Un caso de CSI en 1930 y a orillas del Ebro

cadaver

14 de septiembre de 1930, domingo por la mañana. Tres niños que juegan en la ribera del Ebro descubren el cadáver de un hombre con la cabeza horriblemente desfigurada. En la escena del crimen, abundante sangre y una barra de hierro: el arma homicida. La Policía de Zaragoza empieza a investigar y enseguida descubren perfiles inquietantes en la víctima:

A las nueve de la mañana del domingo, unos muchachos llamados José Mendoza Beltrán, de quince años; Jesús Fustero, de trece; y Lorenzo Cemúñez, de la misma edad, que se entregaban a sus juegos, descubrieron el cuerpo de un hombre que aparecía resguardado tras una pila de ladrillos rojos de los empleados en la construcción del pretil del río Ebro con arreglo al proyecto de su embellecimiento.
Estos materiales se hallaban dentro de la valla de madera colocada por el contratista de estos trabajos para el mejor desarrollo de los mismos, la cual se extiende desde la salida del puente de Piedra hasta el final del templo del Pilar. La curiosidad infantil impulsó a los muchachos a saltar al interior del recinto, llegando hasta donde  se encontraba el cuerpo del hombre. Una vez allí, vieron con el natural horror que no se trataba de una persona que dormía, como en principio supusieron, sino del cadáver de un hombre horriblemente desfigurado por un gran golpe en la cabeza y cubierta la cara y las ropas de grandes manchas de sangre. Dieron aviso de su hallazgo a un guardia municipal, que se hallaba próximo al indicado lugar, quien inmediatamente avisó a la Comisaría de Vigilancia, donde el personal de guardia se hizo cargo de la denuncia, avisando al juzgado y disponiendo la custodia del cadáver, operación que llevó a cabo una pareja de guardias de Segunda y el agente de Vigilancia don Jacinto Fernández.
Minutos después comparecía en el lugar del suceso el juez instructor del Pilar, en funciones de guardia, don César del Prado, auxiliado en la práctica de las diligencias por el oficial de la secretaría. Reconocido el cadáver, el cual estaba paralelo a la pila de ladrillos, resguardado por ella, sobre unos sacos de paja y a una distancia de cuatro metros, aproximadamente, del pretil del río, en posición decúbito supino, se le observó en el lado izquierdo del frontal una tremenda contusión, de la que había manado abundante sangre, a juzgar por las huellas que se extendían a lo largo del cuerpo de la víctima y aparecían estampadas en la pila de ladrillos, en el suelo, y en un carrito de mano que se hallaba próximo.
La contusión debió producirse con un barrón de hierro de un metro veinte de longitud, con forma de palanca en su parte inferior, de los empleados en las obras de construcción para desplazar gruesos bloques de piedra, el cual se hallaba a pocos centímetros de la cabeza del cadáver, abundantemente manchado de sangre y de partículas de masa encefálica, las que también aparecían en buena proporción junto con la sangre derramada.
A pesar de lo desfigurado del cadáver, éste parecía corresponder a un hombre de veintitantos años, de complexión más bien robusta, pulcramente afeitado y con los cabellos recientemente cortados. Vestía americana oscura y pantalón café con leche claro, a rayas blancas, camisa blanca con rayas encarnadas, un pañuelo negro al cuello, calzando calcetín de color oscuro y sandalias también de color.
La primera persona en presentarse al juez fue el encargado de las obras del paseo del Ebro, Ángel López Ramos, de veinticinco años, albañil, domiciliado en la calle del Clavel, número diez, quien afirmó se trataba de un obrero de los que prestan sus servicios en los trabajos de consolidación del templo del Pilar, añadiendo que hacía ya tres o cuatro noches que se quedaba a dormir en el recinto donde de manera tan trágica le sorprendió la muerte.
Casi simultáneamente, el juez tenía noticias por otro albañil, llamado Juan Campos Aso, de cuarenta años, de que el muerto fue visto a las siete de la mañana del viernes, día 12, durmiendo en el interior de un cajón con paja que existe dentro del recinto vallado, y a poca distancia de donde se cometió el crimen.

La víctima (en la foto de arriba) decía en vida que se llamaba Fernando Vives, pero en la época se generaba menos papeleo que hoy y no era rara la suplantación de identidades. La Policía de Zaragoza se lanzó de cabeza a confirmar el nombre de la víctima. Miró en los archivos y ¡bingo!, resultó que seis años antes había detenido a un Fernando Vives. El funcionario encargado del gabinete antropométrico fue al depósito de cadáveres para tomarle las huellas dactilares a la víctima. Pertenecían a la misma persona. Una vez confirmado ese punto, mientras se trabajaba en la autopsia y se elaboraba un informe del escenario del crimen, los agentes empezaron a trabajar en dos direcciones: averiguar el comportamiento y posibles enemigos de Fernando Vives, y establecer, minuto a minuto, los últimos movimientos de la víctima.

Fernando Vives era natural de Zaragoza, donde vivió su niñez en compañía de su padre, empleado que fue de la empresa Quintana, en uno de los salones de espectáculos de los que es propietaria dicha razón social, y fallecido el año pasado. Disgustos frecuentes en el seno de la familia obligaron más de una vez a Fernando a abandonar el domicilio paterno, entregándose con lamentable frecuencia a una vida harto desordenada. El protagonista de este suceso trabajaba como andamista a las órdenes del patrono José Rodrigo, el cual no ha reparado en dar buenos informes suyos, por lo que al trabajo se refiere, añadiendo que entre los compañeros no se le conocía ninguna malquerencia. De los antecedentes numerosos que a estas horas obran en poder de la policía, se ha podido deducir que el muerto vivió algún tiempo en la calle de Cereros, número trece, yéndose a vivir con una mujer llamada Pilar, de 22 años, domiciliada en el número cinco de la calle de los Estudios, con la cual hizo vida marital por espacio de un mes, y de la que hubo de separarse hará unos quince días a consecuencia de disgustos habidos entre ambos, sin que desde entonces hubieran vuelto a verse. Últimamente iba a diario a comer y a cenar a la calle de Don Juan de Aragón, número 30, casa de comidas de Luiz Briz Marqués, durmiendo, como ya se ha dicho, a la intemperie. Otra temporada estuvo comiendo en una taberna situada en la plaza de la Libertad, número 28, propiedad de Francisco Tafalla Sobirón, el cual ha informado de que durante el tiempo que acudió a su casa hacía vida bastante desordenada, alternando con gentes de mal vivir, y que se marchó dejando a deber al tabernero la cantidad de doce pesetas. 
A las seis de la tarde del sábado terminó Fernando Vives su trabajo y se encaminó, acompañado de su compañero Jesús Vicente Gabate, de veinte años, domiciliado en la calle del Trovador, número siete, segundo, y como Fernando, peón de albañil en las obras de restauración del templo del Pilar, al domicilio del contratista don Pascual Borruey, donde percibió cuarenta y ocho pesetas, importe de los jornales devengados durante la semana. Ambos marcharon luego a la taberna de la calle de Don Juan Aragón, donde Fernando entregó a su posadero treinta y una pesetas y quince céntimos, a que ascendía la deuda contraída por la manutención de toda la semana. Desde allí se dirigieron a la plaza de la Magdalena, donde Fernando adquirió un pantalón y una camisa, pagando por dichas prendas diez pesetas y media. El resto debió consumirlo en pequeños gastos que se desconocen, porque cuando a las diez de la noche salía de la taberna nuevamente, después de haber cenado, tuvo que pedir a  los dueños dos pesetas prestadas, única cantidad con que debió salir de casa la citada noche. Antes de salir dijo al dueño de la tienda que no le hicieran almuerzo para el domingo y sí solo que le preparasen café para desayuno a las nueve de la mañana. Desde esta hora de las diez de la noche, hasta el momento de ser encontrado el cadáver, se ha perdido toda pista que permita un esclarecimiento rápido de lo sucedido.

Eso sí que era vivir ‘al día’. El forense estableció la hora de la muerte en torno a las dos de la madrugada, y la Policía prosiguió sus investigaciones:

Un registro en la tienda de la calle de Don Juan de Aragón, donde se alimentaba Fernando, dio por resultado el hallazgo de un pantalón, camisa, un par de calcetines y una boina en mediano uso y que los amigos han reconocido como pertenecientes al protagonista de este suceso. En uno de los bolsillos apareció un carnet del Sindicato Obrero de Construcción de Edificios, al cual pertenecía la víctima en calidad de vocal de la directiva, y extendido a nombre de José Pérez Navarro, clasificado como peón, y cuyo documento de identidad lleva el número 566. 
Uno de los últimos incidentes ocurridos en la alterada vida de Fernando Vives es el relatado por su primo Luis Galán López, de dieciocho años, pintor de oficio, domiciliado en la calle de Torrellas número cinco. Hará unos cinco meses, una noche, se encontraba Fernando en un baile de los que era asiduo concurrente, y, al marcharse, lo hizo apoderándose de una gabardina perteneciente a un individuo llamado Sebastián, que trabaja en una ebanistería de la calle de Palomar. El perjudicado requirió varias veces a Fernando para que le devolviese la prenda sustraída, y éste iba dando evasivas al asunto, llegando a exasperar a Sebastián, que llegó a lanzar una frase parecida a ésta: “Hace unas noches que vamos en busca de Fernando, y donde le encontremos vamos a darle un palizón”.

La policía volvió a ‘peinar’ la parroquia de la tienda/taberna de Don Juan de Aragón y logró establecer los últimos movimentos de la víctima. En uno de sus bolsillos había aparecido un tíquet con el número 77:

A las nueve, poco más o menos, después de breves libaciones en la casa de comidas de la calle de Don Juan de Aragón, en las que alternaron con él algunos amigos, Fernando marchó a una barbería que, en la  calle de Gavín, número 4, posee Florentino Beneded, siéndole rasurado y cortado el pelo por el dependiente del establecimiento, Aurelio Gámez Aranda. Desde allí marchó a cenar y, cuando a las diez se decidió de nuevo a marchar a la calle, es cuando tuvo necesidad de pedir a su patrona las dos pesetas de que antes se habla. Entonces el Fernando se trasladó a un baile que se celebraba en la calle de Belchite (barrio de Utrillas), adquiriendo una entrada, que llevaba el número 77 y que fue la última despachada aquella noche por los organizadores del baile, y que coincidía con la que fue hallada en uno de los bolsillos de la americana que vestía la víctima. Hasta la una de la madrugada estuvo Fernando Vives en el baile de la calle de Belchite, en el cual no fue protagonista de ningún incidente ni discusión alguna. Como a esa hora ya no hay en funcionamiento tranvías en dirección de Utrillas, Fernando debió regresar a pie hasta el lugar en que se acostaba, donde, con arreglo a todo cálculo, debió llegar próximamente a la una y media o dos menos cuarto de la madrugada.

Es decir, casi hasta la misma hora de su muerte. Pero nada estaba claro, ni mucho menos. ¿Cómo era en realidad Fernando Vives? ¿Un hombre cumplido y sin enemigos, como lo pintaban sus compañeros de trabajo? ¿o un vividor siempre falto de dinero, como apuntaban otros indicios? ¿Quien lo mató? ¿Alguien que trabajaba con él? ¿El que sufrió el robo de su gabardina? ¿Alguien con quien discutió o al que debía dinero? Por si fuera poco, la Policía supo que las relaciones con su padre, y especialmente con su madrastra, eran pésimas, hasta el punto de que prefería dormir al raso en la ribera del Ebro que en la casa familiar. Así estaban las cosas en las primeras 48 horas del crimen, esto era lo que publicaba HERALDO el martes 16 de septiembre, sumando a punto y seguido los acontecimientos de las últimas horas.  Y entonces fue cuando la Policía realizó una detención. ¿Y a quién detuvo? Pues como en las novelitas tradicionales recomiendan aquello de ‘cherchez la femme’, eso es lo que se hizo, detener al que entonces era el compañero sentimental  de la mujer con la que había convivido la víctima. El hombre negó tener relación alguna con los hechos. Y es más, negó incluso conocer a Fernando Vives, y ahí es donde se perdió. Porque la Policía, antes de interrogarlo, había hecho muy bien su trabajo. Había realizado cientos  de pesquisas e indagaciones, y había logrado atar algunos cabos. Existían testigos que aseguraban haberlos visto a los dos comer juntos días antes del crimen. Luego sí se conocían: estaba mintiendo. Resultaba, además, que cuando Pilar O. V. había iniciado su convivencia con Fernando Vives acababa precisamente de abandonar al detenido, un barrendero municipal de 56 años, Luis C. E., viudo y con una hija religiosa de Santa Rita. Y, por si fuera poco, cuando la Policía registró sus pertenencias encontró una boina manchada con pequeñas gotitas de color rojo. La cosa parecía clara. Pero, llevada con toda urgencia la boina a un laboratorio para que la analizaran, resultó que las manchas no eran de sangre humana.  Así que vuelta a empezar, nuevo interrogatorio a los acusados, tres días después de cometerse el crimen. Esto es lo que dijo Luis C. E. a la Policía:

-El sábado último, terminado mi trabajo y luego de cobrar mi jornal, me marché a casa donde, luego de entregar a la Pilar algún dinero y cenar, me retiré a descansar con ella y la nena de dos años, hija suya. Minutos antes de las cinco de la mañana sentí al vigilante que entraba en el patio a llamar a un vecino y le pregunté qué hora era, respondiéndome aquel que eran las cinco menos diez minutos. Entonces me volví a acostar, levantándome a las cinco y media para ir al trabajo. Desde casa fui a la taberna de don Sebastián, Coso, 204, a tomar, según mi costumbre, una copa de vino blanco con aguardiente, marchando a continuación a las cuadras del Ayuntamiento a tomar el servicio, consistente en el barrido en unión de otro compañero del trozo comprendido en el paseo del Ebro desde la entrada del puente de Piedra a la desembocadura de la calle de Antonio Pérez. Sin el menor incidente estuvimos barriendo en la zona indicada desde las seis de la mañana hasta las ocho, hora en que marché de nuevo a casa para tomar el almuerzo, regresando al trabajo a las nueve. Media hora llevaríamos barriendo, cuando vimos por entre los listones que forman la valla de las obras del embellecimiento del Ebro a unos chicos que corrían, unos guardias y oímos que unas mujeres que pasaban a nuestro lado decían que había aparecido un hombre muerto.
Sin curiosidad alguna asegura el Luis que se apercibió de todo esto y que siguió barriendo como si nada sucediese, y que únicamente cuando a su paso natural llegó a la altura del lugar ocupado por el cadáver se acercó a la valla, viendo los pies de un hombre que estaba tendido en el suelo. El barrendero dice que continuó normalmente su tarea hasta las doce menos cuarto, hora en que se retiró nuevamente a su domicilio para hacer con la Pilar su comida del mediodía. Interrogado sobre si conocía o no al muerto, el barrendero se limitó a relatar de nuevo sus interrumpidas relaciones con Pilar, haciendo ver que Fernando entró en la casa el mismo día que él la abandonó, añadiendo que para él el Vives era un desconocido hasta entonces. Posteriormente, cuando ya su amante y Fernando vivían juntos, un día fue a buscarle Luis a la casa de comidas de la calle de Don Juan de Aragón, número 30, para decirle que se proponía ir a casa de la Pilar para recoger unas sillas de su propiedad que allí había dejado, respondiéndole su rival que no lo hiciera, ya que él estaba dispuesto a pagárselas.
Cuando el comisario le hizo ver en la contradicción que había incurrido al decir que no conocía al muerto y poco después confesar que sí, el barrendero, con extraordinaria serenidad, dijo:
-Negándolo todo, será difícil probarme nada.
Esto fue una razón más de afianzar las sospechas ya iniciadas, toda vez que hace pensar en una decisión rotunda de negar por sistema cuanto pudiera comprometerle. Se sabía que Luis C., cuando rompió con su amante por voluntad de ella y a causa de que estando sin trabajo no podía llevar dinero a casa, durante los días que ella hizo vida marital con Fernando acomtumbraba a rondar la casa de día y de noche. Al ser interrogado sobre este extremo, respondió que era cierto, que solo lo hacía con ánimo de ver a la pequeña hija de la Pilar, por la que sentía gran afecto. 
Después se ha sabido que el Luis algunos de esos días dejó pagados unos churros para la niña, y que en cierta ocasión se presentó en la casa número 29 de la calle de Don Juan de Aragón, donde Pilar trabajaba como lavandera, tomando a la criatura en sus brazos y llevándola al médico don Baltasar Navarro por creerla enfermita, lo que comprobó el galeno, extendiéndole una receta que el mismo barrendero presentó en la farmacia, pagando el medicamento de su modestísimo peculio. Otro detalle sentimental es que cuando la Pilar fue llamada a la Comisaría de Vigilancia el mismo día del crimen, Luis permaneció varias horas llorando desconsoladamente. Este llanto lo explica él en sus declaraciones diciendo que le producía gran preocupación la suerte que ella pudiera correr hasta que no se esclareciese el suceso.
 

El 20 de septiembre, cinco días después de cometerse el asesinato, el juez dictó auto de procesamiento contra Luis C. No he encontrado la noticia del juicio y la consiguiente sentencia, así que, lamentablemente, una vez más no puedo ofrecerles el final de esta historia, donde nadie era lo que parecía. La verdad es que la conducta y las declaraciones de Luis C. resultan muy sospechosas, pero el caso es que pruebas, lo que se dice pruebas tangibles, no las había más allá de las meras contradicciones. Y con Luis C. detenido y toda Zaragoza convencida de que había sido el asesino, sucedieron cosas extrañas.
El amigo más íntimo de la víctima iba asegurando a quien quisiera oírle que mejor haría la Policía en apuntar en otra dirección. Fue interrogado, se comprobaron los indicios que apuntaba y todo quedó en nada.
Se procedió a un nuevo examen de la escena del crimen y salió a la luz en una piedra lo que parecía la mancha de una mano tintada en sangre; se analizó en laboratorio y se vio que no era sangre humana.
Los albañiles que trabajaban con la víctima contaron que en las últimas noches se habían producido pequeños sabotajes y hurtos en la parte vallada de las obras donde dormía Fernando y en el cobertizo en el que guardaban las herramientas. Se pensó así que los saboteadores podían haber cometido el crimen al verse sorprendidos por la víctima. Pero no se encontraron pruebas que respaldaran esta tesis.
Así que juzguen ustedes. Comprendo que puede resultar desalentador no saber cómo acabó la historia, pero tengan benevolencia conmigo, que uno hace lo que puede, y mírenlo por el otro lado. Lo bueno de las historias sin final es que cada uno puede elaborar su propia hipótesis y ser tan buena como lo que verdaderamente ocurriera.
Espero que el texto haya sido de interés. He resumido todo lo que he podido, tengan en cuenta que el crimen conmocionó a toda Zaragoza y el periódico, durante varios días, dedicó amplísima información al suceso. Solo me queda pedir disculpas por la extensión.

Y mañana…
León Salvador, el mejor charlatán de España

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Una respuesta a Un caso de CSI en 1930 y a orillas del Ebro

  1. javier dijo:

    Nada de disculpas Mariano, nada de ello. Las cosas requieren su exacta extensión para tener una buena comprensión. Y he entendido que la víctima fumaba, bebía, era obrero, iba mal de perras y, ¡encima! , hizo vida marital con una lavandera una buena temporada. Es decir que diose a la bebida y a la vida garufa y, claro, así se acaba siempre muy mal, queridos niños. El desenlace y la detención del otro amante de la misma lavandera de la calle Don Juan es propio de una investigación rauda y poco exacta de la policía que aplicó el viejo axioma de “se ven colillas, luego aquí han fumado”. Y Mariano, es mejor, mil veces mejor, esa especie de final abierto en el que ha quedado el asunto. Yo, puesto a escribir, y por echar mi cuarto a espadas, creo que el asesino no actuó solo y fue el chorbo al que le habían chorado la gabardina. Ahí queda esa hipótesis.

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