El héroe olvidado

Durante los primeros años de vida de HERALDO parte del periódico estaba consagrado a dar informaciones de lo que estaba pasando en Cuba. Muchos aragoneses perdieron la vida en la isla, y los que sobrevivieron fueron héroes por muy poco tiempo. Es lo que tiene la derrota. Tinta de Hemeroteca, que vuelve a partir de hoy a su encuentro habitual con los lectores, no podía obviar un tema periodístico como la guerra de Cuba. Y lo hace con la figura de Urbano Orad. Créanme si les digo que fue muy, muy famoso en la época, y que fue objeto de todo tipo de homenajes y reconocimientos. Zaragoza entera estuvo a sus pies en agosto de 1897, cuando regresó a la capital aragonesa y los periódicos no paraban de contar sus hazañas:

Llegó anoche, según teníamos anunciado, en el correo de Navarra. Orad es un aragonés ilustre, de vida militar brillante. En la guerra civil, en Melilla, en todas partes, ha sabido dar pruebas de extraordinario valor. Pero donde su figura adquirió gran relieve ha sido en Cuba. Allí ganó la cruz laureada de San Fernando. ¿Cómo? Oigamos al mismo Orad relatar sus hechos al popular periodista Luis Morote, que envió a El Liberal, desde la Habana, el dramático relato.
Fue en el Cacao donde nuestro paisano supo agigantarse.
-Me dieron por muerto -decía Orad-, y me dejaron allí en el campo de batalla, con cuarenta y un hombres, la mayor parte heridos. ¿Cómo no creerme muerto? Me habían herido en el brazo derecho, en el costado, en el muslo y pierna izquierdos y en el pie derecho. La herida de la pierna me arrojó a una distancia de algunos metros… Pero al verme solo me incorporé y vi a algunos soldados que andaban a mi alrededor y otros, que, tumbados o arrastrándose, proferían ayes lastimeros. Uno de mis hombres me dijo que los insurrectos trataban de arrebatarnos a los heridos y de despojarnos de la carga de municiones que sostenía un mulo sin acemilero, abandonado.
-Muchachos, ¿seréis capaces de ayudarme? ¡Hacedlo por mi, por España, por la honra de vuestro uniforme! Dos de ellos me sostuvieron por debajo de los brazos y organicé el rescate de las municiones, la recogida de los heridos. Ya los insurrectos habían descargado el cajón que llevaba el mulo. Los atacamos y los dispersamos al punto, tumbando a los que más entretenidos estaban en la obra del saqueo. Y al propio tiempo, en los caballos de los mismísimos mambises iba cargando los heridos el heroico grupo de valientes que obedecía mis órdenes. Nos retiramos del lugar del combate sin dejar en él ni uno solo de los heridos, después de sostener un rato de fuego y de cargar al machete contra el enemigo que huía. Emprendimos la marcha para incorporarnos a la columna en la dirección que ésta había llevado.¡Qué marcha! Una marcha lenta, lentísima, un paso de tortuga, una marcha que nadie creía poder terminar con vida. Por dos veces nos cortaron el paso los de la misma partida que habíamos batido y que imaginaba poder acabar con cuarenta y un hombres muertos de cansancio, de hambre, de sed. La última vez que nos encontramos al enemigo fue un milagro el poder salvarnos. Ordené a mi brava columna -bien la podía llamar así, pues cada hombre valía por cien y por mil-, que echase pie a tierra, que se parapetase detrás de una cerca, que hiciera fuego a discreción, rocurando no perder un tiro.
