La primera mujer musulmana que entró en el Pilar

La foto la verdad es que se las trae aunque, por lo que se cuenta en el reportaje, parece que la mujer no iba siempre con la cara tan tapada. Dicen que con ese tipo de atuendo se lleva bastante bien el calor en el desierto, pero yo, la verdad, no me pondría eso en pleno agosto zaragozano ni por todo el oro del mundo. El caso es que en el verano de 1929 en la capital del Ebro no se hablaba de otra cosa que de esta pareja, y Emilio Colás les hizo este reportaje. Algunos enfoques y expresiones seguramente les sorprendan, incluso pueden incomodar a algunos, pero el reportaje está hecho con cariño: así era el periodismo en 1929. Y así era España entonces, también: 

Desde hace algunos días constituye la nota saliente de la vida zaragozana la presencia en las calles de una pareja de moros. Alto, fornido, corpulento él. Bajita, un poquito rechoncha y muy guapa ella.
La pareja de moros, puede decirse sin exageración que ha sido durante estos días últimos de agosto tan desquiciados por los bruscos cambios de temperatura, el clon de la actualidad veraniega zaragozana. Se les veía en todas partes. En la calle de Alfonso, en el Mercado, en el Pilar, en los cines, en los cafés céntricos, en la plaza de toros. La fantasía popular tejió alrededor de esta pareja las más disparatadas versiones.
-Son dos moros -decían las gentes que se tenían por bien informadas- que vienen a convertirse al catolicismo y a casarse como Dios manda.
-Son dos moros -decían otros- que vienen huidos de su tierra.
Ni una cosa ni la otra.
Son dos moros, recién casados, que vienen a realizar su viaje de novios por las principales capitales españolas. Igual. Exactamente igual que una pareja de novios ‘bien’, se lanza a recorrer las principales capitales europeas. Pero esta pareja es de novios que aman a España. Que la quieren con toda la fuerza de su corazón. Y, naturalmente, para ellos nada tan indicado como una vueltecita por estas poblaciones españolas, algunas de ellas como Córdoba y Granada, tan sugeridoras…
El moro, mejor dicho, el morazo, es nada menos que un oficial del Ejército español. Un oficial primero de la Mehalla Jalifiana de Gomara número 6. Y se llama Abdel-lah Mohamed Mesauri. Tiene cuarenta años de edad y es todo un notable ejemplar de su raza.
Su esposa es una morita encantadora. Tiene por nombres Chama Bentz Si Mohamed Mesauri, es decir los suyos y los de su esposo. Sus ojos, profundamente azules, que se abren al misterio y al encanto de todo lo desconocido, han visto florecer en el huerto de su vida nada menos que dieciocho primaveras. Y su tez es blanca, contraviniendo todas las suposiciones que teníamos de las moras. El pelo, en cambio, es negro como el azabache. Chama lo oculta cuidadosamente bajo la chilaba. Pero en su familia hay otras dos hermanas rubias como las candelas.
Abdel-Lah no es solamente un moro amigo de España, sino un Valiente, así, con mayúsculas, para que resalte más el adjetivo. Ha tomado parte en todas las operaciones de esa campaña de Marruecos que tanta sangre nos ha costado. Y está en posesión de dieciocho cruces rojas y tres de María Cristina, además de la de Sufrimientos por la Patria. Un valiente que en más de cien ocasiones ha guerreado contra sus hermanos de raza por reducirlos al poderío y a la dominación de España.
Chama, la bella morita, no habla el castellano y apenas lo entiende. Su esposo, por el contrario, se explica en nuestra lengua con bastante facilidad y lo entiende todo. Hasta cuando algún bromista le suelta algún camelo. Es mucho hombre este Abdel-Lah.
Allá en África, en las intervenciones de Gomara-Xauen, y a las órdenes del coronel Capaz, está desde hace diecisiete años prestando servicio como maestro herrador de primera de Artillería, un simpático zaragozano, Santiago Gracia Bernal. Santiago hace muy cerca de los veinte años que salió de nuestra tierra, y desde entonces no había vuelto a pisarla.
-¡Tenía ya ganas, créame usted!- nos dice, con un acento ligeramente impregnado de andalucismo-. ¡Tenía verdaderas ganas!
Santiago tiene un hermano que es sargento de Artillería en la Escuela de tiro de Cádiz y se llama Manuel Gracia Bernal. Y ambos hermanos sintieron la nostalgia del terruño y se dijeron:
-¡Vamos a dar una vueltecita por Zaragoza!
