco del primero, con piezas más cinematográficas, pero sigue siendo un buen fruto sonoro para estos tiempos de pocas certezas musicales y mucho plástico, manteniendo a la vez vivo el eco de los Garcia, Barret, Wilson…, que no es poco. Échale una oída si puedes por algún sitio y me dices. Si no, dejo el enlace en Spotify del primer álbum.

Publicado en Internacional | 1 comentario

Quiniela eurovisiva y electoral

Sí, ya sé que no está bien visto por estos pagos y por los de fuera, que es una parada de monstruos, una explosión kitsch, un baño de horterismo y hasta un programa de humor, lo que se quiera, pero Eurovisión es para mí no solo una debilidad atávica sino un evento que sigo puntualmente año a año por lo que ha representado en el pasado, por husmear en las canciones y los artistas y, sobre todo, en los últimos tiempos, porque es un soberbio e inigualable festín tecnológico. Un entretenimiento televisivo, sin más, que ven millones de espectadores que a los pocos minutos de acabado, salvo ese grueso núcleo de eurofans, olvidamos de inmediato hasta la próxima edición.

Este año, sacando el lado ‘patriota, cuenta con un aliciente singular: la candidata Edurne rompe con el tópico moreno español, con el flamenquismo, la barca y la guasa chiquilicuatrera. Una imagen cosmopolita y europea la de Edurne. Y va con una buena canción festivalera. Quizá demasiado anclada a la vía épica de la ganadora del año pasado, Conchita, y a la balada tradicional, y más en una edición que viene hinchada con canciones de este formato, pero ese ieee, ieee… se clava enseguida, traspasa idiomas, algo muy importante en la torre de Babel europea.

No creo, no obstante, que gane, lo que por otra parte me da igual, porque, en tiempos franquistas, cuando España mandaba sus naves a Europa a curar sus complejos de inferioridad, en efecto, era una batalla para sufrir, para morderse las uñas, si no para vivirla a cara de perro, pero ahora, afortunadamente, se toma, yo al menos, de forma distinta, menos competitiva y más como espectáculo global y pasatiempo tecnológico- musical.

En cualquier caso, dicen que Suecia, Rusia e Italia son los máximos favoritos, mas es imposible predecir el ganador, máxime en un festival como este donde, al final, la música casi es lo de menos, imperando los bloques, la buena vecindad y la geopolítica, aunque, con la introducción de los jurados a mitad con los votos del público, dicen los expertos que ese viejo y descarado tic ha disminuido. Confiemos.

Lo cierto es que el festival viene cargadísimo de baladas, destacando a mi gusto las de Irlanda, Hungría, Francia y Noruega. Grecia también aporta otra baladista a lo Edurne que quién sabe. Rusia, pese a lo que llega desde Viena, no la supera, e Italia acude a la vieja fórmula de la balada italiana sesentera. Y como Suecia me suena un poco a disco-pop coñazo, me quedo con Reino Unido, que no entra en la quiniela de ganadoras, aunque curiosamente ese ejercicio retro de electro-swing que se han marcado sus representantes de Electro Velvet, es de lo más original del certamen.

Fin de semana pues, curiosamente, competitivo. Al día siguiente de Eurovisión, elecciones. Todo puede ser tan imprevisible como previsible, tanto en una cita como en la otra. Previsible si en las elecciones se configura (según las encuestas) ese anunciado mapa cuatripartito y en Eurovisión se vota por amiguismos y gana un país del Este, como ha venido ocurriendo a menudo últimamente, o los que se dan como favoritos. Aunque lo imprevisible es que de nuevo barra el PP o, colándose un pavo, una barba femenina o cualquier otra extravagancia, un país inesperado se lleve todos los points eurovisivos.

Bueno, de cualquier manera, acabada, como quien dice, la liga de fútbol y el Barsa campeón (¡agg!), un fin de semana de pugna política y musical para estar pendiente de la tabla de resultados. Mi apuesta: pierde el PP, Podemos se desinfla más de lo pronosticado y emerge con fuerza Ciudadanos. Y Eurovisión, si ayuda la coreografía y la puesta en escena, para Reino Unido, o para Australia con su R&B actual y por la novedad. Obviamente, como siempre, en temas eurovisivos, fallaré, haré el ridículo… Pero si no, a comprar bonoloto.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en General | 16 comentarios

El blues ‘impuro’ de un B. B. King generoso y amante del juego. La entrevista de la Hípica en 1981

Desde finales de los años cuarenta en que grabara su primer disco para la discográfica Bullet (el single “Miss Martha King”), B. B. King, fallecido el pasado jueves a los 89 años, rubricó discos memorables con los que conquistó el corazón de miles y miles de seguidores esparcidos por todo el mundo, aunque también entregó abundante  material ‘impuro’, siguiendo su categorización, aunque más de uno dirá que infumable.

Su discografía, irregular y nada cuidada, salta por encima de los 150 singles y más del medio centenar de álbumes oficiales y una tonelada de grabaciones de las más diversas procedencias. Entremos en esa jungla para seleccionar los que, a mi gusto y opinión, son los mejores, los discos a los que personalmente le tengo más aprecio y más he escuchado, los que me convirtieron a la iglesia del blues desde finales de los sesenta. Una elección muy subjetiva pues, pero seguro que son discos con los que honrar su memoria.

No es casualidad -por el entusiasmo y la entrega que ponía en sus apariciones en directo- que algunos de esos discos más jugosos sean precisamente los recogidos en directo, y especialmente la colección de álbumes grabados en los últimos sesenta y comienzos de los setenta, entre el 65 y el 72, exactamente, su etapa discográfica mas frúctifera, completa y regular. Cito: “Live At The Reagal” (1965), “Blues Is King” (1967), “Live And Well” (1969), “Completly Well” (1969), “Live In The Cook County Jail” (1970), “In London” (1970) y “L. A. Midnight” (1972). En todos ellos, B. B. King destilaba la emoción del blues con una pureza y una rabia colosal al tiempo que aprovechaba para dar salida a sus grandes temas clásicos: “The Thrill Is Gone”, “Sweet Sixteen”, “Every Day I Have The Blues”, “Caldonia”, “Sweet Little Angel”, “Don’t Answer The Door”, “Why I Sing The Blues”, “Payin The Cost To Be The Boss”… Verdaderas joyas del género nacido en los algodonales norteamericanos del siglo XIX.

Junto a este puñado de gemas, además de los discos editados en los primeros tiempos, caso de “Singin’ The Blues” (1956), “The Blues” (1957), “I Love You So” (1957), “My Kind Of Blues” (1959), “Blues For Me” (1959)…, también muy firmes y carnosos y de muy difícil localización hasta la era del cedé, la mina se amplia con otras maravillas en estudio: “Lucille” (1968) -solo los intensos 10 minutos de la pieza que da título al disco ya valen por todo el álbum-, “Lucille Talks Back” (1975), “King Size” (1977), “Payin’ The Cost To Be The Boss” (78), “Blues & Jazz” (1983)… o aquel “Blues Summit” (1993), una colección de duetos de B. B. King con artistas de la talla de Buddy Guy, John Lee Hooker, Albert Collins o Lowell Fulson, entre otros, y, sin duda, una verdadera joya bluesera, que volvió a congraciar al Rey con sus viejos seguidores, desencantados con la gran cantidad de discos mediocres que empezó a servir “Friends” (1974), con el que le entró la fiebre discotequera y que llegó a hacerle escribir al prestigioso historiador Gerard Herzhaft párrafos como éste en su libro “Blues”: “En conjunto, su producción reciente -refiriéndose a la de los finales de los 70 y toda la de los ochenta- es mediocre. Y el uso inmoderado de arreglos dudosos así como la presencia de secciones rítmicas cada vez menos ágiles, unido a orquestaciones increíblemente envejecidas, e incluso la misma falta de entusiasmo de B. B. King, originan discos forzados, como obligados por el negocio”.

Menos mal que después de aquella deficiente tanda de los 70-80, llegaron, como digo, “Blues Summit” y luego, en el 2000, “Riding With The King”, junto a Eric Clapton, con lo que, tras aquellos saltos atlánticos de los primeros sesenta de los músicos negros para tocar, o por mejor decir, acompañarse de pipiolos músicos británicos, se llegaba a la última y excelsa cumbre de unión de músicos blancos y negros, de maestros y discípulos.

Otros discos repudiables, por impuros y por estar manchados de arreglos orquestales, engolamiento e innecesaria sofisticación, son los grabados junto al grupo Crusaders -“Take It Home” (1979) y “Royal Jam” (1982)- así como el editado en el 89 con el nombre de “King Of The Blues” por no olvidar aquel “Six Silver Strings” (1985), con el que B. B. celebraba la grabación de su LP numero 50 y no se le ocurrió otra cosa que meterle ¡batería electrónica!, o aquel otro, “Love Me Tender”, del año 82 que el propio B. B. King firmaba en la contraportada comentando que era el “álbum más grande de sus 35 años de carrera”, cuando se trataba de un disco blandengue, untado en violines azucarados y hecho a base de piezas obtenidas de los repertorios de Elvis, Willie Nelson, Conway Twitty…

“Nunca pensé que fuera un purista del blues, yo solo toco mi estilo”, me respondió en 1981, en su primera visita a Zaragoza, en la Hípica (después vendría dos veces más: en 1997 a la sala Multiusos, y en 2004 a la Plaza de Toros, ambas con Raimundo Amador) cuando le recordé el amasijo de críticas negativas que se había cernido hasta aquel momento sobre sus últimos discos. El rey no me mordió. Bien al contrario. Me soltó la frase anterior de forma escueta entre sonrisas y campechanía y ni la más mota de ira o cabreo, algo que a cualquier superestrella le hubiera hecho bramar. Un hombre bueno. Su madre, moribunda, le dijo: “Si te portas bien con el prójimo, tu bondad te acarreará siempre beneficios en tu vida”. Nunca olvidó esta advertencia y de ella le venía aquella bonhomía… y su generosidad con sus músicos y sus amigos y colaboradores, otro de los rasgos distintivos de su carácter.

El rey del blues vivía, cuando no estaba metido en un avión o en un autobús haciendo bolos como un cosaco (hasta 300 en un año), en una espaciosa casa de Las Vegas, con jardín y piscina que antes perteneció a un director de casino. No era, sin embargo, una casa amurallada en la que el artista viviera atrincherado. Al contrario, por ella circulaban sus amigos e invitados con completa libertad, teniendo acceso incluso al dormitorio, donde la estrella tenía instalado su verdadero cubículo vital. Dividido en varias estancias, en él escondía más de 25.000 discos que disfrutaba traspasando a cintas de casete y luego a cedé… Obviamente, los tiempos de aparcero en las plantaciones del Delta estaban olvidados.

Financieramente, B. B. King trataba y pagaba a sus músicos con largueza, por lo que la lista de ofrecimientos para tocar junto a él era siempre kilométrica. Y es que ser un buen patrón era para B. B. casi una cuestión de honor, algo que seguramente tenía correlación con el buen trato que a él mismo, según confesó, le dispensaron sus patronos en su infancia y juventud.

¿Fue por esta generosidad con sus músicos y con la gente que le rodeaba por la que un artista, que ganaba cientos de millones al año con su abultado número de actuaciones, no se hizo millonario? Algo de ello hubo, según biógrafos y el mismo B.B. King, pero no faltaron las sospechas de que el motivo por el que el astro del blues no cotizara en Wall Street, aparte de abastecer a la enorme prole que dejó (quince hijos y unos 50 nietos), estaba en otro lugar: en su afición al juego.

Dicen que no hubo casino que se le resistiera y timba a la que no se apuntase a las primeras de cambio. B. B. King era un jugador empedernido pero no por enfermedad o avaricia dineraria sino, como él justificaba, por sus fracasos matrimoniales y como recurso para matar las horas de ocio que obligatoriamente tenía que pasar en las muchas ciudades del mundo que cada año visitaba.

También era amante de las películas del Oeste, de las de James Bond y de las de aviones y le gustaban los libros del tipo “como aprender a…”, porque así fue como, según confesó, aprendió a tocar la guitarra. Un tipo campechano, bueno, sonriente y muy natural, como tuve oportunidad de comprobar muy de cerca aquella noche de otoñal de 1981.

Al final de la entrevista, me dio un gran apretón de manos y me regaló una púa y una tarjeta de visita en la que aparecía como un rey de la baraja abrazando su guitarra. Fantástica simbolización. Fue, sin duda, el gran rey del blues, el último que quedaba, aunque aún viva Buddy Guy, después de la muerte de John Lee Hooker. Si tienes hueco y pocos prejuicios y no estás muy al tanto de su discografía, échale una ojeada a algunos de los álbumes seleccionados. Igual te quedas colgado, como me ocurrió a mi la primera vez que escuché “Sweet Little Angel” dentro del inolvidable “Live & Well”.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Internacional | 2 comentarios

Mumford & Sons entierran el banjo (¡albricias!)

Confieso que este grupo de pseudo folk moderno, con aire intelectualoide y sus citas, por no decir rapiñas, a Shakespeare o Steinbeck, me daba un poco de tirria, valga la expresión. Recuerdo un concierto suyo, hace unos años, en TVE en que toda la dinámica se reducía al típico parón-acelerón del grunge y el hardcore, pero desde las bobinas del folk. Arranque suavecito y, de repente, explosión enérgica de banjos y guitarras y todo el personal a botar. No era algo totalmente insulso y previsible, sino casi un insulto al maravilloso folk-rock inglés de los Pentangle, Steeleye Span, Fairport Convention y demás.

Ahora, han publicado su tercer álbum, ‘Wilder Mind’, y quién diría que este combo británico, que conquistó la cima pop con su panoplia de instrumentos acústicos y eléctricos y el banjo como bandera, convirtiéndose en nuevos paladines del folk-rock contemporáneo, han pegado cerrojazo al sonido anterior, vamos que han enterrado el banjo, y se han decantado por un pop de corte indie y más reflexivo, aunque sin perder energía, con bonitas y tensas canciones como ‘Believe’, ‘Just Smoke’, ‘Ditmas’, la eclesial y luego trepidante ‘Only Love’, la serena ‘Hot Gates’, la apertura con ‘Tompkins Square Park’ o la misma que le da título genérico al disco.

Tal vez, como se dice por ahí, han hecho un ‘Coldplay’ y hasta unos ‘National’ (de hecho han contado con Aaron Dessner, guitarrista y productor de estos), pero los prefiero así que dando brincos a ritmo de banjo sin saber dónde ir; bueno, arrancando y llegando siempre al mismo y aburrido destino. Valioso giro que en su Inglaterra natal está recibiendo los parabienes de las listas de ventas, como antes ocurrió con ‘Babel’. Allí, en principio, la fe en los grupos es profunda, cambien o no.

Imagen de previsualización de YouTube
Publicado en Internacional | 7 comentarios