El salvaje atentado de la calle de Albareda

Las tres víctimas mortales del atentado

Las tres víctimas mortales del atentado

 

Aragón ha sufrido como nadie el azote del terrorismo. Y no solo en tiempos recientes, también a principios de siglo. Uno de los atentados que causó mayor conmoción en la Zaragoza de los años treinta fue el que tuvo lugar el 26 de marzo de 1934 en la calle de Albareda, frente a la Comisaría de Vigilancia. Murieron tres personas, un maitre, una mujer y su hijo de tan solo cinco años. Así lo contaba HERALDO:

Ayer, a las siete y diez de la noche, se oyó desde distintos sectores de la ciudad una formidable detonación, que causó entre el público gran inquietud y alarma. Particularmente se oyó con una intensidad impresionante en la zona del Paseo de la Independencia, lo que hizo suponer que se había registrado en alguna de las calles inmediatas.
Desde el primer momento supuso la gente que se trataba de un acto terrorista. El público que transitaba por las calles más céntricas se dirigió hacia el lugar donde se imaginaba había partido la explosión, con objeto de averiguar lo ocurrido. En pocos momentos se congregaron en el Paseo de la Independencia varios centenares de personas. Como se suponía, la detonación se registró
en las inmediaciones del Paseo de la Independencia, en la calle de Albareda.
El artefacto fue colocado cerca de la puerta del establecimiento de material eléctrico de don Miguel Agüeras. Esta tienda se halla situada en la esquina que da a la calle de Ponzano, por donde tiene entrada. Enfrente se halla  la Comisaría de Vigilancia. En el momento de ocurrir la explosión se hallaban en la tienda don Miguel Agüeras y sus hijos don Juan y don Miguel.
Según las referencias que hemos podido recoger, el suceso ocurrió de la siguiente forma:
A las siete y diez de la noche, y cuando el propietario del establecimiento y sus dos hijos se hallaban empaquetando unos aparatos en un ángulo del local, se registró en la calle un formidable explosión, que repercutió en la tienda de una forma violentísima, provocando el derrumbamiento de las estanterías y de los aparatos eléctricos que había colgados en el techo. El establecimiento se llenó de humo y los tres hombres que se hallaban allí se vieron obligados a salir a la calle, bajo la terrible impresión que es de suponer. Al oir la detonación salieron de la Comisaría de Vigilancia los agentes y guardias que se hallaban de servicio. Los primeros momentos fueron de gran confusión. Los agentes y los guardias acudieron primero a prestar auxilio a varias personas que se hallaban tendidas en el suelo, alguna de las cuales profería voces de auxilio.
Don Miguel Agüeras y sus dos hijos, sobreponiéndose a la violenta impresión recibida, y dando muestras de una gran entereza de ánimo, procedieron a recoger a una mujer y a un niño que se hallaban tendidos en el suelo cerca de la puerta del establecimiento. De las casas inmediatas salieron también varios vecinos, quienes se apresuraron a prestar auxilio a los heridos. Bien pronto se vio que el suceso había alcanzado extraordinaria gravedad. Tres hombres, dos mujeres y un niño habían resultado víctimas de la explosión del artefacto. Todos ellos presentaban heridas en diferentes partes del cuerpo, por las que arrojaban abundante sangre. Entre las víctimas se encontraba un guardia de Asalto.
Pasados los primeros momentos de confusión, se procedió a trasladar los heridos al Hospital Provincial y a la Casa de Socorro. Para ello se utilizaron varios automóviles. A la Casa de Socorro fueron conducidos los heridos más graves, que eran una mujer, un hombre y un niño. Los tres presentaban horribles destrozos. Al Hospital Provincial fueron trasladados el guardia de Asalto, una mujer y un joven.
Al ingresar en la Casa de Socorro falleció el hombre. Los facultativos de guardia le aplicaron unas inyecciones para intentar reanimarlo; pero todo fue inútil. La víctima aparecía materialmente acribillada por la metralla. La mujer y el niño presentaban heridas en diferentes partes del cuerpo, de carácter muy grave. Con la urgencia propia del caso, los facultativos procedieron a practicarles la
primera cura. Entonces se vio que las lesiones que sufría el niño eran mortales de necesidad. La infortunada criatura presentaba una herida enel vientre, con salida del paquete intestinal.
La mujer sufría una herida en el muslo derecho con fractura del hueso y sección casi completa de los músculos; y otra herida en el tercio inferior del muslo izquierdo. La desgraciada mujer, desde que ingresó en la Casa de Socorro, no cesó de preguntar por el niño, diciendo que era hijo suyo.
