La calle que menos ha cambiado

 

Bueno, pues la calle que menos ha cambiado en los últimos 40 años es el Coso en su tramo medio. Ya entiendo que la afirmación se me podrá discutir porque, en realidad, calles como la Gran Vía tampoco parecen haber experimentado muchos cambios. Pero quizá no tengan edificios y comercios tan significativos y con uso como los de la calle que hoy nos ocupa. La plaza de España apenas ha sufrido variación en su fisonomía, y ahí están los bancos, el teatro Principal, hoteles y pensiones… Vale, hay nuevos hoteles y Larraz ya no vende efectos militares y cambió de ubicación. Pero ahí está. Bueno, este es el reportaje que se publicaba en 1969:

El segundo tramo del Coso, o lo que pudiéramos llamar Coso medio, se inicia en la plaza de España y termina en el corte que le da la calle de Espartero (don Baldomero). Es un Coso difícil el que me encuentro. Con un carácter indudable que, sin embargo, se está enmascarando en una reciente, rápida y elevada construcción. Edificios magníficos de once plantas, acabados de construir, no pueden evitar el mirar por encima del hombro a los que tienen al lado, muy antiguos, con muchos recuerdos pero que, a lo mejor, solo poseeen cinco pisos.
Banco de bancos, el Coso se muestra en torno y, sobre todo, en los contornos de la plaza de España, con una faz un tanto árida, imponente, solemne, al que pone divertido contrapunto la esquina de la calle de los Mártires, tan solicitada siempre por caballeros de gorra calada y tapabocas…
-En esos corrillos que usted dice -me ha dicho alguien con quien he comentado este fenómeno social-, puede encontrarse de todo. De todo, vamos, desde un piso hasta una antigüedad de categoría…
Centro de la ciudad, todavía, empezando ahora a dejar de serlo. En inminente espera de ser desplazada, definitivamente, por la de Aragón.
-La plaza de España desplazó a su vez como ‘centro’ a la calle Alfonso, y ésta a la de Manifestación.
Así me ha dicho don Jesús Escuder, que ha conocido la plaza de España de muchas maneras, a través de sus cincuenta años de trato con ella, desde el interior de la joyería Agüeras, casa fundada en 1870.
-Pero en la calle Estébanes. En 1906 fue trasladada aquí, pero en el piso. Tal como ahora está, data de 1918. Vino a ocupar la famosa librería de Cecilio Gasca.
-Y anteriormente, según nuestras noticias, fue café. Un café que estaba decorado en forma de cueva, aprovechando la forma arqueada de los techos, y que tenía sus estalactitas y todo… La casa poseía un pasadizo que comunicaba con la calle Cuatro de Agosto. Aún existe, aunque está condenado.
Me van diciendo don Juan y don Ángel Agüeras, entresacando de lo que han oído a sus mayores o también ha sido registrado escrupulosamente en sus libros.
-Volviendo a la plaza, yo la he conocido de muchas maneras, desde cuando estaba el kiosko de Toni, un popular limpiabotas. Y el café Suizo y el Águila; y, luego, cuando abrieron los billares, ahí enfrente, donde está el banco… Porque ahora, ya lo ve, todo van a ser bancos.
El señor Escuder no tiene nada contra los bancos, naturalmente; dice solo que él encuentra que debieran ocupar los entresuelos en lugar de las plantas bajas. Así las plantas bajas las ocuparía el comercio siempre.
-Habría más vida, más humanidad…
Una joyería con cien años de existencia tiene un copioso anecdotario. Los señores de Agüeras me enseñan libros de 1902. Los gastos de entonces nos hacen reír. Hay sueldos de tres pesetas semanales. Y, como los sueldos, las joyas… Y eran tan auténticas como las de ahora.
-Puede afirmarse que el valor de las existencias de una joyería ha aumentado en un veinte por ciento cada año.
No así la estimación del trabajo del artífice. Porque, antes, me ha dicho el señor Agüeras se valoraba, junto al valor positivo de las piedras, el de la composición. Se buscaba la sorpresa y el gusto.
-Antes se recreaba uno en la belleza; hoy solo hay inversión.
Horror: ¡Colgarse del cuello o de las orejas una inversión!
-¿De veras?
-Solo inversión -repite implacable-.
Las anécdotas van surgiendo en la conversación… Como aquella vez que trataron de vender a don Jesús Escuder perlas sueltas de una pulsera que él había hecho.
-Por tres veces la había hecho, y rehecho; figúrese si la conocería…
También, con el lema: “Vista, suerte y al toro” se hicieron en esta joyería de la plaza de España las insignias para la escuadrilla de García Morato. En la guerra dicen que suceden estas cosas. Los que arriesgan su vida, a lo mejor, ponen su ilusión en una pequeña insignia prendida de la guerrera. Añadido un nuevo grupo bajo el mando de García Morato, se mandó hacer otra insignia para distinguirlo.
-Y pusimos la figura de “Clavileño”. El primer piloto que salió con ella fue derribado y murió. Luego se hicieron otras cuatro para cuatro pilotos, salieron con ellas y fueron derribados también. No volvieron a mandar hacer más. Se volvió a poner la primera insignia con el lema: “Vista, suerte y al toro”.
Sigue deslizándose el Coso desde la plaza de España a las Tenerías. Hay en él notas varias, importantes, distintas, que le imprimen carácter. Dos son fundamentales: el tránsito que lo proyecta hacia el exterior y el teatro Principal que lo repliega en sí mismo y nos lo hace familiar y, a veces, íntimo. El Principal arroja hoy a este trozo de calle una vida asombrosa. Mayor y más intensa que la suya propia. Aunque este año sea, y desde hace por lo menos una veintena, el que ha registrado mayor afluencia de público.

El Principal data de 1799. En su ya nada corta vida, pasó por distintas etapas de esplendor y de crisis. Pero es el único teatro de provincias de España que, junto con el de Valencia, mantiene todo el año su rango teatral, sin mezcla de cine alguno. Este rango hay que saber pagarlo a través de la temporada. La selección de obras no siempre puede mantenerse a mucha altura.
La fisonomía del Principal, un tanto descuidada, parece ser que va a entrar en época próspera. El arreglo de su fachada posterior está ya en presupuesto y aprobada, incluida en la reforma general que va a gozar ese sector. En cuanto a su fachada principal, existe ya proyecto de ennoblecerla con un par de estatuas, como mínimo. Están lejos los años veinte, con su matinés, en el teatro Principal; más lejos todavía en el espíritu de las gentes que en el tiempo… Fue el teatro Principal centro de reunión social, pretexto para trabar relación, amistad, conocimiento. El propio concepto de “compañía teatral”, de acuerdo con aquellos aires, nada tenía que ver con el de hoy. Antes se formaba primero la compañía y después se añadía el repertorio, nada menos que de doce obras cuando menos. El abono se hacía imprescindible. Hoy es la comedia la que forma la compañía y, finalizada ésta, la compañía se disgrega.
Una dificultad del Principal es su pequeña capacidad: mil localidades que, sin embargo, han distado mucho de alcanzar el lleno diario, salvo en las cortas temporadas de ópera. Por el Principal han pasado, en todos los tiempos, figuras de gran magnitud. Tal vez ninguna de tanta humanidad como la del célebre pianista Eduardo del Pueyo. Tanta humanidad que quien la conoce la valora, aún por encima de la excelsitud de su arte… Sobre esto guarda el Principal la memoria de la primera vez que Eduardo del Pueyo actuó en Zaragoza. No se enteró nadie. No había público. Eduardo del Pueyo aguardó sencillamente, como los demás, a que alguien entrara a escucharle. No se inmutó. Hubo un momento en que se apagó la luz. Pues el gran pianista buscó una cerilla de la manera más natural. Y, a pesar de todo ésto…, ¡volvió a Zaragoza! Vuelve siempre que se le llama.
El Principal imprime carácter en el Coso. Cuando cierra el Principal, las cafeterías que pululan alrededor lo notan. El trasiego peculiar, sugestivo, de los artistas por el Coso, de sus compras, de ese soplo diferente que se traen de Madrid, se echa de ver. A lo menos por sus conocedores, los comerciantes y observadores del Coso…
Las señoritas Ana Mari y Josefina, como mínimo, echan de menos todo esto. Son dependientas de una perfumería del Coso. Aquí vienen a parar las actrices y los actores del Principal.
-Se les conoce en seguida. Nunca piden descuentos. Y si todas compran, por ejemplo, las pestañas postizas de doscientas pesetas, pues bien, las artistas compran las de quinientas.
Rumbosas. En los hoteles cercanos se hospedan las artistas y actores.
-En seguida se les distingue, por todo. Por la forma de vestir de ellas, la forma de pintarse. Y por el estilo de ellos, ¡tan majicos!… Dan encanto e interés al Coso. A nosotras, nos encanta descubrirlos, saber quiénes son.
Sus colonias caras, su manera de pedir las cosas se diferencian de las de los demás. Sobre todo de la de aquel soldadito que entró en la perfumería por una crema de masaje.
-¿Para antes o para después?, le preguntamos. Y él, contestó: ¿No me lo pueden servir ahora? Cuando le dijimos que había cremas de antes del masaje y después, se puso rojo, rojo como un pimiento.
-O de aquella señora que pidió colonia y le preguntamos: ¿La quiere usted fresca? Es igual, dijo ella. Total, se va a calentar de aquí a casa…
