El hombre que vendía cacahuetes

Estaba convencido de que ya había sacado en Tinta de Hemeroteca al ‘Cacabero’, pero debí estar a punto de hacerlo y, por una u otra razón, se me quedó ‘en el tintero’. Así que aquí lo tienen. Lástima de no tener ni una mala foto de él, porque el hecho de que se le dedicara esta noticia, en primera página en octubre de 1928, indica bien a las claras que debió ser uno de los personajes más populares de la Zaragoza de la época.

Murió ayer en el hospital, víctima de una insuficiencia cardio-venal, el popularísimo Juanico el cacabero, uno de los tipos más conocidos de Zaragoza y figura simpática, que contaba la estimación de grandes y chicos. Este hombre popular había nacido en Madrid; tenía setenta y ocho años, se llamaba Juan Navarro Maimón y habitaba en nuestra ciudad, en la calle de Lóbez, número 5. Bien puede decirse, a pesar de su partida de bautismo, que Juanico era zaragozano… y bien zaragozano.
Hace unos treinta años que ya Juanico figuraba como ‘augusto’ en las lucidas temporadas que hacía en el Circo la compañía Alegría. El ‘tonto’, compañero del clown, recibía estoicamente sobre su rostro aquellas sonoras bofetadas que arrancaban carcajadas unánimes al buen público infantil que en las tardes domingueras asistía a los piculines con el principal objeto de ver al tonto Juanico. 
De aquella época de su vida de artista le había quedado el hablar defectuoso, que hasta hace pocos días hacíale pregonar su mercancía de este modo:
-¡El cacabedo!… Cacabé tudao, de uno, do, tré y hasta cuato ganos… ¡Piiiiii! ¡Piiiiii!.
Porque Juanico cesó pronto en la vida nómada del circo para dedicarse al comercio de cacahuets al por menor. Compañero de aquel ‘Marianavis’ que vendía ricas ‘chufavis’, Juanico se situaba con su bien relleno capazo, por las cercanías de los Escolapios, a vender cacagüés a los chicos. De aquella barriada pasó al centro de la urbe y, últimamente, en la entrada del Paseo o en los Porches, instalaba su establecimiento, que tenía su más nutrida y fervorosa parroquia entre chicas de servicio, militares sin graduación, estudiantes y, en particular, entre la gente menuda, que parecía guardarle siempre aquella noble simpatía que despertó en nosotros cuando ¡ay! éramos chicos como éstos. ¡Pobre Juanico, el cacabero!…
Primero nos dio su sana alegría, que despertó en nosotros risas y momentos imborrables… Luego nos brindó alimentación a un mísero precio, al alcance de todas las fortunas… Alegró nuestro espíritu; reforzó nuestro estómago; vivió pobre y ha muerto en el hospital, con la pobreza en que había vivido. Tiene derecho a nuestra gratitud, a nuestro recuerdo… A que al decir ¡Pobre Juanico! sintamos un poco de piedad y esa tristeza producida por la desaparición para siempre de estos pobres seres que han sido en nuestra Zaragoza una nota simpática, popular, humilde… Y tan querida de los chicos de ahora como de otros, que fuimos chicos cuando él, para que nosotros riésemos, aguantaba estoicamente las bofetadas sobre la deslumbrante pista del Circo…

También debió ser digno de verse el ‘Marianavis’ que se dedicaba a la venta de ‘chufavis’, ¿no creen? No quedan personajes así, humildes, populares, simpáticos, queridos por todo el mundo. ¿O conocen a alguno? Habría que crear un premio para ellos.

Y mañana…
La calle más decadente de Zaragoza

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2 respuestas a El hombre que vendía cacahuetes

  1. Diego dijo:

    ¡Cómo me gusta este blog! Excelente, como siempre.

  2. tinto de hemeroteca dijo:

    Es verdad, siempre da unas cosas curiosísimas. ¡Qué pena no haber conocido a este señor!

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