El crimen de la estanquera de la Magdalena

Los curiosos, arremolinados frente al estanco

Los curiosos, arremolinados frente al estanco

 

¿Recuerdan la película ‘La estanquera de Vallecas’? Pues algo parecido ocurrió en la Zaragoza de 1932, aunque el desenlace, desgraciadamente, fue mucho más trágico. El suceso, como en la película, tuvo lugar en uno de los barrios más castizos de la ciudad, el de la Magdalena. Había también un estanco, una señora mayor y su sobrina ocupándose de él, tres atracadores que intentaban robar y las mujeres haciéndoles frente. La diferencia, en el caso aragonés, es que uno de los atracadores disparó su pistola. Lo contaba HERALDO el 19 de abril de 1932: 

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Eran poco más de las diez de la noche del domingo, cuando las personas encargadas del estanco número 19, establecido en el número 137 del Coso, en las inmediaciones de la plaza de la Magdalena, se disponían a cerrar la puerta que comunica con la calle. Regenta el estanco citado doña Rita Rojas Martín, viuda de setenta y dos años de edad, con domicilio en la misma casa, y le ayudaba en las tareas de la venta su sobrina, Isabel Miranda Rojas, soltera, de veinticuatro años de edad, con la que vive.
Se encargaba precisamente esta señorita de cerrar el establecimiento, que se comunica con la calle con una puertecita de dos hojas de cristales, cubiertas por tableros, cuando, en ocasión en que se hallaba colocando uno de éstos, entraron hasta el interior del establecimiento, por la media puerta que permanecía franca, dos individuos. Estos, armados de pistola, conminaron a doña Rita Rojas para que les entregara la recaudación del día, que se guardaba en un cajón del mostrador.
Ante las amenazas de los atracadores, doña Rita Rojas comenzó a pedir socorro, gritos que, naturalmente, fueron escuchados por su sobrina, quien permanecía, como dejamos dicho, en la acera de la calle. La señorita Isabel Miranda secundó los gritos de auxilio que exclamaba su tía, y entonces, un tercer atracador, que protegía la retirada de los que habían penetrado en el interior del estanco, disparó sobre la muchacha, situada de espaldas al agresor, un tiro de pistola.
La infortunada señorita se desplomó, apenas con vida. Advirtiendo fracasado el atraco, y ante el temor de ser sorprendidos, los criminales huyeron apresuradamente, se supone que por la calle de San Lorenzo, a la que confluyen diversas calles estrechas y oscuras, por donde les era más fácil la fuga.
Tal es, escuetamente narrado, el salvaje y cobarde atentado que tiene conmovida y justamente indignada a Zaragoza.

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Y tanto, la joven era muy querida en la ciudad. Si el asesinato que más dolor causó en la primera mitad del siglo en la capital aragonesa fue el del cardenal Soldevila, no le fue muy a la zaga el de Isabel Miranda, especialmente cuando se supo que el agresor le había disparado por la espalda. Durante varios días, los periódicos dedicaron páginas y páginas a informar sobre el asunto, incluyendo fotos de la víctima en su ataúd. El juez del Pilar se hizo cargo de las investigaciones, y prácticamente todos los cuerpos de seguridad se lanzaron en busca de los atracadores. El asesinato tuvo lugar en las primeras horas de la noche del domingo (en la época se consideraban los estancos un servicio esencial, y abrían un domingo y descansaban el siguiente, alternándose). Y el lunes, de forma espontánea, hubo una manifestación frente al Gobierno Civil:

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Y el sepelio de la víctima fue toda una demostración de duelo de la sociedad zaragozana. Miles de personas acompañaron a la carroza fúnebre en su recorrido desde el Coso hasta el cementerio zaragozano, mientras se sucedían las manifestaciones de dolor e indignación. Para que se hagan cuenta de lo mucho que sacudió el crimen a toda la ciudad les voy a dar un dato. El Colegio de Farmacéuticos decidió entonces que las farmacias cerrarían a las 10 de la noche. También las que estuvieran de guardia (hasta ese momento, las que lo estaban permanecían con las puertas abiertas como si fuera de día). A partir de entonces, si alguien precisaba un medicamento, debía acudir al vigilante nocturno e ir con él a la farmacia.

