La calle sentenciada a muerte

Pues la de Escuelas Pías, que solo recordarán los lectores veteranos. Este es el reportaje que publicaba Milagros Heredero en diciembre de 1968:

Es una calle sentenciada, dicen ellos, los que viven en la calle de las Escuelas Pías o cerca de ella. Pero que, sentenciada y todo, no tiene un solo local disponible. Si alguien piensa en dejar su comercio, enseguida se presenta una fila de pretendientes que lo cotizan. Un tanto sinuosa. Hace un arco profundo muy poco urbanístico, pero curioso e interesante. En el Pilar, un verdadero río humano, y en los días corrientes, un río de coches, de motores que llenan de un ruido pavoroso la calle, y de escapes de gas. Sucedía ya antes, pero
se ha multiplicado desde que entró en servicio el nuevo puente de Santiago, al que muchos, por lo bajo, denuestan. No es culpa del puente, ni de la calle, ni de nadie tal vez. Porque, como me ha dicho don José Andrés, hay una cosa que se llama progreso, y contra él no se puede ir. El beneficio del progreso, el de la calle, tal vez vendrá a largo plazo;
ocasiona trastornos y complicaciones, pero…
El vecindario ha formado la Asociación de Propietarios y Ocupantes de las calles Cerdán y Escuelas Pías, bloque central, esto es, el bloque amenazado. Esta asociación, activa y diligente, tiene sus proyectos, de los que ya nos hablarán.
La entrada de Escuelas Pías es casi geometría, y se superpone con la de General Franco. Pero, como dato interesante, la periodista ha podido comprobar que tanto el comercio
como los vecinos de estas sus primeras casas sienten adhesión inquebrantable por Escuelas Pías.
El decano de la calle es mi interlocutor, el señor Artajona, que abrió su establecimiento de sastrería en Escuelas Pías el nueve de abril de 1919, hace cincuenta años. El señor Artajona procedía de cerca de Daroca, su padre era maestro en aquellos tiempos horrendos en los que tanto se hablaba del hambre del maestro. Seis maestros hubo en la familia del señor Artajona.
-Por eso, yo traté de abrirme camino por otro lado…
Y vino a Zaragoza para empezar un buen oficio, desde aprendiz, luego cortador y luego jefe; propietario, vamos. Tenía mucha escuela el señor Artajona, pues todo lo hizo en un tiempo récord. Me cuenta que cuando llegó a Zaragoza corría el año 1901. El vivía en la calle Cerdán. Desde su balcón divisaba lo que era solar del actual Mercado Central. El mercado no se construyó hasta 1903. El señor Artajona rememora:
-Antes de hacer el mercado, estaba todo lleno de tenderetes, del estilo de los moros.
La calle Escuelas Pías fue un tanto diferente a como la vemos hoy.
-La verdad es que vivía más lánguidamente que ahora. Aunque siempre tuvo cierta animación. Es calle animada por naturaleza. Hubo un café cantante que daba a las dos calles, la de Cerdán y ésta, y otro, el café Colón.
Siempre fue de tránsito.
-De la fuente de la plaza de España venían los aguadores repartiendo por los pisos. La salida de los ‘gratuitos’ de los Escolapios daba a esta calle; ahora está suprimida, por el peligro que hay en la calle.
Las Escuelas Pías han aportado mucho a la calle, naturalmente. Desde haberle borrado su nombre antiguo de Cedacería, hasta dotarla de esa cierta sustancia cultural, de esa levadura que es la chiquillería del colegio.
-Y, antiguamente, se llevaba la uva a las escuelas y los frailes hacían el vino.
-Vino sin bautizar -aclara otro veterano, don Nicasio García, a quien me ha presentado el señor Artajona.
Vino sin bautizar, cosa muy curiosa procediendo de religiosos en quien lo natural sería eso: administrar el bautismo.
-Pues al vino, no. ¡Menudos vinos eran! Tintos…
Había también en la calle un cambio de moneda, perteneciente a los hermanos Guillén, y una posada, la de la Cadena, que desapareció con la calle del Portillo.
-Y una vieja callejuela llamada de La Meca -añade el señor Artajona-, una calle que no era muy santa por cierto…
A pesar de la vecindad con la iglesia. También estaba una antiquísima guarnicionería, la de Montull. Pero el fuerte de la calle Escuelas Pías fueron las sastrerías, precisamente.
-Hasta trece nos llegamos a juntar. El numerito no nos asustó. Como pasa tanto público, vamos a quedamos por aquí, pensaban todos.
-La Agrupación Artística estuvo en Escuelas Pías, hace ya muchos años; después pasó a Torre Nueva -sigue informándome uno de los fundadores de la fuente de la Caña, es decir, don Nicasio García, quien no puede evitar la melancolía lógica que le ha dado el triste destino de la curiosa fuente, remanso de cinco mil viejos que eran felices allí y no se metían con nadie.
Y el antiguo dibujo de la calle Escuelas Pías ha quedado así, por las palabras de los más veteranos, y del decano, del señor Artajona, que espera tranquilo cumplir sus bodas de plata con la calle el próximo nueve de abril.

