Una ‘agustina de Aragón’ en la España de Franco

juliapeguero

Lo de Julia Peguero era un heroísmo cotidiano. Dentro de la galería de grandes aragoneses del siglo XX, su nombre debería brillar con letras de oro. Y, si no es así, hay que achacárselo a su carácter aragonés, humilde y esquivo con los reconocimientos. A quienes no sepan nada de ella basta con decirles que fue, hace ya casi 80 años, clave a la hora de conseguir que las mujeres pudieran votar. De algunos otros logros se da cuenta en esta entrevista del 67:

En Madrid es conocida -así se le llamó durante muchos años- como la nueva ‘Agustina de Aragón’. Doña Julia Peguero es zaragozana. Ha vuelto a nuestra ciudad para reponer su salud. A sus ochenta y ocho años, todavía lee sin gafas y conserva una memoria prodigiosa. Sólo el oído falla, aunque levemente.
-Mientras pueda escuchar las conferencias, que es tanto como decir mi vida espiritual…
Doña Julia Peguero ha sido testigo de excepción de varios lustros de nuestra historia. Vivió y vive la patria intensamente. Es difícil recopilar datos y transcribir una a una sus palabras. Haría falta un libro. Doña Julia es fiel a sus recuerdos. Los hace desfilar una y otra vez. Entre ellos, sólo recogemos algunos. ¿Los más importantes?
-Mi vida tuvo cuatro trayectorias -explica-. Mi madre, mujer de gran cultura, cuidó mucho la educación de sus hijos. Sentía los derechos de la mujer dentro de ella. Yo estudié Magisterio. Luego me dediqué a los demás.
El doctor Mariscal escribió la siguiente dedicatoria en el álbum de doña Julia Peguero: “A falta de hijos propios, todos son suyos”. A los veintiún años hizo oposiciones a sueldo superior. El Magisterio, entonces, tenía dos puertas. Doña Julia entró por la más alta. No pudo hacer oposiciones a cátedra porque no tenía la edad reglamentaria. Llegó a Madrid a principios de siglo y fue maestra de las escuelas de la plaza de Oriente. Cuando el ministro fundó la Junta de Protección a la Infancia, doña Julia Peguero pasó a formar parte de la misma. Por sus méritos, el rey la llevó al alto Consejo de Protección a la Infancia, siendo miembro, más tarde, del Tribunal Tutelar de Menores.
-El primero fue el de Bilbao. Después vine a la inauguración de los de Zaragoza y Barcelona. Cuando se fundó el de Madrid, me lo encomendaron a mí.
Como secretaria general del Consejo de Protección a la Infancia, intervino directamente en la fundación de los Tribunales Tutelares de Menores. Montero Ríos dijo: “Usted será la primera vocal”. Doña Julia protestó. Dijo que lo más difícil ya se había logrado; que aquel puesto podría ser ocupado por otra persona. Pero la contestación fue como una orden: “Sin usted no hay Tribunal de Menores”.
Fueron años de lucha denodada, sin cuartel. Doña Julia salió triunfante una y otra vez. Hasta el punto de que don Carlos Martín Álvarez, gobernador de Madrid -padre de don Alberto Martín Artajo-, exclamó: “Todos están contra ella, pero ella no necesita defensa, porque se defiende sola”.
Sonríe con el recuerdo. Han pasado muchos años. Quién sabe si hasta demasiados. Fue una pionera de la formación profesional en España. ¿Por qué lo vamos a ocultar ahora? Se dedicó a recoger a todos los golfillos del Manzanares y fundó -¿cuántas fundaciones ya?- la Colonia Benéfica del Trabajo. Los golfillos, hasta entonces, se mezclaban con aquellos mendigos que estaban fichados como delincuentes y que, tarde o temprano, acababan en el triste edificio de Yeserías, la antigua cárcel de Madrid.
-Conseguí una asignación de 250 pesetas al mes -nos explica- para convertir unas naves inhóspitas en unos edificios asombrosos. Los chicos allí acogidos salían mecánicos soberbios, magníficos. La formación corría a cargo de los Padres Jesuitas, con un profesor que me había recomendado el padre Pérez del Pulgar. Nos situamos en el paseo de Areneros, hoy Alberto Aguilera. Uno de aquellos alumnos fue chófer del presidente de la República de Portugal.
-¿Satisfacciones?
-Muchas. Las primeras comuniones de nuestros alumnos las celebrábamos en la ermita de San Antonio de la Florida, bajo las pinturas de nuestro Goya. Era emocionante. Jamás dejé de recibir a una madre o un padre de los niños acogidos. Fue una labor ímproba, aquí y en el reformatorio Príncipe de Asturias.
Pero todo se fue por la borda en los años de la República. Cuando doña Julia Peguero regresó a Madrid para asistir al primer funeral por Calvo Sotelo, que se había hecho feminista después de haber escuchado un discurso de nuestra nueva ‘Agustina de Aragón’, el doctor Martínez Acacia le dijo:
-Ahora recuperará usted todos sus cargos.
-No. Porque todos mis cargos eran gratuitos. Los hacía en nombre de la beneficencia. Los hacía por amor.
Cuando se inauguró el reformatorio Príncipe de Asturias, en el edificio del palacio del marqués de Salamanca, donado con este fin, la Familia Real se interesó por la obra de doña Julia Peguero. Ella, aunque tenía obligación de cumplimentar a los Reyes, siempre se mantuvo en segundo plano. En esta ocasión, la infanta Isabel la llamó: “No quiero que los Reyes se vayan sin conocerla”. Dentro de su obra social, doña Julia llegó a la Familia Real de tal manera que fueron los Reyes quienes la llamaron. El general Primo de Rivera le dirigía siempre el mismo saludo: “Española y aragonesa, ¿qué más se puede pedir?”.
La mujer española encontró buena valedora en doña Julia. Era entonces cuando se puso de moda el feminismo, cuando se sacaron a colación -¡por fin!- los derechos de la mujer. En el Ateneo de Madrid
se presentó una memoria sobre feminismo. Un grupo de señoras recabó la intervención de nuestra nueva ‘Agustina de Aragón’. Hasta entonces, las mujeres que ocuparon sucesivamente la tribuna ateneísta habían quedado mal. Habían cosechado más silbidos e insultos que ovaciones. Doña Julia Peguero se presentó con un estudio serio, económico, social y político de la mujer española.
-El Ateneo -recuerda- se vino abajo. Hasta Benavente quiso escucharme. Ortega y Gasset y Tomás Costa (hermano de Joaquín este último) fueron los primeros en felicitarme. Yo escribí mucho sobre Joaquín Costa. Intervine en la velada necrológica que organizó el Centro Aragonés, en el primer aniversario de su muerte.
Se dijo que doña Julia Peguero tenía cerebro de pantalones. Fue secretaria de las secciones de Música y Ciencias Históricas del Ateneo. Siguió en época de la República, cuando el ambiente comenzó a  enrarecerse. Se dijo: “De esta puerta para adentro no hay más que inteligencias. El Ateneo no debe ser político. Los debates han de tener lugar dentro de la razón, sin partidismos”.  Se exasperó cuando sorprendió a los seudointelectuales llevando en hombros a Unamuno, como si fuera un muñeco. Cuando se celebró la votación para elegirlo socio de mérito de la docta casa, todos gritaron: “¡Por aclamación!, ¡por aclamación!”. Pero doña Julia Peguero, que estaba sentada en la presidencia, se levantó, alzó su mano y dijo:
-Por aclamación no será. Yo doy mi voto en contra. No puede ser por aclamación, mientras falte un voto.
Se produjo un silencio. Alguien pidió que gritara su nombre. Doña Julia Peguero lo gritó serenamente. A continuación cogió su bolso y abandonó la sala del Ateneo. García Sanchiz, días más tarde, la felicitó por su gesto.
-Ahora -explica-, al cabo de los años, he escrito por qué voté en contra de Unamuno. Parece mentira que todavía haya quien no conozca los valores literarios del siglo XIX. Creo que tuvimos hombres mejores que en el siglo XVI, el de Oro. No basta con recordar los nombres de Unamuno y Ortega y Gasset.
Consiguió, por medio de don Francisco Giner, que la mujer española tuviera voto en el Congreso. Fundó y presidió la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (partido independiente). Fundó y dirigió la revista “Mundo Femenino”. Defendió como nadie los derechos de la mujer. Y se entregó como nadie a la infancia desvalida. Teniendo todos los honores, renunció. No quiso homenajes. Si acaso -dijo-, pasados los ochenta años. Y a los ochenta, justos y cabales, le tributó un homenaje la peña ‘Los del 90’, en el Círculo Mercantil e Industrial de Madrid; a los ochenta y cinco hizo lo propio la Academia Española de Higiene; este año, la Asociación de Amas de Casa le rindió otro homenaje de admiración y respeto, por haber sido la pionera de los derechos de la mujer; la Peña Fleta hizo lo propio en junio último…
-Es donde mejor lo pasé, porque coincidí con muchos amigos. No he faltado nunca a los homenajes dedicados a la mujer. Mi mayor alegría es ver que se dignifican los valores femeninos.
Desde los setenta años doña Julia Peguero vive entregada a la pintura. Desde los setenta años escribe, lee, conversa… Y recuerda el pasado. Arroja un balance positivo, del que puede sentirse orgullosa. Aquí solo podemos dejar constancia de una pequeña parte.

Ahí tienen, aunque el episodio con Unamuno no me ha quedado muy claro.
“Española y aragonesa, ¿qué más se puede pedir?”. Que yo sepa, y ojalá me equivoque, no se le ha dedicado una gran biografía a Julia Peguero, y me da que tampoco se le ha rendido el homenaje póstumo que merece. Si fuera así, nunca es tarde para organizarlo.

Y mañana…
¿Es usted un médium?

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6 respuestas a Una ‘agustina de Aragón’ en la España de Franco

  1. Ejeano55 dijo:

    Por lo que se cita en el artículo, una mujer admirable y un espejo en el que muchas mujeres dedicadas a la política deberían mirarse.

  2. Maria Pilar Paris dijo:

    Acabo de descubrir a doña Julia Peguero, y he sentido vergüenza el hecho de ignorar que una tal persona habia existido, a quien la culpa?, la frase “Española y aragonesa, que mas se puede pedir?, resume todo, estoy de acuerdo que una persona con la trayectoria que tuvo, mereceria un homenaje, nunca es tarde, pero habrà que ver si alguien con un poco de influencia intenta hacerlo, yo por mi parte (humildemente) apoyaria todas las iniciativas en ese sentido, gracias doña Julia de haber existido.

  3. blas dijo:

    Una mujer admirable. Aunque creo que el título conduce a errores. Su florecido pasado político transcurre entre la monarquía de Alfonso XIII, el gobierno de Primo de Rivera, y la II República… Parece que cuando Franco ella ya está medio retirada…

  4. Yolanda dijo:

    A mí no me ha quedado claro lo de Unamuno, pero tampoco lo de la República, cuando precisamente esos años fueron de una belleza y trabajo por y para la enseñanza y la escuela, incomparables.
    Qué mal lo tuvo que pasar Doña Julia, tan feminista, en un país donde las mujeres eran mejores cuanto más sumisas y menos inteligentes. Qué mal lo tuvo que pasar, cuando los derechos mínimos básicos eran pisoteados sin respeto, cuando las mujeres necesitábamos el permiso del marido para trabajar, abrir una cuenta o viajar solas….
    Qué suerte que esa España negra no sea la que me ha tocado a mí.
    Salud.

  5. carlos dijo:

    Con la gente tan estúpida que tiene una calle en Zaragoza y a esta señora no la conocemos nadie.

  6. yassin dijo:

    esto es muy largo pero interesante

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