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Enseguida empezaron a trascender los primeros detalles de la investigación. El vigilante nocturno de la calle de Sepulcro encontró un abrigo de color gris abandonado que podía pertenecer a uno de los ladrones, en el dintel de la puerta del estanco los agentes recuperaron un trozo de cordón de alpargata, numerosas personas ofrecieron descripciones de hombres a los que habían visto correr cerca del lugar de los hechos… Pero, aunque toda la ciudad estaba volcada en atrapar a los culpables, los días fueron pasando sin avances significativos. Hasta que el juez del Pilar, encargado del caso, recibió una pista clave. En una operación policial por falsificación de moneda los agentes detuvieron a un grupo de delincuentes. Uno de ellos, es de imaginar que por congraciarse con el juez, le dijo que el amigo de uno de los detenidos en esa operación, llamado Alejandro A., alias ‘El Francés’ había participado en los hechos. Aunque El Francés negaba conocer el paradero y la identidad de su ‘amigo’, los investigadores acudieron a la pensión en la que se alojaba. Y allí descubrieron que la habitación contigua a la suya había estado ocupada por un joven que había desaparecido sin dejar rastro el día siguiente al atraco. Conscientes de que estaban en la pista buena, los investigadores se sumergieron en los bajos fondos zaragozanos hasta que un confidente les contó que los asaltantes habían sido Vicente P. (el amigo de El Francés), junto a otros dos sujetos, apodados ‘El Cabeza’ y ‘El Largo’. El primero de ellos había nacido en Ojos Negros, y para allá que se fueron tres agentes. Descubrieron que se había marchado a Castel de Cabra, y de allí había salido en dirección desconocida. Pero, viajando de un lugar a otro, preguntando a un vagabundo, éste les puso en la pista de alguien que transitaba también en solitario por la carreteras. Al final, entre Montalbán y Martín del Río atraparon a Vicente P. Este acabó confesando que fue él quien realizó el disparo fatal.
Detenido ya uno de los culpables, los agentes redoblaron esfuerzos para atrapar a los otros dos. Alfredo C., ‘El Cabeza’, no estaba en su domicilio de la calle zaragozana del Temple. El patrón de la casa donde se alojaba les dijo que era de Orcajo y, una vez allí, las pistas les obligaron a regresar de nuevo a Zaragoza, donde se alojaba en otra vivienda. Fue detenido el 22 de mayo.
Faltaba por atrapar César B., ‘El Largo’, al que lo detuvo la Guardia Civil en La Peña (Huesca), adonde había ido a trabajar en las canteras y a esconderse de la presión policial. El Largo fue trasladado a Zaragoza de inmediato: 

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Y en la capital fue interrogado junto a sus dos compinches, Vicente P.

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 y El Cabezas:

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Y del interrogatorio de los tres, que ya habían asaltado otros estancos, se pudo hacer una reconstrucción de lo sucedido, ligeramente distinta a la del primer día:

Han declarado los detenidos que prepararon el atraco en la taberna de la calle de las Armas donde se reunían a comer, y que el estanco del Coso les había parecido lugar adecuado para el golpe, por estar servido por mujeres y ser sitio donde la circulación de viandantes es escasa, sobre todo a la hora de la noche en que se proponían cometer el delito. Parece ser que el atraco iba a cometerse el sábado por la noche; pero no se decidieron los atracadores a llevar a cabo su propósito, a pesar de estar apostados por aquellos lugares más de hora y media, porque notaron que la circulación de público era abundante y que no cesaban de penetrar parroquianos en la expendeduría.
En vista de estas dificultades, aplazaron su proyecto para el siguiente día, domingo, por la noche. Llegaron al lugar del suceso a las nueve y media, y a las diez menos cuarto, aproximadamente, se decidieron a llevar a cabo el atraco, en el momento en que vieron el establecimiento sin público, y que la joven Isabel Miranda se aprestaba a cerrar el estanco. Entraron les tres, pistola en mano, exigiendo de la anciana estanquera que les entregase el dinero de la recaudación. Paricio debió quedar más inmediato a la puerta que sus dos compañeros, y fue quien disparó su arma contra Isabel Miranda, cuando ésta salió a la puerta con ánimo de pedir auxilio a los transeúntes.
Vicente P. y El Cabezas huyeron, como ya hemos dicho, por la calle de San Lorenzo, y a través de distintas calles transversales del lado derecho, llegaron hasta la ribera, donde se detuvieron para cambiar impresiones durante un momento. Desde este punto, cada uno tomó dirección distinta. Parece ser que Vicente P. se dirigió a un café situado en el centro de la ciudad, y desde allí se fue a dormir a casa de un amigo.
Días después, se entrevistó con El Cabezas en la Playa de Torrero, y ambos decidieron, para mayor seguridad, alejarse de Zaragoza. Ha confesado que, en su huida, a continuación de cometerse el delito, abandonó en la calle del Sepulcro el abrigo de tela gris, que es el que encontró aquella noche del domingo un vigilante nocturno. Ha dicho que tal abrigo se lo regaló El Largo’.

Pues esto es todo, ya perdonarán la longitud. No he incluido hoy muchos textos antiguos por dos motivos, que los textos son un poco planos y sin mucho ‘color’, y que se publicaron tantas cosas entre el crimen y la detención de los culpables que no encontraba un solo texto en el que se resumieran los hechos con certeza, así que lo he resumido yo. Espero que, con las fotos incluidas, pese a su mala calidad por estar extraídas directamente del periódico de la época, se compense un poco la largura del texto.

Y mañana…
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Una respuesta a El crimen de la estanquera de la Magdalena

  1. chorche dijo:

    ¿Qué penas les cayeron al asesino y sus compinches? Leyendo el texto casi me averguenzo de alegrarme de que en la epoca se usara el garrote vil…

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