El misterioso crimen del puente del Virrey

Pues sí, como todos los lunes, hoy toca suceso. Del crimen del puente del Virrey (que así se llamaba, aunque hoy coloquialmente digamos ‘Puente Virrey’), hoy no se acuerda nadie, y eso que a principios del siglo XX llenó páginas y páginas en los periódicos aragoneses. Centremos el caso: una noche de principios de 1902, un guardia civil y su amigo caminan cerca del puente del Virrey cuando dos hombres les asaltan. El guardia civil poco puede hacer para salvar la vida del amigo. En principio, nada fuera de lo común. Llovía de lo lindo en Zaragoza, lo que hizo que desaparecieran muchas pruebas pero, ¿quién iba a dudar de la palabra de un guardia civil? Así lo contaba HERALDO:

Serían las nueve y media de la noche de ayer cuando se recibió en las oficinas de Vigilancia la noticia de haber sido muerto un hombre en las inmediaciones del puente llamado del Virrey, situado en el camino del mismo nombre, a espaldas del Cabezo Cortado. El aviso llegó al indicado centro oficial desprovisto de todo detalle. Nada más recibido, el inspector, sr. Llorens, con tres agentes a sus órdenes, marchó por disposición del gobernador al lugar donde se decía ocurrido el suceso. Casi a la misma hora nos apercibimos también nosotros del acontecimiento, y uno de nuestros compañeros se personó en el sitio referido para informarse detalladamente sobre el terreno.
No convidaba la noche a una excursión semejante. Una horrorosa tormenta descargaba sobre Zaragoza; el aguacero era formidable; los baches del camino y la casi completa oscuridad en que por defecto de alumbrado está sumido aquel barrio, hacía muy difícil, casi imposible, la inmediata llegada a donde, según acababan de decirme, yacía un hombre sobre inmenso charco formado por su propia sangre. Llegamos al fin, por cierto, cuando la tormenta presentaba caracteres más imponentes. Bien pronto pudimos confirmar que, desgraciadamente, eran exactas las vagas noticias del primer momento.
En las proximidades del puentecillo que hemos citado arriba, encontrábase tendido el cadáver de un hombre que representaba unos sesenta años, sin que pudiera apreciarse apenas la calidad de las vestiduras por el estado en que las habían puesto la sangre derramada en abundancia y el agua que las nubes lanzaban a torrentes. Un agente de la Vigilancia nocturno guardaba el cadáver mientras en la calle próxima, habitada por los guardias jurados del sindicato correspondiente, instruía diligencias el Juzgado, ayudado por las autoridades allí congregadas. En la misma casilla estaba el detenido, del que luego hablaremos.
Vimos allí al juez ejerciente de San Pablo, sr. Ardanuy, con el actuario, señor Serrano, y el forense, d. José Martín; teniente de alcalde, sr. Lorén, subjefe de la Vigilancia nocturna D. Bernardo López y la ya indicada fuerza de policía.
He aquí las primeras impresiones que obtuvimos respecto de la posición y heridas que el cadáver presentaba: tendido de cúbito supino, apoyada una pierna sobre otra y materialmente envuelto por la sangre que la lluvia se encargaba de extender. Decubríanese en el muerto las señales de nueve puñaladas, una en el corazón, mortal de necesidad; dos en la región inguinal y en el bajo vientre; seis más en la caja torácica.
Fuertemente impresionados hubimos de abandonar el cadáver para dirigirnos a la casilla donde las diligencias judiciales se practicaban.
Hemos comenzado por calificar de misterioso este suceso, que quizá mañana haya perdido ese carácter. Conviene repetirlo porque, además de ofrecer anoche las indagaciones muy acentuada oscuridad, pudiera ocurrir que posteriores trabajos modificaran grandemente las impresiones de ahora. Procuramos, sobre todo, atenernos a la versión más autorizada, que es ésta:
La persona que horas más tarde había de perder la vida -cuyo nombre se ignora cuando escribimos estas líneas- encontró a las cinco de ayer tarde en la plaza de la Constitución al guardia civil Antonio M., de 46 años, casado sin hijos, y le invitó a dar un paseo. Juntos llegaron hasta Torrero, deteniéndose algún tanto en la fábrica del sr. Morón, por ser los porteros conocidos del guardia. De allí se trasladaron ambos a la tienda de bebidas de Blas Mora, donde merendaron fiambres y vino. Salieron de dicha tienda ya de noche y emprendieron el regreso por el camino del puente de Virrey. A partir de este momento no puede precisarse lo que ocurrió.
A las siete y media próximamente presentóse en la casilla de los guardias del sindicato de Miraflores el guardia civil Antonio M., vestido de uniforme, armado de revólver y sable, pidiendo auxilio y manifestando que a poca distancia de allí había sido muerto un hombre sin poderlo evitar. Enseguida, los guardas del sindicato Manuel Bona y Marcelino Vallespín, con el guarda mayor Hilario Gimeno y el teniente de alcalde sr. Lorén, dirigiéronse al punto indicado, encontrando el cadáver en la posición descrita. Junto al muerto había un sombrero de paja, un cuchillo de regulares dimensiones en forma de puñal con mango negro, y un paraguas. Los guardas del sindicato avisaron enseguida a las oficinas de Vigilancia y el juzgado.
El inspector sr. Llorens, que fue quien primero llegó de los avisados, interrogó al guardia civil Antonio M. Este dijo que, después de merendar en la tienda de Blas Mora, regresaba con su acompañante por el camino del puente del Virrey y, al llegar a la torre de D. José Cruz (antigua de María) salieron dos hombres armados gritando: “Granuja, ahora me las vas a pagar todas”. Manifiesta que entonces uno de los aparecidos se abalanzó hacia él, que le cogió el cuchillo por el corte, pero que el otro le derribó al suelo, agrediendo entonces al acompañante. Añade que cuando él pudo levantarse los dos sujetos habían desaparecido, corriendo precipitadamente hacia Torrero, que no pudo ver la cara a ninguno de ellos y solo sabe que el agresor llevaba blusa.
Antonio M. presentaba una pequeña herida en la cara interna de la primera falange del dedo pulgar de la mano derecha.

