El milagro del carpintero poeta

Hoy Tomás Carnicero ha caído en el olvido. Pero hubo un tiempo, lejando ya (1956) en que se hizo famoso. Componía versos que llegaron a llamar la atención de la O.P.I. de los Labordeta y Julio Antonio Gómez. Esta es la entrevista que en noviembre de ese año le hizo Marcial Buj:

Voy a tener el gusto de presentar a ustedes a un poeta, a lo que se dice ”todo un poeta”: al ebanista Tomás Carnicero López, natural de Calatorao. Y si se le presento como un caso extraordinario créanlo que así es y… no es porque yo lo diga, como más tarde verán.
Ese estupendo recitador que se llama Pío Fernández Cueto es quien me presenta al poeta carpintero.
-Te presento -dice- a un poeta de altos vuelos. Es un poeta de los de verdad.
Después de leer algunas de sus poesías y de haber conocido la historia de su vida, me atrevo a asegurar que el caso que hoy traigo a estas columnas es realmente sorprendente.
Comenzaré diciendo que los jóvenes poetas de la OPI (Oficina Poética Internacional), a la que pertenecen nuestros innegables valores hermanos Labordeta, Julio Antonio Gómez, Pinillos, Gúdel, Salas, Gastón, Alfaro, Lalinde, Gastón, Lafuente, Rotellar, Sopeña, Salamero, Altemir, etc., algunos de ellos firmas nacionales, han acogido con cariño en su seno a este simpático ebanista, que si es poeta es porque lo lleva dentro y le sale, no porque haya intentado serlo con una preparación que está muy lejos de tener
-Si sé leer y escribir -nos dice Tomás Carnicero- es sólo por un milagro de Dios. Nada más fui seis meses a la escuela, y cuando yo empecé a hacer palotes, otros niños más jóvenes que yo, salían de ella con todo sabido.
Tomás nació en Calatorao el 27 de marzo de 1913. Hijo de padres colchoneros también él aprendió el oficio pero más tarde, por un azar de vida, se hizo ebanista, que es con lo que hoy se gana el sustento en un taller de Zaragoza. Huérfano desde una temprana edad, su vida ha sido una tortura. Los sufrimientos y las privaciones han sido muchas y quizá por eso -dada su supersensibilidad- es un poeta, y sus versos una hermosa e incontenible válvula de escape.
El poeta de Calatorao tiene, además, un complejo:
-Soy sordo, calvo, mido un metro cuarenta de estatura… -nos dice, imprimiendo a sus palabras un humor amargo-. Con las mujeres no he tenido más que disgustos y fracasos. Váyale usted a una mujer de hoy con estas señas y le mandará a freír espárragos.
Más que el pelo que pudiera tener, más que la estatura que no tiene, y mucho más que el oído que le falta -¡para lo que hay que oir!…- vale su corazón, su sensibilidad, el don de poeta que Dios le ha dado. ¡Fuera ese complejo!

Vamos, corazón.
Juntos caminaremos
por ese valle inmenso,
inmensamente hermoso
que es la Poesía…

Le recuerdo su bello poema, en el que Labordeta y Manuel Pinillos escribieron con su puño y letra un “Matrícula de Honor”.
-Mi afición a la poesía -continúa diciendo Tomás Carnicero- comenzó a los nueve años. Componía romances, copias y cantares. Mi primer poema en serio lo escribí en Calatorao cuando tenía quince años pero para que nadie se riera de mi guardé el papel de estraza en donde lo había escrito y no se lo enseñé a nadie.
-¿Ha visto publicada alguna poesía suya?
-A los diecinueve años me fui a Madrid de matute en la “perrera” de un expreso. No fui sólo pues iba con muchos pajaritos en la cabeza… Me presenté al director de la publicación quincenal “Heraldo Español”, ya desaparecida, y me hicieron un reportaje, publicándome una poesía. Me regalaron seis ejemplares y los envié a mi pueblo ¡Ahí es nada señor! ¡Mi nombre grabado en un periódico!
-¿Se quedó en la capital de España?
-Sí. pero si quise comer, tuve que trabajar de carpintero. Al cabo de un año regresé a mi pueblo sin dinero y por el mismo procedimiento que había ido.
-¿Se desanimó?
-Todo lo centrario. Aún después de las calamidades pasadas, nunca pasó por mi imaginación abandonar la poesía. Ella ha sido y es el único consuelo en mi vida.
-¿Se considera clásico o moderno?
-Clásico. A pesar de ello me han abierto sus brazos los modernos del O.P.I. y me han incluido en la lista de poetas que habrán de intervenir en un recital que se prepara para los primeros días de diciembre en el Casino Mercantil.
-¿Qué clásicos le gustan más?
-De los que he leído, que no son muchos, San Juan de la Cruz, Jorge Manrique, Antonio Machado, Góngora, Fray Luis de León, Berceo, Bécquer… pero, sobre todo, San Juan de la Cruz, que es maravilloso.
-Hábleme de los modernos.
-Sólo hace cuatro meses que empecé a familiarizarme con la poesía moderna y confieso que fue una gran sorpresa para mí. Hay poemas buenísimos… aunque no rimen. Soy
un poeta chapado a la antigua pero considero que muchos de los actuales poetas aventajan a los clásicos.
-¿Contento en la “peña” del amigo Labordeta y compañía?
-Muy contento. Todos me quieren y yo a ellos. Se portan muy bien conmigo y me dan buenos consejos, que yo procuro seguir al pie de la letra. Tienen el proyecto de editar
una revista literaria. Sería estupendo.
-¿Sus ambiciones?
-¿Quién no las tiene? Le confieso que el microbio que más me pica es el de no morirme sin ver publicado un libro de poemas míos.
-¿Quiere decir algo más?
-Agradecer al director del HERALDO la delicadeza que ha tenido con este humilde poeta ebanista.
-Gracias, en su nombre.
-¡Ah! Quiero aprovechar esta oportunidad para enviar a Calatorao un cariñoso saludo. Allí pueden atestiguar que soy un poeta de corazón y no de aula. Ellos saben que jamás tuve un libro de texto, ni profesores. Me cuesta trabajo dividir y de ortografía… no ando muy allá que digamos.
Tomás Carnicero, el poeta de Calatorao, no es un poeta más de concepción ingenua y rima fácil. No es uno más en hacer el simple romance mejor o peor medido, ni el que -aun siendo de Calatorao- busque los temas baturros más o menos humorísticos. El poeta carpintero Tomás Carnicero López adentra en lo más profundo del alma humana y extrae de ella poesía pura.

Me he visto en mí, ¿soñando…?
¡Qué dulce pensamiento!
Mi alma inmensa, quieta;
tú, bella siempre enmedio,
con tus hermosos ojos
como antorchas ardiendo…

Es un fragmento de una poesía dedicada a José María Muñoz. De una extensa composición poética, dedicada a Pío Fernández Cueto, copiamos:

Mirad, miradlo. Es una nube oscura sobre el cerro,
los astros luminosos apagan sus cirios de cristal
y la noche despierta balando con sus fauces de perro
esperando impaciente de la vida su minuto fatal.

En “¿Dónde estás, madre adorada?”, poesía dedicada a la memoria de su madre, escribe:

¡Detén tu lengua que silba,
huracán, detén tu remo!
¿No me ves que yo, enfermo
en tu polvo a la deriva
como un triste crisantemo?

Tomás Carnicero siente principalísima devoción por el Santísimo Cristo de Calatorao. A su poema “Alma y oración”, recuerdo nostálgico de su niñez, pertenecen los siguientes versos:

Dios, mi Señor, que en la estrellada altura
me sientes a tus pies,
sobre esa Cruz que fue tu desventura
siempre te adoraré.

¡Cómo brillabas a la llama oscilante
de la encendida cera!…
Ni estrellas ni luceros, ni el diamante
brillan de tal manera.

He aquí otro fragmento de una poesía fechada en junio de 1956:

¿Por qué corres, ¡oh, viento!
átomo de huracán?
Corre, corre más…
Más corre mi pensamiento.
Delante de ti camina
cantando,
jugando,
revolcándose en lo áureo
del Sol
ardiendo.

Tomas Carnicero López, el carpintero poeta de Calatorao, es un caso extraordinario, como poeta… y como sordo. Antes de despedirnos le dirijo la última pregunta:
-El ambiente en que vivimos es propicio para la poesía
-¿Cómo?…
-Que sí…
-¿Cómo dice…?

Y mañana…
El cadáver encontrado en el Canal

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Una respuesta a El milagro del carpintero poeta

  1. Lolín dijo:

    Preciosa entrada y preciosos poemas…

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