La errata más cruel del BOE

peon

El texto de hoy iba de lo duras que eran las condiciones de trabajo de los peones camineros en 1935, y me he encontrado lo de la errata. Pero no me enrollaré. La que postulo para ser considerada como ‘la errata más cruel del BOE’ es una que se cometió en diciembre de 34, como queda reflejado en este reportaje de Emilio Colás publicado en HERALDO el año siguiente. Al parecer, la Gaceta (antecesor del BOE) publicó una orden según la cual se reconocían a los peones camineros (que, por lo menguado del sueldo, se veían obligados a trabajar pasados los setenta e incluso ochenta años) la suma de 2.920 pesetas anuales. Aquello suponía un notable aumento de sueldo. Cuando los peones camineros de toda España se congratulaban de la medida… resultó que se había cometido una errata, sí, y que el aumento de sueldo  se refería a…
¡los peones caldereros! Camineros, no; ¡caldereros! La verdad es que es como para no creérselo.
Y, si quieren saber algo más de cómo era la vida de los peones camineros en 1935, lean el siguiente reportaje, que no es de lo mejorcito de Emilio Colás:

Estos días debe andar por Madrid una comisión de gentes humildes que, al arrimo de algunos diputados, valedores de su buena causa, buscan por las antesalas del ministerio de Obras Públicas una modestísima compensación a sus pobres vidas de renunciamientos y sacrificios. En esa comisión figurarán hombres llegados de todas las regiones españolas. Llegados desde los pueblos blancos y soleados de Levante y desde las aldeas encerradas entre montañas del Norte. Desde los riscos pelados de Castilla la Nueva y desde las parameras inmensas de la vieja Castilla. De todas las partes.
Vestirán la mayoría de ellos un pardo uniforme, deslucido por el uso, en el que amarillearán unos galones mal cosidos a las bocamangas. Y se cubrirán con una gorra también galoneada de merino o con un tosco sombrero de alas color de mosca. Sus rostros curtidos y azotados por todos los vientos, dirán bien a las claras a quienes les contemplan que se trata de esclavos de la tierra. Porque como la tierra, en muchos de ellos, las rayas de la vejez semejarán surcos en barbecho. Son peones camineros simplemente. Nada más ni nada menos que peones camineros. Es decir, funcionarios del Estado, con todos los deberes y obligaciones anejas a un servicio oficial. Pero… sin el menor asomo de derechos pasivos.
Los peones camineros son, como todos sabéis, esos hombres que en la soledad de la carretera se nos aparecen de pronto encorvados sobre un montón de grava y entregados a un trabajo agobiador. Por todo recreo a sus ojos, la inmensidad del horizonte y los hierbajos de la cuneta. Unos parias, en suma. Que rinden sus servicios al Estado años y más años, hasta los sesenta, hasta los ochenta o hasta los noventa…., hasta que se caen un día de viejos para no levantarse más… Y entonces la familia del peón caminero, la mujer, los hijos, todos los que viven a su amparo y cobijo, se quedan sin más luz ni más norte que un puñado de pesetas que los compañeros del muerto se encargan de proporcionar. Pero el Estado se limita a hacer una crucecita más en el escalafón.
“Me has servido tantos años -dice la Administración Pública- te he pagado un jornal todos los días. ¡Seis pesetazas, nada menos!… Has trabajado siempre de sol a sol. En invierno con frío y con nieves hasta las rodillas. En verano, achicharrándote de calor y envuelto en sudor… Bien. ¿Y qué? ¿Que has muerto y los tuyos no tienen ya un pedazo de pan que llevarse a la boca?… ¿Que van a tener que abandonar la casilla donde se ha deslizado tu existencia y van a quedar al raso en medio de cualquier campo acogedor?… Bien ¿Y qué?… Hubiéraste preocupado de ahorrar. Que el ahorro es la virtud del pobre”.
Así habla la Administración Pública, o sea el Estado. Pero como el hablar así es en contra de Dios, los peones camineros se han decidido a nombrar una comisión que allá en Madrid se encargue a fuerza de visiteos a señorones y de hacer antesalas en el Mministerio de Obras Públicas de remediar lo que ya debía estar remediado hace mucho tiempo. ¡Cuántas veces no habremos oído esas lamentaciones!… Y cuántas veces también al revuelo de cualquier accidente de automóvil no habrá salido a relucir el manoseado tema de lo mal cuidadas que se tienen las carreteras en España.
Precisamente una crónica de Manuel Aznar aparecida en estas columnas con el título de ‘Impresiones de un viaje’, en la que el articulista se refería a la pésima situación de algunas carreteras de España, sirvió para que un peón caminero de la provincia de Teruel nos dirigiese una patética carta en la que, entre otras cosas, venía a decir… “no solo están las carreteras medianas, sino que peor están todavía los pobrecitos peones camineros”. ¡Y tenía sobrada razón!… Las carreteras españolas, especialmente las no comprendidas en el circuito de firmes especiales, adolecen de muchas faltas que no son imputables, ni mucho menos, a los peones camineros. Porque ellos rinden su labor un día y otro con verdadero amor al trabajo. Pero de poco sirve que estos esforzados servidores cumplan a maravilla su misión si el Estado, por otra parte, no atiende las reparaciones en la medida y con los medios que debiera hacerlo. No. No es culpa de estos pobrecitos hombres laboriosos y honrados el que las carreteras tengan tantos defectos. Y hay que hacerles la justicia de reconocerlo así. Ni tal consideración debe ser obstáculo para aliviar la situación, bien triste por cierto, de estos jornaleros de Estado.
En resumidas cuentas, no es gran cosa lo que piden estos hombres. Ellos no solicitan otra cosa fundamental que una reorganización del Cuerpo a que pertenecen. Es decir, que se les reconozca como funcionarios de plantilla y se les equipare a los subalternos de los restantes cuerpos del Estado para los efectos de jubilación. Que para ingresar en el Cuerpo sean preferidos los hijos de capataces y camineros. Que se resuelva de un modo definitivo la situación de su Montepío… En total, unas aspiraciones tan justas, tan equitativas, que parece más que extraordinario no hayan sido ya resueltas hace mucho tiempo.
Claro que algo se consiguió en favor de estos modestos funcionarios al acordar las Cortes suprimir la amortización del personal de camineros y autorizar al ministro del ramo para reorganizar el cuerpo. Y en razonada instancia, los capataces y peones camineros de toda España se dirigieron al señor Guerra del Río -desempeñaba éste la cartera de Obras Públicas- suplicándole hiciese uso de tal autorización a la mayor brevedad. Es decir, suplicándole llevase a cabo la reorganización del Cuerpo, concediéndole las mejoras que permitiesen las disponibilidades presupuestarias. Que reparase, en una palabra, las injusticias de que han venido siendo objeto desde que existen en la vida oficial. Pero el señor Guerra del Río salió del ministerio. Y las peticiones, desde entonces, han quedado vagando en los espacios como el alma de Garibay. Porque esto ocurría en septiembre del año último, y hasta la fecha nada absolutamente se ha conseguido.
Todos los años, llegado el mes de septiembre, los capataces y peones camineros se reúnen en Asamblea. Una Asamblea que naturalmente se celebra en Madrid y en cuyas sesiones discuten estos hombres sus ansias de mejoramiento. Y, terminadas las laboriosas jornadas, cada uno de los asambleístas regresa al lugar de su residencia, esperanzado en que al fin los Poderes públicos han de acabar por atenderles y hacerles justicia. Juzgúese de la alegría y sorpresa de todos ellos cuando el año anterior, allá por el mes de diciembre, apareció en la ‘Gaceta’ una orden del Ministerio de Industria y Comercio en la que se disponía que se abonase al personal del cuerpo de peones camineros el sueldo de dos mil novecientas veinte pesetas anuales por haberlo votado así las Cortes en el Presupuesto para el segundo semestre del año en curso. ¡Al fin!… En todas las casillas de las carreteras españolas cientos de pechos se estremecieron alborozados. ¡Había llegado la hora de la reivindicación!… ¡Comenzaban a ser una hermosa realidad las promesas tantas veces escuchadas! Pero luego resultó que aquello había sido un lapsus del periódico oficial. Donde decía ‘Peones camineros’ debía decir ‘Peones caldereros’ (?). El castillo de naipes de las ilusiones se vino abajo con el mayor de los estrépitos. Y muchos de estos hombres, que no entienden de formulismos oficiales, ni de erratas, pensaron acaso con sobrada razón que no iba tan descaminado aquel que dijo: “Mientes más que la ‘Gaceta”…