Algo raro debió ver el juez, cuando pidió al guardia civil que le entregara sus armas y lo mantuvo bajo vigilancia. Y es que, si sobre Zaragoza estaba cayendo el diluvio universal, si el guardia aseguraba que los atacantes le habían tirado al suelo, y sus ropas estaban secas y sin barro… A Antonio M. lo encerraron en la misma celda en que esperó a ser fusilado ese soldado que protagonizó otra entrada de este blog y que muchos lectores recordarán. Mientras, se agilizaban las gestiones para tratar de identificar el cadáver, cosa que hizo el sobrino de la víctima, tras enterarse del suceso por el periódico. Era un guardia civil retirado, Marcelino Escala, natural de Huesca.  El caso pasó a la jurisdicción militar, Antonio M. negó una y otra vez cualquier participación en la muerte de Marcelino, pero acabaron apareciendo cuatro testigos, una mujer y tres niños, que presenciaron parcialmente el crimen.
Me dirán entonces que dónde está el ‘misterio’ que promete el titular. Pues en el móvil. Los testigos no eran muy sólidos, la lluvia había borrado pistas, el acusado negaba su participación… Y el periodista de HERALDO que informó del asunto sabía algo pero nunca llegó a publicarlo. Cuatro días después de cometerse el asesinato, el periodista, al hablar del móvil, salpicó sus crónicas de expresiones como “por razones que hemos oído y que no creemos prudente dar a conocer en estos momentos”… Expresiones raras en la prensa de la época, donde no existía lo que hoy llamamos ‘políticamente correcto’ y la única barrera entre el periodista y el lector era la que ponía, en su caso, la censura.
¿Tenían víctima y agresor alguna cuenta pendiente de su pasado en la Guardia Civil? ¿O todo fue por una cuestión económica? ¿O de amores? Nunca lo sabremos. A los diez días del crimen, Antonio M. intentó suicidarse cortándose las venas, al parecer con un tornillo que encontró en la celda. Los médicos le salvaron la vida y unas semanas después fue sometido a un consejo de guerra. Siguió negándolo todo. Durante el juicio, las evidencias fueron tan abrumadoras que toda Zaragoza estaba convencida de que iba a ser condenado a muerte. Así debió ocurrir, aunque no he encontrado el periódico en el que se diera la noticia.

Y mañana…
El matrimonio zaragozano premiado por la BBC

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a El misterioso crimen del puente del Virrey

  1. Pandora dijo:

    “Sus ropas estaban secas y sin rastro de barro” Parece como uno de esos juegos de lógica infantiles en los que juegas a ser detective y te has de fijar en lo más evidente para descubrir al asesino… El asesino se confió demasiado en su estatus de guardia civil y obvió detalles importantes en la narración de los hechos.
    ¿Por qué mataría a su amigo? Lo que está claro es que éste no sospechaba nada, ni se lo veía venir. Si no, no hubiese accedido a encontrarse con él, ni hubieran salido a tapear tranquilamente…

    http://dicotomias.webs.com/apps/blog/categories/show/554529-de-caminos-polvorientos

  2. Maria Pilar Paris dijo:

    Una vez más, la historia se parece a una de Agatha Christie. Me encantan estas historias, lo que pasa es que hubiera gustado saber el motivo, !Ese es el misterio!, y debo decir que me sorprende el poder de deducción del juez, lo de la ropa seca es un detalle de verdadero profesional, con lo cual se puede decir que en todos los tiempos ha habido gente que eran verdaderos profesionales.

  3. Juan dijo:

    A mí me huele a crimen pasional… Dos hombres solos paseando por los pinares… No se habló más del tema… Me suena.

  4. javier dijo:

    De este espeso y municipal relato deducirán los jóvenes de hoy el porqué de que se llame aún “la custecica de Morón” a la pequeña cuesta que hace la Avenida de San José desde Tenor Fleta hasta el Canal: allí estaba la Fábrica del señor Morón como se dice en el relato de 1902.
    Por otro lado la autoridad, así como la policía, siempre tan diligentes: “Se ven colillas, luego aquí han fumado.” Y el picoleto llevaba seco hasta el sable. Qué jodío.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *