El huracán de dos minutos que hizo descarrilar el tranvía

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Hace ahora 100 años, el centro de Zaragoza se vio sacudido por un misterioso huracán. Duró poco, pero causó grandes daños. Esta es la crónica apresurada de lo sucedido:

Cuantos a las tres y media de la tarde de ayer se encontraban en las calles o en las afueras de la población, sufrieron los efectos de un furioso vendaval que adquirió en los pocos minutos de su duración los caracteres de un verdadero huracán.
En muchas calles de la población apenas si fueron advertidos los efectos del huracán; en otras, sobre todo en las vías centrales, el polvo cegó a los transeúntes haciéndose de todo punto imposible la marcha por ellas.
Fueron dos minutos de prueba. En las afueras es donde mayor impresión produjo en las gentes el fenómeno. Amaneció el día nuboso y tristón y con amagos de tormenta; cruzaban el cielo grandes vellones de nubes que ocultaban el sol transcurriendo así toda la mañana.
En las primeras horas de la tarde hubo un cambio brusco de temperatura. El viento ocasionó varios incidentes que afortunadamente no tuvieron consecuencias lamentables.
En las inmediaciones del Cementerio de Torrero practicaban la instrucción los reclutas del regimiento Lanceros del Rey.
Cuando los quintos hallábanse realizando uno de los movimientos fueron sorprendidos por el simoun, quedando envueltos en una espesa nube de polvo. Encabritáronse los caballos y rodaron algunos  jinetes por el suelo.
Los oficiales consiguieron restablecer la normalidad en las secciones disponiendo que tanto el ganado cono los hombres se resguardaran en las tapias del cementerio del furioso huracán.
Dos arrieros que conducían dos caballerías con carga abandonaron ésta en el camino y, a todo correr. buscaron también refugio en las tapias del cementerio.
A la salida de la estación del Campo Sepulcro el polvo y el viento hicieron descarrilar a uno de los tranvías que prestaban el servicio de estaciones.
En el paseo de María Agustín volcaron dos carros pequeños que conducían la mudanza de una casa.
En el puente de Piedra quedó interrumpida la circulación por breves momentos. Los que fueron sorprendidos en dicho sitio por el huracán viéronse obligados a agarrarse a la barandilla para no exponerse a un serio disgusto.
En el centro del puente corrió grave peligro un coche en el que iba un muy conocido y distinguido médico. La serenidad del cochero, que contuvo al espantado bruto, evitó que éste se desbocara y ocurriera una desgracia.
Cuando amainó algo el viento, cayó ligera lluvia, que sirvió para empapar el polvo existente en las calles y que tantas molestias ocasionaba a los transeúntes.
Fue una lluvia humanitaria y oportuna.
El tiempo sigue revuelto y descompuesto.

Y mañana…
Una baturrica en París

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