A Santiago le pareció poco el venir solo a Zaragoza. Y solicitó permiso de sus superiores para recorrer varias poblaciones. Madrid, Sevilla, Barcelona… Y como Abdel-Lah es íntimo amigo de Santiago y también estaba rabiando por conocer España, pues que se organizó el viaje. Santiago y Manuel, los dos zaragozanos, traían como principal motivo pisar las calles en las que jugaron de chiquillos y alborotaron de mozos. Abdel-Lah y su esposa Chama aprovechaban esta ocasión tan favorable que se les presentaba para visitar la tierra en la que un día ahora muy lejano, dominaron sus mayores.
Y se preparó la excursión. De Xauen a Tetuán. De Tetuán a Ceuta. De Ceuta a Algeciras. De aquí a Sevilla y luego a Madrid y Zaragoza. Ahora se proponen visitar también Barcelona. Es decir, se proponen, si las cosas se arreglan. Porque verán ustedes…
Anteayer martes, Santiago, Manuel y el moro Abdel-Lah, se dieron un paseíto por las afueras en un taxi. El moro, al buscar la cartera para abonar e! importe del recorrido, se dio cuenta de que la había extraviado. En la cartera llevaba su cartilla militar y 550 pesetas en billetes de banco. Ni la cartilla, ni los billetes han vuelto a aparecer. Y nuestros huéspedes fueron ayer a contar el caso en comisaría. El caso es que todo ello supone una contrariedad que ha hecho perder su buen humor habitual… ¿a quién dirán ustedes? Pues a Chama la morita, que es más sensitiva que una flor de estufa. En cuanto ve a su alrededor una desgracia, suelta el surtidor de sus lágrimas.
-¡No apurarse, mujer, no apurarse! -le dice su marido, el morazo alto y corpulento. Pero Chama no lo puede remediar y llora, llora como una Magdalena.
La verdad es que este Abdel-Lah, que es muy fino y muy atento, nos infunde un poquito de respeto. Y Chama, la morita Chama, durante todo el rato que hemos permanecido junto a ella, se limita a mirarnos con sus ojos de gacela y a sonreir.
Santiago García, que es muy campechano y que no desmiente a su tierra en la nobleza de sus palabras y de sus actos, ha hecho las presentaciones:
-Mohamed -ha dicho dirigiéndose al moro-. Aquí es un buen amigo. Un periodista que quiere sacarle en los papeles.
-Qué… -le decimos a guisa de prólogo- ¿le gusta a usted Zaragoza?
-¡Oh!… Mucho, mucho más que Sevilla -expresa con admiración.
-No tiene nada de particular -nos explica Santiago-. El plano de Sevilla es todo de callejas y escondrijos. Con un parecido a Tetuán. Y esto ya es otra cosa… Por eso le gusta más.
Estamos en un café, y somos, claro está, el blanco de todas las miradas. Abdel-Lah y su joven esposa, así, sentados a la europea, dan la impresión de que van a desaparecer absorbidos por toda la ropa que llevan encima. El moro cubre su cabeza con el típico ‘Tarbas’. Y cubre su robusta humanidad con la chilaba de hilo fino, la ‘bedeia’ (el chaleco) y los ‘zaragüelles’ (los pantalones). Usa botas de cuero de una pieza, lustradas y flamantes. Chama se cubre con la chilaba y lleva también, como su marido, el chaleco y los zaragüelles. Calza zapato de color de tacón bajo y lleva medias de seda color gris.
El moro luce a un costado una verdadera joya, una gumia de oro de ley. Una preciosidad de arma, que parece un juguete y que vale 2.600 pesetas. La lleva colgada de un cordón de seda torzal, blanco, que cuesta veinte duros. La morita luce sus manos cuajadas de anillos y sus muñecas con brazaletes… La parejita de moros lleva encima un montón de duros en alhajas.
Abdel-Lah toma parsimoniosamente un vaso de cerveza. La esposa bebe una taza de café con leche. Con ayuda de Santiago, que está más encantado aún que los moros de verse objeto de la atención popular, interrogamos a la feliz pareja.
-Lo que más le gusta a este -nos dice Santiago- es la jota aragonesa. El domingo por la noche estuvimos en la Plaza y no se cansaba de oírla.
-¿Y los toros? ¿Le gustan los toros? ¿Ha visto alguna corrida?
-Sí, he visto tres o cuatro en Ceuta -dice el moro.
-Pero le ha gustado más que nada -interrumpe Santiago- una charlotada que vimos en Sevilla. ¿Te acuerdas?… -le dice a Mohamed-.
-¡Ah, sí! -ríe éste-. ¡Muy divertido, mucho!…
-También les gusta el cine, a ella con delirio -continúa explicándonos Santiago-. Y los automóviles y los tranvías. Y sobre todo el tren. Esto sí que les ha llamado la atención. ¡Claro! Acostumbrados a aquel tren chiquito de Tetuán, estos de España les han vuelto locos.
