Aphrodite’s Child, la gloriosa prehistoria de Demis Roussos

Ha muerto Demis Roussos y, por supuesto, uno lamenta su adiós definitivo, pero obviamente no sería objeto de atención en este blog si no fuera por el pasado que tuvo en sus comienzos, en los sesenta, bien alejado de la comercialidad que desplegó después en solitario, especialmente durante la década de los setenta, en que se convirtió en gran figura del pop europeo con su estampa oronda, su larga pelambrera, sus túnicas imposibles, sus chalecos, sus altas botas y canciones como ‘We Shall Dance’, ‘Velvet Morning’ (la del ‘Triki Triki Triki’), ‘Forever And Ever’, ‘Goodbye My Love Goodbye’…, que sonaron abundantemente en discotecas, emisoras de radio y televisión. Material pop con toques griegos y mediterráneos, puro entretenimiento comercial.

Antes, sin embargo, fue completamente distinto, formando parte de Aphrodite’s Child, grupo oriundo de Grecia, aunque él había nacido en Egipto, en Alejandría concretamente, un grupo que se convirtió a finales de los sesenta en una de aquellas gloriosas y escasas anomalías musicales que saltó fronteras europeas sin carnet británico, como fue el caso de Los Bravos, Shocking Blue, el mismo Miguel Ríos o posteriormente los afamados Abba.

Hay que señalar con rapidez para quienes no vivieron la época que Aphrodite’s Child, en el militaban además de Demis Roussos, el batería Lucas Sideras y el luego famosísimo Vangelis, fueron alimento permanente y deseado de los famosos guateques de los sesenta en el tramo final de la década. Bombillas rojas y a buscar acercamiento y dermis femenina que las canciones de Roussos y su dulce, personalísimo y robusto falseto, junto a su colega Vangelis, cerebro compositor y genio avanzado de los teclados, mellotron incluido, invitaban radicalmente a ello, con el romanticismo y la sensualidad que derramaban. ‘Rain & Tears’, ‘End Of The World’, ‘It’s Five O’Clock’, ‘Spring, Summer, Winter & Fall’ y ‘Marie Jolie’ formaron el repóker ganador con el que calentaron aquellos guateques. Repóker al que habría que añadir ‘I Want To Live’. En los guateques y en las en las famosas sinfonolas, con este manojo de maravillosas canciones, cultivaron la fama que alcanzaron en la España del 68-71.

Lo que se desconocía entonces, porque solo llegaban los singles, era que aquellas amorosas canciones resultaban meras excepciones, brotes raros de una discografía atrevida e iconoclasta que apostaba básicamente por la psicodelia y la experimentación, por el rock progresivo que se diría después. Aún hoy, el primer álbum del grupo, ‘End Of The World’ (1968), que incluía la canción del título y la deliciosa ‘Rain & Tears’, cuesta digerirlo y no digamos entenderlo si en la mente queda, o quedó, solo el eco de aquella media docena de canciones.

Lo mismo ocurre con el siguientes álbum que el grupo griego grabó en 1969, ‘It’s Five O’Clock’, donde al lado de la excitante canción que lo titulaba y de la magistral y romántica ‘Marie Jolie’, aparecían ejemplos de serrería psyco-experimental como ‘Funky Mary’ o una perla de pop barroco psicodélico que también saltó a la fama, ‘Let Me Love Let Me Live’, aunque bien lejos de la seda del repóker. Otro álbum más incómodo de lo que podían sugerir aquellas canciones de amoroso terciopelo.

No digamos el último álbum que los griegos publicaron en 1971: ‘666’, una rara tableta doble y experimental, un disco conceptual basado en el Apocalipsis de San Juan, por el que circulaba un torrente de sonidos letánicos, extravagancias y exceso, como marcaba el reglamento del rock progresivo, desde canciones de rock a rezos, carreras de bajo y guitarra, soplidos caóticos de saxos, esquizofrénicos gritos moribundos si no sexuales de la actriz Irene Papas, delirantes epopeyas de 19 minutos (‘All Seats Were Occuppied’) o pasajes cósmicos con guitarras, sintetizadores y voces interestelares, vamos, lo que hicieron Tangerine Dream y luego Mike Oldfield. Un disco de difícil digestión, disperso, raro, sin embargo, hoy considerado como angular en el rock progresivo, que lo mismo se iba por ramas pinkfloydianas que pisaba terreno de King Crimson o Soft Machine y para el que el trío tuvo que ampliar plantilla, alquilando incluso al compositor Costas Ferris para que le echara una mano a Vangelis, un disco que deja atrás mucha experimentación, incluso actual. Aun con todo, y aparte del seductor nervio de ‘The Four Horsemen’, incluyó un hit europeo con aires blueseros: ‘Break’.

Hay que añadir que el trío no hubiera logrado plasmar esta música ni alcanzar el éxito que alcanzó si no hubiera trasladado su base de operaciones a París, donde se empapó de los efluvios psicodélicos y progresivos del momento a la vez que permitió que Vangelis se abasteciera con la tecnología puntera del momento. Igualmente allí, en la ciudad francesa, encontró la plataforma adecuada para llevar todas sus grandes canciones al continente europeo: el sello Vertigo, filial de Phonogram.

En fin, también es casualidad que Grecia salte a los medios en un par de días por sus elecciones (por la fatalidad de Syriza, dicen algunos), por el accidente de un avión militar y por la muerte de uno de sus músicos más notables y populares junto a Nana Mouskouri, Mikis Theodorakis o el citado Vangelis. Conjunciones astrales, que diría la ministra aquella.

El repóker y su propina:
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Sombrías expectativas discográficas para el 2015

Hecho el recuento de los discos más destacados del 2014, hay que mirar al futuro, a lo que puede llegar en este incipiente 2015, que, por ahora, confiemos que no sea tan frío como climatológicamente está empezando el año. Por lo leído y rastreado en Internet, no hay, a primera vista, un panorama muy goloso de nuevas ediciones.

Bien es verdad que aún es pronto para avanzar novedades y también que, capitidisminuidas las multinacionales, que antaño anteponían con bastante antelación trompeterío y gran fanfarria a sus lanzamientos, resulta difícil conocer con exactitud los trabajos que llenarán el escaparate discográfico de 2015. No obstante, ya hay algunos avisos.

El más sorprendente o llamativo, el de Bob Dylan cantando a Sinatra. Tras el insólito álbum de villancicos que dejó el de Minnesotta en 2009 será uno de sus discos más atípicos. Al tiempo, el más extraño o chocante. Sinatra no hizo excelentes migas con aquellos advenedizos que le pisaron el trono de la fama juvenil en los 50-60, o sea, Elvis, Dylan o los Beatles. Los aceptó pero miró de reojo: “el rock es nauseabundo”, dijo. Ahora, Dylan se encara a algunos de sus temas. Veremos cómo sale del trance, pero, por lo avanzado hasta ahora, no parece un destino cómodo.

Seguramente sí lo será la continuación que U2 le dará a ‘Songs Of The Innocence': antes de que salgan de gira tendrán en la calle un nuevo disco: ‘Songs Of The Experience’, que se antoja como un trabajo con raíces en los artistas que influyeron su madurez. Belle & Sebastian acaban de alumbrar álbum nuevo, como Decemberist o Pond, en el terreno indie. Y The Strokes y Libertines tomarán de nuevo la palabra en 2015, al igual que Noel Gallagher y Björk. Archive acaba de hacerlo.

En el jazz, por su popularidad mediática, hay que volver de nuevo la vista a Diana Krall, que, tras su enfermedad, sacará el aplazado ‘Wallflower’, en tanto que en el rock duro se rumorea nueva entrega de Metallica (ya toca) y en el dance Madonna y Rihanna vuelven a la carga. Springsteen anda por ahí rondando: hace meses su mujer, Patti Scialfa, adelantó que estaba grabando con una especie de mariachi mexicano, así que a ver por dónde sale, porque lo que sí está claro es que el Boss está con muchas ganas y con unas fuerzas increíbles para su edad. ¿Mala conciencia de haber espaciado tanto sus discos en décadas pasadas? No se le perdona, no obstante, que no haya dejado testimonio en DVD de una de las mejores giras de su vida, la llevada a cabo entre 2012 y 2014… Sí, ya sé que a algunos lectores de este blog se le ponen las uñas rojas con tan solo oír el nombre de Springsteen. Lo tienen bien fácil: cambien de sintonía.

En territorio hispano, hay anunciados discos de Dover, Supersubmarina y, salvo cataclismo nuclear, de Amaral. No espero grandes cosas del pop-rock español. Cada día, incluido el territorio indie donde abundan las medianías, por no decir discos insoportables, aunque bien jaleados por las revistas del género, que con algo han de alimentar su mal interpretada modernidad, cada día, digo, cae en picado. Salvo, honrosas excepciones, claro, es difícil encontrase con un disco medianamente potable. Vaya, que si ‘Resituación’, de Nacho Vegas, fue lo mejor de 2014 para alguna de esas revistas ‘modennas’, confirma lo mal que está el patio rockero patrio.

Mas en lo que no va a haber muchas dudas será en el aluvión de recopilatorios y reediciones que van a inundar el mercado. La industria sigue aferrada -qué remedio- a la explotación de los fondos de catálogo, por lo que en nada se verán dobles cedés con el título genérico ‘De cerca’ retratando a veteranos cantantes hispanos o unos interesantes sets de tres discos de una variada selección de artistas internacionales bajo el título de ‘Triple Album Collection’, amén de las seguras cajas recopilatorias. A ver si de verdad el escaparate se llena de vistosas novedades. Por ahora, la cosa no pinta demasiado bien, no resulta muy estimulante. Sombrías expectativas que a buen seguro, como las borrascas, se irán despejando conforme avance el año.

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¿Pero qué demonios tiene AC/DC?

Visto y no visto. En un pis pas, AC/DC despacharon aproximadamente 150.000 entradas para sus conciertos en España, allá por mayo-junio de este año. Dos Calderones y un estadio Olímpico ‘vendidos’ en minutos. Récord olímpico que añadir a los Springsteen, Rolling, U2…

¿Pero qué demonios tienen estos australianos para semejante tirón popular, y ya sesentones o casi (Angus pisa el seis el próximo 31 de marzo)? Toda su discografía, que no es corta precisamente, es un compendio, podría decirse, de canciones mellizas, tan parecidas unas a otras que configuran un largometraje una y mil veces visto.

Desde aquel primer álbum en Europa, ‘High Voltage’ (1976), al último, ‘Rock Or Bust’ (2014), este ‘gemelismo’ aflora permanentemente. Que me refresquen la memoria o me corrijan sus más fieles seguidores, pero no recuerdo una sola balada insertada en esos discos u otra pieza que se salga de ese carril que aúna el rock con el blues y el hard-rock, como, por ejemplo, trazaron ejemplarmente Led Zeppelin. No lo podrán hacer: como Ramones, AC/DC es el único grupo que no tiene una sola balada. Y al cabo de 40 años sigue explotando la misma fórmula, esa fórmula singular, maciza, que aúna aceradas melodías de tono cuasi hooliganesco con ritmos cañoneros, con esa voz etilizada, esa guitarra siempre rugiente y en primer plano y esa sobriedad sonora envuelta en una energía voltaica.

No hay más, sonido de acero, pero ahí está la sustancia, el quid: con estas armas tan elementales, los australianos conectan de forma inmediata con su público, ávido de sudor, vatios y diversión. Hablan de público de clase obrera, pero el precio de las entradas (75-80 euros) no es precisamente proletarial. Lo que significa que el rock y el heavy en particular son más transversales y menos clasistas de lo que se cree.

Luego, hay un factor cotidiano también notable: en el rock, como en otras artes y en tantos aspectos de la vida, hacer las cosas bien aunque se repitan cada día y siempre tengan el mismo sabor, como hacen el panadero o el churrero de la esquina, da dividendos; no siempre hay que colocarse al borde del abismo o subirse al alambre para el más difícil todavía. Desde los tiempos en que se trasladaron a la Inglaterra del punk, en la que le mojaron la oreja a los mismos Pistols, Angus Young y compañía siguen aferrados a esa fórmula. Ese es su éxito: la fidelidad a su sonido básico, a sus principios.

La fórmula es, por otro lado, tan segura y fiable, tan pétrea, que salvo la ausencia del colegial Angus no la rompería la espantada de cualquier otro miembro. De hecho, salvaron la muerte de Bon Scott con la entrada de Brian Johnson y estos mismos próximos conciertos es posible que solo toque uno solo de los miembros fundadores, exactamente el mismo Angus Young. Su hermano Malcom, el verdadero artífice del grupo en sus inicios, ha tenido que dejar la música por demencia, amén de problemas pulmonares y cardiacos, el batería Phil Rudd se las tiene que ver en juicio por la acusación de asesinato a través de un sicario, el bajista Cliff Williams es sustituto, aunque lejano, de Mark Evans, y el cantante Brian Johnson, como es sabido y ya se ha mencionado, sustituyó a Scott en 1980.

No importa, mientras el menudo Angus –quien, por cierto, con su 1,60, tiene que utilizar una Gibson de tamaño reducido- no falte en las filas del grupo, la supervivencia de AC/DC está asegurada. En él, en la energía que derrocha, en su estampa escénica de rebelde colegial, estampa que precisamente escogió como repulsa y burla a sus años escolares, en su pasito chuckberriano tocando la guitarra, en la sencillez que él y sus colegas transmiten de colegas barriales y en esos truenos sonoros que sueltan en el escenario y en los discos, aunque prácticamente todos tengan la misma intensidad y sean mellizos, en esa gratificante fórmula de fosilización del rock y en la pirotecnia escénica, estriba fundamentalmente el éxito de los australianos, el porqué de esas 150.000 entradas vendidas en España para los días 29 de mayo (Estadio Olímpico de Barcelona), 31 de mayo y 2 de junio (Vicente Calderón de Madrid). La furia bruta e inoxidable del rock apretando con hipertemia sanguinaria en la autopista al infierno.

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Los discos favoritos de 2014

Agotado el periodo vacacional de Navidad, ayer volví a la página discográfica de los sábados en Heraldo e hice el tradicional balance de cada año, en este caso obviamente del 2014. Un año que, pese a la crisis y a las exiguas ventas, dejó un caudaloso río de discos. ¿Imponentes? ¿De los que son capaces de cambiar el mismo curso de ese río? ¿Históricos como un ‘Sgt. Pepper’, un ‘Electric Ladyland’, un ‘Higway 61 Revisited’, un ‘In The Court Of The Crimson King’, un ‘The Dark Side Of The Moon’, un ‘Never Mind The Bollocks’, un ‘The Joshua Tree’, un ‘Nevermind’…? Lamentablemente, no. El nuevo milenio no está siendo precisamente generoso con el rock mayúsculo, en discos revulsivos. Pero sí fecundo en discos para guardar y volver a sacar de la estantería dentro de unos años con la seguridad de que van a producir de nuevo goces y disfrute.

El río de 2014 lo llenó fundamentalmente la música internacional, la de fuera. Más abajo, se muestra una lista de discos favoritos de quien suscribe y que han pasado por la página de Heraldo a lo largo del año. Obviamente, es una tabla subjetiva, como cada cual puede tener la suya, una tabla depurada y pensada, valorando sobre todo la musicalidad de esos discos, la implantación de buenas melodías y buen gusto en ellos, cuando no su capacidad de experimentación a la búsqueda de salidas para el pop y el rock, los dos géneros de los que se nutre básicamente esta página y, en general, el mundo musical. ‘Melophobia’, de los norteamericanos de Kentucky, Cage The Elephant, figura en la cima de la tabla internacional con su rock alternativo, mezcla de melodía, psicodelia, garajismo y algún brote de esquizofrenia…, Barret con Kaleidoscope, The Standells, Pixies, Strokes o Artic Monkeys.

El afluente nacional, pese a su caudal, derramó aguas turbias, dicho en plata, de discos intrascendentes, que el panorama, sobre todo el indie, es paupérrimo, vamos que no me dijeron nada discos como los de Nacho Vegas, Silvia Pérez Cruz, Los Punsetes, Ornamento y Delito, Tortel…, por citar unos cuantos que otros medios han destacado. Curiosamente, el que más me gustó, que fue el ‘Agent Cooper’, de Russian Red, lo dejaron en la cuneta. Rarito que debe ser uno.

Afortunadamente, la música aragonesa, y no es un sarpullido de chovinismo, dejó gotas más que refrescantes y limpias, con músicas muy variadas -marca de la tierra- que lo mismo se acicalaron en la barbería del flamenco que en la de pop, la psicodelia, el rock, el jazz, el rockabilly o la canción de autor. Muchas señales para recordar el 2014 con agrado.

He aquí la lista de los quince discos favoritos –ojo, que no “los mejores”, categoría absoluta, que, como ya he señalado en más de una ocasión, detesto- que más me motivaron en los doce meses pasados y de los que así dejé constancia en la página sabatina del Heraldo. Hala, a zumbar al muñeco…

INTERNACIONALES
1.-Cage The Elephant. Melophobia
2.-The War On Drugs. Lost In The Dreams
3.-Beck. Morning Phase
4.-The Fauns. Light
5.-Lana Del Rey. Ultraviolence
6.-U2. Songs Of The Innocence
7.-Neil Young. Storytone
8.-Ty Segall. Manipulator
9.-Swans. To Be Kind
10.-Eels. The Cautionary Tales Of Mark Oliver Everett
11.-Toy. Joint The Dots
12.-Russian Red. Agent Cooper
13.-Amy Ray. Goodnight
14.-Sharon Van Etten. Are We There
15.-Marianne Faithfull. Give My Love To London

ARAGÓN
1.-María José Hernández. Las uvas dulces
2.-Joaquín Carbonell. 1 vida & 19 canciones
3.-Bunbury. Madrid, Área 51
4.-Peabodys. Physicodelia
5.-Los Twangs. Are We Cool Enough?
6.-Las Novias. Invicto
7.-Bigott. Pavement Tree
8.-My Expansive Awareness. Uroboros
9.-Orquesta Popular de la Magdalena. Flamenco diásporo
10.-Olga y Los Ministriles. Es a veces amar
11.-Aragonian. ”… y 7 son 12”
12.-La Red. La jugada
13.-Zaragoza Feliz. Idem
14.-Despierta McFly. Utopías
15.-Gox Valdivia. El hombre…

Y os dejo con una de las canciones del año, la que abre el disco de Cage The Elephant, que ya coloqué en la entrada dedicada a este grupo de Kentucky:

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Vibraciones, la revista rock de los 70, el orgullo de Ángel Casas

Ángel Casas. A los viejos rockeros les sonará de un programa antediluviano de los setenta que emitía el segundo canal de TVE con la cabecera de ‘Popgrama’, al que siguió ‘Musical Express’, y al público general le vendrá a la memoria un señor de barba que en los 90 hacía entrevistas en un programa estelar de TVE, ‘Un día es un día’, que cerraba con un striptease. Obviamente, el curriculo de este profesional, que ha dedicado toda su vida al periodismo y a la comunicación, es mucho más que lo nombrado, pero estas son dos huellas laborales muy reconocibles y recordables en él.

Hace unos días, Ángel Casas comentaba, en una entrevista en Heraldo de Aragón, que se jubilaba el 31 de diciembre pasado. Ya lo habrá hecho. No sé a qué dedicará ahora su tiempo totalmente libre ni si seguirá fumando puros Davidoff a los que era tan aficionado, además de a la buena mesa, pero como le meta la turbina al cerebro no va a parar de remover recuerdos y aventuras musicales. Porque tiene donde sacar.

Y es que este periodista catalán, nacido en 1946 en Barcelona, donde se bregó mayormente fue en el mundo del rock (o ‘gock’, como tan peculiarmente y simpáticamente pronunciaba él por problemas de articulación con la r). Por ello, no extraña que en la mentada entrevista diga, pese a los picos de popularidad televisiva que tuvo con aquel programa rompedor, primero y único de los stripteases, que su mayor orgullo fue la fundación de la revista Vibraciones… Y ahí, pese a irritarme algunas veces por la superficialidad con que trataba determinados aspectos en Musical Express, lo que a veces le llevaba a meterse en charcos raros (glorioso el cabreo al que llevó a Chrissie Hynde preguntándole insistentemente por Akron, cuando ella estaba instalada desde años en Inglaterra), pues ahí, decía, me toca la fibra…

vibracionesVibraciones, con el subtítulo debajo de la cabecera de ‘La evolución musical de los años 70’, fue la revista musical por antonomasia de aquella década. Era el bebedero obligatorio al que cualquier buen aficionado al rock, pero también al folk, el reggae y otros géneros, tenía que acudir (acudía) obligatoriamente. Lucía un sano aspecto gráfico, excelentes fotografías de Francesc Fábregas, contagiosas secciones fijas… pero sobre todo contaba con la mejor plantilla periodística posible e imaginable en aquel momento e inimaginable hoy en día, en que por las revistas del género circula tanto vendedor de pócimas, tanto indocumentado y tantos aspirantes a literatos de mercadillo. En el ‘Vibrata’, como se le conocía en el mundo del ‘rock’n’rollo’, escribían Constantino Romero, Oriol Llopis, Claudi Montañá, Lluis Crous, José María Pallardó…, pero sobre todo Jaime Gonzalo, Ignacio Juliá, Antonio de Miguel, Jesús Ordovás, Julio Murillo… y, más aún, Diego A. Manrique.

En tiempos de tan abundante escasez informativa y de dificilísimo acceso a las fuentes musicales, aquella revista, que salía cada mes al precio inicial de 50 pesetas, era la Biblia, y más con aquella plantilla de redactores. Por supuesto, Disco Express había dejado una impronta imborrable y en los kioscos ya estaba Popular 1 cuando llegó Vibraciones, en octubre del 74, pero el ‘Vibrata’ era, como digo, un maná insustituible, información alimenticia de primera necesidad con aquella tropa de periodistas de categoría, la tropa que en realidad asentó el periodismo musical serio, documentado y riguroso en este país, y que aún no ha sido superado ni creo que ocurra en lustros. (Con muchos de los nombre citados, por cierto, haciendo un aparte un tanto narcisista –excusas-, tuve el honor de contar en Disco-Actualidad, mi soñada, atropellada y fallida aventura por implantar en España el espejo del Melody Maker y del New Musical Express).

vibraciones 2Vibraciones contaba conciertos en Londres, en París o Los Ángeles, incluía entrevistas a las estrellas de la época, desde Zappa a King Crimson, Genesis o Jethro Tull e incluso, llegados el punk y la nueva ola, se las tenía con los Clash, los Pistols o Blondie, albergaba una sección de críticas discográficas de categoría…, pero ante todo el fuerte de la revista eran los Vibs, unas doce páginas centrales, con póster añadido, dedicadas a un grupo o tema genérico, desde Bowie a Pink Floyd, The Doors, la Velvet, Clapton, Grateful Dead, la Incredible String Band, Deep Purple, Elvis, los Beatles, el rock californiano o el punk. Aquello era un pozo de sabiduría inagotable, una academia superior de periodismo musical, con un Manrique o un De Miguel increíbles, dos craks sacando información internacional que aquí era imposible de rastrear por cualquier otro conducto. ¡Y cómo escribían los condenados! Manrique, afortunadamente, sigue.

En fin, no quiero extenderme, porque este milagro periodístico sería motivo de tesis en aquella España tan distante del desarrollismo musical angloamericano y europeo y en busca de una modernidad que aún tardaría unos años en llegar. Dijo adiós en 1982, en una última época confusa, en la que insertó artículos del Melody Maker y el New Musical Express, y fue una pena. Guardo los 92 números publicados como oro en paño, como un gran tesoro del periodismo musical español y como exponente de aquella España cimbreante entre el franquismo y la Transición, ansiosa por descubrir territorios nuevos y hasta entonces casi prohibidos, hoy tan familiares y normales.

No extraña que, como me contaba hace tiempo el amigo Gervasio Sánchez, algunos ejemplares figuren expuestos en el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla (MUSAC), de León. Un testimonio ya histórico que, con el Rock & Folk como norte fundacional, alentó Ángel Casas junto a un vecino químico, hace ahora 40 años, y con el que asegura que perdió dinero y supongo que salud, pero ahí quedó eso. Buena y lozana jubilación, Ángel.

Por cierto, aquí me las vi con Casas en 1980 en el inolvidable Musical Express.
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Alvvays, son tan tiernos….

Poco que contar sobre este joven y novísimo grupo de Toronto, por eso, porque se formó en 2011 y debutó el año pasado. Lo típico: chica que canta y toca la guitarra y que conoce a una vecina que toca el teclado y ambas deciden formar un grupo, para lo cual buscan guitarrista, batería y bajo y se meten en harinas musicales. Bien es verdad, que hay un par de cosas que se salen del retrato de atipicidad con se formó el quinteto y en general de cómo se forman la mayoría de los grupos: la chica, Molly Rankin, es hija de padre músico de gran éxito en el folk canadiense y antes de alentar Alvvays lo intentó en solitario con un EP que pasó sin pena ni gloria.

No así su primer álbum, de título homónimo, que aunque, alternativo y minoritario, no ha pasado desapercibido para algunos amantes del pop sencillo y adolescente, hasta el punto de que ha habido listas que lo han incluido en su selección de lo más destacado del año.

Criaturas…, no descubren la pólvora, es cierto. Acuden a fuentes ya conocidas como las del pop ‘ensoñador’ de Beach House, Tennage Fanclub o los mismos Raveonettes, pero construyen bien las canciones para hacerlas agradables, suenan frescas, naïf y como de cuento, con la voz sutil de la cantante, con el buen trato de las melodías y ese fondo de guitarras con su pico de distorsiones. ‘Adult Diversion’, con la que se abre el disco, es su canción más ‘popular’, pero le siguen ‘Archie, Marry Me’ y ‘Next Of Kin’. Canciones sencillas, pegajosas… Y ellos son tan tiernos…

Por aquí se les asociaría con La Buena Vida y hasta con Fresones Rebeldes, que por centímetros no rozan el ‘tontipop’. Pero, en fin, mejor que mirarles el diente, disfrutadlos. Sobre todo poperos y amantes de voces femeninas cristalinas. Machomen, abstenerse.

Ay, si alguien te pide así que te cases con ella…
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Y si te ha gustado, aquí este miniconciertillo en Seattle, donde no todo es grunge y sucio. Atentos a algún desacople vocal, pero sobre todo a la telegénica presentadora y al realizador que se olvida de que en el grupo hay un batería…
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Johnny Winter, arrepentido de sus pecados

Un poco de blues para empezar el año y para destaponar los oídos y la garganta después de los atracones navideños de villancicos y polvorones… Ah, el blues…, tan emocional y cálido, tan bello e influyente, y ya tan olvidado. La madre de todos los géneros, la raíz de la que brotó todo, desde el jazz al boggie, el rock’n’roll, el rock…, ahora tan esquinado e ignorado por los medios y no digamos la progresía indie, por estos tiempos que se pretenden modernos y, sin embargo, supuran tanta basura…, bueno, dejemos los lamentos y las disquisiciones…

Y vayamos al grano. A ese último disco póstumo del tejano Johnny Winter, ‘Step Back’, disco que él no pudo ver en la calle puesto que se editó el pasado trimestre final de año y él fallecía en Zurich el mes de julio, a los 70 años. Un disco de blues. Y no digo, naturalmente, de blues, por aquello de que Winter figura etiquetado en las enciclopedias como bluesero. No. Porque hubo una época que, envalentonado con el rock y su devoción por los Rolling Stones y empujado hasta por la misma CBS que lo tenía en su catálogo, le dio por rockear y aunque alcanzó más prestigio y ganó dinero, prostituyó sus mismas creencias en el género y en sus héroes, aquellos que le lanzaron a tocar la guitarra y a sentir y tocar el blues como los negros aun a pesar de su piel albina.

En 2004 editó un álbum con el título de ‘I’m A Bluesman’, pero dentro ardía el viejo cruce rockero, no se atenía al purismo de su años de formación, hasta que en 2010 hizo acto de contrición y volvió a las raíces, editando el bien expresivo ‘Roots’, lleno de piezas clásicas. “Voy a ser un bluesman hasta que me muera”, dijo en su última visita a España, o sea, en mayo de 2014.

Entonces ya había grabado su disco póstumo y estaba pagando la penitencia de sus pecados pasados. Había hecho un disco genuino de blues, aunque se le fuera la mano abordando el rocanrolero ‘Long Tall Rally’ o el ‘Unchain My Heart’, de Ray Charles: había grabado ‘Step Back’, disco que recomiendo y que todo bluesero de buen paladar va a disfrutar, o estará disfrutando, enormemente.

Es blues genuino que lo mismo pasa por Muddy Waters (al que ayudó a coger brios nuevos en los ochenta con una triada de álbumes impagables –‘Hard Again’, ‘I’m Ready’ y ‘King Bee’-) que por los Fleetwood Mac de Peter Green, vía Elmore James, o el blues-folk acústico del Reverendo Gary Davis o Brownie McGhee. Una paleta colorida que se acrecienta con la nómina de invitados: Eric Clapton, Joe Bonamassa (tremendo duelo guitarrero sobre órgano en los ocho minutos de ‘Sweet Sixteen’), Ben Harper, Joe Perry… o su mismo productor, Paul Nelson. Un disco nada innovador, pero de una monumental y genuina solidez bluesera. Al menos, para gozo de los buenos aficionados al género, Johnny cogió su fusil y cumplió su palabra: acabó como bluesman puro. (Lo de su legendaria presencia en el Principal de Zaragoza, para otra ocasión).

Una pieza del álbum con Ben Harper, emulando a los Fleetwood Mac y por ende a Elmore James:
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Deseos para la música y la cultura

Aunque no se crea, y dadas las posibilidades tecnológicas y los medios de este tiempo que vivimos, los artistas nuevos cada vez lo tienen más difícil para asomar el pescuezo en el panorama nacional, los veteranos tampoco es que anden muy holgados, las músicas que llegan tanto de unos como de otros no son, a mi modo de ver, todo lo estimulantes que desearía y que en otros tiempos fueron, el público no ayuda mucho, la cultura en general y la música en particular, como tantas cosas, viven momentos de zozobra…

Pero mientras hay futuro hay esperanza, y, por ello, dado que nos encontramos ante un año triplemente electoral y que la crisis, según dice Rajoy, ya es agua pasada, le he puesto unas miajas de optimismo al año que acaba de empezar y, tras hacer unas reflexiones previas sobre lo difícil que resulta hacerse artista en España en estos tiempos, lo poco estimulante que ofrecen los nuevos e incluso los consagrados, el papel del público o la mediocridad que nos rodea, he apuntado a continuación algunas cosas que si al menos en un tanto por ciento discreto se cumplen, me sentiría muy satisfecho dentro de doce meses. Es mi consabida carta de deseos para 2015.

Semanas atrás, el pintor Eduardo Arroyo confesaba que, si ahora tuviera veinte años, no se le ocurriría ser artista. Y lo dice quien ha triunfado y hasta se ha hecho millonario con su ácido ‘pop-art’ hispano. No importa. Pese a esta acumulación de dinero y fama a barba regada, Arroyo insistía en que no se le ocurriría vivir en “este horrible circo”, donde todo el mundo es artista, todos quieren estar en los museos, todos son fotógrafos con sus móviles. Malos tiempos para pasar de simple capea a consagrado matador. No le faltan motivos al pintor madrileño para expresarse así.

Salir hoy al ruedo artístico es meterse en terreno minado. Es posible que el aspirante traiga ideas y valores que mostrar, ¿pero cómo escapar de ese circo y llegar al Escaparate de la Verdad? Ortega y Gasset, en ‘La rebelión de las masas’, hablaba del hecho de la aglomeración, del “lleno”. “Las ciudades –escribía a finales de los felices y prósperos años 20- están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio”.

Ahí está el quid. ¿Cómo encontrar sitio artístico desde la abundancia en la España de hoy? Una pregunta en apariencia banal cuando los medios, la riqueza y la tecnología son grandes aliados de los tiempos modernos. Puro espejismo. La larga crisis, la saturación, los embelecos de la política y la cultura han dejado desnudo al nuevo artista. Mecenas, promotores, galeristas, productores cinematográficos, teatrales… están prácticamente en retirada, no digamos, en el caso de la música, con las discográficas hundidas y las actuaciones menguadas. Cierto: Internet se presenta como el túnel para la gran evasión del anonimato, pero tampoco ofrece tantos caminos de salida como aparenta. Es una jungla espesa, “llena”, con muchos aspirantes, aunque muy pocos artísticamente musculados, y con escasa gente esperándoles. ¿Quién va a perder el tiempo ante lo profundo en la era del facilismo y lo rápido, en la de los 140 caracteres mal escritos?

Tampoco digamos que el público, pese a esas torrenteras tontunas que de repente se desatan ante tal o cual ídolo, ayude mucho. La crisis azota, los bolsillos están maltrechos, la mediocridad en muchos escenarios es ofensiva, la exigencia de la gente está bajo mínimos, el desinterés por el hecho cultural acuciante y, ay, la malvada guadaña que degüella el espectáculo: la piratería. Consecuencia: salas de conciertos medio vacías, cines en familia, libros sin lectores, discos que no compra nadie…

Un panorama hostil, en efecto, para el desarrollo de la cultura y del arte. Pero, ojo, que esa hostilidad no es exógena. El enemigo no está fuera, también dentro. ¿Qué ofrece el nuevo artista e incluso el ya coronado para interesar a la clientela? Se diría, generalizando, que no mucho, o nada. Basta con mirar, en el caso de la música pop, a las listas de ventas: melendis, bosés, alboranes, fitipaldis… Desolador. Y si es al archipiélago ‘indie’, tampoco el panorama es para batir palmas: montonadas de sellos, autoproducción a granel, artistas y discos a caño abierto, pero solo cuatro potables, y quizá se exagere la cifra. Mucho ruido de fondo, poca nitidez. Un magma disperso que lejos de generar nuevas tendencias y obras con aspiración de perdurar ha generado desconcierto y público minoritario.

Vivimos, como diría Vargas Llosa, en la civilización del espectáculo, en la banalidad mayor de las artes, en el todo vale. Grupos mediocres, cantantes infumables, exposiciones que no entiende ni dios, ídolos de medio pelo, novelistas por doquier sin nada que contar por más que se les emperifolle en los suplementos literarios, ‘torrentes’ cinematográficos, un insoportable aluvión futbolero en la radio, telebasura, chismorreos, sálvames, granhermanos… Todo eso es lo que básicamente nos rodea. Vulgaridad y simpleza. Un gran cáncer cultural en un tiempo en el que ya se piensa más con las yemas de los dedos que con el cerebro.

Es urgente, si no sanar, sí prevenir este cáncer. ¿Cómo? Sin ánimo de pontificaciones de sumo sacerdote, solo unas ideas a voleo: hay que potenciar la cultura, no recortarla; hay que aspirar a unos medios de comunicación generosos con la cultura pero críticos con ella; conciencia social y sobre todo de los mismos artistas de sus limitaciones; incentivos, no subvenciones; regeneración de la televisión pública y no digmamos d ela privada; creación de infraestructuras y acceso libre a las existentes (¿qué pasa con los centros cívicos en Zaragoza?); productos culturales con el mismo tratamiento fiscal que las medicinas (ay, ese sangrante IVA del 21%); centros educativos y además culturales, con las puertas abiertas toda la semana ofreciendo actividades… y, sobre todo, educación de la sensibilidad y el buen gusto desde la más tierna infancia, empezando por la música clásica, la madre de todas las sensibilidades. La cultura tiene que sufrir un vuelco para que este país drene fango y suciedad. De lo contrario, habrá que darle la razón a Arroyo. El año que ha empezado es electoral: ¿veremos algún programa culturalmente esperanzador?

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Discos recientes para Reyes

Discos y discos, montonadas de discos. Spotify, YouTube, Deezer, Napster, iTunes, Amazon, Emule…, y, por supuesto, las tiendas físicas. Grandes contenedores para contentar a todos los gustos musicales. No sé si aquella vieja tradición de regalar o autorregalarse discos para Reyes permanece –ay, aquellas colas ante la caja en Linacero o El Corte Inglés- pero más bien me temo que, como las discográficas, la tradición ha quedado sepultada.

De todas formas, por si todavía hay algún romántico que compre discos de verdad (los físicos) y, como a veces reina la indecisión o la búsqueda resulta difícil, va a continuación una brevísima selección de algunos de los discos más notables que sobre todo en el terreno pop y rock han llegado a esos grandes contenedores en la presente temporada de otoño-invierno y que pueden alegrar los inminentes Reyes a alguno que lea este blog (entendidos, autosuficientes, quisquillosos, decididos… abstenerse). Sugerencias escogidas, vaya, en época propicia para el regalo o el autorregalo. Y, ojo, reitero: discos recientes, de este último trimestre.

En el apartado de las figuras llenaestadios, el último álbum de U2, ‘Songs Of Innocence’, se lleva la palma. Bono y compañía se han estrujado las meninges para no sucumbir al fracaso y han acertado con un disco que ha perdido ‘marca’ pero ha ganado en inventiva. Su gira del año que viene lo reafirmará. En tiempos, Pink Floyd, eran reyes de esos grandes espacios. Ya no lo serán definitivamente nunca más. Al margen del inesperado retorno y trucaje, su epitafio discográfico, ‘The Endless River’, al menos complacerá a quienes en algún momento disfrutaron con los vuelos planeantes y la psicodelia del cuarteto.

Otro veterano, Eric Clapton, apareció con un homenaje a su fallecido amigo JJ Cale, vía ‘The Breeze’: es disfrutable. Como lo es el último de la gran dama vaquera, Lucinda Williams (‘Down Where The Spirit Meets The Bone’). Más veteranos: antes de morir, Johnny Winter dejó un genuino disco bluesero, ‘Step Back’, la cantante Naomi Shelton volvió a dibujar las esencias del blues y el gospel en ‘Cold World’, Leonard Cohen fue breve y desatinado con las programaciones, pero aún así, meritorio ‘Popular Problems’ y otro doble desde Dublin, aunque aún más meritorio lo ha sido Marianne Faithfull, quien además de buenas canciones se mostró con muchas ganas de renovación en ‘Give My Love To London’.

De los fondos del indie, varios nombres: Ty Segall, The New Pornographers, First And Kit, Oh! Pears, Royal Blood, y el mismo Thurston Moore. Hueco también para Morrissey y su ‘World Peace…’. Del indie nacional, casi mejor me abstengo, por lo menos del último trimestre…

Y, finalmente, buenas cosas de la tierra: el recopilatorio de Carbonell, el satinado séptimo álbum de Bigott, los caminos de encuentro de la jota y el flamenco con la Orquesta Popular de la Magdalena y los dos álbumes de María José Hernández, el labordetiano ‘Las uvas dulces’ y su participación en ‘Vivere Memento’.

No es mucho lo seleccionado. Al menos que a un servidor le haya llamado la atención e incluso le guste. El horno discográfico, pese a la abundancia, no está para muchos bollos jugosos. Reina la atonía y la mediocridad general. En cualquier caso, si alguien tiene por ahí algún disco notable que recomendar (insisto, del último trimestre), que lo cante a esta comunidad bloguera cuanto antes, vamos, antes de que pasen los Reyes por el balcón. Se agradecerá.

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La vida de James Brown en el cine

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Veo que la película biográfica, o dicho en plan cursilón, el ‘biopic’ de James Brown aún ronda por los cines zaragozanos. Algo extraño, dado lo efímero de este tipo de películas en las pantallas. No he ido a verla, esperaré a la salida en DVD o blu-ray para degustarla cómodamente en casa, si bien estas biografías filmadas, aunque me gustó mucho ‘Ray’ o ‘Walk The Line’, me producen cierto repelús: no acabo de encajar el rostro verdadero del artista en otro ajeno, por muy bien que lo caractericen. Manías, quizás, sobre todo, desde aquel patético Jim Morrison que encarnó Val Kilmer en la versión de Oliver Stone. En lo que no soy nada exigente (o poco) es en la técnica cinéfila que mis colegas de esa parte siempre se empeñan en ver y analizar desde el lado fílmico y no desde el musical, que es el que realmente interesa a los seguidores del artista biografiado. Una peli de Elvis, por ejemplo, es para su lucimiento, no para montar un cine-forum. Pero, bueno, doctores y gustos tiene la iglesia. De todas formas, algo de lo que cuento a continuación supongo que habrá quedado reflejado en el celuloide. Si alguien ya ha visto la peli, que lo confirme, y si no, como digo, esperaré el blu-ray.

“The star of the show, the hardest working man in the show bussines…, ladies and gentlemen… Jaaames Brown”. El anuncio a grito pelado por el speaker de que a través del disco llegaba a la pista de baile “Sex Machine” era todo un ramalazo eléctrico en las discotecas de principios de los años setenta de todo el mundo. En seguida, mientras “Mr. Dinamita” empezaba a desgranar los primeros compases de aquella tórrida pieza, la pista se llenaba de jóvenes _ellos, vestidos con pantalones acampanados y ceñidas camisas; ellas, con aparatosas minifaldas_ dispuestos a trotar con el ritmo entrecortado, casi epiléptico, que James Brown iba marcando con su voz monocorde y sus gritos desgarrados.

“¡One, two, three…, get it up, get it up…” El famoso “guerapa”, como se le conocía castellanizando los versos en inglés, sonaba reiterativamente y entonces la sesión discotequera entraba en su fase más caliente: decenas de cuerpos juveniles sincronizaban sus movimientos bajo un baño de luces multicolores al ritmo de una música machacona y tremendamente rítmica, idónea para alentar el rito tribal del baile e infalible para llenar las pistas. Funky de pura cepa en manos de su inventor.  También para darle un respiro laboral a los disc-jockeys: los temas Mr. Brown, con sus reiterativos diálogos entre cantante y orquesta y sus largos desarrollos rítmicos, duraban a veces más de un cuarto de hora, e incluso toda la cara de un disco, lo que permitía a los “pinchadiscos” abandonar la cabina y darse una vuelta por la discoteca en busca de los amigos o de alguna novia perdida entre el barullo sudoroso de la nutrida concurrencia de jóvenes que llenaban las discotecas las tardes de domingo. Otros tiempos, otras costumbres, pero indudablemente masivas celebraciones lúdicas en las que Mr. Brown era uno de sus oficiantes mayores. Una bomba. Y es que a comienzos de los setenta, James Brown, el inventor del soul en los sesenta, era el furor de las discotecas, todo un fenómeno de la historia de la música negra que vendía discos por toneladas.

Primeros éxitos
Para El Padrino del Soul, como ya se le conocía, no era, sin embargo, la primera vez que paladeaba las mieles del éxito. Antes, en el último tramo de los cincuenta y comienzos de los sesenta, su nombre alcanzó también fama y popularidad merced a un racimo espesísimo de éxitos: “Please Please Please”, “Think”, “Night Train”, “Out Of Sight”, “Papa’s Got A Brand New Bag”, “I Got You”, “It’s A Man’s Man’s Man’s World” y “Say It Loud, I’m Black And I Am Proud”, entre otros, con los que James Brown no solo ganó plata a sacos llenos sino que provocó las mismas reacciones de histeria que por aquellos años el público blanco tributó a Elvis Presley, obviamente desde el lado del público negro.

Las armas con las que se ganó esta euforia popular fueron esencialmente dos: un sentido del espectáculo tremendamente vivo y caliente, rayando en el paroxismo, y unas canciones elásticas capaces de despertar tanto románticas emociones como irrefrenables deseos de bailar. Mr. Dinamita exhibía en sus actuaciones una presencia visual demoledora: el pelo, largo y estirado; los pantalones, ceñidos; y todo él, envuelto en chillonas capas de seda. Además, le acompañaba un grupo de bailarines y bailarinas y una sección de viento que jaleaba sus desgarros guturales y su permanente ajetreo por el escenario, lo que unido a una cierta y efectiva truculencia escénica convertía sus actuaciones en un puro torbellino de música y vitalidad.

¿Hay un médico en la sala?
James Brown programaba sus conciertos al milímetro, de manera que fueran subiendo progresivamente de temperatura emocional hasta llegar al estallido último en que simulando desfallecer caía desmayado al pie del micrófono. Entonces, sus ayudantes se abalanzaban sobre él tratando de socorrerle mientras un speaker reclamaba a grito pelado si había algún médico en el local. Solo que antes de que nadie subiera, “resucitaba” de un salto felino y volvía a ponerse delante del micro ante el asombro y el delirio del público que abarrotaba los locales donde aparecían él y su troupe. Puro circo musical que a veces, no obstante, ponía en peligro la vida del artista, porque era tal su entrega que, en efecto, hubo ocasiones en que no se pudo levantar, asfixiado y desfallecido por el esfuerzo, teniendo que ser evacuado al hospital más cercano.

Esta entrega, este pundonor escénico que James Brown sudaba en sus actuaciones de los años sesenta y setenta, explica las críticas que años más tarde el propio artista hacía a los grupos jóvenes, estáticos y sin sangre rítmica en el cuerpo, la mayoría de ellos. “El público actual _se quejaba a finales de los ochenta_ no conoce el verdadero espectáculo. Es cómico: ahora puedes subir a un escenario e impresionar más haciendo menos. Si el público pudiera verme haciendo un show de James Brown completo, estallarían las cabezas. Se darían cuenta de lo mucho que les están robando los otros artistas. Lo digo abiertamente aunque no quiero decir que los otros sean conscientes de que están robando, es que no saben hacer nada mejor, son sus mánagers los que se están aprovechando del público”.

Delincuente y rey
De delincuente a rey negro, de pobre paria al gran artista que junto a Ray Charles sentaría a finales de los cincuenta y principios de los sesenta los cimientos del soul _ritmo, sentimiento, intensidad emocional, corazón caliente y garganta sin límites_, ganándose con ello los múltiples títulos con que se le distinguieron: The Godfather Of Soul, Mr. Dinamita, Soul Brother Number One, Mr. Sex Machine, The Minister Of New Super Heavy Funk, The Hardeste Working Man In Show Busines, Black Caesar y otros tantos más destinados a realzar espectacularmente su figura y su influjo en la música de las tres últimas décadas.

Su llegada al mundo musical tuvo un prólogo sórdido, marcado por la miseria, la marginación y hasta la cárcel, perfilando así ese retrato que tantas veces ha repetido el mundo del deporte, el cine o la música en los Estados Unidos: chico pobre, criado en el ghetto y sin padres que le tutelasen. El desarraigo total.

Limpiabotas y boxeador
Nacido el 17 de junio de 1928 en Pulaski (Tennesee), a temprana edad tuvo que irse a vivir con una tía suya a un barrio negro de Augusta debido al divorcio de sus padres. Las condiciones de vida de sus primeros años en esta ciudad del sur profundo de los Estados Unidos fueron ciertamente duras. Vivía en una chabola y para aportar alguna ganancia a casa ejerció trabajos de todo tipo, siendo el más duradero el de limpiabotas por las calles de la ciudad. Pronto se enroló también en una banda de delincuentes juveniles, lo que le llevó a pasar más de una temporada entre rejas. “No recuerdo cuando empecé a robar”, escribiría en su autobiografía “The Godfather Of The Soul”, “pero sí por qué: para tener ropa decente para ir a la escuela”. Más tarde probaría en el boxeo y definitivamente, después de aprender a cantar gospel en la iglesia, se dedicaría de lleno a la música.

James Brown nunca ocultó esta parte sórdida de su juventud, más bien la destapaba siempre que podía con ánimo moralista para arengar a la gente joven sobre los peligros de la delincuencia: “Fui delincuente juvenil _declaraba a principios de los ochenta_ y sé de lo que hablo. Me gustaría decir a los chicos que se encuentran en prisión que no es el fin del mundo. Me acuerdo de una de las veces que fui arrestado que salí de la cárcel yo solo sin necesidad de abogados. Escribí una carta al juez diciéndole que yo era muy joven y que había cometido errores pero que estaba firmemente dispuesto a cambiar. Y cambié”. Curiosamente, cuarenta años más tarde y ya convertido en una superestrella, el cantante volvería a pisar la cárcel. Fue a finales del año 88 por conducción temeraria, embriaguez y amenazas a la policía. Le cayeron seis años de los que solo cumplió dos y medio.

Quince dólares de premio
La primera vez que Mr. Dinamita subió a un escenario fue en 1946. Tenía 16 años y lo hizo participando en un concurso para nuevos talentos. Junto a un grupo amateur llamado Cremona, cantó una canción de gospel que había aprendido en la iglesia y se llevó el primer premio, quince dólares, que le animaron a proseguir el oficio de cantante. Diez años más tarde, en 1956, con dos amigos, Bobby Bird y Johnny Terry, formó su primer grupo profesional, The 3 Swanees, con los que recorrió los bares y clubs de la región hasta establecerse en Macon siguiendo los exitosos pasos de Little Richard, que ya había estallado en el pop americano con su “Tutti Frutti”. Para James Brown el sonido de puro R&B que destilaban los primeros discos de Little Richard y, sobre todo, su nervio en escena, era el modelo a seguir, razón por la que amplió su trío a quinteto, dando entrada a Sylvester Kees y Nafloyd Scott, y volcándose en el R&B. Con ello, nacían The Famous Flames, su primera banda profesional con la que recorrería los sesenta y parte de los setenta hasta luego convertirla simplemente en The JB’s.

Una noche el propio mánager de Little Richard, Clint Branley, acudió al club donde tocaban los Flames e inmediatamente decidió hacerse cargo de ellos, buscándoles actuaciones y un estudio para grabar una maqueta que pronto llegaría a oídos de Ralph Bass, director artístico del sello discográfico King Records, exclusivamente dedicado a editar música negra. En la maqueta estaba “Please Please Please” que dejó boquiabierto no solo al director artístico sino al propio dueño del sello, Syd Nathan, e inmediatamente _febrero de 1956_ la canción salió al mercado, consiguiendo entrar en el Top Ten de las listas de R&B. Un triunfo inesperado y prematuro que puso a la banda en las nubes pero que también tuvo su reverso, enseñando a James Brown bien pronto a conocer las miserias del negocio. Brown y sus compinches esperaban recibir una buena suma de dinero por el éxito del disco, pero el mánager les descontó de la nómina no solo los gastos de grabación del disco, abogados y viajes sino hasta la última botella de cerveza que se bebieron en el estudio, teniendo al final casi que poner dinero para “sufragar” el éxito. Desde entonces, James Brown controló su carrera con ojos de lince, desconfiando de todo el mundo y llevando personalmente sus cuentas. “Me trataron mal al principio por lo que no me quedó más remedio que estar atento a todo lo que ocurría a mi alrededor. Este negocio está lleno de gente sin escrúpulos que solo busca el dinero de los músicos”, se quejaba a finales de los ochenta en la revista francesa Best.

Ultimátum
El camino de éxito abierto por “Please Please Please” quedó, sin embargo, truncado no solo por la jugarreta del mánager sino también por la propia sequía creativa de James Brown y su grupo. Los siguientes singles pasaron desapercibidos y los Famous Flames entraron en un bache de popularidad. Al cabo de dos años sin nuevos éxitos discográficos, Nathan lanzó un ultimátum al cantante: o sacaba otro “impacto” o se iba a la calle. Entonces, James Brown compuso una tierna balada, “Try Me”, todo un clásico del soul versioneado infinitud de veces, que de nuevo lanzó a los Famous Flames a las listas. El single alcanzó el millón de copias vendidas en USA y, en consecuencia, fue el primer disco de oro de James Brown.

Entonces, Mr. Dinamita, tras la negativa experiencia comercial de su primer disco, se vio en condiciones de exigir y marcar las reglas del juego. Y no se lo pensó dos veces. Por lo pronto, puso de patitas en la calle a su mánager Clint Brantley, después cambió de compañía discográfica, firmando con Universal Attractions, y a continuación señaló a su nuevo mánager, Ben Bart, las condiciones de trabajo: un sabroso porcentaje de taquilla de todas sus actuaciones, además del caché fijo, iría a sus bolsillos mientras que la recaudación completa pasaría primero por sus manos y él mismo se encargaría de pagar directamente a los promotores y a su propio mánager. Asimismo a la compañía discográfica le exigió un parte mensual de las ventas de sus discos así como que no se tomase ninguna decisión sobre nuevas grabaciones, conciertos o promoción de discos suyos sin haberla aprobado él previamente. De entonces, cómo no, le venía al Padrino la fama que tenía en el negocio de “artista de hierro”, lo que por otra parte le sirvió para levantar todo un imperio económico propio en el que lo mismo había restaurantes que editoriales o emisoras de radio.

Más éxitos
Claro que ello no hubiera sido posible si a “Try Me” no le hubiera seguido otra jugosa colección de éxitos. Entre enero del 59 y febrero del 61, James Brown encadenó once impactos en las listas que comercialmente le proporcionaron un status millonario y artísticamente la consolidación de su sonido personal, alejado de sus primeras influencias y puntuado por el papel relevante que alcanzó la banda, cada vez más amplia, que le acompañaba, con secciones de viento y coristas, y con una perfecta sincronización musical con su jefe.

Primero llegó “I’ll Go Crazy” y luego “Think”, una vieja pieza de una de las bandas favoritas de James Brown, los Five Royales, a la que seguirían “This Old Heart”, “The Bells”, “Bewildered”, “I Don’t Mind”, “Baby You Are Right”, “Just You And Me Darling”, “Lost Someone” , “Night Train” y “Shout And Shimmy”, once éxitos que el cantante apoyó comercialmente con sus numerosas actuaciones a lo largo y ancho de los Estados Unidos y siempre bajo la férula de su implacable disciplina para el trabajo.

¿Zapatos sucios?
Y es que pertenecer a la orquesta de James Brown era un honor y al tiempo una saneada forma de ganarse la proteína pero también un duro oficio con ribetes casi castrenses. Brown tenía implantado un régimen espartano de trabajo que penaba con multas y sin la más mínima gota de piedad los más variados deslices: pantalones mal planchados, zapatos sucios, bebida antes de las actuaciones, retrasos en los ensayos o en las actuaciones… Incluso si un músico perdía un avión tenía que pagar de su propio bolsillo, aparte de la correspondiente penalización, el billete hasta la ciudad más próxima para unirse a la troupe. Un general Patton reencarnado con piel negra en el mundo del pop.

Pues Brown no solo era inflexible con sus músicos sino también con su compañía discográfica. Un detalle: En aquellos primeros años quiso grabar un tema instrumental pero Syd Nathan lo rechazó aduciendo que no tendría éxito al no aparecer la voz del cantante. Este a su vez cogió tal enfado que se fue directamente al dueño de la compañía TK Records en Miami y le hizo la propuesta de grabar ese disco instrumental. El dueño aceptó y TK editó con el nombre de Nat Kendrick (su batería) And The Swans, pues legalmente no podía figurar el nombre de James Brown, un single con el conocido “Mashed Potatoes” que fue todo un hit en el año 60. El golpe fue tan duro para Nathan que desde entonces dejó plena libertad a James Brown para que grabara lo que quisiera.

Reacciones de histeria
La carrera musical de El Padrino estaba plenamente enfilada a comienzos de los sesenta. Entre el 62 y el 64 alcanza nuevos éxitos y provoca reacciones de histeria en todos sus conciertos, con su arrolladora presencia en el escenario y cual si de un Elvis negro se tratara. Su compañía discográfica lanza entonces un disco grabado en el mítico Apollo de Nueva York y el efecto es contundente: el disco supera el millón de dólares de recaudación y James Brown, sonando a todas horas por la radio, es elegido como el mejor cantante americano de R&B. Por vez primera, el público negro consume masivamente un álbum de un artista de color.

Ante la avalancha de popularidad que se le viene encima y haciendo gala de su instinto comercial, James Brown se da cuenta de que su sello discográfico se le queda pequeño y que no defiende convenientemente sus intereses por lo que en unión de su mánager, decide crear su propia compañía discográfica, Fair Deal, cuya representación para todo el país cederá a Smash Records de Chicago, una filial de la potente Mercury. A Syd Nathan, la “jugada” le cae como un rayo y se querella en los tribunales, aduciendo que James Brown es artista suyo. Inesperadamente, Nathan gana la querella, dictando los jueces que James Brown solo puede sacar en su sello discos instrumentales. Mas cuando esta resolución se hace pública, Mr. Dinamita ya tiene en el mercado un nuevo álbum y dos singles. Nadie puede frenar ya el impacto de estas nuevas ediciones, sobre todo la del single “Out Of Sight” que marcaría un hito en la carrera de James Brown: fue el primer disco suyo consumido también masivamente por el público blanco.

Ante este ascenso espectacular, Syd Nathan entierra la querella contra James Brown y le propone que vuelva de nuevo a su sello, King Records, a lo que el cantante se opone, sacando nuevos discos que aceleran su ascenso en el mercado blanco ante la irritación del dueño de King Records que ve como su viejo pupilo se va convirtiendo en una estrella total sin que él participe plenamente en los copiosos beneficios que este estrellato va dejando detrás.

Un año después, sin embargo, llega la reconciliación. James Brown, con su olfato comercial siempre vigilante, se da cuenta de que las reediciones que Nathan va poniendo en el mercado son una sustanciosa fuente de ingresos. Y para participar de ellos decide volver a su viejo sello, aunque con la condición de controlar totalmente su carrera discográfica.

El primer disco que le entrega a King Records es el inmediatamente popularísimo y ya todo un clásico del género, “Papa’s Got A Brand New Bag”, que entra en las listas como una exhalación, otorgando a James Brown el status de megaestrella: conciertos televisados, reseñas continuas en los diarios de información general, tumultos a la salida y entrada en los aeropuertos… Un status que el cantante mantendrá en los años siguientes hasta finales de los sesenta merced a la colección de elepés y singles que King Records va editando: “I Got You” (diciembre del 65), “It’s A Man’s Man’s Man’s World” (junio del 66), “Cold Sweet” (septiembre del 67), I Gotta Feeling” (mayo, 68) y “Say It Loud, I’m Black And I’m Proud” (octubre del 68), todos ellos auténticas gemas del soul más puro y caliente.

Conciencia negra
Paralelamente a este estallido de popularidad, en el interior de James Brown va creciendo su orgullo racial, su conciencia de hombre negro, lo que le lleva no solo a hacer declaraciones al respecto sino hasta a componer canciones en defensa de su pueblo, que en el caso del single anteriormente citado, “Say It Loud, I’m Black And I’m Proud”, (Dilo bien alto, soy negro y estoy orgulloso), terminan por convertirse en un himno de los negros que lo cantan repetidamente en las grandes manifestaciones que tienen lugar en Estados Unidos durante el verano del 68.

La concienciación racial del cantante llega hasta el punto de reducir sus conciertos para dedicarse más de lleno a la defensa de la causa negra en mítines, conferencias y charlas en emisoras de radio y foros de debate. Se habla incluso de su retirada de la música al verle conferenciando en Costa de Marfil y Vietnam y, sobre todo, sentado a la mesa del presidente Johnson quien le llamó a la Casa Blanca para pedirle que contribuyera a apaciguar los ánimos violentos de la población negra, agitada virulentamente tras la muerte de Martín Luther King. La aparición de James Brown un par de veces en televisión dirigiéndose a sus hermanos negros parece que contribuyó a calmar esa grave situación, evitando hasta algún muerto en las calles, pero por otra parte provocó las airadas críticas de los líderes más radicales, entre ellos los Panteras Negras, que lo acusaron de traidor a la causa negra y sometido al “stablisment” capitalista blanco.

Para el cantante es una situación comprometida. Sin darse cuenta se ha metido entre dos fuegos y casi ha abandonado su oficio musical, por lo que opta por apartarse de la primera línea de la lucha y ocuparse con más dedicación a su trabajo, llegando otro nuevo chorro de éxitos, especialmente a comienzos de los setenta, cuando aparecen “Sex Machine”, “Superbad”, “Hot Pants” o “Hey America”, que le convierten en el rey de las discotecas de todo el mundo y le obligan a abandonar definitivamente King Records para asegurar una distribución mundial de sus discos. El sello elegido entonces para ello es Polygram, hoy Universal, que tiene la mayor parte de los derechos de edición de los discos del cantante.

Es la época más rutilante del Padrino en el mundo del pop, la época en la que “Sex Machine” o “Hot Pants” electrizaban las pistas de baile de todo el planeta, de manera que no podía concebirse una buena cabina de disc-jockey sin alguno de los álbumes de James Brown.

Decadencia
Desde poco más de mediados los setenta, sin embargo, la estrella de James Brown comienza a declinar. Sus discos, repetitivos hasta la saciedad y sin la chispa comercial de antaño, y especialmente la llegada del Munich Sound y el sonido Disco, con los Travolta, Gloria Gaynour, Donna Summers… etcétera, le dejan en la cuneta. El Padrino sigue trabajando y sacando discos pero sin el eco de los anteriores por lo que los ochenta los pasa casi sumido en el anonimato, formando parte más bien de un pasado glorioso que de un presente candente y fértil.

Sus actuaciones incluso a veces resultaban patéticas. En Zaragoza, por ejemplo, en La Romareda, en las fiestas del Pilar del 87, la presencia del Padrino fue realmente deplorable. Escaso de ganas y de fuerzas, barrigudo y más preocupado por sus trajes y su pelo _exigió decenas de toallas y varios secadores_ que por su actuación, Mr Dinamita fue gaseosa inofensiva, una caricatura del James Brown que antaño electrizaba a las audiencias. Nervioso y desconcentrado, se pasó todo el espectáculo entrando y saliendo del escenario, con largas ausencias que sus músicos rellenaban de la mejor manera posible para que no se notara en exceso la debilidad física de su jefe, tal vez provocada por la ingestión de alguna sustancia sospechosa. Para colmo, semanas después de esta patética presencia, y ya en su país, fue arrestado por conducción temeraria, drogas, disparos al aire y amenazas a la policía, lo que le costó pasar dos años y medio en la cárcel de los seis que le cayeron. Desde entonces su carrera no volvió a levantar vuelo, convirtiéndose su nombre más en leyenda que realidad. Moría el día de Navidad de 2006, siguiendo un largo y polémico entierro.

PERFIL DEL CESAR NEGRO
Bailarín. Además de cantante e intrumentista (en sus años jóvenes tocó la batería y los teclados), James Brown pasó a la historia como uno de los mejores bailarines en escena, habiendo inventado incontables pasos o danzas. La mayor de todas fue la llamada por él mismo simplemente como “James Brown” que englobaba a las demás: “One Leg”, “Splits”, “Camel Walk”, “Shuffle Box”, “Boogaloo”, “Underdog”, “Popcorn”, “Skate”, “Swim”, “Mashed Potatoes”… y hasta una decena más.
Negocios. Fue un lince para ellos. Lo que le permitió convertirse en un empresario poderoso. En 1981, contaba, por ejemplo, solo en Augusta, con cuatro discotecas, dos cadenas de restaurantes, treinta coches, un avión particular, cuatro emisoras de radio, una televisión local y varias villas. Un fortunón que tenía tentáculos en bolsa y otros negocios fuera de su ciudad. Claro que ganando ocho dólares por minuto como se calcula que ganaba a finales de los sesenta…
Música. Además de la suya, la música preferida de James Brown era la latina y la afrocubana, además del reggae, que decía no entender muy bien pero que tenía, según él, un sentido positivo, considerando a sus intérpretes como hermanos suyos por el sentido de lucha contra el opresor que los rastas tienen.
Sueño. Idealista y luchador por la igualdad racial, James Brown soñaba con que un día la gente de cualquier raza se diese la mano, se respetase y se amase. Él mismo aseguraba que jamás se había encontrado con una persona a la que no pudiese querer y que cuando encontraba a alguien que no le respetaba él trataba de amarla para que cambiase de actitud. Por ello, estaba convencido de que las personas acabarían entendiéndose entre ellas.
Influjo. El Padrino del Soul fue una fuente permanente de inspiración para numerosos grupos de rap, soul, hip hop y otras aromáticas hierbas para la pista de baile. Se calcula que sus canciones aparecen en breves ráfagas o “samplings” en más de dos mil piezas de otros grupos y cantantes. Lo que para él, lejos de ser una “fechoría” a perseguir _no cobró ni un centavo por ello, toda vez que hasta tres segundos de sampling eran y son legales_ resultaba un motivo de orgullo. Springsteen es uno de sus discípulos más aplicados escénicamente. Antes lo fue Mick Jagger, productor por cierto de su actual ‘biopic’. Y, por supuesto, Michael Jackson.
Drogas. En alguna ocasión tuvo problemas con ellas pero era un enemigo nato de las drogas, aprovechando cualquier ocasión para recomendar a los jóvenes que se apartasen de ellas y se dedicara a estudiar. “Sé de lo que hablo”, les dijo en alguna ocasión. “Lo más importante es el estudio. Por experiencia sé que la educación es lo más importante para triunfar en la vida. Cuando digo esto, no lo hago desde la distancia pues vengo del ghetto y siempre llevo en la mano mi caja de crema para limpiar los zapatos. Así empecé”.
Generoso. Ganó mucho dinero pero no todo fue a sus bolsillos o a sus numerosas empresas. James Brown, en el fondo, era un corazón altruista como lo demuestra la gran cantidad de dólares que destinó a obras sociales, ayudando a los menos afortunados, no solo de raza negra sino también a los blancos.

UNA INTRINCADA SELVA DISCOGRAFICA
La discografía de James Brown es una intrincada selva de grabaciones en la que resulta difícil entrar ordenadamente, debido a que la mayoría de ellas están descatalogadas cuando no reunidas en reediciones poco aconsejables. En cualquier caso, si se decide entrar en esa jungla, hay que buscar de inmediato el camino que conduzca a dos álbumes esenciales en su carrera: “Live At The Apollo” (1962) y “Sex Machine” (1970), máximos exponentes de los momentos culminantes del sonido y del éxito del cantante.

El primero es una fantástica colección de los primeros hits de Mr. Dinamita interpretados en directo en el mítico teatro neoyorkino The Apollo. Se trata de un disco que, aparte de demoledor, es uno de los primeros grabados en directo en la historia de la música pop. La comunicación entre banda, público y cantante es de puro vértigo, una explosión de fuerza y vigor que un crítico calificó acertadamente como de “soultómica”.

El segundo álbum muestra al Brown robustamente “discotequero”, con largos diálogos con su orquesta, riffs sostenidos de guitarra, pequeños juego de piano, versos reiterativos, gritos y ese ritmo inapelable con el que se hizo dueño de las pistas de baile. La más pura esencia Brown en un doble álbum que también tuvo un pequeño hueco para éxitos del pasado como los emotivos “It’s A Man’s Man’s Man’s World” y “Please Please Please”.

Por delante y por detrás de “Live At The Apollo” y “Sex Machine” hay una colección de unos setenta elepés oficiales, sin incluir recopilatorios, que con mayor o menor acierto tienen siempre como punto de referencia ambos discos. Algunos de los más destacados son “Soul On Top”, donde la elasticidad musical del artista le lleva a meterse en terrenos jazzísticos, contando para ello con la colaboración del saxofonista Ernie Watts o el contrabajista Ray Brown; “Gravity” (1986), con el que de nuevo volvió a las pistas de baile aunque curiosamente fue un disco en el que Big Brother, que tuvo como invitados a Steve Winwood, Steve Ray Vaugham y Alison Moyet, solo puso la voz: ni compuso, ni arregló, dejando la producción en manos de Dan Hartman; “Revolution Of The Mind”, con un James Brown tras unas rejas carcelarias y en su periodo más incendiario de concienciación racial; los nuevos volúmenes grabados en el Apollo…, y, en fin, todos aquellos de los primeros setenta, cuando James Brown era el auténtico rey negro de las discotecas.

Entre la montaña de recopilatorios, recomendable el cofre de cuatro compactos editado por Polygram en 1993 con el título de “Star Time”. El primer CD recoge los grandes éxitos de James Brown entre el 56 y el 65, la etapa de “Please Please Please”, “Try Me”, “It’s A Man’s Man’s World”, “Think” o “Night Train” en la que consolida su leyenda como showman explosivo.

El segundo disco recrea al James Brown inventor del funk y personaje concienciado con la causa negra. Desde “Papa’s Got A Brand New Bag” (1965) a la combativa “Say It Loud I’m Black And I’m Proud” (1968), el abanico de éxito es amplio y robusto.

En el tercer CD está el James Brown alegre y dicharachero de las discotecas, pura dinamita bailona, con el imprescindible “Sex Machine” y todos los temas satélite que rodearon a aquel gran impacto del “Soul Brother”: “Hot Pants”, “Hey America”…

Y en el cuarto, lo más flojo pero obligado en toda recopilación seria. El tramo de mediados los setenta hasta los noventa en el que se recoge la decadencia y resurrección del mito negro, con meteduras de pata como la revisión rapera de “Payback” en 1980 o el “Living In America” para la banda sonora de “Rocky IV” en 1986, pero con un feliz regreso a los discos, tras un periodo carcelario de dos años y medio, con “I’m Real” y “Universal James”, producido por Jazzie B., líder de Soul II Soul. En suma, cuatro CD’s que vienen a ser la Biblia del dios del soul, el mejor camino para entrar en la espesa selva de sus grabaciones.

SETENTA Y CUATRO CARTUCHOS DE DINAMITA
(Los 74 álbumes grabados por James Brown, excluidos recopilatorios, grandes éxitos y directos no oficiales. Dada la dispersión de ediciones, esta discografía es posible que no coincida con otras o se salten fechas. Esta sigue la del voluminoso y prestigioso volumen “The Great Rock Discography”, de Martin C. Strong, publicado por la editorial británica Canongate)
1.-“Please Please Please” (1957)
2.-“Try Me” (1959)
3.-“Think” (1960)
4.-“The Amazing James Brown” (1961)
5.-“Live At The Apollo” (1962)
6.-“Shout & Shimmy” (1962)
7.”Prisoner Of Love” (1963)
8.-“Pure Dynamite/Live At The Royal” (1964)
9.-“Out Of Sight” (1964)
10.-“Showtime. Live” (1964)
11.-“Tell Me What You’re Gonna Do” (1964).
12.-“Grits And Soul” (1965)
13.-“Papa’as Got A New Brand Bag” (1965)
14.-“James Brown And His Famous Flames Tour The USA” (1965)
15.-James Brown Plays James Brown. Today And Yesterday” (1965)
16.-“I Got You” (I Feel Good”) (1966)
17.-“Plays New Breed” (1966)
18.-“It’s A Man’s Man’s Man’s World” (1966)
19.-“The James Brown Christmas Album” (1966)
20.-“Mihgty Instrumentals” (1967)
21.-“Handful Of Soul” (1967)
22.-“Raw Soul” (1967)
23.-“Live AT The Garden” (1967)
24.-“Mr. Excitement” (1967)
25.-“Cool Sweet” (1967)
26.-“The James Brown Show. Live” (1967)
27.-“James Brown Plays The Real Thing” (1967)
28.-“I Can’t Stand Myself” (1968)
29.-“Mr. Dynamite” (1968)
30.-“I Got The Feeling” (1968)
31.-“Live At The Apollo. Vol II” (1968)
32.-“Say It Loud, I’m Black and I’m Proud” (1969)
33.-“Gettin’ Down To It” (1969)
34.-“James Brown Plays And Directs The Popcorn” (1969)
35.-“It’s A Mother” (1969)
36.-“Turn It Loose” (1970)
37.-“The Popcorn” (1970)
38.-“Ain’t Funky” (1970)
39.-“Soul On Top” (1970)
40.-It’s A New Day” (1970)
41.-“Sex Machine Live” (1970)
42.-“Superbad” (1971)
43.-“Hot Pants” (1971)
44.-“Revolution On The Mind. Live At The Apollo. Vol III” (1972)
45.-“There It Is” (1972)
46.-“Get On The Good Foot” (1973)
47.-“Slaughter’s Big Rip-Off Ost” (1973)
48.-“The Payback Mix” (1974)
49.-“It’s Hell” (1974)
50.-“Reality” (1975)
51.-“Sex Machine Today” (1975)
52.-“Everybody’s Doing The Hustle” (1975)
53.-“Hot” (1976)
54.-“Get Up Offa That Thing” (1976)
55.-“Bodyheat” (1977)
56.-“Mutha’s Nature” (1977)
57.-“Jam’s 1980” (1978)
58.-“Take A Look A Those Cakes” (1979)
59.-“The Original Disco Man” (1979)
60.-“People” (1980)
61.-“James Brown… live. Hot On The One” (1980)
62.-“Soul Syndrome” (1980)
63.-“The Third Coming” (1981)
64.-“Bring It On” (1983)
65.-“Gravity” (1986)
66.-“I’m Real” (1988)
67.-“Static” (1988)
69.-“Love Overdue” (1991)
70.-“Universal James” (1993)
71.-“Live At The Apollo 1995” (1995)
72.-“I’m Back” (1998)
73.-“The Merry Christmas Album” (1998)
74.-“The Next Step” (2002)

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Un cuarto de siglo de Stone Roses, ¿el mejor disco grupal de los 80?

Grupos foráneos e inolvidables de los ochenta: The Cure, Echo & The Bunnymen, Smiths, U2, R.E.M., New Order, Human League, James, Joy Division, The Cult, Siouxsie, The Stone Roses, Guns N’ Roses, Dream Syndicate, Rain Parade, Violent Femmes, House Of Love, The Jesus & Mary Chain, Sisters Of Mercy, Bauhaus, XTC, Police, The Alarm, Pixies, Galaxy 500, Throwing Muses, Cocteau Twins… Ufff, lo tendría muy complicado si tuviera que elegir un solo disco de aquella gloriosa década, pero no tengo la menor duda de que entre los cinco primeros no me faltaría el debut de Stone Roses, un disco del mismo título, publicado en 1989.

O sea, que se han cumplido un cuarto de siglo de su edición, y precisamente, porque se publicó en el último trimestre de aquel 89 no quiero que se escurra el 2014 sin que de nuevo haga mención a este disco por el que no pasan los años, un ejemplo magnífico de pop de los ochenta y en general de toda la historia. Y es que no hay una sola canción que no sea de single redondo. Desde la primera, ‘I Wanna Be Adored’ a la última, ‘I’m The Resurrection’, un carrusel inagotable de melodías perfectas, de guitarras luminosas y de un dinamismo rítmico propio del sonido bailable del Manchester de la época. Puedes pinchar esta entrada del blog para ampliar sobre un grupo con uno de los debuts más rutilantes de la historia y luego ido a pique.

Decía que este disco no me faltaría en mi selección de cinco favoritos de grupos de los ochenta, ahora que tocan revivals y nostalgias de aquella década mágica del diseño, el postureo, la modernidad y una música inolvidable. ¿Cuáles serían los otros cuatro? Dados mis gustos –sí, al señor Uribe, dando réplica a un ‘atrevido lector’, por decirlo cortésmente, que hace poco, sin conocerme y sin saber de mis debilidades, me hacía con una simpleza digna de elogio un retrato musical absurdo, le chifla el pop y lo defiende por sus cualidades creativas y melódicas, pero también le gustan muchos otros géneros que el, reitero, ‘atrevido lector’, desconoce-, decía pues que, dados mis gustos y mi devoción por la melodía, las voces y los arreglos cuidados e inventivos del pop, señalaría en primer lugar a Echo & The Bunnymen con ‘Ocean Rain’; en segundo a U2, con ‘The Joshua Tree’; en tercero, en efecto, al debut de The Stone Roses; en cuarto a The Smiths, con ‘The Queen Is Dead’ y en quinto a The Cure con ‘The Head On The Door’.

Con harto dolor, se me queda fuera una porrada enorme de discos indestructibles de grupos diversos, entre ellos todos los mentados al comienzo, pero obligado a elegir un quinteto, y solo un quinteto, yo me iría a la isla cual náufrago encantado con estos cinco discos grupales de los 80. ¿Meterías tú a The Stone Roses en ese paquete de cinco? ¿Cuál sería el primero? Hala, valiente. Recuerda: solo grupos.

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Feliz Navidad desde París

El título de esta entrada es una pequeña mentirijilla… No, no estoy en París, aunque sí que deseo una feliz Navidad a todos los blogueros asiduos a ‘La voz de mi amo’, así como a los que pasan por aquí esporádicamente. También a los que disienten e incluso a los que se muestran impertinentes y hasta faltones, que, a fin de cuentas, la música es sobre todo unión y no disputa. Paz y armonía, pues, y obviamente, mucha y buena música.

La mentirijilla a la que aludía anteriormente es que, en efecto, no soy yo quien está, o ha estado, en París, pero sí Mariano Casanova, que ha presentado su primer disco en solitario en la capital francesa, en primicia, antes de hacerlo en España e incluso de que haya salido el disco. El lugar, Cinéma Majestic Passy.

“Sobre ese escenario de París –cuenta Casanova- me acompañaron dos grandes maestros de la guitarra, Ramón Arroyo ( Los Secretos) y Mané Larregla (Distrito 14, Sinfonity) por los que siento un profundo respeto y agradecimiento por su generosidad, su amistad y por su gran trabajo realizado en el que será mi disco y en esta actuación parisina que para siempre guardaré en mi memoria. Fue realmente emocionante. Mi primera actuación desde el final de Distrito 14 hace 7 años, mi primer escenario con las nuevas canciones. Mi primer escenario en esta nueva etapa de mi vida”.

Allí, en la sugestiva capital del Sena, actuó el ex de Distrito 14 hace unos días y allí también rodó un vídeo de contenido navideño, adelanto de su primer álbum y al que le deseo toda la suerte del mundo. Mariano es un resistente al que no tumba ni el más forzudo soplo huracanado de cierzo. Se merece todo. Aparte de tomarme la licencia de elegir el vídeo por mi parte como felicitación navideña (iba a optar por algo más clásico pero pensé que estaba bien ‘hacer tierra’), es, si la memoria no me falla, el primer villancico, por así decir, que, después de Los Twangs, se graba en Aragón por parte de un grupo rockero. O es posible que no sea sí, bueno, no me hagáis remover archivo y neuronas, que es Nochebuena y me espera el pavo. Como decía al principio, y reitero, buena Navidad y muy buenas fiestas para todos. Un fuerte abrazo de amistad y música.
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Joe Cocker, se fue la voz de acero

La putada es que esta vez no va a tener manos amigas que le rescaten ni canción que le devuelva a los escenarios. Joe Cocker se ha despedido definitivamente de la vida y, por tanto, de su oficio de gran cantante de rock y baladas. En la génesis de su fama estuvo aquella majestuosa transformación que hizo en 1968 de una de las naderías de los Beatles, ‘With A Little Help From My Friends’, en un tremendo himno de soul blanco.

Precisamente ayer, en esas maratonianas e insoportables tardes de radio futbolística, en las que como alternativa, mientras hago alguna labor cotidiana, escuché la canción en Rock FM: se me volvieron a poner los pelos de punta. Esa dualidad casi a la par de voz masculina aullante y coros femeninos estratosféricos no se ha escuchado jamás en canción alguna, más en una simple canción venida del pop. Woodstock le puso la sal y la pimienta para encumbrarle en 1969 como uno de los grandes rockeros de la época.

Luego fueron llegando piezas magistrales, todas ellas con sustrato soul, ‘Hitchcock Railway’, ‘Marjorine’, ‘Delta Lady’, ‘Feeling Alright’…, compendiadas en un disco, ‘Cocker Happy’ (1971), que compré en uno de los muchos viajes a Andorra para abastecerme de vinilos que aquí no llegaban y que escucho ahora mismo mientras escribo. Fue el disco que me enganchó por completo en aquellos primeros años setenta al exfontanero de Sheffield, toda vez que los dos primeros, los que le dieron fama, aún tardaron bastante en llegar a España: hubo que esperar a la primera remesa de ‘Coleccionistas’, en 1980.

Aunque la canción que realmente me hizo temblar de verdad, oyéndola en las sinfonolas, machacándola en el tocadiscos, pinchándola y bailándola en las discotecas, fue ‘Hight Time We Went’, que compré también en Andorra, en 1972, en edición single francesa, y que en aquella España discotequera y progre de los inicios de los setenta salió exclusivamente en single, oyéndose casi tanto, exagerando un poco, como los payasos de la tele. Un bombazo.

Pero aquello se disipó pronto. Al de Sheffield se le agotó el acero en la garganta y en el cuerpo mientras el alcohol, sin embargo, le inundaba las arterias. La segunda mitad de los setenta fue un auténtico calvario para él. Toda una desoladora imagen de la derrota física y personal. “Lo putean y le roban el dinero como a un crío”, me comentaba un manager, a raíz de su primera visita a Madrid, en 1981, aquella en que Leonard Cohen se lo encontró en un club tan borracho y desorientado que se le acercó y, dándole una palmada en la espalda, le dijo: “Chaval, cuídate’, no puedes seguir así”. Cocker era entonces un auténtico guiñapo, apenas articulaba dos frases seguidas, no sabía ni dónde le llevaban a cantar ni cuánto iba a cobrar, si cobraba, cuando no se perdía y no aparecía en las actuaciones.

Mas, como si fuera un presagio de la canción que le encumbró, Joe Cocker siempre encontró una mano amiga que lo sacara del pozo. Si en los mismos inicios de los setenta fue Leon Russell quien le echó un gran capote cuando se quedó sin grupo en Estados Unidos y le montó una macrobanda de 40 músicos con la que recorrió los USA de costa a costa, saliendo de la gira una película y uno de los grandes discos en directo del rock, ‘Mad Dogs & Englismen’, en los primeros 80 fue el jefazo del sello Island, Chris Blackwell, el que le ofreció la oportunidad de grabar uno de sus mejores discos, ‘Sheffield Steel’, al que siguió ‘Up Where We Belong’, la de ‘Oficial y caballero’, y luego, dos años más tarde, el pelotazo de ‘You Can Leave Your Hat On’, el del striptease más erótico de la historia del cine protagonizado por la exuberante Kim Basinger.

Desde entonces, había un nuevo Joe Cocker, otra vez triunfante y vencedor del alcohol y la autodestrucción. Musicalmente, un artista que, versionando todo lo que se le ponía de por medio (desde Dylan a Leonard Cohen, Harrison, Ray Charles…) y grabando un torrente de discos, siempre de manera cálida y correcta, y, por supuesto, con la marca de la casa, con esa voz rota que aún oxidó más sus excesos con el alcohol, volvió a hacerse con el favor del público. Los discos eran apacibles y agradables, sin más, pero siempre confortables y motivadores para salir de gira. Le vi en el Rockódromo de Madrid con The Waterboys como teloneros; luego en Zaragoza, en el 88, en el Pabellón Francés de la antigua Feria de Muestras; después en Huesca en los primeros noventa, y años después en el Príncipe Felipe… Siempre airoso, con la voz cazallosa y enorme, y todavía aquellos ademanes espasmódicos y aquellos gestos que patentó en Wooodstock tocando la guitarra de aire…

Lástima, ahora ya no hay resurrección posible, ni mano amiga que valga. Tenía 70 años y hoy mi intención era hacer una entrada en el blog con un villancico de felicitación navideña, pero me he encontrado con la noticia del veterano Cocker abandonando este perro mundo. Me duele, porque nada se sabía de que estuviera enfermo de cáncer de pulmón, y porque alegró mucho mi juventud musical, especialmente con aquella canción que tanto puse en las cabinas y tanto bailé en las discotecas, ‘High Time We Went’ o ‘Ya es hora de irse’, como se la tradujo aquí, y que no viene a cuento para nada (por el título y por el momento), pero es la vida. Se fue la voz de acero.

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Neil Young, orquesta y coros

Si hay un disco que resulta del todo absolutamente recomendable hacerse con la edición de lujo, ese es el último de U2…, bueno y también el último de Neil Young, que se titula ‘Storytone’ y viene con un primer CD orquestal y otro segundo con las mismas diez canciones en solitario, una experiencia insólita o cuando menos sorprendente.

¿Qué por qué es altamente recomendable este formato deluxe de ‘Storytone’? Pues porque muestra la validez y, por decirlo de forma cursilona, el encanto de una canción cuando esta en su misma base cuenta ya con la solidez y la inventiva de una buena canción, o sea, la misma melodía, indestructible y brillante, se la revista luego como se quiera, siempre y cuando, claro, que no se recurra a extravagancias.

Algunos o muchos seguidores o no seguidores del canadiense enseguida plantearán la típica y tópica dicotomía: ¿la versión en solitario o la orquestal con 92 músicos y coros? El pruebe, compare y elija. Bien. Un eslogan quizá perfecto para la publicidad de un detergente pero no para la música, y menos para este disco, porque en ambas facetas Neil Young resulta atractivo y diría que, respondiendo a la pregunta que rotulaba el título de uno de sus álbumes más fallidos, ‘Are You Passionate?’, este disco, aunque la orquestación parezca demasiado blanda, evocadora de aquel ‘Days Of The Future Days’ de Moody Blues y hasta muy Walt Disney, por meter un poco el dedo en el ojo, es todo pasión y ternura en un equilibrio maravilloso (el nuevo amor) y sin que falten sus típicos puyazos ecosociopolíticos, en esta ocasión contra el fracking o el deterioro del planeta.

‘Neilyougnismo’ en estado puro, con una conjunción de las mejores melodías que haya escrito en las últimas décadas y con reverberaciones de buena parte de su obra anterior, desde las piezas orquestales que incluyó en ‘Harvest’ al jazzismo que metió en ‘This Note’s For You’, el piano de ‘Tonight Is The Night’, el country de ‘Old Ways’, los soliloquios y el intimismo de ‘The Loner’ o el delicadísimo ‘Comes A Time’. Afortunadamente no hay citas electrónicas de ‘Trans’ aunque se echa en falta un rejonazo de la rabia y el óxido de ‘Rust Never Sleeps’ o ‘Ragged Glory’ o incluse algún apunte rockabilly al modo ‘Everybody’s Rocking’ para perfilar el mapa completo de las sonoridades de una de las figuras más cruciales de la historia del rock, pero no era cuestión de hacer un autorretrato, supongo, sino de dar suelta a otra inquietud más de las suyas, en este caso, como avanzó hace unos meses a través de Billboard, “grabar un álbum con una gran orquesta, en directo, una grabación con un solo micrófono. Quiero grabar exactamente lo que ocurra, desde un solo punto de vista, y que los músicos se acerquen y se alejen del micrófono según vayamos grabando, como se hacía en el pasado. Es un reto para mí y el sonido que se logra es increíble, imposible de conseguir de otro modo. Así que voy a hacerlo”.

Y ya está hecho. En directo en el estudio, con todos los músicos y él enfrente, de tirón, como se hacía antes, en efecto. Y es un placer para los oídos, al menos para los míos, que no han declinado en días de darle paso a estas fragancias musicales, impregnadas de olores blueseros, countries, jazzísticos, folkies… Sí, Neil Young, es un sesentón, un viejo para el rock, un tipo que ya tenía que estar en el hogar del jubilado y todas esas memeces que sueltan gafapastas y modernos de pacotilla, pero cuántos, tanto veteranos como neófitos, quisieran poseer esa abnegación por el trabajo y esas ganas de hacer cosas distintas a cada paso que da, amén de su inspiración casi constante.

No hace mucho, en 2012, nos obsequió con un disco de raíces, ‘Americana’, y otro doble furiosamente psicodélico, ‘Psychedelic Pill’. Este, se metió en una cabina de los años 40-50 y salió a la media hora con un disco, ‘A Letter Home’, de sonido infame, como obviamente era de esperar, pero de melodías ajenas grandes, y ahora ha llegado con este doble híbrido de orquesta y en solitario. Además, ha entregado la segunda parte de sus memorias, sigue con su invento del Pono, sistema de audio en el que se van a reeditar sus 15 primeros discos, y, por si fuera poco, le ha dado tiempo a cabrearse con uno de sus viejos colegas, David Crosby, divorciarse de su mujer Pegi, tras 36 años de matrimonio, y ennoviarse con Daryl Hanna. Con razón se buscó un grupo llamado Caballo Loco. Como su vida.

Aquí la grabación de una de las canciones del disco, que ya adelantó en un maxi:
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Y aquí, el álbum completo:
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Conexión jota-flamenco

Se puede ser devoto del flamenco o no, como se puede ser de la mazurca o el pasodoble, estilos estos no precisamente muy florecientes en tiempos modernos, pero cuando un trabajo destila al mismo tiempo sabiduría y un profundo trabajo de investigación además de música, sea la que sea, hay que rendirse obligatoriamente ante lo que se nos pone delante de los ojos y los oídos, ante el intelecto.

Es lo que ocurre con el cedé que, bajo el título de ‘Flamenco diásporo’, ha editado la Orquesta Popular de la Magdalena de Zaragoza, un espectacular trabajo de investigación histórica y de muestra práctica de la diáspora del flamenco y su cruce con otros cantos regionales, especialmente con la jota, que aunque parezcan dos mundos tan distantes tuvieron un gran acercamiento. Desde el siglo XIX ambos géneros, según constatan tres expertos como Javier Barreiro, Javier Losilla y José Luís Cortés, conectaron entre sí, hasta el punto de producir sorpresas monumentales como que las alegrías gaditanas, por ejemplo, no son sino una derivación de la jota aragonesa.

En el jugoso libreto, ilustrado con límpidas fotografías del barrio zaragozano, Javier Barreiro, todo un mayúsculo experto en músicas pasadas, especialmente cuplé, tango y jota, expone con sucinta brevedad el trayecto que llevó al encuentro entre la jota y el flamenco debido al viaje que muchos andaluces hicieron a Aragón durante los siglos XIX y XX para hacer el obligatorio servicio militar, lo que generó cruces musicales y culturales notables y de los que hay abundantes testimonios. El camino inverso se produjo durante la guerra de la Independencia, al viajar la jota al sur y poco a poco permeabilizarse de flamenco, lo que con el tiempo, a mediados del XIX dio lugar a las alegrías, con sus variaciones o juguetillos, como escribe Barreiro, señalando a Juanito Pardo y Cecilio Navarro como dos nombres clave en esa ‘flamenquización’ de la jota. Javier Losilla remacha el asunto, trazando un mapa mínimo (por la cuestión del espacio) de las idas y venidas de las bulerías, los jaleos o los tangos por media España, influyendo en las músicas nativas y dejándose influenciar.

De ello da cuenta este disco que no solo ha sido guiado en su invención y confección como productor ejecutivo por un gran amante y conocedor del género como José Luis Cortés sino que además aporta jugosos textos introductorios a muchas de las interpretaciones del disco, protagonizadas, en realidad, no por una orquesta como sugiere el nombre sino por diversos músicos y voces aragonesas, eso sí, muchos de ellos con raíces o afines al barrio de la Magdalena: David Tejedor, Arturo Giménez, Laura de San Pío, Juan de Palma, Beatriz Bernad, Jesús Gareta, Nacho Estévez, Rafa Domínguez… y así hasta más de una treintena de nombres, raperos incluidos, lo que en absoluto puede dar pie a pensar en un disco de fusión o mestizaje al estilo Ojos de Brujo y compañía. Con sus desvíos y actualizaciones electrónicas, es un disco puro en el que hay nanas, fandangos, jotalegrías, rumbas, asturianadas, fandangos, saetas… y hasta una pieza popular de Labordeta, ‘Cantes de la tierra adentro’, embutida en flamenco.

Una obra notabilísima y curiosa, con mucha sabiduría en el libreto y mucha música insólita en la galleta, interpretada con brillo y carácter. Ya digo, guste o no el flamenco (yo lo consumo lo más puro posible), un trabajo ante el que no se deben cerrar los oídos. Y de camino un chispazo de la gran tesis doctoral que hay tras este sorprendente y elaborado disco, que, por cierto, se presenta en vivo el próximo día 27 en el Centro Cultural Las Armas.

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Ty Segall, adicto al trabajo

Toda una fiera de los discos, no solo escuchándolos sino también fabricándolos. Dicen que el californiano Ty Segall está con el depósito casi repleto de todo lo que ha oído, especialmente de los sesenta y setenta, y él mismo ya cuenta con once álbumes desde que empezó a editar en 2008 (a veces, a dos por año), aunque la cifra es muy variable, especialmente si se cuentan los discos compartidos, con otras bandas o la suya propia, Ty Segall Band. Y solo tiene 27 años. El mundo sajón utiliza para esta clase de adictos al trabajo el término workalcoholic. También vale en términos soviéticos el de estajanovista. Que es lo que es.

La culpa de toda esta desbordante producción es el propio estudio que Ty Segall tiene montado en el garaje de su casa en Laguna Beach. Allí pasa horas y horas dando forma a sus discos a cual más rebuscado y diferente, de manera que lo mismo se decanta por la electricidad brutal como llena otro con solo baladas acústicas, caso de ‘Sleeper’ (2013) o se decanta por las resonancias puramente beatlenianas fundidas con Syd Barrett, como hizo en ‘Hair’ (2012), junto a White Fence.

Se le relaciona con un buen puñado de grupos actuales, desde sus amigos White Fence a Black Lips, y señalan a The Stooges y grupos garajeros como The Standells, Sonics o The Kingsmen como sus mayores influencias. Me temo que la cosa no se queda ahí solo, o cuando menos no se centra al completo. Porque este prolífico californiano, incluso con su melena rubia y su cara aniñada, parece primo mayor de Beck, por su espíritu rompedor o al menos por sus intenciones de exprimir el pop y el rock para sacarlo de sus casillas más convencionales, sin llegar, cierto, a los parajes de Swans o Flaming Lips, pero no mostrándose nunca complaciente.

Y es que Ty Segall, un loco de las guitarras, no experimenta, manipula, como dice el título de su undécimo álbum, ‘Manipulator’, maneja los instrumentos y el estudio de grabación a su antojo para producir los más dispares sonidos y las más dispares piezas, de manera que en este doble y reciente álbum lo mismo pueden escucharse rugientes guitarras y fuzz incendiarios que apuntes de blues, humos psicodélicos, sedosas cuerdas, trazos glam o verdores folkies. De los Beach Boys a Lennon, Black Sabbath, Kinks, Syd Barret, The Stooges, T. Rex, The Strokes… o Hawkins (su grupo favorito), un disco variadísimo y con la obligatoriedad por parte del oyente de darle muchas escuchas para sacarle miga. Vamos que, sin caer en la extravagancia, no es música para perezosos.

Recomiendo a quien quiera pasar un rato divertido interactuando con el vídeo y escuchando una buena canción, pseudo tributo a Beach Boys, y que da título al disco, que pinche aquí. Y si no, aquí una de las canciones señeras del disco y su versión en directo. Hendrix parece escapado de la jaula.

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¿Persiguió el franquismo el catalán?

Aunque no lo parezca, e incluso aunque algunos mismos catalanes -por razones quizá muy interesadas- lo hayan olvidado, se cantó mucho en catalán durante el franquismo y la Transición. Veamos.

Elvis Presley no era catalán –todo se andará- pero sus canciones sonaron en la lengua de Espriu durante los años sesenta en voces diversas, la principal Francesc Heredero, luego Francisco Heredero. Este fue el novio yeyé por antonomasia de la época, casó con otra yeyé de postín, Luisita Tenor, pero antes de alcanzar la fama en toda España, debutó en 1963 con un EP, ‘Amic Elvis‘-Exits d’Elvis Presley’, enteramente dedicado al Rey, incluyendo ‘Sentimentalment’ (Sentimental me), ‘La meva sort’ (Good Luck Charm), ‘Carta retornada’ (Return To Sender) y ‘Fes-me adéu’ (Gonna Get Back Somehow). El segundo EP, igualmente titulado que el primero y editado en 1963, también fue consagrado al cantante norteamericano.

The Animals eran ingleses pero sus éxitos mayores, ‘The House Of The Rising Sun’ y ‘Don’t Let Me Be Misunderstood’ tuvieron traslación catalana –‘La casa del sol naixent’ y ‘Comprensió’- a través de Els Dracs. Percy Sledge era norteamericano pero su gran balada soul, ‘When A Man Loves A Woman’, sonó en catalán con los valencianos Els 5 Xics (Quant un home vol una dona’). El Dúo Dinámico era catalán y en catalán cantó ‘Ai aquells ulls tan negres’ (Esos ojitos negros).

Salomé representó a España en el festival de Eurovisión de 1969 y aunque empatada a cuatro ganó el certamen, pero antes, en 1963, ganó la V edición del festival del Mediterráneo cantando en catalán ‘S’en va anar’ que publicó en un EP completamente en catalán donde estaba la hermosa y popular ‘Dame felicidad’ de Enrique Guzmán (Dona’m felicitat).

No quiero abrumar, pero algún ejemplo más. Luis Aguilé era argentino y Tony Ronald holandés, pero ambos cantaron en catalán. Mina, italiana, también lo hizo. Y la madrileña-aragonesa Elia Fleta cantó ‘My Foolish Heart’ en catalán como ‘Cor inquiet’ junto al gran Tete Montoliu. Antes de todos ellos, en 1958, José Guardiola llenó su segundo EP con canciones en catalán, siguiéndole después, en los sesenta, otros cinco EP’s más y un single. Igualmente, en 1958, las Hermanas Serrano hicieron versión catalana y castellana de su segundo EP, ‘Besa’m tres vegades’, lo que volvieron a repetir en 1959 en el sexto, ‘El dia dels enamorats’.

Guardiola y las Hermanas Serrano fueron los primeros en cantar canción pop en catalán. Después lo hicieron decenas y decenas de grupos y solistas, desde los mentados a un pléyade de artistas yeyés, soul, progresivos, orquestales…, dejando aparte a los cantautores de Els Setze Jutges, que aquellos cantaron todo en catalán, e incluso los componentes del llamado rock layetano de los 70, que también cantaron mucho en catalán en el franquismo y la Transición, sobre todo, la Companya Eléctrica Dharma. Por no olvidar al rompedor Sisa.

Que se sepa, ninguno fue encarcelado, ni prohibido, ni integró lista alguna de perseguido por el franquismo réprobo. De esa que no se libraron otros, por motivos bien diferentes: por ejemplo, un ministro de la Gobernación, Alonso Vega, canceló las matinales del Price en 1964 y hasta un gobernador prohibió el jazz en Huesca.

Viene a cuento este rescoldo por culpa del machaqueo del independentismo catalán que tiene en su tabla de agravios principales para irse de España “la persecución desde el franquismo de la lengua catalana”. Hace unos días se vio a un integrante de la ANC en un programa de TV abaleando la permanente letanía persecutoria. Es posible que ello ocurriera, que se persiguiera el catalán. Uno no estuvo allí, pudo ocurrir y no nos enteramos fuera de Cataluña.

Si como define la RAE el término perseguir, o sea, “molestar, conseguir que alguien sufra o padezca procurando hacerle el mayor daño posible” o “proceder judicialmente contra alguien y, por extensión contra una falta o un delito”, no sé si algo similar tuvo lugar, pero insisto, es posible que algo de esto ocurriera y nada se supiera más allá de la propia Cataluña. Si alguien conoce casos concretos, invitado queda a desvelarlos. Cierto es que el catalán no se enseñaba en las escuelas ni era lengua oficial, como no lo eran el vasco, el gallego, el valenciano o el mallorquín, pero esta era otra cuestión…

Resulta, por tanto, muy extraño que parva tan grande de artistas como la mentada anteriormente cantara canciones pop –no tradicionales, sino pop- en la lengua perseguida y no hubiese represalias, máxime contando el Régimen con toda la batería de leyes y autoritarismo que tenía para aplastar, si fuese necesario, a una manada de elefantes subversivos.

popcatalanLa queja, me temo, tiene pocos fundamentos. Y, además, el independentismo no ve ni quiere oír, o solo ve y oye lo que le interesa, porque basta mirar un poco para ver la gran cantidad de discos recopilatorios que en los últimos años se han publicado con canciones de los sesenta cantadas en catalán: Ramalama, por ejemplo, cuenta en su catálogo con un copioso doble cedé, ‘Grans exits del pop en català’, editado en 2012, con nombres como Rudy Ventura, Dyango, Salomé, Betina, Tony Tonald, Francesc Heredero, Lone Star, Hermanas Serrano y hasta ¡Mochi, el Dúo Dinámico y Luis Aguilé!

Pop a la catalana 3En la propia Cataluña, con distribución incluida a través de La Vanguardia de uno de los discos, se han editado tres volúmenes dobles con algunas de aquellas canciones (el último recién publicado) bajo el título de ‘Pop a la catalana’. También el sello La sèpia verda editó en 2003 el recopilatorio ‘Hi ha ieié per aquí. Vol. 1” en tanto que Badabocs Selectors hizo lo mismo entre 2008 y 2010 con tres volúmenes denominados ‘Modernisme aborigen’ y Picap publicó en 2010 ‘Pop ie-ie català’, un CD con 28 canciones, y hay hasta un par de grupos actuales, Angelina i els Moderns y Refugi que recrean aquellos cantos pop sesenteros en catalán.

Todo muy abundante y fresquito para ver, oír y certificar la verdad de la Historia, que remato con una breve anécdota personal: aparte de estudiar ocho años en un internado que era como un pequeño microcosmos nacional, donde estábamos gente de casi toda España, por supuesto de Cataluña también, y donde a nadie se le espetaba si hablaba de una forma u otra, durante un tiempo fui miembro del Orfeón Universitario de Zaragoza. En el repertorio llevábamos una preciosa versión coral, obviamente en catalán, de ‘Al vent’, de Raimon, y la cantamos en colegios mayores, teatros, aulas magnas universitarias… y no recuerdo si hasta en recintos religiosos. Nunca jamás se puso impedimento a tal interpretación, pese a la ideología y el simbolismo trasgresor que tenía. O sea, que, pese a lo que se cuenta y se predica, y con esto no es que quiera erigirme –Dios me libre- en defensor de la oprobiosa, Elvis no estuvo en la cárcel en Cataluña, no se persiguió a nadie que cantase en catalán una música con tanta difusión como el pop. Así fue y así debe contarse.

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Bigott, en el séptimo álbum

El zaragozano Borja Laudo, alias Bigott, saltó a la arena discográfica en 2006 con un disco titulado ‘That Sentimental Sandwich’, que editó el efímero sello King Of Patio. Curioso, desconcertante, este bigotudo artista maño. Desde Sisa, Albert Pla o El Niño Gusano no llegaba al panorama nacional un tipo tan singular. Tan rara avis. Un artista que lo mismo evocaba a Nick Cave como al Dave Brubeck Quartete, Sonic Youth, The Doors, Love, Syd Barrett o el mismo Springsteen, un artista de esos a los que inmediatamente había, y hay, que colocarle el cartel de inclasificable. Mas pese a semejante etiqueta, nada de excentricidades o snobismos epatantes. Todo lo contrario. La armonía se imponía al presunto caos de la singularidad y la audacia.

