Reediciones nacionales por la pasta

En la entrada anterior comentaba las joyas que han sacado de la bodega Los Rolling, algo parecido a lo que recientemente han hecho Springsteen, Dylan o los Beatles. Rescates emocionales, usando el título de un álbum stoniano, más que mercantiles, pues a estas alturas no creo que estos grandes tengan necesidad de recurrir a estas ‘pequeñas cosas’, que diría Serrat, para engordar la cartera. Salvo que alguien opine lo contrario y tenga datos argumentales, yo lo tomo como acciones más bien benefactoras para complacer a sus fans y al tiempo para enriquecer sus propias historias, ya de por sí muy grandes.

Pero mientras estos grandes ases de fuera abren la bodega con jugosos caldos, la Iberia sumergida emerge con remesas de reediciones de dudosa condición y prestas básicamente a coger la pasta y a correr. Basta echar un vistazo a algunas recientes. Nada de especial hay en la enésima reedición de ‘Senderos de traición’ de Héroes, salvo el añadido de un deuvedé con el concierto que dieron en el Hipódromo de Madrid, en junio de 1991, y que ya circuló en vídeo. Como complemento un librito para caramelizar la edición y en el que sonrojan algunos textos de periodistas arrepentidos que en su momento le lanzaron dardos envenenados al conjunto zaragozano.

(Por cierto, un inciso, aunque sea una personalización fuera de tiesto, una pequeña aclaración. Excusas. En ese librito aparece mi nombre y un texto mío contra mi voluntad y sin autorización. El verano pasado me pidieron insistentemente desde Warner mi colaboración en el proyecto pero, aparte de andar mal de tiempo, enfrascado como andaba en mi libro sobre los sesenta zaragozanos, no quise ser partícipe de otro festín mercantil más en torno a Héroes, algo que muchos fans del grupo desaprueban por repeticionismo, porque le ofrezcan lo mismo de siempre envuelto en distinto celofán. Ya se sabe la explotación a la que se ha sometido el catálogo de Héroes. Me negué a escribir texto alguno y no dí autorización para que se publicara la crítica que hice del disco en Heraldo, en diciembre de 1990, al poco de editarse. Tampoco se dio desde la dirección del propio periódico. Sin embargo, ahí está la crítica inserta en el librito. Materia de juzgado, sin duda, pero no está uno para pleitos y leguleyadas, que bastante tienen los jueces en estos tiempos de corrupción al por mayor. Espero que haya tenido buen provecho la Warner -que absorbió a EMI-, vaciando una vez más los bolsillos de los coleccionistas compulsivos).

Categoría, la de coleccionismo compulsivo, a la que ni de broma llega la panfletada petarda que Almodóvar y McNamara publicaron en 1983 y que ahora se ha reeditado acompañada con dos cedés y un deuvedé. No hay nada como triunfar, en este caso en el cine, para que a la vulgaridad se le ponga lazo. La reedición de Hombres G es tan intrascendente como lo fue en su momento, por mucho éxito adolescente que obtuviera.

Tampoco hay que tirar cohetes ante la reedición 35 aniversario del primer LP de Los Secretos. Era el tiempo de la ‘premovida’ y de canciones frescas e inolvidables pero esta reedición no aporta nada nuevo, es más, al no haber material inédito, suena a reclamo obligado ese segundo e innecesario cedé de versiones realizadas por diversos artistas nacionales, típico disco tributo.

Quizá la reedición más novedosa sea la caja con cinco cedés que Manolo García y Quimi Portet han publicado rastreando sus viejas pisadas por el rock nacional a través de Los Rápidos, Los Burros y El Último de la Fila. Por lo menos, ellos se han desquitado emocionalmente del cabreo que les produjo no poder publicar un segundo álbum con Los Rápidos que la EMI le echó para atrás. Ahora, 35 años después, lo han grabado, con menos fortuna que acierto, pero se han quedado tranquilos.

Es posible que haya habido recientemente alguna reedición nacional que haya merecido la pena y a mí, que no puedo llegar ni invertir en todo, se me haya escapado, pero me temo que si la ha habido no ofrecerá la sustancia que han ofrecido los Dylan, Rolling, Springsteen, Beatles… y demás grandes. Ojalá me equivoque y que alguien me enmiende la plana.

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Los Rolling de la bodega

Tal y como ha quedado la gran industria discográfica de tocada, por no decir bombardeada, no extraña que se rebusquen entre las ruinas ladrillos y mármoles con los que si no reconstruir el edificio sí al menos tapar grandes boquetes. A ello obedece la avalancha de reediciones que ha asaltado el mercado en los últimos años: meras estrategias de marqueting con las que ayudar a cuadrar los exiguos balances económicos (en comparación con antaño) con que se mueven en estos tiempos las compañías.

Bien es verdad que hay excepciones a esa norma por recaudar y cuadrar. Es el caso de grandes nombres que, aunque espoleados por las multinacionales, miran más por su historia y sus seguidores que por la chequera. Una generosidad impagable no anunciada a los cuatro vientos para fardar de empatía y altruismo sino que se deduce de inmediato de las mismas ediciones. No son nombres precisamente que se tengan que echar al ruedo para recaudar unas perras. Tienen ya el lomo bien cubierto.

Y si no tómese como ejemplo vivificante la labor emprendida por los Rolling Stones de recuperar viejos e inéditos conciertos con el fin de que sus viejos y nuevos seguidores entren más de lleno en su dilatado y asombroso recorrido musical. Son conscientes de que han pasado a la historia y de que su música, por mucha vainada moderna que salga, se escuchará por los siglos de los siglos. Desde finales de 2014 llevan removiendo su particular bodega para dar a probar viejos caldos que hoy saben a gloria. Título más que apropiado para la serie: ‘From The Vault’ (de la bodega). O sea, viejos conciertos que nunca vieron la luz y que ellos están repescando con mimo encomiable, restaurando la imagen, limpiando el sonido y añadiendo sabrosos mini libretos explicativos y de memorabilia. Calidad garantizada en todos los aspectos, lo que ahuyenta el fantasma ‘pesetero’, dígase en términos arcanos pero entendibles.

Hasta ahora han sacado siete ediciones, dos de ellas, en efecto ya conocidas (‘Live In Hyde Park’ y ‘Rock’n’roll Circus’) pero otras cinco completamente inéditas. Vienen en diversos formatos, con cedés, vinilos, deuvedés y blurays, pero si no se quiere uno entrampar lo más aconsejable es acudir al estuche que contiene escuetamente los cinco cedés. Está certificada la borrachera de imágenes y sonido, de rock perenne.

Arranca la serie con un breve pero excepcional concierto en el Marquee londinense como avance y promoción de la edición un mes después del memorable álbum ‘Sticky Fingers’. Da gusto ver a Jagger y compañía arreándole fuerte al blues así como abordando varias canciones míticas –‘Dead Flowers’, ‘Bitch’ o ‘Brown Sugar’- entonces aún no dadas a conocer en disco. También es un gozo la elegante presencia guitarrera de Mick Taylor.

De 1975 procede el siguiente deuvedé, tomado en el Forum de Los Angeles, dentro de la primera gira del grupo con Ronnie Wood y con el álbum ‘It’s Only Rock’n’roll’ aún fresco. Los dos siguientes deuvedés pueden arrancar astillas emocionales a quienes tuvieron (tuvimos) la fortuna de presenciar el famoso concierto de la tormenta en el Calderón, en julio de 1982: Virginia (Hampton Coliseum), de 1981, y Leeds (Roundhay Park), de 1982, emparedan a aquel inolvidable concierto, ambos proceden de la gira de ‘Tatto You’, la del Jagger eléctrico embutido en unas mallas de jugador de rugby y envuelto en la bandera del país que visitaba el grupo.

Formidables ambos dos como también lo es el de 1990 en el Tokyo Dome, aunque aquí también se le puede añadir el adjetivo de colosal. Los Rolling se habían convertido ya en un gigantesco espectáculo de estadio y aquí, en el ‘Urban Tour’, con el álbum ‘Steel Wheels’ en cartera, daban fe de ello. Fue la gira de las muñecas y los perros hinchables y un apocalíptico montaje industrial que unos meses después de Tokio llegaría a Madrid.

Sí, ya sé la inquina que algunos le tienen a los Rolling por no haberse retirado ya e incluso de haberse muerto jóvenes como les pronosticó un escriba malage. No estoy en este grupo inquinoso ni estaré nunca, aun perdiendo el oremus. Confieso mi devoción por Jagger y compañía. Me encanta seguir su vida y sus conciertos aun con su saludable vitola de abueletes –ahora están en Latinoamérica-. Me da igual que se les considere difuntos para el rock (gran sacrilegio) y que no aporten nada nuevo. Disfruto con sus viejos discos (ya he escrito alguna vez –gran sacrilegio igualmente- que si el rock se hubiera parado con ellos en los tiempos de la Decca, no sería un alma en pena) y con sus conciertos en vídeo, y tengo la suerte, frente al incomprensible racaneo de otras grandes estrellas, de que no hay grupo con tanto material en DVD en el mercado como los Rolling poseen, lo cual es un gozo. Gozo amplificado con estas maravillosas ediciones de la bodega.

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Tarde de blues

El Telediario del mediodía del domingo 24 cierra con Chester Burnett… y me estremezco: ¡TVE cerrando con un bluesman! ¿Que demonios habrá ocurrido? ¿Qué mar se habrá revuelto para que las arenas de fondo hayan sacado a la superficie semejante colofón musical, y más en una cadena donde reina la inacción con respecto a la música?…

Ya veo, en Madrid hay una exposición de pintura sobre su figura…, pero el locutor de turno hace de papagayo, lee sin que se le cuartee el rostro lo que el redactor de turno le ha escrito. “Le llamaban Lobo Aullador”, dice, y ahí se queda. ¡No!, no le llamaban así, ¡era su nombre de guerra!, su nombre artístico, y en inglés, nombre que no pronuncia el presentador. Chester Burnett era Howlin’ Wolf como McKinley Morganfield era Muddy Waters. Alias que algunos bluesmen tomaron para cantar y tocar y con los que alcanzaron la gloria, hasta el punto que sus nombres de pila casi quedaron olvidados, salvo, se supone, que para los familiares.

En fin, me repongo de la sorpresa y enseguida las musarañas me llevan a aquellas sesiones londinenses junto a Clapton, Ringo y varios Stones que, con sus deficiencias, Wolf grabó en la capital británica. Bebés blancos destetándose a las ubres del gran maestro. Corrían en los primeros sesenta como deslumbrados discípulos, cuando los bluesmen negros desembarcaban en las Islas, bien por libre o dentro de aquellos American Folk Blues Festivals con los que se produjo la conexión directa entre negros y blancos. Y, mientras reviso en mi memoria la colorida carpeta del álbum de una de aquellas sesiones, me recrimino a mí mismo mi olvido del blues. Una infamia, llego a pensar, con radicalidad también infame.

