La calle sin número 1 ni 7

La parroquia de San Juan de la Cruz, en 1969

Pues la calle sin número 1 y 7 era… la de San Juan de la Cruz. Esto es lo que escribía Milagros Heredero de ella en 1969: 

Comenzó a vivir bajo un nombre general aunque prometedor: el «ensanche». La calle de San Juan de la Cruz era un campo florido de crisantemos y una considerable huerta regularmente productiva.
La calle no existía; se conocían sus terrenos con la denominación común de ensanche de la Gran Vía. Los primeros que vinieron a dar auténtica vida a estos parajes fueron los padres Carmelitas Descalzos. Tras muchos avatares, tras muchas rifas, entre ellas la de un «toppolino»; tras mucho ir de aquí para allá del padre Roberto de la Cruz, pidiendo hierro a diestra y siniestra, se colocó la primera piedra del templo el 11 de abril de 1943 y se inauguró en mayo de 1946… Lapso en el que se hizo la casa número 6, justamente enfrente del templo de los carmelitas.
En lo que es propiamente Gran Vía, Fernando el Católico y aun de la plaza de San Francisco hacia el parque, ya existían algunas edificaciones.
Hablo con el dueño del comercio más antiguo de la calle, una pequeña mercería. Esta antigüedad se remonta sólo a diecinueve años, que, sin embargo y como en este caso, puede significar mucho tiempo…
-Sí; recuerdo los campos de crisantemos que se llenaban de público el día de Todos los Santos; lo demás eran huertas y terrenos que tenían su utilidad en las fiestas del Pilar. Por aquí se colocaron las ferias algunos años. Sólo estaba la Iglesia, la casa número 6 y ésta, posteriormente.
Una señora que vive en Fernando el Católico y está presente aporta más detalles:
-Yo paseaba por aquí a mi hija mayor, que va a cumplir ahora dieciocho años. Había cordericos que llamaban su atención. Luego paseé también a la segunda, que va a cumplir once, y todavía quedaban yerbajos y algún corderico que aún los iba mirando la niña… No existía todavía apenas nada…
Los primeros comercios que se abrieron por estos contornos eran solo de recurso.
-Para comprar la bobinica de hilo y poco más. Cuando había que comprar algo más, bajaban al centro.
Sin embargo, mi informador me dice que, ya entonces, por derecho de apertura de su tienda, pagó como calle de primera categoría.
-Casi igual que el señor Alfonso, del Coso, que es primera especial.
-¿Y ahora?
-No es tan comercial como puede parecer. Aunque ya no merece la pena desplazarse para comprar al centro. Hay de todo. El comercio se ha fijado por aquí. Es, ciertamente, una señora calle de primer orden. Un sector algo caro, según he oído contar a las señoras, refiriéndose a los mercados…
De las adyacentes de la Gran Via, es, manifiestamente, la mejor.
-Señorial, grande, toda edificada; no tiene, como antes, huecos a todas horas…
La fuerza del amor ha tenido que ver mucho en la formación de la moderna calle de San Juan de la Cruz. A impulsos de divino amor, el templo de los Padres Carmelitas se hizo, tras muchas fatigas -no contaban con medios propios-, realidad. Los primeros comercios suponían la esperanza de recién casados, que aguantaron los tiempos malos con mucho optimismo hacia el futuro.
-Bueno, y gracias también a la matanza que hacían mis padres en el pueblo -me dice la dueña de la primera «droga» que se instaló en la calle.
Y continúa, con gracejo:
-Claro, por circunstancias y en vísperas de nuestra boda, mi esposo tuvo que abrir aquí la «droga». Era el año cincuenta y dos. Los dos al ladito del brasero, muertos de frío. Cada hora, aproximadamente, bajaba una señora a comprar una pequeñez. Por fuera no pasaba un alma, y yo le decía a mi marido. «Hijo, ¿dónde te has ido a establecer?…
Tres años malos, muy malos ¡Con unas ventas!… Gracias a que doña Josefina era hija de labrador.
-Era un aliciente salir un poco a la puerta y ver algún recadero pasar en su bicicleta…
-Pero ya no es lo mismo, ¿verdad?
-Claro, ahora, con este local y lo que ha prosperado la calle…
-¿Buena calle?
-¡Hombre! No es para inflarse -dice su dueño-. Hay mucha competencia, pero…
Definitivamente, caen lejos los tiempos del braserico y de asomarse a la calle con la esperanza de ver pasar rápidamente, siquiera, un ciclista.
De estos modernos y prósperos contornos, la calle de San Juan de la Cruz sobresale con una personalidad peculiar. Bordeada de árboles que, por su lado impar -el del sol-, se muestran pelados, en espera de la vivificante primavera, mientras que por su acera par -la sombría- aparecen con su rica vestimenta de hojas verdes, tiernas y perennes…
La calle de San Juan de la Cruz, sin haber recurrido a derribos, carece, por la gracia de Dios, de dos números un poco antipáticos: el uno, con su terrible simbolismo de soledad, y el apocalíptico siete.
-Pues no, no tiene uno. Esto es lo que debiera ser, pero no lo es: en caso necesario recibe el nombre de uno accesorio.
Esto me dice don Jesús Mora, con nueve años al frente de una perfumería.
La casa que da entrada a la calle por su lado de los nones, y que en rigor debiera ser el “uno” de San Juan de la Cruz, hace el 29 de Femando el Católico. Así, pues, el primer portal de este lado está señalado con el número tres. Nueve años no son muchos años, pero sí lo son en la calle que nos ocupa. Mi interlocutor me cuenta:
-Como anécdota recuerdo que, hace ese tiempo, mi cuñado y yo tuvimos la humorada de contar, a la puerta de la tienda, a todas las personas que pasaron durante una mañana.
-Y qué, ¿pasaron muchas?
-¡Qué sé yo!, veinticinco, todo lo más…
Pero mi interlocutor tenía “pesquis” y se dio cuenta de que la calle suponía una buena perspectiva. Esta perspectiva esté retratada como en ninguna parte en las cremas faciales que se venden en la perfumería…
-Las hay de muchos precios. Pues bien; antes sólo tenía concesiones de firmas económicas; ahora puedo ofrecer a mi clientela cremas hasta de algo más de cuatrocientas pesetas tarro… Antes, de cremas nada. Horquillas, y colonia, cuando alguien era fino. 

La panadería de los caramelos 'de la tele'.

 

Otra característica de la calle ha sido el fabuloso cambio que han ido sufriendo, en tan poco tiempo, los distintos comercios. Lo que primeramente era una frutería se transformaba después en otra cosa y luego en otra, hasta conseguir su asiento definitivo.
-Esta tienda de bolsos fue primero mercería. Esta droga de aquí fue antes tienda de comestibles.
Hay una evolución viva y rápida en todo lo largo de la calle. Los bancos, la Caja de Ahorros, han buscado esta calle. Otra prueba evidente de su progreso. Un progreso fulgurante. Modernas “boutiques”, casa de discos, sala de fiestas… La magia y atracción de la vida moderna viene a reflejarse en la calle de San Juan de la Cruz.
-También el autobús que enlaza San José-Delicias ha tenido que ver mucho en el brillo de la calle.
La gente que viaja a diario en él se va fijando en lo que ve y a veces los escaparates interesan y te bajas en ella, dice con gran agudeza la señorita Rosario Rodrigo, que lleva tres años vinculada a un cómprelo de esta calle.
A pesar de su modernidad, reina un ambiente familiar. Así me dice doña Conchita Chueca, dueña de un comercio de ropa de niño.
-Es la ventaja del pequeño comercio sobre los grandes almacenes. La clientela es de confianza, se consigue un ambiente familiar. Aquí, por ejemplo, vienen unas señoras y señoritas portorriqueñas. Pues bien, estas Navidades tuvieron el detalle de obsequiarme con un paquete de café. Imagínese qué satisfacción pura mí. Me conmovió.
-¿Y de veras no encuentra nada malo a la calle?
-Antes había muchos accidentes en ella. Por fortuna, la nueva señalización los ha salvado. Tal vez, el aparcamiento de coches es difícil, como en casi todas las calles.
Por lo menos en todas las calles de primer orden. Es doña Conchita quien me ha informado de la fuga del siete de la calle San Juan de la Cruz.
-Claro, esta casa tiene su entrada por la calle de Latassa y nosotros, en la fachada de esta calle nos titulamos cinco. De manera que la calle no tiene siete, porque la próxima es ya el nueve…
-Forma parte, indudablemente, de la arteria transversal más importante que une, atravesando Torrero, Delicias con San José. Tal vez, cuando la avenida de Goya esté en condiciones, descongestionará algo la calle, pero mientras tanto, la verdad es que San Juan de la Cruz tal vez tenga un exceso de tráfico.
Don Vicente Salas fue el primero en abrir una pastelería en la calle, que ahora, un tanto laminera, cuenta con tres. Y con un turrón de auténtica artesanía.
La calle de San Juan de la Cruz queda cortada por la de Santa Teresa. Corte que no afecta, ni mucho menos, a su armonía urbana. La iglesia de San Juan de la Cruz da estampa a la calle, con su fachada moderna pero conventual, recoleta, con calidad. Sólo desde 1966, la iglesia se abrió como parroquia a este barrio de la Gran Vía. Por cierto que primeramente se llamó parroquia de la Santa Cruz. Pero todos estos detalles nos los va a referir el padre Luis.
A la entrada del convento hay dos imágenes: la de la Virgen del Carmen y la de San José. Una inscripción nos indica que estas imágenes presidieron las obras en los cuatro años que duró la construcción del templo.
-¿Cómo pasó a ser parroquia esta iglesia, padre?
-Fue una necesidad impuesta por los tiempos y por la fisonomía que tomó esta zona. Era absurdo permanecer aislado en este pleno desarrollo del que éramos testigos. Una mentalidad abierta al desarrollo, una necesidad de cooperación, una imposición moral, en definitiva, nos llevaron a la parroquia.
La parroquia de San Juan de la Cruz tiene como límites, incluyéndolo, el paseo de Femando el Católico, y, por el otro lado, el río Huerva. Encierra una zona en parte residencial, como el vivero de pequeños y sugestivos chalets de Santa Teresa, Ram de Viu, Supervía, etc.
-¿Se han dejado ver los frutos de esta transformación de parroquia?
-Ya lo creo. Muchos y de distintos órdenes, desde el económico al asistencial. 

El puente 'de los gitanos'.

En este capítulo, el padre Luis subraya especialmente el de asistencia a enfermos y el de asistencia cultural a los colegios. La parroquia cuenta con un club juvenil.
-¿Cuajó la idea de club parroquial en los jóvenes de este barrio?
-Sí; al principio acudieron muchos, más de trescientos… Luego se fueron cribando… Han quedado pocos, pero buenos. Muchachos serios, responsables.
-¿Con vocación?… -pregunta la periodista, y el padre Luis no lo niega.
-Si la tuvieran, mejor. Mucho mejor.
El padre Luis es joven; yo no he podido por menos de preguntarle a qué atribuye la falta de vocación de nuestros tiempos.
-Hay gran diferencia entre mi generación, que es todavía joven, y la actual. Las causas son muchas y complejas. Hay crisis de fe.
Como he dicho, no creo que este tramo segundo, en ligero ángulo hacia la izquierda, pierda el carácter que marcó la primera parte de la calle. Tan comercial como el anterior, hay, no obstante, algunos locales a punto de ponerse en manos emprendedoras. Y algún otro en plena faena para abrirse al público. El vecindario espera. Este tramo viene a desembocar en el titulado puente del Emperador Augusto, que, a pesar de su pomposo nombre, es más conocido por el otro, menos jerárquico, de “puente de los gitanos”. El parentesco entre ambos títulos lo ignoro. Esta segunda parte de la calle no deja de sorprender a su vecindario. Evoluciona su comercio, se abren nuevos o se transforman los que ya existen. Es un aliciente más de la alegría y el color que compone la calle y de la que me hablan la joven María Elena, y doña Elena Grasa, en su panadería-pastelería, la segunda que se instaló en la calle y primera de esta parte. Llevan poco tiempo en ella.
-Yo tenía verdadera ilusión por la calle y por la tienda -me dicen-. La clientela es muy agradable.
Mientras hablamos, los chiquillos se suceden en busca de los chicles y caramelos que anuncian en la “tele”…
La panadería cuenta con una característica importante que doña Elena me comunica:
-El pan que vendemos es de cosecha propia, ¿sabe usted? De Ejea de los Caballeros.
-Es la especialidad de la casa, y también la leche, de una marca catalana, que la gente de estos contornos, con sus veraneos por esa costa, solicita después en su ciudad.
-Antes, la tahona era también pastelería. Claro, con los tiempos, el gusto del público se ha refinado y es preciso poseer obrador propio.
A veces, la panadería es tomada por un supermercado. Y entra la gente a solicitar:
-¿Tiene jamón? ¿Tiene manzanilla? ¿Tiene sal?
De sal, nada. Salvo la que se echa en el pan de cosecha propia, todo lo demás es dulce.
El número 25 de la calle, el último de los nones, queda enclavado frente al Huerva y separado de la calzada por una curiosa geometría urbanística. Me habla el señor Anadón Yago, uno de los vecinos.
Primero me dice algo interesante sobre el Huerva:
-Cada día sale de un color. Como a su orilla hay una fábrica de tintes, al asomarnos a la ventana nos sorprendemos mirando el color del Huerva.
El señor Anadón opina que debía cubrirse todo lo antes que se pudiese. Ahora es un vertedero de basuras, arrojadas por gentes no escrupulosas. En verano, una peste de olor.
-En cuanto lo cubrieran quedaría, sin duda, una avenida estupenda. Un pequeño problema de la casa número 25 son los árboles. Hasta hace poco había un par de ellos que aliviaban el sofocante sol que castiga la casa en el verano.
-Hemos solicitado el permiso para hacer unos alcorques y volver a tener un par de arbolitos.
La novedad, sin embargo, está en una especie de bandas de cemento que se han hecho en la calzada. De esas llamadas generalmente “salvavidas”. El paso de peatones está colocado en la misma esquina de Alférez Provisional. El tráfico por esta parte es continuo y el peatón está deseando pisar tierra firme. Estos “salvavidas” pueden servir de tierra firme, sobre todo en invierno; porque en el verano, cuando calienta el sol… Sin embargo, los mismos “salvavidas” estrechan la calzada excesivamente, dividiéndola, además… Le pregunto su opinión al señor Anadón.
-Tal vez un pequeño seto verde estaría mucho mejor. Aunque, claro, los arquitectos municipales sabrán lo que han hecho.
El seto podría tener la ventaja de hacer bonito y no recalentarse con el excesivo calor.
Y la calle de San Juan de la Cruz termina así, fiel a sí misma. Alegre, comercial y muy esperanzadora. Con la esperanza puesta ahora en su último baluarte, el puente del Emperador Augusto. O de los gitanos, que, aunque parezca mentira, es su nombre más histórico. Aquí, por excepción, al César le han dado lo que era de los calés… 

Lo que no he comprobado es si aun hoy carece la calle de números 1 y 7. Y para los que se hayan perdido alguna entrega de la serie de las calles de Zaragoza, o quieran añadir algún comentario: 

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 

Y el lunes…
Los camareros que no querían propina.

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2 respuestas a La calle sin número 1 ni 7

  1. Robot8A dijo:

    En el paseo Profesor Tierno Galván (Torrero-La Paz) los números son: del 1 al 8 y el 30, no existen los números del 9 al 29

  2. Miguel Angel dijo:

    Yo soy del 5 de San Juan de la Cruz y certifico que no tiene 1 ni 7 en la actualidad. Me percaté desde muy pequeñajo y le preguntaba a mis padres, pero no sabían el motivo; así que hasta ahora no sabía el porqué de su ausencia, me he quedado muy contento de descubrirlo al fin.

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