Juliana, ‘la castañera del butano’


Hoy, otro personaje popular, seguro que inolvidable para quienes la conocieron. Esta entrevista se publicaba en octubre de 1966.

El otoño ha llegado, lector, trayéndonos su encanto. Encanto inefable envidiado siempre de las otras estaciones; las hojas caídas de la poesía universal; su dorado, su oro, que se deja mirar. Y para el ciudadano friolero, el caliente olor de castañas, olor incomparable con ninguno otro, en invierno. Olor que abriga, que previene la mala estación y parece decirnos: “Ya viene el frío, aquí estoy yo, humilde, pero caliente”.
Caliente, alimenticia y caprichosa a los ojos de los pequeños. Muchas cualidades deben de poseer las castañas cuando perduran través de los tiempos. Treinta y ocho años, nada menos, lleva vendiéndolas en Zaragoza doña Juliana Crespo. Casi la mitad de su vida.
-Pero no siempre aquí, en la plaza de Paraíso. Tampoco gastaba antes butano, como es natural…
Doña Juliana Crespo, la castañera del butano, inició su carrera -el lector puede comprobar si doña Juliana ha hecho carrera- en el año 1928. Hizo su primera salida en el Mercado Central.
-Pero sólo estuve un año. Al siguiente pasé a la plaza de San Felipe. Y luego, al Arco de San Roque. En el año de la guerra, salí afuera, al Coso.
Mi interlocutora hace una pausa antes de comentar:
-Como usted puede ver, siempre he ido a mejor…
Siempre. Porque poco después la pusieron -ella lo dice así- junto al cine Dorado; más tarde junto al Argensola. De allí marchó a la plaza de Aragón. Y, finalmente, desde hace tres años, está instalada
en la de Paraíso. De Paraíso, doña Juliana Crespo, no quiere pasar a ningún otro sitio. No se ha inventado nada mejor.
Ella da las siguientes explicaciones:
-Estoy bien, bien. Hay venta. Los estudiantes son una mina. A media mañana vienen muchos por el bocadillo. Y los extranjeros también. Se creen que es algo típico.
Pero en el rato que la periodista acompaña a doña Juliana, la mayoría de los clientes son niños. A ellos les encanta tener en el bolsillo algo tan caliente, y que, encima, cuando se enfría un poco, se come…
-Por dos pesetas, seis castañas.
No siempre. Ocurre que, a veces, pasan unos papás que no pueden gastarse dos pesetas. Pues doña Juliana les da el visto bueno y los llama.
-Lo que doy a uno, se lo quito a otro, ¿sabe? Luego, viene otro detrás que puede pagar y le doy una de menos. Pero eso no lo ponga usted…
La periodista no lo pone y el lector no lo lee. Así nadie se entera de este ejemplo de justicia social que nos da Juliana Crespo, la ‘castañera del butano’ como la llaman y se llama ella alegremente.
Porque ella es alegre. Acompaña sus buenos sentimientos con su humor. Hay un testigo en nuestra entrevista.
-Esta señora ha sido mi salvación -dice dirigiéndose, más que a nadie, a mi bolígrafo—. Gracias a ella puedo decir que vivo ahora. Me dio de comer más de cuatro veces…
Era en el tiempo del Coso.
-No le daba de lo mejorcito… -se excusa ella mientras revuelve sus castañas, como si las castañas también tuviesen ojos y ahora la mirasen…
-Pero también me hizo sopa -añade el hombre para mayor gloria de su protectora-.
-Claro, me la hago yo aquí…
Definitivamente, doña Juliana no quiere saber nada de agradecimientos.
-¿Ha cambiado mucho su negocio en estos años?
-Pues en el coste, sí. Cuando yo empecé me costaba el kilo a treinta céntimos. Los cien kilos, trescientas pesetas. Ahora a mil trescientas.
-Pero, ¿compensa? ¿Qué gasto hace usted?
-Es muy difícil de calcular. A veces, un saco dura cuatro días y otras, ocho.
-¿Cuál es la temporada de las castañas?
-Desde octubre hasta marzo.
Otoño-invierno, como la moda.
-¿En qué meses vende usted más?
-Pues ahora. Ahora, hasta diciembre, hasta que llegan los turrones…
-Y después, ¿qué hace usted?
-Después -dice muy pensativa doña Juliana- doy mal a mis hijos… A éste le digo una cosa; al otro, otra…
Porque tiene cuatro hijos. Dos varones y dos mujeres. Es justo que una señora tan amante de la justicia haya tenido con tanta equidad su descendencia.
Ahora, doña Juliana, a falta de hijos, tiene dos perritas. Ella da una explicación muy sencilla:
-Los hijos se me han ido, veremos las perras…
Doña Juliana también dice a la periodista que continuará mucho tiempo en la plaza de Paraíso, a pesar de que las ganas de trabajar se le agostaron en la flor de su vida…
-¿Es que las castañas dan energías, las renuevan?
-No, ni las pruebo. El solo olor ya me molesta. ¡Después de treinta y ocho años vendiéndolas!…
Es, quizá, que a ‘Kira’ y ‘Marylin’, la pequinesa y la caniche de doña Juliana, les gusta. Les agrada estar ahí, en la garita, bien abrigaditas, asomándose a ver lo que pasa por el mundo. Un día sí y otro, no. Porque en el carácter de doña Juliana no caben favoritismos. Un día se trae a ‘Kira’, al otro a ‘Marylin’. Ella es así, justa hasta en sus menores detalles.

