El perro que acudía solo a la consulta del veterinario

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¿Se acuerdan de ‘Canelo y los seis pequeños héroes de las Delicias? La historia tuvo luego su continuación porque, afortunadamente, localicé e hice una una entrevista al único de los seis pequeños héroes que todavía vive. Pues bien, hoy recupero una historia bastante parecida y prácticamente coetánea, puesto que se publicó a finales del mismo año, 1933. El reportaje ocupaba casi una página completa e incluía nada menos que cuatro fotografías, algo absolutamente insólito en aquel momento y prueba clara de lo mucho que gustaban (y emocionaban) este tipo de historias en aquellos años. La verdad es que no deja de sorprenderme. Sería como para pensar que la sociedad española de la época era un poco cándida y estaba dominada por una ternura casi infantil, si no fuera porque apenas tres años más tarde estallaba la guerra civil y los españoles nos matábamos con la saña que reservamos para las guerras civiles. 
En fin, parece que este ‘Baby’ se hizo muy famoso en el barrio del Gancho:

‘Baby’ es un perrito que todavía no ha cumplido el año de existencia. El padre de ‘Baby’ se llama ‘Madroño’, y es un perrazo enorme de esos que se emplean para guardar las fincas. Está avecindado en una ‘torre’ de Casa Blanca.
La madre del protagonista de nuestra historia tiene un nombre romántico. Se llama ‘Elma’ y es menos casquivana que casi todas las de su raza. Pertenece a un conocido industrial de la calle de la Democracia.
Bueno. Pues ‘Baby’, al venir al mundo, tuvo la suerte de caer en las mejores manos que podía soñar. Fue a parar a una modesta vivienda de la calle de las Armas -esa arteria tan populosa y bullanguera del Mercado- a un piso habitado por un feliz matrimonio. Paco Marín se llama el marido y Resurrección Monreal la mujer. Comisionista de artículos alimenticios el cabeza de familia, y muy popular en todos los cafés y bares. Los dos, marido y mujer, chiflados por los animales. Poseedores de cuatro canarios, tres gatos. ‘Rogaciano’ se llama el más hermoso de los felinos, porque nació el día que se estrenó aquella comedia que tanto éxito proporcionó a Valeriano León y Aurorita Redondo, titulada ‘¿Quién te quiere a ti?’ .
Lo que dice la buena mujer, queriendo disculpar esos buenos sentimientos por los bichos que a tantas gentes les provoca infundadamente una mueca de burla:
-Sabe usted ¡Como no tenemos hijos!…
El caso es que ‘Baby’ fue a parar en el seno de esta familia y, claro está, se hizo el amo de la casa. Para él fueron desde entonces los mayores mimos y los mejores regalos. Pero estaba escrito, por lo visto, que para ‘Baby’ no podía haber dicha completa. En la madrugada del día de San Pedro -Paco Marín lo recordará siempre-, ‘Baby’ regresaba a su casa acompañando a su amo y dos amigos de éste. Serían sobre la una y media o las dos, y a esas horas el tránsito de los perros por las calles ya no supone tantos peligros como de día, por el menor movimiento de circulación rodada. Dicho está con esto que ‘Baby’ caminaba por la calzada alegre y confiado. Era un perro completamente feliz. Amos cariñosos, pitanza segura, paseos por la noche tomando el fresco como cualquier señorito… ¿Qué más podía apetecer? Pero la desgracia le acechaba… De repente, al cruzar por el Coso, frente a la Audiencia, he aquí que aparece marchando a toda velocidad un camión de esos enormes que arman tanto estrépito. ‘Baby’, que iría husmeando por el pavimento -ese vicio que no se les puede quitar a los perros de oler todas las basuras que encuentran- se vio de pronto bajo las ruedas de aquella mole inmensa.
Fue un grito de dolor del animalito, <!–oi del animalito,
que salió despedido de un bandazo hasta la pared de la casa solariega de los Luna y otro grito de angustia del amo del perro, que ya le considero cadáver. ‘Baby’ quedó hecho un ovillo, acurrucadito y arrojando sangre. Marín y sus amigos se acercaron solícitos al perro y vieron que aún abría lastimeramente los ojos. En seguida se hizo cargo del pobre chucho su dueño y apretó a correr con el animal en brazos hasta su casa. ¡Gran conmoción en la humilde vivienda!… Pero al mismo tiempo gran serenidad para afrontar la desgracia que se les había venido encima.
En realidad el perro estaba medio moribundo. ¡Bah! Con haberlo arrojado a la calle, junto a cualquier montón de inmundicias, despachados… Pero Marín y su mujer se cuidaron mucho de proceder tan villanamente. Y aunque la hora era por demás intempestiva, se presentaron con el animalito en casa de un veterinario amigo. El facultativo le examino y torció el gesto. La cosa era grave. Fuerte traumatismo y seguramente alguna fractura interna. Recetó un medicamento y allá que te van marido y mujer con el perro a cuestas en busca de una farmacia de guardia. El mancebo, al leer la receta, mostró su extrañeza. ¡La verdad era que molestar a esas horas por un perro…! Y se hacía de día cuando en el pisito de la calle de las Armas el matrimonio daba unas cucharadas de la poción a ‘Baby’, que agradecía con lágrimas en los ojos tanto sacrificio ¡Bien dijo aquel que dijo que una desgracia no viene nunca sola! A ‘Baby’ le enyesaron una de sus extremidades y el accidente parecía no haber tenido mayor importancia. Pero he aquí que un día, cuando ya parecía ir estando mejor, saltando de una cama al suelo, se le engancha la pata enferma entre los hierros del jergón y esta vez la fractura es más seria. De este nuevo accidente, apenas si se dieron cuenta los amos del perro. Solamente al correr de los días fue cuando comenzaron a percibir en la casa un olorcillo por demás sospechoso…
 