Sí, porque inflamé mis primeros pasos por el mundo de la música pop con los grandes del blues negro, con B. B. King, con Muddy Waters, con los otros dos King (Freddie y Albert), con Bukka White, con Willie Dixon, con John Lee Hooker, con Sony Boy Williamson II…, con tantos y tantos y con su estela blanca, desde Alexis Korner a Mayall, Fleetwood Mac, la Paul Butterfield Blues Band, Canned Heat, Roy Buchanan… un brasero de glorias que en contadas ocasiones, supongo que por culpa de la urgente actualidad discográfica, por el ordenamiento indie, por su falta de visibilidad en los medios, ¿por su caducidad? y, en fin, por diversas y reprobables causas, no acuden a mi reproductor en los últimos años con la asiduidad de antaño. Ay, Matías, me digo. ¿Un renegado?

Curiosamente en la misma tarde muevo viejos aparatos de radio y en ello que recupero un Sony destinado a la basura que de repente recibe Radio 3 con una nitidez sorprendente, la que he buscado en los más de diez años que llevo viviendo fuera de la gran urbe y que nunca he conseguido hasta hoy con este viejo cacharro. Me hago cruces. Había comprado una radio moderna (y cara) de recepción de emisoras por Internet para precisamente poder escuchar Radio 3 y Radio Clásica, que a mi casa llegan muy mal, y la devuelvo: no las sintoniza.

Pero aquí está este viejo radio-CD Sony poniéndome ante los oídos lo que durante años persigo. No me lo explico, con las vueltas que le he dado al dial. Pienso que hay en todo ello un poder sobrenatural, yo que creo poco en lo sobrenatural. Para colmo, la vieja radio, ya es casualidad, escupe blues, emite un programa llamado ‘La madeja’, que obviamente no tenía el gusto, y que recorre las ‘injerencias’ de Eric Clapton en discografías ajenas, sus ‘ligues’, comenta la presentadora con una simpatía adusta pero ajustada, que es la misma que la de su colega masculino, que antes de escribir estas líneas descubro que se llama Ricardo Aguilera (y ella Elena Gómez). Claro, he acudido a los podcast de Radio 3 para recabar información y he visto sus nombres y el largo listado de programas que han realizado, y, como ambos me ha atrapado con este ejercicio radiofónico modélico, aquí ando descargando podcasts con la idea de ‘meterme en la madeja’ y no salir de ella, de enredarme de nuevo con el blues, de ser más generoso con aquellos que allanaron mis primeros pasos por el mundo pop y llenaron mis oídos de gozo.

Remato a continuación la tarde, obviamente inducido y condicionado por ‘La madeja’ y al tiempo para expiar el gran pecado del olvido, ante el equipo HI-FI, colocando uno de mis discos de cabecera bluesera, el ‘Live & Well’, de B. B. King que hace una millonada de años me compré en uno de aquellos múltiples viajes a Andorra a la búsqueda y caza discográfica.

Recordaba Muñoz Molina en 1994, en un magnífico artículo escrito en El País, que el blues, según había escrito Eric Hobsbawm, es el corazón del jazz, el río originario de casi toda la música popular del siglo pasado. Y es cierto, sin el blues, que fue la primera música popular en trascender generaciones, en hacerse visible, no hubieran existido Elvis, los Beatles, los Rolling y todo lo que vino después, incluidos los raperos. Fue la primera fuente que dio de beber a los músicos que después nos han traído tanta felicidad musical.

Resulta penoso que ahora, por la moda y el tiempo que todo lo arrasa, viva en estado clandestino, no tenga la visibilidad que se merece, que las jóvenes generaciones no sientan -y vuelvo a citar a Muñoz Molina- el latido poético del viaje, la desolación quejumbrosa y la búsqueda sin destino preciso que encierra la emoción del blues. Yo le he abierto de nuevo las puertas, lo voy a invitar a mi mesa musical con más asiduidad.

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Las cinco estrellas de Bowie: ‘Blackstar’

Sentimiento inequívoco de la condición humana: la pena por el dolor ajeno, incluso la compasión, cuando no -pero en otro reprobable nivel- el morbo. Algo de ello ha flotado en torno a Bowie en los dos últimos años. Si antes de que sufriera un serio percance coronario, que le obligó a retirarse de los escenarios, estaba publicando excelentes discos –‘Heathen’ (2002), ‘Reality’ (2003)- que no tenían el menor reclamo mediático, desde que en 2013 reapareció con ‘The Next Day’, los focos no se despegaron de él.

TVE mismamente, a la que la música se la trae al pairo, ha ejercido recientemente un bombardeo sistemático en los noticiarios sobre sus discos y sus vídeos. ‘Blackstar’, publicado el pasado día 8 de enero, lo ha dejado bien claro… No digamos su muerte. Pero dejemos atrás consideraciones extras y, serenamente, pasado el golpe mediático de la muerte de la estrella, vayamos al grano de su último disco, ‘Blackstar’: asombroso.

Lo he estado masticando día tras día desde su misma aparición, sorprendiéndome a cada escucha. En el Heraldo lo recibí con cinco estrellas, y confieso que no me he dejado llevar por sensiblería alguna, sino por la calidad intrinca del disco, por la cantidad de hallazgos y detalles que propone. De hecho, confieso que estas líneas de rendición las empecé a escribir un día antes de su muerte, líneas que, al conocer la noticia, dejé a un lado para trazar su semblanza artística y su personalidad camaleónica en el periódico y en este blog.

Son solamente siete canciones, aunque algunas, como la titular, generosas en minutado, pero todas rebosantes de inventiva, con una forma de tratar el rock y el pop absolutamente novedosas. El viejo amigo y productor Tony Visconti, junto a un quinteto jazzístico, han obrado este milagro del rock actual: un saxo serpentea por las canciones dejando rastros luminosos, la guitarra suelta unos originalísimos espasmos al final de ‘Lazarus’, el punch del funk se mide antagónicamente con el baladismo… y en general el paño electrónico que envuelve al conjunto muestra una modernidad que magnetiza el oído.

Los diez minutos de ‘Blackstar’ se resuelven en una serie de dos secuencias rítmicas opuestas que se inician en terreno del jungle y acaban en manos del rock electrónico, una especie de ‘Rebel Rebel’ sin guitarras eléctricas. ‘Lazarus’ y su espinoso vídeo, que ahora puede interpretarse como una doliente despedida, se apoya en un inquietante y sugerido tempo funky. En ‘Dollar Days’ brotan las guitarras acústicas y el rastreo del Bowie ‘espacial’, sensación que se repite en la pieza más pop y alegre del álbum, armónica incluida, ‘I Can’t Give Everything’. Antes ha dejado sitio para tres explosiones rítmicas entre el funk y el trip hop: ‘This A Pity She Was A Wore’, ‘Girl Loves Me’ y ‘Sue (Or In A Season)’, esta última con apariencia de extracción de la mina de King Crimson.

Visconti ha amalgamado todo con la electrónica, el drum’n’bass, el hip-hop y el jazz en la mente –se dice que efecto de Kendrick Lamar- pero sin hacerlo excesivamente explícito, moteando estos estilos más que abriéndolos en canal y mostrándolos en carne viva. Es el gran descubrimiento sonoro de este álbum. Bowie ha vuelto a realizar otra jugada maestra de absorción y transformismo, se ha ido dejando un mensaje de renovación cuerda del rock que ni Mogwai, Flaming Lips, Godspeed You! Black Emperor, Sigur Ròs o el grupo más atrevido de hoy. No se esperaba semejante torcedura de brazo. Esta versatilidad y estas formas de expresar el sonido sin descarriarlo, sin acudir a extravagancias inaudibles, son toda una lección de agudeza e ingenio para nuevas y futuras generaciones. Desde el 8 de enero hay otro clásico en la discografía del Gran Duque.

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Eagles bajan el vuelo: se va para siempre Glenn Frey

Vaya racha diabólica: Lemmy, Bowie y ahora Glenn Frey. El rock ha entrado en zona biológica caliente, la frontera entre los sesenta y los setenta es zona peligrosa si no de alarma para sacar billete al otro lado de la vida, así que habrá que estar prevenido para lo que venga, más en unos cuerpos que a los años suman excesos que pasan factura. Glenn Frey, guitarrista, compositor y cantante de Eagles, murió ayer lunes y hoy se ha hecho pública su defunción. Alcanzó fama estratosférica con su grupo, especialmente en los USA, y, como parece obligado por norma no escrita en el rock pero sí asumida y habitual, coqueteó en exceso con las drogas –“acabamos todos cocainómanos”-, que quién sabe si no han influido en su despedida. Artritis reumatoide, colitis ulcerosa y neumonía han sido son las causas de la muerte, según las agencias de noticias.

A estas alturas, Frey puede significar poco o nada para las generaciones jóvenes del rock, pero hubo un tiempo en que millones de personas, sobre todo americanas, le idolatraron. Eagles, el grupo que fundó en comandita con el batería Don Henley, el otro pilar de la banda, ocupó los escalafones más altos de los setenta. Fundiendo country y rock de manera exquisita, siguiendo la ruta abierta en los sesenta por los Byrds con ‘Sweetheart Of The Rodeo’, eran alimento obligatorio en aquella época a poco que uno le gustara el trote impuesto por los citados Byrds y luego los Flying Burrito Brothers, Gram Parsons, Buffalo Springfield, America, Poco, New Riders Of The Purple Sage…

Excelsas melodías, pegajosas, voces empastadas, delicadas guitarras acústicas, punteos y riffs eléctricos memorables llenaron sus cuatro primeros y gloriosos álbumes: ‘Eagles’ (72), ‘Desperado’ (73), ‘On The Border’ (74) y ‘One Of These Nights’ (75). Dentro de ellos, piezas inolvidables: ‘Tequila Sunrise’, ‘Witchy Woman’,‘Peaceful Easy Feeling’, ‘Doolin Dalton’, ‘Desperado’, ‘Take It To The Limit’… o el monumental ‘Take It Easy’. Frey junto a Henley, y ayudas varias de Jackson Brown, amén de las intervenciones de Bernie Leadon, Don Felder y Randy Meisner, fue la mano maestra en la composición.

Luego, se abarataron. Es cierto, en 1977 llegó ‘Hotel California’, con esta canción y otra de gran proyección comercial, ‘New Kid On Town’. Típico sonido americano de FM, que arrasó en una época en que el punk empezaba a barrer dinosaurios. Recuerdo el soniquete de ‘Hotel’ sonando a todas horas en mi primer viaje a Londres, aquel 77 crucial, mientras por las calles producían asombro las crestas y los imperdibles, pero después de aquel álbum romperécords (el más vendido de la historia hasta que llegó ‘Thriller’) se quedaron vacíos. No tardarían en caer también ellos. El nuevo tiempo, pero sobre todo la fama, las drogas y los malos rollos personales los devoraron en 1980, como relaté en la entrada ‘Por qué revientan los grupos?’, a raíz del documental sobre la historia del cuarteto/quinteto.

