La calle del primer escaparate

Vista general del primer tramo del Coso

Pues el establecimiento que puso el primer escaparate en Zaragoza fue… el mismo que trajo las primeras ostras, los primeros plátanos y las primeras piñas que se consumieron en la ciudad: Casa Zorraquino, en el Coso. Este es el reportaje que publicó Milagros Heredero en HERALDO en 1969:     

Si alguna duda abrigara alguien sobre la existencia del corazón de Zaragoza, puede desabrigarla e incluso dejar definitivamente que se hiele, porque el corazón de la ciudad sí existe. El Coso es el corazón de Zaragoza. No pretendo descubrirte a tí, ¡oh lector zaragozano!, nada que tú ignores. Sólo voy a relatarte, con la humildad que puedo, mis propios descubrimientos. Y el Coso es uno de ellos, ¡vaya si lo es!… Hablando de él percibí que la gente a quien pregunto no se limita a hablar de una calle, la del Coso, sino que me habla de Zaragoza. Alguien me ha llegado a decir: si Zaragoza no tuviese Coso, habría que inventarlo. De tal manera el zaragozano parece encontrar en él carácter y raigambre.
Este primer tramo del Coso que por su acera par se corta en el número 50, esquina a la plaza de España, es el de más solera. Y aunque la vida comercial no ha dejado de evolucionar, sus moradores me declaran: “Está todo igual. No ha cambiado nada.”
Esta rica vida comercial es la que impide al viandante marchar como en parte debiera marchar por el Coso. Con los ojos levantados para ver las joyas que posee. Sin embargo, el viandante del Coso es el ciudadano que pasa muy rápidamente hacia donde le interesa. He observado que el peatón de la calle del Coso es el que circula más aprisa, comprendidas todas las calles de la ciudad. El Coso, por su circulación, por esa prisa suya, por el control de sus cruces mediante semáforo y también por cómo siempre que puede se los salta la gente a la torera, es, seguramente, la calle no más elegante, pero sí como más de ciudad populosa y activa que tiene Zaragoza.
Los Cien Mil Brillantes. Así se llamó en principio la misma joyería que hoy conocemos por La Joyita. No, es que su dueño, en un acto de humildad, la cambiara de nombre. Fue el cambio de jefe lo que motivó que Los Cien Mil Brillantes quedaran convertidos en La Joyita. Diversidad de pareceres.
Don Jesús Costa Royo es persona que conoce todas las vicisitudes de esta parte del Coso. Entró a los dieciséis años en La Joyita y salió de ella hace casi un año, con su correspondiente jubilación.
-La Joyita fue el resultado de unir la famosa casa de música de Alfonso, esquina a la de Roda, con otro comercio de pañería. Pasó por distintos propietarios, desde don Luis Araiz y don Vicente Ferrer Rico, su primeros dueños. En 1918 entró a formar sociedad don Jesús Ramírez; al fallecer este señor la tienda pasó a su hermana y, en 1955, a don Agustín García Tomás, actual propietario. Don Jesús Costa extiende sus recuerdos a otros números del Coso, desde el Arco de San Roque, derruido en el año 1942.
-Estaban la zapatería Meléndez, la camisería El Buen Tono, la platería de Balaguer, el famoso hotel Continental, luego un almacén de paquetería, luego el Banco de Aragón, luego la peluquería Mayor, la platería de Luis Bello, el estanco, el café París, el Casino, la casa Zorraquino, la óptica, la conocida sombrerería de Jorge Gracia, la relojería Abadía y La Joyita. Le hablo de hace cincuenta años… Sigue igual todo. Aunque unas tiendas han sustituido a otras, todo está igual que hace cincuenta años.
El cambio lo ve don Jesús en el público y, sobre todo, en la manera de vivir.
-Antes, una sortija de oro valía de 35 a 50 pesetas. Una alianza, cuatro duros, la mejor. Un reloj, quince pesetas. Hablo de los años 20. Cuando se hacían doscientas pesetas de caja al día suponían una venta fenomenal. En el año 16 yo ganaba dos reales diarios; en el 18, una cincuenta; en el 29, doscientas pesetas mensuales. Antes había hambre. Ahora, no.
Y prosigue:
-Antes, para llevar aros y pulseras de oro que a lo mejor costaban quinientas pesetas, una mujer tenía que ser casada y recasada. Ahora, las pulseras de cuatro mil a seis mil las llevan chicas de dieciséis años.
Y continúa:
-Cuando no valía dinero la cosa se usaban chapados, y ahora que vale se gasta y se compra. Bueno, menos el cubierto de plata. Antes, el cubierto estaba a veintisiete pesetas, ahora a mil quinientas. Y en medio de todo no es práctico para comer…
-¿El cliente más exigente que ha tenido usted?
Poco tiene que pensar don Jesús.
-¡Pues fue un sacerdote! Trajo un reloj para arreglar y cuando vino a recogerlo no estaba terminado en ese momento. Y como no estaba, quiso llamar a la Policía…
Inspirar confianza es fundamental en una joyería. Se cree la gente que la joya que lleva a reparar puede ser sustituida, adulterada. Que le van a dar el cambiazo.
-Y si supiesen lo difícil que es tener una piedra igual a la que llevan…
Y lo difícil que es robar en una joyería como La Joyita… En el año 25 -me cuenta don Jesús- trataron de hacerlo. Disfrazados de albañiles, estuvieron los cacos levantando una plancha de la entrada; lo dejaron todo listo para volver por la noche, y como no pudieron hacer la faena porque tropezaron con que los escaparates estaban montados sobre la plancha, se dejaron la palanqueta olvidada.
-Al no poder entrar en la joyería, entraron en la pastelería de al lado.
-Ya que no podemos hacer de verdaderos cacos -pensarían-, nos pondremos como Quicos…
Uno de los bazares más antiguos del Coso es el de doña Antonia García. Doña Antonia tiene ahora, aunque no los aparenta, setenta y dos años.
-Mi marido, el amo, y yo, la dueña -se ha presentado-. Abrí el bazar hace cuarenta y dos años, con sólo dos precios por pieza. ¿Quiere saber cuáles? 0,95 y 0,65 céntimos la pieza, según la que fuera…
Doña Antonia me habla de la Zaragoza que recuerda.
-Muy distinta a ésta. De treinta años para acá ha prosperado Zaragoza. Zaragoza tenía antes: Alfonso, lo mejor. San Gil, que era un pedregal lleno de barros todo el invierno. Este trozo del Coso, sin adoquinar, y bochinches de calles alrededor, ¡todo ratones! Hacia General Franco, algunas callejuelas… En la plaza de Aragón había una verja; para cerrar. Se dejaban abiertas dos puertas. Lo demás, Campos Elíseos, y de allí. nada…
1908. La Exposición Hispano-Francesa marcó un principio esplendoroso en la ciudad.
-La plaza de Santa Engracia estaba toda en hondo. Había una barandilla de hierro alrededor. Un cuartel de Infantería… Todo se tiró cuando hicieron la Exposición Hispano-Francesa. Yo era muy niña, pero lo recuerdo. También, de todas las fuentes que había, la de la plaza de España y la de la Magdalena; iban los carros con el agua por las casas.
El Coso, para doña Antonia, no ha sido demasiado elegante nunca. Cosa corriente. ¿Comercial? A medias. Aquí pasa algo de particular: como vean que te defiendes, te “arrodean” todos. Zaragoza es muy copiona. Copiar, pero no inventar; se dice y es la verdad.
-El personal hemos cambiado de manera de ser. Yo, en mi concepto, a la gente moderna no le quito nada, pero hay más egoísmo. La vida de antes era mucho peor, pero más unida, más familiar.
A doña Antonia García no le duelen prendas; parece una señora con todo un carácter y muy sincera.
-De treinta años hacia acá se vive.   

