Van Morrison, el viejo león sigue mordiendo en la selva discográfica

Sí, mucha abundancia, qué digo, un aluvión matador de discos. Es curioso, aunque la reflexión suene ya a muy sobada, que en tiempos en que la industria musical ha caído en picado cada semana lleguen al mercado varias decenas de discos…, pero, ay, qué discos.

Realmente, lo confieso sin rubor, discos en su mayoría, especialmente los provenientes de la tropa indie y millenial, incapaces de levantarme unas mínimas esquirlas de emoción, sin el más mínimo signo de que, con el tiempo, serán discos que habré de colocar en mi altar de favoritos y memorables (lo tengo físicamente, el altar). O sea, que, tras picotear un rato en el bendito Spotify, tendré que ir a la tienda de inmediato a cazar la presa. Pero quiá, que diría el castizo.

No extraña que al final, caso de decidirse uno a invertir unos euros, recurra a lo seguro, a los clá-si-cos, a esos artistas que siempre te han acompañado y que, aunque llueva o truene, aunque no se muevan un ápice del adoquín de su consabida fórmula sonora, los vas a seguir disfrutando.

Verbigracia, Van Morrison. El gruñón irlandés llevaba cuatro años sin publicar nada nuevo hasta que en octubre pasado salió con ‘Keep Me Singing’, once canciones propias, una versión en homenaje al fallecido bluesman Boby Blue Bland y un instrumental picajoso, ¡con injertos ska! Su título y lema, según canta en la misma pieza que bautiza al disco, es bien explícito: “Dejadme cantar, es lo único que sé hacer”. O dicho en plata: No me pidáis virguerías ni raros experimentos, solo mi voz. Y, si acaso, como ocurre en este disco, que coja el viejo saxofón y la armónica.

O sea, blues, soul, baladas, jazz y punto. Ni siquiera viejos misticismos, al estilo ‘Astral Weeks’ y aquellos memorables once minutos de ‘Listen To The Lion’ del no menos memorable ‘Saint Dominic’s Preview’, tampoco experimentos con otras músicas como el skiffle, la música celta o el country, ni grandes despliegues instrumentales, aunque aquí asomen violines y cuerdas en ‘Memory Lane’ y ‘Holy Guardian Angel’ y los arreglos estén muy cuidados.

El más fiero y antipático león de la selva rockera –bueno, Dylan está unos peldaños por arriba- no tiene que rivalizar con nadie, ni cegarse con cifras de ventas, y ni tan siquiera pensar en superaciones personales, solo cantar, su mayor placer, según confesaba hace poco, por encima de exigencias del público. Y esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas, te dejas morder o escapas.

Personalmente, lo sigo tomando, claro. ¿He confesado que, como me pasa con Dylan, sigo reafirmándome en que Morrison no tiene un solo disco malo y sí muchos sublimes, insustituibles? Este es su disco número 36 de estudio. Ya digo, inmóvil, pero seductor. Y si a ello se une la opulenta edición de tres conciertos de la gira de la que salió aquel noqueante directo del 74, ‘It’s To Late To Stop Now’, pues a seguir rugiendo junto al león de Belfast. Y los indies, a espabilar.

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