La portada discográfica más guarra del mundo es aragonesa

En una entrada anterior, a propósito de las reediciones de Led Zeppelin, se habló de la carpeta de ‘Physical Graffitti’. Una carpeta histórica e inolvidable: sus ventanas troqueladas las guardamos todos (los veteranos) en la memoria como una de los diseños más innovadores del grafismo rockero. ¡Cómo impactaba coger aquel disco por vez primera, palpar la cubierta, sacar los elepés y meterlos de nuevo para encajar los textos con las ventanitas! Una chulada, aunque peligrosa, había que tratarla con cuidado para evitar que los troquelados acabasen destrozados.

No fue, claro, la única carpeta impactante. Estos días se vuelve a hablar de otra icónica: la del ‘Sticky Fingers’, de los Rolling, disco que ya tenía que haber salido al mercado de nuevo pero que se ha aplazado por problemas técnicos con la popular cremallera de Warhol. No extraña: ingenioso diseño, pero muy difícil de plasmar. Y maldita la gracia: si con el vinilo de Led Zeppelin había que tener cuidado, este había que dejarlo solo, sin roce alguno con los demás para que no saliera destrozado. La punta metálica de la cremallera e incluso los goznes dejaban unos surcos en la contraportada del disco vecino que lo machacaba. Viejas historias del vinilo. En fin, a ver cómo cosen ahora ese artilugio en el formato cedé.

Fructífero matrimonio entre rock y diseño, entre música y arte. Al albur de las dos mencionadas carpetas, vienen a la mente tantas gloriosas ilustraciones que dan ganas de montar la exposición casera y solazarse. Disfruto mirándolas e incluso me hice años un expositor donde voy quitando y poniendo carpetas distintas para admirarlas como se mira un cuadro. Si tuviera más espacio las colocaría ocupando toda una pared, como en las tiendas. Debe venir de ellas, de las tiendas, esta devoción mía por ver una pared entera empapelada de cubiertas discográficas.

Y es que han sido tantos los artistas que han puesto su ingenio y su arte en ellas, su talento para transmitir su contenido musical en unas imágenes… Roger Dean fue un auténtico genio: hizo unos dibujos para Yes –ay, ‘Relayer’ o ‘Tales From Topographic Oceans’- tan fantásticos como los mundos de ficción que ideó. El grupo Hipgnosis, con Storm Thogerson y Aubrey Powell, magnificó los discos de Pink Floyd, Peter Blake modeló la portada más famosa del rock, la del ‘Sgt. Pepper’ beatleniano, y el belga Guy Peellaert, aparte de carteles para cine y libros sobre estrellas del rock (espectacular ‘Rock Dreams’), hizo verdaderas maravillas, por ejemplo, para Les Variations, Bowie o los Rolling (‘It’s Only Rock’n’roll…’). Hasta Mapplethorpe entró en faena, fotografiando a Patti Smith y Television para sus respectivos álbumes de debut, ‘Horses’ y ‘Marquee Moon’, en tanto que el sello Factory fue la casa de Peter Saville y 4AD la de Vaughan Olivier.

Todo un mundo de sugerencias el de las cubiertas que, en no pocas ocasiones, han sido el espejo del alma musical de los discos y, cómo no, reclamo inapelable de compra a ciegas. ¿Quién no se ha comprado un disco, y más de uno, solo por la portada? Manrique comentaba hace poco haberlo hecho en más de una ocasión: discos atractivos con contenidos penosos, decía. Me suena la música.

Sobre este mundo maravilloso de las fundas se han publicado no pocos libros. Roger Dean recogió sus trabajos en una editorial propia, Magnetic Storm, y fue también artífice de las dos compilaciones de álbumes de la historia gráfica del rock que publicó A&W Visual Library de Nueva York en 1982. ‘The Face Of Rock’n’Roll. Image Of A Generation’ (1978) es también un apreciable catálogo de joyas gráficas, aunque, obviamente, incompleto. En España, el libro de Jesús Ordovás, ‘Los discos esenciales del pop español’, es lo más próximo a un catálogo en toda regla de las ediciones nacionales… Está por hacer.

Las ha habido, las carpetas, obviamente de todo tipo, desde verdaderos depósitos de belleza a artefactos ingeniosos, como los nombrados al principio de la entrada, por no olvidar el solemne envoltorio en que Santana enfundó su cuádruple en directo, ‘Lotus’. También las ha habido sexies, prohibidas en España, psicodélicas, bucólicas, vaqueras, provocadoras… y, sí, hasta escatológicamente guarras. Curiosamente, en este último apartado, el cetro mundial lo tiene un grupo punk zaragozano, Kanzer D’Eskroto, con ‘Mundo Inmundo’ (1998) y la coprofagia como tema, desviación sexual que, aunque no lo parezca tiene sus adeptos y adeptas, basta echar una mirada en Internet. En fin, casi da pudor reproducirla, pero ahí va. ¿Alguien conoce otra aún más excrementicia?

Kanzer

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Jacco Gardner, el pop psicodélico resiste a seis décadas

De nuevo, aparece Jacco Gardner por este blog. Acaba de editar su segundo álbum, ‘Hypnophobia’, marcado, como el primero, por el pop psicodélico, un género que sobrevive a seis décadas de rock. El holandés estuvo hace casi un año en Zaragoza, pero me parece que no se le prestó la atención debida, eclipsado por The Horrors.

Aunque menos visible que otros géneros más populares -caso, por ejemplo, del reggae, el rock, el folk o el heavy-, la psicodelia, desde que empezó a emitir sus primeros destellos en la California hippy de los sesenta y luego en el Londres del UFO, ha estado, con mayor o menor intensidad, presente en todas y cada una de las décadas musicales pasadas hasta hoy. No es cuestión de hacer un largo recorrido, pero desde los Dead y The Doors a Beach Boys, Beatles, Pink Floyd, Tomorrow…, la nómina desde entonces es bien nutrida. Me ocuparé más extensamente en otro momento del fenómeno, sobre todo de sus discos clave, si la cla lo pide.

En estos tiempos, en los que las ideas nuevas en el rock y el pop se retraen, se encogen como una lombriz ante el mínimo roce, porque se vive más del reciclaje que de la innovación, no faltan los fogonazos psicodélicos en los discos, cuando no grupos que se vuelcan por completo en ella, díganse The Brian Jonestown Massacre, Black Angels, Besnard Lakes, Naam, Bardo Pond, Wooden Shjips, Toy, Tame Impala… o Jacco Gardner, un holandés que debutó en 2013 con un gran disco, ‘Cabinet Of Curiosities’, que, por cierto, tanto en la página de discos del Heraldo como en este blog, fue recibido con fuertes aplausos.

Su pop barroco y lisérgico, manufacturado con instrumentos de época, tales que el sintetizador, el harpsicordio, el mellotron, el optiman y el órgano, amén de guitarras y bajo, instrumentos todos ellos manejados en exclusiva por el propio Gardner en su cocina analógica de magnetofones, amplis de válvulas, reverberadores… y la ayuda del batería Josh van Tol, fue uno de los mejores descubrimientos de aquel año 2013, reconocido por revistas y webs especializadas, aunque aquí en Zaragoza, hace casi un año, apenas si se le prestó atención, tal vez eclipsado por sus mentores The Horrors, que lo trajeron como telonero al Teatro de las Esquinas, dentro del festival Zaragoza Felizfeliz.

Gardner acaba de publicar su segundo álbum, ‘Hypnophobia’, que se distancia un poco del primero, con piezas más cinematográficas, pero sigue siendo un buen fruto sonoro para estos tiempos de pocas certezas musicales y mucho plástico, manteniendo a la vez vivo el eco de los Garcia, Barret, Wilson…, que no es poco. Échale una oída si puedes por algún sitio y me dices. Si no, dejo el enlace en Spotify del primer álbum.

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Quiniela eurovisiva y electoral

Sí, ya sé que no está bien visto por estos pagos y por los de fuera, que es una parada de monstruos, una explosión kitsch, un baño de horterismo y hasta un programa de humor, lo que se quiera, pero Eurovisión es para mí no solo una debilidad atávica sino un evento que sigo puntualmente año a año por lo que ha representado en el pasado, por husmear en las canciones y los artistas y, sobre todo, en los últimos tiempos, porque es un soberbio e inigualable festín tecnológico. Un entretenimiento televisivo, sin más, que ven millones de espectadores que a los pocos minutos de acabado, salvo ese grueso núcleo de eurofans, olvidamos de inmediato hasta la próxima edición.

Este año, sacando el lado ‘patriota, cuenta con un aliciente singular: la candidata Edurne rompe con el tópico moreno español, con el flamenquismo, la barca y la guasa chiquilicuatrera. Una imagen cosmopolita y europea la de Edurne. Y va con una buena canción festivalera. Quizá demasiado anclada a la vía épica de la ganadora del año pasado, Conchita, y a la balada tradicional, y más en una edición que viene hinchada con canciones de este formato, pero ese ieee, ieee… se clava enseguida, traspasa idiomas, algo muy importante en la torre de Babel europea.

No creo, no obstante, que gane, lo que por otra parte me da igual, porque, en tiempos franquistas, cuando España mandaba sus naves a Europa a curar sus complejos de inferioridad, en efecto, era una batalla para sufrir, para morderse las uñas, si no para vivirla a cara de perro, pero ahora, afortunadamente, se toma, yo al menos, de forma distinta, menos competitiva y más como espectáculo global y pasatiempo tecnológico- musical.

En cualquier caso, dicen que Suecia, Rusia e Italia son los máximos favoritos, mas es imposible predecir el ganador, máxime en un festival como este donde, al final, la música casi es lo de menos, imperando los bloques, la buena vecindad y la geopolítica, aunque, con la introducción de los jurados a mitad con los votos del público, dicen los expertos que ese viejo y descarado tic ha disminuido. Confiemos.

Lo cierto es que el festival viene cargadísimo de baladas, destacando a mi gusto las de Irlanda, Hungría, Francia y Noruega. Grecia también aporta otra baladista a lo Edurne que quién sabe. Rusia, pese a lo que llega desde Viena, no la supera, e Italia acude a la vieja fórmula de la balada italiana sesentera. Y como Suecia me suena un poco a disco-pop coñazo, me quedo con Reino Unido, que no entra en la quiniela de ganadoras, aunque curiosamente ese ejercicio retro de electro-swing que se han marcado sus representantes de Electro Velvet, es de lo más original del certamen.

Fin de semana pues, curiosamente, competitivo. Al día siguiente de Eurovisión, elecciones. Todo puede ser tan imprevisible como previsible, tanto en una cita como en la otra. Previsible si en las elecciones se configura (según las encuestas) ese anunciado mapa cuatripartito y en Eurovisión se vota por amiguismos y gana un país del Este, como ha venido ocurriendo a menudo últimamente, o los que se dan como favoritos. Aunque lo imprevisible es que de nuevo barra el PP o, colándose un pavo, una barba femenina o cualquier otra extravagancia, un país inesperado se lleve todos los points eurovisivos.

Bueno, de cualquier manera, acabada, como quien dice, la liga de fútbol y el Barsa campeón (¡agg!), un fin de semana de pugna política y musical para estar pendiente de la tabla de resultados. Mi apuesta: pierde el PP, Podemos se desinfla más de lo pronosticado y emerge con fuerza Ciudadanos. Y Eurovisión, si ayuda la coreografía y la puesta en escena, para Reino Unido, o para Australia con su R&B actual y por la novedad. Obviamente, como siempre, en temas eurovisivos, fallaré, haré el ridículo… Pero si no, a comprar bonoloto.

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El blues ‘impuro’ de un B. B. King generoso y amante del juego. La entrevista de la Hípica en 1981

Desde finales de los años cuarenta en que grabara su primer disco para la discográfica Bullet (el single “Miss Martha King”), B. B. King, fallecido el pasado jueves a los 89 años, rubricó discos memorables con los que conquistó el corazón de miles y miles de seguidores esparcidos por todo el mundo, aunque también entregó abundante  material ‘impuro’, siguiendo su categorización, aunque más de uno dirá que infumable.

Su discografía, irregular y nada cuidada, salta por encima de los 150 singles y más del medio centenar de álbumes oficiales y una tonelada de grabaciones de las más diversas procedencias. Entremos en esa jungla para seleccionar los que, a mi gusto y opinión, son los mejores, los discos a los que personalmente le tengo más aprecio y más he escuchado, los que me convirtieron a la iglesia del blues desde finales de los sesenta. Una elección muy subjetiva pues, pero seguro que son discos con los que honrar su memoria.

No es casualidad -por el entusiasmo y la entrega que ponía en sus apariciones en directo- que algunos de esos discos más jugosos sean precisamente los recogidos en directo, y especialmente la colección de álbumes grabados en los últimos sesenta y comienzos de los setenta, entre el 65 y el 72, exactamente, su etapa discográfica mas frúctifera, completa y regular. Cito: “Live At The Reagal” (1965), “Blues Is King” (1967), “Live And Well” (1969), “Completly Well” (1969), “Live In The Cook County Jail” (1970), “In London” (1970) y “L. A. Midnight” (1972). En todos ellos, B. B. King destilaba la emoción del blues con una pureza y una rabia colosal al tiempo que aprovechaba para dar salida a sus grandes temas clásicos: “The Thrill Is Gone”, “Sweet Sixteen”, “Every Day I Have The Blues”, “Caldonia”, “Sweet Little Angel”, “Don’t Answer The Door”, “Why I Sing The Blues”, “Payin The Cost To Be The Boss”… Verdaderas joyas del género nacido en los algodonales norteamericanos del siglo XIX.

Junto a este puñado de gemas, además de los discos editados en los primeros tiempos, caso de “Singin’ The Blues” (1956), “The Blues” (1957), “I Love You So” (1957), “My Kind Of Blues” (1959), “Blues For Me” (1959)…, también muy firmes y carnosos y de muy difícil localización hasta la era del cedé, la mina se amplia con otras maravillas en estudio: “Lucille” (1968) -solo los intensos 10 minutos de la pieza que da título al disco ya valen por todo el álbum-, “Lucille Talks Back” (1975), “King Size” (1977), “Payin’ The Cost To Be The Boss” (78), “Blues & Jazz” (1983)… o aquel “Blues Summit” (1993), una colección de duetos de B. B. King con artistas de la talla de Buddy Guy, John Lee Hooker, Albert Collins o Lowell Fulson, entre otros, y, sin duda, una verdadera joya bluesera, que volvió a congraciar al Rey con sus viejos seguidores, desencantados con la gran cantidad de discos mediocres que empezó a servir “Friends” (1974), con el que le entró la fiebre discotequera y que llegó a hacerle escribir al prestigioso historiador Gerard Herzhaft párrafos como éste en su libro “Blues”: “En conjunto, su producción reciente -refiriéndose a la de los finales de los 70 y toda la de los ochenta- es mediocre. Y el uso inmoderado de arreglos dudosos así como la presencia de secciones rítmicas cada vez menos ágiles, unido a orquestaciones increíblemente envejecidas, e incluso la misma falta de entusiasmo de B. B. King, originan discos forzados, como obligados por el negocio”.

Menos mal que después de aquella deficiente tanda de los 70-80, llegaron, como digo, “Blues Summit” y luego, en el 2000, “Riding With The King”, junto a Eric Clapton, con lo que, tras aquellos saltos atlánticos de los primeros sesenta de los músicos negros para tocar, o por mejor decir, acompañarse de pipiolos músicos británicos, se llegaba a la última y excelsa cumbre de unión de músicos blancos y negros, de maestros y discípulos.

Otros discos repudiables, por impuros y por estar manchados de arreglos orquestales, engolamiento e innecesaria sofisticación, son los grabados junto al grupo Crusaders -“Take It Home” (1979) y “Royal Jam” (1982)- así como el editado en el 89 con el nombre de “King Of The Blues” por no olvidar aquel “Six Silver Strings” (1985), con el que B. B. celebraba la grabación de su LP numero 50 y no se le ocurrió otra cosa que meterle ¡batería electrónica!, o aquel otro, “Love Me Tender”, del año 82 que el propio B. B. King firmaba en la contraportada comentando que era el “álbum más grande de sus 35 años de carrera”, cuando se trataba de un disco blandengue, untado en violines azucarados y hecho a base de piezas obtenidas de los repertorios de Elvis, Willie Nelson, Conway Twitty…

“Nunca pensé que fuera un purista del blues, yo solo toco mi estilo”, me respondió en 1981, en su primera visita a Zaragoza, en la Hípica (después vendría dos veces más: en 1997 a la sala Multiusos, y en 2004 a la Plaza de Toros, ambas con Raimundo Amador) cuando le recordé el amasijo de críticas negativas que se había cernido hasta aquel momento sobre sus últimos discos. El rey no me mordió. Bien al contrario. Me soltó la frase anterior de forma escueta entre sonrisas y campechanía y ni la más mota de ira o cabreo, algo que a cualquier superestrella le hubiera hecho bramar. Un hombre bueno. Su madre, moribunda, le dijo: “Si te portas bien con el prójimo, tu bondad te acarreará siempre beneficios en tu vida”. Nunca olvidó esta advertencia y de ella le venía aquella bonhomía… y su generosidad con sus músicos y sus amigos y colaboradores, otro de los rasgos distintivos de su carácter.

El rey del blues vivía, cuando no estaba metido en un avión o en un autobús haciendo bolos como un cosaco (hasta 300 en un año), en una espaciosa casa de Las Vegas, con jardín y piscina que antes perteneció a un director de casino. No era, sin embargo, una casa amurallada en la que el artista viviera atrincherado. Al contrario, por ella circulaban sus amigos e invitados con completa libertad, teniendo acceso incluso al dormitorio, donde la estrella tenía instalado su verdadero cubículo vital. Dividido en varias estancias, en él escondía más de 25.000 discos que disfrutaba traspasando a cintas de casete y luego a cedé… Obviamente, los tiempos de aparcero en las plantaciones del Delta estaban olvidados.

Financieramente, B. B. King trataba y pagaba a sus músicos con largueza, por lo que la lista de ofrecimientos para tocar junto a él era siempre kilométrica. Y es que ser un buen patrón era para B. B. casi una cuestión de honor, algo que seguramente tenía correlación con el buen trato que a él mismo, según confesó, le dispensaron sus patronos en su infancia y juventud.

¿Fue por esta generosidad con sus músicos y con la gente que le rodeaba por la que un artista, que ganaba cientos de millones al año con su abultado número de actuaciones, no se hizo millonario? Algo de ello hubo, según biógrafos y el mismo B.B. King, pero no faltaron las sospechas de que el motivo por el que el astro del blues no cotizara en Wall Street, aparte de abastecer a la enorme prole que dejó (quince hijos y unos 50 nietos), estaba en otro lugar: en su afición al juego.

Dicen que no hubo casino que se le resistiera y timba a la que no se apuntase a las primeras de cambio. B. B. King era un jugador empedernido pero no por enfermedad o avaricia dineraria sino, como él justificaba, por sus fracasos matrimoniales y como recurso para matar las horas de ocio que obligatoriamente tenía que pasar en las muchas ciudades del mundo que cada año visitaba.

También era amante de las películas del Oeste, de las de James Bond y de las de aviones y le gustaban los libros del tipo “como aprender a…”, porque así fue como, según confesó, aprendió a tocar la guitarra. Un tipo campechano, bueno, sonriente y muy natural, como tuve oportunidad de comprobar muy de cerca aquella noche de otoñal de 1981.

Al final de la entrevista, me dio un gran apretón de manos y me regaló una púa y una tarjeta de visita en la que aparecía como un rey de la baraja abrazando su guitarra. Fantástica simbolización. Fue, sin duda, el gran rey del blues, el último que quedaba, aunque aún viva Buddy Guy, después de la muerte de John Lee Hooker. Si tienes hueco y pocos prejuicios y no estás muy al tanto de su discografía, échale una ojeada a algunos de los álbumes seleccionados. Igual te quedas colgado, como me ocurrió a mi la primera vez que escuché “Sweet Little Angel” dentro del inolvidable “Live & Well”.

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Mumford & Sons entierran el banjo (¡albricias!)

Confieso que este grupo de pseudo folk moderno, con aire intelectualoide y sus citas, por no decir rapiñas, a Shakespeare o Steinbeck, me daba un poco de tirria, valga la expresión. Recuerdo un concierto suyo, hace unos años, en TVE en que toda la dinámica se reducía al típico parón-acelerón del grunge y el hardcore, pero desde las bobinas del folk. Arranque suavecito y, de repente, explosión enérgica de banjos y guitarras y todo el personal a botar. No era algo totalmente insulso y previsible, sino casi un insulto al maravilloso folk-rock inglés de los Pentangle, Steeleye Span, Fairport Convention y demás.

