La peor pesadilla de un comerciante de Sangüesa

sanguesa

 

No voy a extenderme hoy mucho, porque la crónica es larga. Se publicó originalmente en octubre de 1922 en el ‘Diario de Navarra’, de ahí que el texto califique al protagonista de la historia como “nuestro paisano”.

Bueno, hay cosas en la vida que, si no sucedieran alguna vez, era como para golpearle en la tripa al que las contaba, llamándole guasón. Lo que vamos a contar es rigurosamente cierto, aunque parezca un argumento de película de esas de serie. Puede que en algún detalle haya algo que discrepe de la realidad, pero desde luego respondemos que los hechos, en conjunto, se desarrollaron en la forma pintoresca y a la vez macabra que vamos a relatar.
El protagonista de este sucedido es un comerciante de Sangüesa, que viaja a su casa, un importante comercio de tejidos de aquella histórica ciudad. No respondemos que el protagonista se apellide Prieto, aunque creemos que sí. Lo que aseguramos es que, llamóse Prieto o no Prieto, flojo desde luego fue el susto que le pegaron allá en una fonda de la villa aragonesa de Sádaba.
A ella llegó nuestro hombre hace unas cuantas noches en viaje comercial, portando una considerable cantidad que le traía un poco receloso e inquieto. ¡Hay que ver con los robos que se cometen en los trenes, en las fondas y en donde menos se piensa uno…!
Y como en la confianza está el peligro, a nuestro hombre se le antojaban los dedos huéspedes, creyendo ver en todas partes el hombre desalmado que había de arrebatarle el dinero que con tanto cuidado y recelo llevaba en su cartera. Lo primero que hace un viajero cuando llega a una fonda es saludar, claro que dando por supuesto que es educado. Y, a continuación, aunque no lo sea, pide un cuarto para asearse y descansar.
-Pues no tenemos más que éste -le dijieron- mostrándole una habitación con dos camas, una de las cuales, por los vestigios que en ella se notaban, pertenecía a otro huésped, que a la sazón se encontraba fuera de la fonda.
-El caso es…  -murmuraba el sangüesino oprimiendo receloso con el brazo el costado donde guardaba la cartera-. El caso es… que yo quisiera un cuarto de una sola cama.
-Pues no hay -le respondió amable y a la vez terminante la hostelera-.
-Bueno, pues me quedaré.
Y desde aquel instante que dijo eso, formó el decidido propósito de no dormirse aquella noche. ¡A saberlo quién sería el punto que le tocaba de compañero de cuarto…!
Cenaría, se iría al Casino para matar el mayor tiempo posible de la noche y luego se echaría en la cama dispuesto a no dormirse en espera de la hora temprana que había de emprender el viaje de regreso a Sangüesa.
Y como lo pensó lo hizo. Se fijó en el número de la habitación, que debía ser el 3, cenó con más apetito que tranquilidad y se fue a tomar café al Casino, resuelto a matar allí el rato.
Entre envidos, chamelos, charlas anodinas, tal cual carambola por tabla, los rumores de crisis que traían los periódicos, bocanadas de humo y alguna copilla que otra, fue desfilando la gente y nuestro hombre se iba quedando solo, teniendo por delante una noche de intranquilidad.
Para que digan, luego, que el dinero da la felicidad. iLe doy así! La una de la mañana. La una y media. El conserje empieza a bostezar. El camarero murmura. Nuestro hombre se ve solo, paga y se va a la fonda. ¡Sea lo que Dios quiera!
Sube cautelosamente las escaleras, cruza un pasillo y se halla ante la puerta de su cuarto. Aquí es el 3. Empuja la puerta, enciende la luz y ve en una de las camas al otro huésped que esperaba verlo, profundamente dormido: tan dormido que no se le sentía respirar. Así da gusto, con gente que no ronca. Con tal que sea hombre de bien…
Y acariciando esta consoladora idea se echó en la otra cama, apagó la luz y encendió un pitillo dispuesto a fumarse tras este, otro, y otro, todo el paquete y siete más, antes que dormirse.
Colocó debajo de la almohada la cartera, aplastó contra ella, más que reclinó, su cabeza, y empezó a echar humo.
El sueño se le venía encima; ¡otro cigarro! “No me vayan a robar”. Se va amodorrando, ¡otro cigarro! “¿Y si me roban?”. “Horror, no quiero ni pensarlo”, ¡otro cigarro!… Que se duerme, que se duerme… ¡ya se durmió!
Pero con ese sueño intranquilo y ligero del que tiene una honda preocupación; la de tener mucho dinero, con la idea fija de que pueden robarle.
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¡Socorro! ¡Ladrones!
¡Horror!… A los pies de su cama había un ataúd y junto a él dos hombres, carpinteros, sepultureros, ¡el demonio! que se disponían a cogerlo para encerrarlo en el fúnebre y negro cajón.
Los hombres del ataúd, presos de un pánico indescriptible, salen horrorizados de allí a todo correr, como alma que lleva al diablo. Uno de ellos se lanza por la ventana a la calle y se rompe una pierna; el otro emprende escaleras abajo una fuga apocalíptica, llevando retratado en el rostro el horror de un caso sobrenatural; el viajante sangüesino salta en paños menores de la cama, tropezando con la tapa del ataúd, que al cerrarse produce un ruido seco de muerte, helador, dejando abandonada la cartera con sus dineros debajo de la almohada, y en toda la fonda se produce un griterío y una confusión muy semejante a los angustiosos momentos en que el barco se hunde en alta mar, sorprendiendo al pasaje, durmiendo en sus literas.
Solo un huésped, el de la cama de al lado, el que dormía como un bendito, sin roncar, permanecía quieto en su cama, sin chistar ni moverse, ajeno por completo a la catástrofe que se estaba desarrollando.
¡Vaya tranquilidad!
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“¡Mi dinero, mi dinero!”
Se le sacó el dinero de debajo de la almohada y las ropas para que se vistiera.
Todo había sido una de confusiones tan enredadas y coincidentes, que vinieron a hacer más horrible la noche intranquila que ya sospechaba iba a pasar nuestro paisano.
En vez de meterse en la habitación número 3, que es la que le habían designado, se “coló” por equivocación en la 13, donde, como en la otra, había dos camas y en una el huésped que esperaba encontrar.
Lo horrible del caso fue que el huésped que con tanto recelo estuvo mirando y espiando hasta sus menores movimientos ¡era un muerto! que de madrugada habían de llevárselo al cementerio; y los hombres del ataúd, en vez de  dirigirse a la cama de la izquierda, donde estaba el muerto, se fueron por equivocación a la de la derecha, donde estaba el vivo… y ¡aquí fue Troya!
Para los hombres del ataúd, el caso era para quedarse convertidos en estatuas de sal: ahí es nada un muerto que resucitaba. Y para el sangüesino era como para volverse loco; dos hombres que se disponían a encerrarlo en un ataúd para borrar para siempre el menor rastro de tan horrible crimen. ¡Una cosa atroz!
Esto se está contando estos días por Cinco Villas de Aragón, y por toda la Merindad de Sangüesa, y hay de todo, unos que se indignan hasta la ferocidad, y otros que se caen al suelo de risa con las tripas hirviendo. Nosotros, lector amigo, como nos lo contaron te lo contamos…

Y mañana…
Los trapecistas que entrenaban a orillas del Huerva

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