La calle de las dos caras

Bueno, pues como les decía ayer, comenzamos aquí el ‘libro’ sobre Zaragoza que vamos a escribir entre todos en Tinta de Hemeroteca. Veamos cómo era la calle Zurita, y sus vecinos,  en noviembre de 1969, hace 41 años. Esperamos sus colaboraciones.

Se parte en dos sin remedio. Tiene dos mitades que no son iguales ni se parecen en nada, aunque el ciudadano las conoce bajo un mismo nombre: Zurita. Y, sin embargo, ¿tiene algo en común la calle que va de Independencia a Isaac Peral con la que parte de ésta y desemboca en la plaza de José Antonio? Pues sí, lo tiene, y se llama: accesorios para el automóvil.
El alma de las calles es un misterio que nadie nos ha descubierto. Y aquí, en la de Zurita, se da plenamente.
-No sé qué tiene sobre Costa y Sanclemente, pero algo tiene. A Zurita se la considera de otra manera, como si fuese más -me dice uno de sus habitantes.
Sanclemente, Costa, Zurita inician y acaban sus vidas en los mismos lugares, aunque no de la misma manera. ¿Es el concepto del viandante el que gravita sobre ellas o van naciendo ya con un estilo peculiar…? Yo no lo sé, pero ésta de Zurita que nos interesa tiene algo, poco evidente sin embargo, que pesa sobre sus hermanas paralelas y, sobre todo, en el ánimo de quien camina por ella.
En 1942 se estableció en este su primer tramo una tienda que había de darle alegría, vida. Una ‘boutique’.
-Pero no empezamos con la ‘boutique’, eso fue después. Nos iniciamos con una tiendecita de artículos de regalo, con algún mueblecito auxiliar pintado y, sobre todo, con la famosa Mariquita Pérez.
Mi interlocutora, Carmenchu, no puede por menos de esbozar una sonrisa ante el recuerdo de Mariquita Pérez, la que era tan elegante… Bien se merece prestar atención.
-¿Mariquita Pérez? ¡Era la locura…! Nosotras fuimos las primeras representantes de la muñeca en Zaragoza. Tenía un baulito lleno de vestidos. Su ropero era el de una niña de tres años…
Claro, todas las niñas la querían; fue la primera muñeca que se salió del molde clásico de la pepona y del muñeco llorón… Y sigue con aquellos tiempos.
-Todo esto estaba vacío, desierto. Ahí enfrente había una explanada, bueno, unos huertos que pertenecían a unas religiosas, y un garitucho que era una agencia de transportes… Como le digo: no había nada.
-¿Y cómo se les ocurrió abrir una tienda así?
-Por fuerza. Como no encontramos otro sitio, nos quedamos aquí. Sin muchas esperanzas, desde luego. Recuerdo que seis meses antes que nosotras había abierto La Espiga, y aquí mismo, por cierto, ya había un establecimiento para el automóvil…
El panorama cambió. El garitucho desapareció de la faz de la calle Zurita, la huerta también. El hotel Central acabó su existencia. Salieron otras muñecas más bonitas y el baulito de Mariquita Pérez dejó de llamar la atención de nadie…
-Fuimos transformando todo esto en ‘boutique’. Porque, lo que más ha cambiado de todo esto, aquí donde lo ve, es la gente.
-¿La gente? ¿No es la misma?
-Es la misma…, pero muy diferente. Ha evolucionado de manera increíble -me dice otra señora, que lleva bastantes años en Zaragoza, aunque ella es de San Sebastián.
-Mire usted, cuando yo vine de San Sebastián todo me parecía muy pobre por aquí; pero hoy no tenemos nada que envidiarles; me refiero a la moda, claro, se viste mucho mejor en Zaragoza que en San Sebastián. Y yo soy de allí…
No es sospechosa de partidismo, quiere decir mi interlocutora.
-¿Sabe usted lo que destaca en Zaragoza? Que capta la moda inmediatamente. Lo que se lleva en París, se lleva en Zaragoza. Nosotras vamos dos veces por año a París, lo tenemos comprobado.
El nivel de vida de la mujer ha influido soberanamente. Una gran cantidad de chicas solteras, jóvenes, trabajan, tienen su propio estipendio para dedicarlo a trapitos.
-¡Huy, antes! Tenías que supeditarte a lo que te daban en casa, y como en casa no te daban nada…
Pues cero por cero; que, si la memoria no me falla, es cero. Pero está muy lejos de ‘cero’ en nuestros días la calle de Zurita. Una calle que, con su corta numeración -dieciocho en los pares y veintiuno en los impares- da mucho de sí.
Don Julio Galán estaba ya establecido en 1942. El es uno de los más antiguos comerciantes de esta gran familia de los accesorios para automóviles de la calle de Zurita. El me lo va a explicar.
-Soy de los más antiguos, pero no el que más. Cuando yo llegué ya funcionaba el Centro Técnico del Automóvil, y estaba, además, Ovidio Rin.
-Don Julio, ¿tiene algo especial la calle Zurita para esta clase de establecimientos?…
-Pues tiene que hay muchos. Y donde hay, se ponen todavía más.
-¿Esto supone un beneficio o un perjuicio para el comerciante?
-Supone una gran facilidad para el usuario y también para nosotros. El agrupar el comercio atrae más al cliente. ¿Es como en los bares, ¿no se ha dado cuenta de que es mejor que estén juntos?
-¿Y la competencia?
-¡Todo lo contrario! La calle de Zurita es conocida en todos los sitios, por todos los automovilistas de la provincia. El que necesita algo ya viene aquí directamente. Y mire usted, como es muy difícil que uno solo lo tenga todo, pues todos tan contentos. Si yo no tengo una cosa y el cliente la encuentra al lado o enfrente, el cliente encantado y a mí no me perjudica. Hay para todos, créame.
Es calle movida, dice el señor Galán, de pasado tristón y futuro rutilante… Lo que sí es triste, lo que no añade nada a la calle y debiera añadirle, es el pasaje del Coliseo. ¿Qué quiere decir un pasaje por el que apenas se pasa? Si hubiera algo interesante que ver, tal vez resultase más movido, más atrayente. Entre los números diez y doce de los pares y siete-nueve de los impares la calle queda cortada por la de Isaac Peral. Es un corte absoluto, total, que si no fuera por el pequeño detalle de las tiendas relacionadas con el automóvil carecería de nexo posible. En total, en una y otra parte de Zurita, son diez los establecimientos dedicados a esta industria, sin contar con las dos escuelas de conducir y los dos garajes que también tiene la calle. Total que, considerado su número de inmuebles, que es veintiuno, no arroja mal porcentaje, especialmente ‘traducido’ en litros de gasolina.
A este segundo tramo de Zurita le dan encanto dos magníficas hileras de plátanos. Por ellos, la primavera se llena de trinos y de alegría desgarradora. Y en el otoño conserva una majestad, un sosiego formidables; un color, una distinción que hace envidiables sus balcones, sus ventanas, sus viviendas. Este segundo tramo de la calle de Zurita es de una belleza urbana que no abunda mucho en la ciudad y que cobra todo su esplendor al desembocar en la siempre fresca plaza de José Antonio.
-Tiene una curiosidad muy grande esta parte de la calle: los comerciantes hacemos semana inglesa -me dice doña María del Carmen Garbayo, propietaria de una coquetona
tienda de velas.
-Como las tiendas de accesorios para automóvil cierran los sábados por la tarde, por aquí no pasa un alma. Tanto es así, que yo he llegado a guardarme la fiesta. Doña María del Carmen Garbayo no hace muchos años que está al frente de su despacho. Este es antiguo, sin embargo.
-Pero siempre lo ha llevado mi esposo. Lo que sí recuerdo de particular, en el tiempo que llevo aquí, es el comercio de cromos que existía antes. Se llenaba de chiquillería,
que cambiaban y vendían. Estaba la fábrica Nestlé, que le daba mucha vida. Ahora, ya lo ve, no pasa nadie. Para el comercio, fatal. Para el mío, quiero decir. Tanto es así, que muchas señoras entran y me dicen: “¿Hace muy poco que está usted, verdad?”.
La señora Garbayo me habla de las novedades de esta Navidad: velas japonesas perfumadas.
-He tenido velas japonesas el año pasado, pero las perfumadas me acaban de llegar…
El escaparate de la tiendecita, repleto de velas de vivos colores y sugestivas formas, suma encanto al encanto de Zurita.
En esta segunda versión recoleta, amable, con solera, de la calle de Zurita, encuentro a don Inocencio Andrés. Asomado al umbral de su puerta, disponiéndose a encender una pipa. El comercio de don Inocencio es también el de repuestos de automóviles.
-Sólo llevo dieciséis años aquí, poco -resume-; pero la calle es indiscutiblemente la mejor para este negocio.
Los clientes acuden como moscas, desde los más apartados rincones de la capital y provincia.
-¿Qué clase de piezas son las mas solicitadas?
-Todas las de transmisión y motor.
-¿No hay excesiva competencia en la calle Zurita?
-Al revés, nos complementamos. Piense que un coche viene a tener dos mil piezas distintas y no hay quién las tenga todas y en número suficiente para venderlas. Si uno no tiene la que el cliente necesita es una satisfacción que la encuentre en la tienda vecina.
Una satisfacción y una manera de que el cliente no salga de la calle de Zurita defraudado. Una manera moderna e inteligente de entender el comercio.
Don Inocencio Andrés, con su pipa, su Dodge y su negocio está encantado en la calle Zurita; lo único que no parece agradarle mucho son los pájaros.
-¿Sabe la faenita que nos hacen?
Es algo que da miedo, da miedo, da miedo dejar el coche y volver a tomarlo. ¡Igual que si hubiera nevado!…
Una de dos: o cubren los coches con fundas de plástico o reparten entre los pájaros bolsitas individuales de la misma materia. El hecho supone una pacífica rebelión de los pájaros, su protesta por la mecanización moderna. Una protesta sin duda organizada, por eso escogen esta calle suministradora del automovilista. Miren por dónde, la calle, la curiosa, diversa y sugestiva calle de Zurita, la calle de las dos caras, acaba en guerra simbólica entre el mundo de los cilindros y los émbolos y el mundo de las pequeñas alas. Que siga la
paz, que sigan los pájaros, que sigan adelante don Inocencio y sus colegas y que sigan también descendiendo sobre esta atractiva calle de Zurita todas las trinadoras primaveras.