Es posible que aun sin Frey las águilas remonten el vuelo otra vez. El dólar produce muchas fiebres de necesidad y avaricia. Pero nunca será lo mismo que en aquellos primeros setenta en los que depositaron todo su poder y su mejor música de la mano de Henley y Frey. Este se acaba de ir con 67 años. Confiemos en que la zona caliente de esa edad pregeriátrica no siga produciendo más sobresaltos.

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Ryan Adams le enmienda la plana a Taylor Swift… y la casa con Bono

Que se lo pregunten a Flaming Lips, que han reinterpretado al completo discos de Pink Floyd y The Beatles o a Macy Gray que hizo lo propio con Stevie Wonder…, no, no es una novedad lo que ha hecho Ryan Adams, releyendo al completo el álbum ‘1989’, de Taylor Swift, a su manera, no se sabe si por mero entretenimiento, por aburrimiento, por devoción o por enmendarle la plana a la superestrella juvenil. Ella está encantada y él no lo ha explicado, pero viendo el resultado no es descabellado apostar a que suena a puesta ante el espejo de la verdad a la Swift.

“Mira chica cómo se arreglan y se cantan unas canciones que en origen tienen buena pasta en vez de despeñarlas por el vertedero comercial”, parece decirle muy directamente con esta revisión. Al menos, esta es la conclusión que se extrae tras la escucha de este sorprendente experimento cuya diferencia con los versionadores nombrados es que la revisión se ha hecho casi instantáneamente, al año de la publicación del millonario álbum original, y no décadas después, como ejercicio de tributo.

En Ray Adams, tan versátil él y tan cerebrín, parece anidar la idea de un revisionismo pedagógico, de mostrar que las canciones tienen lecturas diversas y dispares y que lo importante, para no perder valores, es encontrarles el ajuste exacto en su ecosistema, colocarlas en la muesca precisa del revólver para que el disparo sea certero.

Así que el pop bailongo-electrónico hecho para la masa y el dólar da un giro total, o ni eso: renace de nuevo, para convertirse en materia sensible y emocional, en un cómputo de canciones casi de corte intimista, que no minimalista, pues la producción es rica y espesa, que penetran y que de no saber nada al respecto sería imposible ligarlas a las originales. Adams además deja atrás su devoción country para centrarse en el pop puro.

Un acto de prestidigitación insólito que aún tiene un colofón igualmente insólito, si no más: este nuevo ‘1989’ suena a Bono en solitario, sin The Edge al lado, una premonición de lo que el cantante de U2 podría ofrecer si un día escapara del nido. Vamos, que si fuera el día de los inocentes, alguien podría haber colgado en la red, por ejemplo, ‘All You Had To Do Was Stay’ (o ‘Bad Blood’), anunciar que Bono se había ido de U2 y que esta era la canción adelanto de su primer álbum en solitario… y hubiera colado perfectamente para pasmo del rock mundial. ¡Qué boda sonora ha organizado Ray Adams! Un golpe completamente inédito en la historia del pop.

Inserto la versión de Ryan Adams de ‘All You Had To Do Was Stay’. La original electro de Taylor Swift no figura en YouTube ni en Spotify, aunque sí una versión acústica. Ya se sabe que se negó en redondo a colgar sus canciones en Spotify y a restringirlas en Youtube.
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Bowie, imbatible rey del transformismo

Un valiente, por no decir un héroe, parafraseando uno de sus grandes discos, hasta el último segundo. No ya en el aspecto biológico, que también -resulta imposible no valorar el esfuerzo de un hombre, y al tiempo estrella del rock, luchando contra la muerte y a la vez entregando su último disco-, sino en el musical: David Bowie fue una de las grandes figuras del rock del siglo XX, un artista poliédrico y atrevido que no solo se movió con una soltura genial de malabarista por la pista del rock sino que amplió sus inquietudes al teatro y al cine. Se nos ha ido en una concatenación extraña de casualidades: cumpleaños, alumbramiento de disco y muerte. Todo en cuatro días.

Un grande entre los grandes que ha dejado una densa discografía que abarca los 25 álbumes de estudio desde que en 1967 debutara en solitario con un disco mod a nombre propio y le siguieran ‘Space Oddity’ (1968) y otras joyas supremas -‘The Man Who Sold The World’ (70), ‘Hunky Dory’ (71), ‘Ziggy Stardust’ (72), ‘Aladdin Sane’ (73)… o el inolvidable ‘Heroes'(77)-, todos ellos tallados en el yunque de la diversidad impactante, con sesgos radicales que asombraban y abrían nuevas puertas en el rock.

Fue su lema de vida y trabajo, según el mismo confesó. “Me interesa mucho sorprender. Quiero descolocar a la gente y hacer que reaccione”. Esto le convirtió en una esponja artística inagotable, en un creador fantasioso, aunque para ello tuviera que apropiarse de materiales ajenos con los que avanzaba modas propias, en el rey imbatible del transformismo musical y escénico. Bowie miraba alrededor, absorbía influencias, las remodelaba y en un acto malabar insólito las devolvía convertidas en lúcidas recreaciones propias. “No te puedes fiar de él”, dijo en una ocasión su gran amigo Mick Jagger, con quien rehizo y bailó en un clip una de las grandes canciones del pop de Detroit de los sesenta firmada por Marvin Gaye, ‘Dancing In The Street'”. “Si te ve un modelo nuevo de zapatos, al día siguiente ya los lleva él, y todo el mundo cree que son un descubrimiento suyo”.

Esta elasticidad para la absorción, su genio para componer y su fervor por la escenificación del rock generaron su proverbial camaleonismo, tanto para cantar como para vestirse y maquillarse. El hombre de los mil perfiles, como también se ha escrito tópicamente: cabellos rizados, pose dylaniana y una guitarra acústica para cantar en el 69 la historia de un astronauta perdido voluntariamente en el espacio (‘Space Oddity’); vestidos femeninos y peinados a lo Lauren Bacall/Greta Garbo para enarbolar la bandera del ‘hashish’ en el 70 (‘El hombre que vendió al mundo’); estética andrógina y melena de heroína de Ingmar Berman para ‘Hunky Dory'; maquillajes, plumas, lentejuelas, casacas, largas botas de cuero y hasta un parche a lo Dayan como imagen para difundir la ardorosa ambigüedad del ‘gay power’ del que él quedó santificado enseguida como su mejor insignia (‘Ziggy Stardust’); aspecto de mutante y maquillajes fluorescentes para devolver en sonidos de rock la misma metáfora sobre el sexo y la violencia que Kubrick había confeccionado en ‘La Naranja Mecánica’ (‘Aladdin Sane’); viñetas de anuncio navideño de champán, junto a Twiggy, como cabriola nostálgica para remitir a sus fans la música que a él le impactó en los primeros sesenta (‘Pin Ups’); fidelidad a Orwell y trasmutación en perro para contar terroríficas historias nucleares (‘Diamond Dogs’); estéticas frías y romántico narcisismo, bañado en la vanguardia alemana de la música pop, cuando no en irritantes teorías fascistoides, para la trilogía berlinesa junto a Eno (‘Low’, ‘Heroes, ‘Lodger’); fatalismo sin medida en ‘Station To Station'; payaso fascinante en ‘Scary Monsters'; gígolo irresistible en su reentrée discotequera del 83; furioso rockero embutido en Tin Machine; militante de la electrónica dura en los 90… Un torrente de imágenes y gestos. El fragor de la metamorfosis. Bowie fagocitó tanto que su propia vida fue una mutación permanente.

Mutación frívola y banal si con todo ello no hubiera llegado el chorreón de memorables canciones que hoy copan sus discos, desde las clásicas ‘Space Oddity’, ‘Starman’, ‘The Jean Genie’, Rebel Rebel’… a otras menos conocidas pero igualmente bellísimas, ‘Wild Is The Wind’ a la cabeza o aquella ‘Absolute Begginners’ que lució paseando en vespa junto a la rubia Patsy Kensit en la película del mismo título.

Elvis fue el chispazo que encendió su devoción por la música. Nacido en Brixton e hijo de un modesto empleado de imprenta, un libro de Kerouac, que le prestó un amigo, y un saxo que le compró su padre le lanzaron al mundo profesional. The King Bees y The Lover Third fueron sus primeros grupos de los que se independizó para emprender carrera en solitario y llegar a las cotas de popularidad que luego alcanzó. En España fue durante muchos años el artista soñado, la estrella que nunca aparecía por su peculiar estilo o porque tenía cierto rechazo a las costumbres del sur. ‘Africa empieza en los Pirineos’, se asegura que llegó a decir. Tarde, muy tarde, pero al final actuó por vez primera en un escenario español en julio de 1987. Lo hizo en el estadio Calderón bajando majestuosamente de las entrañas de la gran araña que componía el escenario mientras abajo le esperaba un ballet femenino de zombies y una banda de relumbrón con Peter Frampton y su fiel Carlos Alomar. Con su traje rojo y su porte, parecía un rey celestial. Lástima que su luz se haya apagado en medio de una insólita conjunción astral.

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El disco de 2015

Superado el rubicón navideño y agotado el 2015, momento de recensión, de darle a las meninges para ver qué disco del pasado año se quedó incrustado en las neuronas cual ‘garrapata’ disquera. No el mejor, ni el más guapo, ni el más moderno…, simplemente el disco que con más agrado, por novedoso, por evocador, por impactante o por cualquier otro motivo, cada cual recordará.

Sí, ya sé que es otra nueva maldad mía, de las que tanto le ‘gustan’ a Megg y a algún asiduo/asidua del blog, pero a veces la brevedad es estimulante. Podría recurrir al típico listado que por estas fechas invade los medios y que se hace farragoso cuando pasa de los diez ejemplares, por lo que me apropio de la idea, por qué esconderla, que ha tenido el suplemento Babelia, en el que 16 de sus periodistas han escogido su mejor disco del año. Ellos le han llamado así, ‘el mejor disco del año’, aunque a mí, como hace años que abandoné esa categorización absoluta, busco mi favorito e invito al resto de la parroquia a hacer lo propio. No un largo listado y ni tan siquiera dos, tres, cuatro…, uno exclusivamente.

Courtney BarnettEn mi caso, obviamente, dentro de una panoplia grande de elección, creo que ese disco tiene nombre y apellidos. Se llama ‘Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit’ y lo firma la australiana de Sydney, Courtney Barnett. Así, con la brevedad que exigen los 540 caracteres que caben en la caja de maquetación, recibí el disco a mitad de abril en la página sabatina de Heraldo dedicada a las novedades discográficas:

“Posible frase sensacionalista: “El rock femenino enseña de nuevo las uñas”. O sea, que esta australiana, que realmente debuta con este álbum (previamente hubo un recopilatorio), vuelve la vista a la Patti Smith de ‘Horses’ y desde ahí emprende un camino que pasa por el alternativismo de Breeders, Liz Phair y Throwing Muses y desemboca en PJ Harvey y Anna Calvi. Así, va dejando encomiables canciones que a medida que avanza el disco suben de nivel, entre leves zarpazos de ruidismo y sensibilidad. Y mucho humor. Cuidado con esas uñas…”

Un fogonazo, claro, simplemente para llamar la atención sobre el disco y sobre esta cantante lesbiana, exalumna de uno de esos viveros musicales que en Ingaterra son las escuelas de arte, solo que ella asistió a una de Tasmania, que antes de llegar al debut en solitario militó en un grupo garajero, Rapid Transit, y después en otro junto a Brent DeBoer de Dady Warhols, Immigrant Union, para después fundar un sello propio y editar dos EPs (recogidos más tarde en un recopilatorio) que fueron la puerta de entrada a este ‘Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit’.

Vaya titulito, por cierto, que no hace sino honor a su ironía y a su buen humor, sacándole punta a cualquier pequeña cosa, desde una viaje en ambulancia al cultivo de rábanos en su jardín, una noche de insomnio o la compra de fruta en el mercado, para construir una canción. Un disco que musicalmente lleva lo mismo a Breeders que a Pavement o Patti Smith y que a mí se me quedó como ‘garrapata’ de 2015, entre otros muchos que no cito para no alentar la incontinencia de algún lector del blog. Pues eso, al grano: ¿cuál es el tuyo?

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Guns N’ Roses, retorno de libro por la pasta

Me quedo, no atónito, porque en el circo del rock todo es posible, pero sí un tanto mosca con la anunciada vuelta de Guns N’ Roses (los ‘auténticos’ dice un medio, lo cual no es en absoluto cierto si, como parece, no estará Izzy Stradlin). ¿Qué habrán maquinado managers y adláteres para volver a pegar de nuevo las empatías de Axl Rose y Slash? Dado el cariz que tomó la banda en sus años finales de oro (drogas, alcoholismo, egos, peleas, diferencias musicales entre Axl y Slash, apoderamiento por parte de Axl, sus enojosos celos por la colaboración del guitarrista con Michael Jackson, dinero obviamente…) y esa patética carga de oxígeno (es un decir) que el cantante le metió para seguir rentabilizando el nombre de uno de los grupos más notables de la historia del rock, me temo que estamos ante otro ejemplo de libro del todo-por-la pasta. Rockeros célebres y ya un tanto añosos (andan por las 55 primaveras) que en solitario son poco (y poco pueden ya lograr) y unidos rompen la banca: Bilboard ha anunciado que probablemente habrá una gira a casi tres millones de euros por concierto para la banda y entradas a 230 euros. Cifras de vértigo, que ni soñadas por separado. A los Stones les ocurre lo mismo. No es nuevo.

Arrastrados por las ‘paces’ entre Axl y Slash, viviendo una virtualidad más que una realidad cabal, echando las manillas de reloj hacia atrás para (ficticiamente) sacudirse unos cuantos años de encima, miles de fans acudirán de nuevo a los estadios en busca del tesoro. No creo que lo encuentren, al menos el de los primeros noventa, e incluso si el pegamento del eje Axl-Slash no ha fraguado, puede que se den de bruces con un castillo de fuegos artificiales, si no con un patético retrato de un pasado lleno de brillo.

¿Qué esperar de un fondón Axl? O le rodean de un batallón de dietistas y foniatras, le meten en el gimnasio en horario intensivo o la parodia puede ser cósmica. Más seguridad puede ofrecer Slash, quien, al menos, aunque sus aventuras en solitario no han sido nada especiales, aún conserva los dedos ágiles y un físico de calavera que no ha palidecido en exceso.

Pero, ¡ay!, aun con el tándem en cierta armonía, faltará, según parece, el tercer gran pilar de la banda: Izzy Stradlin. En la sombra era cemento para el grupo, un sostén muy consistente sobre el que se apoyaba el brillo de las dos estrellas: él no solo tocaba exquisitamente la guitarra sino que componía material de primera y en abundancia (suya fue casi una tercera parte de los celebrados ‘Illusions’). Prolongando su papel de ‘Harrison en la sombra’, en solitario, aunque no se ha prodigado en exceso y en los últimos años tan apenas se le oye, ha sido quien mejores perlas ha soltado. Ah, aún me resuena en los oídos aquel fabuloso álbum y aquella exótica y llamativa carpeta de ‘Hounds’, que elegí como el mejor de 1992 en la lista de fin de año.

En fin, a ver qué sale. Ojalá se limen asperezas y las ausencias no se noten, ojalá que, de llevarse a cabo la reunión, se preparen con ahínco para salir de nuevo juntos al escenario y la cosa funcione con dignidad. Lo disfrutarán viejos fans y los nuevos podrán decir, al menos, que los vieron juntos una vez sobre un escenario. Aunque brille el color del dinero y retumben en los oídos aquella canción de Los Beatles (now give money, that’s what I want), cuántos no desearían lo mismo para otros arcanos como Pink Floyd, Led Zeppelin, The Smiths… o, sin ir más lejos, para unos Héroes del Silencio y su deseada segunda resurrección. Circo y vil metal.

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Beatles forever

La abigarrada y maravillosa despensa discográfica de Los Beatles ha sido escarbada y rebañado hasta casi no dejar migaja alguna, pero aún queda algún rincón de donde sacar material provechoso, no inédito, que eso ya sería tocar el cielo, pero sí interesante. Me refiero, por ejemplo, a una futura edición en vinilo de los EPs y los singles, algo que sí se ha hecho con los álbumes. Y es que poder tener en las manos los discos originales con cuatro canciones –bueno, se diría que facsímiles, por utilizar términos librescos-, es decir, los EPs, sería un placer enorme, que algunos críos de época no pudimos tener, al tiempo que rebajaría esa ominosa carga de los precios que se pagan (o piden) por los auténticos originales.

Otro recoveco que uno personalmente deseaba que se explorase era el de los vídeos. Me atreví a extraerlos de los DVDs de la serie ‘Anthology’ con los medios rudimentarios de un programita de ordenador dedicado a ello, pero era tan laboriosa la tarea, y además no estaban completos, que perecí en el intento, abandoné. Pero, voilà, EMI ha reeditado el CD de éxitos ‘The Beatles 1’ del año 2000 como ‘The Beatles 1+’ y le ha añadido, en un caso, un DVD con los vídeos correspondientes a las 27 canciones que alcanzaron el número 1 en Inglaterra o Estados Unidos, y en otro caso dos DVDs, el ya mentado más otro extra con 23 canciones más. ¡Cincuenta vídeos en total! Sí, ya sé, abundan las ediciones piratas, pero, ¡por fin!, oficialmente, las grandes canciones de los Fab Four están disponibles en imágenes…

Y laboriosamente rebuscadas, restauradas y ordenadas. Porque uno esperaba un refrito extractado de las películas, pero no ha sido exactamente eso lo que ha hecho la EMI. Ha ido más allá. Ha recurrido a las películas cuando ha sido obligado, pero en muchos casos ha tirado de archivos televisivos –BBC, Granada TV, Ed Sullivan Show…-, con lo que ha puesto en circulación un torrente de imágenes que el común de los adeptos beatlenianos, incluidos algunos muy-muy forofos, no habíamos visto nunca.

Los primeros de la serie, desde ‘Love Me Do’ a ‘From Me To You’, ‘She’s Love You’, ‘I Want To Hold Your Hand’, ‘Can’t By Me Love’ y ‘A Hard Day’s Night’, son tomas de apariciones televisivas apenas conocidas en España, donde los cuatro fabulosos nunca tocaron ni aparecieron en clips completos en la TV del momento, la de los sesenta. Luego aparecen los obligados vídeos de los largometrajes, algunos otros sacados de estudio que se grabaron como películas promocionales (entonces no existía el término videoclip), otros del Ed Sullivan Show y otros que son meros montajes, bien actuales, como el realizado para ‘Eight Days A Week’ con la simulación de estar tocando en el famoso concierto del Shea Stadium de Nueva York, en agosto de 1966, simulación extremadamente fabulada pues esta canción ni siquiera sonó aquella noche, o bien pasados, como el realizado para la colorida ‘Come Together’ con destino a la promoción de la edición original de ‘Beatles 1’ en el año 2000.

Obviamente 27 canciones sobresalientes y muy conocidas que, insisto, son un festín visual, a la vez que resumen no solo la trayectoria beatleniana sino el devenir de la música pop de los sesenta y hasta del siglo XX, asunto este que daría para un libro, así que mejor me quedo aquí, no me meto en profundidades. El festín se prolonga en el segundo DVD, con 23 piezas más, en algunos casos ya incluidas en el primer volumen pero con tomas diferentes. Sorprenden, no ya por la calidad original de imagen, las tomas de ‘Hello Goodbye’, sino por lo histriónica que llega a ser la tercera ellas, con Lennon y McCartney bailando twist gansamente, sacando la consabida vena humorada del cuarteto.

Llamativa es igualmente la intro de ‘Day Tripper’ con unas bailarinas que remiten a los ballets de la TV española, donde todo el pop se adornaba coreográficamente con chicas moviendo el esqueleto, ¡qué fijación! La psicodélica ‘Rain’, y su excelente imagen, quizá rodada en la misma sesión de ‘Peperback Writer’ en Chiswick Park, es una joya que uno desconocía. Como lo es el montaje psicodélico que se hizo para el ‘Love’ de El Circo del Sol con ‘Within You Without You’/’Tomorrow Never Knows’ o el ‘Revolution’ en directo y a color, con Lennon haciendo sonar su guitarra-chicharra como hasta entonces no se había oído sonar una guitarra. O la anécdota que Paul cuenta del mendigo que aparece en la versión original de ‘Hey Jude’ y en la segunda ni rastro, tal vez porque ese día no deambulaba por la calle o apareció tarde, cualquiera sabe.

Y el mismo McCartney dirigiendo la orquesta en la epopéyica sesión de ‘A Day In The Life’ con los músicos luciendo las narizotas de payaso que les pidió que se pusieran. O la versión de ‘Get Back’, no en el icónico concierto de la azotea de los estudios Abbey Road, sino en los fríos Twickenham Studios, donde se grabó buena parte de ‘Let It Be’ en medio de las mayores tensiones creadas entre los cuatro por la presencia de Yoko y la quiebra de Apple.

En fin, mejor verlo que contarlo y volver a disfrutar no solo con estas grandísimas canciones sino con las imágenes –restauradas aunque hasta cierto límite pese a la publicidad en 4K- y ese Harrison que estos vídeos visualizan como nunca al guitarrista original, creativo y elástico que fue.

Ha habido, en efecto, un nuevo saqueo a la despensa, y de camino al bolsillo del fan, pero, pese a no ofrecer algo nuevo -ya imposible, parece- la edición videográfica que acompaña a ‘The Beatles 1+’ sí ofrece alimento beatleniano de primera calidad, inolvidable. ¡Beatles forever!
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Feliz Navidad con Elvis

Llamadme carca, conservador, cursi…, pero me gusta la Navidad. Y los villancicos. Con uno de ellos, como he hecho otros años, quería felicitar estas fiestas a todos aquellos que se pasan por este blog. Quería hacerlo con uno de este año, de cosecha reciente…, veo a una angelical Ellie Goulding cantando ‘O Holy Night’, a las resucitadas Sleater Kinney aporreando con su habitual crudeza lo-fi ‘Merry Christmas’, a Mo entonar delicadamente ‘New Year’s Eve’, al insólito tándem Kylie Minogue-Mumford & Sons con ‘All I Want For Christmas Is You’, a los oscuros The Darkness con ‘I Am Santa’ e incluso a Springsteen con Paul McCartney dándole hace unos días al consabido ‘Santa Claus Is Coming To Town’ en el Saturday Night Live’ televisivo…, pero no me convencen. Esta audiencia merece algo más selecto…

Y decido regresar a lo clásico, a algo con pedigrí, con garantías. ¿Y quién mejor? Elvis, claro. Fue el Rey del rock’n’roll, pero también de otras muchas cosas, entre ellas, los villancicos. A Elvis no le gustaba la Navidad, le enloquecía. Desde el primer momento que se instaló en Graceland, en 1957, adornaba salones, escaleras, pasillos, jardines, fachada… con toda clase motivos navideños e incluso con grandes letreros luminosos en el exterior, deseando felicidad a todos. Atavismo de su niñez y de unos padres creyentes.

Y fue el artista que más cantó a la Navidad. En 1957, el que fuera su tercer LP oficial, lo dedicó a los villancicos. Lo llamó ‘Elvis’ Christmas Album’ y se vendió como churros, hasta el punto que, con sus sucesivas reediciones, es el disco navideño más vendido de la historia. En 1971 volvió a llenar otro álbum de peladillas navideñas (‘Elvis Sings The Wonderful World Of Christmas’) y en su triunfal ‘come back’ del 68 no se olvidó de los villancicos. Vestido de cuero y con el flequillo cayéndole sobre la frente, sonriente y simpático, humorado, y en el primer unplugged de la historia, abordó el par de ‘carolans’ que dejo a continuación: pura delicia y sencillez navideña embutida en cuero negro y, claro, una voz y un carisma fuera de serie. Para el público femenino, dejo el juicio físico, pero hay quien asegura que es el rostro masculino más guapo de la historia del rock. Este clip, aparte de su aire navideño, sigue arrancando suspiros.

Que paséis una Navidad feliz, familiar, saludable, con excelentes viandas, regalitos, espumillón, lucecitas, arbolitos, estrellas, villancicos… y todo lo típico de estas fechas. Como le gustaba a Elvis (y a mí). Y, por supuesto, con buena música…
Ah, y sin mucha politiquería, aunque el momento achuche a ello.
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Richard Hawley, el ‘crooner’ moderno ha vuelto

No olvidaré jamás los dos conciertos seguidos de Bruce Springsteen que hace más de 25 años, durante la gira de ‘Tunnel Of Love’, disfruté en Sheffield. Pero no es del Boss (ya está aquí el pesado de Uribe con el Boss, tranqui) de quien quiero ocuparme, sino de Sheffield y de uno de sus creadores más sensibles y se diría que anacrónicos en tiempos de ruido y vulgaridades a chorros, es decir, de Richard Hawley.

En 2012, a raíz de la publicación de su brillante ‘Standing At The Edge’s Sky’, ya le dediqué una entrada en este blog, escrutando someramente su camino discográfico y su estancia en Pulp. No es cuestión pues de repetirse, sino simplemente de hacer una nueva llamada a aquellos que degusten del pop sensible y bien acabado para que acudan de nuevo (o por vez primera) a la casa de Hawley, cuyo reciente nuevo disco, el octavo de su carrera, es otro traje de terciopelo.

Algo que me chocó en los dos conciertos a los que me refería anteriormente de Springsteen en Sheffield fue el aspecto del personal: tripas cerverceras, tatuajes, gorras, grandes bíceps asomando con estrechura por las mangas de las camisetas.., todo un verdadero paisaje ‘working class’ que contrastaba con el relamido paisaje, por ejemplo, que antes encontré en Nueva York (‘posh audience’). Nada, por otra parte, extraño: estaba en la ciudad del acero, en una de las ciudades industriales por antonomasia del norte de Inglaterra, por cierto, la de Joe Cocker, Human League, Pulp o Artic Monkeys, entre otros.

Pero no por ello, fea y destartalada, aunque Orwell la calificara como una de las ciudades más sucias del mundo. El ‘downtown’, con el precioso edificio del ayuntamiento y su silencio dominguero, resulta de lo más atractivo, pero a las afueras hay tal cantidad de bosque que convierten a la ciudad del acero en la ciudad con más árboles por habitante de Europa. Paradójico.

De esta paradoja fue consciente Hawley cuando, a raíz de una operación, tras romperse una pierna en Barcelona, empezó a andar por las afueras para ejercitar la pierna rota. Y de sus paseos y de sus meditaciones entre árboles le salieron las once canciones que pueblan su nuevo disco, ‘Hollow Meadows’. Naturalmente bucólico y pausado como los anteriores pero ahora más simple, sin grandes orquestaciones, pero de nuevo con unas melodías radiantes y un tono tristón y romántico marca de la casa.

Y pese a ello, sin melosidades cursis ni añosas, con efectos y arreglos, como en los discos previos, que le dan un toque muy actual. Para mi gusto, la canción estrella es ‘Sometimes I Feel’, con coros femeninos que la enraízan con Leonard Cohen. Una preciosidad. El ‘crooner’ moderno ha vuelto. Con la pierna rota pero con la sensibilidad más compuesta que una dama victoriana.
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El caudaloso río de Springsteen

CajaRiverPrimero, cuando se publicó en el otoño del 81, en vinilo; después en CD y luego remasterizado. Algunos habrán comprado ya el mismo disco en tres ocasiones, y aun así merece la pena estirar el bolsillo y comprarlo ahora por cuarta vez, dentro de la opulenta caja ‘The Ties That Bind, The River Collection’, que acaba de ponerse en el mercado, siguiendo la serie expandida de los grandes discos de Bruce Springsteen.

En tiempos tan jorobados para la economía, hasta me atrevo a decir que no solo merece la pena invertir en la caja sino que esta hasta resulta económica: por menos de 100 euros (al menos en Amazon), cuatro CDs y tres DVDs. Un caudaloso río de material springsteeniano que a los fans los pondrá (nos pone) a cien. En mi caso particular, supone poder revivir el concierto de abril del 81 en Barcelona, la primera vez que el Boss venía a España y, por tanto, la primera vez que le vi en directo, un jolgorio para la memoria inenarrable.

No, no es el concierto de Barcelona el que se despacha en dos DVDs en la caja, es el de unos meses antes en Tempe, pero básicamente viene a ser el mismo no ya por el repertorio, que difiere en unas cuantas canciones y orden, pero sí por lo que se refiere a actitud musical y fuego en un escenario. Vi el concierto junto a un querido periodista gallego, Nonito Pereira, y los dos nos quedamos noqueados. Ambos coincidimos en que jamás habíamos visto un espectáculo de rock con tanta vitalidad y tanta fuerza en un escenario, aún teniendo elementos comparativos en vídeo de los mismos Sex Pistols, lo más incendiario hasta el momento. Fue una visión que luego, tras el mismo concierto, en el ágape que CBS preparó para un nutrido grupo de invitados, desde Ramoncín a Víctor Manuel, se repitió una y otra vez. Con mi casete, para luego reproducirlas en la revista Disco-Actualidad, fui palpando impresiones y la más repetida era esta: fuego.

Lástima, por no soltar un exabrupto, ¡el concierto de Tempe no está completo! Faltan nueve canciones, entre ellas ‘Factory’, ‘Independence Day’, ‘The Ties That Bind’, ‘Wreck On The Highway’… que no se grabaron –dicen- en unos casos por pertenecer a ‘Darkness’ (aquella filmación tenía como fin primordial la promoción de ‘The River’) y en otros porque se grabó mal, con escasa luz. Pena. Como también es una pena que la imagen general del concierto no sea más lucida, pero eran tiempos tecnológicos pobres en comparación con estos de ultra alta definición. Sin embargo, el sonido es extraordinariamente bueno. Queda, al menos, este consuelo.

Hay más en la caja, claro. En concreto, el disco LP sencillo (¡cómo no!, saqueado por los ‘bootleggers’ en 1983 como ‘The Ties That Bind’) que Springsteen entregó a CBS para editar a finales del 79 y que a los pocos días retiró por no estar convencido de él, por no tener todos los ‘colores’ que él deseaba. De nuevo, los temores, las dudas, esa mezcla de perfeccionismo e inseguridad del Boss ante sus discos que abrió la lata con ‘Born To Run’ y aún perdura.

Bendita decisión. El disco se retrasó un año, quedando en la cuneta una bonita balada como ‘Cindy’, que ahora se publica por vez primera oficialmente, pero se ganaron, ahí es nada, ‘Point Blank’, ‘Independence Day’, ‘Cadillac Ranch’, ‘Ramrod’, ‘Drive All Night’.., el Springsteen amoroso y ruidoso a la vez, tierno e incendiario, que era lo que buscaba con este disco para acercarse más directamente a su público, un disco confeccionado con mimbres de rock y viejos aromas de country tradicional (Roy Acuff, Johnny Cash, George Jones, Tammy Wynette…) a la búsqueda de destramar el misterio de las relaciones personales, de los lazos que atan y desatan a unos seres con otros (de ahí el título inicial del álbum, ‘The Ties That Bind’, y ahora de la caja).

Un disco para la fiesta y el baile, también para la armonía y el romanticismo, un doble LP en el que amasó el sonido mezclando a su querido Gary US Bond con los The Dave Clark Five y con el que quiso enfrentarse al disco ‘samurai’ (qué maravillosa definición de la guerra consigo mismo, de la introspección y la oscuridad personal) que, según él confiesa en la hora de jugosa entrevista que ocupa el tercer DVD, era ‘Darkness’.

Entrevista, por otro lado, enternecedora e ilustrativa, con un fondo de humanidad estremecedor. La 2, por cierto, la ha emitido esta madrugada. Grabada probablemente el verano pasado en el jardín y en la cocina de su casa, en ella, de nuevo, emerge ese Springsteen sincero y filosófico, buscando explicaciones y razones en el fondo de las cosas y de los hechos, y poniendo de manifiesto una vez más lo que este hombre sufre a la hora de hacer discos. Solo tenía la música, vivía para ella en exclusiva, viene a decir: no podía hacer un pestiño. Y por eso que se llama actitud, trabajo y dedicación, como ya había ocurrido con ‘Darkness’, no iba a ser: ¡hasta 95 maquetas grabó en el dormitorio de una granja que alquiló por 900 dólares al mes, solo ante un micro y una grabadora de casete! Aún añadiría otras diez maquetas más ya en el estudio junto a la E Street Band. ¡Qué fiebre por la creación!

Y curiosamente en un tiempo que no era suyo, en un tiempo en el que la modernidad del pop, con la new wave, los nuevos románticos y el incipiente tecno-pop, lo devoraba todo. Pero ya se sabe que Springsteen, como aquí Miguel Ríos, no corrió nunca por el carril de la moda, lo que aún realza más su éxito, especialmente en aquellos horripilantes años ochenta de hombreras y colorines hoy patéticos, por no hacer el listado de canciones sintéticas que no tienen cabida ni en la papelera de reciclado. Actitud, por otra parte, loable y sincera que al final demuestra lo evidente: que lo auténtico permanece mientras que lo artificioso se funge por sí mismo, es pasajero.

Veintidós de aquellas maquetas, ya convertidas en canciones en los Power Station de Nueva York, excepto una, totalmente acústica, ‘Mr. Outside’, aparecen en el tercer CD denominado ‘Outtakes’. Nueve aparecieron en la caja ‘Tracks’, otra en la cara B del single ‘Hungry Heart’ y otra en el triple recopilatorio ‘The Essential’, pero once (las once primeras del CD) son completamente nuevas, al menos oficialmente, porque saqueado incomprensiblemente como ha sido el sufrimiento y el sudor de este artista ante la composición, casi todas ellas y muchas más se conocen a través de los discos piratas, especialmente a través del triple CD ‘The Definitive Darkness & River Outtakes Collection’ (E. ST Records/1995) y la célebre (entre springsteenianos) colección de ‘The Lost Masters’.

No queda todo ahí. Junto a otros dos cedés que obviamente recogen el doble álbum original, con la misma remasterización que se publicó en 2014 en la caja ‘The Album Collection 1973-1984)’, se inserta un precioso libro de 148 páginas (si no he contado mal) con 200 fotos y el mismo cantante poniendo pies a algunas de ellas y un texto propio sobre sus propósitos a la hora de componer aquel disco. Una pieza de oro. Y todavía más: un facsímil de la libreta donde escribió los textos de algunas de aquellas canciones, curiosamente las descartadas. Para alguien como yo, que tiene curiosidad por la caligrafía, a través de la que se adivinan rasgos de la personalidad de su autor –poso, supongo, de mis viejos tiempos de docente- la libreta es otro gozo. Ay, esas tes con el palo superior convertido en una oronda panza…, ¡qué no dará de sí ante un perito calígrafo!

Un desbordante caudal, en suma, de material springsteeniano embutido en un lujoso y gran estuche de 30 cm x 26 cm de cartón duro para rematar la faena. Hace apenas unos días que lo manoseo y lo escucho, lo vuelvo a escuchar y manosear, y tengo la sensación de que he timado a Amazon. Ediciones como estas son orfebrería pura, un derroche.

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El primer disco del rock zaragozano: Chico Valento

Pionero, pionero auténtico y genuino no ya del rock zaragozano sino del español. Chico Valento fue el primer rocker solista en grabar en España. Había nacido en Larache, pero desde muy niño vivía en Zaragoza. Aquí se curtió, saliendo después para Madrid, Valencia y Barcelona. En 1961 grabó su primer EP, que traigo al blog como aperitivo del libro ‘Zaragoza60’s’. Tuvo suerte. Pese al férreo control de las discográficas a la hora de imponer repertorio, en su debut consiguió intepretar tres piezas de su adorado Elvis y otra de su no menos adorado Adriano Celentano (‘Ciao.. ti diro’). Ahí van:
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Adele, en manos inadecuadas

Tercer disco de Adele, aceptable y con buenos momentos, pero, pese a estar batiendo récords de ventas mundiales (había hambre ‘adelina’), a mi parecer, no está a la altura de las expectativas que había generado, ni de los casi 600 millones de visitas en YouTube de su magistral heraldo ‘Hello’, menos aún de la solvencia de sus dos trabajos previos, más comedidos y menos artificiosos. Está en manos inadecuadas. Lo que, insisto, no quiero decir que sea un mal disco.

Facilito, facilito lo tiene Adele para titular sus discos. A cada nuevo álbum que publica, le coloca los años que cumple en la fecha de grabación y se acabaron los quebraderos de cabeza, que no son pocos en otros grupos y cantantes a la hora de titular. Lo que no es facilito es cantar cómo canta esta joven británica: un torbellino sobre el pentagrama, una tormenta en las cuerdas vocales, con un registro imposible y un conmovedor apasionamiento. Pero ya digo este disco se queda corto con respecto a los dos anteriores, o al menos no los supera, máxime si alguien acude a él buscando un nuevo ‘Rolling In The Deep’ o un ‘Someone Like You’.

¡Que apaguen, por favor, esos malditos tambores de ‘I Miss You’! Que se olviden de los machetazos bailones con ribetes Marvin Gaye mal digerido de ‘Water Under The Bridge’ o de ‘River Lea’. Que borren esos bajos y esa producción sincopada de ‘Send My Love’ para meterla en el venenoso terreno de las artificiosas divas del pop actual. Adele no es Taylor Swift ni Katy Perry, ni falta que hace, y por tanto no se merece unos productores que la desangren por agujeros como estos. Por ahí, el disco hace aguas, pero afortunadamente, cuando se desprende de ropajes sintéticos, vuelve a lo orgánico y defiende a pecho descubierto sus melodías con (básicamente) un piano como apoyo vocal, caso de las sobrecogedoras ‘When We Were Young’, ‘Remedy’ y ‘All I Ask’, que remiten al Elton John más puro; cuando salta a pista con solo una guitarra acústica (‘Million Years Ago’); cuando entra a matar envuelta en una rico manto orquestal (‘Love In The Dark’); cuando baja a lo natural en ese enternecedor arrullo a su hijo de cuatro años que lleva ingredientes de U2 (‘Swetest Devotion’) o cuando se enfrenta a la ruptura sentimental con ese aplomo de belleza en la derrota (‘Hello’) es cuando reluce la Adele más genuina y fulminante, esa cantante superlativa, que aún con tendencia al exhibicionismo vocal, es capaz de arrancar astillas emocionales en miles de corazones.

Lástima que, como ha ocurrido con otra voz descomunal como la de Lana Del Rey, los productores hayan impuesto su ley marcial a base de tamborrazos y sintetismos, usurpando al artista su esencia para lucimiento propio. Spector lo hacía con todo aquel que caía en sus manos, incluidos los Ramones o Leonard Cohen, pero no perdía elegancia ni despeñaba a sus artistas. Se impone un despido procedente a Paul Epworth, Danger Mouse o Max Martin, algunos de los autores de la usurpación o la desacertada intervención.

Una canción que salva todo el disco:
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El libro de la Zaragoza musical de los sesenta en marcha

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Hoy, en el programa Buenos Días Aragón, de Aragón TV, Luis Alegre ha desvelado la portada del libro que acabo de escribir sobre la Zaragoza de los sesenta, tal y como anuncié en una entrada anterior. El libro, diseñado y maquetado por mí mismo, está preparado para ir a imprenta en el momento mismo en que una editora de prestigio en la ciudad me dé la conformidad definitiva. Será difícil, me temo, que salga antes de Navidad, pero ya se verá.

Ha quedado un poco tocho: casi 400 páginas en tamaño folio y papel couché, pero creo que merecía la pena el derroche para desenterrar de una vez por todas aquellas historias musicales que protagonizaron una legión de valientes en una época social y política tan refractaria y dura para lo nuevo y no digamos para el rock’n’roll y que en general se desconocen en la ciudad y más aún fuera de ella. Transcribo el texto de resumen de la contraportada para que aquellos que estéis interesados en estas historias os hagáis una idea:

Zaragoza fue un caso único en el paisaje musical de los sesenta y, por ende, en la historia del pop español: ninguna otra capital vivió un fenómeno similar, fue la ciudad pionera de los solistas del rock’n’roll. A finales de los años cincuenta, germinó un grupo de devotos practicantes del género –Chico Valento, Rocky Kan, Baby, Nelo y Gavy Sander’s- que comenzaron a grabar discos en 1961, un año antes de que lo hiciera cualquier otro rocker hispano, incluido Mike Ríos, el pionero por antonomasia en estas lides en España; luego, con una dilatada, brillante e icónica carrera. Las películas y discos de Elvis Presley, las canciones de Adriano Celentano, el eco de un programa radiofónico de gran audiencia, ‘Plataforma de estrellas’, emitido en directo desde el Teatro Fleta por Radio Juventud en las mañanas de los domingos, y especialmente las emanaciones de la Base Americana fueron factores determinantes en la construcción de aquel primerizo andamiaje sonoro, que completaron, a lo largo de la década, un puñado de cantantes femeninas y solistas masculinos, amén de un centenar aproximado de conjuntos. Este libro le arranca definitivamente el telón a ese andamiaje para dejar al descubierto el brillante edificio de voces y discos que se levantó a lo largo de diez años en la ciudad en medio de un tiempo político y social duro en el interior -por la dictadura franquista- y atemorizado en el exterior, por el choque ideológico y militar de las dos grandes potencias mundiales. Una historia sepultada y práctica e injustamente desconocida, que el autor exhuma sin nostalgias rancias, contándola a ras de suelo e insertándola en el espacio y en el tiempo social en que se desarrolló para que quede para siempre presente en la memoria de la ciudad y de fuera.

Señalar que en esas 400 páginas se recogen las biografías de los rockers citados además de otros cantantes y solistas que salieron de la ciudad y grabaron discos: Licia, Pili y Mili, José María Dalda, Luisita Tenor, Elia Fleta, Teresa María, Luciana Wolf y Pilarín Lasheras. Se recensiona también más de medio centenar de conjuntos de la época, desde Los Nápoli a Los Guayanes, Sarakostas, Rocas Negras, Los Ibéricos, Los Kiowas, Los Sombras, Los Kracs… y tantos otros. Además, el primer capítulo, en el que hago un relato muy sui géneris de la década y de las costumbres juveniles en aquel momento, aportan su visión personal nombres de prestigio que de una forma u otra estuvieron ligados a la música de aquel momento: Agustín Sánchez Vidal (catedrático de Literatura y Cine en la Universidad de Zaragoza), Manuel Martín Bueno (catedrático de Arqueología en la Universidad de Zaragoza), Luis del Val (periodista y escritor), Miguel Ángel Tapia (director del Auditorio de Zaragoza), Juan Segarra (abogado), Carlos Chausson (cantante operístico), Carlos Jaime Gómez (psicopedagogo y ex componente de los Rocking Boys), Miguel Ángel Camarero (abogado), José María Pemán (presentador), Rafael Castillejo (restaurador de la sentimentalidad de los años 40, 50 y 60), Octavio Gómez Milián (escritor y profesor) y Borja Téllez (cantante de Faith Keepers). Miguel Ríos ha escrito el prólogo.