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¿Qué sería aquello?… -se decía el matrimonio-. Hasta que un día, como el olor fuese más fuerte que de ordinario, la mujer, ni corta ni perezosa, cogió a ‘Baby’ y se encaminó a la Escuela de Veterinaria.
-¿Podrían ustedes examinar a este perro? -dijo a los profesores-. Yo creo que tiene gangrena.
Los profesores comprobaron enseguida la suposición de la mujer. Efectivamente, aquel animal estaba en peligro inminente de perecer porque la gangrena había comenzado a hacer de las suyas.
-A este perro, si quiere usted que viva, y no le importa que sea cojo, habrá que operarle.
-Muy bien. ¡Si se queda cojo, qué le vamos a hacer! Opérenle ustedes.
Y a la mañana siguiente, el catedrático de la Escuela de Veterinaria, don Cristino García Alfonso y el profesor auxiliar don José Luis Martínez Lenguas, ayudados por los alumnos internos don Damián Borobia y don Eduardo Guajardo, procedieron a la operación de amputarle la extremidad anterior derecha a ‘Baby’. Al pobrecito ‘Baby’ que, como le anestesiaron, naturalmente, no sufrió en aquel momento ningún dolor, pero que pasó después unos días muy amargos. Eso sí. Tratado como cualquier operado de la mejor clínica. ¡Hasta caldo de gallina!…
Ya estamos viendo que más de cuatro ‘espíritus superiores’ exclamarán al leer esto:
-¡Muy bien hombre!… ¡Caldo y todo!… ¡Cuánto mejor sería emplear ese gasto en alimentar a un pobre…!
Sin tener en cuenta que las personas que son ‘capaces’ de hacer todo eso por un animal, son precisamente las ‘incapaces’ de negar un pedazo de pan y una limosna al pobre que llame a sus puertas… El que no tiene cariño a los animales, no lo puede tener tampoco a las personas.
El primer día que llevaron al perro a la Escuela de Veterinaria para levantarle la cura, después de la operación, causó el asombro de catedráticos y alumnos. Indudablemente, todo aquello que le hacían aquellos hombres tenía que ser dolorosísimo. Pero no lo parecía, a juzgar por el estado del animal. Ni una queja, ni un gemido, ¡nada!… ‘Baby’, cuando le comenzaron a curar, empezó a temblar y temblando se pasó toda la cura. Pero nada más.
-Vuelva usted pasado mañana -le dijeron a la dueña del perro- para volver a curarle.
La mujer, satisfecha y condolida por lo sufrido que había demostrado ser el animalito, al salir de la Escuela, se detuvo ante el puesto de una viejecilla que vendía ‘laminerías’ frente al Hospital.
-Déle usted una rosquilla al perro, buena señora -y alargó la moneda-.
-¿Qué? ¿Es cojo?… ¡Pobre animalico! -dijo la vendedora, al tiempo que devolvía los diez céntimos a la dueña de ‘Baby’-. Tenga usted. Le regalo la rosquilla.
A los dos días se dispuso la esposa de Marín a volver con el perro a la Escuela para que le curasen. Pero cuál no sería su asombro al abrir la puerta y ver que el perrito, cojo y todo, echaba escaleras abajo y ¡sólo! sin aguardar la compañía de la mujer, se encaminaba a Veterinaria. Cuando ella llegó allí ya salía ‘Baby’ del ‘cuarto de los remiendos’ tan campante. Y con su patita coja se dirigía al puesto de la vendedora de chucherías para que le entregase otra rosquilla. Sin duda pensaba -si es que los perros piensan- que puesto que había aguantado sin pestañear otra vez la curación, era merecedor también del sabroso premio. Y esto ha venido ocurriendo un día sin otro, desde hace quince hasta la fecha. Sólo va el perro a la Escuela de Veterinaria a buscar el remedio a sus dolencias, y sólo vuelve a su casa después de recoger la rosquilla, que es el premio correspondiente a su entereza. Cuando llega a la calle de las Armas, chicos y grandes le rodean. Se ha hecho famoso en el barrio, y todos le quieren y se disputan el acariciarle. Y a pesar de los sufrimientos pasados y de su cojera, ‘Baby’ es feliz. Y puede que alguna vez piense -si es que piensan los perros- que la Humanidad no es tan mala como parece…

Bueno, bueno…

Y mañana…
El torero al que no le ‘cogió’ el toro, sino un golpe de Estado

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4 respuestas a El perro que acudía solo a la consulta del veterinario

  1. Ejeano 55 dijo:

    Enternecedor relato. Gracias Mariano.

  2. Yolanda dijo:

    ¿Imaginas en la prensa actual una reseña tan larga y con tantos detalles de algo tan particular como que al perro de una pareja le atropelló un camión?
    Tienes razón, cómo hemos cambiado y…cómo esa sociedad se haría añicos a sí misma tres años después…

    Salud.

  3. Maria Pilar Paris dijo:

    Estoy completamente de acuerdo con Yolanda, y es verdad que los artículos actuales son muy diferentes de los de hace ciertos años. A mi me encanta leerlos, no es que critique los actuales, pero había como una especie de poesía y cariño en la manera de escribir antes. Hay que reconocer el m´rrito de Mariano, que nos permite descubrir y apreciar todas estas historias.

  4. Excelente relato. Antes el mérito se lo llevaba el dueño del animal por cuidarlo de tal manera; ahora sería el mérito de quien lo hubiera atropellado… Cómo hemos cambiado.

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