Pues esto es lo que contaba Milagros Heredero. Y ahora, el turno del lector. Este texto, como los que le sigan todos los viernes a partir de hoy, permanecerá en la portada de Tinta de Hemeroteca todo el fin de semana. Se trata de que, quienes lo lean, envíen comentarios contando desde qué les parece el reportaje, hasta si conocieron a alguna de las personas que en él se mencionan, pasando por todo tipo de recuerdos y vivencias personales vinculadas a la calle en cuestión.
Por ejemplo, en el caso de hoy, nos vale tanto que alguien aporte el dato del nombre de la ‘boutique’ que fue la primera en Zaragoza en vender muñecas de Mariquita Pérez, como que alguien exponga alguna vivencia relacionada con el pasaje del Coliseo, como recuerdos de La Espiga, la ¿huerta? o la fábrica de ¿Nestlé? que dicen había en la calle, o la tienda de las velas, los pájaros, los plátanos… En fin, que todo vale, porque seguro que cualquier comentario que ustedes estimen intrascendente puede suscitar nuevos recuerdos y comentarios en otros lectores. Anímense.

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17 respuestas a La calle de las dos caras

  1. luison dijo:

    También existían talleres de reparación de automóviles, concretamente uno que se llamaba ‘La clínica del automóvil’, y que se establecieron allá por el año 1934.

  2. Hitano dijo:

    Excelente iniciativa esta de las calles de Zaragoza. La seguiré con muchísimo interes.
    Yo soy de los 70 así que de todo lo expuesto aquí solo conozco la tienda de velas que, si no me equivoco, cerró hará un par de años.
    También recuerdo el desaparecido pasaje del Coliseo Equitativa, por cierto que tengo entendido que este edificio tenía un refugio antiaéreo en el sótano que ahora es un gimnasio.

  3. Elena-Z dijo:

    Me ha encantado este artículo. Y si vas a seguir la misma línea en el blog, me voy a hacer más adicta todavía.
    No sé si será la misma, pero a mi me suena la huerta de Santa Engracia, igual es ese el huerto a que se refieren en el artículo, no hay tanta distancia física entre Santa Engracia y la calle Zurita. Y las monjas a las que se refiere en el artículo yo creo que son Las Carmelitas, pero esto te lo digo más por oídas en casa que porque yo tenga ningún dato en la mano.
    Me hace gracia la referencia a pasaje muerto en referencia al Coliseo… en 1969 yo no había nacido todavía, pero siempre he tenido esa imagen de ese pasaje… un pasaje pelín muerto, sin vida, salvo la entrada al cine y la venta de revistas a la entrada…
    Yo recuerdo un establecimiento que hacía esquina en Zurita con Isaac Peral, creo que era Julio Galán. Curiosamente, me hacía gracia en una zona céntrica como la calle Zurita un establecimiento de este tipo.
    De las escuelas de conductores, una de ellas todavía pervive, aunque ya no la lleva el titular original, que se jubiló hace unos 4-5 años. Está casi casi haciendo esquina con la Plaza los Sitios.
    Y me hace gracia el comentario: abrimos la tienda aquí porque no había otro sitio…juassss… un local en la calle Zurita ahora mismo, incluso con la crisis y todo… está cotizadisimo.
    Por cierto, la tienda de velas yo creo que todavía existe (o ha existido hasta hace nada).
    Espero con impaciencia el siguiente artículo.

  4. erlasa dijo:

    En los 50, compraba además de en Galán, en Ryun y sobretodo en Rionda. De acuer-
    do que era la calle del automóvil. Rionda me solucionaba hasta lo imposible.

  5. Luis dijo:

    La tienda de velas ha estado hasta hace unos años, al lado de la cafetería Babel. No sé si sigue existiendo.

  6. Marisa dijo:

    Ufff. qué recuerdos!!! Desde el año 64 estuve trabajando en una tienda de maquinaria industrial, que se llamaba Gumersindo García, en el nº 5. Teníamos que ponernos batas, igual que los dependientes, y no podíamos llevar pantalones, eso entonces era muy mal visto. La primera vez que fui con mi coche, un ondine, hasta salieron los dependientes de Losilla y Julio Galán para verme aparcar!!!!! Hay que decir que en aquellos años todavía éramos muy pocas las mujeres que conducíamos e incluso que íbamos a trabajar. Por la tarde nos comprábamos unos bocadillos estupendos de riñones en La Espiga y los fines de semana estaba lleno de cadetes y “cadeteras”, como se les llamaba a las chicas, sobre todo muy “pijas” que iban detras de ellos. Al lado estaba la casa de máquinas de coser Sigma y entonces el Pasaje tenía mucha vida con el cine, y se empleaba también para pasear. En fin…. contar y no parar.

  7. Francha Menayo dijo:

    En la calle Zurita, hasta bien entrados los años ochenta, estaba el Colegio Teresiano. La huerta puede ser la de las Clarisas de la calle Arquitecto Magdalena, que hoy están con convento nuevo pero sin tanta huerta.
    También había una pequeña librería, con un escaparate donde ponían todas las novedades y muy bien surtida. Hace muchos años que también se fue al garete.
    ¡Qué recuerdos de calle!, como muchas de esta ciudad.
    Buen artículo

  8. Zaragozana dijo:

    Tendré que preguntar a mi madre. Yo lo más que recuerdo es Ovidio Rin. Sé que fui varias veces a su casa, ya que en casa de mi abuela se hablaba mucho de él cuando se murió. Pero no me pregunten por qué, no recuerdo más. También creo recordar que casi saliendo a plaza de los Sitios, antiguamente plaza de José Antonio, donde yo iba muchas veces por el año 60/61 a jugar, había una agencia de transportes. No lo tengo muy claro; recuerdo muchas cosas de la plaza de los Sitios: cuando las niñeras iban vestidas con su traje de trabajo con carros de bebé… Ya más tarde recuerdo Casa Gambón, de papelería, junto a Modas Carrión, enfrente del pasaje. También me trae muchos recuerdos.

  9. Rosaura dijo:

    Era una calle especializada en el mundo del automóvil. Además de todas esas tiendas ya nombradas, había dos concesionarios de coches; en el lado de los pares Zarauto (Simca, Chrysler y Talbot) y en el lado de impares, pegado a la plaza de Los Sitios, estaba Seida, vendía toda la gama de Seat. También estaba una tienda que se llamaba Autogomas, esa creo que no la han nombrado. En cuanto a la tienda que empezó a vender “Mariquita Pérez”, es la actual boutique Carrión, tienda que sigue siendo propiedad de la misma familia.
    Por último, la cafetería llamada “La Espiga”, estaba regentada por el Sr. Adiego, era lugar de cita para mucha gente porque allí acudían muchísimos cadetes de la A.G.M. y la juventud de la época ligaba mucho con ellos; estaban muy en auge los cadetes.
    Al principio de la calle, junto a Independencia, había una discoteca de la cual no consigo recordar su nombre. Eran los años 70.

  10. Juan dijo:

    La discoteca a la que hace alusión el anterior comentario estaba precisamente en los bajos de La Espiga a finales de los 60. Era más bien lo que entonces se llamaba una “boite”, pequeñita y con música bastante buena. Iba gente muy joven, de colegios como Jesuitas, Marianistas, etc. En fin nada que ver con la gente de otras discotecas más “cañeras” de la época, como el “Samantha´s”, “Club Tony”, “Beethoven”, etc. Tiempo atrás en La Espiga, en la zona de la cafetería, se decía que iba a menudo el actual Rey Juan Carlos cuando estaba de cadete en la Academia Militar.

  11. Jesus Monreal dijo:

    Hacéis referencia a “la fábrica” de Nestlé. No era fábrica, sino la delegación comercial de dicha empresa. La dirección era la de plaza de José Antonio, 18, aunque las puertas y escaparates daban a Zurita. Allí estuvo la oficina, el canje de cromos de los álbumes y en el sótano el almacén de mercancías, hasta cerca del año 1960, en que se trasladaron a Leon XIII.

  12. Rosaura dijo:

    Juan, no me refiero a “La Espiga”, me refiero a otra discoteca que había junto a Independencia, en los lados pares, podría ser el en número 6 u ocho de la calle. Arriba estaba bar y luego, por unas escaleras muy empinadas según entrabas a la izda., accedías a la discoteca. No consigo acordarme del nombre pero no es “La Espiga”.

  13. Juan dijo:

    Más comercios de la zona. Además de todas las tiendas del sector del automóvil, había, como se ha comentado dos concesionarios. El de Seat fue posteriormente la tienda de ropa interior Damart Termolactil. Se ha hablado de La Espiga, pero en los impares estaba el bar restaurante Fiesta, que ahora es un restaurante italiano, y a su lado, el que primero fue el bar de empleados de Galerías Preciados y después el restaurante Mesón Zurita. En ese mismo lado, casi esquina con Isaac Peral, estuvo el Banco Europa en el local que anteriormente ocupó una tienda de ultramarinos.
    Recuerdo, por último, una pequeña tienda de electricidad en la entrada del pasaje.

  14. angelines dijo:

    Creo recordar que en el pasaje había una bolera. ¿Alguien me lo puede aclarar?

  15. Patricia dijo:

    Yo recuerdo la tienda de velas que habéis mencionado. Necesitaras el tipo que necesitaras, ellas lo tenían. Me encantaba el olor característico de tantas velas al entrar. Y las que tenían en la tienda expuestas al público eran algunas preciosas. Auténticas virguerías de cera.

  16. ana dijo:

    Voy a poner mi granito de arena en este comentario. Nací en el 37 en la calle Zurita 16. Como bien dicen los otros comentarios, era una calle preciosa, toda llena de tiendas de repuestos de automóviles. Carrión, en la entrada de la calle por el paseo. Mi muñeca preciosa, la Mariquita Perez. La conservé después de casada muchos años hasta que mis hijos me la destrozaron. La sala de discoteca Fiesta, la Espiga, con el Rey tomándose unas cañas cuando era cadete. Mi colegio, las Teresianas. Ya de mayor llegaba a casa sobre las nueve y media y ahí nos encontrábamos, todas las pollitas con los novios a hacer un rato de tertulia antes de entrar en casa. Cuando volvía a casa alguna vez tarde, con mis padres siempre, daba gusto llamar al sereno para que te abriese la puerta. Los pájaros por el día cantando. Todo el vecindario nos conocíamos. Por cierto, la tienda de las velas la quitaron hace unos 5 años. Mis mejores años de mi vida los disfrute en Zurita 16

  17. Carmen belsue dijo:

    En La Espiga, antes que la discoteca existía un gran salón destinado a bolera; fue regentada por el señor Solsonas. El negocio lo traspasó a José Luis Marca, que en los bajos del local montó una discoteca. Después fue el Sr. Murillo, con otros dos socios, quien llevó este negocio, pero ya sin discoteca. Y luego lo disfrutó otro que ya no recuerdo. Todos estos datos me los ha dado mi marido, que nació en Zurita, 4 ; también fue al colegio de las Teresianas y vio desde su balcón cómo se construía desde su inicio el edificio del Banco Popular. También recuerdo una sedería a la derecha del patio muy pequeñita,pero que tenía de todo, y en el interior del patio un relojero.

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