El palacio de los Luna, en 1969.

Los jueves, globos… Viene de antiguo. En el café París ya se repartían globos los jueves. Realmente, los jueves son simpáticos, a su mitad de semana, con la esperanza de pasarlo bien en el domingo y el recuerdo casi vivo de lo bien que se pasó el anterior. La firma más antigua de esta parte del Coso es seguramente la de la casa Zorraquino, fundada en 1884, a la que, según me voy enterando, Zaragoza le debe unas cuantas importaciones.
-Los primeros escaparates de cristal que se pusieron en Zaragoza los mandó instalar mi padre. El había estado en París y se trajo el ánimo de mejorar su casa. También fue el primero en vestir a su dependencia con chaquetillas blancas…
Entonces no se estilaba el blanco para estos casos. Don Victorino Zorraquino me va facilitando curiosa información. El espíritu innovador de la familia no se detuvo en los escaparates, como se verá.
-Nuestra casa fue, en principio, mitad pastelería y mitad ultramarinos. Fuimos nosotros quienes trajimos a la ciudad las primeras ostras que se consumieron aquí, los primeros plátanos, piñas, chirimoyas. Y también trajimos faisanes vivos, para llamar la atención de la gente.
-Los primeros billetes de la línea de Caminreal los sacaron mis padres para traerse a Florentina, de Monreal del Campo.
Doña Florentina Villalba es una señora de ochenta y tres años. Fue niñera de don Victorino y doña María Pilar Zorraquino. Una cocinera excelente y bonísima persona. Ahora, la mimada de la casa de doña María Pilar. Está junto a nosotros para decirnos que la Exposición Hispano-Francesa es la mejor que se ha hecho en todos los tiempos. Y para recordar también aquellos paseos que solía darse, de cuando en cuando, en el tranvía de mulas, dando la vuelta por la Ribera, al precio de “diez centimicos”.
-Ahora ya no me atrevo -me confiesa muy ingenua-.
En el café París se tomaba café por un realito. Y desde los balcones se echaba una “perra” para que el organillo tocara otra pieza.
-No tengo más que sesenta y dos años y he visto adoquinar el Coso -me dice también don Victorino-. Sería por el año veintitantos… Cuando las famosas “matinés” del teatro Principal, donde se echaba una mirada alrededor y conocías a todos. ¡Qué tristeza ahora cuando voy al Principal y no conozco a nadie! La animación del siglo, desde luego, estaba en el Coso. Sin contar la de Alfonso, claro está.
El primer empujón que recibió Zaragoza -me sigue contando don Victorino- le vino, desde luego, de la Exposición Hispano-Francesa. De entonces quedan el Museo y la Escuela de Comercio. De la Exposición aún conservan los señores de Zorraquino unas fotografías donde se ve a la entonces joven Florentina preparando el chocolate a la vista del público…
-El padre de don José Gascón y Marín fue íntimo amigo del mío. Contaba que como el chico era tan inteligente, siempre le decían que llegaría a ministro. Por cada sobresaliente suyo, mi padre le obsequiaba con una merengada. Y creo que a veces le decía: “Oye, Pepico, ¡que me vas a arruinar!”.     

Una estampa olvidada: el arco de San Roque.

    Este recuerdo surge en la mente de mi interlocutor porque él, como la mayoría de las personas de su edad, reprocha a nuestros días el poco tiempo que existe para cultivar la amistad. El sentimiento refinado de la amistad, del trato social, está muy en decadencia. Pero volviendo al Coso, paramos ante el Arco de San Roque. En el recuerdo, claro.
-Venía muy bien -dice espontáneamente doña María Pilar Zorraquino-. Nos quitaba mucho aire…
-Por el lado de los impares del Coso recuerdo el café Moderno, la horchatería Más, la librería de Cecilio Gasca, el Royalty… Y del lado par: la sombrerería Trasobares, el cine Victoria, la Oriental, perfumería óptica; la joyería de Balaguer, la zapatería de Melendo y los tejidos de Matute…
-El Coso, ahora, se ha quedado pequeño. Es la verdad. Pero con la calle de Alfonso fue lo primero que tenía viso de tal -ha insistido el señor Zorraquino.
Esta primera etapa del Coso es, además, un tanto monumental: el magnífico palacio de los Luna, que data del siglo XVI, y que es Audiencia Territorial y Provincial desde 1815. También puede gloriarse del palacio de los condes de Sástago, hoy Casino de Zaragoza, de purísimo renacimiento aragonés. La característica y armónica casa de la droga más grande de la ciudad. La del Centro Mercantil, no carente de cierto empaque; la enorme cúpula de la iglesia de las Madres Escolapias, que aprovecha para asomar a través de un solar en construcción. Porque la construcción en el Coso es algo que aún tiene que dar que hablar. Y el Coso, en esta su primera parte, más rancia, de mayor solera, tiene un digno corte en la plaza de España, del que hablaremos en el próximo reportaje.    

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 
11. La calle sin número 1 ni 7.

Y el lunes…
El crimen del colegio de sordomudos

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Una respuesta a La calle del primer escaparate

  1. Majo Baselga Zorraquino dijo:

    Muchas gracias por este artículo.
    Nos ha hecho mucha ilusión a todos leer las palabras del abuelo Victorino

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