‘Peligro amarillo’ en las calles de la Zaragoza de 1934

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El ‘peligro amarillo’ que atenazaba a nuestros abuelos zaragozanos lo constituían… las cáscaras de plátano que se arrojaban a la calle. Hoy esto nos parece pintoresco, casi de ‘gag’ de película de cine mudo, pero créanme que en la época no debía tomarse a broma, a juzgar por los artículos  y comentarios que aparecían en el periódico. Solo hay que ponerse en situación. Si es verdad que se vendían tres mil docenas al día (que ya es, la verdad), y pensamos en las papeleras que tendría Zaragoza en la época y el sistema de recogida de basuras… Pues no es de extrañar que se produjeran muchos accidentes. Tantos, que Emilio Colás decidió escribir un reportaje sobre los vendedores ambulantes de plátanos. Fue en 1934: 

Tenía razón nuestro querido Mefisto cuando se lamentaba -no más lejos de ayer- de esa mala costumbre de arrojar a las aceras las cascaras del plátano. De esa mala costumbre que tan poco favor nos hace a todos y que constituye una invitación constante al tango aquel de ‘Un tropezón cualquiera da en la vida…’. Pero es que esta clase de tropezones a que nos referimos -los del plátano o la banana, como ustedes quieran denominar al sabroso fruto- están constituyendo en Zaragoza un mal endémico, y hora es ya de que las autoridades se preocupen de atajarlo.
Algunos humoristas han bautizado a este peligro que amenaza de continuo a los transeúntes con el significativo ‘timo’ de ‘peligro amarillo’. Es decir, algo así como si la ciudad entera estuviese siempre a merced de las descalabraduras que pueden ocasionar esos trocitos de piel amarillenta desperdigados por el suelo. ¡Ni los súbditos del Imperio Nipón causan más quebrantos en sus invasiones por tierras de Manchuria! Hasta hace unos quince años, el plátano era considerado en Zaragoza y en muchas otras poblaciones del interior de España, como una fruta de verdadero lujo.
Recordamos perfectamente que los racimos de plátanos se exponían a la admiración de las gentes en los escaparates de los establecimientos de ultramarinos de más postín de la ciudad. Y que se vendían a cuatro o cinco pesetas la docena. Era entonces el plátano un manjar que no estaba al alcance de todas las fortunas. Un bocado exquisito que se saboreaba con delectación y que rara vez se veía en la mesa de los hogares humildes. En cambio ahora…
Ahora el plátano, sin dejar de ser un fruto exótico, ha logrado adquirir carta de naturaleza en Zaragoza. Y ha venido a resultar -en la tierra de la buena fruta precisamente- más popular que todas las frutas juntas. Su cotización, naturalmente, ha variado también mucho. ¡Ahora sí que puede decirse que el plátano se ha puesto al alcance de los bolsillos más modestos! A ello han contribuido, principalmente, unos cuantos modestísimos industriales callejeros…
 