Ahora, han publicado su tercer álbum, ‘Wilder Mind’, y quién diría que este combo británico, que conquistó la cima pop con su panoplia de instrumentos acústicos y eléctricos y el banjo como bandera, convirtiéndose en nuevos paladines del folk-rock contemporáneo, han pegado cerrojazo al sonido anterior, vamos que han enterrado el banjo, y se han decantado por un pop de corte indie y más reflexivo, aunque sin perder energía, con bonitas y tensas canciones como ‘Believe’, ‘Just Smoke’, ‘Ditmas’, la eclesial y luego trepidante ‘Only Love’, la serena ‘Hot Gates’, la apertura con ‘Tompkins Square Park’ o la misma que le da título genérico al disco.

Tal vez, como se dice por ahí, han hecho un ‘Coldplay’ y hasta unos ‘National’ (de hecho han contado con Aaron Dessner, guitarrista y productor de estos), pero los prefiero así que dando brincos a ritmo de banjo sin saber dónde ir; bueno, arrancando y llegando siempre al mismo y aburrido destino. Valioso giro que en su Inglaterra natal está recibiendo los parabienes de las listas de ventas, como antes ocurrió con ‘Babel’. Allí, en principio, la fe en los grupos es profunda, cambien o no.

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El retorno de Blur ¿y de Oasis? agita el ‘britpop’

Viejos recuerdos que aún laten en la música actual, sobre todo ahora en que Blur ha vuelto a los escenarios y a los discos y que es posible que Oasis también lo hagan, si se confirman los rumores de pipa de la paz entre los Gallager. Me refiero al ‘britpop’, tan denostado como alabado, pero sin duda otro de los grandes revulsivos de la historia de la música pop, especialmente de la Britania.

Hace casi 20 años, allá por septiembre de 1995, Londres transpiraba ‘britpop’ a chorros por su piel de asfalto y escaparates. Olí sus efluvios muy de cerca, como olí los del punk: justamente en el 77 visité la capital del reino por vez primera, año del Jubileo, visible en autobuses y calles, y de la eclosión de los punkies, que cierto, no se dejaban ver con exceso por las calles, casi más bien, había que buscarlos con lupa. No es por destrozar mitos, era la realidad.

Pero a lo que iba, al ‘britpop’. Recuerdo, en aquel septiembre del 95, la entrada en la Virgin de Oxford Street y toparme con una pantalla de vídeo pasando un concierto de Oasis y un gran poster anunciando la inminente salida de su segundo álbum, el gran ‘(What’s The Story) Morning Glory’. La cadena de Mr. Branson calentaba el ambiente, pero más adelante, ardía: en pleno Piccadilly Circus, la gigantesca Tower Records dedicaba en exclusiva uno de sus dos grandes escaparates a Blur y a su recién editado cuarto álbum, ‘The Great Scape’. El azul de la portada realzaba el escaparate. Olía a gran pop y combate.

La vieja rivalidad de los sesenta inventada de Beatles versus Rolling Stones había renacido con Blur y Oasis, rivalidad también ficticia. Típica estratagema diseñada desde los despachos de las discográficas con la connivencia de los medios más importantes para que las cajas registradoras sonaran como campanazos. Un tiempo de falsedades industriales y de poses forzadas, pero con grandes canciones, que era lo importante. Porque no solo eran los dos primeros de la tabla, detrás había una ristra enorme -Radiohead, Cast, Echobelly, Menswear, Elastica, Supergrass, Bluetones, Gene…- ofreciendo buenos discos y excitantes canciones.

Luego, como dictan la evolución y los ciclos de la historia, el efecto brit desapareció. Desde entonces no ha habido otra pléyade igual de discos y grupos concentrados en apenas dos o tres años (mitad de los 90). Pero ese es otro rollo. Lo que es relevante ahora es que uno de aquellos dos equipos de cabeza ha vuelto a reunificarse con los mismos jugadores originales y afortunadamente con un paquete más que notable de canciones grabadas básicamente en Hong Kong. Es decir, Blur está de nuevo en los escaparates con ‘The Magic Whip’, una docena de canciones con muy buena cara y sin excentricidades.

Digo excentricidades porque hubo un momento en que a Blur, expresado en castizo, se le fue la olla. El primer síntoma fue con el álbum ‘Blur’ (1997), se agravó en 1999 con ’13’, pese al atípico pero glorioso ‘Tender’, y con ‘Think Tank’ (2003) la esquizofrenia hizo estragos. Afortunadamente, el cuarteto ha vuelto curado. Hay sarpullidos de la locura de antaño en ‘Go Out’, pero se toleran bien e incluso meten al grupo en estos tiempos electro-indies, mas la carga general es apacible e inteligente, con vistas a su mejor pasado -I Broadcast-, aire actualizado y verdaderas joyas baladísticas: ‘Pyongyang’ o ‘Mirrorball’. Es decir, un álbum a lo Blur pero menos previsible de lo que cabía esperar. Me ha sorprendido. Confieso que no esperaba mucho de este retorno cuyas causas, como tantos otros retornos, dan lugar a cábalas y polémica hasta no acabar. No voy a entrar en ellas. Solo importa que hay un buen disco nuevo.

Se rumorea, por otro lado, que los Gallagher han hecho las paces y que Oasis podrían volver a la acción. ¿Rivalidad otra vez? No. Pero sí se removerá el recuerdo del ‘britpop’, olerá a gran pop de nuevo en las Islas y por extensión al resto del mundo. Lo cual no es poco: desde el apagón no ha habido otra nueva edad de oro británica. Y han pasado casi 20 años desde el fulgor…

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Hannah Cohen, voz de sirena

Un reciente hallazgo de este blog. Apellido con resonancia celebérrima; pero no, sin vínculos familiares con ‘Leonard, el perezoso cabrón’, según se calificaba él mismo en su álbum ‘Old Ideas’, ni tampoco vínculos musicales con el autor de ‘Suzanne’. ¿O quizá sí? Que esta chica canta suave e intimista, y en eso coinciden ambos, aunque en la tímbrica están en las antípodas: ella, voz de sirena; él, garganta de carbón. En cualquier caso, la sutileza se derrama a chorros en ambos lados.

Hija de un batería de jazz, Hannah Cohen (octubre-1986), el descubrimiento al que me refiero, se trasladó desde San Francisco a Nueva York, donde se convirtió en una reputada modelo fotográfica, posando para la elite de los profesionales del gremio, pero también le salió el gen musical del padre, no aporreando los tambores, sino borbotando su cristalina garganta de sonidos angelicales.

Thomas Bartlett (The National, Rufus Wainwright, Anthony & The Johnsons) produjo su primer álbum, ‘Child Bride’ (2012), y este segundo, ‘Pleasure Boy’, recién editado y con el que he dado con ella. Bartlet cambia el registro y apoya las canciones básicamente en un teclado eclesial y efectos electrónicos, aunque en piezas como ‘Queen Of Ice’ el saxo y cierto ambiente psicodélico rompen el conjunto cuando no lo enrevesan, avisando que esta cara, pese a la portada, no es una ‘pin-up pop’ grácil y tontita sino con algo que decir en el mundo de las voces femeninas intimistas y angelicales, de las que uno personalmente es un enamorado. Lana Del Rey está menos sola. Si ‘Watching You Fall’, por ejemplo, no impacta a la primera, mejor dejarlo: la exquisitez no es manjar universal.
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El grito de Christina Rosenvinge

Cuatro años después de ‘La joven Dolores’, Christina Rosenvinge acaba de publicar ‘Lo nuestro’, un álbum de confrontación con el pop suave de antes y quizá consigo misma. Un disco con arreglos de Raúl Rodríguez ‘Refree’, que naturalmente, y tratándose de él, hacen que se salgan de lo habitual. Lo cual ni es bueno ni malo…, ¿o sí?, quiero decir, que igual para algunos, o muchos, es lo último.

Porque, ¿qué hubiera pasado si debajo de las melodías de estas nuevas canciones hubiera latido una música más ‘natural’, no forzada, por aquello de buscar el distanciamiento y acudir a esa palabreja tan recurrente y solvente en el pop y en el rock como es la ‘reinvención’ como signo de que se está al día, de que el artista no se duerme en los laureles, aun a riego de aburrir a las farolas? Pues hubiera pasado que igual resultaba más bonito y atractivo, que canciones como ‘La tejedora’, ‘Lo que te falta’, ‘Romeo y los demás’, ‘Pobre Nicolás’… tendrían una melodía menos sometida al arreglo y sonarían de forma más amable y sencilla, o ‘La muy puta’ no sería una especie de insulso rap disfrazado de susurro, salvado, vaya, por el arreglo musical. Posiblemente.

Por supuesto, no faltan -pongamos los que asistieron enfervorizados a la actuación del pasado jueves en el teatro Lara de Madrid- quienes alaban el timonazo, la ‘reinvención’, porque, a fin de cuentas, este es un ‘bisnes’ sometido, como los toros, a los pitos y las palmas, a la división de opiniones.

Personalmente, no es un disco que me haya entusiasmado, ni creo que vuelva a escucharlo en muchas más ocasiones que las que me ha exigido oírlo para hilar estas líneas. Y ello, pese a su brevedad, diez canciones, que dan para unos cuarenta minutos aproximadamente. En otros parámetros, oigo a la Christina indie de Nueva York, que no me produjo especiales sobresaltos. Sí, yo soy de la Christina de Los Subterráneos –inolvidable concierto en la En Bruto-, de la Christina de ‘El labio superior’ y ‘La joven Dolores’, de la Christina con Nacho Vegas o aquí, incluso, de la de ‘Liquen’ o la pianística ‘Balada obscena’. No de la de los experimentos, que como dijo el clásico, mejor con gaseosa, máxime cuando tampoco hay mucho material químico que echar en las probetas.

¿Y no será, pese a que ella confiese que recuerda la juventud como un periodo tormentoso al que no está muy segura de querer volver, que la entrada en los 50 le ha sofocado las neuronas? Christina Rosenvinge, aquella niñita cursilona del ¡chas y aparezco a tu lado!, la dulce voz ventrílocua de Manrique en aquel programa de videoclips de la segunda cadena, aquella joven rubia que bajó a los subterráneos para templar su actitud rock-popera, aquella inquieta hada que tiró la varita en Nueva York para finalmente, después de dos hijos y un divorcio, mostrarse más dulce que nunca, aquella Rosenvinge de hoy ha publicado este nuevo disco que ella explica en diversas publicaciones.