Un cierto remusguillo particular me recorre la mano y el bolígrafo escribiendo sobre una calle tan pronta a desaparecer como tal. Se palpa el fenómeno. El vecindario, los comerciantes, me hablan sobre ello; su testimonio es precioso en estos momentos. Unos no se muestran muy conformes, otros aceptan el progreso y tratan de superarse.
Tal como hoy está la calle, se hace imposible. Mucha gente evita el pasar por ella. Y, desde luego, las madres acompañadas de niños pequeños. Resulta peligrosa. Precisamente
en los días en que me encuentro preguntando se ha abierto una sima en ella.
-Pues se nota -me dice un observador-. Como han cerrado el tráfico rodado, la afluencia del público es mayor. Vienen las señoras con sus hijos. El comercio es el principal beneficiado.
Pilar Artola vende en un portalico de la entrada periódicos, revistas y chucherías. Pilar Artola es una clara víctima del estado actual de la calle. Y no es sólo que ella me lo dice, sino que lo puedo apreciar con mis propios ojos. A mis preguntas apenas puede contestar. Ella atribuye el fenómeno al mal que le han hecho los ruidos de la calle, los gases que llenan de cuando en cuando el portal y al semáforo puesto precisamente en la esquina con General Franco, que hace detenerse la circulación, con el consiguiente ruido de frenos.
-He perdido la memoria, se lo aseguro, estoy como tonta. La calle, estupenda, muy comercial; hace diez años que estoy en ella, pero yo estoy perdida. Sobre todo cuando pasan esos coches grandes de Miraflores, que llenan mi patio de humo.
La chiquillería de las escuelas da, sin embargo, a Pilar Artola una venta asegurada. Por lo demás, y si no fuera por los humos y el ruido, precisamente ella se halla abrigadita, a salvo de fríos y temporales.
De su atmosfera antihigiénica también me hablan en una próxima relojería. Pero en cambio se muestran orgullosísimos y adictos totalmente a la calle tal como está, aunque sin demasiados coches.
-Es lo gótico de Zaragoza, como si dijésemos, lo típico. Calle animada y animosa, concurridísima a más no poder; si se pudiese modificar el tráfico hacia General Franco, lo tendría todo.
La ley del silencio, referente al tráfico, tampoco es muy rigurosa en la calle. Los claxons suenan con generosidad. Y las puertas de los comercios permanecen bien cerradas
en evitación de los susodichos gases. Pero ‘lo gótico’ parece pesar mucho en el ánimo de mis informadores, porque sus últimas palabras han sido:
-Mantenemos con orgullo la calle Escuelas Pías.
En el tramo relativamente corto que supone la calle desde General Franco a su desembocadura frente al Mercado Central, se albergan más de medio centenar de comercios
de distinto tipo: zapaterías, tejidos, perfumerías, ferreterías, sastrerías, tiendas de aparatos eléctricos, farmacias, pastelerías, una cafetería, un banco, una iglesia… Predominio de lo comercial, a más no poder. Hay una corsetería bastante antigua, cuyo dueño, don José Andrés, se encuentra muy al día de los actuales problemas con que la calle se enfrenta y debe resolver. El es quien primero me habla de la permuta de solares que los comerciantes pretenden hacer con el Ayuntamiento.
-Mire usted, la gente quiere una acera para transitar tranquila y aquí no la hay, eso es evidente. De acuerdo que la calle tiene que ser avenida. Ahora bien, puede existir un arreglo para todos.
Y don José Andrés me habla de la permuta de solares.
-El Ayuntamiento podría ahorrarse las indemnizaciones de todos nosotros si, a cambio, en el edificio que construyan en el solar del mercado, nos hiciese una planta comercial para todos nosotros. Los detallistas podrían estar abajo, en el sótano, y nosotros al ras del suelo. Es una buena solución para todos.
-¿Y cabrían todos ustedes, los de Cerdán y Escuelas Pías?
-Ya está todo estudiado, no solo cabríamos todos, sino que sobrarían locales comerciales.
La corsetería de mi interlocutor es bastante conocida de la región. Porque una nota característica de Escuelas Pías es ésta, la que recibe de su clientela de la provincia.
-Y como muchos se creen que todo son bazares en Zaragoza, hay quien entra a pedir una boina o unos calzoncillos marianos, o qué sé yo…
Y hay que sacarles del error, como es natural, de manera que los comerciantes se están mandando la clientela unos a otros. El señor Andrés me dice que lleva muchos años
al frente de su negocio.
-¿Ha cambiado mucho en este lempo?
-Sí. bastante. Antes las señoras se martirizaban a cambio de marcar la silueta.
Bueno, los maridos se volvían locos estirando y estirando aquellas cintas del corsé… Ahora se prefiere la comodidad.
La señorita dependienta me da alguna referencia. Ella prefiere a la clientela joven y delgada, son las que menos exigen; con que encuentren un modelo cómodo se conforman.
En cambio, las gruesas se llevan tres números más pequeños.
-Que mañana vendrá a devolvérmelo…
Advierte la dependienta, y, al día siguiente:
-¿Sabía que tenía usted razón?
-A la que tiene ciento treinta y cinco de caderas, claro, hay que hacerle una coraza.
Por fortuna, para don José Andrés y para las señoras, no hay muchos casos de éstos…

Antes se notaba mucho la clase social a la que se pertenecía por los pasteles que se comían. Eso me dice mi interlocutor, don Daniel Sampériz Lacruz. Hoy no, hoy todo el público se tira a lo bueno. Especialmente en pasteles.
-Yo no he trabajado nunca de batalla, siempre he procurado seleccionar.
Desde el año veintiséis, está en Escuelas Pías. La clientela es la de siempre. Encuentra que la calle no ha variado tanto. Se han ‘refrescado’ las fachadas, naturalmente, y ha aumentado el tráfico; pero, por lo demás…
Las especialidades de la casa son las mismas: castañas de mazapán y el turrón ‘nougat’, a base de piñones y blando. Las hijas de mi interlocutor aprovechan la ocasión para hacer
pública protesta de la reventa de turrón. De esos vendedores ambulantes que en los contornos del mercado engatusan con precios bajos a las señoras. Cuidado.
La ferretería de don Primitivo Cabeza mira a la calle de General Franco, está comprendida en el chaflán con que empieza Escuelas Pías.
-Y usted, ¿qué prefiere, General Franco o Escuelas Pías?
-Pues mire, yo soy de Escuelas Pías, aunque, si quitan el mercado, lo mismo me da ser de Escuelas Pías que nada -contesta con cierto humor un tanto teñido de negro don Primitivo.
-Nos han echado el tráfico encima y, claro, no puede ser. La gente no va tranquila por esta calle.
Esta ferretería fue antes de Montull y Colón y, anteriormente, la famosa guarnicionería de Montull.
-De tiempos de Napoleón. Desde el año treinta y seis estoy yo en ella.
-¿Y el tipismo de la calle? ¿Usted lo ve?
-El tipismo quedó ya muerto cuando desapareció la calle de Antonio Pérez y sus adyacentes. El tipismo ha quedado reducido al de la clientela de la región, a su forma de pedir las cosas y de comprar. El mercado y todos sus alrededores han sido siempre de la gente labradora.
Don Primitivo Cabeza, como todo el vecindario del bloque central de Escuelas Pías y Cerdán, está pendiente del alcalde, de su ida y de su vuelta, y de la permuta de solares.
-Las rentas no van a ser las mismas, por supuesto; cuando a mí me dicen, algunos vecinos, que quieren un piso de cuatro habitaciones yo, figúrese, me encojo de hombros y les pregunto lo que pagan ahora…
Y así está la situación, en estado de alerta. Nadie se atreve a hacer la más mínima reforma, aunque convenga mucho. Porque antes, la gente de los pueblos, nuestra clientela, prefería un establecimiento de aspecto modesto, eran recelosos con los otros, se creían qué les ibas a engañar. Pero, ahora, todo el mundo quiere que las tiendas estén bien puestas, elegantes.
Y, por muy bien puestas que estén, la verdad es que, en esta calle actual de las Escuelas Pías, van estando mal colocadas… Claro que la desaparición del mercado y la consiguiente
de uno de los lados de cada una de las calles de Escuelas Pías y Cerdán tampoco es cosa que se vaya a cocer en dos días. Pero la seguridad de que, al fin, esto llegará, va impregnando la calle y a sus gentes de un aire de provisionalidad que se nota. Sus esperanzas las tienen puestas -en esto no se sabe si ‘bien puestas’ también- en esa permuta que les deje concentrarse en el inmueble, todavía futuro, de la plaza de Lanuza. Mientras mantenga esa u otra esperanza, la verdad es que la calle vive.

Y para los que se hayan perdido alguna de las entregas anteriores de la serie, aquí van los enlaces. Vuelvo a animarles a compartir recuerdos, vivencias y experiencias con los demás, a ver si entre todos ‘construimos’ un mapa nostálgico de Zaragoza:

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a La calle sentenciada a muerte

  1. Elena-Z dijo:

    Yo no conocí esa calle, pero recuerdo que mi abuela un día me contó que “allí” había una calle. Y yo pensaba: pero cómo va a haber ahí una calle… Yo la situaba más o menos donde estaba de verdad… pero una niña de 6 años no se hace mucha idea de nada… De hecho, llegué a pensar que aquello lo había imaginado. Veo que no.

  2. alba dijo:

    Creo que Pilar Artola, de la que habla el artículo, todavía vive. Es bastante mayor, pero no hace mucho la vi.
    Qué recuerdos de esa calle, pasar por allí y entrar en la farmacia, que ahora está en Torrenueva.
    La tienda de bolsos de la esquina Gracia. Qué recuerdos!!!!!!!!!!!!!!!!

  3. Rosaura dijo:

    Yo recuerdo perfectamente todo esto y que había algunas tiendas que tenían puerta a las dos calles, eran como pasillos. De lo que más me acuerdo es del olor a especias que había por la zona, porque había tiendas que vendían todos los ingredientes necesarios para los mondongos (matacía de cerdos) y la gente de los pueblos acudía en masa por ahí para abastecerse para esos menesteres.

  4. Francha Menayo dijo:

    ¡Qué pena y qué tristeza siento al ver que han desaparecido las dos calles mas emblemáticas del Gancho! Comercio señero donde los haya, y que ha traído el despoblamiento del barrio y a la vez el vaciamiento de todo el comercio.
    Claro que recuerdo muchos de los comercios que había, y efectivamente era una calle donde había varias sastrerías. Esas calles eran como cualquier gran comercio de hoy, pero sin el sabor de los pequeños comercios.
    La farmacia de la que habla Alba era la de Don Enrique Aubá ( QEPD) pero que sigue en la calle Torrenueva y sigue en su sitio, pero muy modernizada, la de Berta, que siguen atendiendo con la misma amabilidad de siempre
    Lástima de haber matado estas calles tan emblemáticas.

  5. Fernando dijo:

    Yo recuerdo perfectamente aquellas calles. Y el anuncio luminoso en el chaflán: “Fósforo Ferrero – reconstituye y alimenta”. Yo de crío me preguntaba qué cualidades tendría el fósforo aquel para reconstituir y alimentar. En fin. Y también me acuerdo del cartel del Hotel Hispano, en la misma fachada, que luego se auto-rebajó de categoría y pasó a llamarse Pensión Hispano.
    Y es que aquí en Zaragoza también hemos tenido nuestros Hausmans. Yo no conocí, claro, la calle del Portillo (mi padre, sí), pero sí que conocí, justo enfrente, el edificio de “La Ciudad de Londres” cuando la calle Azoque era estrechita. Aquella manzana fue otra víctima de la apertura de la “Vía Imperial” (hoy César Augusto). Como lo había sido antes la placita delante de la Iglesia de Santiago y del antiguo Hospital Militar, con sus enormes adoquines, donde estaba la cooperativa de la construcción, y al lado de ella, los antiguos jardines del Iris Park. Y la antigua Calle de la Biblioteca, que luego se llamó Gómez Ulla y de la que ahora queda el trozo en el que está el Canterbury de Salamero y otros bares. Y la iglesia vieja de los carmelitas, junto a la Puerta del Carmen.
    A ver Mariano, anímate y hacemos la historia de todo lo que se llevó por delante la triste y desangelada Avenida César Augusto, que les quedó tan sombría y vacía de carácter a los Hausmans zaragozanos de los años sesenta como la de Conde de Aranda a los Hausmans de los años veinte.

  6. Alberto dijo:

    El otro día me pasaron un pps con fotos de Zaragoza del siglo XX. He logrado extraer una de ellas que puede servir de refresco para todo el mundo. La he alojado en:
    http://img834.imageshack.us/img834/9594/cerdanescuelaspas.jpg

  7. Alfredo dijo:

    Claro que recuerdo ambas calles. En Cerdán me compré alguna chaqueta y gabardina. Los coches bajaban por Cerdán y subían por Escuelas Pías, las aceras eran muy estrechas, acordes con las calles. Aún recuerdo que pasaban a dos por tres los taxis, eran seat 1500 de color negro, con una banda amarilla en ambos lados, a la altura de las cerraduras. Una pena que el progreso haya engullido ambas calles.

  8. Roberto dijo:

    De lo que me acuerdo y
    bien, es de Pepa la churrera que estaba en el porche (confluencia con las dos calles) mirando al mercado

  9. Francisco dijo:

    Yo nací en el número 2 de la calle de Cerdán, esquina con la actual Audiencia Provincial. En ese número estaba Calzados Hernández Luna, Moral (maletas, artículos de piel …) y la mejor peluquería de señoras de Zaragoza (Salón Maruja).
    Una gran calle. Por cierto no recuerdo el nombre del Sr. Cerdán.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *