El hombre que cortaba los besos

Pues sí, antes de Franco también hubo censura en el cine. Fue durante la Dictadura de Primo de Rivera, y parece que las películas que entonces llegaban de Hollywood aquí eran meros cortometrajes. Vean si no el reportaje que, con mucha guasa y haciendo numerosos juegos de palabras, publicó en 1927 el popularísimo Mefisto sobre el hombre que cortaba los besos en el cine Victoria:

Primero, el pasaje vestibular del Victoria; luego, cuatro escaleras; el amplio trozo de lo que fue señorial jardín; una puerta gris; otro pasillo descubierto, con unos árboles exóticos; patio posterior de la antigua Hacienda; tres escalones más y… ya estamos en el taller “pelicular” de la empresa de Cines de Zaragoza.
Son las once de la mañana.
-Don Julio ¿ha venido?
-Sí, señor; ha venido.
-¿Donde se encuentra?
-En el cuarto de pruebas; están pasando ahora una película de la Fox, bastante sugestiva.
Y allá voy en busca de don Julio Adán, que es un hombre que está en los cincuenta y pico; buen mozo; con cabellos grises; simpático y cordial; fumador constante en una pipa gigantesca que da dolor de dientes, y hombre que actúa de censor moralista con tal criterio de austeridad que le hace acreedor a una hornacina el día en que las Parcas le llamen a presenciar la película del otro mundo.
-¿Quiere pasar?
-Paso.
El cuarto de pruebas allí instalado es chiquitín; hay en él quince butacas, una estufa y un armonium prehistórico cuyas sonoras tripas desaparecieron ¡ay! para siempre.
El cuarto de pruebas es, en fin, como un cine para enanos cuya entrada no produjese para sostener a un empresario, aunque fuese vegetariano y abstemio.
-¡Empiece ya, Rosell!
Rosell es el operador; mejor dicho, un as de operadores para quien el arte del film no tiene secretos. Y comienza la proyección de la nueva película, que lleva por título, “Casado con 15 mujeres”. En la primera jornada aparece la protagonista, Alma Rubens, en traje nupcial. “¡Esta es la primera mujer!”, pensamos, sin recordar que la primera mujer fue mamá Eva.
Alma Rubens está guapísima. Ante su hermosura exótica y californiana se sienten impulsos de decirla castizamente:
-¡Ay, mi alma!
Surge a poco en la pantalla su prometido, que es Edmund Lowe; un galán neoyorkino y apasionado que comienza por estampar un ósculo de siete minutos en la mejilla de la que pronto será esposa.
Don Julio, nuestro contiguo censor, en cuanto ve aquel beso de túnel kilométrico, grita a pleno pulmón:
-Alto, Rosell; corta eso…
Rosell para la cinta, da la luz y con unas tijeras anti-idílicas secciona la cinta en los treinta metros que contienen el beso.
En la segunda jornada, la otra mujer se llama Lydia Knott, que cuenta ya con alguna edad. Lidia Knott es, como si dijésemos, ‘La Lidia’ de hace treinta años.
Vuelve a surgir Edmund Lowe y a los primeros pasos ¡zas! ósculo que te planta a su futura Lydia.
Don Julio, que parece que a Lowe no ‘lo-we’, pero sí ‘lo-we’, vuelve a ordenar:
-¡Rosell, alto la Lydia!
Y, de nuevo, las tijeras de la Moral cortan el beso filmado.
Tercera jornada.
Aparece la tercer mujer, que se llama Martha Mattox… Sale Edmund, y lo mismo: ve a Martha y deposita en su frente un ósculo. No habrá que advertir que este beso es suave, fino, sedeño; un beso en piel de ‘martha’.
-¡Rosell, las tijeras!
Y Rosell extirpa nuevamente de la cinta otro beso cinematográfico.
Y… así hasta quince.
La superproducción que según llegó de Los Ángeles -¡como los propios ángeles!- pudo causar envidia y tentación a los enamorados, rubor a las chicas, encanto a los señores y admiración al pleno, ha quedado ya, que sin espanto del más mogigato, puede proyectarse en un orfelinato de candorosas doceabrileñas.
Y todo por don Julio. Por obra y gracia de este hombre que corta los besos realizando así un milagro de Moral, digno de ser imitado por los más cultos educadores de pueblos.
-Ya lo sabes, invisible y compacto público de cine; no temas a que cuando un sucesor de Rodolfo Valentino aproxima su boca a una ‘star’,

 ‘responda el labio enamorado
al labio que suspira’

La ‘star’ no te pondrá jamás en ese peligro. Puedes ‘star’ tranquilo.
Porque antes, don Julio, en aquel obscuro cuarto de pruebas que descrito hube, corta todo contacto labial y… la Moral queda a salvo.
En el cine, pues, ya no hay besos. Aclaremos: quiero decir en las películas…

Seguro que muchos lectores tienen jugosos recuerdos y anécdotas sobre la censura, el cine, las escapadas a Francia para ver ‘Emmanuelle’… o simplemente sobre los buenos y grandes cines que ha tenido Zaragoza. Anímense y compartan sus recuerdos con todos.

Y mañana…
La mayor animalada machista

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3 respuestas a El hombre que cortaba los besos

  1. En los años veinte un casto beso en la mejilla equivalía a treinta metros de cinta, ¿cuántos metros necesitarían los Julios de hoy en día?
    Felicidades por la entrada de hoy.

  2. Ernesto dijo:

    Recuerdo los silbidos que dedicábamos en los cines cada vez que el maestro de la tijera actuaba. Sobremanera en el cine de los Escolapios que era donde yo solía acudir los Domingos en mi infancia. Y también en los cines de reestreno. La economía de un chaval de 13 años no daba para más.
    Felicidades por el artículo

  3. tinto de hemeroteca dijo:

    Qué bonita historia, aunque yo Emmanuelle la viera en la tele. Eso sí, con unos cuantos rombos arriba, que se suponía debían haberme espantado de verla. Y qué grande es este blog. Es un ‘must’ en toda regla!

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