No hace falta leer mucho para darse cuenta de que vive no solo en la contradicción -en un medio desdeña la ironía pero en otro afirma que es la única manera de sobrevivir- sino en una confrontación consigo misma y con el mundo, entre ateridos fantasmas, como dice la cita de Cernuda que aparece en el encarte del disco. Se proclama feminista hasta el tuétano, reivindica el papel de guerrillera del rock no de princesa, le fastidia que la llamen musa, asume la maternidad casi como una rutina de la vida, se queja del escaso rol de las mujeres en el negocio musical… “Te quiero ver sucia y feroz, además de mujer eres hombre’, canta en ‘La tejedora’. Rompe estereotipos de su vida misma, parece rabiosa, su cerebro se agita como un enjambre de avispas aguijoneando situaciones pasadas y presentes, consciente, como comentaba con Kim Gordon, de que ha entrado en el mejor periodo creativo y personal de una mujer. Está empezando a digerirlo.

Físicamente sigue mostrando su belleza rubia de siempre pero mentalmente es, o eso parece, otra Christina. Lo que explica la ruptura de este disco con los dos anteriores, ‘El labio superior’ y ‘La joven Dolores’. El nuevo paisaje no es duro ni agreste, pero sí, mucho menos confortable, disruptivo, lo que le lleva al grito a lo Yoko Ono o Kate Bush y a una dicción, a veces, ininteligible, pero sobre todo a unos arreglos, diría, retorcidos; ella les llama complejos. No, no es su mejor trabajo, quizá la puerta a otra nueva vida artística. Veremos.

El primer videoclip del disco, editado por el sello El Segell del Primavera, tras abandonar Warner:

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¿Puede el blues salirse de sus casillas? Otis Taylor

¿Puede salirse el blues de sus casillas? ¿Está ya todo hecho y dicho en el género madre de la música popular del siglo XX? No, pero casi. Sus matemáticos 12 compases permiten ya pocas variaciones que no se hayan realizado antes –Mayall o Canned Heat, por ejemplo- aunque aún queda un resquicio por el que se cuelan saludables experimentaciones. Verbigarcia la de un sexagenario de Chicago, Otis Taylor, de curiosa trayectoria: se educó en una escuela de folk, se dedicó a la música desde joven, pero luego la dejó para, durante mucho tiempo, trabajar como reputado marchante de antigüedades, hasta que en los noventa volvió y en 1997 comenzó a publicar discos con el punto de mira puesto en la reafirmación del pueblo negro.

Curiosa también la manera de cómo empezó a alcanzar notoriedad en Denver, la ciudad a la que se trasladó la familia, tras el asesinato de un tío. Todos los días, siendo un adolescente de catorce o quince años, se trasladaba al instituto en una bicicleta de una sola rueda mientras iba tocando el banjo. Estampa tan circense llamaba tanto la atención que fue recogida por la prensa local. Al poco tiempo, Taylor empezó a tocar en diversos clubs de la zona con diversas bandas. Al banjo había añadido el aprendizaje de la guitarra y la armónica.

Voló a Londres al calor del desembarco en los sesenta de los bluesman negros en Gran Bretaña, aunque la estancia fue breve. Eso sí, no fueron pocos los grupos que formó y la gente con la que tocó, incluido el luego cantante y guitarrista de Deep Purple, Tomy Bolin. Pero las cosas no iban bien, por lo que abandonó la música y se convirtió en comerciante de antigüedades, oficio que sostuvo media vida hasta que en los 90 volvió de nuevo profesionalmente a la música y empezó a grabar discos, todos ellos marcados por la lucha racial, la igualdad y el africanismo, después del traumático asesinato de su tío y del linchamiento de su bisabuelo, así como de otras tragedias que conmocionaron la ciudad: la ejecución de un hombre negro por un asesinato que no había cometido o la muerte de un joven también de color porque su padre no pudo pagar la factura médica.

Eran discos de blues de corte contestario y concienciado, y musicalmente en la estela del blues rural de Bukka White, Mississippi John Hurt… y especialmente de John Lee Hooker, pero con una particularidad: siempre saltaba en ellos alguna sorpresa, algún chispazo que lo apartaba de los cánones virginales del género. A ellos se añadía una profunda voz, muy destilada para el blues y la música de raíz afroamericana. Curioso su álbum ‘Recapturing The Banjo’, donde el blues y el hilbilly se entrecruzan de manera sentida para luego dar paso a una versión atípica del tradicional ‘Hey Joe’. En todos ellos, el blues se sale de sus rieles habituales para terminar configurando una obra original y emocionante. Con Otis, lo mejor es esperar lo inesperado, se dice en su biografía en tanto que la revista Guitar Player lo calificó en la década pasada como “el artista de blues más relevante de nuestro tiempo”.

Ahora ha publicado su decimocuarto álbum, ‘Hey Joe Opus Red Meat’, en el que vuelve de nuevo a ‘Hey Joe’, proponiendo no una sino dos relecturas del tradicional tema, bien conocido y electrificado por Jimi Hendrix, pero él empleando violín, trompeta y guitarras. Además, aborda otras piezas, especialmente ‘Sunday Morning’, servida en tres tomas, en las que el blues se convierte por momentos en verdadero trance sonoro, se sale de sus casillas. Y bien salido. Es posiblemnte su mejor álbum hasta ahora.

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El zeppelin de plomo llega a su vuelo más alto: ‘Physical Graffiti’

La reedición espaciada de la discografía de Led Zeppelin, iniciada el pasado año, ha llegado a su punto culminante con ‘Physical Graffiti’, el álbum más ambicioso del grupo británico y obra cumbre del rock. Salió en formato de doble vinilo con 15 piezas que mostraban la versatilidad del cuarteto y con una de las portadas más espectaculares e insólitas del rock hasta ese momento, año 1975 en que se editó, con las ventanas troqueladas de un edificio neoyorkino –ahora mitificado por el turismo rockero- ubicado en el 97 de St. Mark’s Place. Aspecto este que, por vez primera, si la memoria no falla, se ha respetado y adaptado a una reedición en formato digital, con lo cual, sin llegar a igualar al formato en vinilo, el lujo de la primigenia edición se mantiene a un nivel muy apreciable, máxime teniendo en cuenta que se incorpora un libreto y el típico cedé extra que se está añadiendo a estas reediciones.

Musicalmente, ya se sabe, era un disco de rock pero con perfiles bien singulares al acoger géneros o pinceladas de boogie, celtismo, blues, hinduísmo, folk, country, funk…y, por supuesto, rock. ‘Kashmir’, ‘Custard Pie’, ‘Trampled Under Foot’ y, en general, todo el segundo LP, más acústico, con un delicioso ‘Boogie With Stu’, donde piano y mandolina suenan celestialmente, encumbraron esta obra maestra del rock. Mas lo curioso es que estuvo en un tris de no grabarse o cuando menos se complicó su confección: el bajista John Paul Jones, peón más que notable en la sombra y en la superficie, anunció meses antes que dejaba el grupo para dirigir el coro de la iglesia de Winchester. Peter Grant, avispado e implacable mánager del grupo ya encumbradísimo, logró sujetarlo y el disco llegó a buen puerto. Fue el primero que salió en el sello propio del ‘cuarteto de plomo’, Swang Song Records.

Hay que volver de vez en cuando a Led Zeppelin, sino insistentemente. Más que nada por lo ralo que cada día se va quedando el rock de obras explosivas, imperecederas, y, sobre todo, por el arsenal de canciones que dejaron. El guasón y locuelo batería de los Who, Keith Moon, les predijo, cuando el grupo estaba en ciernes, o sea, naciendo de las cenizas de los últimos Yardbirds, que “se desplomarían como un zeppelin de plomo”, lo que lejos de ofenderles les sirvió para encontrar su nombre de guerra. Se equivocó Moon: Led Zeppelin no solo no cayeron sino que arrastraron multitudes e instauraron el rock de estadio, abriendo la puerta del hard rock, antesala del heavy metal.

Coletazo último del blues británico que llenó los sesenta, entre 1969 y 1975, despacharon lo mejor de su repertorio con sus seis primeros álbumes: los cuatro iniciales marcados simplemente con números romanos y los dos siguientes, ‘Houses Of The Holy’ y el citado anteriormente ‘Physical Graffiti’. Seis discos que, lejos de perder gas, han ido ganado vuelo con los años. Ahora es una buena ocasión para acercarse de nuevo a ellos y al grupo que el inquieto guitarrista Jimmy Page, con la vista puesta en su amigo y colega en The Yardbirds, Jeff Beck, montó en los estertores de la década de los sesenta, cuando el rock vivió una de sus mayores convulsiones, reclutando a Robert Plant, John Bonham y John Paul Jones: estos seis discos han llegado al mercado espaciadamente y nuevamente remasterizados, y con extras, que si bien no son excesivamente golosos –se nutren sobre todo de tomas diferentes- singularizan estas reediciones. Una ocasión para escucharlos con un sonido limpisimo, pero sobre todo para apreciar más si cabe la tremenda versatilidad musical que el grupo amontonó detrás de su torbellino de fuerza.

Led Zeppelin fue algo más que un grupo de rock ‘avant la lettre’ o el impulsor, junto a Black Sabbath o Deep Purple, del heavy metal. Su combustible inicial fue el blues, pero en la paleta sonora había otros colores que siguen asombrando por su diversidad y atrevimiento: folk, música celta, sonidos hindúes, ecos arábigos, boogie, reggae, rock’n’roll, psicodelia, funk, country… Con esta fórmula y la estampa salvaje de sus componentes, especialmente la del apuestamente leonino Robert Plant, se hicieron los amos del rock de los setenta. Luego, se los llevó el exceso, la megalomanía, el cambio de hora que impuso el punk y sobre todo la bajada de pistón que hicieron en ‘Presence’ y ‘In Through Out Door’, pero el legado de aquellos seis primeros álbumes, y más si cabe el de ‘Physical Graffiti’, sin desmerecer por ello a los otros grandes discos, especialmente el ‘IV’, sigue incólume.

No es precisamente lo más típico de Led Zeppelin, pero sí una joya. No existían las baterías electrónicas, pero ellos inventaron algo similar para el ritmo. Al piano, Ian Stewart, o sea, el Stu del título.
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Courtney Barnett, ¿estrella fugaz o de futuro?