-¿Les habrá usted llevado a ver el Pilar, verdad? – le preguntamos-.
-Sí, señor. Y también La Seo. Esta iglesia les ha gustado mucho… y si viera usted, ella cómo contemplaba el trascoro… ¡Cómo comprendía que allí, en aquellos ladrillos había algo de su raza!
-Y dentro del templo -curioseamos más- ¿cómo se comportaban?
-Pues una cosa notable. Chama ha aprendido a santiguarse. Y en cuanto entra en una iglesia hace la señal de la cruz.
-¿Y Abdel-Lah?
-¡Bah!… El es… ¿cómo le diría yo a usted…? Más indiferente a todas estas cosas. Pero ella sí. Ella lo mira todo con los ojos muy abiertos, y con una especie de asombro supersticioso.
-Puede ser -aventuramos- que sea esta la primera mora que ha penetrado en el templo del Pilar.
-Seguramente. Ya puede usted así decirlo.
-¿Y en cuestiones de comidas? -indagamos-.
-Pues que les gusta todo. Sobre todo las frutas. Están maravillados por la abundancia y variedad de frutas que tenemos.
-También le voy a decir a usted una cosa en confianza -continúa explicándonos Santiago-, que a él le gusta el jamón y el salchichón más que a nosotros.
-¡Un moro comiendo jamón! -hacemos como que nos horrorizamos-.
-Sí, sí, ¡jamón! Claro que lo come a escondidas de ella. Porque Chama en este aspecto es una fiel cumplidora de sus creencias. Pero Abdel-Lah… ¡Abdel-Lah es un elemento!
El buen Santiago y sus familiares se desviven por hacer grata la estancia a sus amigos. Y los moritos han recorrido, unas veces a pie y otras en coche, toda la ciudad y sus alrededores. La otra mañana estuvieron en el Mercado. Y las verduleras les largaron una ovación que a Chama le hizo derramar seis lagrimones como puños. Han visto la Academia General Militar, el Museo Provincial, el Cabezo, el Parque. Hoy se proponen visitar el Matadero. En fin, todo lo que se dice todo cuanto de notable y curioso encierra nuestra ciudad. En el Museo Provincial, a Chama le llamó extraordinariamente la atención la Casa Ansotana. Y fue por las vestiduras de las figuras, tan semejantes a las de ella…
Hemos salido del café y nos hemos dirigido paseando a la plaza de Castelar. Un enjambre de chiquillos nos rodea. Es una verdadera invasión, que no nos deja movernos. No nos explicamos de dónde han salido tantos. Por asociación de ideas, viene a nuestra mente el recuerdo de los ‘Pacos’, de aquellos fatídicos ‘Pacos’, que salían de los resquicios de una peña y con su eficaz  puntería diezmaban las filas de nuestros soldaditos.
-Y ahora Mohamed -le preguntamos-. ¿Cómo está aquello? ¿Qué tal les va con la pacificación?
-Ahora -contesta serio- aquello estar bien. Muy bien.
-Mejor que aquí estamos allí -interrumpe Santiago-. No hay este bullicio…
-Pero aún se acordarán ustedes de aquellos malditos días…
-¿Para qué?… Más vale no acordarse. Son tiempos que se han ido.
En efecto. Aquí, en esta tarde agosteña, tenemos el ejemplo más palpable. Una pareja de moros auténticos al pie del Monumento a los Sitios. Una epopeya que recuerda otra. Cuando Chama se apercibe de que Marín la está enfocando, se cubre la cara con un pañuelo.
-¡Hay que respetarla! -nos advierte comprensivo Santiago-.
Nos despedimos. Entregamos nuestra tarjeta al moro. Y Abdel-Lah, muy ceremonioso, nos tiende su mano, mientras nos lanza esta palabreja:
-¡Baracalaufik!…
Santiago, al paño, nos la traduce:
-Eso quiere decir ‘muchas gracias’…
¡Si no lo explica, hubiéramos imaginado que nos había dicho algo feo…!

Y mañana…
El hombre que escribía en las lentejas

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La primera mujer musulmana que entró en el Pilar

  1. miguel angel dijo:

    Mariano, eso de que no te pondrías de esa guisa en pleno agosto… Hace seis años hubo un calor horrible entre finales de junio y mediados de agosto, temperaturas de 40 grados y más. En estas que se casa mi cuñado, yo era el padrino. Traje de verano, pero de lana, con camisa de manga larga y chaleco… ¡Buf!, pensará alguno, menudo horno. Pues créete que el único que no pasó calor fui yo. Casi, casi que estaba en la gloria. Si los que más saben de resguardarse del calor son estos moros del Sáhara, y mira cómo visten, tapados de la cabeza a los pies.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *