Muslares, El Bertín y la navaja albaceteña

ratero

Bueno, antes que nada debo recordar que estamos recogiendo adhesiones para que se le dedique una calle a los montañeros Rabadá y Navarro. Si cree que la merecen, mande un mensaje. Cuanto más respaldo tenga la iniciativa, mejor.

Y ahora pasemos a lo de hoy. Recordarán los lectores que dejamos a Muslares sumido en un mar de perplejidades. En una ciudad aparentemente tranquila, como la que debía ser la Zaragoza de 1915, Muslares inició una semana de abril deteniendo a una jovencita que se dedicaba a entrar a servir en casas pudientes para luego desvalijarlas. Esa misma noche tuvo que detener a un hombre que apuñalaba a los paseantes en la calle de Alfonso I. Y cinco días más tarde, un parroquiano del Café Moderno mataba a tiros a un sacerdote. Pues bien, menos de 24 horas después, y con toda la ciudad especialmente sensible ante los hechos violentos, se vio obligado a hacer frente a otra crisis y prácticamente rescatar a un delincuente que estaba siendo apedreado por la multitud. El suceso, aunque insólito para la época, no retrata nada fuera de lo común. Pero lo traigo aquí por la frescura -en el más amplio sentido de la palabra- con la que el cronista lo relató: 

No ganamos para sustos. Esta será la primera consideración que se le ocurra al lector que tenga la paciencia de escuchar este relato hasta el epílogo. Un día se trata de un alcoholizado que ahuyenta, cuchillo en mano, a los pacíficos transeúntes de la calle de Alfonso; otro día es un loco que amartilla su Browning y penetra en un café lleno de gente y mata de tres o cuatro tiros a un indefenso parroquiano; y otro día, al siguiente, sin darnos tiempo para tomar un sorbo de agua de azahar, invadidos por el público los paseos, en un domingo de plena vida callejera, un ratero vulgar que a juzgar por el apodo debe de ser un hábil transformista -el ‘Bertín’- abre su descomunal albaceteña de siete puntos, manda unos ‘viajes’ a los guardias que le llevaban detenido y sa lanza por las calles y las rondas con ánimo de ensartar a todo bicho viviente sin pararse en barras y arrollando hasta la corriente del Huerva.
¡Pobre y mísero río! Podrá ser delicioso todo esto cuando no es trágico; podrá ser interesante el desarrollo de esta serie de películas cuando no pasan las lindes de lo cómico; pero así como de lo sublime a lo ridículo suele decirse que no hay más que un paso, vale más que éste sea un paso de comedia que no un episodio de tragedia. Y ahora vamos con la tercera película de la serie.
El hecho es que a las siete de la tarde, como decíamos, el público que transitaba por la calle de Bruil y por la explanada de Santa Engracia, vio con el susto consiguiente que un hombre en actitud descompuesta, empuñando una navaja de muelles de las más largas, se abría paso largando viajes a diestra y siniestra. La navaja era de las que asustan y, a la velocidad que llevaba el personaje extraño no era fácil detenerlo. Por lo cual algunos hombres y algunos chicos tomaron como arma de defensa las piedras que en aquella parte de la Ronda abundan por la reparación de la carretera que se está realizando.
El hombre de la navaja fue recibido con una lluvia de piedras y, ante el peligro, se arrojó al Huerva por la parte del pretil que cae frente al trinquete del paseo de los Plátanos. Una vez en la arboleda se decidió a cruzar el río para escapar. Se zambulló tranquilamente como quien va a tomar un baño y a nado pasó a la otra orilla. Seguía empuñando la terrible navaja dispuesto a defenderse. A todo esto el público no sabía si se trataba de otro loco peligroso o de un criminal fugitivo. Los ánimos estaban excitados. Toda la gente que a aquella hora llenaba la huerta de Santa Engracia y la que paseaba por las Rondas, se agolpó al pretil. En el paseo de la Independencia cundió también la noticia y la intranquilidad era general. Todo el mundo creía que se trataba de un caso semejante al de la calle de Alfonso.
A todo esto el extraño personaje seguía parapetado en la pequeña arboleda del río. Se ocultaba tras un árbol para librarse de la pedrea, a pesar de lo cual recibió algunos golpes. Como continuaba con el arma en la mano, dispuesto a huir y a pinchar, los guardias de seguridad que lo perseguían le obligaron a soltar el arma disparándole tres o cuatro tiros. El hombre soltó la navaja, que fue a clavarse en el barro de la orilla del río. Los guardias siguieron apuntándole para que no se moviera y, entretanto, algunos agentes de policía, guardias de Seguridad y municipales fueron a dar la vuelta al río por el paseo de los Plátanos, y descendiendo a la arboleda por junto a la caseta del guarda del citado paseo, pudieron detener al fugitivo. Entonces pudo aclararse todo y volvió la tranquilidad a los ánimos. No se trataba de un loco furioso, sino de un ratero fugitivo.
El ratero fue detenido en los porches por el guardia municipal núm. 20 y los de Seguridad núms. 29 y 54, en el momento en que estaba, según parece, maniobrando en un bolsillo. Como el lugar de la detención estaba cerca de ¡a comisaría, ¡os guardias, por evitar alarmas, renunciaron a cachear al detenido. Por la misma razón no quisieron amarrarlo. Al llegar a la calle de la Ronda, dio un alto, abrió la enorme navaja y largó un v¡aje a cada uno de los guardias, que se defendieron con la capa, y echó á correr acometiendo navaja en mano contra todo el mundo.
Cuando, ya una vez detenido, se le conducía a la inspección, hubo necesidad de no pocos esfuerzos para contener al público irritado. En la inspección se comprobó que el furtivo era Julián Salas, conocido por El Bertín, de 33 años, sujeto que ha sufrido innumerables quincenas y dos procesos por robo. Llegó a la comisaría chorreando sangre, con la ropa hecha jirones y cubierto completamente de barro. Daba verdadera lástima. Sus ropas dejaban un reguero de agua e iba tiritando de frío. Como primera providencia se le metió en el departamento de la higiene, donde se le curaron las lesiones, todas ellas leves. Llevaba una en la cabeza, producida por un golpe, sin duda que recibió contra una piedra al tirarse al río.
El jefe de la policía, Sr. Muslares, lo sometió a un interrogatorio y después de curado e interrogado pasó a un calabozo, desde donde más tarde fue conducido al depósito. Quedó a disposición del juzgado de San Pablo, porque el susto y la perturbación pública que ocasionó merecen algo más que un arresto gubernativo. La gente decía, no sin cierta razón, que en Zaragoza no se gana para sustos.
La empresa que organiza estos espectáculos y edita esta serie de películas, no ha tenido la bondad de comunicarnos cuál es la emocionante exhibición que nos reserva para hoy. Será lo más probable que al salir a  la calle nos encontremos una trinchera y, dentro de ella, a los locos, a los rateros y los borrachos. Que son, hoy por hoy, los verdaderos amos de Zaragoza. Después de todo esto, que nos digan si se puede vivir, y si no, que nos autoricen para salir de casa con una ametralladora sobre nuestros sufridos hombros. Este es el bello país del pim, pam, pum.

¡Vaya semanita, Muslares! ¡Y vaya con el último párrafo del colega periodista!
Y, por si acaso se han perdido algún caso de Muslares, ahí van los enlaces:

1. ¿Quién robaba el plomo de las torres del Pilar?
2. El comisario Muslares y el ‘timo de la guitarra’.
3. El comisario Muslares y el caso del botones desaparecido.
4. Muslares y el hombre que acuchillaba a los paseantes.
5. El dentista que asesinó a un cura en el café Moderno.

Y mañana…
La entrañable historia de la monja japonesa y el cartero de Alpartir

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