Amigos para siempre

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Seguro que recuerdan la historia de “Canelo y los seis pequeños héroes de las Delicias”. Muchos lectores me han comentado que querían saber más acerca de los protagonistas. La verdad es que la cosa estaba difícil, porque los hechos sucedieron a finales de 1932 (aunque la historia se publicó a principios del año siguiente). Han pasado ni más ni menos que 77 años, y era posible que ninguno estuviera ya vivo. Pero, así es internet, la historia -ya avisé que era como una botella con mensaje que enviaba al mar cibernético- fue rodando por la web y acabó llegando a Venezuela, donde vive desde hace décadas Antonio Montuenga. Los otros cinco, por desgracia, ya han fallecido. He tenido la fortuna de hablar con Antonio Montuenga un buen rato por teléfono, y con otros familiares de los protagonistas, y por eso les escribo ahora esto.

 

 

“Dígame una cosa. ¿A que ha notado mi acento? ¿Qué acento es?”. Al otro lado de la línea telefónica, Antonio Montuenga Zabal, de espíritu alegre a sus 89 años, suena como si nunca hubiera abandonado su barrio zaragozano de Delicias. “¿A que suena aragonés, eh? Nunca he perdido el acento y, lo que son las cosas, cuando hablo con alguien de Zaragoza, aún se me nota más”. Antonio Montuenga emigró con su hermano Fernando a Venezuela a finales de los años 40. Lleva, pues, casi toda la vida allí. Pero su corazón late aragonés. “Ya cuando me vine aquí me dijeron que el que se expatria se condena -dice- y esa es una de las grandes verdades que te acaba enseñando la vida. Cuando estoy aquí pienso todo el día en mi patria chica, y cuando he ido a Zaragoza he pensado siempre en la familia que dejaba aquí”. No se separa ya del oxígeno, y asegura que “como decimos aquí en Venezuela, estoy a punto de pasar el páramo”. Pero se le nota vital, alegre, incluso bromista.  A principios de 1933, Antonio Montuenga, junto a sus cinco mejores amigos, saltó a la primera página de los periódicos zaragozanos. Un hecho que algunos considerarán trivial, salvarle la vida a un perro, emocionó a todo Aragón porque constituyó una inusual historia de generosidad, altruismo y amistad inusual.  Se convirtieron en héroes, les rindieron varios homenajes.  
“Yo lo recuerdo todo perfectamente, como si fuera hoy, como si lo estuviera viviendo ahora- asegura Antonio Montuenga-. La Zaragoza de aquellos años, la de principios de los 30, era muy distinta a la de ahora. Era una ciudad muy buena, pese a que no había de nada. En la avenida de Madrid, donde vivíamos, apenas había un par de casitas, el castillo de la Aljafería, el paso a nivel del tren y mucho campo. Pero éramos muy felices…”.
Antonio Montuenga revela uno de los pequeños misterios que sorprendieron a muchos lectores actuales cuando leyeron la historia. ¿Por qué aparecen siete niños en la foto, cuando todos los conocían como los ‘seis héroes de Delicias’? “El más pequeño (Enrique Esteban, tercero por la izquierda) no intervino en lo de Canelo, solo se puso allí el día de la foto”, señala.
Así pues, los que se ven en la fotografía publicada en Heraldo eran, de izquierda a derecha, Antonio Esteban Martes (que entonces tenía 11 años), Antonio Montuenga Zabal (12),  Enrique Esteban (9), Fernando Montuenga Zabal (13), Julio Royo Lázaro  (11), Aurelio Royo Lázaro (12) y Jesús Lázaro Zaragozano (12).  Los hechos sucedieron de una forma ligeramente distinta a como los contó el periódico. “Los Montuenga, los Lázaro y los Esteban vivíamos en el mismo edificio, en una casa de la avenida de Madrid, número 10, justo donde nace la avenida de Navarra -rememora Antonio Montuenga-. Y un buen día, cuando bajábamos a la calle, apareció el perro en el patio de la casa, malherido. Le cogimos un montón de cariño desde el primer momento. ¿Quién ve a un animal herido y no se lanza a curarlo? Buscamos un saco y lo llevamos a un corral que había al lado. Juntamos todo el dinero que teníamos y con un par de perras gordas compramos algo para curarlo y leche y tripas para que comiera”. ¿Quién le puso el nombre? “No lo sé, pero tal y como tenía el pelo… era fácil”. Durante 3 ó 4 semanas los muchachos le dedicaron todo su tiempo. Le curaron las heridas, le alimentaron y, ya cuando estaba bien, jugaron con él. Incluso le construyeron una caseta para que estuviera a gusto. Fueron muchos días de cuidados, mimos, desvelos… Minuto que tenían libre, minuto que dedicaban a recuperar a Canelo. Pero… “El dueño del perro vivía en Garrapinillos y bajaba todos los días a Zaragoza. Acabó enterándose de que su perro, que él creía desaparecido, estaba bien y que lo teníamos nosotros, y vino un día a llevárselo. Nosotros nos quedamos bastante tristes. El dueño tuvo a Canelo una semana atado en su casa, y el día que lo soltó por primera vez volvió a escaparse. Apareció de nuevo en nuestro corral y enloquecimos de alegría”. No duró mucho su contento. El dueño enseguida cayó en la cuenta de dónde podía estar su perro y volvió a por él. Los muchachos no volvieron a verle, y eso que el perro volvió adonde tanto cariño le habían mostrado. “El padre de los Esteban salía de casa a trabar a las cinco de la mañana y regresaba ya bien entrada la tarde. Un día, al poco de que el dueño se llevara a su perro por segunda vez, al regresar a casa por la tarde nos preguntó si no habíamos visto a Canelo. Le dijimos que no y se sorprendió mucho. Nos contó que esa mañana, cuando había salido de casa para ir a trabajar, le había visto en la puerta, esperándonos otra vez. Lo que ocurrió en las horas que siguieron no lo sé, pero el caso es que ya no volvimos a ver al perro”. Y aquello les dejó sumidos en la tristeza.
Pero la historia se conoció, saltó a las primeras páginas de los periódicos y los muchachos se hicieron conocidos. “La verdad es que nos hicimos famosos -recuerda Antonio Montuenga-, y que la gente nos decía cosas, nos felicitaba… Yo estudiaba en el colegio Joaquín Costa y se acercó a felicitarme el director, que era Pedro Arnal Cavero. A mi eso me impresionó mucho”. La Sociedad Protectora de Animales y Plantas acabó organizándoles un homenaje y regalándoles a cada uno de ellos una cartilla de ahorros con 15 pesetas, una cantidad respetable en aquella época. 
La vida acabó separando los caminos de los seis muchachos, pero ellos siguieron siendo amigos toda la vida, pese a la distancia. “Eramos amigos antes de que apareciera Canelo, lo fuimos mientras lo cuidamos, y lo seguimos siendo después. Nos escribimos mucho y, si alguno de los que estábamos fuera volvíamos aquí, siempre quedábamos a vernos”. Es esa amistad que se mantuvo intacta a lo largo de las décadas lo que explica que Antonio Montuenga sepa perfectamente qué fue de cada uno de los ‘heroes de Delicias’. “Antonio Esteban es de los que no se movió de Zaragoza. Era muy buena persona, un gran amigo, fue camarero toda su vida y trabajó muchísimos años en un establecimiento del paseo de la Independencia. En cuanto a los Montuenga… los Montuenga emigramos a Venezuela, lo mismo que Enrique Esteban, el más pequeño de la foto. Enrique  estuvo en Barcelona, en África, vino aquí a Venezuela a montar radares… Viajó muchísimo. Yo me quise haber venido a Venezuela ya en el 42, porque España en aquellos años estaba muy mal de trabajo, pero no pude hasta el 49, un año después que mi hermano. Hemos trabajado mucho aquí, levantamos un negocio de construcciones metálicas….”. Antonio Montuenga continúa desgranando recuerdos, siguiendo el orden de los niños en la famosa foto: “Julio Royo estudió mucho y se hizo economista; acabó en Zaragoza. Los Royo no vivían en el mismo edificio; sus padres tenían una vaquería en la calle Blanca de Navarra. Aurelio Royo fue mutilado de guerra. Se casó y acabó llevando la empresa de los autobuses a Garrapinillos. Jesús Lázaro también estudió mucho y acabó emigrando a Argentina, aunque a los años también volvió a España”. Se escribían, hablaban, quedaban… Si Antonio volvía  a España, Aurelio le había conseguido entradas para el Zaragoza-Barcelona antes de que llegara a la capital aragonesa. Todos con su Zaragoza en mitad del pecho. Fueron seis niños con gran corazón y Antonio, el único que sigue vivo, lo es todavía. Sigue siendo aquel niño de Delicias que lo dio todo para salvar a un perro moribundo Y que quita importancia a su gesto. “¿Quién ve a un perro herido y no se lanza a curarlo?”.

