Nuestro Elvis, nuestro Tom Jones, nuestro Sinatra… ¡Salvatore Stars!

Todo lo que los americanos denominan como un perfecto ‘entertainer’. Salvatore Stars es no solo el crooner por antonomasia de Aragón, nuestro Elvis, nuestro Sinatra, nuestro Tom Jones, sino todo un ‘entretenedor’, un cantante que actúa y divierte. Y, claro, un rockanrolero de muchos quilates, o por mejor decir, con mucho músculo, pues este zaragozano, cual Dr. Jekill y Mr. Hyde, se desdobla con una naturalidad, no pasmosa sino difícil y encomiable, pues no todo el mundo puede hacerlo, en dos personalidades bien distintas: por el día ejerce de musculoso profesor en su gimnasio y por la noche se enfunda el traje de lentejuelas y, con Elvis y Tom Jones en la cabeza, monta unas divertidas fiestas de baile y rock’n’roll en plan Las Vegas que tienen una gran aceptación por estos lares. Deporte y música, sus mayores devociones, su droga, como él dice. Habrá quien no valore a este tipo de artistas, por considerarlos clones de sus ídolos, pero, ojito, que Salvatore no se limita solo a ‘copiar’ sino que en su haber hay ya más de un centenar de canciones propias que él defiende a sangre y fuego como defiende sus grandes versiones de los 60-70. En todo caso, allá cada cual con sus juicios: Salvatore garantiza pasión por un tiempo y por unas canciones imperecederas, aparte de entretenimiento. Un ‘entertainer’ comme il faut.

Este dato, quizá desconocido por el gran público, pero con no poca relevancia, quizá afiance más esa garantía ante los incrédulos: Salvatore es el artista que más actuaciones realiza a lo largo del año en Aragón. Basta pasarse por su web para ver que no para, que tiene el calendario comprometido ¡hasta dentro de un año! Casi, casi, como los grandes artistas de masas, pero ‘a su manera’, como él canta, o sea, actuando en lugares y fiestas de lo más variado, desde reuniones moteras a bodas, casinos, musicales, cotillones, fiestas gremiales, clubs, discotecas, salas… El caso es estar sobre un escenario, su pasión desde crío, desde que quedó deslumbrado con Elvis. Ahí, en el escenario, ante un público que le adora, este atleta rocanrolero se entrega, se derrama, suda como un perro, que diría Springsteen; hace, en definitiva, profesión de fe de su pasión por el rock’n'roll y las grandes canciones.

Son ya 25 años desde que se le viera debutar en un gran escenario, en una sala En Bruto a rebosar. Entonces, con su primera maqueta, actuaba como Salvador y sus Vecinos de Abajo, y era increíble el optimismo y la alegría que derrochaba. Desde aquel momento no se ha apartado de los escenarios, al tiempo que ha ido grabando discos -Llámame’ (2002), ‘La ruta del dólar’ (2007) y ‘Atrapado en los 70′ (2010)- en los que ha mezclado canciones propias con versiones de supremos éxitos de la historia. Ahora, justo en el día en que este zaragozano de bravos músculos esculpidos en el gran gimnasio del rock´n’roll, cumplía 50 años, es decir, el pasado 4 de mayo, salía a la calle su cuarto álbum, ‘Aquí seguiré, y lo celebraba en La Casa del Loco. Una fiesta de celebración del rock’n'roll para acompañar un disco, “pletórico de ilusión, ritmo, buenas canciones y hermosos recuerdos”, como él dice, y con 23 canciones: 10 versiones de Elvis, Kenny Rogers, Beatles, John Denver, Clapton, Billy Swan y Sinatra y trece floridas composiciones propias envueltas en un excelente sonido y una no menos pulida producción musical. Esto no es Las Vegas, pero con Salvatore en el escenario no queda muy lejos. Gran tipo y gran artista.

No ha hecho todavía vídeo alguno de este disco, por lo que aprovecho para rescatar su versión de una de las más grandes y melancólicas baladas de la historia, ‘Green Green Grass Of Home’, del gran Tom Jones y de camino una muestra de su ‘marcha’ en el escenario y en el público, de su habilidad como showman.
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Y de música clásica, ¿cómo vamos?

Este es un blog dedicado exclusivamente a la música pop en todas sus vertientes, lo que no significa que quien dirige o maldirige su rumbo no esté contaminado tan intensamente por ella como por la música clásica. Dicho rápido y pronto: soy tan forofo de los Rolling, Beatles, Brincos, Creedence, U2, Waits, Cave, Springsteen, Echo & The Bunnymen, R.E.M., Jesus & The Mary Chain, Adele, PJ Harvey, Bon Iver, The Brian Jonestown Massacre… como de Bach, Mozart o Beethoven. Me tocan la fibra unos y otros como también me toca la fibra el jazz, la ópera, la zarzuela… Y cuando hablo de tocar la fibra es tocar la fibra: emocionarme, elevarme, sonreír, embriagarme, soñar, dar rienda suelta a la euforia, disfrutar estéticamente, conmoverme, llorar…, todas esas turbaciones que produce una buena canción o una sinfonía.

Escribo esto después de oír en la televisión al apuesto y personalísimo director de orquesta cántabro-palentino Ramón Torrelledó diferenciando entre una y otra clase de música. “La pop es para bailar y despertar fantasías, la clásica es profunda, toca el alma”, viene a decir este gran director de lacia melena, que en sus conciertos acaba más empapada en sudor que la de un rockero en trance, debido al ímpetu que le pone y a que dirige sin batuta y más con el cuerpo y las manos. No es que Torrelledó abomine del rock y del pop, como suelen hacer los más exquisitos, y de hecho confiesa haber bailado a tope con los Deep Purple o los Black Sabbath en su más tierna juventud. No se muestra pues despreciativo, pero sí establece una separación entre ambas músicas que, al menos en mi caso, ni ocurre ni me convence. Cada música tiene su momento y hasta su uso emocional, por lo que tan válida para el espíritu y los sentimientos es una sinfonía de Mozart como una melodramática pieza de Nick Cave o un rock’n’roll de Elvis. Depende de la apertura mental del oyente y de su tono vital en el momento de elegir una u otra.

Uno, ante todo, es melómano. Los años y los genes me han tallado un gusto por toda música que sobre todo emita belleza y transmita sentimientos, al margen de complejidades y virtuosismos. ¿Hedonista? Tal vez sí, pero no elitista. Las cantatas de Bach, los divertimentos de Mozart, los conciertos para flauta y orquesta de Mozart, las nueve sinfonías de Beethoven, con especial énfasis en el tercer movimiento de la novena, el sublime adagio, el ‘Requiem’, de Fauré, ‘Don Giovanni’, ‘La flauta mágica’, ‘Bohemios’, ‘Los Gavilanes’, ‘El huésped del sevillano’, el Mesias’ de Handel, el también conmovedor ‘Requiem’ de Mozart, ‘Orfeo y Euridice’ de Gluck, el épico Tannhäuser de Wagner, la ‘Overtura 1812’ de Tchaikovsky, la Pasión según San Mateo de Bach, los conciertos para órgano de Handel, ,… y tantos y tanto discos de mi discoteca clásica me alumbran con la misma intensidad que lo hacen los miles de pop y rock que también viven junto a mí. Unos y otros se llevan a la perfección. No discuten, no se enfadan si un día son titulares y al día siguiente reservas, siempre están dispuestos a lo que disponga el capricho de su entrenador, y menos aún polemizan sobre si sirven para bailar, crear fantasías o profundizar en el alma. Todos saben que son igual de imprescindibles.

Igual alguno de los que me lee piensa que deliro o igual está conmigo, no creo, me temo. Puede que sea un bicho raro, pero desde muy crío ambas músicas me han acompañado, me han dado amparo emocional, cada una en el momento adecuado. No he hecho distingos. Y así me siento feliz y reconfortado permanentemente. ¿Cómo vas tú, por cierto, con la clásica? ¿Qué piensas de ella? ¿La consideras un tocho, como parece ser el sentir general de la gente joven? ¿Crees que es compatible el rock con la clásica? ¿Hay que hacer un gran esfuerzo para entrar en ella? ¿Eres elitista? ¿Valoras más una que otra? Me gustaría dar con algún otro bicho raro como yo.

Aquí una de mis debilidades, el adagio del ‘Concierto para flauta KV 313′, de Mozart.
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Pop rubio y espumoso: The Primitives

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A finales de los ochenta, en concreto en 1988, llegaron al mercado discográfico dos grupos con chica peroxidada al frente que hicieron las delicias de los aficionados al pop limpio y adherente: The Primitives y Transvision Vamp. Los dos llevaron carreras paralelas, por no decir exactas, en lo discográfico: primer disco en el 88, segundo en el 89, tercero en el 91 y desaparición.

Ahora, han sido los primeros, The Primitives, con la todavía rubia Tracy Tracy al frente, los que, después de reunirse en 2009 para homenajear a su antiguo batería, fallecido recientemente, y grabar un EP hace unos meses, han vuelto a reunirse y grabar un álbum con el sello español Elefant que suena limpio y agradable a más no poder, sin menos ‘ruido agradable’ y más aún sin experimentos de aire oriental como aquel ‘Thru The Flowers’, del primer álbum, sino con canciones sencillas y directas. Otro sorbo de “pop rubio y espumoso”, como titulé el artículo que, en el suplemento del Heraldo Semanal, le dediqué al trío a principios del 89 con motivo del éxito cosechado el año anterior con su debut discográfico, ‘Lovely’, y su canción emblema ‘Crash’; artículo, por cierto, que recupero para nostálgicos de aquellos ochenta tan fecundo y coloridos (pinchar aquí).

