El ciego que salvó a una niña de morir ahogada en el Ebro

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Hoy les traigo el caso de otro héroe anónimo. Bueno, dejó de ser anónimo tras su hazaña, así que tendré que buscar otra expresión para estos personajes que de cuando en cuando traigo a Tinta de Hemeroteca. En 1952, un invidente salvó la vida de una niña que se estaba ahogando en el Ebro. En mayo del 53 se le rindió un homenaje, y el Consejo Superior de Protección de Menores le dio 1.500 pesetas y la Junta Provincial de Zaragoza idéntica cantidad. Luego, como ya viene siendo habitual, el olvido. Se publicó la siguiente entrevista en HERALDO:

Tuvimos ocasión reciente de conversar unos momentos con Vicente Zorzano Gundín, el heroico invidente afiliado a la Delegación Provincial de Zaragoza de la Organización Nacional de Ciegos Españoles, quien, con gran exposición de su vida, salvó a la niña María Luisa Vilella Vidal en el mes de agosto último, del peligro de perecer ahogada en el río Ebro.
“Nací -nos dice al contestar a nuestras preguntas- el veintisiete de octubre del año 1893 en Logroño. Aprendí casi de niño el oficio de albañil y lo practiqué en mi mocedad. Transcurrió algún tiempo y fue en el año 1922, cuando la lectura de los relatos en los periódicos del desastre de Annual y derrumbamiento de la Comandancia de Melilla me impresionaron profundamente y despertaron en mi un profundo sentimiento patriótico que me llevó, a los pocos días, a ofrecer mis servicios a la Patria. Contado tiempo tardé en decidirme y realicé mis deseos al sentar plaza en la Legión. Me destinaron a la cuarta bandera que mandaba el comandante Badía y a la décima compañía al mando del capitán don Antonio Urzaiz Valenzuela, sobrino del teniente coronel Valenzuela. Mandaba entonces la Legión el teniente coronel Millán Astray y era comandante mayor Franco”.
Nos refiere luego Vicente Zorzano cómo perdió la vista. “Fue en Tizzi Assa -nos indica-. Estaba de servicio en la avanzadilla, con mi sección, cuando un día los moros atacaron, como tenían de costumbre, el convoy y las posiciones que defendían su paso. Nos asediaron en la posición, la que asaltaron. Algunos legionarios quedaron muertos, otros heroicos fueron hechos prsioneros, otros se salvaron. Una bomba de mano que lanzaron me hirió en los ojos, perdí por completo el ojo derecho y de momento quedé completamente ciego y conmocionado. Fui hecho prisionero pero otros legionanos atacaron a mis aprehensores y me libertaron”.
Siguió Vicente Zorzano con la narración de su odisea. “Me llevaron -agrega- al Hospital Docker de Melilla, donde estuve después de mis curaciones algún tiempo en observación por sufrir trastornos mentales a consecuencia de mis heridas en la cabeza. Ya mejorado, me llevaron a la Península y me entregaron a mis familiares, que entonces vivían en Barcelona. Me concedieron una pensión, pero pasó el tiempo y, como nadie se cuidó de reclamarla, prescribió su derecho y la perdí”.
“Al persistir -añade- los transtornos mentales, me llevaron a Pamplona, donde pasé en el manicomio otro periodo en observación. Mi situación económica se mejoró algo, al concederme un socorro de noventa pesetas mensuales, que aún percibo, como resultado de la fundación por el ilustre general don Miguel Primo de Rivera de la Junta Nacional de Socorros para Mutilados de África, cuyo tesorero fue algún tiempo el actual excelentísimo y reverendísimo obispo de Barbastro, don Pedro Cantero Cuadrado. Dicha Junta obtuvo los fondos para el mantenimiento de sus fines benéficos de una suscripción nacional que mandó abrir el general Primo de Rivera en beneficio de unos cien mutilados de guerra de África que se hallaban en idénticas condiciones a las mías”.
“Al salir de Pamplona tuve que ganarme la vida por mis propios medios -nos manifiesta Zorzano-, porque ya no tenía familia ni hogar. Me dediqué a vender en las estaciones de Zaragoza el ‘T.B.O.’, otras revistas infantiles y cancioneros. Por fin, en el año 1949 pude ingresar en la Delegación Provincial de la Organización Nacional de Ciegos Españoles en Zaragoza. Soy ahora vendedor de los ‘iguales’. Me facilitan diariamente seiscientos, de cuya venta total me queda un beneficio diario de veintiocho pesetas con cuarenta céntimos. Vivo ahora en un modesto hospedaje”.
Le recordamos su acción heroica desarrollada en una tarde de agosto último y nos dice: “Oí unas voces de una niña que pedía auxilio. Estaba cerca de la orilla del Ebro y casi debajo del Puente de Piedra,
en un día de gran calor. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que una amiga suya se había caído al río y se ahogaba. No lo dudé un momento. Sin vacilar fui en su socorro. Con auxilio de mi bastón tanteé el terreno. Me adentré en el río vestido. El lecho del río, sembrado de guijarros y resbaladizo, hacían difíciles mis pasos. Sentía que perdía pie y en aquel momento vi flotar cerca unas ropas. Con auxilio de mi bastón traté de alcanzarlas, pero se hundieron en las aguas. Yo resbalaba entre la corriente, pero no perdí el ánimo. Volvieron a flotar las ropas y con ayuda del bastón conseguí asirlas. Era la niña María Luisa, a quien a costa de ímprobos esfuerzos conseguí, por fin, llevarla a la orilla. Le practiqué la respiración artificial. Acudieron varias personas que habían presenciado mi acto y me felicitaron, entre ellos un guardia municipal, que tomó mi nombre y domicilio. La niña, al volver en sí, se me abrazaba y me decía: ‘Muchas gracias, guapito’. En el salvamento perdí mi reloj. Pasó el tiempo, y lo demás, ya lo conoce”. 
Al indagar por sus sentimientos, nos afirma Vicente Zorzano, “me han tenido siempre por impulsivo. Este acto lo realicé sin titubear, llevado de un sentimiento humanitario. Desde luego, bien puedo afirmarle que me agradaría morir por algo bello, dar mi vida por un ideal”.
Vicente Zorzano Gundin, al hacernos estas aseveraciones, refleja en su semblante una gran satisfacción y a la vez nos da la impresión de la veracidad de su sentimiento.

