En memoria de Ricardo Gil

Se ha ido un amigo, buena persona y excelente periodista. Se ha ido mi querido Ricardo Gil. Y esta tarde, desde que su propio hijo (bloguero de pro en este rincón, por cierto) me ha llamado para darme la triste noticia de su fallecimiento, estoy muy apenado. Desolado y triste cuando alguien cercano te da repentinamente su último adiós.

Sí, ya sé, este es un blog musical, y no un recipiente para obituarios de amigos, pero hay un trasfondo musical en esta pérdida que me obliga y me complace a unirme a su memoria. Mucho fondo, por supuesto, personal. Porque dejadme que lo confiese y lo diga en voz alta: sin Ricardo Gil no existiría este blog ni por tanto yo hubiese escrito libros ni mucho menos hubiese llenado tantos folios como he llenado para el Heraldo de Aragón en los casi cuarenta años que llevo escribiendo en él.

Es cierto, hay otras personas que me impulsaron y me ayudaron a entrar en el mundo periodístico, desde el subdirector José María Doñate al admirado Juan Domínguez, el animoso Luis García Bandrés o la amiga Carmen Puyó. Sin ellos, está claro, y perdón por entrar en el túnel del tiempo personal, no habría sido posible que mi vida girase de la docencia al periodismo. Hice oficio de mi gran pasión por la música por ‘su culpa’ y por su apoyo, en especial de Carmen Puyó que me alentó desde el primer momento a formar parte de la Redacción del periódico. Infinitas gracias a ella y a todos cuantos he nombrado.

Pero con Ricardo Gil fue diferente. Nunca en mi vida me he encontrado con una persona que haya confiado tanto en mis muchos o escasos talentos para hilar cuatro frases en torno a la música como Ricardo lo hizo. Me dijo que quería una sección musical en la revista semanal del Heraldo y durante ocho años, mientras se editó la revista, o ‘el colorín’, como le llamábamos coloquialmente, primero los viernes y después los domingos, estuve a su lado, no fallé ni una sola vez. Cada semana aparecía un artículo de ‘seis páginas’ (luego, de cuatro) dedicadas a música pop.

Aún no me explico cómo pude sacar adelante aquella epopeya, máxime escribiendo desde provincias, sin acceso directo a lo que ocurría en la capital del reino y con un panorama aquí todavía de secano. Pero Ricardo no solo confiaba en las personas que trabajaban con él sino que era implacable. Cuando creía en una idea se convertía en un monolito de piedra, no se rompía en absoluto ante cualquier excusa, quería esa idea y la quería firme, constante, verla crecer semana a semana. Como así fue en mi caso, aun dejándome la piel y las neuronas.

Lo extraño, y de ahí mi admiración, era que incluyera la música pop en el catálogo de prioridades periodísticas… Ya, hoy, es normal y habitual ver desfilar por el papel nombres, grupos y artistas musicales de toda clase, pero hace 40 años el periodismo cultural vivía en otra galaxia, en otro mundo de piedra y desdén. El pop y el rock eran materia, por así decir, frívola, insustancial, extravagante, propia de cuatro pirados, incluso non grata, cuando no motivo de befa. “¡Cómo le puede gustar ese maricón de Mick Jagger, que mueve el culo y no la garganta!”, me llegó a espetar con sorna un gran pope del periódico. No resultaba fácil bracear en aquel mundo todavía de cartón piedra y mucha caspa del pasado con respecto al rock.

Ricardo Gil, sin embargo, representaba todo lo contrario de aquel pensamiento reaccionario. Tengo para mí que fue tan atrevido como visionario. El primer artículo que le llevé no tuvo el más mínimo reparo en colocarlo en portada. Trataba de Pink Floyd y su unión con el ballet de Roland Petit, si mal no recuerdo. Un espejismo. Y más adelante, cuando Héroes del Silencio eran unos pipiolos prácticamente desconocidos, apostó por ellos, encargó fotos a Ángel de Castro, que se llevó al grupo al Parque Grande, y en el colorín del Heraldo, como él mismo también lo llamaba, si no fue él quien lo bautizó, salió el primer reportaje en color y en portada que se publicó en España. Sus apuestas rockeras, en tiempos duros, fueron incontables.

Hay que mirar con elevación y evaluar. Gracias a jefes como Ricardo el rock soltó los tornillos que en el mundo periodístico, y más de provincias, le ataban al diablo y a la incomprensión, la befa y el desprecio. Leer sobre música pop en un periódico, incluso nacional, con cierta sensatez y naturalidad no era fruto maduro ni cotidiano.

Lo increíble era que él no sabía tan apenas nada de música. Ricardo era un periodista deportivo de fuste que cubría los partidos del Real Zaragoza con maestría y hasta llegó a escribir varios libros sobre su historia. También era especialista en el mundo del motor, pero de rock y pop, nada de nada. Mas intuía que había llegado un nuevo tiempo y que había que dedicarle atención a aquellas músicas que empezaban a movilizar a la gente joven en un país, aun pisando ya los años 80, todavía casposo. Convirtió la extravagancia en lo que hoy es normalidad. Un mérito inconmensurable. Cómo no agradecerle entonces y ahora aquella visión, aquella amplitud de miras, firmase quien firmase aquellas seis páginas semanales del colorín.

Fue para mí un placer conocerlo, disfrutar con sus largas charlas en su despacho o en cualquier terraza de un bar y, sobre todo, recibir aquel torrente de confianza en lo que uno buenamente pergeñaba cada semana. Estoy seguro de que sin aquel apoyo, sin aquella seguridad en sus ideas y en lo que quería de mi, ni yo hubiera seguido adelante ni por tanto este blog hubiera existido. Gracias, Ricardo. Te lo dije en vida y lo vuelvo a confesar en público: fuiste una persona querida y determinante en mi vida. Una pena que te hayas ido, más cuando estábamos a punto de vernos después de años sin hacerlo. Por siempre, mi cariño y mi abrazo emocionado.

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3 respuestas a En memoria de Ricardo Gil

  1. Ricardo Gil Salinas dijo:

    Muchas gracias. Doy fe, Profesor Uribe, de la admiración que mi padre sentía por ti.
    Palabras como las tuyas no tienen precio.
    Gracias.

    • Matías Uribe dijo:

      Gracias a ti, Ricardo. Una pena que se vayan buenas personas como tu padre. Recuerdo perfectamente la tarde que en una terraza de un bar de la avenida Goya nos presentó. Eras un adolescente, ya interesado en la música, pero no podía sospechar que años más tarde alcanzaras la emininencia beatleniana, al encender junto a Juan Agüeras y Javier Tarazona la impagable revista (no me sale denominarla fanzine) Sgt. Pepper dedicada al cuarteto de Liverpool en el que desde hace años eres máxima autoridad en España. Seguramente que tu padre debió influir en ello, dado su olfato para detectar inquietudes y alentarlas. Tenía mucha confianza en este aspecto en ti. En una ocasión me confesó que valías para ello y que la pena era que no hubiera campo profesional para desarrollar estas habilidades. Bueno, al menos queda el gran disfrute. En su honor suena en mi reproductor una de mis canciones favoritas de los Beatles, ‘Hello, Goodbye’ y su bucle de despedida y vuelta. “I don’t know why you say goodbye, I say hello hello hello…” Siempre en mi memoria. Un honor tenerte a ti por aquí.

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