Como el Estado no les ampara, estos pobrecitos hombres tienen que buscar el apoyo y protección entre ellos mismos. Y por lo que se refiere a nuestra provincia, tienen constituida una Asociación de defensa mutua que funciona admirablemente, y gracias a la cual pueden decir los camineros que no están desamparados. La Asociación de Capataces y Peones camineros tiene por objeto mantener la unión y el compañerismo entre los asociados, defender sus derechos y atribuciones profesionales, gestionar las mejoras convenientes a sus intereses morales y materiales y procurar por el sostenimiento de los socorros mutuos para casos de defunción.
Satisfacen al mes una modestísima cuota: cincuenta céntimos, y en caso de fallecimiento de un compañero entregan cada uno la cantidad de dos pesetas, cuya suma recibe la familia del finado. La Asociación está regida por una junta, de la que es presidente desde su fundación el capataz don Mariano Bosque, un hombre con el que hemos departido estos días y en el que hemos podido apreciar toda su férrea voluntad puesta al servicio de sus compañeros. ¡Orgullosos pueden estar de su presidente los camineros! Con hombres así, tan capacitados, tan entusiastas del uniforme que visten y tan buenazos de alma y corazón como es este Mariano Bosque, pueden confiar bien descansados en que el espíritu del Cuerpo late bien patente en todo momento y ocasión.
Y otro tanto podríamos decir de todos sus compañeros de Junta, elegidos cada uno de sus miembros por los cinco distritos en que para los fines de la asociación está dividida nuestra provincia, y que son Caspe, Cariñena, Calatayud, Borja y Sádaba. De todas las Asociaciones de España, es ésta de Zaragoza una de las que con más interés viene trabajando por la consecución de las mejoras que afectan a todas ellas.
Ya hemos dejado dicho que los peones tienen un jornal de seis pesetas. Los capataces lo disfrutan, de ocho y de nueve. Y hasta es fácil que se llegue a crear el cargo de capataz de línea con el jornal de doce pesetas. Pero esto que parece una mejora en puerta supondría una contrariedad para los capataces actuales, ya que como casi todos ellos son de edad avanzada, no podrían ingresar en la nueva categoría. Y quedarían expuestos a que llegase gente de la calle y les usurpase todos los derechos adquiridos. Porque esto de la edad, que en los camineros parece que debiera ser un mérito -haber estado sirviendo al Estado treinta, cuarenta años!-, es casi un lastre.
Por muchos pueblos, es decir, por muchas casillas, viven peones camineros con sus setenta y tantos, sus ochenta y hasta con sus noventa años a cuestas, saliendo todos los días a la carretera… Ellos ya se jubilarían de buen grado, pero como no tienen jubilación, pues aguantan, gracias a la conmiseración de los jefes, que les permiten seguir en su puesto antes de echarles a la calle. Y ésta es la mayor tragedia de estos hombres. De estos hombres que tienen a su cuido la vigilancia de las carreteras, la limpieza de las cunetas, el arreglo de los baches… Que viven -si a eso se le puede llamar vivir- a enormes distancias del poblado. Que tienen que recorrer diariamente seis y hasta ocho kilómetros solos. Con la imagen de su soledad por toda compañía. Y que al paso de los autos -su única distracción- levantan la vista unos momentos, y algunos hasta se quitan la gorra en reverencia… ¡Seres más infelices y más dignos de mejor suerte no creemos que existan en ningún rincón de España!…

Y ahora, su turno:  ¿Conocen alguna otra errata que haya tenido trascendencia?

Y mañana…
Así se inauguró la línea de tranvía de Delicias

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