Otra cosa era su presencia o sus entrevistas. En una que le hice en 2010, con motivo de la edición de su álbum ‘This Is The Beginning Of A Beautiful Friendship’, para el fenecido ‘Muévete’ de este periódico, me vaciló todo lo que pudo. Solo un par de preguntas y sus correspondientes respuestas, a modo de ejemplo:
-Hay un olorcillo a sonido Costa Oeste, desde Byrds a los Grateful Dead de ‘American Beauty’, del que no sé si eres conciente…
Soy consciente de muy pocas cosas. El olorcillo ese es bien raro, prefiero el de unas buenas chuleticas de ternasco a la brasa.
-Rara percepción al principio del disco. Creía que iba a sonar Nuestro Pequeño Mundo…
¿Estas tomando algo? Dame un poco. Este es el tipo de pregunta que no lo es, así que, como supongo que no esperas una respuesta, te voy a contar una receta buenísima que hice el viernes: alitas de pollo a la americana…

Y así prácticamente a cada pregunta. No le di la más mínima importancia a sabiendas del frikismo del personaje y menos ante la imposibilidad de la réplica, porque tuve que hacerla por correo electrónico, la única forma, según su editor discográfico, Pedro Vizcaíno, de pillarlo. Ambos, supongo, reímos. La parroquia, también.

Desde aquel año de debut, Bigott ha ido casi a disco por año, vamos que ya cuenta con siete, unos más logrados que otros. No extraña tanta fecundidad si, como me decía en aquella entrevista, él no consideraba oficio el hacer canciones, y que estas le salían como churros: “Pues sí, salen como churros, qué quieres que te diga. Hombre, solo hago eso durante la mayor parte del día, así que no tiene mucho misterio”. Bigott ha dado y da la sensación de estar en esto de la música como de paso, como el que mastica un chicle y cuando lo agota lo tira. Pero ya se ve que la cosa no es así en la realidad.

Ahora acaba de editar el séptimo álbum, ‘Pavement Tree’, un título con ese ‘pavement’ dentro que enseguida recuerda al grupo ‘indie-noisy’ del mismo nombre y que inclina a pensar que Borja Laudo se ha pasado al ‘ruidismo’…, una de despiste. Porque, en las antípodas del grupo californiano, cabeza de puente del indie de los noventa, este es el disco más orgánico y homogéneo, el menos disperso y ecléctico, que ha trazado el zaragozano, zurciendo sus canciones con el hilo de la Velvet más lírica y con unos deliciosos bordados de melancolía. Un disco muy agradable de escuchar, intimista, sin extravagancia alguna… y sin vaciles extemporáneos.

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Pedro Andreu, de Héroes, vuelve a su batería con La Red

AndreuEl batería de Héroes del Silencio, Pedro Andreu, debuta con grupo nuevo, La Red, y con un disco con tres canciones de rock a caballo entre los 70 y los 90. Tenía unas ganas enormes de “volver a su batería”, dice. Es su tercer grupo fuera de Héroes. Cree en este nuevo ‘reto’ aunque no busca el éxito inmediato.  Y no está cerrado a una segunda reunificación de Héroes del Silencio. Si llega, asegura que está preparado.

Antes de nada, ¿un grupo como La Red supone la cancelación de DAB?
Luis Sancho, DJ Positive, sigue con la producción de nuevos temas de DAB para Café del Mar, además de impartir clases magistrales en esa materia vía internet. Nos seguimos llevando bien y por ahora no tenemos planteado hacer un nuevo disco, pero no está cerrado.
Ni Pura Vida, ni DAB, ni Héroes, en el disco hay un acercamiento o cruce entre el hard rock setentero (esos wah wah) y el rock duro de ahora o de traza pseudogrunge que marcan sobre todo las guitarras… aunque al final, especialmente escuchando la cara B, denota una cierta inclinación por el rock melódico… ¿Cómo surgió este sonido? De manera espontánea o muy buscada?
Cuando inicié el proyecto quería una banda de rock. Eso incluye mis influencias en ese estilo que van desde mis Fab 4 o Springsteen, Black Sabbath, AC/DC, Soundgarden o Foo Fighters. Podría nombrar 50 más y me dejaría muchos.
Lo que sí demuestra es que tenías unas ganas inmensas de volver al rock…
Así es. Y de volver a mi batería. Eso especialmente.
¿Cómo se ha ido forjando el grupo? Primero el chispazo inicial, ¿quién y cómo se prendió? Y segundo, ¿los cambios de formación hasta la actual?
Hice un llamamiento por las redes. Me contestaron muchos músicos de aquí y de otros países e hice una primera selección de gente que estaba cerca por la cuestión logística. Mi plan era montar una banda aquí y otra en América. Finalmente mis compañeros son de Zaragoza (David Abad), Barbastro (David Albalá) y Ciudad Real (El Parri), todo muy cosmopolita, jejeje
¿Fue costoso el proceso?
La formación definitiva ha llegado después de un año. Es difícil encontrar hoy el compromiso entre los músicos por motivos comprensibles. Trabajo y garantías. Creemos en el proyecto.
¿Molesta que la gente se refiera a La Red (¿o l4Red?) como el grupo de Pedro Andreu? ¿Pesa mucho sobre él el nombre de un Héroe del Silencio?
Ningún problema. De hecho, es lógico. Tiene su peso, claro, pero como te digo, a mí no me importa. Me reta. El grupo es La Red. Lo de l4Red fue para el anagrama.
Lo que está claro es que no se trasluce en absoluto que sea el grupo de un batería. Te has aplicado a cumplir de forma muy ortodoxa tu función, sin brillos especiales ni virguería alguna. ¿Has querido evitar todo tipo de protagonismo o estrellato pasado?
Siempre he sido un batería alejado de florituras y muy poco demostrativo. Sigo aprendiendo. Le aporto mi manera diferente de expresar con el instrumento y mi criterio siempre ha sido el mismo. Todos somos importantes, Mi escuela son los HDS y como dice Angus Young: “Las baterías sencillas son las mejores”
Firmáis las canciones los cuatro, ¿es tan colectivo el proceso de composición?
Es un tema complicado. Normalmente David Abad (guitarra) trae una idea y la desarrollamos entre los dos. Luego se une Parri (voz) y en adelante contaremos con David Albalá (bajo).
Las letras, ¿qué quieren contar y cómo nacen?
Dejo las letras por el momento al cantante. Hablan de lo cotidiano, con un toque onírico y sin caer en el refranero español.
Y esta presentación del disco tan especial en vinilo y en formato de diez pulgadas, en color blanco y portada toda negra, ¿por qué?
Mi pretensión es darle un valor añadido a nuestras canciones. Tal y como están las ventas, los oídos y los tiempos pienso que los creadores debemos buscar fórmulas interesantes. Me gusta el vinilo, entre otras cosas, porque no es digital.
Eso es extraño en alguien que tiene un dúo con el nombre de Digital Analog Band…
Quiero decir que me gusta por lo que representa el vinilo y por las cualidades que tiene –el tacto, la presentación, el olor…-, cualidades que no tiene el CD.
¿Significa que esto es un simple aperitivo y que a no mucho tardar habrá álbum?
Es un comienzo. Nuestro plan es ir haciendo canciones y tocar en directo hasta conseguir atención por parte de nuestros oyentes y que nos obliguen a editar un disco completo.
¿Cómo ha sido la acogida del disco y de las actuaciones que hasta ahora habéis hecho?
Estamos satisfechos de lo que vamos haciendo aunque lo cierto es que acabamos de empezar y hay mucho que hacer. No busco el éxito inmediato y entiendo que las cosas llevan su tiempo.
No quiero entrar en exceso en un tema recurrente como Héroes, pero seguramente que no se me perdonaría. Simplemente quisiera que explicaras, qué pasó tras la reunión de Joaquín, Juan y tú. ¿Por qué se cortaron los ensayos y no seguísteis adelante?
Te lo agradezco. Los motivos son varios, y personales. Yo pienso que no había la ilusión necesaria y se decidió dejarlo. Me llevé un disgusto monumental pero acabé por comprender y rebelarme… montando un nuevo grupo. La música para mí no es una obligación, es mi vida.
Cuando recientemente Bunbury declaró que era hora de cantar canciones de Héroes, se armó un revuelo sobre otra nueva vuelta del grupo. Yo aseguré que Héroes están muertos. ¿Qué opinas?
Nunca se sabe, amigo. La vida da muchas vueltas. Si llega… estaré preparado.
¿Algo más que quieras añadir?
Gracias a la gente de Ok Corral. El disco está a la venta en Linacero y el próximo concierto será el día 13 de diciembre en La Casa del Loco.

La primera canción del disco en un vídeo de Jorge Nebra:

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¿El mejor cantautor español? Joaquín Carbonell

¿Exagero si afirmo que Joaquín Carbonell es dueño del cancionero más rico y variado de los cantautores tradicionales españoles? A quien las sombras del cerebro le impidan ver más allá de los estereotipos y de los nombres más famosos seguramente pensará que alucino. Y es posible. Pero yo mantengo la teoría que hace unos años, en 2005, ya solté en una página del Heraldo, citándole, con Sabina fuera de combate por su famoso y desdichado ‘marichalazo’, como ‘el mejor cantautor nacional’. Ahora, incluso con Sabina en acción de nuevo, sigo pensando lo mismo.

Sobre todo al escuchar y reescuchar la cata perfecta que él mismo ha hecho a su propio cancionero, extrayendo 19 piezas grabadas tras su reaparición en 1995, tras trece de retiro, y reunirlas en el cedé ‘1 vida & 19 canciones’. No ha podido meter la sonda en los anteriores, en los de los setenta, porque, pena marinera, por no decir otra cosa más áspera, no es dueño de los derechos de aquellos cuatro discos que grabó con RCA, y por tanto ni tocarlos si no ‘sueltas la pasta ya’, parafraseando una de sus últimas y divertidas piezas. No obstante, no hay que preocuparse, al menos su canción bandera de aquellos años en cuanto a musicalidad y armonía, o sea, ‘Me gustaría darte el mar’, está entre las seleccionadas, aunque en versión distinta, que mejora la original. Y también está aquella sátira sobre el poder del dinero, ‘La peseta’, a cuyo tintineo se alzan coronas y tronos, nacen ministros y reyes, especuladores y ladrones, que le soltó al franquismo en plenos años de plomo…

Inciso: el de Teruel no era precisamente el más ‘cabroncete’ a la hora de soltar metralla antidictadura, él tendía a ocuparse más del verso y la musicalidad que de la soflama, aunque por lo bajini, subliminalmente, que diría un cursi, metía sus puyazos en los discos y en directo se desfogaba de vez en cuando. Nunca olvidaré un recital en el abarrotado salón de actos del Colegio Mayor del Carmen donde cantó una pieza que nunca grabó y que se titulaba, si mal no recuerdo, ‘El cuadro’, donde a cada dos por tres repetía en el estribillo algo así (ay, la memoria) como que cuándo se iba a caer el cuadro y a morir ‘el animal’, no siendo otro el animal que el mismísimo Franco, como la parroquia intuyó rápidamente en medio del jolgorio general. Ya se sabe, entonces, en la dictadura había que hablar y cantar entre líneas.

Pasaron aquellos aciagos años, con los cantaurores al servicio de los políticos, y entre la patada en el culo que estos últimos, ya subidos al machito, los del PSOE especialmente, le dieron, y la riada de la posmodernidad y la Movida, Carbonell se quedó en la estacada. Durante años estuvo en el retiro, o por mejor decir, fuera de la canción, haciendo cosas en TV y escribiendo con mucho ingenio crónicas televisivas. Hasta que inesperadamente volvió y empezó a grabar discos: ‘Canta a Brassens’ (96), ‘Cariño y tabaco’ (97), reeditado en el 98 como ‘Tabaco y cariño’, ‘Homenage à trois’ (2000), ‘Sin móvil ni coartada’ (2003), ‘La tos del trompetista’ (2005) y ‘Clásica y moderna’ (2008).

Básicamente de estos discos procede la cata que ha resumido en el cedé mentado anteriormente, ‘1 vida & 19 canciones’, con fotos de un imberbe Carbonell en 1963, con 14 años, sentado a la batería de la Orquesta Bahía de su pueblo. Repito: perfecta. Y es que canciones como ‘Con las luces encendidas’ no solo iluminan sino que rompen el alma, no digamos la citada ‘Me gustaría darte el mar’, ‘Los versos de Pablo Neruda’, ‘Mon amour’…

Son 19 canciones en las que el de Alloza se comporta como un atleta de la rima y de la melodía, saltando de género en género como el que se ventila los siete metros de longitud en una zancada. Blues, jazz manouche, ranchera, vals, bolero, rumba, swing, reggae, country, Brassens, Dylan, JJ Cale… y hasta adaptaciones gloriosas como la de ‘Pay My Money Down’, versión a su vez de Springsteen sobre un tema de Pete Seeger, o la delirante historia brasseniana del gorila encelado con un severo juez, son los materiales con los que Carbonell traza la urdimbre de estas canciones, tan cuidadas e ingeniosas en los textos, tan transparentes y directas.

Carbonell, reitero, oyendo y disfrutando de este rico friso sonoro, al que ha añadido piezas inéditas, posee uno de los repertorios de cantautor más lúcidos y variados de España: Serrat sigue en lo mismo desde hace cuarenta años, Sabina no ha salido del dylanismo, la rumba y las rancheras, Paco Ibáñez es musicalmente un monolito… si acaso Llach –maravilloso e ingenioso ‘Astres’- ha sabido salir del carril de sus campanadas a muerte…, pero el resto de su generación no ha sabido manejar géneros con tanta amplitud y tanta riqueza sonora como lo ha hecho Carbonell.

El turolense es nítido en la voz, brillante en el verso y armonioso en la música. Y, sin embargo, como si una maldición maya hubiera caído sobre él, sigue cardando lana, viviendo un ostracismo inmerecido mientras otros, más famosos pero muchísimo menos creativos y dotados, celebran cincuentenarios a lo grande. Si este disco sale con la firma de otro notable del reino, petardazo seguro, pero es de un turolense, que aunque, según cuenta en el libreto ha sido “demasiado para un chico de Teruel”, merecía y ha merecido mucho más. En cualquier caso, sin chauvinismo ni amiguismo de por medio, este gran disco le hace justicia: es un gran retrato de la creatividad, de las buenas canciones de cantautor que por ser vecino quizá no se le considere lo debido; también, por esto último y por no haber salido en Madrid o Barcelona, del peso que el ‘bisnes’ le ha sisado injustamente.

Por cierto, estando los tiempos como están, el disco solo se puede adquirir en la web del autor por un precio módico de 7,95 euros. Háganse el esfuerzo.

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