Alguien ha escrito que saldrán unos 500 discos de pop-rock al día en todo el mundo. Una exageración seguramente, pero quién sabe si con ciertos visos de realidad, dadas las facilidades tecnológicas que hoy existen para grabar y editar. Abundancia para enterrar al melómano más recalcitrante. Pero, ¿y la calidad? Ay, amigo, eso es otro cantar u otro tocar. No obstante, no quiero ponerme destructivo, porque cuando descubro un disco en ese montón de ediciones que buceo cada semana para sacar adelante la página de discos del Heraldo, me pongo más contento que unas castañuelas.

Ahora lo estoy con una cantante, letrista, compositora y guitarrista zurda de 26 años, originaria de Melbourne, que ha autopublicado su segundo álbum, “Sometimes I Sit And Think And Sometimes I Just Sit’, aunque en realidad es el primero, porque el anterior era un recopilatorio de sus dos primeros EP’s. Para ello, creó su propio sello, Marathon Artist.

La frase sensacionalista de promoción, si uno perteneciera al departamento de marketing de una de esas multinacionales venidas a menos, podría ser: “El rock femenino enseña de nuevo las uñas”. Frase tan escasa de imaginación que demuestra que no serviría para que servidor habitase en esos despachos, pero que igual colaría, porque es real, no miento.

Vaya, que esta australiana que realmente debuta con este álbum vuelve la vista a la Patti Smith de ‘Horses’ y desde ahí emprende un camino que pasa por el alternativismo de Breeders, Liz Phair y Throwing Muses y desemboca en PJ Harvey y Anna Calvi. Así, va dejando encomiables canciones que a medida que avanza el disco van subiendo de nivel, entre leves zarpazos de ruidismo y de mucha actitud, energía y sensibilidad melódica, con citas incluidas de blues. Y ello, aderezado de humor y observaciones muy personales de intrascendente cotidianeidad. No es mal comienzo, mejor dicho: cuidado con esas uñas. Ya han arañado decenas de escenarios y platós internacionales y sus vídeos en YouTube cuentan, en algunos casos, con cifras de visionado más que respetables, en casos como el de ‘Pedestrian At Best’ con más de dos millones. ¿Una estrella fugaz o de futuro?

La citada ‘Pedestrian At Best’, segunda canción del álbum, en versión en directo, más eficaz que el mismo vídeo oficial en el que Barnett se viste de payaso:
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¡¡Boooooombazo Springsteen vía Wikileaks!!

Todo un bombazo que de ser cierto va a poner a los fans de Springsteen más contentos que unas castañuelas. Y lo desvela Wikileaks que ya no para en barras desvelando secretos políticos de alto estado sino que ha entrado también en una multinacional como Sony, donde ha cazado una serie de mensajes que revelan los discos que el Boss va editar, merced a un nuevo contrato, en los próximos años. Increíble lo que espera, salvo que ambas partes renuncien después de esta flipante filtración o todo sea una trola como una catedral. En cualquier caso, hago caso del club barcelones Point Blank, gente muy seria, y reproduzco el comunicado que ha hecho hoy, en el que también se dan enlaces.

El pasado 16 de abril Wikileaks sorprendió de nuevo con la publicación de miles de documentos confidenciales de la multinacional Sony Music. Son más de 30.000 mensajes electrónicos y otros documentos extraídos de los servidores de la compañía por un grupo de hackers en otoño de 2014.

Y entre ellos hay al menos media docena de ellos con información relativa a Bruce Springsteen. La noticia ha corrido como la pólvora y ha aparecido en medios de distintos países. Los documentos que llamarán más la atención de los fans del artista son una serie de mensajes que una de las vicepresidentas de Sony, Susan Meisel, dirige a diversos altos cargos de la compañía, donde adjunta un PDF con una propuesta de renovación de contrato con Springsteen.

Los mensajes, y el documento adjunto con los detalles de la propuesta, datan de agosto de 2014. En ellos se detallan los resultados del anterior contrato, firmado en 2005 (por el cual pagaron al artista 101 millones de dólares) y que ha acabado generando para la compañía unos beneficios de 73 millones de dólares.

Lo más interesante de las ocho páginas de la propuesta de renovación son los detalles específicos que, al parecer, habían pactado ambas partes. Además de una serie de datos económicos (aumento de los royalties por cada unidad vendida, adelantos por cada obra que se publique -con un pago inmediato de 13 millones en el momento de la firma-, extensión del acuerdo hasta 2027, etc) se especifican todas las obras que el artista se compromete a entregar y publicar en los próximos años.

Además de la colección de descargas de conciertos de archivo y de giras recientes, ya en marcha y por la cual Sony recibe un 12,5% de los ingresos, los planes de futuro incluyen los siguientes 13 proyectos:

4 nuevos discos de estudio (editados con un plazo mínimo de 12 meses entre cada uno de ellos)
1 caja de aniversario, con tres discos, para Born in the USA
1 caja de aniversario, con tres discos, para The RIver
1 caja de aniversario, con dos discos, para Nebraska (las cajas deberán publicarse con un mínimo de 6 meses entre cada una)
1 caja de 3 ó 4 discos con canciones inéditas de archivo, a modo de continuación de la caja Tracks
5 álbumes de conciertos completos
En el documento se propone al artista que la primera caja editada sea la dedicada al disco Born in the U.S.A, para aprovechar el tirón de ventas, teniendo en cuenta el descenso continuado de ventas que se produce año tras año; luego de dedicada a The River y, finalmente, la dedicada aNebraska (se especifica incluso que Springsteen podría cambiar de compañía, si así lo desea, incluso si al final quedan pendientes de entrega uno de los discos en directo o la caja conmemorativa de Nebraska).

El contrato finalizará dos años después de que el artista haya entregado todas las obras comprometidas, o bien hasta el 30 de junio de 2027 en caso de que hubiera editado todos los títulos dos años antes de esta fecha. Springsteen es siempre el propietario de todas las obras y corren de su cuenta todos los gastos de grabación y producción. Sony se compromete por su parte a invertir un mínimo de 800.000 dólares en la promoción de cada uno de los cuatro discos con nuevas canciones, y marca como condición un máximo de 3 años entre la edición de cada producto.

La dirección de la multinacional acepta en el documento una reclamación sobre royalties impagados descubiertos durante una auditoría solicitada por el artista, y justifica el adelanto y el aumento de royalties por las ventas constantes del fondo de catálogo del cantante (un millón de unidades cada año), los 25 millones de unidades vendidas desde la firma del anterior contrato en 2005, y para evitar que terceras partes se lleven al que consideran “uno de los artistas más importantes del catálogo de Columbia” y “uno de los artistas más prominentes e influyentes de nuestra era”.

Aunque no se ha confirmado si Springsteen y Sony finalmente cerraron el acuerdo, es más que probable que así fuera, ya que la colección de conciertos de archivo era uno de los requisitos incluidos por los representantes del artista en la propuesta (“Springsteen tendrá derecho a vender descargas de sus conciertos -tanto de archivo como actuales- directamente o a través de terceros, y obtener todos los beneficios, sujeto a un pago del 12,5% a Columbia de los ingresos brutos”), y Springsteen estrenó ya su web de descargas el pasado mes de noviembre.

Para quien se pregunte por la calidad de dichas descargas (en comparación con los discos oficiales en directo editados anteriormente a través de Sony Music), la respuesta puede estar en una de las cláusulas del nuevo contrato: “El artista y Columbia coordinarán los planes de edición y marketing de sus respectivos discos en directo, con la intención de que las publicaciones en Columbia contengan grabaciones de mayor calidad”.

Uno de los mensajes filtrados por Wikileaks, firmado por Steve Kober, director financiero de Sony Music, deja muy claras las motivaciones de la compañía para ofrecer una renovación de este nivel: “Considerando su historial, este no es un artista que podamos permitirnos perder”.

Se avecinan, si nada se tuerce, doce años repletos de canciones y conciertos de Bruce Springsteen que ampliaran aun más su legado musical.

Enlaces:

https://wikileaks.org/sony/emails/emailid/135573

https://wikileaks.org/sony/emails/emailid/129900

https://wikileaks.org/sony/emails/emailid/119116

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Aluvión de discos raros y exclusivos en el Record Store Day

Solo un miniaperitivo del gran banquete que ofrece el ‘Record Store Day’ o Día de las Tiendas de Discos, una excelente iniciativa para apoyar a las tiendas pequeñas que hoy cuenta con una nueva edición. Recordar que aunque este sábado es el día central de la celebración, la cosa se estira en varios días más, aunque conviene encargar o reservar cuanto antes. Son centenares de piezas raras y exclusivas para esta gran idea, con tiradas limitadas y solo disponibles en establecimientos pequeños de medio mundo adheridos al evento, si bien no disponen al momento de todo el material anunciado, por lo que que hay que encargarlo. En Zaragoza, Leyenda y Linacero. Este último establecimiento, además de descuentos y de las piezas especiales para este día,  ofrecerá también música en directo, desde las  seis de la tarde y hasta la hora de cierre, con la actuación en acústico de Héctor Pérez, María José Hernández, Mariano Casanova y Los Bengala.

Va pues un breve extracto de lo que puede encontrarse, picoteado de la página oficial del Record Store Day, donde hay material para volverse loco. Unos The Animals barbilampiños se revelan en carne cruda con un LP, grabado en directo en 1964, entonando blues de John Lee Hooker, y Jimi Reed. La canción ‘Dark Globe’ salta al aire en versión de Syd Barret en la cara A y REM la replica en la cara B. Jeff Beck desempolva sus tres primeros singles. Bowie se une a la fiesta con el single promocional de ‘Changes’ y otro más en el que tanto él como Tom Verlaine interpretan la misma canción, ‘Kingdom Come’, inédita, por cierto. Casandra Wilson interpreta dos piezas clásicas de Billie Holiday en un EP que incluye en la cara B las originales. Vanguard saca del arcón uno de los discos esenciales del rock ácido de California y crucial de Country Joe & The Fish, su tercer álbum, ‘Together’ (1968). El jazz sonríe con la edición de una segunda caja de vinilos de 10 pulgadas a nombre de Miles Davis, todos de 1954. Los sensibles Decemberists celebran el décimo aniversario de su álbum ‘Picaresque’ con un vinilo rojo y libreto de 16 páginas. Single ‘sinatriano’ de Dylan y reedición en vinilo de 180 gramos y portada blanca de su ‘The Basement Tapes’. Father John Misty, folky de moda, se arranca con un valentiniano single rosa en forma de corazón. Florence & The Machine aparecen con un maxi ochentero con dos piezas en tanto que Foo Fighters lo hacen con un diez pulgadas que incluye una pieza inédita, una versión y dos maquetas. Gov’t Mule amplían el catálogo de versiones stonianas con un segundo volumen. Grateful Dead juegan en terreno propio, o sea, el directo, con una caja de cinco elepés. Los Kinks vienen con tres singles y Marley revive a través de un LP que incluye una larga entrevista realizada en 1973. Y así, un sinfín más de discos exclusivos para este día con las firmas de Paul McCartney, Metallica, Mumford & Sons, Springsteen, Of Montreal, Charlie Parker, Robert Plant, Prodigy, Stooges, Sinatra, U2… que se pueden conseguir, como he señalado al inicio, en las tiendas adheridas al ‘Record Store Day’ en todo el mundo.
Fetichistas y coleccionistas, e incluso especuladores, tienen aquí una mina de oro.

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Centro Cívico Delicias, ‘templo’ zaragozano de la música

Escribe Mariano Casanova, al inicio de la nota de prensa de la actuación que ofrecerá el próximo día 10 de mayo en el Centro Cívico Delicias para presentar su primer disco en solitario, lo siguiente:

Deciros que la elección del Centro Cívico Delicias para hacer mi primer concierto en España (la Prèmiere fue en París el pasado 15 de diciembre) ha sido sobre todo por una cuestión sentimental que espero que todos comprenderéis: El otro día quedé con los responsables de ese centro allí mismo para comentar la posibilidad de esta actuación que ellos también me habían ofrecido con tanta ilusión. Y cuando entré allí, tras casi 20 años sin hacerlo (años de giras fuera de España, de posterior cierre del centro por reformas y mis últimos tiempos de ermitaño), literalmente me temblaron las piernas. Nada más entrar en el recinto comprendí que ese era el lugar, lo sentí como un templo, el templo de la música por donde han pasado tantos buenos artistas a lo largo de décadas. Y me recordé a mí mismo hace años siempre allí asistiendo a mil conciertos y también actuando.

Allí comenzamos como Distrito 14, tras el paréntesis una vez grabado el disco en Alemania, allí comenzó esa larga segunda etapa que nos ocupó media vida, allí hicimos conciertos claves en nuestra larga historia, conciertos que sirvieron siempre para dar comienzo a algo nuevo. Y sobre todo es que tengo tan buen recuerdo y me gusta tanto, tanto, ese espacio. Un espacio humilde, pero bello, acogedor, donde empecé, un espacio donde quiero comenzar de nuevo.

En efecto, el Centro Cívico Delicias, un lugar si no sagrado, por aquello de no mitificar ni sacralizar demasiado las cosas materiales, sí esencial, con sus interregnos, en la actividad cultural de Zaragoza en las últimas tres décadas y media. Un espacio que, me da, salió de la pesadez con que más de uno criticábamos, en aquellos ya lejanos ochenta, al PSOE y, en concreto, al concejal de fiestas, Luis García Nieto, por la falta de rock en la ciudad y por la falta de espacios para la música.

Digamos que fue un efecto rebote a los resabios culturetas y a la dura coraza izquierdosa adherida, todavía en los ochenta, a los viejos axiomas de la lucha antifranquista, un anacronismo que había sido plenamente superado por la modernidad del momento, pero al que los sociatas tardaron en responder. Nieto y su concejal Plácido Serrano se empeñaron en atorrarnos en las primeras fiestas del Pilar en La Romareda de cantautores a la baja, Claudina y Alberto Gambino, Mercedes Sosa, Calchakis, Victor Manuel y Ana Belén… mientras una mancha contracultural nueva se iba extendiendo por la ciudad y por las capas más jóvenes, ansiosas de rock, de fanzines, de radios libres, de nuevas formas de vestir, de nuevas maneras de expresión literaria, cinematográfica, artística… el borbotón, en definitiva, que estalló con la llamada Movida, no solo en Madrid sino también en la periferia y que en Zaragoza concretamente desembocaría en la Muestra de Pop Rock y Otros Rollos, de 1984.

Afortunadamente, Nieto percibió los nuevos aires. Y cambió el curso no solo de las programaciones musicales sino que también inventó espacios. Se empeñó en sacar de una simple ladera del Parque Grande un anfiteatro y sacó el Anfiteatro del Rincón de Goya. Y luego, entre otras cosas, reconvirtió un viejo mercado de pescado en un centro cultural, el mencionado Centro Cívico Delicias, al que siguieron otros más hasta formar la tupida red que hoy vertebra buena parte la actividad cultural de la ciudad. Tarde, pero el socialismo cumplía con una de sus máximas: cultura para el pueblo.

Y en el Centro Cívico Delicias, durante un tiempo, Centro Cultural Delicias –sus rectores se enfadaban si en los medios no se le llamaba así- no solo se habilitó la coqueta rotonda central como espacio para conciertos, sino que en sus bajos se creó un Taller de Rock, aulas de pintura… y hasta un Laboratorio de Sonido. Algo absolutamente nuevo y elogioso en el que pusieron mucho empeño no solo el concejal sino técnicos culturales como Antolín y Michel Zarzuela. Eran tiempos de demolición del poso del viejo franquismo y de creación de nuevas estructuras. El centro de Delicias fue, sin duda, una de las mejores y más ingeniosas aportaciones que el socialismo brindó a la cultura zaragozana.

Ello permitió que allí viéramos decenas y decenas de actuaciones de todo rango y estilo y se organizaran programaciones constantes en primavera e invierno, dando paso a nombres –perdón por la débil memoria- como John Renbourn, Chris Farlowe, unos entonces desconocidos Madredeus, Pentangle, un naciente Miguel Poveda, Godfathers, Peter Hammill, John Martyn, Doctor Feelgood…, amén de toda una pléyade de grupos locales. También que allí se realizasen unas apetitosas ferias de coleccionismo discográfico y decenas de actividades más, como la presentación del último disco de Héroes ante periodistas venidos de media Europa. Y uno, excusas, añade su pequeña vanidad, evocando la gran fiesta de músicos aragoneses que se montó en 2003 para presentar mi libro ‘Polvo, niebla, viento y rock’.

No extrañan pues las palabras de Mariano Casanova y su calificativo de ‘sagrado’. Él mismo se bautizó allí para las multinacionales en un concierto inolvidable que ofreció en 1990 para que EMI se convenciera de su potencial. Y tanto se convenció, que una de las enviadas de la compañía discográfica dejó a renglón seguido la compañía para convertirse en mánager infatigable del grupo. Salud, Mónica.

Todas las ciudades tienen sus centros públicos destinados a la música y a la cultura, no me refiero a auditorios y grandes teatros, sino a pequeños y hasta humildes espacios, sus pequeños ‘templos’, como dice Mariano Casanova. El de Delicias, que ha sido rehabilitado, es desde luego uno de esos ‘templos’ zaragozanos imprescindibles, esencial en el desarrollo musical de la ciudad. ¿Tienes algún recuerdo o experiencia de o en él?

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Gov’t Mule, ¿rock para yayos?

¿Música rancia? ¿Rock trasnochado? ¿Hippies tardíos? ¿Música para yayos? La piqueta contra un grupo como Gov’t Mule puede ser demoledora a poco que un moderno saque musculito rompedor. Allá cada cual con sus gustos y elucubraciones. Lo que está claro, para quienes adoran el rock de los setenta –que son más de lo que se piensa, sospecho-, es que la existencia de este, primero, power trío y, después, cuarteto es un gozo para revivir y mantener fresco aquel rock poderoso que practicaban las llamadas jam-bands, aquellos combos como Grateful Dead o The Allman Brothers Band, que convertían los escenarios en lugares libérrimos, con músicos sin ataduras para la improvisación y olvidados del reloj, lo que hacía que sus largos conciertos sobrepasaran como mínimo las tres o cuatro horas entre vapores de alcohol y otras hierbas.

Warren Haynes (guitarra y voz) fue el artífice, junto al fallecido Allen Woody (bajo) y Matt Abts (batería), de la formación de la Mula. No eran músicos, en absoluto novatos. De hecho, Haynes había sido el gran revitalizador de la Allman en los finales de los 80, banda a la que se unió por recomendación (y petición) de Dickey Betts y Gregg Allman. También en ella figuró Allen Woody.

En 1995, mientras el indie y la música alternativa, por no olvidar el brit-pop, copaban el interés masivo del público y las revistas modernas de pop y rock, los Gov’t saltaban al mercado con sus greñas y su propuesta viejuna, pero revivalista o revitalizadora del rock-blues de los 70. No tardó en formarse enseguida en torno al trío una legión de adeptos que todavía hoy, veinte años después, siguen dándole su bendición. La culpa son sus actuaciones kilométricas, sus muchos discos en directo y, claro, los de estudio, los más aclamados: la serie ‘The Deep End’, ‘Dose’, ‘Life Before Insanity’ o el mismo de debut.

Mas como esta es una banda con profunda devoción por el directo, donde dice crecerse y sentirse mejor, y muy amiga del colegueo, de los discos de directo y de las versiones, tanto en solitario como con músicos de renombre, es obvio que el material en vivo sea uno de sus mejores bazas. Basta con revisar su cuenta discográfica oficial: hay casi tantos álbumes en directo como en estudio. Para colmo, ellos mismos, conscientes de que el negocio ha dado la vuelta y de que el escenario es más rentable que el estudio, dan completa libertad a sus fans para que graben sus conciertos y los suban a Mule Tracks a la vez que ellos mismos cuelgan los conciertos de cada gira, con lo que su material de escenario es verdaderamente inabordable.

La veta versionera es también digna de consideración. Desde blueseros natos como Memphis Slim, Albert King o Elmore James a Free, la Allman, los Beatles, Black Sabbath, Humble Pie, Zappa, Little Feat, Hendrix, King Crimson, James Brown… y un montón más de nombres, han pasado por su trituradoras garras. Ufff, que hasta tienen sendos discos con relecturas de los Rolling y Pink Floyd. No se arredran en asegurar que cuentan con un repertorio rotante de más de 400 piezas, por lo que cada noche, cada concierto, es completamente distinto a cualquier otro.