A las preguntas de los facultativos dijo llamarse Emilia Félix Clavería, de treinta y un años de edad, natural de Albalate del Arzobispo, domiciliada en la calle de San Blas, número diecisiete, quinto piso.
También dijo que su hijo se llamaba José Trullén Félix, de cinco años, de edad.
El hombre que falleció al ingresar en la Casa de Socorro fue identificado pocos momentos después. En uno de los bolsillos de la americana fue encontrada una cédula personal expedida a favor de Antonio Ochoa Lahuerta, de treinta y tres años de edad, domiciliado en Hernán Cortés, número veintisiete, cuarto. Una vez conocido el nombre, resultó fácil averiguar quién era la víctima. Antonio se hallaba empleado desde hace dieciséis años en el Hotel Oriente, donde actuaba de ‘maitre’. Por sus admirables cualidades personales gozaba de la absoluta confianza del propietario del hotel, que lo consideraba como de la familia. Deja viuda y dos hijos de corta edad. El propietario del Hotel Oriente, don Isidoro Martínez, acudió a la Casa de Socorro tan pronto como tuvo noticia del suceso.
Según manifestó el señor Martínez, el infortunado Antonio fue sorprendido por la desgracia cuando se dirigía a trabajar al hotel.
El señor Martínez se encargó de comunicar la triste noticia a la familia de la víctima. Como se temía, dada la gravedad de las heridas, a las ocho y media de la noche falleció en la Casa de Socorro el niño José Trullén. Los facultativos le practicaron una operación para reducirle el paquete intestinal, pero los destrozos que presentaba eran tan grandes que desde el primer momento se consideró imposible salvarle la vida. La noticia de la muerte del niño le fue ocultada, como es natural, a la madre, cuyo estado hace temer un fatal desenlace.
Como último recurso, los médicos practicaron anoche una operación para amputarle la pierna, que estaba totalmente esquirlada. La operación le fue practicada por el doctor Val Carreres, presenciándola el decano de la Beneficencia don Juan José Rivas.
La infortunada Emilia Félix Clavería, al ser curada en la Casa de Socorro, rogó a los médicos que le asistían que avisaran de lo ocurrido a su esposo, que se hallaba en Daroca. Este se llama José Trullén y se dedica a la venta ambulante de frutas. Con objeto de realizar algunas ventas, marchó hace dos días a Daroca.
Los empleados de este benéfico establecimiento sostuvieron una conferencia telefónica con el alcalde de aquella ciudad, al que pusieron en antecedentes de lo ocurrido para que, con las precauciones propias del caso, lo comunicara al marido y padre de las víctimas.
En el Hospital Provincial fueron asistidas tres de las víctimas del trágico suceso ocurrido en la calle de Albareda. Presentaban las siguientes lesiones: Feliciano Martín Martínez, de veintisiete años de edad, guardia de Asalto, fractura abierta de la pierna derecha, por su tercio inferior, y herida en el tercio inferior de la pierna derecha. Pronóstico grave.
Juan Ibáñez Oroz, de veinticinco años de edad, ajustador, domiciliado en la Avenida de Mayo, número seis, heridas en la rodilla y en la espalda, de carácter grave.
Melchora Sanmartín Sanjuán, de cuarenta y tres años de edad, domiciliada en el Instituto Goya, herida en el vientre, de pronóstico reservado.
Después de serles practicada la primera cura, el guardia Feliciano Martín quedó instalado en la sala de distinguidos; Juan Ibáñez en la de San Cosme; y Melchora en la de San José. Esta es esposa de un bedel del Instituto Goya. 
En el momento de ocurrir la explosión de la bomba, se hallaban en la Comisaría de Vigilancia el señor Fernández Prados y el comandante jefe de las fuerzas de Seguridad, don José Carroquino, quienes
inmediatamente salieron a la calle y acudieron en auxilio de las víctimas. Una vez que los heridos fueron trasladados al Hospital Provincial y a la Casa de Socorro, el señor Fernández Prados comenzó
a practicar los primeros trabajos para lograr el total esclarecimiento del atentado. El Comisario y varios agentes a sus órdenes practicaron una minuciosa inspección ocular en el lugar donde estalló el
artefacto. La bomba se hallaba en un carro de mano que fue colocado en la puerta de la tienda del señor Agüeras. En los primeros momentos se supuso que el atentado iba dirigido contra el señor
Agüeras; pero esta idea fue desechada inmediatamente al conocerse que en este industrial no concurre ninguna circunstancia que explicara el suceso. Una vez descartada esta suposición, la impresión del Comisario fue que se trataba de un atentado contra la fuerza pública, cuya organización había sido bien meditada.
La primera preocupación de la Policía fue averiguar cómo había sido colocada la bomba en aquel lugar sin que lo advirtieran los guardias que prestan servicio en la puerta de la Comisaría de Vigilancia.
Este importante extremo quedó aclarado tan pronto como se realizó una inspección ocular en el lugar donde estalló la bomba y en el interior del establecimiento de don Miguel Agüeras, donde fueron encontrados restos de un carro de mano. Sin duda los autores del atentado trasladaron el artefacto en este vehículo, que colocaron en la puerta de la tienda. Esta versión fue ratificada plenamente por el señor Agüeras y sus hijos, que, efectivamente, vieron parado junto a la acera un carro de mano, en el que había un bulto envuelto en una arpillera, cosa a la que no concedieron importancia por verse con mucha frecuencia.
Una de las víctimas de este suceso, Emilia Félix Clavería, posee una garita en la Gran Vía, cerca del puente sobre el ferrocarril, y diariamente cerraba su establecimiento a las seis y media de la tarde, dirigiéndose a su domicilio de la calle de San Blas por el Paseo de Pamplona. Ayer varió su ruta acompañada de su hijo, y una fatal coincidencia hizo que pasara por el lugar del suceso en el momento de producirse la explosión.
Uno de los primeros en acudir a la Casa de Socorro fue el propietario del Hotel Oriente, don Isidoro Martínez, quien, profundamente afectado por la desgracia ocurrida a su dependiente Antonio Ochoa, hizo presente su propósito de sufragar cuantos gastos se le ocasionen a la familia del desventurado Antonio con motivo del trágico suceso de que ha sido objeto.
A las diez y media de la noche se personó nuevamente en la Casa de Socorro el juez señor Martín Clavería, que ordenó el levantamiento de los cadáveres y su traslado al depósito judicial, lo que se realizó con el furgón automóvil de la Casa de Socorro, minutos después. En el establecimiento del señor Agüeras y en la calle fueron recogidos por la Policía los restos de un bidón de pintura y varios trozos de hierro. Esto hizo suponer que la bomba había sido construida con un buje de carro, que estaba encerrado en un bidón de pintura, que a su vez debía estar lleno de metralla.
La explosión del artefacto, que era de gran potencia, fue oída hasta en los barrios más extremos de la capital. En las casas inmediatas al lugar del suceso, la detonación provocó la rotura de los cristales y el derrumbamiento de algunos muebles. La calle de Albareda aparecía materialmente sembrada de cristales. Después de la explosión, la tienda de don Miguel Agüeras presentaba un aspecto desolador. La metralla destrozó las estanterías y todos los aparatos eléctricos y de radiotelefonía que había en el el establecimiento, abriendo grandes brechas en las paredes.
A causa de los efectos de la explosión, el carro de mano en el que estaba depositada la bomba quedó destruido, y los restos fueron a incrustarse violentamente en el interior de la tienda. Para dar una idea de la fuerza de la explosión, basta consignar el hecho de que el eje entero del carrito de mano fue hallado incrustado en una pared del establecimiento. Fue, pues, verdaderamente providencial que el señor Agüeras y sus dos hijos resultaran ilesos. La tienda, repetimos, quedó destrozada, calculándose las pérdidas en más de cincuenta mil pesetas.
Algunos trozos de metralla alcanzaron a un camión de Seguridad que se hallaba parado en la calle de Ponzano, causando grandes destrozos en la carrocería y en el motor. Por fortuna, el conductor no se hallaba en aquel momento en el vehículo. La impresión de las autoridades es que el atentado iba dirigido contra los guardias de Seguridad y Asalto. Los autores conocían perfectamente que a las siete de la noche se realiza el relevo de fuerzas en la Comisaría de Vigilancia y que a dicha hora se sitúan entre las calles de Albareda y Ponzano algunos grupos de guardias de los que han terminado el servicio.
Es muy posible que el individuo que llevó el carrito de mano intentara dejarlo cerca de la puerta de Comisaría, pero debió desistir de ello al advertir que había unos guardias y podían descubrirlo. Ayer se verificó el relevo a la hora indicada, pero como hacía un tiempo desapacible, los guardias no se detuvieron en la calle como otras veces. De todas maneras, si el artefacto hubiera estallado en el momento de salir los guardias, hubieran ocurrido más víctimas.
La bomba debía de llevar una mecha muy larga, pues el carrito estuvo parado más de diez minutos, cosa que advirtieron perfectamente el señor Agüeras y su hijo. De las investigaciones practicadas por la Policía se desprende que nadie advirtió cuándo fue dejado el carrito de mano en la puerta del señor Agüeras, ni cuántos eran los individuos que lo llevaban. Los autores tenían bien preparado el atentado, cuya audacia no tiene límites.