Seguro que a muchos de ustedes les ha inquietado ese pasaje en el que Zorzano, reconstruyendo los hechos, aseguraba “…en aquel momento vi flotar cerca unas ropas”. ¿Era, o no, ciego nuestro héroe anónimo? La duda me ha obligado a buscar un poco más y a reconstruir lo ocurrido gracias a otras noticias publicadas en su día.
El salvamento tuvo lugar en agosto de 1952, cuando dos niñas que paseaban por la ribera, cerca del puente de piedra, vieron flotando en el Ebro varias naranjas y quisieron coger algunas. Una de ellas, “dio en un pozo natural que formaba un remolino y desapareció en él”. No conozco que exista cerca del puente de Piedra otro ‘remolino’ que el temible pozo de San Lázaro, así que bien pudo tratarse de él.
Zorzano había perdido un ojo en acción de guerra y luego se le fue deteriorando la visión del otro. En 1952, cuando salvó a la niña, era afiliado a la ONCE, tenía sesenta años y, con el ojo ‘bueno’ solo podía ver bultos los días de mucha luz. No sabía nadar, pero se metió en el agua hasta el cuello y, cuando el remolino llevó a la niña hasta la superficie, tiró de sus ropas y la sacó a superficie. Parecía que estaba muerta, pero tras hacerle la respiración artificial logró volverla a la vida. Toda una gesta.

Y mañana…
Y el alcalde de Zaragoza se eligió por sorteo

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2 respuestas a El ciego que salvó a una niña de morir ahogada en el Ebro

  1. Carmen dijo:

    Gracias por rescatar del olvido historias protagonizadas por tantos héroes anónimos que, a través de sus proezas, nos dan una gran lección de humanidad en un mundo que, desgraciadamente, la va perdiendo a pasos agigantados.
    Son historias que transmiten auténticos valores universales y que yo me voy guardando para comentarlas con mis alumnos de Primaria, etapa estupenda para sentar las bases de la moral y la ética que ha de guiar el comportamiento de los hombres y mujeres del mañana.

  2. Carmelo dijo:

    Es sorprendente que alguien que no ve ponga en riesgo su vida para salvar a alguien que ni siquiera conoce. Sobre todo si se tiene en cuenta lo mal que le trata la sociedad que le obligaba a vivir casi en la mendicidad.

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