Los artistas no piden las cosas así: tienen imperio, escena, decisión… No piden descuentos; a quien lo hace, mis jóvenes interlocutoras le descalifican de primera, “ipso facto”.
-También es importante del Coso, el seto ese del medio.
Lo miro: no veo la importancia, todo seco.
-Lo ponen todos los años nuevo, verdecito, por el Pilar; y, luego, ya ve, no se vuelven a acordar de él. Lo dejan secar…
Ciento diecisiete años tiene “La Educación”. Todos en el Coso. Es, me dice don Enrique González, el comercio de material escolar más antiguo de España.
-De cuando había poca vida en el Coso. De cuando estaban las grandes piedras haciendo de aceras. Eran conocidas de todos. Las piedras del Coso.
-Y, ¿cuándo las quitaron? ¿Hace también treinta años?
-¡Ca! Mucho más. Sesenta o setenta por lo menos. No había aceras. Yo recuerdo esto de cuando se ponían las ferias, las quincallas, la bisutería ambulante. Ahora parece otra cosa muy distinta. Porque yo lo conocí de carretera: pasaban los carros, con sus llantas. Después se hizo el adoquinado. Luego el asfaltado. El seminario paralizó mucho la expansión del Coso. Ahora hay demasiado: camiones, tranvías. Es paso obligado del barrio de Jesús, de Montemolín, de las Puentes, de San José; ahora, del Parque… Todo viene al Coso.
Viene y se va. Es el trajín, el trasiego, el tránsito…
A poca ojeadita que se eche a “La Educación”, se la ve cosa muy antigua. Aquí vienen los maestros de la capital y la provincia a recoger material escolar en abundancia. Aquí se encierran viejas esencias que, solo atravesar el umbral de la puerta, embriagan.
-Ya habrán pasado cosas aquí dentro, ¿eh? -insinúa la periodista a don Enrique González-.
-¿Chascarrillos? -don Enrique se ríe-. Sí, sí, Pero no puedo decirlos porque se iban a reír.
Mezclado con la diversidad de su vena comercial, en el Coso se pueden hallar además especies únicas en la ciudad. Como una tiendica recogida a la que afluye público de toda Zaragoza, en busca de frutos secos y especialidades que no suelen encontrarse en otros lugares. Del Coso, por pocas y humildes pesetas, se puede salir nada menos que condecorado con la medalla que más le apetezca, salvo la medalla militar individual, que hay que encargarla. Del Coso se puede salir convertido, nada menos, que en general y a un precio muy módico.
-¿Quiere usted verlo? -me pregunta don José Luis Pómez.
-Bueno, pues yo…
Acabáramos. Don José Luis saca una caja de cartón y me muestra los distintivos, las estrellas, las medallas y los efectos militares que se pueden adquirir en la tienda. Todo era una metáfora, como es natural. Aunque la broma de don José Luis tenía su por qué.
-Es que para adquirir todos estos efectos no se exige documento ninguno… Claro, la mayoría viene por lo que le corresponde. Pero, alguna vez, ¡hay quien se pega cada farolada…! Y al revés. Viene un matrimonio. El esposo tiene concedidas muchas medallas. La señora las quiere comprar; él, no. No desea presumir… Que no me gusta la «chatarra», dicen algunas…
Está todo. Hasta los sables de oficial y suboficial. Algunas veces los compran los turistas como recuerdo de España. Me enseña el emblema de general.
-¿Lo ve? Treinta y cinco pesetas. Pero puede haberlo más caro; los de gala, que están bordados en hilo de oro, pueden llegar a alcanzar las cuatro mil o cinco mil pesetas, según.
-Los sábados por la tarde -sigue diciéndome don José Luis- esto se llena de cadetes. Filas enteras…
En la voz del señor Pómez hay un dejo de información extraprofesional, dirigido a las jovencitas amigas de leer los periódicos.
El cliente inolvidable para mi interlocutor fue un señor con tirantes. Compró unos nuevos y, muy serio, preguntó por el probador. Don José Luis se echa a reír.
-¿Le parece moderno el Coso?
-Moderno sería si acabaran de tirar lo viejo. ¡Hay un contraste!…

Fachada de La Educación, hoy desaparecida

Cierto, un contraste emocionante. Un contraste que hace difícil el Coso y sugestivo como pocas calles. Con su olor a tinta por la vecindad de dos periódicos de la ciudad y el recuerdo de los hermanos Ibarra, que conmemora una de las treinta y cinco calles que el Coso alumbra.
En la de Espartero se inicia el llamado Coso Bajo y termina el que, con su permiso, yo llamaré Medio. Por el lado de los impares esta frontera está señalada por un reloj:
-El más exacto de Zaragoza, ya lo puede afirmar, ya. Pregúnteselo a los tranviarios y conductores del autobús que se rigen por él…
Esto me ha dicho muy satisfecha doña Julia Losilla, viuda de Alejandre y propietaria de la relojería.
-Es la verdad. En un mes tiene irregularidad de un minuto… Es eléctrico… -aclara mi interlocutora-.
El ambiente interior de la relojería muestra su faz risueña. Ya se sabe que las caras del reloj, como las del tiempo, pueden ser muy distintas. Aquí se ve en seguida que es de una mujer la mano directora. Está a la moda, con sus grandes y pequeños relojes de cuco, que vuelven a hacer furor. Y los relojes de cocina en todas sus gamas: desde la sartén, con los clásicos cuchillo y tenedor de manecillas, hasta las poéticas esferas azules, blancas y rosas…
-Y los “roscos”, que han vuelto a poner de moda los ye-yés…
Relojes de bolsillo, entre burlones e ingenuos, con su rusticidad y su practicismo. La única “pega” que pone doña Julia a esta parte del Coso es el ruido de los tranvías…
-Cuando den la vuelta en la plaza de San Miguel…
Es la esperanza más reciente de esta parte del Coso con la otra. La de que las obras en construcción se acaben. Y aparezca un Coso reluciente, esplendoroso, acomodado. Como corresponde. Un Coso de muchos pisos de altura, nuevecito, pero siempre bullanguero.

De todo lo que aquí se cuenta, lo que más pena me da es que se haya perdido un establecimiento tan emblemático como La Educación. Y de lo que no se cuenta, y aunque creo que casi nadie coincidirá conmigo, lo que más me duele haber perdido son los anuncios luminosos que había en el tejado de algunos edificios de la plaza de España. Los quitaron por trasnochados, pero hoy serían una curiosidad. A ver si alguien me ayuda a recordarlos, que era muy niño cuando desaparecieron. ¿Phillips? ¿Gallina Blanca? ¿Había alguno más?

Y si alguien se ha perdido las últimas entradas relativas a las calles de Zaragoza, aquí van los enlaces:

1. La calle más elegante de Zaragoza.
2. La calle obsesionada con mantener la línea.
3. La calle más decadente de Zaragoza.
4. La calle de las muchas verdades.
5. La calle que no tenía nada malo.
6. La calle más llena de recuerdos.
7. La calle sentenciada a muerte.
8. La sede de los templarios en Zaragoza.
9. La calle con fiestas, Virgen y toro de fuego.
10. La casa, y  la calle, de las dos diócesis. 
11. La calle sin número 1 ni 7.
12. La calle del primer escaparate.

Y el lunes…
El ovni que faltó a su cita

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6 respuestas a La calle que menos ha cambiado

  1. Hitano dijo:

    Mariano, me pasa exactamente igual que a tí, también tengo recuerdos de infancia de esos grandes rótulos luminosos y los echo mucho de menos. Y seguro que muchos lectores también. Hoy serían toda una atracción.
    A los que tú mencionas añadiría el de Balay, que se iba iluminando en espiral. Mis ojos de niño quedaban embobados viéndolo encenderse y apagarse.

  2. Luis Miguel dijo:

    Hola buenas. Otra calle muy céntrica y que tampoco ha cambiado mucho en los últimos 50 años, es la Calle Río Guadiana. Situada junto a Plaza Europa.
    Pásate por ella y le haces un reportaje, sería interesante.
    Un cordial saludo.

  3. Elena-Z dijo:

    Yo recuerdo otro, pero no en la Plaza España, creo que era en la entrada de Dr Cerrada, en lo alto de la fachada… era una hucha que según se iluminaba parecía que caía una moneda en su interior.
    En algún sitio he visto una foto de esos carteles luminosos que indicas. A ver si recuerdo dónde y te lo indico. Ahora serían “vintage” y gustarían un montón. Lo que son las modas…
    Yo de Larraz guardo un recuerdo entrañable, porque también debían de hacer trabajos de imprenta. Yo hice la primera comunión en 1977 y mi madre encargó allí los recordatorios de mi primera comunión. No eran de mi foto, sino estampas de angelitos, o alusivas a la ceremonia.

  4. Arancha dijo:

    Iberia, Longines, Flex…. no tengo tan buena memoria, tengo una foto increíble.

  5. Emilia dijo:

    El letrero luminoso de la hucha, que me encantaba de pequeña, estaba en el tejado de Correos.

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