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Sí, sí. No creáis que puede echarse en saco roto la parte que en la aclimatación del plátano a nuestras costumbres han tenido los vendedores ambulantes. Ellos, saliendo todos los días a la calle, con su carretillo o con su cesto simplemente -si el negocio no da para más- desafiando la lluvia y el viento, o el calor y las moscas, han hecho más por la introducción del plátano en nuestra tierra que todas las propagandas habidas y por haber. Ellos, con sus pregones característicos, tales como el que lanza ese veterano que se llama Martín Fernandez, que dice así poco más o menos:
“¡Plátanos especiales! ¡Son de Canarias! ¡A perra gorda y dos un real!… ¡Ooigan! ¡Ooigan!… La especialidad, la suavidad, la calidad del plátano!…”.
Invitan a la mujer que va a la compra, o al chiquillo que sale de la escuela, o al menestral que vuelve del trabajo, a mercar uno o dos platanitos, alimento sano para el cuerpo y abundante en vitaminas. El pregón hiende agudo los aires y se clava como unna flecha en los oídos del cliente. Y la sencilla operación mercantil queda realizada.
-Oiga, vendedora. ¡A ver un platanito que sea gordo!…
-¡Ahí va ese… Por una perra gorda se lleva usted alimentación para todo el día. ¡Mejor que un ponche de huevo!
Algo se exagera, claro está. Pero el vendedor ambulante ha cumplido así su misión y el comprador se marcha tan satisfecho, acariciando el rico fruto canario.
Bueno. Pues a pesar de esta misión tan transcendental en la vida mercantil, de los vendedores ambulantes, los pobrecillos se ven y se desean para cumplir con tranquilidad su cometido. Ellos pagan diariamente su contribución al Municipio. Seis reales. Pero el Ayuntamiento les ha declarado una guerra a muerte y, por medio de sus dependientes -los guardias municipales-, les acosan constantemente para que no se estacionen en un lugar determinado, ni se sitúen en las proximidades del Mercado. Esto último, sobre todo, debe ser una consigna especial. Vendedor ambulante que se descuida y cae por la calle de la Torre Nueva, o por las de Cerdán, Manifestación o Democracia, se ve de pronto bajo la férula de un municipal que, no contento con denunciarle en uso de las órdenes recibidas, decomisa la mercancía.
¿Por qué esto, señor alcalde y señores concejales?… ¿Qué mal puede haber en que estos hombres sencillos se ganen la vida en el lugar de Zaragoza que estimen más conveniente? Porque eso de que en el interior del Mercado se vendan también plátanos, no es ninguna razón de peso, ni mucho menos. El comercio, siempre que esté legalizado, debe ser libre. Y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga.
Repare además el Ayuntamiento en este detalle que viene a favorecer la causa de estas humildes gentes. En Zaragoza hay actualmente unos sesenta vendedores ambulantes de plátanos. Fuera de ocho o diez, que lo son de toda la vida, los restantes se han ‘hecho’ comerciantes al calor de las circunstancias… o sea, obligados por la necesidad. Entre esos sesenta vendedores, hay medio centenar que antes eran… obreros en paro forzoso. ¿Vamos a negarles también la sal y el agua para que se busquen su modo de vivir, sin faltar a nadie?… Medite el Concejo sobre este tema. Y repare en todo lo que sea posible tamaña injusticia. ¡Ancha es Castilla!…¡Campo hay para todos! ¡Propagar en lugar de destruir!… Esa es la cuestión.
Primero fue un almacenista solamente que se dedicó a la importación de este fruto. Después fueron dos. Y hoy son seis o siete, establecidos en grande, con almacenes y hasta sótanos convenientemente preparados para la mejor conservación de la mercancía. Primero recibían los plátanos en cajas que contenían de tres a cuatro docenas. Después los han traído en cajones y por ‘guacales’ (racimos). Ellos, los almacenistas, dicen que el negocio está mal. Que entre los transportes y la mercancía que se estropea las ganancias son muy limitadas. No vamos a contradecirles, entre otras razones, porque no es esa misión nuestra. Nosotros lo único que podemos decir es que en Zaragoza se venden diariamente, durante los meses de invierno, unas tres mil docenas de plátanos. Y en el verano, unas cinco mil docenas. Que todos los plátanos que se consumen proceden de Canarias y se desembarcan en Barcelona, donde los adquieren los almacenistas. Que los meses en que mayor venta se hace del rico fruto son los de abril, mayo y junio. Y por último, que el plátano -contra la opinión de muchas gentes- es más fruta de verano que de invierno.
Ello se explica perfectamente, ya que el plátano es una fruta fría. Y su ‘carne’ más invita a comerla como si se tratase de un refresco que no como otra fruta cualquiera. Hasta en la presentación varían según sea una u otra época. En invierno, el plátano es feo, por lo general picado con motitas negras.
Actualmente se cotizan en almacén a 1,10 o 1,25 la docena, según clase. Pero también se dan a noventa céntimos la docena, cuando son pequeños o están algo pasados. Los vendedores procuran expenderlos al precio que les deje un prudente margen ganancial. Los que les cuestan a ellos a 1,20, a 1,40, y así sucesivamente en esa o parecida proporción. No creáis que se hacen ricos ni mucho menos. La inmensa mayoría de los vendedores ambulantes vienen a sacar un jornal diario de 6 a 8 pesetas. Claro que hay vendedor especializado en esta clase de comercio que viene a obtener una ganancia diaria de diez o quince pesetas… Pero son los menos. Los ‘ases’, digámoslo así, de la profesión.
Adquieren la mercancía en los almacenes generalmente a crédito, y la pagan a la caída de la tarde, cuando se retiran de la circulación. Y la mercancía que les sobra la guardan para el día siguiente… ¡o se la comen! Ahora, en invierno, menos mal, porque el plátano resiste mucho mejor que en el verano. Pero con el calor… estos hombres del carrito sudan por partida doble. Por efecto de los rayos solares y por temor de que se les quede el género sin colocar… Que no es cosa de tirarlos. Los negocios son muy serios, aunque se trate de negocios callejeros. Y los tiempos no están para bromas ni para danzas… ¡ni aun con plátanos en la cintura, como Josefina Baker!

Y como últimamente los lectores no mandan muchos comentarios, me animo yo a contar algo sobre los plátanos. Hace muchos, muchos años, entrevisté a un alemán (¿o era suizo?) que, siendo niño durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo acogido una temporada en Zaragoza. Contaba que durante el viaje le dieron un plátano. Lo probó y no le encontró el gustillo hasta que… le advirtieron que había que pelarlo antes de comérselo. La anécdota puede parecer también un ‘gag’ de cine mudo, pero les garantizo que es cierta, y da prueba de que hasta bien entrado el siglo XX el plátano fue algo exótico en buena parte de Europa.

Y mañana…
El extraño animal capturado en un soto de Movera

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5 respuestas a ‘Peligro amarillo’ en las calles de la Zaragoza de 1934

  1. Javier dijo:

    En los años cincuenta, recuerdo que…¡Jo! ¡Que mayor soy!… en la calle Prudencio, donde hoy están los juzgados de guardia, había una platanería. Comercio dedicado en exclusiva a la venta de plátanos… aquellos si que sabían. Quiero decir: si que tenían sabor. No como la fruta de ahora

  2. Maria Pilar Paris dijo:

    Ahora que la moda está en la buena forma de escoger los alimentos que hay que comer, es remarcable ver que ya hace años en Zaragoza se comía sano, pues el plátano es un alimento de azúcares lentos, no hay que ver si no en los partidos de tenis, es raro el tenista al que no se le vé comer un plátano. Por otro lado, hay que reconocer que ya en aquellos tiempos los vendedores ambulantes eran perseguidos a causa de la competencia que hacían a los comerciantes sedentarios, y eso que ellos pagaban al Ayuntamiento, no como los de ahora. Me encanta la anécdota del alemán, desde luego que con la piel el gusto sería diferente, hay que pensar que fuera de España ciertas frutas no eran muy corrientes, la prueba es que en los países del norte de Europa, cuando querían hacer un regalo, ofrecían una naranja,y era un detalle super apreciado. Y que conste que no hace tanto tiempo que esto ocurría.

  3. Javier dijo:

    Al hilo de lo que comenta Mª Pilar, recuerdo un partido de fútbol televisado, jugado en algún campo del levante español, en el que el portero de un equipo nórdico recogía las naranjas que le arrojaban los aficionados locales. Aparte de unos cuantos goles se llevó un buen puñado de apreciados cítricos.

  4. Javier dijo:

    ¡Claro! Que tampoco puedo hablar muy alto sobre este asunto. Hace cuatro años pagué un par de dólares por unos sabrosos mangos, a un guajiro apostado al lado de la carretera en una zona montañosa de Santiago de Cuba. Y me pareció una buena compra. Un centenar de metros más adelante había montones de mangos maduros, caídos en los arcenes, de árboles silvestres.

  5. Yolanda dijo:

    Y hay que ver lo que daba de sí el tema plátano. El periodista da pelos y señales y se marca una retórica y razonamiento él solito tremendos.
    Sigue siendo lo que más me gusta del blog.
    En mi caso no comentaba porque no he podido entrar estos días, así que hoy estoy haciendo todo junto.Ya sabes que siempre te seguimos un puñado de fieles…
    Salud.

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