El espantoso crimen del ciego

Aunque, según las estadísticas del blog, las informaciones de sucesos ya no les interesan tanto como antes, no puedo soslayar algunos de los crímenes que más han conmocionado a Aragón. Uno de ellos tuvo lugar el último día de las Fiestas del Pilar de 1910, y el protagonista fue un joven que había quedado ciego de forma un tanto sorprendente pero que, pese a ello, asesinó con una saña inusitada a la sirvienta de su casa. Del suceso se habló durante meses, pero no salió a la luz el móvil, el detonante de acción tan salvaje. Esto es lo que contaba HERALDO:

Habíamos puesto anoche una nota simpática de cierre para las fiestas del Pilar diciendo que no se registró durante los festejos ningún lamentable incidente. No bien hubimos trazado esa impresión momentánea, cuando tuvimos noticia de que un espantoso crimen había venido a disonar en el concierto bullanguero de la ciudad en fiestas. En una casa de la calle del Azoque, un joven de 22 años acababa de descargar varios hachazos sobre una indefensa doméstica, habíale después hundido un cuchillo en el cuello como siniestro y fatal golpe de gracia y, a los pocos momentos, el criminal, torturado sin duda por el remordimiento de sus crueldades, había puesto fin a su vida anudándose al cuello una cuerda y lanzándose por el balcón de una galería.
El autor de estos crímenes no era un tipo presidiable, sino un joven de buena familia y en buena posición. Una inmensa desgracia había, sin embargo, trastornado el corazón y los sentidos de aquel joven: era ciego desde hace poco tiempo, por un repentino accidente; perdida la vista, en plena juventud, puede decirse que con la luz de la naturaleza se escapó de su ser la luz de la razón y se le oscureció la inteligencia, y era su alma como una sombra que flotaba en la adversidad, siempre negra y oscura.
Cuando recibíamos los primeros informes del suceso, era animadísimo el aspecto de la población; reverberaban las iluminaciones, se oía el ruido ensordecedor de las ferias, la ciudad se divertía y a pocos pasos de los sitios de recreo, el silencio trágico del crimen y de la muerte contrastaba con el bullanguero rebullicio de la alegre multitud. Es el trágico crimen de anoche algo parecido a una de esas nubes negras que entoldan la claridad de un día de sol.
En el piso primero de la expresada casa vive hace muchos años D. Mateo A., en compañía de sus hijos Leonor y Eduardo, de 30 y 22 años de edad, respectivamente, y la sirviente Sabina M., de 34 años, natural de Muel, y la cual prestaba sus servicios con los Sres. A. hace 17 o 18 años. No hace todavía quince días que Sabina, en un momento de disgusto motivado por una represión tan frecuente entre las señoras y las sirvientes, abandonó la casa del Sr. A. con la firme resolución de no volver más a ella.
Pero pasó pronto el enfado de Sabina, pudo más la ley que tenía a la casa, el afecto que profesaba a los amos con quienes había convivido tanto tiempo, y la sirviente volvió a la casa del Sr. A. para seguir prestando sus servicios como si nada hubiera ocurrido. Sabina M. permaneció ausente cuatro o cinco días a lo sumo, y durante su ausencia no hacía otra cosa que rondar la casa para poder ver a sus señoritos. Ya hemos dicho que el Sr. A. vivía en compañía de dos hijos. El varón, Eduardo, cegó repentinamente hace dos años próximamente, cuando se encontraba en la estación del Campo del Sepulcro. Marchó a la estación para presenciar la despedida que el pueblo de Zaragoza hizo a los reyes D. Alfonso y doña Victoria. Eduardo A. era uno de los que con mayor entusiasmo vitoreaba a los reyes, y en el crítico momento en que el tren se ponía en marcha y era mayor el desbordamiento de las gentes y más delirantes las ovaciones a las augustas personas, anubláronse los ojos del joven Eduardo, una sombra pasó por su vista, ya castigada por la miopía, para no desvanecerse más. El infeliz joven había cegado para siempre.
La familia del Sr. A. apuró, aunque sin resultado, todos los medios imaginables para conseguir que Eduardo recobrara la vista.
La pérdida de la vista motivó en Eduardo un cambio completo de vida. Durante varias semanas estuvo sin salir de casa, pasando los días en la galería o en las habitaciones, siempre abatido y tristón, pensando en su desgracia. Pero Eduardo se acostumbró a ésta y, más tranquilo su espíritu, comenzó a salir a la calle, frecuentando únicamente el establecimiento de la casa inmediata y la barbería de D. Francisco Villarroya, situada frente a la casa del Sr. A. Ayer mismo el joven Eduardo estuvo en la barbería para afeitarse, sin que nadie notara nada de anormal en su estado.
Se ignora en absoluto lo que ocurrió en el primero piso de la casa número 41 de la calle del Azoque, entre el joven Eduardo y la sirvienta Sabina M.. Esta estuvo en la casa de un próximo pariente del señor A. entre cinco y seis de la tarde, quedando solo en la habitación Eduardo. Se cree, pues, solo por suposiciones podemos hablar, que Sabina regresó directamente al domicilio y, dirigiéndose a la cocina, reanudó la labor que tenía empezada. En la cocina se encontró junto a una canastilla una puntilla a medio hacer, un ganchillo y dos madejas de hilo. Sin duda el agresor fue a buscar a su víctima en dicha estancia. Ignórase lo que pudo ocurrir entre ellos. Sabina, al ver la excitación fiera del ciego, debió dirigirse a su cuarto huyendo del agresor, tras ella fue también el desgraciado joven, entablóse entonces titánica lucha entre ambos, como lo demuestra las desgarraduras de la chambra de la sirviente y la rotura de una silla, y en aquel reducido cuarto Eduardo debió descargar varios hachazos sobre la cabeza de Sabina, cayendo esta al suelo en posición de cúbito dorsal, clavando después un cuchillo en la garganta de su víctima. La muerte de la infortunada sirviente debió ser instantánea. Junto a su cadáver y manchada de sangre, fue hallada el hacha con que Eduardo acometió a Sabina.
Cometido el crimen marchó el ciego a la galería de la casa, ató una soga a los hierros del segundo piso, subiéndose a una silla, se pasó el nudo corredizo por el cuello y se lanzó al espacio, muriendo también instantáneamente. El ciego tenía las manos tintas en sangre, lo mismo que el pantalón.
¿A qué hora ocurrió el suceso? No se sabe con certeza, pero cabe pensar que su desarrollo tuvo lugar entre seis y media y siete de la tarde.

Uf, el suceso pone verdaderamente los pelos de punta. Mañana cambiaremos de registro, que el blog quiere ser un lugar de encuentro amable.

Y mañana…
¿Qué fue de Miss Paraguas 1968?

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4 respuestas a El espantoso crimen del ciego

  1. Carlos dijo:

    Bufff es macabro. Pero qué curiosa la manera de relatar el artículo en aquella época. Casi parece que estás leyendo ‘Crimen y Castigo’.
    Un saludo

  2. quemasda dijo:

    Pues el escrito se las trae … ¡Qué forma de redactar tan bonita y decadente! Me ha gustado la forma en que está contado el suceso, hoy en día sería impensable …
    Un abrazo, Mariano

  3. javier dijo:

    Ya ves como, querido Mariano, que el ardor monárquico puede enceguecer. Aquí tienes una prueba de ello. Zenón de Elea lo dejó dicho y escrito. Pero las masas, ciegas, quieren aún más enceguecer-se.
    Qué hermosa tautología usó el plumilla de la época: “….el bullanguero rebullicio…”
    Lo dicho, Mariano, la pasión es de ayer, de hoy y de mañana. De siempre. Amén.

  4. TININ dijo:

    Muy bueno. Tanto en redacción como en saber contarlo. A veces echo un poco en falta estas redacciones en la prensa de hoy. Y, desgraciadamente, los hechos que hoy en día ocurren, ya ocurrían en 1910. En eso hemos avanzado poco, como en las redacciones. Felicidades Mariano por tu artículo de hoy.

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