Los volvimos a vencer, huyeron de nuevo, no obstante ser superiores en número. Continuaban sosteniéndome por debajo de los brazos -el derecho me colgaba inerte y el pie me pesaba arrobas, y todo mi cuerpo era de plomo- mientras yo daba órdenes, que eran obedecidas estrictamente como en el momento mismo de entrar batalla. ¿Quién pensaba en curarse? Lo que pensábamos todos era en no morirnos antes de llegar a donde estaba la columna, a donde creíamos que debía estar, terminada la tercera acción y ya libre el camino, camino de amargura para nuestros padecimientos; me subieron de nuevo al caballo y reanudamos la marcha. Yo no iba montado, iba echado, tumbado sobre el caballo, abandonadas las riendas, desangrándome, casi perdido el sentido, con la debilidad creciente, que por la sangre derramada se iba apoderando de todo mi ser. Pero yo no podía mostrar ningún género de desfallecimiento, porque éste hubiera sido la muerte de todos, el abandono de los heridos, el caer prisioneros; mil desdichas que aumentar a la tremenda que veníamos sufriendo. Y hablé, hasta creo que arengué a mis cuarenta y un hombres para proseguir la marcha en busca de la columna.
¡Qué decepción! La columna no estaba allí donde creíamos que había ido a acampar, donde imaginábamos que nos había de esperar. ¡Esperar! Esa era una vana palabra, porque nosotros olvidábamos que nos habían dado por muertos, y a los muertos no se les espera. Se les evita y hasta se les huye. Variamos de ruta y nos encaminamos al pueblo más próximo, a Jiguani… Allí llegamos, y en los breves minutos que estuve en la plaza contestando al interrogatorio del comandante militar, dejé en el suelo un charco de sangre,
qne corría de todas las heridas y principalmente de la del pie derecho. La primera cura me la hizo un negro que, según decía, «saber curar…» ¡Lo que me hizo sufrir, y sin embargo, lo que le debo! Le debo la vida. Sin esa cura yo no hubiera podido llegar vivo a Jiguani. A pesar de mi estado, por mi gente, por rendir tributo a la verdad, por la gloria de la acción, por todo, lo primero y último en que pensé, antes de caer postrado en en lecho con fiebre y delirio, fue el redactar el parte. Lo dicté, y el comandante militar lo trasmitió al general en jefe, al general Martínez Campos.
En el parte relaté lo acaecido. Conté que se me había dado por muerto. Hice acto de resurrección, volví del otro mundo sin pasaporte, con mis cinco heridas, con cuarenta y un hombres que atestiguaban la horrible marcha y los tremendos combates. Y después, ya no sé más. Me contaron que estuve cuatro días sin conocimiento, presa de un delirio espantoso y de una fiebre altísima, entre la vida y la muerte. Me contaron que mi presencia en Jiguani causó asombro, y que hubo que rectificar anteriores partes. Me contaron que vino D. Arsenio a verme.
Yo sólo sé que cuando estuve al cabo de muchos días en disposición de oir y de hablar, vi que una mañana entraba en mi cuarto el general Campos y decía:
-¿Usted quiere continuar siendo médico o quiere mandar una guerrilla?
-¿Por qué, mi general?
-Sepa para su satisfacción que tiene concedida la cruz laureada de San Fernando, y otorgado el empleo de comandante. Es usted, desde el combate de Cacao, médico mayor. ¿Pero de veras no quiere usted ser guerrillero?
-Pero mi general, si soy médico…
-Bien, bien, yo pensaba que por lo que usted ha hecho tenía vocación, servía para matar tanto como para curar. ¿Usted estuvo en la guerra pasada?
Y siguió, luego de oídas mis contestaciones, interrogándome sobre las acciones en que había entrado en fuego, enalteciendo mis pobres hechos como meritísimos, alentándome a seguir luchando, diciendo que pronto sanaría porque las heridas iban bien.
Bien fueron, aunque tuve por mucho tiempo el temor de que me cortasen el pie y quedarme cojo, inútil para la campaña. ¡Maldita herida! Me había entrado todo el zapato, todo el cuero y la suela y los clavos dentro del pie, entre los huesos. Para curarme, me tenían que poner láminas entre dedo y dedo para dilatar los tejidos e ir limpiándolos de cuerpos extraños, que aún no han acabado de extraerme. ¡Me hacían ver las estrellas en pleno día! ¡Qué dolores! ¡Qué terribles dolores! Cien veces deseé la muerte y confié en la gangrena, y me despedí de conservar el pie. No espero jamás volver a padecer tanto. He ido con muletas por espacio de meses y meses…
Y a todo esto, a medida que iba sanando, comenzaba a recibir periódicos de la Habana y de la Península, periódicos donde con sentidas frases daban cuenta de mi muerte, relataban mi fin heroico, enviaban el pésame a mi viuda, a mis huérfanos; contaban la acción como se debió referir en el primer instante. Algunas veces hasta yo mismo llegué a dudar de que existía y de si duraba el delirio de los primeros días de fiebre, y si éste se había trocado en un delirar de ultratumba. De todo pudo vencer mi naturaleza, con la ayuda de la ciencia, incluso de una punta de gangrena que ya se iniciaba en el pie y que se combatió con fortuna, sin acudir a la amputación. Gracias al negro y a tener el pie en el camino amarguísimo lleno de combates, constantemente bañado, humedecido con una disolución antiséptica.
De las cinco heridas, cuatro me dieron bien poco que hacer, porque cicatrizaron brazo, costado, muslo y pierna. Pero en cambio el pie, durante un año ha estado soltando cosas, cuando un trozo de zapato, cuando un pedacidto de hueso. Los médicos se han pasado el tiempo, mucho tiempo, registrándolo con rayos X hasta dar con los ocultos fragmentos de tanta materia extraña. Este pie ha sido retratado y expuesto a la pública curiosidad y divulgado en láminas y publicado en periódicos. Un pie que tiene historia.
He aquí la de la brillante acción de Orad. Mereció la recompensa obtenida entonces, y ¿cómo no que al llegar a su tierra, Zaragoza le recibiese dignamente? Es bien merecida la Recepción de anoche. Fue cariñosísima. A Las Casetas fueron a esperarle una comisión de La Cruz Roja compuesta de los Sres. González, Ballarín y Brinquis. También fue a la misma estación el Sr. Cerrada en representación del Colegio médico. Cuando descendió el Sr. Orad del carruaje se oyó un potente viva al heroico médico, que fue contestado unánimemente por todos los que estaban en el andén.
Vestía el Sr. Orad traje de rayadillo y le han acompañado en el viaje su distinguida enposa y sus cinco hijos. En la estación esperaban la llegada de los viajeros todos los médicos militares de Zaragoza, francos de servicio, la Cruz Roja en pleno y gran número de personas. El Sr. Orad bajó del coche y con las comisiones se dirigió al Lion d’Or, donde se hospeda. Una vez en la fonda subieron a saludarle muchos de sus amigos y todas las comisiones. Un representante de nuestro estimado colega ‘La Derecha’ ofreció al señor Orad la cruz que por suscripción han costeado el periódico de referencia y el HERALDO. El bravo militar agradeció las discretas frases del periodista y aceptó el obsequio que ambos periódicos le hacían en nombre de Aragón, replicando a los elogios que se le dirigían que no había hecho más que cumplir con su deber. Hoy será obsequiado el señor Orad con un banquete que le dan los médicos civiles.

Y mañana…
Un japonés desnudo en Echegaray y Caballero

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4 respuestas a El héroe olvidado

  1. Ejeano55 dijo:

    Echaba de menos la compañía de “Tinta de hemeroteca” a la hora del café mañanero. Un abrazo, Mariano.

  2. Ejeano55 dijo:

    Para saber más de Urbano Orad Gajías, seguir el siguiente enlace http://joseacuenca.espacioblog.com/post/2009/07/27/urbano-orad-gajias
    Un abrazo a todos

  3. Maria Pilar Paris dijo:

    Me faltaba todas las mañanas mi “Tinta de Hemeroteca” y, como de costumbre, el artículo no ha fallado en su interés, desde luego. ¡Qué diferencia de expresarse en aquellos años con respecto a ahora! Gracias, Mariano, y un saludo.

  4. Urbano Orad era de Alfajarín y allí tiene dedicada una plaza. Gracias Mariano por volver a darnos nuestras dosis diarias de “Tinta de Hemeroteca”

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