Para ir dando información y para colgar canciones de aquellos artistas así como elementos que configuraron aquel tiempo, he creado en este blog la página Libro Zaragoza60’s (ver pestaña arriba) y asimismo he abierto un espacio en Facebook (https://www.facebook.com/zaragozasesentas) para también colgar fotos, canciones e iconos de la época que ayuden a acercarse al libro y abrir al mismo tiempo un foro de opinión y de recuerdos, pues es mucha la gente que protagonizó aquella historia y que afortunadamente todavía vive.

Pese a lo que pueda parecer, no es un libro de nostalgia rancia sino de pura y dura historia social, política y musical de un tiempo que fue más optimista y alegre, aparte de atrevido y rompedor, de lo que se piensa. Os animo a pasar.

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El disco perfecto (2): Van Morrison y ‘Astral Weeks’

¡Cuánta buena música se hizo en los sesenta y cuántos hallazgos y conceptos nacieron allí! Aprovecho la reedición de ‘Astral Weeks’ (aumentada con cuatro bonus y un sonido espectacular) para volver a la sección que el recordado amigo Antonio Tenas me impulsó a abrir en el blog, la del ‘disco perfecto’. Ricardo VM eligió este álbum de Van Morrison como disco de cabecera. Y no fue mala elección, vaya que no. Es una de las obras cruciales de la música pop de todos los tiempos.

Una ingeniosa obra, al margen de su belleza intrínseca: unos músicos de jazz de reconocido prestigio –el batería de The Modern Jazz Quartet, Connie Kay, el contrabajista de Eric Dolphy o Kenny Burrell, Richard Davis, el guitarrista de Charles Mingus, Jay Berliner…- tejiendo un disco de cuasi folk. Algo inaudito. Y en tan solo tres días de septiembre y octubre de 1968. Y con ellos, su artífice y conductor, Van Morrison. Increíble que con tan solo 23 años alumbrara este monumento musical, aunque bien es verdad que, como confesó muchos años más tarde, en 2009, no salió como él lo había concebido, seguramente por la libertad e ingenio con que trabajaron sus músicos.

El irlandés después de dar carpetazo a Them –sagrados sus dos álbumes con él y con la sangrante ‘Gloria’ en ellos-, se marchó a Boston y luego a Nueva York y allí, empinando el codo más de la cuenta y tras sus escarceos con el sello de Bert Berns, Bang Records (cerrado de urgencia por un infarto) en el que dejó la popular ‘Brown Eyed Girl’, firmó con Warner con plena libertad impuesta por él mismo y alumbró su primer retoño en solitario, este paseo astral por sus recuerdos de infancia y adolescencia en su Belfast natal acompañado por una música de una osadía y una imaginación portentosa.

Marañas de violines, trompetas, cuerdas, saxos, flautas, guitarras acústicas, vibráfono… envolviendo los quejidos del león, templando su canto dramático, envolviendo en terciopelo sus embestidas vocales… Jamás en el pop, y puede decirse que en la historia de la música popular, desde Billie Holiday, alguien cantaba con ese nervio y esa mística con la que cantaba Van Morrison. Los ojos cerrados y el rostro pegado al micrófono como si estuviera de rodillas en el confesionario relatando al confesor su pena y su arrepentimiento. En medio del colorín de la época y de los restallidos hippies, nacía el pop trascendente, místico, religioso, no en el fondo pero sí en la forma, que después hilarían toda una cadena de cantautores, desde Nick Drake a Mike Scott, Jeff Buckley, Elliot Smith o el mismo Bono.

‘Astral Weeks’ es ‘el disco perfecto’ de ‘Cyprus Avenue’, donde Morrison evocaba a aquella chica a la que espiaba en su Belfast natal buscando su amor; el de ‘Madame George’ y el encapsulado de un travesti que las malas lenguas asociaron a su padre; el de ‘Ballerina’ y su historia de amor entre un apasionado del jazz y la poesía -¿adivinan?- y una chica “tan suave como la nieve”, el de ‘Beside You’ y su entrega amorosa latiendo con unas guitarras ¡de sabor flamenco!, tras Miles Davis, la primera vez que lo andaluz se colaba en el jazz y en el pop de forma tan evidente y notoria… El de una música, en suma, superlativa. El de ocho canciones que lejos de perder espacio y tiempo crece cada vez que pasa por el reproductor.

Dios, si hoy un indie se presentase con un disco como este: corona de laurel. Pero entonces, en 1968, cuando apareció, no se le hizo el mínimo caso, algo por otra parte natural a tenor de la música tan atípica y fuera de tiempo que contenía y a tenor de los discos que había en el escaparate: el álbum blanco de Los Beatles, el ‘Electric Ladyland’ de Jimi Hendrix, el ‘Beggars Banquet’ de los Rolling, el ‘Sweetheart Of The Rodeo’ de los Byrds, el ‘Wheels Of Fire’ de Cream, el ‘Cheap Thrills’ de Janis Joplin y su Big Brother & The Holding Company, el primero de la Creedence, el primero también de Soft Machine, el ‘Mr. Fantasy’ de Traffic, el ‘Dock Of The Bay’ de Otis Redding, el ‘Crown Of Creation’ de la Jefferson, el ‘Last Time Around’ de Buffalo Springfield, el directo de retorno de Elvis, el ‘Blues From Laurel Canyon’ de Mayall… y hasta aquel platillo volante que era el ‘In-A-Gadda-Da-Vida’, de Iron Butterfly. Fue con los años cómo se reconoció y se asentó esta obra maestra en la prensa musical y en el público. Ya se sabe que los buenos vinos no fermentan de un día a otro.
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Siete noches de oro de Miles Davis en el festival de jazz de Newport

Noviembre, mes jazzístico por excelencia. Tiempo de festivales como el de Zaragoza, recién finalizado, que no obedecen a un santoral o tradición del género sino a un cambio político: la llegada del PSOE al gobierno en las históricas elecciones de 1982. Un tiempo de transformación en todos los sentidos que afectó al jazz. Los socialistas, aún embadurnados en idealismo y buenos propósitos, abrieron el concepto de cultura a las clases populares, despojándolo de elitismos y manteniendo un listón de calidad y de arte formativo que lamentablemente hace ya muchos años se cayó de sus programas como un globo en caída libre. También un golpe de suerte, porque aquella idea de traer a España a grandes figuras del jazz y extenderlas por algunas de las capitales más importantes del país, pese a dificultades contractuales y agoreros, cuajó de inmediato, y todavía, con mejor o peor fortuna, se mantiene.

Es cierto e irremediable, treinta años después ya es imposible probar aquellos bocados de oro de la historia del jazz que los aficionados, gracias a aquella nueva política y a aquella invención, pudieron degustar en los 80-90 en el asombroso festín que vivió Zaragoza: una noche, Oscar Peterson, otra Dizzy Gillespie, otra el Modern Jazz Quartet, otra Lionel Hampton, otra Art Blakey, otra Miles Davis… Un desfile de leyendas por la ciudad, básicamente por el Teatro Principal, que jamás volverá a repetirse: todas han desaparecido. Aunque afortunadamente quedan los discos. No solo los conocidos en la larga historia del género sino los que la industria rebaña en la actualidad en sus archivos de aquellas leyendas y va sirviendo en estimulantes dosis. Ejemplo más reciente: un cuádruple cedé editado por Columbia (Sony) que recoge los pasos de Miles Davis por el festival de Newport entre 1955 y 1975, una panorámica resumida del jazz moderno y a la vez de su carrera. Una edición soberbia que muestra los pasos de gigante del mítico trompetista.

Newport es una pequeña localidad costera de poco más de veinte mil habitantes perteneciente al estado de Rhode Island, a casi 300 kilómetros al norte de Nueva York. Celebrada por sus once mansiones –hay rutas turísticas-, con un nivel de renta altísimo y con una alta burguesía de lo más selecta de Estados Unidos, acoge, pese a la oposición inicial de aquella burguesía y no pocos incidentes, dos de los festivales más legendarios de la historia: el de folk, donde Dylan se hizo eléctrico, y el de jazz, por el Miles Davis pasó en siete ocasiones.

La primera vez lo hizo en la segunda edición, en la de 1955. Llegó invitado por el productor del festival, George Wein, previamente presionando por el genio arrogante del trompetista. “No hay festival de Newport sin mí”, le dijo una noche de invierno en un club de Nueva York. Wein aceptó la observación de buen grado y en verano Miles ya estaba allí, limpio de heroína y modelado por el gimnasio y el boxeo, después de haber superado un largo periodo de yonqui.

Había grabado un puñado de discos ya, pero aún no era una figura destacada, o dicho más suburbialmente por él mismo en sus memorias: “Mi nombre era todavía mierda en los clubs”. Newport, sin embargo, le puso en la rampa de lanzamiento a la celebridad. El solo de trompeta que se marcó en ‘Round Midnight’ al lado de Thelonious Monk fue determinante. El público aplaudió a rabiar su intervención, la crítica, que andaba a zurriagazos con él, se rindió, la Columbia fue en su busca con el machete en la boca y la billetera abierta y el solo, merced a la emisión radiofónica en directo de La Voz de América, trascendió fuera del festival durante meses y años hasta convertirse en un hito de la historia del jazz. Luego, según sus protagonistas, no fue para tanto. De hecho, camino de Nueva York, Monk le espetó a Miles que no lo había tocado correctamente, lo mismo que él pensaba de cómo había tocado el pianista. Ambos montaron una gresca que acabó con Monk bajándose del coche y con Davis dejándolo tirado en la carretera.

La Columbia, en cualquier caso, ha puesto a disposición de los aficionados aquella legendaria grabación en este cuádruple álbum de sonido esplendoroso y con más alma jazzística que tres grandes big bands juntas. ¡Qué prodigio de limpieza sonora, pese al medio siglo transcurrido, y qué grandes lecciones de jazz mayúsculo y renovador en siete noches. Aquella misma del ‘Round Midnight’, el quinteto interpretó un ‘Now’s The Time’ arrollador en honor del recién fallecido Charlie Parker mientras Miles Davis pasaba tres días en la cárcel por no pagarle la pensión a su exmujer Irene, lo que le jorobó mucho, aún siendo reacio a estos actos, por no poder asistir al funeral de su ídolo.

El trompetista volvió tres años más tarde al festival, en 1958. ¡Y cómo volvió! Ensalzado y famoso, y con un quinteto de oro -John Coltrane al saxo tenor, Cannonbal Adderley al alto, Bill Evans al piano, Paul Chambers al bajo y Jimmy Cobb a la batería-, eso es, exactamente el mismo combo que unos meses después grabaría ‘Kind Of Blue’, uno de los grandes ‘ochomiles’ del jazz. En el escenario el quinteto junto a Miles se mostró como una verdadera locomotora, sobre todo cuando afrontó cortes de hard-bop como ‘Ah-Leu-Cha’ o ‘Two Bass Hit’, pero también delicado y sedoso en piezas como ‘Fran-Dance’, que acababan de grabar, o en la burbujeante y clásica ‘Bye Bye Blackbird’. La grabación parcial de aquel concierto se editó en disco en 1964, obviamente en vinilo. Sobra decir cómo suena ahora tras el correspondiente limpiado de cintas.

