El pionero del automóvil

Lorenzo Gradé, junto a su creación
Cuando pensé en el blog, una de las razones de ser de Tinta de Hemeroteca era que pudiera ir haciendo reportajes al hilo de las noticias históricas que rescataría del olvido. No me ha sido posible hacerlo tanto como hubiera querido, pero de vez en cuando consigo sacar tiempo para ello. Así, de una Tinta de Hemeroteca publicada en febrero pasado ha salido este reportaje que he publicado en HERALDO gracias a la familia del inventor y a los documentos antiguos que he pedido a la Oficina de Patentes y Marcas. Léanlo si les apetece, porque he añadido alguno de sus dibujos, que en el periódico, por razones de espacio, no he podido incluir:
 
Lorenzo Gradé no tuvo hijos, y por eso su gran pasión fueron sus sobrinos… Bueno, y los automóviles. Cuando uno de sus sobrinos tuvo la edad adecuada, le compró un ‘dos caballos’ de segunda mano. Abrió el capó y se quedó boquiabierto: “Esto está lleno de cables -dijo-, no tiene nada que ver con lo mío”. Y es que Lorenzo Gradé, aunque no sea citado en casi ningún manual de historia del automóvil, fue un pionero, un inventor que, con tesón e imaginación, se adelantó a su época. El 4 de junio de 1927 HERALDO informaba de que Gradé había sido el primero en construir un coche en Zaragoza. Pero el mecánico aragonés fue mucho más: dicen que fue el primero en crear un motor de seis cilindros en España. Si de sus inventos no se ha oído más, ha sido por mala suerte. Y por olvido.
La biografía de Lorenzo Gradé Castillo, como la de tantos otros aragoneses, es apasionante. Nació en Zaragoza en 1896, en el seno de una familia en la que el amor se impuso a la desigualdad social. Su padre, Carlos, originario de Ayerbe, era un maestro de escuela errante (está enterrado en Uncastillo, donde acabó sus días de profesor). Su madre, Pilar, provenía de una familia burguesa. Los Castillo tenían varios negocios, entre ellos una fábrica de tejidos, y nunca vieron con buenos ojos aquel matrimonio, hasta el punto de que desheredaron a la pareja. Carlos y Pilar se vieron obligados a vivir del sueldo de maestro rural y tuvieron que hacer malabarismos según iban llegando los hijos. Hasta siete. Lorenzo fue el mayor, pero les sobrevivió a todos. “Una cosa que recuerdo de él era su actitud ante la muerte -evoca ahora su sobrino Ramón Gradé, que compartió muchos días con él-. Cuando salíamos del cementerio después de enterrar a alguno de sus hermanos siempre decía: ‘Con este ya hemos cumplido, vamos a por otro”.
Y la anécdota le define perfectamente. Alto y bien plantado, Lorenzo Gradé era una fuerza de la naturaleza y tenía un humor chusco, chispeante. Fue un niño inquieto, travieso, que no se podía estar quieto. Pero muy pronto dio muestras de tener una inteligencia casi sobrenatural para todo lo relacionado con la mecánica. Le fascinaba el automóvil, ese invento que se asomaba cada vez con más fuerza en las calles de las ciudades. Para aliviar un poco la situación en casa, empezó a trabajar como aprendiz en un taller. Y aquello le llevó a estudiar, pero lo que verdaderamente le interesaba: química, fundición, motores de explosión… Muy pronto todo aquello no tuvo secretos para él. Y, claro, pensó en que había formas de mejorar lo que ya existía.
 
  

El chasis y motor Gradé, a la puerta de Automóviles Orobitg, en el Coso zaragozano

 En el 27 inventó ‘su’ automóvil y la noticia se comentó en todo Aragón. La familia conserva de aquello una anécdota gloriosa: “No tenía dinero para carrozar el coche -relata su sobrino-, así que, cuando decidió llevarlo a Madrid para patentarlo, ató una silla de anea al chasis, se sentó encima y lo condujo él mismo desde Zaragoza hasta el Ministerio de Industria en Madrid. El prototipo se perdió durante la Guerra Civil. Nunca más se supo de él, y tampoco, al parecer, se culminó nunca el proceso de patente. De ser así, seguramente la vida de Lorenzo hubiese sido muy distinta. Y es que su motor tenía un gran rendimiento porque los cilindros eran muy pequeños”.
Lorenzo acabó colocándose en unos talleres en Madrid. De allí, con ayuda familiar, acabó emancipándose para crear un pequeño negocio familiar, que reparaba coches construyendo las piezas necesarias.
Aunque siempre andaba entre motores y lleno de grasa, Lorenzo tenía una gran apariencia física, era muy educado y cortés y, también, era muy de derechas. Enseguida conectó con algunas destacadas familias de la burguesía madrileña. Eso le llevó a conocer a la que sería su mujer, Pilar Gaya, que le introdujo en la ‘alta sociedad’. El matrimonio no tuvo hijos, Pilar enfermó de cáncer y falleció. Lorenzo entró en una espiral autodestructiva. Llegaron las fiestas, las juergas… Cerró el taller y abrió una fábrica de piezas de motor en Canillejas. Para dar el salto tuvo que hipotecarlo todo. Pero seguía con la vida nocturna…
         

