Bocadillos a 20 céntimos para combatir la crisis económica

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… el único problema es que la oferta no es actual, sino de 1935. La crisis económica está golpeando muy duro, pero ni es la primera ni será la última. La que empezó en el 29 fue sembrando las calles de parados y se produjo entonces un fenómeno curioso. Al igual que en Estados Unidos, hubo gente que salió con un carrito a la calle para vivir vendiendo comida rápida. Pero, a diferencia de lo que ocurría al otro lado del Atlántico, lo que se vendía aquí no eran perritos calientes ni hamburguesas, sino bocadillos de sardinas y ‘banderillas’.  Lean el reportaje, no se arrepentirán, especialmente si llegan aquí buscando costumbrismo aragonés. Este es del bueno: febrero de 1935, el genial Emilio Colás escribiendo el texto y el también genial Guillermo tomando apuntes del natural para ilustrarlo:

-Mire usted -nos ha dicho un popular ‘industrial’ establecido en la acera de los nones de esa vía tan zaragozanísima que se llama del Cinco de Marzo-, con este negocio, si es que se le puede llamar negocio a la venta ambulante de menudencias comestibles, no ganamos ni la mitad de lo que percibe como jornal cualquier obrero… ¡Pero la mayoría de ‘este gremio’ somos obreros parados, que llevamos dos, tres o más años sin ‘verlas venir’!… Y, naturalmente, nos hemos agarrado a esto, en donde mal que bien sacamos los garbanzos a diario.
-Porque nosotros -interrumpe otro comerciante- y dígalo usted bien claro en el periódico, hemos preferido dedicarnos a trabajar, sea como sea, antes que…
La frase no se ha atrevido a terminarla, pero la hemos adivinado. Y esto es lo que más nos ha movido a ocuparnos de estos hombres humildes, industriales de la calle, que agotados todos los medios de buscar trabajo para asegurarse la diaria pitanza, un buen día se proporcionaron un cajón con dos ruedas -ellos le llaman el carrito, porque son de un optimismo encantador-, compraron en un almacén de comestibles unas cuantas viandas y se lanzaron por esas calles de Dios con un pregón que era toda una invitación a los inapetentes…
-¡Meriendas a veinte!…
De esto hace unos tres años. Hasta entonces no se conocía en Zaragoza esta modalidad mercantil. Y no estaba del todo mal la innovación. El transeúnte, que llegada la hora de media tarde sintiese unas significativas cosquillas en el estómago y anduviese escaso de numerario metálico, ya no habría de apurarse al no poder entrar en un bar o un café a satisfacer su deseo. Allí, en medio del arroyo y por muy escasos céntimos, podía dar gusto al cuerpo y hacerse la ilusión de que merendaba como cualquier señor. ¡Bienvenidos estos nuevos comerciantes, que a tan poca costa se proponían apagar las desganas de todos los viandantes que lo necesitasen!
-¿De qué se componen los bocadillos que ustedes expenden? -hemos preguntado a Gregorio Alcalde y Emilio Sánchez, los dos industriales de la merienda callejera con quienes nos hemos entrevistado para hilvanar esta información.
-Pues, según el precio, así es la mercancía -nos han respondido-. Porque ha de saber usted que tenemos bocadillos a veinte, a treinta, a cuarenta y hasta de cincuenta céntimos. A estos últimos les llamamos ‘bocadillos burgueses’, ya que, como usted bien comprenderá, no están al alcance de todas las fortunas…
Resulta que los bocadillos de a veinte se componen de un panecillo y dos sardinas, bien en aceite, bien en escabeche. En los de treinta céntimos varía el contenido, que es de butifarra catalana. En los de cuarenta se compone el relleno de tres ronchas de salchichón. Y en los de dos reales, de jamón…
-¡Ah! -nos advierten-. Puede usted hacer constar que los panecillos son tiernos, del día…
-Sí -confirma el otro-, porque hay expendedores que se aprovechan a lo mejor de la candidez del parroquiano que les cae en turno ¡y les sueltan un bollo más duro que un coscorrón!
Pero, afortunadamente, esto ocurre muy pocas veces. Se trata de una industria completamente honrada, sin mixtificaciones.
-¡Y con mucha limpieza! -agregan a dúo.
Y ello es una verdad que comprobamos nosotros mismos. Porque los bocadillos los fabrican a la vista del público (para que no haya engaños) y muy finamente se valen para confeccionarlos de un cuchillo y un tenedor.
-¡Sin manosear la mercancía! Dígalo usted así…

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Como tampoco obran de ligero al confeccionar las banderillas. Esas banderillas que en todos los bares venden a ‘diecito’ y ellos -¡magnánimos que son!- las despachan a perra chica la pieza.
Unas banderillas que se componen de su trocito de pepinillo en vinagre, su anchoa y su olivita. ¿Para qué más?… Por cinco céntimos no se pueden hacer milagros realmente.
Para buscar estas meriendas hay que encaminarse a determinados lugares. El Ayuntamiento no permite a estos industriales que se sitúen donde mejor les plazca. Y así vemos que los hombres del carrito o de la mesita -que algunos no pueden disponer de carro- se instalan desde las nueve o las diez de la mañana en las calles de San Miguel y Cinco de Marzo, o en la plaza del Carbón, o en la plazuela de San Roque…
Los domingos se permiten hacer algunas incursiones por otros barrios. Y no es extraño verles, por ejemplo, en la puerta del Iris Park (buscando la concurrencia de las mocitas y mocitos que acuden al baile) o en la calle de Fuenclara (para salir al paso de la chiquillería que visita aquel cine barato). Eso sí, se respetan unos a otros los puestos con verdadero rigor. Y satisfacen puntualmente al guardia encargado de cobrarles el arbitrio la cantidad de seis reales diarios. Ni que decir tiene… Pero estos establecimientos ambulantes aparecen la mayoría de las horas rodeados de chiquillos. Para los chicos, una perra chica o una perra gorda, constituye un capital con el que muchas de las golosinas que se expenden en el carrito de las meriendas, se hacen asequibles a sus posibilidades de bolsillo.
Aunque lo cierto es que la flor y nata de la chiquillería zaragozana se la lleva ese hombre -otro industrial callejero- que porta majestuoso el cetro del que sobresalen como espinas de la tentación, para la grey infantil, los ‘pirulís’… Ese dulce sugestivo por su nombre y por el palito que lo sostiene y por la envoltura de papel de seda que lo cubre.
No vayáis a pensar, sin embargo, que sean los chicos los mejores clientes de estos merenderos de la calle. Abundan,entre la parroquia, las modistillas y los estudiantes, y los menestrales y los oficinistas de poco sueldo… ¡Y hasta las señoritas!
-¿Las señoritas? -preguntamos con asombro.
-¡Anda!… ¡Pues ya lo creo!… ¿Qué se figura usted?… Lo que pasa es que no se entretienen en comer lo que piden. Vienen hasta el puesto, se llevan media docena de banderillas bien empapeladitas y se marchan con el envoltorio a comérselas a los jardines de la plaza de Salamero o al vestíbulo del Frontón Cinema.
-¿Y los soldados? -les preguntamos-. ¿Qué tales parroquianos son los ‘sorches’?
-No están mal. Pero no compran bocadillos. Se inclinan más por las pilongas, o los cacahuetes, o las chufas, o las bellotas, o los caramelos… que de todas estas menudencias están bien provistos nuestros establecimientos.
-Diga usted que lo que pasa -interrumpe el otro- es que por lo visto dieron orden en los cuarteles de que no comieran nada en la calle, porque luego no probaban el rancho… ¡Y claro! Se limitan a entretener el apetito.
Desde luego lo que parece demostrado que la mejor época para su negocio es la temporada que se avecina: la primavera. Y ello se explica porque en el invierno, cuando azota el frío, ¿quién es el guapo que se detiene en la calle?…
Eso sin contar con la competencia que les hacen las castañeras y las ‘patatas asaditas que jumean’… Como en el verano. Las galletas americanas y los polos, que también les dan la puntilla. Pero, en resumen de cuentas, la cuestión es que una veintena de hombres, de los más variados oficios -un barnizador, un fontanero, un albañil, un pintor- han encontrado la fórmula de buscarse el cocido… Son unas cinco pesetillas diarias de ganancia las que vienen a obtener estos industriales del arroyo…
-¡Menos que el jornal de cualquier obrero!—como dicen ellos mismos.
Que efectivamente es verdad. ¿Pero no sería peor para todos ellos tener que pasarse las horas muertas al sol?… Sobre, que han venido indudablemente a llenar un vacío… El de los que quieren merendar por poco dinero. Porque, ¿a ver quién da más substancia por menos calderilla?…

Y esto es todo por hoy. Debo recordarles que se agota el plazo para suscribir la petición formal de una calle para los escaladores Rabadá y Navarro. Si quiere respaldar la iniciativa, pinche en el enlace y deje un mensaje. Su dirección de correo electrónico no aparecerá publicada.

Y mañana…
Baldomero, el zahorí que vendía los ‘iguales’

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