Y mañana…
El hombre que perdió la memoria en Zaragoza

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10 respuestas a Amigos para siempre

  1. Yolanda dijo:

    Como reconforta leer cosas bonitas, para variar…
    Me pregunto si los chavales de hoy harían lo mismo, y si mantendrían esa amistad de décadas,ya que no sabemos cuanto durará facebook…;)
    Salud.

  2. Javier M.A. dijo:

    Da gusto leer historias como esta.

    ¡Enhorabuena!

  3. Oceanic815 dijo:

    Qué historia más bonita, como todas las que leo en este blog, me encanta.

    Muchas gracias y seguid así…

  4. David dijo:

    Enhorabuena por lanzar la botella y encontrar el camino que nos regala esta historia. Un saludo

  5. Manuel dijo:

    Simplemente fascinante: el contenido humano de la historia, el valor de los medios de comunicación como perpetuación de la memoria, la utilidad de las nuevas tecnologías y su insólita alianza.

  6. Emma dijo:

    Se me saltan las lágrimas al volver a leer la historia, es preciosa.

  7. Me ha encantado… espero que te divirtieras hablando con el tío Antonio… Gracias

  8. María Elena Montuenga dijo:

    Qué bello!!!! Mil gracias por tus detalles. Para nosotros desde Caracas, y en especial para Tío Antonio, son un lujo tus palabras.

  9. Alfredo dijo:

    Julio Royo fue compañero de promoción de mi padre en la Escuela de Comercio de Zaragoza y uno de sus mejores amigos. Guardo la orla en la que ambos aparecen. Creo que continuó con el negocio de sus padres, pues recuerdo haber ido de pequeño con mi padre a la vaquería donde vivía con su mujer y sus hijos.

  10. Carmen E.G. dijo:

    ¡Qué delicia! Creo que noticias como ésta estaría bien que se produjeran hoy en día, aunque solo fuese por compensar otras menos agradables referidas a perros abandonados…. yo tengo en casa un bretón que fue abandonado en la autopista… Nada más fiel.

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