Durante los días siguientes se realizaron numerosas detenciones, hasta que la policía dio con dos hermanos, de apellido Beltrán, uno de los cuales había sido identificado por varios testigos como el hombre que dejó frente a la comisaría el carro donde estaba la bomba.

Mañana publicaré aquí la entrevista que realicé hace unos días a Ana María Sebastián.

Y el lunes…
El caso del sereno asesinado

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7 respuestas a El salvaje atentado de la calle de Albareda

  1. Blas dijo:

    Valdría la pena situar este atentado en una cadena de atentados terroristas por toda España, cuyo origen fue muy simple: el triunfo de las derechas en las elecciones generales republicanas de diciembre de 1933.

  2. Ana dijo:

    Sobrecoge de la misma manera que si fuese una noticia de la semana pasada. Por otro lado, menos mal que el periodismo actual no es tan prolijo en detalles, como la descripción minuciosa de las heridas o el empadronamiento exacto de los implicados.

  3. Maria Pilar Paris dijo:

    Ahora, como en años pasados, son inocentes los que pagan las consecuencias de la cobardía de ciertas personas, porque lo peor de todo esto es que esta gente que se dice no conforme con la sociedad, ataca de tal forma que los que pagan son víctimas inocentes, que no son por nada en la “lucha” que dicen llevar contra la sociedad.

  4. Emilia dijo:

    Soy nieta de Antonio Ochoa Lahuerta, una de las víctimas del atentado terrorista. Los terroristas que pusieron la bomba pertenecían a Falange (la misma que sigue impune y denunciando al juez Garzón por investigar los crímenes del franquismo). Al empezar la guerra salieron de la cárcel -claro- y fueron al frente, donde parece ser que murieron.

  5. Pedro dijo:

    ¡Qué pena!

  6. Natalia dijo:

    Si está suficientemente probado y documentado, ¿Por qué no se le da a los familiares un tratamiento como al resto de las víctimas del terrorismo? Me consta que actualmente (junio 2010) viven las dos hijas de Antonio Ochoa.

  7. Fernando dijo:

    ¿Los señores de la tienda de electricidad son familiares de la familia de joyeros Agüeras de Zaragoza?

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