Bien es verdad que este nuevo sorbo no está fabricado con material propio, sino que el trío ha recurrido a viejas piezas de los sesenta cantadas por grupos con chicas, por lo que hay un aire sixties adorable y vivaz, spectoriano en alguna ocasión. Curiosamente han hecho una labor de búsqueda y criba más que encomiable porque se ha realizado buscando entre grupos completamente desconocidos, o casi (los holandeses Shockin Blue se comieron el mercado en los finales de los sesenta con ‘Venus’ y ‘Nunca te cases con un ferroviario’, aunque aquí se ha elegido otra pieza menos conocida), lo que le da al disco un valor añadido de exploración y descubrimiento. Casi mejor que desgranarlo yo, voy a dejar la palabra al guitarrista del grupo Paul Court, vía Elefant, para que explique detalladamente y mejor el origen de cada una de estas canciones, más que curiosas, que se pueden escuchar en YouTube.

• Panic • La canción “Panic” de Reparata and the Delrons fue todo un éxito con su estilo northern soul. Tiene pinta también de ser una canción de un primer proyecto del grupo punk-pop de los ochenta BOW WOW WOW, y es difícil imaginar que ellos no hicieran una versión de la canción. Hemos mantenido la agudeza de la canción y añadido ese sonido bubblegum y popero de los PRIMITIVES.
• Turn Off The Moon • Esta canción es de la cara B del single “Lolita Ya Ya” de la banda sonora de la película “Lolita” de Stanley Kubrick. La cantó Sue Lyon, la estrella adolescente (tenía 14 años) de la película. Le hemos dado un toque punk, con sonidos de Joe Meek de la época.
• Move It On Over • Hasta hace poco solo sabíamos de la existencia de un único disco, “Baby Please Don’t Go”, de esta mujer de nombre tan exótico: LEGRAND MELLON. Resulta que sacó tres singles, y uno de ellos es la versión original de esta apasionada despedida.
• Sunshine In My Rainy Day Mind • No habíamos oído del psych-folk de Polly Niles hasta la mitad del proceso de grabación de “Echoes and Rhymes”, pero fue amor a primera escucha. Había algo innato en la canción que nos recordaba a los PRIMITIVES de después de “Lovely”, así que nos pareció muy oportuno incluir una versión de la canción en el disco.
• Till You Say You’ll Be Mine • Esta canción escrita por Jackie DeShannon es probablemente una de las canciones mas conocidas del disco. Luis de Elefant nos puso la versión estilo garage de Olivia Newton John, y nuestra versión se basa en ella.
• I’m Not Sayin’ • Hemos reemplazado el estilo desenfadado de este single de 1965, cantado por Nico y escrito por Gordon Lightfoot, por un especie de zumbido de campanillas folk y percusión incesante que se asocia más con el grupo con quien se juntó Nico al año siguiente. La canción trata de alguien que quiere tenerlo todo, y como hago de voz principal en ésta, me alegro mucho que la voz de Tracy se una justo en “Baby if you let me have my way”, porque creo que eso hace menos cursi la frase. Hay una armonía angelical al final, gracias a TT, y eso debería de ser suficiente para que quien la escuche no se fije en la falta de compromiso de la protagonista.
• The Witch • Nada en el LP “Paradise of Sounds”, de los alemanes ADAM AND EVE, se puede comparar con la excéntrica y genial “The Witch”. Hemos acentuado los elementos más VELVET UNDERGROUND de la canción y hemos cambiado los sonidos de los búhos por efectos de viento al estilo “Silver Machine” de HAWKWIND. Janie Jones, la notoria estrella de pop de los 60 que se convirtió en madam, también grabó la canción (estuvo casada por aquel entonces con “Adam” comocido como Johnnie Christian Dee). Su versión pone los pelos de punta y suena como si el personaje Fenella Fielding en la comedía británica “Carry On Screaming” se hubiera puesto al frente de una banda proto-heavy, y es una muestra encantadora de rock gótico de finales de los 60.
• I Surrender • ¡Cómo nos sorprende que nadie que conozcamos haya grabado una versión de esta impresionante revienta-pistas. Aquí echamos el resto con pop energético al estilo Tamla de Bonnie St Claire.
• Amoureux D’une Affiche • Bueno, espero que hayamos conseguido hacer esta canción bien. Tracy es la única del grupo que es bilingüe, pero su otro idioma es el español. La canción, que nosotros sepamos, va de un tipo que se enamora de un póster de una chica con muy poca ropa. Una de las frases dice “Dos señores lanzan la vista hacia mis muslos desnudos” – Oh la la! Una de las cosas que mas nos atrae de esta joya yé-yé de Laura Ulmer es el fervor descarado, casi punk; es un sonido y un estilo que, mirando hacia atrás, tienen unas cuantas canciones francesas de los 60. También, por supuesto, tiene ese estribillo matador “la la la la la” y un arpegio chispeante de guitarra que es muy PRIMITIVES.
• Where Will You Be? • “You Just Gotta Know My Mind” podría ser la canción mas obvia para una versión nuestra del álbum “Foolish Seasons” de Dana Gillespie, dado que teníamos una canción llamada “You Don’t Know” (que no era muy buena y que solo la tocábamos en directo) que tenía un cierto parecido. Elegimos en su lugar este himno conmovedor y soñador.
• Single Girl • A diferencia de todo lo demás de este disco, esta canción de Sandy Posey fue un éxito internacional. Nos habíamos olvidado de ella hasta hace poco, pero cuando lo volvimos a escuchar decidimos que sería una canción buena para incluir en el disco. Lo que al principio parece ser el escenario estándar de mujer soltera que debe encontrar un hombre, pronto cae en un territorio mas ilícito, y habla de tener que pagar el alquiler, seguido por la letra: “Necesito un amor nocturno, para poder sobrevivir de día”. A lo mejor es totalmente inocente, pero, ¿a que parece que implica algo “con más chicha”?
• Who Are You Trying To Fool? • Este Himno de soul de Little Anne, que reapareció en los 90, empieza con las voces bastante moderadas, y pronto crece en un frenesí de acrobacias vocales. Lo intentamos así, pero no sonaba muy a los PRIMITIVES, y volvimos al plan original, que era coger una canción soulera que pisa a fondo y tranquilizarlo un poco todo, como lo opuesto a lo que hacen los cantantes de soul cuando se meten con canciones de THE BEATLES, etc.
• Time Slips Away • SHOCKING BLUE fue una banda liderada por una mujer con algunas canciones buenas aparte de la que les hizo famosos. Nos sentimos un poco identificados, así que por supuesto metimos una canción suya.
• Wild Flower • Hay algo inconscientemente psicótico en “Wild Flower” de THE SHE TRINITY. Subimos el nivel de locura con bongos, distorsión y acoples a toda pastilla. También decidimos mantener la tradición de poner mi voz a dos canciones por disco, y ésta es la otra en la que aparece.

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Magofermín y la cultura libre

“Debería haber un gran almacén de arte en el mundo al que el artista pudiera llevar sus obras y desde el cual el mundo pudiera tomar lo que necesitara” (Ludwig Van Beethoven). El sordo genial adelantando los tiempos actuales dos siglos atrás. Increíble. La cita está tomada del disco libro ‘Cultura Libre’, editado por el ‘sello discográfico’ Magofermín y que, en cierto modo, resume la filosofía de este sello aragonés y de los grupos que acoge y edita. La cultura, según los responsables del sello, es como un ‘espacio libre’ al que cualquiera puede cruzar la puerta y observar su contenido, ser partícipe de sus intenciones que no son otras que difundir sus sueños, “lo nuestro”. “La música son sueños y la cultura las nubes que los recogen”, aseguran poco menos que como lema vital y poético. “Aquí y ahora, la música es actitud, es vivir, sentir y nunca será pagar, contratar, promocionar ni promover”. Un espacio, pues, “que debe estar lejos de las manos sucias que solo saben pagar y poner la mano”.

Con estas ideas, Magofermín, con más de diez años de vida, sigue sin pretender ser un sello discográfico en toda regla sino más bien “un mecanismo desde el cual los creadores libres puedan articular sus formas de expresión”. De esta forma, ha alentado la edición física y virtual de un buen número de discos, básicamente centrados en el punk y el hardcore, con grupos como, Interlude, Gen, Big Head Down, Prau, Txiringol, Visión Túnel, Mallacán, Inkonscientes, Déchusban, Picore, Zobux, Criatura, Temps al temps, Rottenmeyer and the Psychopunks, Rapsodia… (ver magofermin.org).

Todos ellos, hasta un total de 24 grupos aragoneses, configuran el cedé que acompaña al libro de 106 páginas en el que, además de la exposición filosofal del sello, se incluyen varias decenas de textos firmados por algunos de los integrantes del ‘espacio abierto’ así como por expertos en el tema y en los que se reflexiona sobre diversos aspectos como los derechos de autor, el top manta, la SGAE, el copyleft y, sobre todo, el concepto de ‘cultura libre’. Como es fácil imaginar, el colectivo se declara a favor del copyleft en tanto que lanza sus invectivas contra los derechos de autor, tal y como los gestiona la SGAE –“que más tienen que ver con los planes de pensiones de unos pocos que con el fomento de la creatividad”-, y la misma SGAE de la que dicen que es “una torre hasta ahora inexpugnable que ha caído hasta el fondo de un pozo de corrupción, de donde –esperemos- no emerjan jamás”. Canciones de plomo e ideas punzantes en un manifiesto musical e ideológico más que interesante, escrito en castellano, catalán y aragonés. Son otros tiempos. El sordo genial no vio visiones.

Predicando con el ejemplo, todo el disco se puede escuchar o descargar líbremente aquí en tanto que el libro se puede leer en esta otra web. Y para rematar, un vídeo de uno de los grupos de la plataforma, Picore, grupo ya veterano y crucial del experimentalismo y el underground aragonés.

