La casa de las dos diócesis

Así era la Puerta del Carmen. A la izquierda pueden verse la famosa churrería y las naranjeras que vendían tres piezas por perra gorda.

Hoy es viernes y toca reportaje costumbrista sobre las calles de Zaragoza. No les intrigo más, la calle en la que una vivienda podía tener dos habitaciones en dos diócesis distintas era el paseo de Pamplona. Este es el reportaje que publicaba Milagros Heredero en HERALDO en enero de 1969. Aquí se explica cómo era posible eso. Y si quieren saber los secretos del café de Levante…  

Ancho, modernizado, un poquito artificial, respondiendo bien a las necesidades que el problema del tráfico plantea por allí y un tanto ajardinado, el paseo de Pamplona se abre en el corazón de la Zaragoza actual, esto es, en la plaza de Paraíso, para ir a desembocar, a cortos pasos, en la histórica Puerta del Carmen. En este lado de la plaza, al arrimo tal vez de la Facultad de Medicina, existe
una entrañable y popular comparsa: el puesto de castañas, el de periódicos, el kiosco de refrescos.
Un paseo que siempre fue, cuando fue, de puro tránsito, donde en invierno se pasa lo más deprisa que se puede. A pesar de sus bancos y de la fresca hierba que crece en sus espacios verdes y de sus
pelados árboles, que podrían servir de inspiración a poetas solitarios. Sólo en el buen tiempo estos bancos se pueblan de contemplativos, de parejas de viejos y de pequeñas historias. Estas tertulias
recuerdan en algo el viejo paseo de Pamplona, con su platabanda central, primero de tierra y luego de arena…
Llegará un día en que todas las casas serán casi iguales, puramente funcionales, sin grandes características propias, en el paseo de Pamplona. Pero hoy quedan aún dos o tres que llaman la atención
de cualquier viandante curioso. Y una de ellas es la número tres, la de los balcones redondos, en donde, por suerte para el lector del reportaje, vive un arquitecto, don Antonio Chóliz, que amablemente me facilita valiosa información.
-Cuando yo vine a vivir aquí, hace cuarenta y nueve años, el paseo de Pamplona era un enorme barrizal. Mi padre compró el chalet, que había sido primero de la marquesa de Samaniego y luego
de don Miguel Mantecón. Al comprarlo, mi padre levantó dos plantas más y la casa quedó tal como hoy está.
El paseo de Pamplona estaba verdaderamente a trasmano, o, mejor dicho, a traspié, con tres casas a lo más. El número uno era una taberna, enclavada en una casa de planta baja. Estaban también
los lavaderos del Carmen, que ocupaban lo que ahora va del inmueble número siete a Hernán Cortés.
-Era un verdadero desierto, donde nadie se hubiera atrevido a vivir. El monumento de la primera Exposición hispano-francesa, el de los niños gordos y el león, servía magníficamente de tapón para tapar todo el barro que había por aquí. La calle Doctor Cerrada era toda una acequia. ¿Usted se ha fijado en ese pasillo que hay junto a esta casa? No tiene otro objeto que tapar esa acequia. Precisamente la parte de la casa donde yo vivo está a caballo de ella.
También constituyó en tiempos el límite de las parroquias de Santiago y de Santa Engracia, de manera que, según me cuenta don Antonio Chóliz, se daba la curiosa circunstancia, por la disposición de
la casa, de dormir dentro del terreno de la parroquia de Santiago y comer en lo que correspondía ya a Santa Engracia. Es decir, dormir en la diócesis de Zaragoza y comer en la de Huesca.
-También estuvo, que recuerde, la famosa y magnífica cantería de Alejo García.
-¿Cómo ve usted el paseo de Pamplona hoy? ¿Ha logrado su plenitud?
-Esencialmente, sí Es una de las vías principales de la ciudad.
Aprovecho la ocasión para preguntar a don Antonio Chóliz algo que tiene que ver mucho con la fisonomía de las calles.
-Señor Chóliz, ¿qué significa la arquitectura en las calles de nuestra ciudad?
-Verá usted, hablando en aragonés, le diré que lo bueno en la arquitectura de la ciudad es «culpa» de los arquitectos, y lo malo, se lo aseguro formalmente, no es culpa de los arquitectos.
Es una profesión castigada, me aclara mi interlocutor; que origina grandes gastos, afectada bastante por la Hacienda y en la que a los jóvenes les cuesta mucho abrirse camino.
-En la profesión de arquitecto hay gamas distintas y no es justo que para lo que está mal se generalice. La fisonomía de las calles responde a las personas que llevan la ciudd por cincuenta mil circunstancias distintas. Y le voy a decir más: si una ciudad es mala, es que sus habitantes se la merecen así.
Don Antonio Chóliz hace enseguida la salvedad de que Zaragoza no es mala. Tiene cosas bonitas y buenas y, naturalmente, otras que no lo son. En Zaragoza hay edificios maravillosos, aunque nadie se lo crea. Que son ejemplo y se ven en revistas extranjeras. Por ejemplo, causó sensación en su tiempo, verdadero impacto, el de la Confederación del Ebro. Hay otros muy buenos, más recientes; pero la gente no se da cuenta, ni se fija.
-¿Cómo concibe usted la arquitectura nueva, el edificio nuevo?
-Con tal responda a la función que ha de cumplir, el edificio es bueno. Lo difícil está en encontrar esa verdad. Y, encontrada, que la cumpla: que facilite la vida o el comercio o la oficina para los que está destinado.
-¿Y la belleza?
La belleza sale sola. Antes, el arquitecto dibujaba la fachada y luego se dedicaba a meter cosas dentro. Ahora es al revés, se estudia una planta, y si esta bien estudiada… El carácter, la belleza, la utilidad, salen solas. Y el sabor, el espíritu, es cuenta aparte, a cargo intransferible de las almas que lo ocupan, que lo disfrutan, que lo utilizan. Así van naciendo las calles…
Paseo internacional, así me dice don José María Martínez, a quien encuentro en la farmacia con la que termina el paseo. Don José María hace veintiocho años que ve, día a día, el paseo de Pamplona.
-De la ultima reforma ha quedado como un paseo con categoría de internacional. Magnífico sector, de los mejores. Antes, en el centro, sobre todo en verano, había alguna tertulia de señoras y de niños. Estaba el león con aquellos niños valientes… Se los llevaron, como es natural; ahora están en el parque. Y, en fin, la Puerta del Carmen es su característica más gloriosa.
No ha sido nunca comercial este paseo, a pesar de su excelente encuadre. Algunos negocios se suceden en la acera de los nones. Negocios de automóviles, de salazones, de confección; hay una funeraria y, por supuesto, el café de Levante, del que luego hablaremos.
Don Juan Canales, propietario de una tienda de confección, atiende a la periodista.
-Las casas nuevas han dado movimiento al paseo. Ahora empieza a ser comercial. Y yo creo que, sobre todo, el ambulatorio del de María Agustín ha aportado mucho más de lo que parece. El ambulatorio obliga a pasar a la gente por aquí y el paso del personal redunda en el comercio. Ahora sí que empieza el paseo de Pamplona a ser comercial. El moderno paseo de María Agustín fomenta indudablemente este paso y este comercio. También la reforma última, la buena pavimentación, porque lo que antes impedía a la gente acercarse por aquí era la tierra. De la tienda de don José María a la farmacia ya mencionada no queda nada de importancia.
No han sido ni las palmas ni las alegrías de la famosa canción la característica de nuestro café de Levante. Un café con solera y seriedad. El decano de los que quedan en Zaragoza.
Encuentro en don Félix Blázquez, actual propietario del café de Levante, una verdadera mina de inspiración.
-Yo vine a Zaragoza en el año dieciséis, recién reformado el paseo, que había sido todavía, a principios de siglo, olivares. Entonces no se llamaba paseo de Pamplona, sino paseo de la Lealtad; la primera
reforma creo, no estoy bien seguro, que fue en tiempos del alcalde Cerezuela.
-Cuando yo vine -continúa don Félix Blázquez-, el alumbrado del paseo era a base de farolas, el arbolado muy pobre, había tierra en la calzada que después se sustituyó por arena…
El viejo café de Levante, fundado en 1898, estaba pegado a la Puerta del Carmen, tal como puede apreciarse en la fotografía; el otro lado estaba ocupado por una churrería que también pertenecía al dueño del café. A ambos extremos de la Puerta se colocaban las naranjeras con sus cestas, vendiendo tres naranjas por una perrica; es decir, por cinco céntimos… ¡Tiempos!
-Fue por indicación de Primo de Rivera, que visitó Zaragoza, por lo que la Puerta del Carmen quedó aislada, tal como ahora se puede ver. La calle del General Sanjurjo se llamaba entonces de la Soberanía Nacional.  

El Paseo de Pamplona, en 1969

El actual café de Levante, enclavado en el número nueve del paseo de Pamplona, fue montado por mi interlocutor, don Félix Blázquez, en el año 1927: era alcalde el señor Allué Salvador.
-El día de Pascua se abrió por primera vez, en abril; no recuerdo bien si el día dieciséis o diecisiete -dice don Félix, tal vez contrariado por su falta de memoria-. Falta de la que nos está dando abundantes pruebas… al revés.
-¿Por qué se llamó café “de Levante”?
-Bueno, también tiene su pequeña historia -me explica don Félix Blázquez-. Junto al viejo café de Levante, desembocaba la carretera que venía de tierras levantinas con gran circulación de
transportistas.
Estrategia pura. Después, como el nombre ya estaba registrado, cuando mi interlocutor instaló el nuevo, tuvo el gasto de continuarlo. Y don Félix Blázquez, hombre al que se le nota emprendedor y muy vivaz, sigue haciendo alarde de su “mala” memoria:
-Se adoquinó la calle por los años veintitrés o veintisiete. En el año veintiocho pedí autorización para instalar, en el andén central, veladores. Por cierto que me costó gran trabajo conseguirlo, porque se me negaba, alegando que debido a la gran circulación constituía un verdadero peligro para el camarero que tenía que cruzar la calle con la bandeja. Sí, hubo un incremento de circulación por entonces,
después de la primera guerra. Recuerdo que, en el año veinticinco, se alcanzó en Zaragoza la matricula mil, que correspondía al coche del doctor Pérez Serrano. Fue muy comentado, llevó un tole tole,
la matrícula mil…
El viejo café de Levante es el único de su carácter que queda en la ciudad. Los estudiantes de Medicina no se cansan de implorar a su dueño: ¡Por favor no nos lo cambie usted!… Se está cómodo en
un viejo café.
-¿Por qué han desaparecido los cafés, don Félix?
-No tienen vida propia. Son lugares de estacionamiento de un señor o de una “peña”, a base de muy poca consumición…
Mi interlocutor, por medio de una celosía, ha separado el lugar de tertulia del resto del local. Se han dado días en que la parte destinada a tertulias estaba repleta y la otra medio vacía. Todos los viejos
cafés respiran historias, el de Levante también.
-Cuando cerró el Ambos Mundos, la tertulia de don Pedro Ramón y Cajal se trasladó aquí. Fue una tertulia que recuerdo con gran afecto. Asistían a ella muchos intelectuales; recuerdo entre ellos a
don Hilarión y don Enrique Villuendas, médico uno y químico el otro, fundador de la Azucarera de Zaragoza. También venían don Manuel Mora, director de la Escuela de Comercio; don Ricardo Montes, abogado, los señores Laguna, García Burriel, etc. Aunque al café ha venido siempre toda clase de gente: obradores, maquinistas del tren…
Pero don Félix se acuerda especialmente de la tertulia de intelectuales, donde me dice que aprendió muchas cosas.
-Sí, porque cada día había un tema para comentar: de literatura, de urbanismo, de humor…
También había otra tertulia compuesta por dos elementos: un pordiosero que pedía limosna por la mañana y venía a jugársela al guiñote por la tarde, con un vendedor de lotería. Los dos hacían
trampas y un día se descubrieron… Se desafiaron, dignamente ofendidos, y querían batirse en la calle.
Mi interlcutor, don Félix Blázquez, los disuadió al fin. Porque, eso sí, para estar al frente de un café, él me lo dice, es preciso conocer mucho a la gente y tener mas paciencia que el santo Job.
La especialidad de la casa fue siempre, y sigue siéndolo, el mantecado y el limón helado. Su dueño tiene una fórmula secreta que la periodista trata de sonsacarle.
-Mire usted, hecha a base de yema de huevo, leche y azúcar… Como todo es bueno, tiene que salir bien, ¿no cree?
Otra leyenda que circulaba en torno al café de Levante era que toda pareja que lo frecuentaba terminaba impepinablemente en la vicaría…
Eran muy distintas las parejas de antes a las de ahora, con tanta diferencia casi como la del precio de las naranjas. Don Félix me dice en seguida:
-Antes, todo lo más que se podía ver era que se tomaban de la mano… Y yo los despachaba en seguida.
-¿Y ahora?
-¡Huy, ahora!…
Este café se mantendrá en Zaragoza, “per sécula” me dice mi interlocutor: “yo creo que llegará más que a centenario”. Por de pronto, ya tiene don Félix continuadores, primero en sus hijos y
luego en sus tres nietos varones… Pero…
-¿Seguirá así el café de Levante?
Se sonríe, nada quiere afirmar; aunque si llega a centenario es señal de que continuará… Tal vez, un poco cambiado de acuerdo también con la evolución del paseo de Pamplona, con su acera par, apagadita, y su acera impar, que comienza a ser movida, ajetreada, con sus árboles, sus bancos, sus pajarillos y sus estudiantes de Medicina, entre la plaza de Paraíso y la histórica Puerta del Carmen.  

Y para los que quieran ‘refrescar’ entradas anteriores…
1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.

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2 respuestas a La casa de las dos diócesis

  1. Salvador dijo:

    En este paseo hace setenta años, jugaban los niños de muchas familias, como los Burbano, los Arnedo, los De Diego etc. Todos vivían en las casas del paseo. La número tres era, y sigue siendo, de los de Diego y de los Chóliz. La farmacia del final del paseo, junto con la ferretería, era también de la familia Chóliz.
    El Café de Levante era llevado por la familia Blázquez, que también llevaba el bar del aeropuerto. Uno de los hijos, llamado Carlos, en los juegos del paseo se caracterizaba porque era el que mas corría.
    Al lado del paseo estaba la calle Almagro y allí se encontraba Radio Zaragoza.
    Los estudiantes de Medicina iban al bar Pájaro Azul, donde se tomaba alguna cerveza y también se realizó algún examen, que luego se introducía en el aula. El bar estaba situado al lado de la Facultad, en lo que se denominaba el camino de los cubos, y esa familia tenía una hija que estudiaba A.T.S.

  2. angelines dijo:

    Conocí todo eso, lo que pasa que no me acuerdo de cómo estaba entonces. Solo que Salvador ha dicho que Radio Zaragoza estaba en la calle Almagro y así es. En el año 1956 asistí a un baile de los que se celebraban todos los domingos, y allí conocí al que fue mi marido. Un hombre maravilloso.

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