El crimen de las abarcas

Mi compañero Mariano Banzo, avezado buscador de hemerotecas, me pasa esta noticia de hace poco más de un siglo, de noviembre de 1910. Siempre ha habido crímenes por nada o casi nada. Este, por una nadería:

A última hora de la tarde, entre siete y siete y cuarto, ocurrió ayer en la calle de Gavín un crimen brutal que, al ser conocido, produjo la indignación de las gentes. El suceso, por la forma rápida en que se desarrolló, no pudo ser evitado por las personas que se encontraban en compañía del agresor y de la víctima.
He aquí lo ocurrido:
En el establecimiento de bebidas que Santiago Satué Sené tiene en la expresada calle de Gavín, estaban sentados alrededor de una mesa bebiendo medio litro de vino tres o cuatro hombres, entre ellos Antonio Orensanz Barraqué, de 43 años de edad, casado, de oficio carrero y conocido por sus compañeros con el apodo de ‘Cuello de auca’.
Entre los contertulios se hablaba de cosas triviales y, cuando más animada era la conversación, llegó al establecimiento Antonio Lago, de 26 años de edad, casado también, pastor y próximo pariente de dos de los que se encontraban con ‘Cuello de auca’.
Antonio Lago llevaba un par de abarcas nuevas, y este calzado precisamente fue el motivo de la cuestión, si así puede llamarse, habida entre los protagonistas del suceso.
-¡Hola, Antonio! -dijo uno de los contertulios cuando aquel se aproximaba a la mesa- bien taconeadas están esas abarcas.
-Mejor las hago yo -replicó entonces ‘Cuello de auca’-.
-¡Qué vas a hacer tú mejor! -le contestó Lago-.
-Digo que yo hago eso mejor que tú.
-Bueno, hombre, bueno.
No se cruzaron más palabras. Antonio Orensanz invitó a Antonio Lago a que saliera a la calle, y apenas el segundo había traspasado el dintel de la puerta de la tienda, cuando el primero se revolvió rápidamente y asestó a Antonio Lago terrible cuchillada en el vientre.
El infortunado joven se llevó las manos a la herida para contener la sangre que le salía a borbotones, al mismo tiempo que lanzaba un angustioso ‘¡Ay, me han matado!’.
Salió de la tienda uno de los contertulios, José Alonso, quien cogió al herido cuando éste se desplomaba en tierra mientras el agresor huía del sitio del suceso, perdiéndose de vista por las calles que afluyen a la del Sepulcro.
Los obreros condujeron al herido a la Casa de Socorro donde, a poco de ser tendido en la cama, sufrió intenso colapso, que alarmó grandemente a los que rodeaban el lecho. Los médicos, señores López, Cabanillas y Hernández, practicaron al herido la cura, pronosticando, dada la gravedad del herido, un funesto desenlace.
A la Casa de Socorro acudió enseguida un sacerdote de la iglesia de la Magdalena para administrar al moribundo los auxilios espirituales. También se personó en el benéfico establecimiento el digno juez de instrucción del Pilar, Marcial Rodríguez, acompañado del actuario Vicente Arregui y del alguacil del juzgado. El herido no pudo prestar declaración en atención a su extrema gravedad. Hasta ahora se ignora en absoluto el paradero del agresor, cuya captura ha ordenado el celoso funcionario judicial. Según oímos anoche en las oficinas de Vigilancia, el agresor, Antonio Orensanz, estuvo procesado en otra ocasión por inferir una cuchillada en riña a Manuel Lerín en otra tienda de vinos de la calle de Palafox.

Y mañana…
La calle ‘sentenciada’ y en estado de alerta.

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2 respuestas a El crimen de las abarcas

  1. Crusellas dijo:

    La de veces que me habré pateado la calle Gavín, y Palafox, Liñán, Mayor, Plaza de Asso, Carrillo, D. Juan de Aragón…
    Cuántas vidas y muertes han conocido esos empedrados…

  2. Santiago Cabello dijo:

    Curioso, Mariano, el apodo o mote del asesino “cuello de auca”. O sea, que en la Zaragoza de principios de siglo se conservaban buenas muestras de aragonés: “auca o auco”, es el pato o la oca en Aragón. En las zonas rurales aún conservamos dicha denominación; por eso me ha chocado.

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