El muchacho que pidió una flor… y acabó en la escuela

graveras

Hoy voy a hacer otro homenaje. En esta ocasión a un gran maestro, a una figura no voy a decir que olvidada, pero sí que, como otras muchas en Aragón, insuficientemente conocida. Hace unos días recordaba aquí la labor de un matrimonio de maestros, Nivardo Royo y Josefina Mallén, que consiguió que en 1924 Jarque de la Val fuera el único pueblo de Aragón donde no había analfabetos. Los protagonistas de la noticia de hoy son unos muchachos que fueron rescatados de las cuevas de las graveras de Zaragoza. Pero el protagonista, también, es Pedro Arnal Cavero que, siendo director de la Escuela Joaquín Costa, se encontró a un niño en la carretera de Madrid y se preguntó si iría al colegio todos los días. Este reportaje de Marcial Buj, emocionante aunque con un punto sensiblero y paternalista, se publicaba en mayo de 1953:

Nuestro querido amigo y compañero Pedro Arnal Cavero regresa de uno de sus cotidianos paseos por los montes vecinos. Trae unas florecillas silvestres y camina observándolo todo, buceando en el ambiente y en la vida. Viene por la carretera de Madrid y, muy cerca de las Delicias, algo le hace detener. Es un mozalbete harapiento, simpático, vivaracho que le dice:
-¿Me quiere dar una flor?
-¿Te gustan las flores?
-Mucho.
-¿En dónde vives?
-En las graveras.
-¿Vas a la escuela?
-Mi madre ha intentado llevarme, pero a pesar de llevar los papeles no lo consiguió.
-¿Como te llamas?
-Manuel. 
-Acompáñame a tu casa.
Arnal entró en una de las cuevas de las graveras de Baqué, como así se les llama, y pudo comprobar que tan necesaria o más que una escuela le era a aquel muchacho una alimentación. 
El director del Grupo Escolar Costa y periodista se llevó al pequeño Manuel. Había que vestirlo y darle de comer. Después vendría lo demás. Ya aprendería a saber cuántas son dos y dos… La voz corrió por las graveras. Un día Manuel se presentó con otro niño en la Escuela Costa.
-Es un amiguito -dijo-. También quiere aprender…
La cadena siguió. La Escuela no disponía de medios y se tuvo que pensar en la caridad de los demás. A la apremiante llamada acudieron unas cuantas personas caritativas, las suficientes para salir del paso; no era mucho lo que se pedía. Ahora son catorce chicos y tres chicas de las graveras de Baqué, y dos hermanos de las de Valdespartera, los que reciben enseñanza, ropa y alimento en ‘Costa’.
¿Cómo viven estos niños en la Escuela? ¿Qué vida hacían antes en sus casas? Queremos verlo todo y nos vamos a las graveras, acompañados de Arnal Cavero.
A espaldas del Castillo de Palomar, en el hondo de un terraplén bajo los pinos, se nos presenta el espectáculo de un extenso anfiteatro lleno de cuevas alineadas hondo, producido sin duda por la extracción de grava.
El sol cae de plano en la gravera,un árido paisaje en donde un triste y solitario chopo viene a acusar más esta aridez. Es una vieja estampa. La vimos muchas veces cuando estudiábamos Historia. Estaba la primera en el libro, el primer grabado correspondía a la Edad de Piedra.
La gente se resguarda del sol dentro de las cuevas. Sólo un pequeño troglodita tuesta su ya curtida piel correteando por la ‘boca de cráter’ del poblado. A la estampa le falta el dolmen, el menhir y el dinoterio.
Alguien nos ha visto y grita:
-Don Pedro. ¡Que viene don Pedro!
De las treinta y cinco cuevas salen mujeres y niños. Vienen a nuestro encuentro con rostro alegre, esperanzado…
No, hoy el director de la Escuela no les trae nada. Viene de visita. Pero no importa, la alegría de verlo, de hablar de sus pequeños es grande. Son diez y siete hijos de estas mujeres los que han podido ser reintegrados a la sociedad. Aparte, todos los sábados alternos se da a las familias de estos diez y siete niños un kilo de arroz, otro de alubias, otro de lentejas y, frecuentemente, un trozo grande de jabón. Hasta para el tranvía se les da a estas madres cuando vuelven cargadas a sus cuevas. Entramos en una de ellas, todas son por el estilo.
-No entren, por favor-nos dice la inquilina-. Tendrán que sentarse sobre el camastro.
La caverna es angosta. Está en hondo y, para bajar a ella nos servimos de unas desiguales piedras colocadas en escalera. El espacio justo para dos destartalados catres y el suficiente para estar de pie tres personas. Siete duermen aquí. Algunos huecos cavados en el interior hacen de alacenas. En ellas un botijo, algún puchero, recordamos haber visto unos platos… De lado a lado de cueva, una cuerda, tendida en ella prendas de vestir, es el improvisado armario.
Todavía hay más: unas estampas en las paredes y un calendario. ¡Un calendario! ¿Qué esperarán del tiempo estas gentes?
No hay cocina. Cuando hay algo que guisar lo hacen fuera, sobre unos ladrillos. Por alumbrado, la luz de las estrellas.
No son gitanos, ni nómadas, se trata simplemente de pobres.
No están los hombres. Es hora de estar buscando el sustento. Unos son estañadores, otros se dedican a la busca de hierro y carbonilla, algunos a papeles y trapos, otras son jornales y alguno acude a las puertas de les cuarteles…
Ellas visten como su condición requiere, pero van limpias y aseadas.
-Todavía no hemos tenido tiempo de hacer la cama -nos dice una- ¡Qué pensarán ustedes de nosotras!
Visitamos la cueva más pequeñita de las treinta y cinco de las graveras de Baqué. Es la de los Úbeda. Un solo hueco, una sola cama, cuatro de familia. Tiene hasta mesita de noche.
Hay un riego cercano; una acequia que solo corre el agua unos tres días al mes.
Y muchos niños pequeños que preguntan a don Pedro si he traído caramelos.
Las madres todas quisieran llevarlos a la Escuela Costa, pero todavía no tienen la edad. Además habrá que vestirlos…
Todas preguntan a nuestro acompañante por ‘la Carmencica’. Todas se interesan por ella.
Carmen es una guapa moza que vive en las graveras, hermana de Manuel, el chaval que hace cinco años le pidió una flor a don Pedro. Tenía una grave enfermedad y tuvo que dejar de trabajar en la trapería donde prestaba sus servicios.
-Hay que operarla -había aconsejado alguien-.
-¡Hay que operarla! -repitió su hermano en la Escuela Costa.
Y allá que va el director al Clínico de la Facultad de Medicina, a hablar cen el doctor don Manuel Pelayo Marraco.
El prestigioso doctor dió toda clase de facilidades. Carmen fue hospitalizada y hace muy pocos días el propio doctor Pelayo Marraco le practicó la delicadísima operación quirúrgica.
Hace cinco meses, cuando Carmen se sintió enferma, dejó de trabajar y necesito de una alimentación, también a ella le llegaron auxilios y socorros de la Escuela.
-¿Vamos al Clínico a ver a Carmencita? -dice Arnal.
-Vamos.
La sala es amplia, limpia, soleada. Al fondo, la ultima cama a la derecha es la de Carmen. Le acompaña otra chica de las cuevas. Carmen está visiblemente emocionada al ver a don Pedro.
-Chist… No hables -dice éste, dándole una palmadita en la frente.
Esta recién operada. Aquí no ha de faltarle nada, pero Arnal le entrega una cantidad. Carmen no habla, pero lo mira. ¡Qué cosas diría si pudiera hablar! No hace falta, sus ojos lo dicen todo.
La Escuela Costa es la meta de nuestra excursión y aquí nos son presentados los chicos.
-Pero ¿éstos son los de las Graveras? -preguntamos incrédulos-. En nada se diferencian de los demás, así van ellos de vestidos y aseados.
-Cada mes -dice don Pedro- se les da más de veinte pares de alpargatas, sandalias o zapatillas, según el tiempo. Al que menos se le ha dado, desde septiembre que comenzó el curso, ha sido dos jerseis, dos pantalones, camisas, camisetas y otras prendas.
-¿Rompen mucho?
-Mucho, y sobre todo calzado.
-¿Se les hacen entregas de dinero a los familiares?
-Poco. La experiencia aconseja esta discreción.
-¿Qué hacen estos niños en la escuela?
-Cada uno está matriculado en la sección que le corresponde según su edad mental. Pero, además, tienen una clase especial y particular muy provechosa, de doce a una y media. Un maestro de la Escuela, don Antonio Pascual, es el encargado de darla hace ya unos tres meses. Pasan el día en Costa (clases, patios, jardines, recreos, piscina, terraza, teatro…). A las seis de la tarde regresan a sus cuevas bien comidos.
-¿Se les proporciona material escolar?
-Gratuito. Cartillas, libros de lectura, enciclopedias, catecismos, cuartillas, lapiceros, carteras, compases…
-¿Cómo se les viste?
-Entregamos unos vales a las madres y ellas mismas eligen en los comercios que les indicamos. De ahí que no parecen uniformados.
-¿Comida?
-Desde que se cerraron los comedores escolares, los niños de las graveras siguen comiendo en la escuela porque la Diputación hace esa misericordia caritativa de proporcionarles comida del Hogar Pignatelli.
-¿Quiénes van a buscarlas?
-Un portero y dos o tres chicos mayores.
-¿Y el pan?
-El pan se paga aquí, con fondos de limosnas. La merienda y el servicio, también.
-¿Qué comen?
-Es la misma comida del Hogar: abundante y deleitosa. No han comido jamás estos chicos tanto ni tan bien como ahora. Sor María Burgos ‘nos’ trata estupendamente
-Menú.
-El de ayer: un buen plato hasta arriba de patatas con carne, croquetas en abundancia y, para postre, lechuga. El de hoy: garbanzos con patatas y arroz, un segundo plato de buen escabeche, y lechuga.
Les sirve la comida la señorita Rosario Castillo Deza.
-Buen rasgo de nuestra Diputación.
-Espléndido rasgo que elogio y agradezco.
-¿Todo sale de donativos? Recordamos que los promovió un artículo suyo publicado en estas mismas columnas hace algunos meses. ¿A cuánto ascienden?
-Los enviados a HERALDO DE ARAGÓN pasan de las cuatro mil pesetas. De los que me han llegado en forma directa de ropa y grandes descuentos, figuran los de don Leopoldo Abadía, don José Pomar, don Pedro Serrano y otros. Para los enfermos y casos de urgencia, un buen amigo mío, don J. S., me entregó 300 pesetas una vez y 500 pesetas hace poco tiempo. Este mismo señor hizo una obra singularísima, ejemplarísima, con dos chicos de la Escuela el pasado verano, invitándoles a un veraneo en el Balneario de Panticosa. Luego están las famosas diez mil pesetas…
-¿Cómo fue…?
-Un anónimo me envió bajo sobre una carta y diez billetes de mil pesetas. Como yo estaba en el monte, lo dejó en la portería de mi casa.
-¿Qué decía la carta?
-En ella suplicaba que no se hiciese referencia periodística. Yo lamento mucho no entrar en contacto con este bienhechor, pues me gustaría explicarle en qué forma se invierten y, ademas, saber si la inversión se hace a medida de sus deseos. Existen otros anónimos a quienes aun no he podido localizar.
-¿Qué hay de un discípulo suyo que todos los días trae merienda para dos niños de las Graveras?
-Es Juan Antonio Senante, de la octava sección. Desde que el curso empezó, todos los días invita a merendar a dos de ellos.
-¿Algún caso curioso más?
-Sí; el del conocido constructor zaragozano y gran amigo, Pedro Domingo. Me ha prometido que en cuanto el niño Manuel cumpla los catorce años, lo colocará en su negocio. Ya pronto cumplirá los trece.
Los niños de las Graveras son unos de tantos entre los mil doscientos cuarenta matriculados en la Escuela Costa. Todos iguales, ni más ni menos. A todos se les enseña, entre otras cosas importantes, a amarse unos a los otros. Los hemos visto jugar en el recreo y la humanitaria obra, de proporciones colosales, nos llega en toda su magnitud. Al pensar en las cavernas de Baqué y verlos ahora aquí, camino de ser hombres, no dudamos en pensar que sí, que se ha llegado a tiempo.

¡Qué habrá sido de aquellos niños! Espero que hayan llevado una buena vida y disfruten ahora plenamente y en felicidad de su jubilación.
Y ya me dirán si Arnal Cavero no merecería ser mucho más apreciado en Zaragoza.
Por cierto, y aunque sea una banalidad, ¿lechuga como postre?

Y el lunes…
El trágico accidente del tren ganadero.

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3 respuestas a El muchacho que pidió una flor… y acabó en la escuela

  1. Emocionante la historia. Gracias por traernos estos retazos de nuestro pasado.
    Seguro que a algunos de aquellos niños, hoy abuelos,se les escapa una lágrima y nos hacen llegar unas líneas.

  2. quemasda dijo:

    Preciosa historia Mariano. Ya ves….el niño pidió una flor, eso decía mucho de él mismo, y seguro que eso fue lo que llamó la atención a Arnal Cavero. En cuanto a lo de la lechuga como postre, a mí también me ha llamado mucho la atención, pero me parece que hay un país europeo donde también la toman al final. Será para desengrasar…

  3. Carmen dijo:

    Después de leer esta historia tan entrañable, no puedo evitar sentirme orgullosa de que el Centro donde ejerzo mi labor, el Hilarión Gimeno,esté situado en la calle cuyo nombre honra al ejemplar maestro D. Pedro Arnal Cavero.

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