1956: Y Hemingway se enamoró del paisaje aragonés

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Una tarde, Hemingway se acercó a Zaragoza, a los toros. Fue durante las fiestas del Pilar de 1956 y, como es lógico, HERALDO le entrevistó. El que se acercó a hablar con el genio de la literatura era nada menos que… José Luis Borau. La conversación fue muy jugosa:

-¿Piensa seguir usando temas españoles en sus próximos libros?
-Me gustaría, pero no puedo decir nada. Con la inspiración no se pueden hacer pronósticos. España es siempre España. Ese es su mérito -e inicia un pequeño brindis con el vaso de whisky que tiene en la mano-.
Hace algunos días, Hemingway fue a visitar a Pío Baroja. Fue -con sus propias palabras- a rendirle homenaje. “Era una visita obligada. El me había ayudado mucho con sus libros cuando yo comenzaba. Su forma de narrar, clara y sencilla, sin adornos literarios, convenía a las mil maravillas con lo que yo quería hacer. Libros como ‘La busca’ o ‘Mala hierba’ son inolvidables”.
-¿Se conoce a Baroja en su país?
Hace un gesto afirmativo muy amplio que me sorprende. Yo tenía entendido que no había tenido demasiada suerte con sus traducciones al inglés.
-Un autor español moderno que ha sido muy leído allí es Gironella. “Los cipreses creen en Dios” se vendió mucho y tuvo una crítica excelente. A mi me gustó también.
-¿Y Cela?
-¿Cómo?
Y se hace repetir el apellido antes de contestar negativamente. Le explicamos que para muchos es el primer nombre en el panorama actual de nuestra literatura. De la literatura española pasamos a la norteamericana y me hace un cuadro muy significativo.
-Es como con los toreros -me dice-. Hay figuras de primera clase, de segunda y de tercera. De primera hay dos, uno de ellos Faulkner.
No me atrevo a preguntarle si la otra es él. Luego me encuadra con arreglo a esas categorías a una serie de autores. A alguno de ellos les añade un calificativo, para encuadrarlos mejor. “Saroyan es un armenio”, dice, por ejemplo.
De pronto, Hemingway inicia un giro imprevisto en la conversación y comienza a hablarme del paisaje aragonés. Habla con el entusiasmo del que acaba de hacer un descubrimiento.
– ¿No sabe usted que su tierra es absolutamente igual que la mía? Desde Calatayud a Zaragoza mi mujer y yo creíamos viajar de nuevo por el Estado de Wyoming. La misma tierra roja, las mismas erosiones, los mismos árboles frutales… No había visto nunca una cosa igual.
La mujer de Hemingway, una señora muy rubia y delgada que hemos visto bajar del coche antes, padece anemia desde las vicisitudes que el matrimonio pasó en el accidente del último viaje por África.
-La he traído a España porque el doctor me recomendó un lugar alto. En El Escorial se ha repuesto mucho. Estoy muy contento.
Luego habla de nuestro carácter, del terrible carácter aragonés, abierto y sincero.
-Son ustedes un pueblo duro, admirable. Yo he repartido varios personajes aragoneses por mis libros. De pasada, describo uno en ‘Por quién doblan las campanas’ que me gusta mucho. Es un tipo rotundo, de esos que aquí se encuentran a cada paso. Pilar se llama uno de los personajes de esta novela y así se hubiera llamado mi hija, pero nació un varón y lo bauticé Patricio. ‘Pilar’ es el nombre de mi yate.
Aun hablamos más. El novelista es un hombre simpático, sencillo, que se ríe poniendo de punta su pequeña barba blanca. Es, se le ve, un enamorado de la fuerza, de la conversación que podríamos llamar masculina, confiada y sin resabio. Pone su mano cuadrada en la espalda del que le oye para subrayar el tono amistoso de sus palabras. Cuenta los disparates que hicieron con sus libros en el cine. Sólo ‘Forajidos’ le convenció. ‘Por quién doblan las campanas’ no pudo acabarla de ver. “En las nieves del Kilimanjaro’ sólo había una cosa buena: Ava Gardner.

Y mañana…
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