Una tromba de jazz frenético y tempestuoso cayó en los años 66 y 67 en que Miles Davis volvió a Newport, en ambos años, con otro combo que luego, por separado, llenaría buena parte de los setenta y años posteriores, o sea, el llamado jazz-rock. Junto al trompetista, ahí es nada, se presentó un cuarteto que, con levísimas variaciones, ya venía trabajando con él desde los primeros sesenta: Wayne Shorter, Ron Carter, Herbie Hancock y Tony Williams. Sonó ‘So What’ y, cómo no, ‘Round Midnight’, pero sometidas a un centrifugado de frenético hard-bop, free y experimentación que aturde, sobre todo si compara con la famosa versión de 1955, un anuncio de que el jazz en su concepto más clásico se estaba acabando.

La siguiente aparición de Miles Davis en Newport se produjo en 1969, o sea, a las mismas puertas del despegue del jazz-rock, que allí mismo se estaba inventando con el añadido de instrumentos eléctricos. Entonces, los escuderos eran Chick Corea, David Holland, Jack DeJohnette y Wayne Shorter. En ediciones anteriores, Miles llegaba en ferry con el tiempo justo y se iba nada más acabar su actuación, pero en aquella edición del 69, abierta por primera y única vez al rock –hasta Zappa, Led Zeppelin, Jethro Tull y Ten Years After figuraron en el cartel-, se quedó a pie de escenario todos los días, atento a lo que ocurría arriba y abajo, estudiando la respuesta del público y lo que se tocaba arriba. Si aquellos tipos, se preguntaba, que no sabían ni leer una partitura, eran capaces de congregar a tanta gente (cien mil personas), ¿por qué no podía hacerlo él que tenía más técnica, sabiduría y argumentos musicales? En su cabeza bullía el acercamiento al género que entonces deslumbraba a miles de jóvenes: estaba incubando el jazz-rock. De hecho, ya interpretó dos piezas -‘Sanctuary’ y ‘Miles Runs The Voodoo Down’- que un año más tarde formarían parte de esa catedral del género que es ‘Bitches Brew’.

La primera piedra discográfica con la que carnalizó aquel pensamiento y en aquel mismo año fue ‘In A Silent Way’, otro de los ‘ochomiles’ del jazz, que aún subiría, un año después, unos centímetros más con el citado e histórico ‘Bitches Brew’. Otra nueva revolución en el mundo del jazz acababa de empezar. El hijo del dentista de St. Louis estaba de nuevo a la cabeza de otra de las grandes y cruciales transformaciones del género.

Enfundado en el mono sonoro del jazz-rock y el funk, volvió en 1973 al festival de Newport, pero entonces convertido en festival ambulante por diversas ciudades de Europa. La presencia de 1969 y la del 73 en Berlín, junto a una sola pieza del 75 en Nueva York, alimentan el tercer disco de la serie, reservando el cuarto a uno de los dos conciertos que ofreció en Dietikon (Suiza) dentro de aquel festival ambulante. Una genialidad que se proyectó en grupos posteriores como, por ejemplo, la maravillosa Mahavishnu Orchestra.

Para entonces, sin embargo, estaba enfermo y hastiado del negocio y hasta del estado incierto de su música, lo más importante de su vida. Cual diablo maligno y receloso desapareció, enfermo y envuelto de nuevo en las tinieblas de las drogas. Durante seis años vivió en un auténtico basurero en que convirtió su casa, casi en la demencia, consumiendo alcohol, coca y heroína a quintales, abandonado de sí mismo y de sus músicos. Atrás quedaban muchas noches de gloria jazzística, entre ellas, las que recoge este valioso cofre publicado por Sony con el título de ‘Miles Davis. Newport 1955-1975’. Cinco horas de jazz de alto nivel, de las que cuatro (oficialmente) permanecían inéditas. Una excelente compañía para este noviembre jazzístico por excelencia.
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Jane Birkin en el lugar de la tragedia, el Bataclan

Menuda tragedia, salir una noche para ver un concierto de rock y acabar tiroteado por unos fanáticos. Ochenta seguidores del grupo Eagles Of Death Metal, el grupo paralelo de Josh Homme, más conocido por sus Queens Of The Stone Age, acabaron anoche sus vidas de esta forma en el Bataclan de París…

Para los aficionados al rock este nombre resulta familiar; más, como es mi caso, si se está suscrito a alguna revista musical del país vecino. El Bataclan lo he visto desfilar una y otra vez por las páginas del Rock & Folk debido a los conciertos de pop y rock que tenían lugar allí –desde la Velvet a Oasis, Police… y no sé si los Rolling-, por lo que me sonaba mal cuando la noche pasada los corresponsales y locutores de televisión y radio se referían a él como una ‘sala de fiestas’.

Ahora profundizo y leo que el local, que yo consideraba como templo parisino del rock, tuvo un pasado dedicado a las variedades y a los espectáculos subidos de tono. Un largo pasado que arrancó ni más ni menos que a mediados del siglo XIX, en 1865, con un nombre de sonoridad japonesa tomada de la opereta de Offenbach ‘Ba-ta-clan’ y que a lo largo de sus muchos años de vida ha albergado todo tipo de espectáculos y variedades, con varias plantas en las que había (y parece que hay) cafetería, pista de baile, restaurante y la sala propiamente de actuaciones. Nunca estuve allí, luego puedo meter la pata hasta dentro. Si Brand Old Sound anda por ahí, quizá él pueda aportar mejores datos. Mi intención no es describir el local sino evocarlo para rendir homenaje a las víctimas de esta incompresible e irracional tragedia parisina que pone al descubierto una vez más la maldad del hombre sobre la tierra, siempre levantado en armas y odio contra el vecino. Un signo eterno de la historia que lamentablemente no tiene visos de desaparecer.

Y para esta evocación he recordado que Jane Birkin, pese a tantas canciones, aún no había pisado un escenario hasta que en 1986 subió a las tablas del Bataclan en plan garçon, con el pelo corto, y ofreció su primer concierto público en solitario, que a renglón seguido, en 1987, saldría en un disco elocuentemente titulado ‘Jane Birkin au Bataclan’, veinte canciones de las 24 que cantó aquella noche. Vistas desde hoy presentan ropajes obsoletos, con aquellos empalagosos sintetizadores de los ochenta, pero también hay guitarrazos rockeros y la raíz sonora de la musa es robusta.

Su voz estrechita y sugerente luce de manera radiante en un repertorio en el que no, no está el escandaloso ‘Je t’aime.., moi non plus’, que odia (menuda mirada de desaire me lanzó cuando una noche, en la sala Mozart, le di el single para que me lo firmara), pero sí algunas de sus perlas mayores hasta aquel momento (años más tarde llegaría ‘Arabesque’), prácticamente todas ellas firmadas por su golfante benefactor Serge Gainsbourg: ‘Jane B.’, ‘Dih Doo Dah’, ‘Ex Fan des Sixties’, ‘Ballade de Johnny-Jane’, ‘Norma Jean Baker’, ‘Quoi’… y hasta una versión funky de ‘Love For Sale’, de Cole Porter, y otra de ‘Avec le temps’ de Léo Ferré.

Un recital apasionado en una noche alegre y entusiasta en el Bataclan -según revela el fervor del público, completamente entregado con sus tronantes aplausos y sus gritos de satisfacción- que ahora se ha vestido de luto por culpa del fanatismo terrorista. ¡Qué iniquidad!
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091, la esquizofrenia de la música española

Este país padece una esquizofrenia –me da la sensación de que en demasiados terrenos- que exige tratamiento inmediato si no quiere acabar completamente en el manicomio de la historia. No voy a entrar en veleidades políticas, que para qué, viendo lo que está ocurriendo mismamente estos días, pero sí en las musicales, que es lo que corresponde y atañe a este blog.

Enésimo ejemplo de la demencia hispana en terreno musicales: el grupo granadino 091, apartado de los escenarios desde hace veinte años, anuncia su retorno con dos conciertos en el Joy Eslava de Madrid, los días 11 y 12 de marzo del año que viene, y ¡bombazo!: en media hora se despachan todas las localidades de los dos conciertos, teniendo que añadir inmediatamente otra fecha para el 10, e imagino que de aquí a entonces aún añadirán alguna más, aparte de alguna previa a Madrid que ya tienen firmada. Me quedo perplejo. No porque 091 no se merezca esta y otras acogidas, sino porque este fue uno de tantísimos grupos que colgó las botas ante la indiferencia del público.

Es habitual y casi se diría que inherente al oficio de rockero: nacer para morir tempranamente. Si hubiese que llenar la hoja de cálculo de grupos que se fueron por la puerta trasera por abandono de los medios y del público, saltaría el ordenador. Es, como digo, ley natural en este oficio, y más si cabe en España donde los cementerios de elefantes están llenos de grupos derrotados por culpa de la incomprensión y de la insana manía de disparar al pianista.

En cualquier caso, demos la bienvenida de nuevo a los granadinos. Dejaron huella visible en el rock español de los ochenta con sus canciones directas y poéticas, con su rock fresco de guitarras adobado en el punk, el pop y hasta en el blues. Saltaron a la arena discográfica en disco grande en el 84 con un LP en DRO, fruto de su primer premio en el concurso de rock de Jerez de la Frontera. Un estupendo aldabonazo cuando la movida madrileña empezaba a boquear, con una canción insignia, ‘Cementerio de automóviles’.

No les fue bien con el sello de Servando Carballar, por lo que enfilaron sus pasos discográficos a través de Zafiro y con la producción de Joe Strummer, ahí es nada. ‘Más de cien lobos’ fue el resultado de aquella colaboración gloriosa. Luego siguieron otros cinco álbumes, entre ellos el que probablemente sea el mejor de todos, ‘Doce canciones sin piedad’, y más canciones de muy buena factura que no acabaron de cuajar, por lo que el cuarteto –‘la vida qué mala es’- decidió despedirse a lo Cream, es decir, con un disco en directo sacado de los dos conciertos que ofrecieron en el Anfiteatro Municipal de Maracena (Granada) los días 17 y 18 de mayo de 1996, un disco de lo mejorcito del rock español en directo. José Ignacio García Lapido, cantante y líder, emprendió carrera en solitario, fructuosa, pero también en segundo plano.

Aunque nebulosamente, aún recuerdo la noche que a las puertas del destartalado pabellón de San José le pasé una entrada a un barbilampiño Bunbury, sin un duro en el bolsillo y seguidor del grupo. No extraña que en la reedición del concierto de despedida, publicada por Pentatonia en 2006, se comprometiese a escribir unas líneas de agradecimiento en las que sin atajos declaraba: “Yo he sido devoto y fiel a 091”. Seguramente han sido varios centenares como él los que ahora han agotado las entradas del Eslava. Confiemos en que siga la fidelidad y se diluya la esquizofrenia

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