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Kraütrock zaragozano

¿Kraütrock? Menuda palabreja. Etiqueta ahora ya más familiar, pero antaño desconocida en España. Dicen que en el 72 un periodista del NME, Ian McDonald, la empleó para referirse a las bandas alemanas y hasta el grupo Faust abría su cuarto álbum con una pieza del mismo título, pero nunca, en España, fue un término en boga y ni tan siquiera usado. Aquí, cuando en los 70, se quería hablar de los grupos teutónicos, tanto en revistas como en libros (glorioso el de Antonio de Miguel) se recurría a términos como ‘Rock alemán’, ‘Rock cósmico’, ‘Escuela alemana’…

Y fueron Tangerine Dream, por muy desprestigiados que luego quedaron, y no otros, sus representantes máximos en nuestro país y los más seguidos. De hecho, fueron los únicos que, en los setenta, se dejaron ver en directo por aquí: en la primavera del 78 consiguieron un llenazo en el pabellón Anaitasuna de Pamplona. De ellos, de su raíz y de aquella escuela que dio a luz una horda de grupos insignes -Can, Faust, Kraftwerk, Amon Düül, Klaus Schulze, Ash Ra Temple, Popol Vuh, Neu, Faust, Embryo, Nektar…- bebe el zaragozano Adrián Felipe, quien desde el año 1999, metido en su mundo y en su propio estudio, y bajo el nombre de Kraüt Experience, viene desarrollando en solitario un trabajo sigiloso pero fecundo, utilizando la paleta de los sintetizadores, osciladores, mellotrones y demás maquinaria que exige el género. Seis discos ha compuesto hasta ahora: ‘Un viaje espacial temporal’ (2000), ‘Memorias de un jardín psyco tropidélico esquizoie’ (2001), ‘A Brave New World’ (2006), ‘¿Sueñan osos polares con ovejas mecánicas?’ (2010) y el más reciente, ‘Transfromations’.

Adrián describe este disco como un ejercicio íntimo, para ser escuchado en la intimidad. Y así es, un placentero disco con siete cortes para volar por espacios infinitos, con ecos, sobre todo, de Tangerine Dream, aunque también de Eno y Vangelis. Nada que ver con la new age -por si acaso, algún despistado- sino con el espacio cósmico, por el que este zaragozano pilota como un Pedro Duque de la electrónica. Más difícil, sin embargo, resulta hacerse con esos discos e incluso contactar con él, pero si eres devoto de las máquinas y el ‘rock cósmico alemán’, en http://www.myspace.com/kratexperience hay varias piezas antiguas, que poco tienen que ver, dicho sea de paso, con ‘Transformation’, y la posibilidad, se supone, de contacto con Adrián Felipe.

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‘Bochornosa reflexión’ sobre la SGAE

El sábado pasado, día 5 de mayo, dediqué el espacio central de la página de discos del Heraldo a la SGAE, reiterando y resumiendo mi opinión que ya expuse hace unos días en el blog sobre la entidad de gestión de los derechos de autor en España. Ayer, día 10, el Heraldo, bajo el título de “Gracias a la SGAE”, publicó, en la sección de Cartas al Director, una misiva del jefe de Prensa de la propia SGAE, Antonio Rojas, calificando mi comentario de ‘bochornosa reflexión’. Está, obviamente, en su derecho de opinar y de calificar, pero, aunque no quiero repetirme ni ser exhaustivo, sí quiero dejar ambos textos a la consideración de quienes leen este blog por si quieren expresar su parecer. Por mi parte, un par de aclaraciones al jefe de Prensa y una pregunta, por si me lee:

1.- Rotundamente, no estoy en contra, ni así lo he expresado en ninguno de mis textos, tanto en el blog como en el periódico, de los derechos de autor. Faltaría más negar el estipendio justo al trabajo creativo, como a cualquier otro trabajo. Ese estipendio ya se produce, como digo, al grabar un disco o vender una partitura, y se estira justamente si el trabajo creativo se utiliza después en usos diversos como meterlo en una película, en un anuncio publicitario o grabarlo en un disco. Para ello se solicita el permiso directo, y punto. Otra cosa es el cobro multiplicado de la SGAE en bares, cafeterías, peluquerías, tiendas… y no digamos por el famoso canon digital, que ahora se abona vía presupuestos del Estado. Yo no niego, en absoluto, el salario de los creadores, como da a entender la carta de la SGAE (“El cierre sería tanto como eliminar el derecho al salario de los autores”). Yo pido el cierre de esta agencia tributaria por considerarla anacrónica y sinsentido en estos tiempos, y al mismo tiempo atentatoria contra el bolsillo del ciudadano, que no tiene por qué pagar, aunque sean unos céntimos, por usar el servicio de una peluquería o tomarse una cerveza en un bar con música.

2.- Los socios de la SGAE no garantizan el futuro de la creación cultural, como se dice en la carta. La creación cultural está totalmente garantizada en el futuro con socios o sin socios de la SGAE. El trabajo creativo nunca morirá, como lo demuestra la misma Historia. Antes de que se creara esta entidad, hubo, durante siglos, grandes poetas, pintores, músicos, escritores… Y los seguirá habiendo en el futuro. No se preocupen por ello estos interesados benefactores de la Humanidad y la cultura.

3.- Finalmente, resalta el señor Rojas “el esfuerzo ingente (de la SGAE) en los últimos meses para abrirse a la sociedad”, pero ¿le ha preguntado la SGAE a la sociedad si quiere y necesita esa apertura?

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Tentáculos dylanianos sobre el mallorquín Paul Zinnard

Los tentáculos dylanianos no dejan de extenderse. Y como muestra un millón y pico mil, aquí, en su segundo álbum en solitario, ‘Orbit One’, editado por Two Mad Records, está Paul Zinnard tirando directo al Dylan de los setenta; o, afinando más, al Dylan de ‘Desire’ y ‘Street Legal’, los discos con cuerdas, aquellas maravillas donde sonaban ‘One More Cup Of Coffe’, ‘Isis’, ‘Sara’, ‘Romance in Durango’, ‘Señor (Tales Of Yanqui Power’), ‘Baby Stop Crying’…y donde el violín de Scarlett Rivera o David Mansfield le sacaban un nuevo color al sonido del bardo.

Nadie diría que este Zinnard es mallorquín, aunque ahora afincado en Madrid, y de nombre Carlos Olivier. Afrontar este paquete de canciones completamente sajonas con tanta autenticidad y tanto apego al mundo dylaniano no es fácil de encontrar en esta Iberia sumergida. Olivier, sin embargo, lo hace magníficamente, desgranando un cancionero propio de mucho fuste entre lo eléctrico y lo acústico que lo acerca también a Elliott Murphy, a ese rock urbano imperecedero y siempre emocionante, como aquí ocurre, por ejemplo, con ‘Happiness’ o en la delicadísima ‘Beyond The Moon’.

Una breve pincelada sobre su trayectoria, toda vez que para muchos será un músico completamente desconocido. En 1998 inició su trayectoria discográfica con The Bolivians, con los que grabó dos álbumes. Tras la ruptura de este grupo formó The Pauls, su grupo oficial hasta ahora con el que ha grabado cinco álbumes y con el que compagina su labor en solitario. Otro bardo que merece entrar en la ‘orbita uno’ de los folkies y songwriters nacionales. Aquí, la pieza que abre este segundo disco, en versión completamente acústica.

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Estampa enternecedora: Springsteen y su madre de 90 años bailan en el escenario

El pasado martes, en Newark (New Jersey), Bruce Springsteen cerró la primera tanda de conciertos americanos de su actual gira correspondiente a su reciente álbum ‘Wrecking Ball’. Veintiún conciertos en total, aparte de las propinas previas en el mítico Apollo, de Nueva York, o en Austin, donde intervino en sus famosa feria musical, por así decir, donde no solo actuó sino que ofreció una larga conferencia sobre su vida y pensamientos.

Está en plena forma. Es sorprendente cómo un tipo de 62 años sigue todavía haciendo cabriolas por el escenario, hasta doblándose de espaldas ante el micro como los viejos soulmen, y aguantando como un jabato las tres horas de concierto. Sería esto, claro, una simple anécdota de gimnasta sexagenario y resistente, si no fuera porque musicalmente el Boss ha vuelto por sus fueros, mostrando una energía y una entrega que ya resultaba difícil de superar tras el sello que puso en las giras de los 70-80. La muerte de su gran amigo Clarence Clemons, lejos de abatirle, le ha dado más fuerzas para salir al escenario a rendir tributo al amigo caído. Para ello, ha hormigonado una E Street Band absolutamente demoledora que si se descuida, como ocurrió con la Segger Sessions, la convierte en una sinfónica, por números de componentes: 17 músicos en total en escena y presencia notable de los metales, lo que le confiere a sus conciertos un aire soul de primera magnitud. De hecho, esta gira se ha convertido en una especie de celebración del género negro, con interpretaciones de Smokey Robinson (‘The Way You Do The Things You Do’) o Wilson Pickett (‘634-5789’), un alegato personal de Springsteen y un quinteto de metales en el que reluce la gran e inesperada joya que ha sustituido a Clarence Clemons, su sobrino Jake Clemons, un hacha del saxo, un descubrimiento impactante. Su tío estará orgulloso.

En todas las giras del Boss se producen sorpresas y ‘numeritos’, pero esta está superando a cualquier otra: aparte de la maciza composición de la E Street Band, en la que además del quinteto de metales ha incluido un trío de voces para reforzar su inclinación soul, por el escenario han pasado invitados de lujo (Dr. John, Tom Morello, Jimmy Cliff, Eric Burdon, Arcade Fire…), han subido niños a cantar, ha ‘piscineado’ entre el público, se ha metido unos vasazos de cerveza de los espectadores de un solo trago, ha recuperado canciones como ‘Bishop Danced’ o ‘Something You Got’ que no cantaba desde hace 40 años, se ha homenajeado emotivamente a Clarence Clemons con largos aplausos alentados por Springsteen –“and Clarence join the band”- con el micro elevado a los cielos… y lo nunca visto: la madre de un rockero bailando con él en el escenario. Pues allí estuvo, en Philadelphia, Adele, su madre, bailando con su hijo ‘Dancing In The Dark’ con un humor y una agilidad increíble ¡¡a sus casi 90 años!! La estampa más enternecedora de esta gira. Conocí personalmente a Adele cuando Springsteen vino a Zaragoza, en 1999. Una mujer simpatiquísima y dicharachera que no paraba de hablar y reír junto a sus dos hermanas, eufóricas las tres. Lamentablemente, una de ellas murió la semana pasada con 92 años.

El domingo que viene, en Sevilla, toda la troupe comienza la gira europea, que va a durar en torno a unos dos meses y medio, hasta el 31 de julio, para en agosto acometer la segunda y última tanda americana, ya por grandes estadios, hasta su final en New Jersey, el 22 de septiembre. Podrá gustar o no un artista como este, pero a mi juicio está haciendo algo que hicieron estupendamente algunos bluesmen con su música: envejecer el rock con una entrega y una dignidad encomiables. Como creo que estamos asistiendo a una de las mejores giras del Boss, combinando sus números clásicos con algunos nuevos bajo la pátina del soul y el folk, me he animado a abrir una página dedicada a esta gira. No sé si tendrá buena acogida por los lectores de este blog; ya sé que algunos fustigan mis querencias springsteenianas, pero, con su permiso y si no también, lo voy a intentar. Arriba, está la pestaña correspondiente.

Ah, y la estampa más tierna del Wrecking Ball Tour. ¡Esto es un hijo!, que diría alguna mamá sensiblera. Bruce y Adele, dancing in the dark…
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El soul no muere: Alabama Shakes

Si en el vasto mundo de la música popular se establecieran géneros mayores y menores, el del soul sería uno de los primeros, de los grandes. Desde Sam Cook a Otis Redding, Aretha Franklin, Wilson Pickett… es tal el número de grandes artistas y la tonelada de maravillosas canciones que ha dado que sería difícil hurtarle esa categoría. Es verdad que ha sido, incomprensiblemente, un género con muchos baches y hasta ‘humillado’ por los propios, o por mejor decir, por las propias herederas de sus creadores. Ya se sabe, las beyoncés y toda esa tropa dérmica del nuevo R&B que se ha cargado la música negra, y por reducción, al soul, hasta convertirla en un pastel acaramelado y empalagoso, buscando el dinerito fácil.

Desde que Amy Winehouse, básicamente, irrumpiera en el mundo musical, sin embargo, el género ha vuelto a coger relevancia, no la de aquellos gloriosos finales de los sesenta y primeros setenta, pero al menos se ha visualizado más y ha llegado a las capas más jóvenes. Aquí sigue todavía mostrándose palpable y emocional en este renacimiento, que esperemos sea lo más largo posible, con un último nombre en unirse al listado de artistas jóvenes: Alabama Shakes, un cuarteto con la impactante voz femenina de Brittany Howard al frente. Como tantos otros géneros, el soul se hibridó en los setenta con el rock y nació el rock-soul, comandado en la parte femenina por Janis Joplin. Pues por ahí va este grupo, y en concreto su vocalista, de la que se dice que es como si Otis Redding y Janis Joplin hubieran engendrado una hija.

Alabama Shakes conjuga con mucho empuje y autenticidad los mimbres de uno y otro género, del rock y del soul, evocando a sus padres putativos de manera indisimulable. Se puede comprobar en su álbum de debut, ‘Boys & Girls’, editado en Europa a comienzos del pasado mes de abril por el sello Rouge Trade, no muy familiarizado con estilos como este pero eclipsado por la fuerza de su cantante. Soul-rock de pura cepa, con ‘Hold On’ como single, auténticas y musculosas baladas (‘You Ain’t Alone’), evocaciones de la Creedence, como ocurre en ‘Hang Loos’, y algún desparrame guitarrero (‘On Your Way’) para que se note que es un grupo que bebe en el pasado pero vive en el presente.

El cuarteto procede de Athens. Se formó en 2009, en el 2011 grabó un EP y ahora este álbum. No, no es Otis Redding ni Janis Joplin, y de hecho hay algunos momentos en que el disco desfallece, pero si te interesa un poco el soul seguro que lo escuchas con agrado. Hay géneros mayores que tendrán sus etapas oscuras pero me temo que nunca morirán, mientras sus creadores legendarios sigan golpeando en la memoria y surjan sucesores como estos Alabama Shakes. Aquí, una de sus baladas: Otis redivivo en piel femenina.
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¿No se está pasando Madonna?

Están en su derecho, pero resulta cada vez más chocante el celo de las discográficas por preservar los discos hasta el mismo día de su publicación por el miedo a la piratería. Los encierran bajo siete llaves y a los mismos periodistas les montan unos circos insólitos para acceder a audiciones previas: escuchas en salas medio acorazadas, sin grabadoras, nada de críticas previas, prohibidas las copias promocionales de adelanto…Uno mismo, sin llegar al extremo de estas escuchas blindadas, ha guardado silencio, o más bien ha puesto a buen recaudo, no ya de amigos sino de los mismos familiares más allegados, un determinado disco cuando así me lo ha pedido una discográfica determinada. En ese aspecto soy muy escrupuloso y leal con quien confía en ti. Creo que así debe ser.

Pero lo que no entiendo es para qué vale tanto celo si se trata de hacer frente a la piratería. Tengo la sensación de que no sirve para nada. En cuanto el disco llega a las tiendas ya es objeto público y sujeto de pirateo viral. El fan que está dispuesto a comprar un disco lo hará, con filtración y sin filtración, con adelanto público o sin adelanto. Llama pues la atención, por no decirlo de forma más cruda, que en estos tiempos de saturación de los juzgados y con los grandes problemas que penden sobre el país, un juez de Zaragoza ande librando comisiones rogatorias a Estados Unidos, Alemania o Luxemburgo para aclarar y condenar, si hubiese lugar, el caso del presunto filtrador de una canción del último disco de Madonna. Se supone que asuntos de mucho más calado habrá en la mesa del señor juez, mas si así lo demanda su trabajo, nada que objetar. Lo que no quita para que desde fuera se vea como una desmesura. ¿O es que se ha filtrado un alto secreto de Estado o la fórmula de la Coca-Cola?

Da la sensación de que Madonna está rabiosa. No se sabe si por la filtración o por el fracaso de ventas de su último álbum. Sus abogados, tras exculpar el juez a un fan zaragozano de haber filtrado la canción, han pedido la reapertura del caso. ¿Acaso la filtración de una canción que, al parecer, ni estaba acabada, puede haber sido la causante del fracaso comercial y de los palos que le ha dado la crítica? Está en su derecho de defensa de su pecunio intelectual, pero debería mirárselo: ella y nadie más es culpable de ese fracaso. Lleva varios años sin dar palo al agua, haciendo unos discos pueriles cuyo trasluz es la huida de la gente de las cajas registradoras.

Sigan sus abogados persistiendo, pero un simple fan de Zaragoza no ha podido tener acceso directo a esa canción, como tampoco la filtración ha podido perjudicarla, ni comercialmente ni musicalmente. Que una canción de un álbum se conozca una semana o un mes antes de que aparezca ese álbum en el mercado no tiene la más mínima incidencia negativa sobre un disco, más bien al contrario, es publicidad. De hecho, en los últimos tiempos, no son pocos los artistas que adelantan por Internet no una sino todas las canciones de un álbum, el más reciente Paul Weller. Nadie le puede recriminar, insisto, a Madonna o cualquier otro artista que defienda su trabajo, pero en el caso de la filtración de la canción previamente a la edición de último álbum, me da la sensación de que Madonna se está pasando. Si la ‘reina del pop’ quiere vender discos que ofrezca calidad y se deje de zarandajas. Y las discográficas que guarden su celo para otras cosas, pues la custodia a cara de perro de sus discos antes de publicarse ya se ve que sirve para poco.

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El pago, el copago, el repago y el requetepago de la SGAE

Un arquitecto diseña una casa, dirige su construcción, firma el fin de obra, cobra y sanseacabó, a otro tajo a ganarse el jornal. Un músico graba una canción, cobra los royalties convenidos con su empresa discográfica… y no sanseacabó. Puede sentarse tranquilamente en su sillón y mientras tanto, según la fortuna, forrarse hasta las orejas. Sale su canción en la radio, ¡clink!, suena la caja registradora; la tocan en una boda, ¡clink!, suena la caja registradora; se oye en una discoteca, ¡clink!, suena la caja registradora; se baila en una verbena, ¡clink!, suena la caja registradora; salta en una peluquería, ¡clink!, suena la caja registradora; aparece en una película, ¡clink!, suena la caja registradora; de nuevo en una discoteca, ¡clink!, suena la caja registradora; de nuevo en la radio, ¡clink!, suena la caja registradora; de nuevo en una discoteca, ¡clink!, suena la caja registradora, que el mismo músico sale a cantarla a un escenario, ¡clink!, suena la caja registradora… y así ad infinitum. Y menos mal que ya ha desaparecido el canon digital, que si no otro buen pellizco. Mientras el arquitecto ya debe andar por el quinto o sexto tajo, el músico puede seguir fumándose un puro bien arrellanado en su sillón mientras su cartera se infla de billetes. Esto son los derechos de autor, o sea, la SGAE, el pago, el copago, el repago y el requetepago por algo que ya se ha cobrado al principio, al grabar un disco. Desconozco un oficio de a pie donde se produzca esta ganancia viral tan cómoda. Perdón por la autocita, pero por ilustrar directamente el comentario: uno también es autor, escribió dos libros en su día, se me abonó lo estipulado y, sí, sanseacabó. ¿Por qué no lo mismo un músico cuando graba un disco? Trabajo hecho, trabajo pagado, como cualquier currito. Otra cosa es que luego alguien quiera tocar o grabar su canción: se pide permiso y punto.

Es algo absolutamente impresentable. La SGAE nació hace ya más de un siglo para defenderse los autores de los voraces intermediarios con los teatros y salas musicales, y cuando la música se ‘vendía’ a través de partituras y no de grabaciones. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, son otros tiempos, otros métodos y no digamos otras tecnologías. Pero lo más insólito es que la SGAE funcione como una agencia tributaria al margen del Estado, una agencia privada que recauda en radios, discográficas, peluquerías, discotecas, bares, bodas, bautizos, comuniones, fiestas patronales, tiendas informáticas y lo que se tercie, y que luego reparte en función de las veces que suenen las canciones de sus asociados. ¿Pero cómo se mide eso? Por mucho que digan que tienen un sistema afinado, es imposible hacerlo exactamente. En consecuencia, el reparto no puede ser nunca equitativo, imposible. En una ocasión, en su segunda visita a la ciudad, pregunté a un grupo sueco si había cobrado su correspondiente cuota de la SGAE por la primera vez que tocó en Zaragoza. La respuesta fue tajante: “¿Qué es eso? Ni una corona”. Saquen conclusiones.

Hoy ha ganado las elecciones para presidir este anacrónico ente un viejo conocido de la afición ochentera, Antón Reixa, antaño provocador, rebelde e inconformista, miembro de las Fuerzas Atroces del Noroeste y, llevado de su coña gallega, encandilado por Paloma Gómez Borrero, “la sex symbol más apetecible que ha lanzado TVE”, según me confesaba en 1986 en una entrevista, y hoy domeñado por la edad y el olvido musical. Asegura que va a desterrar la opulencia (la de Teddy) pero ya confiesa sin rubor que su sueldo, sin dedicación exclusiva, no ha de superar los 70.000 euros al año, lo cual es tanta opulencia como la del excanario, según se mire. Esa cantidad, desde luego, él no la cobrará hoy haciendo bolos o grabando discos porque ya no lo escucha ni el tato. ‘Galicia caníbal’ quedó en el trastero hace muchos años. ¡Qué casualidad, por cierto, que muchos de los que andan rondando un puesto en la casa o ya lo han ocupado son viejas glorias venidas a menos! Lo propio sería que quienes están en candelero fuesen los que -ellos o gestores suyos-, presidieran la entidad y vigilasen el reparto, porque a ver a estas alturas de tiempos qué le puede llegar a Reixa y correligionarios por sus derechos de autor si ya no dan palo al agua y sus canciones no se oyen ni en la verbena.

La SGAE es un puro anacronismo y a la vez una afrenta para el resto de gremios, desde arquitectos a carniceros, matriceros, periodistas, médicos, barberos, ferrallistas, tenderos, pensionistas, mediopensionistas… y todos los gremios de curritos habidos y por haber que cobran una sola vez por su trabajo y no ad infinitum. Su destino, el de la SGAE, no es el circo tan escandalosamente divertido que han montado algunos de sus miembros en estos últimos tiempos, con Teddy de cabeza de cartel, ni la refundación, como ahora dicen para tapar vergüenzas recientes, sino el cierre inmediato, ya, y su desaparición. Su existencia en estos tiempos no tiene explicación ni el más mínimo fundamento, por mucha normativa que aireen los que viven dentro del tenderete, esos voraces beneficiarios del cobro viral y del hasta hace poco ominoso canon digital. No tendrá bemoles Wert de atreverse.

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Maika Makovski, la chica mallorquina de las mil caras

Es, musicalmente, algo rarita, enrevesada. Maika Makovski tiene facultades en abundancia para convertirse en la gran rockera de masas de España: una voz potente y con un registro tímbrico amplísimo, una asombrosa habilidad para manejar todo tipo de instrumentos, una inspiración para componer desbordante, una saludable estampa física… Hasta incluso ha hecho danza, ha compartido una obra de teatro con Juan Echanove y pinta. Sin embargo, su reducto es el ‘underground’, por así decir, una inclinación hacia las canciones rasposas y a veces duras que se dan de bofetadas con las listas de éxitos. El éxito como fin puede destrozarte la vida, afirmó tiempo atrás. Una opción como otras. Respetabilísima e incluso, por lo que a uno concierne, gratísima. Este país está sobrado de convencionalismos pero no de gente arriesgada, original, personalísima.

Hija de un músico macedonio y de madre andaluza, nació en Palma de Mallorca, se educó en un internado suizo, vivió en Nueva York y ahora lo hace en Barcelona. En la música, como en la vida, según dice, ningún estilo le ata. De ahí, las distintas canciones que configuran sus cinco discos editados hasta ahora y la cantidad de similitudes que le han sacado, con PJ Harvey a la cabeza. Todo artificioso, porque si hay una artista inclasificable y se diría que única en el rock español, esa es ella. Y si no, a ver en qué género se mete a una devoradora de sonidos que lo mismo se decanta por la psicodelia que traba una purísima melodía folk, suelta un latigazo noisy de guitarra, se va por el folk-rock británico, se mece en el blues, hermana con Tom Waits o ataca una melodía irlandesa, por sacar a relucir algunos de los colores que rellenan su paleta discográfica. En ninguno, en el de Maika Makovski.

Hace escasas fechas ha salido al mercado su quinto disco,‘Thank You For The Boots’, en alusión a unas botas que le regaló una amiga de muy joven y con las que ha recorrido medio mundo, el tránsito, el viaje, la vida. Ella habla de un disco más luminoso, y es posible que así sea, aunque lo anterior no es que saliera de una caverna, simplemente que no se atenía a parámetros convencionales. Que es en lo que en realidad sigue. En este nuevo álbum todo es tan dispar y a la vez tan atractivo que resulta difícil no sucumbir a él. Del latigazo eléctrico de ‘Legend’ al respingo folk británico de ‘When The Dust Clear’, el swing de ‘Your Reflection’ o el cierre irlandés de ‘A Dream’, un cuadro musical figurativo pero no convencional, de mucho talento. Es Maika Makovski, ella, su identidad, su máximo orgullo, la chica de las mil caras, una artista única en este país. Así abre su novísimo álbum:
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Más chicas rocanroleras, Those Darlins

Más chicas rocanroleras que meter en el cartapacio de grupos femeninos, que en los últimos tiempos han sido abundantes. Se llaman Those Darlins y vienen de Tennesee. Tres chicas con un batería masculino que se dedican a remover el pasado para sacar a la luz una serie de canciones cuya pretensión mayor es divertir, divertir y divertir. Su segundo álbum, ‘Screw Get Loose’, que en España acaba de editar Houston Party, da buena cuenta de ello. Y como las canciones transpiran desenfado y ganas de juerga, seguro que en directo resultarán explosivas.

En el caldo que sirven hay sabores de los grupos femeninos de los sesenta, las Shangri-Las y Sirelles, sobre todo, pero también hay sabor a punk, surf-rock, a rock garajero, a country… y al patrón femenino de grupo rockero de féminas, The Runaways, lo que denota la devoción del grupo por el pop femenino de la Tamla, Spector, la Velvet, la Carter Family, Johnny Kids & The Pirates y un artista ‘tapado’ que ellas desvelan, Johnny Thunders. ¡Ah, el amigo Juanito Truenos! Pasó por la sala En Bruto un par de veces. Era afable y dicharachero hasta el punto de que salía a la puerta del local a charlar con la gente y a fumarse un cigarro…, no, petas, ni uno. Se decía que en la segunda actuación, la del 88, había venido libre de toda sustancia nociva, y así quedó demostrado -frente a la del 86, que fue de lo más perversa y ‘colgada’ que pueda imaginarse (hasta siete veces le tuvieron que afinar la guitarra)-, ofreciendo una actuación de casi dos horas y sonando como los chorros del oro. Pena: a los dos años y pico, a comienzos del 91, fue hallado muerto por sobredosis.

Pues sí, algo de Johnny Thunders anida también en este trío, que empezó en 2006 y grabó su primer disco en el 2009, tirando por el country, bajo el manto de la Carter Family. Ahora ya no queda ni sombra de los sonidos vaqueros. Este segundo disco es otra cosa. Muy agradable. Le falta quizá un poco más de pólvora, pero aún así se disfruta. La mala noticia es que hace poco se ha quedado sin la bajista, la rubia Kelly Anderson. A partir del próximo día 24 (Santander), siguen su gira por España: 25 (Madrid), 26 (Granada), 27 (Valencia) y 28 (San Sebastián).
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Barricada: hay vida después de ‘El Drogas’

Cuestión sustancial con este nuevo disco, ‘Flechas cardinales’, era ver si había vida en Barricada más allá de su cantante Enrique Villareal, ‘El Drogas’, después de abandonar el grupo o que le echaran, que no está claro. Y vaya que si la hay. Hombre, tampoco es que hubiera que reemplazar a Sinatra, Jim Morrison, Bono o Elvis. La voz de ‘El Drogas’ no es que sea única ni difícil de reemplazar, así que no han tenido que hacer un fatigoso casting para buscarle sustituto. De hecho, todo ha quedado en casa: Boni, que ya alternaba con ‘El Drogas’, ha tomando solventemente el relevo, en comandita con Alfredo, y por ahí, Barricada ha salido airoso. Como ocurre que en un grupo como este lo que de verdad marca e impacta –ello sin desmerecer las voces- son los instrumentos, y sobre todo las guitarras, pues asunto resuelto, hay vida, digamos que las flechas cardinales van directas a la diana. ¡Cómo suena el tándem guitarrero. ¡Cómo pega el estéreo en alguna canción, caso de ‘Punto de mira’!

El rock suburbial, callejero y sudoroso de los navarros sigue pues mostrando su potencia y su ‘pasión por el ruido’ de siempre. Las trece canciones, con tres baladas por medio, caso de ‘Eclipse’, ‘Como el invierno’, y sobre todo la amorosa ‘Imán’, son correosas, cañeras y especialmente coreables, para vociferarlas en directo con una buena birra en la mano. Las letras también rayan a buen nivel, mostrando el tono comprometido de siempre y una variedad de temas amplia: la vacuidad con que se gasta el dinero en cosas inútiles (‘Punto de mira’), la fortaleza ante las ‘hostias’ de la crisis (‘Aguardiente’), los vaivenes de la vida (‘El muelle’), el ecologismo y el cambio climático (‘Como el invierno’), el 15-M (‘Hasta diez’), el amor (‘Imán’), la vida sin dogmas (‘Rugir y morder’), la creación (‘Flechas cardinales’), el compromiso y las ganas de escenario del trío tras la salida de ‘El Drogas’ (P’a enredarte)…

No creo que los seguidores del grupo puedan sentirse defraudados ante lo que ofrece este nuevo disco, recién llegado al mercado, aunque es lógico que más de uno eche de menos a Enrique. Pero era esto o que el grupo muriera. O sea, un caso preclaro de supervivencia sin el cantante original.

No es un grupo Barricada que figure en mi lista de devociones máximas, pero lo respeto mucho y valoro el hueco abierto en el rock español, siguiendo la estela de Rosendo, AC/DC, Motorhead y otros grupos cañeros. Las veces que les he entrevistado se han mostrado como unos tíos humildes y afables y casi hasta apocados, lo que contrasta con la dureza de sus canciones. Parecen buenos tipos. Las apariencias engañan, obviamente.

Detesto, eso sí, el clip con el que promocionan este álbum. No por cuestiones musicales, visuales o formales, sino por el contenido. Repudio todo tipo de violencia y ver a un tipo pegando tiros y matando gente, como si estuviera jugando a la play, no es algo que me emocione, todo lo contrario, pero allá cada cual.
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Maestros del periodismo musical: Jordi Sierra y Diego A. Manrique

Una rara y a la vez, para mí, simpática y entrañable casualidad. El lunes pasado, en la web de El País, aparecía el anuncio de un ‘chat’ con Jordi Sierra i Fabra y Diego A. Manrique. Los dos juntos, bueno, uno encima de otro: arriba, Sierra, y debajo Manrique. No, no creo que el webmaster de El País hubiera actuado maquiavélicamente, utilizando un criterio jerárquico en la ubicación de los dos ‘baners’. Pura casualidad, imagino. Pero todo un símbolo para quienes llevamos muchos años en este grato oficio de ‘llenafolios’ musicales. Allí estaba el alfa y el omega del periodismo musical de este país. Y no se me enfaden otros colegas, anteriores o posteriores, si los hubo o los hay actualmente.

Sierra se puede decir que, tras el periodismo para fans, lo cual no le resta méritos, de las revistas musicales de los sesenta –Discóbolo, Fans, Fonorama-, fue el gran periodista musical de los primeros setenta, el prescriptor que acercó y despertó el oído a la escasa legión de devoradores de música y de literatura musical que entonces pululábamos por el país. Sus páginas dobles en Disco-Express, y no digamos la primera historia del rock que se escribió en España, fueron bitácoras insustituibles en la mar oscura que era todavía la información rockera en este país.

Sí, ya sé, se olvidó de dedicarle espacio a Chuck Berry en su famosa enciclopedia del 72 y sus largas descripciones de los álbumes en el Disco-Express, vistas con perspectiva de hoy, podían ser farragosas, pero era lo único que había en este país de hambruna musical, y a ello se agarraba uno, como a un clavo ardiendo, para tratar de orientarse mínimamente en aquellas inabarcables aguas de nombres y géneros musicales. ¡Cuántos discos no me pude comprar por prescripción suya! ¡Cuántos artistas no descubrí y disfruté por culpa suya y el querido Disco-Express! Solo por esto, le estaré eternamente agradecido, le exonera, en mi caso, de sus errores, máxime en un tiempo tan precario para el periodismo musical como el de los primeros setenta, donde el acceso a la información y a los discos costaba un egg y el otro. Fue injusta la lapidación a que le sometió después la ‘nueva hornada’ que tomó las páginas del Disco-Express, ya a mediados de los setenta, aproximadamente.

En aquella ‘nueva hornada’ llegó Manrique, junto a Ordovás, el fantástico Antonio de Miguel y alguno más que ahora no recuerdo. Manrique trajo un nuevo concepto de periodismo musical: más pulido, más ingenioso, más refinado, más pulcro, más documentado… ¡Cuantos discos y grupos no me prescribió también, como lo hizo el inolvidable De Miguel, en aquellos agitados setenta! Era un placer leerlo (a Manrique) en el Disco-Express, luego en el Vibraciones y después en un montón de sitios más, El País, sobre todo, donde sigue impartiendo su docto magisterio, aunque también comete graves patinazos –verde como un garbanzo tierno en las lides blogueras, fue bochornoso el reciente aireamiento público de su masajeo con la ex de Spineta- y olvidos de lo que ocurre en el rock actual, por el que podría ser lapidado como él hizo con Sierra…

…Y lo sigue haciendo. Ya lo comenté en una ocasión en el blog, a propósito de su prólogo para el libro ‘Rockin’ Spain’, donde exhumaba el viejo asunto de Sierra y su olvido de Chuck Berry…, pero, oh, no, otra vez, en el ‘chat’, no… Parece una obsesión o una artera artimaña para descalificar a un colega, que, a mi juicio no se lo merece, y, más aún, después de tantos años. Admiro a Manrique, le tengo un profundo respeto profesional, pero no concuerdo con algunas de sus actuaciones personales: ha ido demasiado lejos en su desprecio al trabajo de Sierra, mostrando una tronante falta de elegancia en su respuesta a un lector que, precisamente, había reparado, como yo, en la casualidad de aparecer juntitos, en el mismo día, en la web citada. “Yo no diría que Sierra i Fabra –respondía Manrique- hacía crítica musical. Hacía perversión musical, dirigiendo a su público hacia los discos más pedantes de los setenta. Su falta de cultura rockera era legendaria: publicó una popularísima enciclopedia donde estaban centenares de grupos británicos de tercera….pero no Chuck Berry. Años después, se disculpó: “es que en su discográfica no tenían una biografía de Chuck Berry”. Amigo, en aquellos tiempos no había que esperar que las discográficas te resolvieran esos asuntos: te buscabas la información donde fuera. Al final, estuvo bien que Sierra i Fabra se pasara a la ficción. Aunque dejó una herencia bastante pesada, de racismo musical y de desprecio por las formas más genuinas del rock”.

Excesivo, Manrique. Lo que dice, en principio, no es cierto o muy subjetivo: ¿quiénes eran de tercera?, ¿pedantes los discos de Pink Floyd, Genesis, King Crimson, Mayall, Zappa…?, ¿racismo?, ¿escribió Sierra su famosa, apasionada e instructiva enciclopedia a base de gacetillas promocionales de las discográficas? Ni en broma. Y no creo que se pueda despachar así, tan subjetivamente e injuriosamente, el trabajo de un viejo colega, por mucha inquina ¿personal? que se le tenga. Yo, al menos, me he quedado muy triste al leer este exabrupto. En su momento, para mí, y cada cual con sus medios y posibilidades, con sus aciertos y sus errores, con su forma de escribir tan distinta, ambos fueron dos pioneros y dos maestros del periodismo musical de este país, un oficio más difícil y laborioso de lo que muchos puedan pensar, no reconocido ni académicamente ni socialmente, como para que encima se pisen la sábana.

Cuarenta años después, y no es amiguismo (a Sierra solo lo traté una vez en su casa, a Manrique, más), es de muy mal gusto comprobar cómo un maestro lapida a otro en la plaza pública de Internet. Sierra es hoy el escritor español que más libros vende –tiene escritos unos 400- y Manrique sigue destilando su excelente prosa musical y su sabiduría en El País, aunque no se haya ubicado todavía en el mundo blogger. Lo importante, a mi juicio, es que los dos hicieron un papel esencial en la España aún tiritona de información musical, como fue la de los setenta. Aunque le pese a Manrique, y cada cual a su manera, los dos nos enseñaron mucho. No entiendo su maniqueísmo ni su obsesiva persecución a Sierra. Chuck Berry no puede seguir siendo todavía motivo de discordia ni de gruesos exabruptos. Ambos debieran tomarse una cerveza juntos físicamente, no coincidiendo virtualmente en dos baners de una web.
Puedes leer los ‘chats’ de uno y otro pinchando en sus nombres:
Jordi Sierra i Fabra
Diego A. Manrique

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Orbital, vuelve el ‘techno inteligente’

En el terreno de la electrónica es una de las noticias del año: el retorno de Orbital, tras ocho años sin grabar discos y con sus dos componentes, los hermanos Hartnoll yendo por libre. Miedo. Miedo había a que volvieran con los mismos argumentos que les apartaron de circulación, con los del flojo ‘Blue Album’, de 2004; pero no, que el dúo vuelve cargado, como en los 90, de refinada electrónica, de aquella electrónica domesticada de mediados de la citada década que olvidó los furiosos mandobles a las piernas para dirigirse al cerebro, invitando a navegar por aguas más tranquilas y sofisticadas, sin tener obligatoriamente que circunscribirse exclusivamente a los clubs de baile.

‘The Middle Of Nowhere’ (1999) lo dejó bien patente. Era un disco pleno de referencias cinematográficas y sostenido sobre un bosque de pausados ritmos sintéticos, loops, breakbeats y demás virguerías cyberinformáticas, amén de voces femeninas, trompetas jazzies y un single envolvente como ‘Style’; ‘techno inteligente’, como se le denominó a la forma de concebir y plasmar el género de los sintetizadores por parte de este dúo de Kent. Clasicismo, en cierto modo, al que el dúo aspiraba en los 90, como antes lo hicieron Kraftwerk o Depeche Mode. Por ello, siguieron hundiendo sus temas en montañas de sintetizadores y ritmos pero sin perder de vista la melodía.

Al principio no era así. Al principio, Orbital, nombre sacado de la famosa autopista que circunda Londres y en la que estaban situados algunos de los locales más famosos del house y las raves, se dio a conocer en los clubs con un tema que todavía hoy sigue siendo pieza angular de la música de baile, ‘Chime’ (1989), un single que el dúo editó por su cuenta tras reunir 250.000 pesetas. Luego, en plena fiebre acid house, llegó el primer álbum, conocido popularmente como ‘el álbum verde’ porque salió sin título, y más adelante otro igualmente sin título bautizado como ‘el álbum marrón’. Dos discos que convirtieron a Orbital en los nuevos reyes de la música dance, con ventas masivas y giras por Estados Unidos y figuras de cierre en Glastonbury.

Luego llegó ‘Snivilization’, ya menos furioso, y a continuación el magnífico ‘In Sides’, una obra maestra del techno de los 90, con un ‘The Box’ imparable y con la versión en su segunda edición del tema cinematográfico de ‘El Santo’, que les disparó plenamente a la fama mundial. Cuatro discos antesala del magnífico ‘The Middle Of Nowhere’, aunque por su ‘asequibilidad’ decepcionó a algunos viejos seguidores, aunque lo peor fue el bajón que dio a partir de entonces el dúo con ‘The Altogether’ (2001), ‘Back To Mine’ (2002), ‘Octane’ (2003) y el citado ‘Blue Album’ (2004).

‘Wonky’, afortunadamente, sube el nivel, volviendo a los parámetros sonoros de los 90, con una apertura que evoca a Kraftwerk y luego un ‘Straight Sun’ que saca a colación a Daft Punk mezclado con Tangerine Dream, la exquisitez de ‘Never’… y, en fin, una colección de piezas electrónicas para congraciarse con los hermanos, aunque el desbarre drum’n'bass de ‘Beelzedub’ o el rapeado femenino de ‘Wonky’ son detalles que podrían haberse ahorrado. De cualquier manera, buena noticia: el ‘techno inteligente’ ha vuelto.
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Tolkien y el mundo del rock

Para mí, algo completamente desconocido, y me temo que para la mayoría de melómanos también, pero ahí está el dato, que diría García: más de medio centenar largo de grupos de rock han escrito canciones influidas por la literatura de Tolkien, el autor de ‘El señor de los anillos’. Esto lo afirma un experto como Antonio Tenas, que lleva varios años investigando en esta desconocida pero estrecha relación entre Tolkien y el rock.

Aunque sea abrumadora, no me resisto a dar cuenta de la lista que Tenas ha elaborado de artistas marcados por el escritor: Allman Brothers Band, Jack Bruce, Ginger Baker, Mountain, Argent, Hank Marvin, Barclay James Harvest, Coolio, Beau Brummels, Black Sabbath, Blind Guardian, Camel, Don Cherry, Keith Jarrett, Electric Flag, Elephants Memory, Mick Farren, Fat Mattress, Dowliners Sect, Maurice Gibb (Bee Gees), Sam Gopal (Lemmy Mothörhead), Bo Hansson, Harmonia, Hawkwind, Jade Warrior, La Dama Se Esconde, Ambulancia Irlandesa, Led Zeppelin, Man, Uriah Heep, Jon Anderson, Ken Hensley, Rick Wakeman, Mike & The Mechanics, Moody Blues, Nickel Creek, Neighb’rhood Chilr’n, Nightwish, Pearl Before Swine, Running Wild, Rush, Sally Oldfield, T. Rex (1º duo), Skip Bifferty, Spyro Gyra (Usa), Styx, The Smoke, Trader Horne (Ex Fairport Convention), Twink (Pink Fairies), Townes Van Zandt, Voivod, Clifford T. Ward, Roy Wood (Move, ELO, Wizzard), Vulcan’s Hammer, Will-O-The Wisp, Saurom Lamderth, Jordi Sabatés, The Prisoners, The Neon Philarmonic, Mostly Autumn, Mikromidas, Madrugada, Lingalad, Marco Lo Muscio, John Lees (B.J.H.), The Hobbits, Gandalf (USA), Gandalf (Austria), Isildurs Bane, Glass Hammer, Bob Catley, David Arkenstone, English Dog, Cirith Ungol, Amon Amarth, Burzum, Armaggedon (USA), Barefoot Jerry (ex Area Code)…

Casi nada. Y, como puede observarse, artistas completamente distintos unos de otros y de géneros de todo tipo. ¿Cuál será el misterio de este influjo? Eso es lo que, entre otras cosas, está desentrañando Tenas en su investigación, que algún día espera ver publicada en un libro. Por lo pronto, para quienes estén interesados en el asunto, mañana sábado, en las conocidas sesiones de ‘Vinilo & Vermú’, que organiza todos los sábados Linacero Café de Zaragoza, y como broche a las jornadas del ‘XI Encuentro con Tolkien’, que se desarrollan desde el pasado miércoles, día 11, en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, Tenas estará ‘pinchando’ piezas de algunos de los mentados artistas a la par que funcionará el mercadillo de compraventa de vinilos. Será desde las once de la mañana hasta las dos de la tarde.

Antonio Tenas es bien conocido en la ciudad, desde hace muchos años, por las múltiples facetas que ha desarrollado en torno a la música. El programa de la sesión de mañana en Linacero resume perfectamente su labor:
Trabajó de empleado en una tienda de discos, para seguir en la emisora de Radio Juventud con el programa “Radio Import” y en Radio Heraldo con “Neolatidos”. Después participó en la creación de los grupos Petrol Band, Sons Of The Sound, Vocoder, Programación Infantil y Jet (con Carmen Paris), grabando con todos ellos diversas maquetas, Maxi Singles y Lp’s. Más tarde, se dedicó a las representaciones discográficas, trabajando con DRO, Virgin, Arcade, Discmedi, Horus y varias compañías más. Para terminar creando la empresa Producciones Vocoder, dedicada a la producción de conciertos por todo el país, bien como producción o como promotor. Es muy larga la lista de los grupos con los que trabajó en esta faceta: Héroes Del Silencio, Kraftwerk, Ramones, Dire Straits, Judas Priest, Duncan Dhu, Tina Turner, James Brown, U2, Paul McCartney, Yes, Barricada, Los Suaves, Sepultura, Jethro Tull y muchos más.

No se cita, obviamente, pero no me resisto a recordarlo: Antonio fue en tiempos un activo participante en este blog, donde dejó sabrosas anécdotas sobre los conciertos que organizó en Zaragoza. Desde hace muchos meses, no da señales de vida porque, asegura, que “no sigo ningún medio de comunicación (prensa, radio, tv., etc)”, lo cual no me retiene para pedirle que vuelva de nuevo por aquí, aunque sea esporádicamente, a contarnos cosas, entre ellas, estas investigaciones sobre Tolkien y el rock, pues afirma que lo sorprendente es que no haya estilo alguno que no haya sido afectado por el efecto Tolkien, incluso el Nazi Punk Rock, algo que al escritor lo hubiera dejado sorprendido. Mañana, en Linacero, más.

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Titanic: de cuando ponían rock en las discotecas

Se cumple esta semana el centenario del más trágico y famoso naufragio de la historia, el del Titanic. No, ‘non fuyades’, que diría Don Quijote, amigo bloguero, que no me voy a pasar al cine para recomendarte que vayas a ver en 3D la famosa peli de James Cameron, que me suena a artimaña para hacer caja, pues a ver cómo se puede realmente convertir en tres dimensiones una peli que en origen no fue rodada así (algún experto he oído por ahí señalando que es más bien una ñapa), aunque sí diré, que por muy sensiblera que fuese, la versión de Cameron con Leonardo DiCaprio y Kate Winslet me hizo pasar un rato emocionante, casi de lágrima.

A lo que iba es a que el famoso trasatlántico que se tragaron las aguas dio lugar a un montón de canciones, en torno a las trescientas, y me ha traído a la memoria a un grupo de igual nombre que fue un torbellino en las discotecas españolas en los inicios de los setenta. Era aquel un tiempo en que se podía ir a una discoteca a bailar, a flirtear y a ¡escuchar música! Daba gusto meterse en aquella penumbra bajo los focos de colores, la famosa bola de cristal, la luz violeta y el flash y escuchar rock de primera, desde Led Zeppelin a Rare Earth, T. Rex, Deep Purple, Jeff Beck, Grand Funk Railroad, los Rolling, Slade, Osibisa…, algo insólito. Spiga’s, Astorga’s, Samantha’s, Beethoven… fueron los primeros templos discotequeros de Zaragoza. Y en ellos sonaban, además de los mentados y alguna horterada de rigor, las canciones de Titanic abrasivamente, llenando la pista.

Si la memoria no me falla, la primera de todas que sonó fue ‘Sultana’, una canción del tipo ‘Jingo’ de Santana y pespuntes africanistas, que bombardeaba la pista de baile con su gran armazón percusivo y su puntito de psicodelia. Luego llegaron ‘Santa Fé’ y ‘Macumba’, más bien algo horteras, pero muy eficientes para mover el esqueleto. La última en llegar, que era mi preferida, ‘Searching’, prácticamente instrumental, tenía una entrada demoledora con corte de batería y órgano, amén de un interludio de percusión para que el disck-jockey se volviera loco dándole al flash, y la clientela aún más, con aquellos centelleos de luz blanca que convertían a la gente en temblorosas figuras. Igual no fue así el orden cronológico, pues en aquellos años los discos llegaban cuando llegaban, sin orden ni concierto. Y de hecho, ‘Searching’, era la canción que abría su primer álbum, editado en 1971, o sea, la primera en salir.

No importa mucho, Titanic fue un grupo de singles, de los cuatro en concreto que he citado anteriormente. Los álbumes fueron realmente flojos y dispersos, aunque algo se podía sacar de provecho de cada uno de ellos. En el mismo primero, de 1971, el de ‘Searching’, había un lamento beatleniano -‘Cry For A Beatle’- que no sonaba mal, un rock progresivo, ‘Something On My Mind’ y otra balada a lo ‘Con su blanca palidez’, titulada ‘I See No Reason’. En el segundo, ‘Sea Wolf’ (1972) estaba ‘Sultana’; en el tercero, ‘Eagle Rock’ (1973), había siete minutos de rock progresivo, con un dueto de guitarra eléctrica y órgano, en el cuarto, ‘Ballad Of A Rock’n’ Roll Loser’ (1975), más melódico, parecían que habían invitado a Rod Stewart… No mucho, la verdad.

Eran noruegos y a principios de los ochenta, ya completamente olvidados, tras publicar ‘Return Of Drakkar’ (1978) y ‘Eye Of The Hurricane’ (1980), se disolvían, volviendo de nuevo a las andadas en 2009 con un disco, ‘Ashes & Diamond’, en el que de nuevo aparecía ‘Sultana’, pero en este caso tomando el saxo las riendas. Entre el AOR, el rock discotequero, el hard rock y las baladas desarrollaron todos sus álbumes. Un grupo de segunda fila, pero aquellas piezas, sobre todo ‘Searching’, a mi me hicieron mucha pupa, hasta el punto que siempre las recuerdo con mucho agrado, incluso aunque sea en el centenario de una tragedia. Igual a alguien le suenan e incluso recuerda aquella época en que se bailaba pop y rock en las discotecas…, hasta que llegaron los Bee Gees y el sonido disco, no digamos después el nefasto ‘bakalao’, y se jorobó todo. Batallitas. A ver qué os parecen los siete minutos de ‘Searching’.
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¿Disolvió Franco a Los Brincos y a Los Bravos?

Está bien esto de la Semana Santa: torrijitas, procesiones (para el que le gusten), viajes, vacaciones… y aunque para el vulgo general sea algo insignificante, una agradable excepcionalidad para quienes somos devotos de la radio generalista y la música. Estos días se apagan las tertulias políticas, el machaca de la prima de riesgo, el enjambre de economistas que últimamente ha caído sobre el país, todos con el bla, bla, bla a alto volumen, pero ninguno con una puñetera receta fiable y rápida que acabe de una vez con esta calamidad del paro…, mais, ooh-la-lá, en alguna emisora brota la música. En concreto, en ABC Punto Radio.

La noche del Viernes Santo, sobre las once y pico, entrevistaban a dos aspirantes al éxito, a un grupo y a una solista femenina, cuyos nombres no conseguí captar bien –la presentadora era parca en repetir los nombres. Hablan los aspirantes sobre lo difícil de meter la cabeza en el tinglado musical. Uno de los componentes del grupo autojustifica el que su grupo no sea conocido: “Es que en España no hay cultura musical, pasamos de Manolo Escobar a la Movida y no hubo Beatles, ni Rolling ni nada…” ¡Glup! Sigue la queja, o llámale victimismo: “Yo lo que me pregunto es por qué a alguien le dan una beca para estudiar el arte de no sé donde, hace mil años, y a mí no me dan un duro por hacer canciones”. El artista subvencionado. Especie que se resiste a morir.

Junto a la presentadora y sus invitados hay un experto musical de nombre Joaquín (¿Guzmán? ¿El mismo que, según El Periódico, cobraba 32.450 euros por trimestre en la radio autonómica de Aragón, por tres horas de radio diarias, de lunes a viernes? La presentadora no lo especifica, lo trata familiarmente como Joaquín, pero no consigo hacerme con el apellido porque capto la emisión empezada, aunque la voz me es familiar). En cualquier caso, el experto Joaquín se añade a las quejas: “No interesan los grupos. A Franco no le gustaban y los deshizo para que salieran solo cantantes melódicos. Pablo Abraira, Camilo Sesto, que venía de un grupo que no me acuerdo, Juan Pardo que se fue de Los Brincos…” ¡Toma peladilla!

Dios me guarde de ejercer aquí de lavacaras ni muñidor del franquismo. Bufff. El régimen aquel que sufrimos en España durante cuarenta años fue ominoso, dictatorial, censor, represor, abominable…, pero, no ya por el personaje que lo implantó, que maldita la gracia, sino por la misma historia, no hay que hacerle culpable de todo, todo, lo malo, bueno o mediocre que ocurriera en el país, desde la muerte de Manolete a si nevaba, llovía o hacía calor. La historia o se cuenta con la máxima veracidad, guste o no guste, o mejor se calla uno.

Si los grupos pop españoles se fueron disolviendo desde la segunda mitad de los sesenta y de ellos fueron naciendo cantantes solistas, tales como Camilo Sesto (que venía de Los Botines), Julián Granados (de Los Buenos), Pablo Abraira (de Los Grimm), Juan Pardo (de Los Brincos y Juan y Junior), Pedro Ruy Blas (de los Grimm y Los Canarios), Mike Kennedy (de Los Bravos)…, no fue por decreto del BOE ni de la autoridad competente, sino por cuestiones internas, los tiempos, el ego de algunos solistas, mil circunstancias, mas no políticas…. Los Beatles también se disolvieron y no hay noticia de que la reina les obligara.

Es verdad que a los jerarcas del antiguo régimen no le hacían mucha gracia aquellos jóvenes melenudos, pero, si hubieran sido un duro y molesto grano en el trasero, no quepa la menor duda de que lo hubieran extirpado a las primeras de cambio. Mas no hay noticia de que ningún grupo pop, por el mero hecho de existir, fuera prohibido, encarcelado y menos aún conminado a disolverse para que “surgieran cantantes melódicos”. Afirmar esto último en una emisora de radio, o en cualquier otro lugar, es falsear el pasado, por muy abyecto que fuera, manipular la historia con una ignorancia supina; una boutade, vamos. Está bien, sí, lo de la Semana Santa: además de las torrijitas y las vacaciones, en alguna radio generalista, hablan de música y cuentan buenos chistes. Lo malo es que pueden trascender en la gente joven y, en vez de partirse de risa, se los crean.

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Madonna reina entre la insignificancia y la machaconería

En el duelo de tronos que soterradamente se ha desatado en estos últimos tiempos entre Madona y sus hipotéticas sucesoras –Beyoncé, Kate Perry, Britney Spears, Lana Del Río, Rihanna… y sobre todo Lady Gaga- no parece que la ‘ambición rubia’ esté dispuesta a ceder ni una sola esquirla de su preciada corona de reina del pop. Su nuevo disco, ‘MDNA’ va como una flecha al centro mismo del territorio donde se dirime el trono: al del público adolescente, al de las canciones facturadas para la pista de baile, a la electrónica de consumo fácil. Quizá no sea el lugar más adecuado para lanzar la flecha, o si se lanza ahí, tendría que haberlo hecho con toda la determinación necesaria y para la que un buen productor debía haberla ayudado.Mas ha errado el tiro o le ha fatado resolución.

En la canción que abre el disco, ‘Girl Gone Wild’, ya se delata: “¡Chicas, vamos a divertirnos un poco!”, canta, evocando el título de una canción que en los 80 cantaba una de sus viejas competidoras, Cindy Lauper. Vamos a pasar un rato de diversión. No más. Puede sorprender el infantilismo de una señora de 53 años jugando en este territorio juvenil, como si todavía estuviera buscando desesperadamente a Susan, como si fuera aquella chiquilla pizpireta y osada dispuesta a pisar los charcos que fuesen necesarios, o a meterse en todas las camas ajenas que conviniesen, con tal de comerse el mundo. Pero por ahí, por los años, no se la puede, ni se la debe, derrotar. Es más, para ella el tiempo parece más bien un aliado que un enemigo, pero si aún así se intentase rebanarla por ello, entraríamos en el británico ‘ageism’, o discriminación por la edad, y afortunadamente la música pop ya no se mide solo por la edad física. Madonna, si puede, y vaya que si puede, está legitimada para explotar su ‘peterpanismo’ y su eterna juventud, con 53 años y seguramente que con otra década más encima.

Otra cosa es el plato musical que ofrece. Y ahí es donde se cae con todo el equipo. Este nuevo disco, es cierto, sube el listón de sus últimas y vacías entregas, pero sigue siendo superficial e insuficientemente acabado. Las mismas piezas de baile, que son casi todas, siguen adoleciendo de la robustez y rotundidad que estas canciones exigen y que solo unos productores desorientados, por mucho que entre los cuatro que manejan el disco esté el arquitecto de ‘Ray Of Light’ (William Orbit), le hurtan.

‘Hung Up’ es el paradigma de lo que debe ser una canción bien vestida para una pista de baile. Aquí, en este nuevo disco, habiendo unos excelentes mimbres melódicos para enhebrar canciones robustas, tiritan de frío, por desnudas, por un minimalismo a lo Air o Daft Punk que no le sienta bien o no sirve para romper una pista de baile como ella puede hacerlo; ya metida en esa harina, no fulmina. La diva sigue teniendo un serio problema de producción, de músculo musical. Quedan, al final, es cierto, tras algún buen apunte como ‘I’m A Sinner’, un par de piezas –Masterpiece’ y ‘Fallin’ Free’- donde impera el sosiego y la melodía y donde se revela la Madonna madura de ‘Right Of Light’, pero ya es tarde. El trono sigue siendo suyo, su música vuela entre lo machacón y la insignificancia.

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