Crimen en un colegio de sordomudos

Me dirán seguramente que me paso de truculento, pero no me resigno a dar todas las semanas una noticia de sucesos. Esto se publicaba en noviembre de 1910:

Desgraciadamente, continúa la racha de crímenes en Zaragoza. En el piso segundo de la casa número 4 de la calle de Broqueleros, se halla establecido el colegio de sordomudos y ciegos que dirige el profesor D. Lorenzo Cáceres Gracia, de 31 años de edad, casado y domiciliado en la ribera del Ebro número 17, y en ese colegio, en una de las habitaciones del mismo y a presencia de varios niños, de tres o cuatro pobrecillos ciegos y sordomudos, se ha desarrollado el crimen que vamos a relatar, y el cual ha causado impresión penosa entre los vecinos de la calle.
Desde el mes de enero último, pronto hará el año, presta sus servicios como profesor auxiliar del colegio un joven llamado Ramón U., de 18 años de edad, soltero y que vive con sus padres en la calle de Aben Aire número 47. El joven auxiliar es sumamente corto de vista, tanto, que más que un miope, parece más bien que los ojos del desgraciado agresor están cegados perpetuamente por las nubes que envuelven su retina.
Las relaciones entre el director Sr. Cáceres y su auxiliar fueron siempre cordiales, sin que nunca entre ellos surgiera el más leve motivo de riña o disgusto que entibiara el trato social de ambos. Es más; contaminados los dos por la desgracia, se había establecido entre director y auxiliar esa corriente especial de mutua amistad que liga a los seres enfermos.
Lorenzo Cáceres y Ramón U. acostumbraban a tocar la guitarra y la bandurria en las fiestas caseras y bailes públicos, porque su pequeña retribución como profesores del colegio citado no era suficiente ni con mucho a cubrir las necesidades de la vida. El colegio recibe una modesta subvención del Ayuntamiento.
Anteanoche Cáceres y U. estuvieron tocando en una casa, quedando citados para dar un concierto el domingo por la tarde en la torre del Abejar. Por la mañana se encontraron en el colegio el director y su profesor auxiliar, y el primero recordó al segundo el compromiso que habían contraído de tocar por la tarde. 
-No te olvides, ¿eh? -dijo Cáceres a U.- ya sabes que hemos de ir hoy a la torre del Abejar, donde nos esperan.
-Pues irá usted solo -replicó fríamente el auxiliar-.
-No, Ramón; iremos los dos, para lo cual te espero en mi casa.
-Repito que yo no voy a tocar a esa torre.
-Eso no es formalidad, ni es quedar bien con los que nos han contratado.
-¿Qué dice usted de formalidad? -contestó Ramón algún tanto excitado-.
-Digo que a los hombres se les considera por la formalidad que tienen.
Entre Cáceres y U. se cruzaron algunas palabras de disgusto, poniendo término a la discusión la dueña de la casa donde se había establecido el colegio, doña Raimunda Berdejo López, de 36 años de edad, viuda y domiciliada en el mismo piso, destinado a la enseñanza de los sordomudos y ciegos.
Intervino, como decimos, la dueña de la casa, quien quitó importancia a la cuestión que debatían y evitó que la polémica se agriara en forma violenta.
Serían las nueve de la mañana poco más o menos, cuando llegó al colegio de la calle de Broqueleros el profesor auxiliar Ramón U. Los que le vieron advirtieron en su semblante
y en sus frases algo de anormal; estaba inquieto y daba muestras de encontrarse en un momentáneo estado de nerviosidad y de honda preocupación y disgusto.
Ese estado anormal de Ramón U. fue advertido prontamente por doña Raimunda Berdejo, quien indicó al señor Cáceres la conveniencia de que evitara toda cuestión con el auxiliar dado el estado de ánimo de U.. Pero uno y otro tenían que verse forzosamente en la clase. Entraron los niños en el colegio, y ya iban a dar comienzo las clases, cuando el profesor auxiliar se dirigió al director y le pidió explicaciones por las frases que pronunció el día anterior.
-Yo no tengo que dar ninguna explicación -contestó Cáceres- porque no creo que te falté en nada.
-Usted dijo que tenía yo poca formalidad y quiero que me explique esas frases.
Se ignora a punto fijo lo que ocurrió después. El agresor dice que el Sr. Cáceres le dio una bofetada y que entonces él sacó un cuchillo del bolsillo y asestó al director varias cuchilladas, marchándose enseguida de la casa del crimen al escuchar los gritos desgarradores del herido y de doña Raimunda Berdejo, y las voces lastimeras de los pobrecitos sordos y ciegos, que aterrados se encontraban en un local inmediato y desde el cual se enteraron de la agresión.
Parece ser que al oír la dueña de la casa el altercado de Cáceres y U. intervino rápidamente para separar a los contendientes, resultando también herida de dos cuchilladas en el brazo izquierdo.
Dos o tres infelices criaturas fueron testigos de la agresión del maestro auxiliar al Sr. Cáceres. Los niños vieron a Ramón U. esgrimir el arma y cómo repartía cuchilladas a diestro y siniestro cegado por un furor brutal. Los niños corrieron a la estancia donde se encontraban sus compañeros con el terror reflejado en sus semblantes y dando lastimeras voces de auxilio. El miedo se apoderó de los pobres sordo-mudos y ciegos, quienes, temiendo sin duda la agresión del maestro auxiliar, se quedaron en un rincón de la estancia todos
ellos juntitos y sin atreverse a huir de la casa. La impresión no pudo ser más dolorosa para las criaturas, que pocos minutos después del suceso fueron trasladadas a sus respectivos domicilios.
Una hora después de cometido el crimen se presentó en las oficinas de vigilancia de la calle del Cinco de Marzo un joven barbilampiño que preguntó tímidamente por el jefe de policía.
-¿Qué se le ofrece a usted? -le replicaron.
-Pues vengo a presentarme porque acabo de matar a un hombre; aquí está el cuchillo, yo no tengo la culpa de lo ocurrido.
El joven, que no era otro que Ramón U., hablaba con una serenidad pasmosa, con sencillez inexplicable. Relató el suceso en la forma descrita y esperó en las oficinas la llegada del juzgado. Vestía traje modesto de lanilla, boina y camisa de cuello bajo.
-¿Pues por qué lo ha matado usted? -preguntáronle los señores Fernández y Garbía.
-Porque me ha ofendido. Me ha dado una bofetada, señor.
-¿Y cuántas heridas le ha inferido?
-No lo sé; deben ser varias, porque yo he pegado varias veces.
Todo esto lo relataba el desgraciado U. con una tranquilidad pasmosa, rayana ya en el indiferentismo, como hombre que no concedía gravedad alguna a lo sucedido. El jefe de policía Sr. Fernández ordenó que fueran a la casa del crimen los vigilantes Francisco Montaner y Virgilio García. 
En la casa del suceso se personaron enseguida de ocurrido el crimen los tenientes de alcalde D. José Macipe, que llevó consigo el botiquín de la Cruz Roja, que tiene en su establecimiento; Don Francisco Ager, delegados de la vigilancia municipal, señores Burgos y Catalán, y los guardias municipales 25 y 44, Eugenio Abós y Dionisio Ferrer.
En una habitación de la casa y tendido sobre la cama y bañado en sangre, se encontraba el señor Cáceres y en otra doña Raimunda Berdejo, con el brazo atravesado de dos cuchilladas. Los heridos daban gritos desgarradores, sobre todo el Sr. Cáceres, que sentía fuertes dolores…
El Sr. Cáceres tenía dos terribles cuchilladas en el costado izquierdo, calificadas de graves por el doctor Ramón y Cajal, que auxilió primeramente al herido, y confirmadas después por los médicos del hospital civil. Minutos después del suceso se presentó en la casa colegio la mujer del herido con un hijo, desarrollándose una escena tristísima.
El Sr. Cáceres se despidió de su esposa diciendo entre sollozos y gritos desgarradores: ‘¡Me muero, adiós, hijos míos! ¡Que Dios os proteja!’
La escena conmovió hondamente a cuantos la presenciaron. El Sr. Cáceres fue trasladado al Hospital en una camilla de la Cruz Roja, y doña Raimunda Berdejo en un carruaje de
punto. El primero quedó en la sala de San Cosme y San Damián y la segunda en la de San José.
Las heridas de doña Raimunda Berdejo, fueron calificadas de pronóstico reservado. La cura del Sr. Cáceres fue algún tanto dolorosa. 
Actuó el juzgado de instrucción de San Pablo. En el hospital se personó inmediatamente el digno juez señor Saez con el actuario señor Munilla, no pudiendo tomar declaración
al herido por el estado de excitación nerviosa y gravedad suma en que se encontraba. Después de oír algunas manifestaciones, muy pocas del herido, el juzgado se constituyó en las oficinas de vigilancia para tomar declaración al agresor.
Ramón U. relató serenamente el suceso en la forma reflejada anteriormente. Terminada su declaración, Ramón U. fue conducido a la cárcel de Predicadores. El sangriento suceso produjo honda impresión en el vecindario de aquella parte de la ciudad, y la producirá en todo Zaragoza, justamente conmovida por la repetición de esta clase de hechos. Por la tarde recibieron los heridos algunas visitas.
Doña Raimunda Berdejo estaba todavía bajo los efectos de la impresión que le produjo la riña. Su estado, aunque grave, no ofrecía cuidado, y seguramente que, de no surgir complicaciones, será dada de alta en el hospital dentro de diez o doce días.
El estado del Sr. Cáceres es mucho más grave, temiéndose un funesto desenlace, dada la importancia de las heridas recibidas. El Sr. Cáceres ocupa la cama inmediata a la de Antonio Lago, el joven pastor a quien ‘Cuello de Auca’ dio una cuchillada en el vientre noches pasadas en la calle de Gavín. El herido se quejaba de intensos dolores.

Y mañana…
Las misteriosas muertes de Alfamén

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