Esquema del motor Gradé

 A mediados de los 60 se arruinó. Lo perdió todo. Él y sus hermanos se vieron de repente en la calle y sin nada, hasta el punto de que tuvieron que esconder los muebles de casa en las viviendas de los vecinos para que no se los llevaran. Y su coche, un Citröen 11, acabó abandonado en la calle hasta que la grúa municipal se lo llevó al desguace. “Lorenzo se puso entonces a trabajar en el negocio de un amigo que tenía la misma actividad -relata su sobrino-. Como no quiso nunca cotizar a la Seguridad Social, cuando su amigo quitó el negocio (él ya tenía entonces más de 70 años) se vio obligado a seguir trabajando. Y entró como conserje en un colegio. Por entonces mi madre le obligaba a entregarle la totalidad de la nómina, que ella le guardaba en un sobre. Cuando necesitaba dinero él se lo pedía, ella se lo daba y apuntaba religiosamente cada entrada y cada salida”.
Tras el batacazo se centró. Siguió siendo un apasionado de la mecánica, un hombre vital, expansivo, fuerte, que encandiló a los más pequeños de su familia porque siempre estaba dispuesto a entregarles su tiempo, y más si era para explicarles los secretos del motor de explosión. Se acabó jubilando en 1981, con 85 años, y falleció al año siguiente de un cáncer fulminante de pulmón, dejando gratísimos recuerdos a sus sobrinos y sobrinos nietos. Y también les dejó un puñado de consejos. Alguno ciertamente curioso. “Para curar una resaca, Ramón -le decía a su sobrino-, nada mejor que pollo asado y champán”.   
    

 
 

 
Disposición de cilindros y válvulas en el motor Gradé

 

Un hombre fascinado por la mecánica

En la Oficina Española de Patentes y Marcas, dependiente del Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, se guarda diversa documentación sobre las patentes solicitadas por Lorenzo Gradé. Era un hombre de gran inventiva, acostumbrado a buscar soluciones donde parecía no haberlas: en su época de camionero, si en un viaje los pinchazos agotaban las ruedas de repuesto, cogía hierba de la cuneta, rellenaba con ella la cámara pinchada y continuaba viaje.
No se conserva documentación sobre el ‘Chasis y motor original Gradé’ que le lanzó a la fama. Y es que, según la familia del inventor, el propio Gradé aseguraba que el proceso de patente no llegó nunca a completarse. En la familia sí conservan, en cambio, varias fotografías inéditas hasta ahora. Dos de ellas fueron tomadas en una fecha desconocida, a la puerta del Automóviles Orobitg, un ‘concesionario’ que había en los años 20 en el Coso zaragozano y que, curiosamente, vendía coches Oakland, los precursores de la actual General Motors. En una de esas fotografías el inventor escribió las especificaciones técnicas: “Chassis y motor original ‘Gradé’, 6 cilindros, 1.100 c.c., 7 H.P., válvulas en cabeza”. Puede ser un modelo evolucionado respecto al primitivo, por cuanto la cilindrada es superior. 
“Supongo que en alguna parte (si no ha desaparecido el Registro) constará la entrega del prototipo y su depósito en algún almacén del propio Ministerio -apunta su sobrino Ramón Gradé-. Él siempre comentaba que su invento había quedado en un almacén. Esto tuvo lugar antes de la Guerra Civil, aunque tampoco podemos precisar el año”. Poseen una fotografía, aún posterior, en la que parece adivinarse ya una especie de ‘anagrama’ sobre el capó: las letras ‘Gradé’ y un logotipo con forma de animal inidentificable.  

Motor de explosión Gradé, 1927

Pero la documentación que se guarda en la Oficina Española de Patentes y Marcas sí arroja alguna luz indirecta sobre el primer coche construido en Zaragoza. Apenas tres meses después de realizar las primeras pruebas con su automóvil, el mecánico zaragozano solicitó sendas patentes para un motor de explosión para usos industriales, un nuevo carburador y un nuevo motor de combustión interna. Este último es especialmente significativo, puesto que no tiene ni cigüeñal ni bielas.
Pero no acaban aquí los inventos de Lorenzo Gradé, que siempre dio muestras de ser un cerebro en ebullición. En 1935 se ‘desmarcaba’ con un invento que no parecía de su especialidad: ‘Mejoras introducidas en los aparatos de aviso o de señales acústicas, con válvulas de goma’. Y cuatro años más tarde, recién acabada la guerra civil, solicitaba la patente de unas ‘Mejoras en la fabricación de segmentos de pistón para motores de combustión interna y máquinas similares”.
La familia recuerda otro invento del que no queda rastro documental: una jabonera que se atornillaba a la pared y que utilizaba pastillas agujereadas. La fabricó para toda Europa la firma Fowell. 

Esquema del carburador Gradé

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Una respuesta a El pionero del automóvil

  1. Hitano dijo:

    Excelente reportaje, muchas gracias por recuperar la excelente arqueología industrial zaragozana.

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