Y como la baza del directo es su mayor capital, han decidido abrir su archivo y servirlo en disco, por lo que en apenas dos meses han sacado a la luz dos piezas que han puesto los dientes largos a sus fans, especialmente con la última, editada a finales de enero pasado, con una selección de los dos conciertos que el grupo ofreció en Georgia en 1999 junto al guitarrista de jazz John Scofield, una de las grabaciones más demandadas por sus fans a lo largo de los años, que suena de maravilla con la mezcla de rock, blues y funk que ofrece en largos temas, entre ellos uno de los más populares de su repertorio, ‘Sco-Mule’ o ‘Afro-Blue’, con regusto al ‘In Memory Of Elizabeth Reed’ de la Allman, estirado hasta los 23 minutos. La otra pieza sacada del arcón la editaron en diciembre pasado y, con el título de ‘Dark Side Of The Mule’, era un elocuente homenaje a Pink Floyd, incluyendo once piezas de Gilmour y compañía.

Huyan pues modernos y hipsters –pese a algún brochazo de hip-hop y scratch e incluso un disco tamizado por el dub y el reggae como ‘Mighty High’- de este grupo. Haynes y compañía van fundamentalmente de largas jam-sessions con sabor a funk, blues, soul y jazz-rock. Y eso no es lo suyo (de los hipsters). Los Mule son de este tiempo pero no son modernos, aunque sí ambivalentes: como en su momento hicieron Black Crowes, muestran a las nuevas generaciones el rusiente color de los setenta, invitan a descubrir el pasado a los más jóvenes, a la vez que ofrecen un reconfortante brebaje sonoro a los veteranos. ¿Yayo-rock? Cada cual opine.

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A propósito de ‘American Pie': ¿hasta qué punto son importantes las letras de las canciones?

Esta semana se ha vuelto a producir otra ‘barbaridad’ en el mundo del coleccionismo, por no decir del fetichismo, o del puro negocio. Don McLean ha vendido en subasta el texto manuscrito de su canción ‘American Pie’ por un millón cien mil euros. El año pasado el manuscrito de ‘Like A Rolling Stone’, de Bob Dylan, se cotizó a dos millones de dólares y el ‘A Day In The Life’, de Los Beatles, llegó al 1,2 hace unos años. Cifras desorbitadas, pero si alguien las paga, allá cada cual con su bolsillo y sus fines e intereses. Las cosas tienen el precio que quiera pagar su comprador.

La canción de Don McLean fue un éxito global en 1971-1972. En España se escuchó muchísimo, pese a los 8 minutos y medio que dura y a que, según documenta magníficamente Xavier Valiño en su impagable libro ‘Veneno en dosis camufladas’, se censuró el verso ‘The Father, Son, and the Holy Ghost’ a través de un pitido en el disco y eliminando el verso en la letra de la contraportada del single… Tengo que decir que no recuerdo aquel pitido en la época, y eso que el single estaba en las sinfonolas de media Zaragoza y yo mismo lo pinchaba en las discotecas. Y añado que mi copia en vinilo del LP no tiene esos pitidos, aunque es del año 1980, que igual pudo ser –conjeturo- el año de la edición del LP en España por el asunto de la censura, pero vamos si lo documenta tan fidedignamente Valiño será cuestión de las telarañas de mi cerebro, no de su meritoria investigación doctoral.

La canción hablaba, presumiblemente, de la muerte en un accidente de avión, que ha pasado a la historia del rock, de Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper, o sea, como repite McLean, “del día en que murió la música”. Pero digo presumiblemente, porque durante décadas la canción ha sido, y se puede decir que sigue siendo, un auténtico criptograma. En ella hay, o se intuyen, referencias a Marx, Lenin, los Beatles, Dylan, The Byrds, James Dean, Charles Manson, los Rolling Stones, Jackie Kennedy o la guerra de Vietnam.

Desde el principio, su autor se negó a revelar detalles de los versos ni qué quería contar -en plan esquivo llegó a decir: “Significa que jamás tendré que trabajar otra vez”-, por lo que la canción ha sido una de las más escrutadas e interpretadas por hermeneutas y exégetas norteamericanos, principalmente. Ahora, antes de la subasta, McLean se ha limitado a decir que quiso hacer “un indescriptible retrato de los USA a través de palabras y música”.

Sea lo que fuese de lo que trataba la letra, lo cierto es que hubiera triunfado con estas u otras palabras. La canción por sí misma, es decir, por melodía, voz, arreglos y estructura, tenía los suficientes ganchos para atrapar audiencias globales, como tantas y tantas canciones que se han escrito a lo largo de la historia. Y aquí, la pregunta obligada: ¿Hasta qué punto es importante la letra de una canción para su triunfo? ¿Es necesario que los artistas se descortecen el cerebro buscando versos y palabras si después lo que realmente va a llevar al éxito a una canción es su melodía? En una ocasión, un famoso músico local me contaba que, sobre todo al principio, su grupo hacía letras para que “no se entendieran, como hacía Radio Futura”. Y así era, pero vaya si triunfaron sus canciones.

¿Es necesario que además de un Bob Dylan el compositor tenga que ser un Baudelaire? En principio, tajantemente, no. Es más, y aunque suene a burrada y dicho vulgarmente, a uno le importa un pito la historia que le cuenten si detrás hay excelente música. ¡Cuántas canciones no se han escrito así, con endebles letras pero sustentadas por deliciosas músicas! No es que con ello me conforme, o no me aspaviente ante el ripio fácil o los versos del tipo “vaya, vaya, aquí no hay playa” y similares, pero no es precisamente uno de los elementos en que mayormente pongo la lupa. Antes, está la música, y si esta funciona, la letra –ya digo, sin admitir vulgaridades- queda en un plano secundario. Y si no, ¿cuántos miles de canciones en inglés hay pululando en la nube del éxito sin que se entienda lo que se canta? Especialmente, en un país como España, donde vamos rapaditos de inglés.

Pues eso, que sigan indagando el significado de la letra y que Don McLean siga vacilando con lo que quiso decir. Me da igual. Lo que sé es que todavía, y más en estos días en que ha resucitado, sigo escuchando ‘American Pie’ con un inmenso agrado, incluso en la versión de Madonna, que la cantó muy delicadamente.

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¿El artista más prolífico del rock? Steven Wilson

Por mucho que avancen tiempos y modas, va a ser difícil despegar de la piel del rock los sonidos de los 70. He aquí otro ejemplo modélico. Productor de larga carrera, en 1998, después de formar diferentes grupos, sobre todo No-Man y los aclamados progresivo-psicodélicos Porcupine Tree, el londinense Steven Wilson decidió pasar a la acción en solitario y soltar su bagaje sonoro iniciado en su infancia, tras empaparse la colección pinkfloydiana de su padre.

En su recientísimo disco, titulado ‘Hand. Cannot. Erase’, imposible de ordenarlo numéricamente por la producción ingente que tiene, pero quizá el más valioso y valorado de su carrera, aborda una obra conceptual sobre una bella mujer estimada por sus vecinos y amigos, pero cuyo cadáver no se descubrió en su apartamento hasta tres años después, rodeado de regalos de navidad. Nadie la echó de menos. Ecos de Genesis, King Crimson, trip-hop, rock progresivo, cuerdas y otras hierbas sonoras recubren con espesura y gran verdor la historia real de este caso que saltó a los periódicos británicos y conmovió a la opinión pública.

Los diez minutos de ‘3 Years Older’ llevan a aquellos Yes de ‘Fragile’ y ‘Close To The Edge’’, en tanto que en ‘Home Invasion’ son los King Crimson los que afloran –no es casualidad que Wilson se encargara de remasterizar la colección del grupo de Robert Fripp- y en ‘Routine’ sea el mismo eco guitarrero de Mike Oldfield el que salga a relucir, en tanto que en la larguísima ‘Ancestral’ (13 minutos) sea el heavy quien marque zona por momentos.

Y como muestra de que este es un disco con sustento añejo pero actual, también hay sus brotes de trip-hop en ‘Perfect Life’, con la dulce voz de la cantante israelí Ninette Tayeb, quien también interviene en otras piezas, entre ellas, en la citada, larga (9 minutos) y magnética ‘Routine’. Por no inhibirse, hasta suenan guitarrazos metálicos a lo Korn en la mentada ‘Home Invasion’ o el moog en toda su plenitud en la genesiana ‘Regret’, así como guitarreos a lo Gilmour, lo que da cuenta de la versatilidad de este músico y cerebrito de la consola de grabación.

Un mundo inabordable el suyo, puesto que a sus grabaciones oficiales con los grupos que ha estado, une una extensa colección de ‘covers’ en solitario que va espaciando en cedés de tirada limitada. Atentos a su discografía completa: ocupa 150 páginas (10.6 megas) que pueden descargarse en su web y cuya última actualización, la novena, es de 2012. Hay referenciados no decenas sino miles de discos. No creo que ni Elvis Presley posea tan vasta producción. ¿Wilson, el artista más exhaustivo de la historia? Seguramente. Y si no lo es, al paso que va lo será. Tiene 47 años.

Hay, por cierto, quien lo considera el compositor no solo más prolífico de esta época sino incluso el más grande. A discutir. De lo que no cabe duda es de que si alguien se atreve a meterse en su jungla discográfica, tiene música para toda su vida, y puede que muera antes de escucharla toda. Tremendo. El solo repaso a esas 500 páginas ya te deja sin aliento. La pregunta es insoslayable: ¿dormirá este tipo? ¿hará otras cosas además de música? Preguntad a Google a ver si responde.

Por desconocimiento absoluto, algún modernete tendrá ‘Hand. Cannot. Erase’ en su vitrina de discos indies favoritos, como es pasto de las revistas y webs exclusivamente modernas. Está bien que lo disfruten y lo estimen las nuevas generaciones –en la web de All Music está votado con 5 estrellas- pero bueno es saber también de dónde vienen sus mimbres. No, por nada, simplemente para poner de manifiesto una vez más que la música es rica y emocional en función de su valía y contenido, no de las modas y los tiempos que las constriñen artificiosamente.

Lástima que no encuentre un enlace al álbum completo.
Aquí, el único video oficial del álbum, que no es precisamente el que mejor lo define
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Y aquí, la presentación de la versión de lujo del disco, una joya del diseño digital:
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Loquillo y la electrónica en la tarde de Radio Nacional

No entiendo muy bien los principios que rigen en Radio Nacional para conformar las programaciones de RN1 y sus respectivos presentadores. Hace unos años, las tardes del primer canal estaban encomendadas a Tony Garrido, ameno, con su dosis de compromiso y con una voz fabulosamente madura para su juventud. Tenías sus cosas, naturalmente, pero vida y política, incluso música, armonizaban bien a lo largo de sus tres horas en antena.

Le sucedió Yolanda Flores, antítesis de Garrido y de una verborrea estresante. Se estrelló y la relevó el Ciudadano García, que ni uno ni otra. Un locutor graciosete, que por aparentarlo, rechina, se hace pesado. Su objetivo, parece, es hacer una radio que no incomode, neutra, una emisión donde, por ejemplo, la política, sus devaneos y sus escándalos, y eso que el patio hierve, está erradicada para no manchar el tono amable y graciosillo ante cualquier tema que se plantee. Radio incolora, inodora e insípida en tiempos turbulentos. Gran contradicción aun en una emisora pública. Para colmo, los ejecutivos de la empresa se cargaron el único programa musical de la emisora, ‘Clásicos Populares’, y le añadieron la hora al chistoso Ciudadano. Bien la fastidiaron.

Ahora, supongo que será solo durante estos días de Semana Santa, ha cogido el testigo Lara López, una veterana que viene de Radio 3, incubada, creo recordar, en la placenta de aquellas empalagosas sesiones de ‘new age’ y de su caudillo Ramón Trecet, afortunadamente ya olvidadas. No sé cuáles son las virtudes que adornan a esta presentadora para haber sido incluso directora de Radio 3, y no sé, aprovecho para recordarlo, si determinante junto a Tomás Fernández Flores, de la injustificable expulsión de Diego A. Manrique de la emisora (aquí escribo a tientas). Lo que sí sé es que, para mí, y no solo ahora, resulta muy plana y monótona, aburrida, para estar al frente de un programa en la cadena principal. Si el dichoso Ciudadano había ganado oyentes, que no lo sé, López me da que se los ha espantado. Es otro perfil diametralmente distinto, lo que, en cierto modo, trasluce los bandazos de la programación vespertina en una emisora pública en la que, por desgracia, dicho sea también de paso, pero denunciable en un blog como este, ha desaparecido la música o cuando menos no tiene el peso específico que debiera. (¡Y pensar que con Franco, Eduardo Sotillos llenaba dos horas de programación vespertina con el icónico ‘Para vosotros jóvenes’ o al mediodía Juan María Mantilla hacía lo propio durante media hora antes del ‘parte’! No es que tiempos pasado fueran mejores, y menos aquellos, pero hechos son hechos).

No sé, insisto, cuáles son los principios rectores de RN1 para elaborar programas y seleccionar a sus presentadores. Supongo que los tendrán pero a mí lo que sale a antena, y cómo sale, no me gusta. Respuesta personal: desde que se fue, o echaron, a Tony Garrido, esquivo la emisora pública y me voy a otras en busca de vida, política, opinión y conocimiento, a emisoras donde hay más alma y menos cachondeíllo insustancial.

Pero no era de esto de lo que quería opinar en esta entrada, aunque si no lo hago, y no entro en los ya insufribles maratones futboleros del fin de semana, y eso que me gusta el pelotón, igual reviento. Quiero decir que esta tarde llego a los últimos segundos en que Loquillo parece que ha estado repasando con Lara López algunas de sus canciones favoritas. No sé si ha sido así porque cuando sintonizo está sonando Johnny Hallyday, a quien el Loco le profesa honda veneración, especialmente desde que grabó con él, y ya no hay más música, pero sí un jugoso comentario del cantante sobre su vida, afirmando que está marcada por las canciones y los discos.

Y recuerda, por ejemplo, la canción con la que se enamoró de su primera novia o el disco de Burning –‘¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?’- que le pidió que le devolviera a otra novia que lo dejó, como ejemplos de ese marcaje a fuego de las canciones en la piel y en el alma. Y culmina el Loco: “Yo no sé qué marcas podrá tener toda esa gente que ha escuchado o escucha electrónica, una música sin definición, sin letra…, ¿qué va a recordar?”. Estoy con él: ha tocado zona sensible. Sin nombrarlo ha sacado a relucir el poder evocador de las canciones, una de las funciones más emotivas de la música. Gran tema…, pero me estoy alargando. Lo dejo para otro día.

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Anni B Sweet, a por el éxito panorámico

Otra dama, Anni B Sweet, peleando con guantes de seda para salir del restrictivo mundo indie y proyectarse en pantalla grande, en la del éxito masivo. Pelea obviamente legítima, porque indie no significa subterráneo, como tantas muestras de ello ha dado la música británica, y que hace no poco hizo Lourdes Hernández, o sea, Russian Red, con cierta fortuna.

Annie está dentro de ese grupo de cantantes confesionales, de voz pequeña y muy dulce, de un género, se diría, que alentó Françoise Hardy, que han cultivado posteriormente gente como Julee Cruise, Liz Fraser, Cat Power o la misma Carla Bruni, y que, con su encantadora melancolía y atractiva placidez, con su buen gusto, ha crecido en este siglo en artistas nacionales como Lourdes Hernández, La Bien Querida, Alondra Bentley, Zahara o la más veterana, Christina Rosenvinge.

A los nueve años, se dice, Ana López, alias Anni B Sweet, compuso su primera canción y, cuando llegó la hora de la Universidad, pidió a sus padres que la dejaran trasladarse desde su Málaga natal a Madrid. Iba para estudiar Arquitectura, pero secretamente albergaba la idea de dedicarse a la música. Y, en efecto, al tercer año de carrera, tras patearse bares y pequeñas salas y fichar por Subterfuge, aparcó los estudios. Ahora, después de ‘Start, Restart, Undo’ (2009) y ‘Oh, Monster’ (2012), acaba de publicar su tercer álbum, ‘Chasing Illusions’, que deja atrás el intimismo y el delicioso folk-pop que mostraban piezas pasadas como, por ejemplo, ‘Let’s Have A Picnic’.

Ha encendido, digamos, las luces y ha optado por un pop más alegre y con las bases de ritmo e incluso las guitarras más sólidas. Asegura que pensó en el grupo nuevaolero The Cars a la hora de planificar estas nuevas canciones y algo hay de ello, especialmente cuando aparecen los teclados de fondo, aunque el disco es más limpio y pop que el de los norteamericanos.

Una clase de pop arregladito, dulce, muy bien cantado (en inglés, que la chica fue a cole británico), con unas melodías certeras y pegadizas, un masajeante estímulo para los oídos. ‘Beginner’, que abre, y Onyx Star’, que sigue, son dos de los mejores botones de muestra del disco que luego se diluye un poco pero con pólvora melódica para imponerse en las listas. De hecho, la semana pasada entró directa al número once en las listas de Afyve, que no está mal.

No extrañaría pues que de un momento a otro, se vea a la malagueña embadurnada en arreglos eléctricos más espesos y relucientes y con una visualización mayor, con el objetivo de llamar la atención y encontrar el éxito masivo. La misma jugada de Russian Red, que no le salió del todo mal. Por lo pronto, Anni, como Lourdes, ya se ha desmelenado en Rolling Stone luciendo modelitos, tipo y escote para promocionar su nuevo disco.

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Madonna, ella misma

De nuevo Madonna en el blog, y aunque sea reiterativo, hay que volver a ella obligadamente porque ahora ya no toca referirse a las filtraciones y otras zarandajas sino a lo esencial, a la música. Y la diva, afortunadamente, tiene disco nuevo… y bueno, o cuando menos mucho mejor que lo que ha venido haciendo en los últimos tiempos y hasta diría, aunque sea aventurado, uno de los mejores de su carrera. Ya era hora.

Ya lo he comentado en alguna otra ocasión, jugar al ‘peterpantismo’ físico, y más si se puede, es no solo un sacrilegio sino una oda a la vida y a la belleza. Madonna puede y lo hace, y además no seré yo quien me dedique a hurgar ni en el físico ni en la vida de nadie. Lo más importante es que en lo musical, al menos en esta ocasión, en la reina pop no hay huella de ‘peterpantismo’, de aparentar o emparentar con una música que no es propia de su edad, como hizo en su anterior disco, ‘MDNA’, un mal respingo contra todas las divas jóvenes que tratan de arrebatarle el trono.

La Ciccione ha vuelto a la cordura, a lo suyo, que es lo que mejor sabe hacer, y de nuevo con un batallón de ingenieros, productores y compositores, y hasta con sus hijos Rocco y Lourdes vigilando, y sobre todo entre preciosas baladas y los inevitables temas destinados al ‘dance floor’, ha rubricado uno de sus discos más completos y escuchables. Le sobra tiempo, hojarasca sintética y más de una nadería de parque infantil tipo ‘Bitch I’m Madonna’ o la misma ‘Holy Water’ pese a su procaz letra, un autohimno al cunnilingus y a su propio sexo (“hay algo que tienes que probar, es sagrado e inmaculado, puedo dejarte en la puerta del cielo… bésalo mejor, ¿no sabe a agua sagrada?.. Jesús ama mi coño”), pero canciones como ‘Living For Love’ y ‘Ghosttown’, los dos polos sonoros del álbum, el primero el más bailón y el segundo el más sensible, devuelven a una Madonna más creíble e iluminada, más ella misma.

Por si sabe a poco, aunque, ya digo, le sobran canciones, puede acudirse a la edición deluxe con once piezas más. Masoquismo quizá, aunque hay cosas muy potables como ‘Messiah’ y varias baladas más o la pop-guitarrera ‘Addicted’ y sobre todo la misma y eficiente ‘Rebel Heart’, que da título al disco, y no aparece en la versión normal, pero esto ya depende del nivel de fan a que se esté.

Como anécdota, porque las listas de ventas son lo que son, meras anécdotas para la música, que no es competición olímpica sino un arte, me ha sorprendido el bajón en la lista española de Afyve: del número uno en la primera semana al nueve en la segunda, en esta mismamente. Esperemos que no sea fruto, el desplome, de las filtraciones, que entonces sí que le daría árnica a la reina, pero me temo que es otra cosa más grave: que ha perdido clientela, tirón. Seguramente por los desbarres de los últimos discos. O quién sabe porque, en efecto, las nuevas reinas le han comido el pastel. En cualquier caso, aspecto irrelevante. Al menos para quien suscribe.

Aquí, cual José Tomás en la ‘dance floor’, o sea, condenando los toros con frase de Nietzsche incluida al final:
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