El portero que evitó un atraco a mano armada

portero

Lo de secuestrar a toda una familia para robarle una gran cantidad de dinero no es nada nuevo, ni que hayan inventado las mafias del Este. En 1971, en pleno franquismo, HERALDO publicaba la siguiente noticia:

Fue el comentario del día. A las ocho y media de la mañana, dos jóvenes, armados con sendas pistolas y un cuchillo, se personaron en el piso de don José Béscos, en el paseo de Cuéllar, 41. Maniataron a toda la familia -esposa y dos hijas- y, tras de apoderarse de una cartera que contenía alrededor de veinte mil pesetas, obligaron al propietario del piso a que les extendiera un cheque por un valor superior a las setecientas mil pesetas, ya que tenían conocimiento de que poseía fondos suficientes en el banco para que el citado talón fuera hecho efectivo.
-Yo me quedaré aquí -dijo uno de los atracadores- hasta que mi compañero cobre el cheque. Usted llamará al banco para decir que es conforme.
Así las cosas, la señora de don José Béscos profirió unos gritos de auxilio que alarmaron al vecindario. Subió al piso -quinto E- el portero del inmueble, don Andrés Casalta, acompañado por el sacerdote don Ángel Álvarez, que habita en la misma casa. Pulsaron el timbre y uno de los atracadores abrió la puerta personalmente.
-¿Qué está sucediendo aquí? -preguntó el portero-.
-Nada -respondió el atracador-. Pase y se convencerá.
Lo hizo pasar, en efecto, cerrando la puerta a continuación, sin dejar entrar al sacerdote. El portero no tardó en darse cuenta de la situación, tan pronto como vio a todos maniatados sobre el suelo. Uno de los atracadores le dio en la cabeza con la culata de la pistola, abriéndole dos brechas tremendas en la cabeza. El portero no se amedrentó.
-¡Son ustedes unos canallas! -protestó-.
El del cuchillo fue hacia él, pero don Andrés Casalta lo rechazó. Arremetió contra los dos atracadores. Lo hizo con tal ímpetu, a pesar de que sangraba considerablemente, que éstos decidieron  huir. Se fue tras de uno de ellos atenazándolo.
-¡Este ya no se escapa! -exclamó-.
El sacerdote don Ángel Álvarez había dado ya la voz de alarma, ordenando incluso cerrar la puerta de la calle para que los atracadores no tuvieran salida posible. Así y todo, el que quedó en libertad pudo huir rompiendo un cristal de la puerta. Pero le valió de poco, porque horas más tarde fue capturado, también, por la Policía. El suceso, a grandes rasgos, puede resumirse así. Los jóvenes atracadores no tendrían más de veinte años.
Hemos conversado con los protagonistas del suceso. Cuando llegamos al paseo de Cuéllar, 41, la portera hablaba excitadamente con las vecinas, dando pormenores de lo ocurrido.
-Mi esposo -nos dijo- ha tenido que ser atendido en la Casa de Socorro. Le han dado varios puntos. Está en cama.
-¿Vieron entrar a los atracadores?
-Sí, claro. Les preguntamos a qué piso iban y nos dijeron, con la mayor naturalidad del mundo, que al quinto E.
Al poco tiempo se escucharon los gritos de auxilio de la señora de Bescos. El sacerdote don Ángel Alvarez se puso en guardia. Pensó que podía tratarse de una reyerta familiar. No obstante, salió al pasillo. Otros vecinos le dijeron que también habían escuchado los gritos. Se asomó al patio para asegurarse.
-Sí -le confirmaron-: ha sido en el quinto.
Entonces bajó a buscar al portero. Subió en su compañía hasta el quinto E. Los atracadores cometieron el error de no dejar entrar más que al portero. El sacerdote, que iba con sotana, no les intimidó. Sin embargo, fue el que dio la voz de alarma, más tarde, al comprobar que el portero no salía.
Conversamos con don José Bescós al filo del mediodía, cuando iba a la Jefatura Superior de Policía para identificar al segundo de los atracadores, el que huyó rompiendo el cristal.
-Ya están los dos a buen recaudo -nos dijo-. Pero pienso que, además, hay un tercero, que es el cómplice, el que sabía todo lo concerniente a mi cuenta corriente y al dinero que tenía disponible. Incluso tenemos todos, la Policía y yo, sospechas sobre su identidad.
-¿Y su esposa y sus hijas?
– Bien. Pero todavía padecen una profunda depresión nerviosa. Por favor, es mejor que no hablen con ellas. Una de mis hijas estaba enferma, con cuarenta grados de fiebre, y la metieron en la bañera. A mi esposa le pusieron un cuchillo en el cuello, tras de atarla fuertemente. También a mí me ataron, dejándome libre únicamente la mano derecha, para que pudiera firmar el cheque.
-¿Y usted firmó?
-Lo estaba haciendo cuando se presentó el portero. Al principio, pensaba en que todavía podía contar con la posibilidad de hacer una firma falsa, pero tomaron en sus manos el carnet de identidad y exigieron que trazara la misma firma. Además, uno de ellos iba a quedarse con nosotros hasta que hicieran efectivo el importe del cheque.
-¿Era por importe de setecientas cincuenta mil pesetas?
-Sí. Pero no me pregunte más. Pregúntele al portero, que ha sido un héroe. Todo se lo debo a él.
Don Andrés Casalta, el portero, tiene 55 años de edad. Lleva más de cuatro en la finca. Lo encontramos poco después de haber sido atendido en la Casa de Socorro.
-Miren qué brechas.
-Don José Bescós dice que se portó como los valientes.
-No hice más que cumplir con mi obligación. Cuando me abrieron la puerta del piso, vi a la señora de Bescós en el suelo, amenazada por un cuchillo. Insulté a los malhechores. Me dieron con la pistola en la cabeza y el del cuchillo se abalanzó hacia mi. Me defendí, agarrándole por el brazo. Vino el otro y los empujé hasta hacerles perder el equilibrio. Fue entonces cuando decidieron huir, pero yo tenía a uno de ellos sujeto.
El padre don Ángel Álvarez había tomado, además, las oportunas previsiones.
-¡Este ya no se escapa! -dije-.
Y así sucedió. El que logró escapar no tardó en ser capturado por la Policía. El portero, secundado por el sacerdote, libró a la familia Bescós del mañanero atraco a mano armada.

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