Y ahora, el turno de los lectores. ¿Puede ser, o yo me lo imagino, que esta mujer tuviera su puestecillo en la esquina del Paraninfo con Gran Vía? ¿Alguien recuerda algún otro castañero o castañera que haya marcado su infancia? ¿Dónde tenían su puesto?

Y mañana…
Zaragoza, capital del esperanto

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4 respuestas a Juliana, ‘la castañera del butano’

  1. Ernesto dijo:

    Yo recuerdo a una castañera junto a la Parroquia de San Gil Abad. En la calle D. Jaime. La recuerdo sobre todo junto a la vendedora de periodicos que estaba en el mismo sitio. Acudíamos todos los domingos a misa de 9,15 con D. Camilo antiguo Párroco (Yo era monaguillo). Recuerdo muy bien a ella y el aprecio que nos tenía a los monaguillos de S. Gil

  2. Elena-Z dijo:

    Yo recuerdo una castañera junto al Paraninfo en Gran Vía. También recuerdo la de San Gil.

    Pero sobre todo, recuerdo una castañera en Ps Independencia. Hablo de finales de los 70. Cuando llegaba el tiempo de las castañas, que también es cuando empezaba a hacer frío, cuando salíamos a dar una vuelta los sábados o los domingos por la tarde, con mis padres y mi hermano, mi padre siempre compraba un cucurucho de castañas, que nos volvían locos a mi hermano y a mí.
    A mí lo que más me gustaba era metérmelas en los bolsillos, hasta que se enfriaban un poco. Y como hacía frío, me calentaba las manos con ellas.
    Es de esos recuerdos entrañables y que guardo con mucho cariño de mi infancia.

  3. Yolanda dijo:

    Nunca olvidaré cuando bajábamos de aquel viejo y renqueante autobús de Valdefierro a las Delicias, mi barrio, a mediados de los 70, y mi abuela, inolvidable mujer que nos malcriaba siempre y bendita sea, me compraba un cucurucho de castañas. Siempre, en una maravillosa costumbre.
    Las castañas para mí irán siempre unidas a ese recuerdo.

  4. erlasa dijo:

    Mi castañera, era la de la puerta de San Gil, se llamaba Manuela, y la Sra que ven-
    dio el Heraldo en el mismo sitio, se llamaba Alejandra. La castañera, naturalmente
    estaba sólo unos meses, y la vendedora del Heraldo todo el año. Para mí , fueron
    dos mujeres dignas de amables recuerdos.

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