1911: La Fiesta de la Jota

Hoy se celebra el Certamen de Jota, la gran cita del folclore. El canto y baile regionales interesaban tanto a principios del siglo XX que Heraldo organizó, con enorme éxito, una Fiesta de la Jota. Corría el año 1911 y lo contábamos así:

La primera parte de la fiesta, el preliminar del espectáculo, fue objeto ya de expresivas manifestaciones de agrado por parte del público. La orquesta del Principal interpretó muy bien el pout-pourri español de Tremps.
Aquel mosaico de aires nacionales era el obligado preámbulo de un espectáculo español. Los músicos de Zaragoza oyeron nutridos aplausos.
La música del Regimiento de Aragón, con las bandas de cornetas y tambores admirablemente dirigidas por el maestro Híjar, interpretó correctísimamente el pasodoble-jota de ‘Los voluntarios’, página brillante de la música popular española que no podía faltar en una fiesta de esta naturaleza.
El maestro Híjar mereció, con creces, los aplausos que se le tributaron. Cantaron luego con discrección ‘El dúo de la Africana’ los artistas del Principal, la Pinós y Leal, vestidos, él de baturro y ella de andaluza.
Y para final de esta fiesta, la orquesta, la rondalla, el cantador Cecilio Navarro y la pareja infantil María Ibanel y Santos Fernández, tocaron, cantaron y bailaron la jota muy bien. El público obligó al cantador Navarro a repetir las coplas y la ovación fue entusiasta.
Caldeada la sala por esa primera y bulliciosa parte, esperaba con avidez la frase elocuente, el rasgo de ingenio y la nota sentida de los literatos y poetas invitados a la fiesta. Al presentarse en escena los seis lectores fueron saludados con una ovación cariñosa.
María Guerrero, que iba preciosamente vestida con elegantísimo traje de seda roja, tocada con rica mantilla negra, y con hermosas joyas, se adelantó para leer las cuartillas de Cavia.
Cavia había adivinado que la Guerrero leería divinamente su trabajo y, en efecto, no se equivocó el maestro. No pudo pedirse mayor y más genial acierto, ni más justeza en la expresión netamente baturra.
La lectura era dificilísima y, sin embargo, María Guerrero venció todos los inconvenientes con pasmosa sencillez.
Después del éxito y de los aplausos entusiastas con que se habían acogido las cuartillas de Cavia leídas por la Guerrero, siguió Thuillier con una dificultad, no más pequeña, la de la lectura del trabajo de mosén Julio Cejador. Pero Thuillier puso tal fuego en el acento, tal calor en el ademán, que la frase rotunda y elocuentísima del famoso lingüista vibró llena de vida y el público interrumpió varias veces la lectura con sus aplausos.
Sixto Celorrio leyó después sus cantares. Cada cantar fue subrayado con una ovación. Éxitos muy grandes lleva alcanzados Celorrio con sus coplas, pero ninguno fue tan señalado como el de ayer. El público reía a mandíbula batiente. La Guerrero y Mendoza lloraban de risa. El saludo de Jacinto Benavente, breve pero lleno de sinceridad, de patriotismo y elocuencia, fue leído por Mendoza de manera inimitable. Al final, aceptando la invitación del autor, el público dio vivas a Madrid.
Casañal tuvo ayer una tarde feliz; su romance baturro fue interrumpido varias veces por las carcajadas de los espectadores. Hubo instantes en que forzosamente se suspendió la lectura para dar lugar a que el público se expansionara. Los aplausos que escuchó el regocijado poeta fueron entusiastas y muy cariñosos.
Mariano Baselga se vio obligado a luchar con el efecto de las anteriores lecturas. Su trabajo, de índole muy distinta a los anteriores, requería una violenta y rápida transición del ánimo del público, y sin embargo Baselga se impuso con la galanura de su estilo, con su prosa limpia y castiza y con la bella idea que presidía su trabajo.
Finalmente María Guerrero leyó la poesía de los hermanos Quintero. Ternura, delicadeza, emoción intensa, todo lo supo transmitir a los oyentes de un modo tal que se le aplaudió frenéticamente, con las lágrimas en los ojos.
Al terminar esta parte, el público llamó a escena a los autores y a los actores y para todos hubo aplausos a granel.
No daba muestras de fatiga el público a pesar de lo extenso del espectáculo.
Abrió la tercera parte el Orfeón Zaragozano. No nos equivocamos al predecir el éxito grande que tendrían los orfeonistas. Cantaron estos la hermosa jota de Retana tras la decoración del Ebro en ‘Gigantes y cabezudos’ . El efecto fue admirable y tuvo que ser repetida la jota, cantándose la segunda a cara descubierta. Al público le sorprendió lo nutrido de la masa coral y los adelantos que ha hecho en poco tiempo.
Los boleros y bailes típicos interpretados por las parejas de Tauste eran un número enteramente nuevo. Causó extrañeza en los espectadores, quienes apreciaron su valor de autenticidad, el gusto de arcaica sencillez que ofrecía aquel cuadro de intrépidos bailarines acompañados por el estridente son de la gaita tocada con singular valentía por el gaitero de Estella. Era lo que no se había visto jamás rodar por los escenarios.
Las jotas de ronda que se cantaron en el fondo de la escena produjeron gran efecto. La aglomeración de gentes que había en el escenario impidió que este número se luciera debidamente. Y no obstante, el público no se cansó de aplaudirlo a rabiar. Luego los cantadores Pilar Lasierra y Felipe Colmán cantaron en el interior de una cocina muy bien, y los bailadores de Calanda y Alcañiz hicieron los prodigios coreográficos de costumbre.
Terminó el espectáculo con la jota de ‘Gigantes y cabezudos’, que amenizó el desfile del público.

Pues eso, cómo cambian los tiempos, señor, señor…

Y mañana…
1958: la primera Ofrenda de Flores, un éxito

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